Naruto no es mío si no de Masashi Kishimoto.
Advertencias de este One-shot:
-Crack
-AU
Pareja principal: Gaara / Hinata.
-*lalalalalala (pensamientos)
-*lalalalala (diálogos y narración)
Gracias por adelantado por los reviews.
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Se podía notar y respirar el júbilo de ese día en el ambiente desde que comenzó la mañana, en cómo las luces de la aldea bañaban de colores las que en otro tiempo del año serían calles normales. Tampoco era posible ignorar el olor a galletas recién horneadas que provenía del interior de las casas. Ya fuera en plena ciudad cuidad, un pequeño pueblo o una aldea escondida en mitad de un vasto desierto como ellos, las fiestas que se celebraban cobraban el mismo furor entre la gente.
Dejó de mirar por la ventana del balcón de su casa, apreciando el buen humor y alegría de su gente para ver el interior del hogar, sorbiendo un sorbo de su té negro. Apreciaba a su esposa colocando la nueva tanda de galletas sobre la repisa de la cocina, regañando a los pequeños gemelos que no dudaron en intentar comerse alguna a pesar del vapor que todavía exudaban. Shinki, más mayor que ellos y por tanto más calmado, estaba enfrascado en lo que Kankuro estuviera explicando sobre un pergamino.
Sus ojos miraban alrededor del gran salón con curiosidad, en lo bonito que su mujer había dejado todo decorado con los niños para esas fechas. Hubiera sido entretenido poder ayudar y ver los rostros de los pequeños, pero como siempre, el trabajo le hacía llegar a altas horas algunas veces y perderse esos entrañables momentos. Como odiaba a veces ser el líder de toda una aldea, se perdía muchos momentos en familia.
-Niños, he dicho que todavía no -La dulce voz de su esposa hizo captar su atención -Esperad un poco corazones.
-Pero queremos una galleta -Casi sonrió desde donde estaba al ver los ojos de corderito que ambos le lanzaban.
-Hacedle caso a mamá, serán un par de minutos.
Ese sucio truco de agarrarse de la manos y ladear la cabeza un poco, no sabía dónde aprendieron eso, pero era sabido por él que su esposa se derretía ante ese sucio truco. Seguro que Kankuro tendría algo que ver, tendría que saldar cuentas con él más tarde
-Por favor… mami, Shinki también quiere.
-Yo no quiero galletas -Desde el sofá, dándoles la espalda se escuchó la voz calmada del aludido enfrascado en la lectura -no me metáis en esto.
Lindos embaucadores, tan pequeños y ya sabían hacer lindos pucheritos. Imposible resistirse cuando heredaron esos grandes y expresivos ojos como su madre, esos dos pozos que te tocaban directo en el alma.
Los pálidos ojos lavanda le miraron con súplica, el mismo ruego irresistible que sus hijos le estaban dando a ella. Controlando la sonrisa en sus facciones, se separó de la ventana del balcón para acercarse, dejando la taza vacía en el fregadero. Los gemelos hicieron un sonido de asco al verlo besar la rosada mejilla femenina, ganando un adorable agradecimiento en forma de rubor antes de mirarles.
-Están recién salidas del horno, unos minutos hasta que se enfríen no se nota.
-Pero yo quiero galletas - El pequeño Kano*, con sus grandes ojos aguamarina y su lacio pelo corto rojo puso en viva voz.
-Yo también quiero -Sakyu*, con los mismos ojos tenaces que su hermano y su pelo carmesí alborotado e indomable, se unió a la pataleta.
Debía imaginar que unos niños de apenas cuatro años no iban a durar mucho tiempo comportándose bien, menos aún llenos de azúcar por el postre que hubo en la cena en sus de por sí energía inagotable de siempre. Eran muy tranquilos normalmente, pero era Navidad, cualquier niño estaría nervioso, eran demasiado pequeños para esperar que estuvieran calmados esa noche.
-Os quemareis la boca, no podéis comer ahora.
¡Pe-pero! - Las miradas de los dos infantes se aguaron, prometiendo un posible llanto si no consiguen una dichosa galleta como se habían empeñado.
-Son galletas para Santa, ¿queréis que venga y no tenga ninguna? -Agachándose a la altura de los pequeños, las pálidas manos de Hinata acariciaron las suaves mejillas de los gemelos -Si os comportáis así terminareis esta noche en la lista de niños malos, ¿Queréis eso, quedaros sin regalos?
Con rostros de verdadero horror, negaron frenéticos con la cabeza con la idea de ingerir galletas más que olvidada en sus mentes. La idea de quedarse sin regalos y conocer a uno de sus ídolos era más terrible que el hecho de ser conscientes de que su comportamiento era inapropiado. Tampoco se debía darle más vueltas, eran niños después de todo, tan inocentes que pensaban que un señor vestido de rojo viajando con renos que traía regalos era más asombroso que su padre que tenía a su cargo la seguridad de toda una villa con miles de personas.
Si a su edad, con lo complicado e inestable que era emocionalmente, le dijeran que un desconocido iba a entrar por la noche a su casa cuando todos dormían, y que había estado todo el año espiando como se comportan todos… Bueno, es fácil imaginarse el final de eso, mataría al tan Papá Noel que los niños de todo el mundo idolatran.
Sintió un tirón en sus pantalones que le hizo salir de sus pensamientos para mirar los ojos turquesas de sus hijos. Se mostraban tímidos ahora, con las mejillas sonrosadas y el labio inferior algo sobresaliente, otro gesto adorable que heredaron de su madre cuando se sentían nerviosos.
-¿Qué sucede?
-¿Papá Noel de verdad va a venir esta noche?
Antes de que pudiera decir algo ,su mujer se le adelantó revolviendo el pelo de sus pequeñines. Luciendo casi tan emocionada como ellos.
-Claro que si mis amores, os dijimos que vendría y mamá nunca os ha mentido sobre eso.
-¿Pero de verdad lo podremos conocer?
Ah ese pequeño detalle, sus rezos para que no lo recordarán no fueron escuchados. Sintió aparecer un ligero tic en el ojo sobre cierta conversación que tuvieron Hinata y él una semana atrás.
-Claro que sí, parece mentira pero vuestro padre lo conoce personalmente -Kankuro sonrió desde el sofá de forma socarrona -¿No es así hermanito?
Maldito fuera su estampa pensó.
-¿Enserio papá? -Nunca los ojos de sus hijos brillaron tanto de la emoción contenida -¿Conoces a Santa?
-Eso no es…
-Oh sí chicos, son muy cercanos.
Asqueroso bocazas, le llenaría tanto la boca de arena que le terminaría saliendo por el mismísimo culo. Sí, sería como una agonizante fuente de arena si continuaba hablando.
-¿Y cuándo vendrá? -Preguntaron al mismo tiempo dando emocionados rebotes alrededor de él -Mamá dijo que después de cenar vendría a nuestra casa.
-Hijos, no creo que…
Era la noche de no dejarle terminar de hablar, al parecer no tenía permitido decir lo que quería.
-Vuestro padre tiene que ir a su oficina para permitirle entrar a la aldea.
-Claro peques, ¿quién sino se quedaría cuidando los renos mientras Santa no está con ellos? Tiene que ser alguien de confianza.
No dijo nada al respecto ni se movió sobre la afirmación de su mujer ni la de Kankuro. Se mantuvo tan inmóvil e inexpresivo como si fuera una estatua de mármol. Lo único que delataba su creciente malestar eran los puños apretados en sus antebrazos al estar cruzados sobre el pecho.
-¿Verdad que irás a esperar a la oficina? -Ante su nula respuesta le hechizó con el lloriqueo más endemoniadamente irresistible que le había dado desde que se casaron, directo al corazón, y un poco más abajo también - ¿No se hace demasiado tarde? -Esos bonitos ojos suplicantes y sus labios pintados de carmín fruncidos hacia él en un gesto tan encantador -¿Mi amor?
Ah no, no podía negarle nada a ella cuando lo llamaba así, era su maldito punto débil. Se le seguía llenando el estómago de las tan famosas mariposas como la primera vez que le llamó así. Nunca fue llamado amor por nadie hasta que ella lo hizo de manera inocente en una cita para enseñarle una cosa de un escaparate y casi termina derretido en plena calle.
Cerrando los ojos con inminente derrota, apretó por última vez sus brazos antes de descruzarlos y acercarse al cerrado ventanal para salir a la terraza. El frío aire de la noche en Suna hizo volar sus mechones rojos y su gabardina al poner un pie en la baranda. Mirando una última vez a su espalda, viendo el agradecimiento de su esposa hacia él con un beso lanzado hacia su persona, viró el rostro hacia el iluminado pueblo antes de saltar en su característica nube de arena.
El amor en definitiva lo había ablandado demasiado.
-¿D-de verdad va a venir a casa?
-Kano, cielo, tranquilizate o terminarás desmayandote -Odiaba que su hijo hubiera adquirido esa fea manía que tenía de colapsar cuando era joven cuando los nervios a sobrecargaban y trabarse hablando -Respira profundo conmigo.
Su gemelo se sentó a su lado frotando la espalda, consiguiendo mantenerse en sus formas mejor que su hermano menor por dos minutos de nacimiento. Aunque se notaba a leguas que estaba tan encandilado como su hermano, era bueno que por lo menos uno de ellos hubiera heredado la quietud de su padre en ciertas ocasiones.
Por el rabillo del ojo vio a su cuñado preparando una cámara de video, mal disimulando una sonrisa socarrona en sus facciones mientras preparaba todo. Los ojos verdes del mayor de los tres dejaron la lectura para apreciar la pérfida risilla baja a su lado.
Bufó en silencio echando los ojos para atrás, porque al ver el comportamiento tan infantil de su tío pudo comprobar que era más maduro que él. Era un shinobi talentoso, el mejor maestro de marionetas de la aldea, pero también el más inmaduro cuando de bromas se trataba.
Y con quién estaba pensando centrar sus burlas, de quien iba a reírse hasta que le dolieran los músculos de la cara y el estómago, era peligroso si se le provocaba. Para ser un ninja, tenía un sentido de la supervivencia defectuoso.
-No es buena idea lo que estás haciendo, tío Kankuro.
-Oh vamos, un par de risas no van a matar a nadie.
Sí, a él, eso iba a decir pero optó por no decir nada porque su madre adoptiva se acercó de la mano con los gemelos y se sentó junto a ellos en el sofá mientras los pequeños se ponían a jugar en el suelo. Colocó bien la mullida bata que llevaba rodeada al cuerpo para mantener el calor que la noche del desierto generaba.
-Tiene razón, no va a tomar bien que te burles -Miró el fuego de la chimenea crepitar junto a sus niños mientras jugaban con un puzzle -No quiero que se enfade hoy, es un día muy especial del año.
-Oh vamos, no seáis aguafiestas…
-Allá tú -Dijo volviendo a su lectura, ruborizándose un poco al colocarle Hinata una manta por los hombros y revolverle el pelo de manera cariñosa, sin estar aún muy acostumbrado a esos gestos tan desinteresados -No seremos los demás con quien descargue su ira.
-No os sabéis divertir.
Se escuchó un ruido sordo fuera del balcón, el característico siseo de la arena que siempre rodeaba al pelirrojo desde el comienzo de su vida. A través de las blancas cortinas del salón se pudo vislumbrar la silueta de una persona gracias a la luz de la luna y las luces de las calles.
El repentino ruido llamó la atención de todos hacia el balcón del hogar, causando en los pequeños que el corazón se les subiera de latidos. Se sostuvieron las manos, sudadas de emoción contenida, mirando expectantes la figura que se acercaba a las puertas francesas, ignorando el pitido que hacía la cámara de video al ser encendida y la risita baja de su tío.
-Empieza lo bueno… -Ignoró la mirada de reprimenda que le dedicó su cuñada - Va a ser tronchante.
Las puertas cerradas para mantener el calor del hogar se abrieron, apareciendo entre la traslúcida tela la figura de un hombre corpulento. La respiraciones de los niños se quedaron atoradas en el fondo de sus gargantas al ver la vibrante ropa roja y blanca, ese gorro con pompón tan característico y la frondosa barba blanca que ocultaba casi en su mayoría el rostro adusto de ese hombre.
De no estar tan extasiados por la persona que veían ante sus narices, se hubieran percatado de los inexpresivos ojos aguamarina ojerosos de ese hombre tan familiares en su vida, ni en la pose de brazos cruzados mientras los miraba comenzar a dar saltos de la alegría.
-¡Es Papá Noel! -El agudo chillido al unísono hizo entrecerrar los ojos de Shinki con cierta molestia en sus oídos bien disimulada- ¡Mami, tenías razón!
-¿No es maravilloso? -Era enternecedor verles tan alterados por dentro que no sabían qué hacer y se mantenían estáticos en su lugar tras los rebotes -¿Porqué no os acercáis a saludarle? -Hizo una inclinación dócil y dulce hacia el recién llegado para que sus hijos la imitaran -Bienvenido a Suna señor Claus.
-Hmmm, no sé yo…
Todos los pares de ojos se clavaron en Kankuro, sobre todo esa afilada mirada turquesa que presagiaba su pronta muerte si osaba decir algo inapropiado como sabía que era capaz de hacer. Si ponía en riesgo todo el plan que tanto le había costado asumir por petición de Hinata por la inocencia de los niños, iba a encargarse de hacerle recordar de esa noche el resto de su vida cuando terminara con él.
Si no terminaba su esposa antes con él por la mirada mordaz que reinaba en su siempre amable semblante. Era algo anodino de ver en alguien tan tranquila y dulce como ella, aunque era bastante atractivo si era sincero consigo mismo verla molesta. Como fuera, si Kankuro arruinaba la noche a pesar de lo mucho que le costaba hacer aquello por una vergüenza que en su vida había pasado, terminaría sin dientes con los que reír, ni extremidades con los que manejar sus preciadas marionetas.
-¿No es conocido Papá Noel por su famosa risa? -La arena en los relojes de arena de la vitrina comenzaron a moverse con cierta dureza dentro del cristal, más no pareció hacerles caso en lo más mínimo -¿Cómo sabemos que es el verdadero si no se ríe?
Esta vez los ojos de todos se clavaron en los suyos, los apenados de su mujer, los divertidos de su hermano, los indiferentes de su hijo mayor y los que más le pesaban y retorcía sus entrañas de la pena y bochorno en iguales partes. Sus hijos pequeños miraban inseguros y esperanzados hacia él, como si llevar esa maldita barba postiza no fuera suficiente urticante, ahora tenía esas miradas temerosas de que el héroe de esas fechas no fuera el auténtico.
Cerró los ojos y asió con fuerza el saco que llevaba agarrado de una mano, implorando que lo que estaba a punto de hacer mereciera la pena el embarazoso momento que iba representar en su vida. Con una bocanada de aire entrecortada y sintiendo el calor invadir su faz casi de manera febril, supo que se estaba poniendo rojo mientras murmuraba por lo bajo.
-¿Vosotros escucháis algo? Porque yo no puedo oír nada, Santa va a tener que gritar más.
Desgraciado, lo despellejaría vivo, le echaría limón por encima y dejaría su cuerpo en pleno desierto para que se secara y los buitres se cebaran con sus restos. Con los brazos temblando y los oídos pitando de creciente ansiedad, el pecho se infló de aire reprimido sabíendo lo que se esperaba de él.
-¡HO,HO,HO! - La cara le hervía de tener que estar gritando de esa manera tan alejada de como reiría en la realidad - ¡Feliz Navidad a todos!
No solo iba a morir su hermano pensó al escuchar a Kankuro reírse sentado desde el sofá y grabando el momento. Él también deseaba morirse en ese mismo instante con tal de no tener que hacer eso. Tenía que ser un crimen semejante bochorno.
-¡Es Papá Noel de verdad! -Se abrazaron a cada una de sus piernas con el rostro casi tan rojo como el suyo -¡Hola, Santa!
Miró comenzando a entrar en pánico al no saber qué hacer hacia Hinata, esperando que le dijera qué hacer. Ella solo sonrió e hizo el gesto de agacharse y abrazar, cosa que imitó e hizo que Sakyu y Kano se abalanzaran a su cuello envueltos en gritos inteligibles en cuestión de segundos. Fue tanta la fuerza con la que se lanzaron hacia su cuerpo que tuvo que tirar el saco al suelo para mantener el equilibrio.
Parte de la vergüenza pareció menguar al sentir el temblor en los cuerpos infantiles entre sus brazos. Tanta era la alegría que albergaban que la adrenalina se les escapaba a través de tiritonas inquietas por el furor. El calor del rostro fue directo a su pecho al ver las mejillas sonrosadas y la felicidad iluminar sus rostros.
¿Cómo era posible que tan poco hiciera feliz a los niños? Sonrió sabiendo que la barba lo ocultaba, que pasaría desapercibido que se estaba contagiando del entusiasmo de sus hijos. Eran adorables.
-¿Os habéis portado bien este año? -Preguntó poniendo la voz un poco más aguda tal cual le recomendó su mujer cuando le explicaba lo que tenía hace días atrás. Así no le reconocerían - ¿Habéis hecho caso a mamá y papá?
Quiso decirles que no era necesario que asintieran con esa fuerza o se terminarían desnucando solos. Al igual que su esposa, que se mordía el labio para aguantar se la sonrisa al verlos, también quiso reír al verles tan robóticos por los nervios. No obstante, eso no les impedía sostenerse de su disfraz como si la vida les dependiera de ello.
-Bien… -Tomó el saco como buenamente pudo al tenerlos rodeando el cuello todavía -He traído regalos para todos.
Ante la mención de la palabra regalos, los dos se soltaron al instante. Los ojos abiertos e ilusionados iluminarían la habitación más oscura. Carraspeó para centrarse en su papel y no destrozar la velada. Metiendo la mano en el saco, tomó dos paquetes envueltos en papel plateado y un sobre con el nombre de Shinki.
-Gracias, Santa.
Con un agradecimiento silencioso en forma de asentimiento, tomó otro regalo envuelto en rojo, que él mismo se había encargado de añadir en su oficina, para su esposa. A la cual no demoró en acercarse para darle su presente en las manos, inclinándose para darle un beso a esos labios de color rubí que se había pintado esa noche y que tanto llevaban llamándole desde que la vio al llegar a casa. O al menos eso hubiera hecho si no le hubieran lanzado una nuez a la cabeza que le detuvo en el acto.
Todo su odio fue dirigido al culpable que grababa todo desde el sofá a su lado. Se burlaba de él, le grababa en uno de los momentos más ignominiosos de su vida. Tenía ahora el coraje de impedirle besar a su mujer. O no le tenía miedo a nada o era el mayor idiota del país del viento.
-No está bien que Santa bese a la esposa de otro hombre, menos delante de sus hijos, ¿Sabes?
Como lo odiaba por la intromisión, pero lo odiaba aún más por tener razón y salvarle de darle un trauma a sus hijos. Aunque se quedara sin el beso que tanto esperaba, por las mejillas rojas de su esposa ella también lo esperaba, solo le dejó el regalo en los brazos y un sencillo "Felices fiestas Señora Sabaku" mirándola a los ojos con un anhelo que esperaba no fuera demasiado obvio.
Supo que hubiera causado muchas preguntas al ver a sus chiquitines mirarle fijamente a la espera, ansiosos, por tener sus regalos. Si la hubiera abrazado y besado como pretendía hubiera desencadenado algo en lo que no quería ponerse a pensar ahora.
Resignado, se acercó a ellos tras lanzarle al pecho sin miramientos; casi haciéndolo caer la cámara al suelo, el regalo de su hermano. Fue una pequeña victoria para sí el escucharlo blasfemar por lo bajo por lo poco que había estado de romperse su preciada videocámara.
-Jodete -Murmuró por lo bajo para no ser escuchado, después de todo Santa no decía palabrotas ni amenazaba -No he terminado contigo.
De nuevo estaba junto a sus hijos, casi desbordantes de exaltación al ver que era su turno con el saco prácticamente lleno. El abuelo otro año más había mandado más regalos de los que debería a sus dos angelitos, terminará malcriando a sus nietos si los consentía de tal manera. Aunque viendo sus rostros al desenvolver y dejar el papel por todos lados, las sonrisas de oreja a oreja y los saltos por el salón con los juguetes en las manos hacía que mereciera la pena.
-¡Sí! ¡Es el peluche de Shukaku que quería!
-¡Y el muñeco de acción de papá!
¿Muñeco de acción de qué? Tenía conocimiento en cuanto a los peluches de los bijus a los que tampoco les veía mucho sentido pero, ¿desde cuándo se había vuelto el mismo un juguete para las masas también? No recordaba firmar nada que autorizaba a usar su imagen para algo semejante. Tendría que hablar con ciertas personas cuando volviera a su oficina, por ahora dejaría pasar el asunto al ver a sus retoños jugar con un juguete que se parecía de forma alarmante a él.
-¿Santa? -Sintió un tirón en el pantalón que le hizo sostenerlo para que no se le cayeran, no quería que el relleno de la falsa barriga se escapara -¿Papi no tiene regalo?
¿Qué responder ante eso? Hasta ahora había estado tan centrado en no morirse de vergüenza con aquello y en miles de planes con los que castigar a su hermano que no sabía qué decir. No se había percatado que en realidad no había ningún paquete dentro con su nombre.
Una vez más, su esposa salió en su ayuda con ese precioso collar de oro rosa que le había regalado adornando su grácil cuello.
-Santa dejó el regalo de papá en nuestra habitación antes de llegar, no os preocupéis por él -Miró el reloj viendo que se había hecho muy tarde ya para que siguieran despiertos - Lo siento niños, es hora de irse a dormir, mañana podréis jugar con los regalos -Acarició sus rostros tristes con una sonrisa de disculpa sabiendo que lo último que querían hacer era irse a la cama -Ya es muy tarde vidas mías, dadle a Santa las gracias, el vaso de leche y unas galletas.
-Si mami -Tal cual se les había dicho, se acercaron al pelirrojo disfrazado con la comida en las manos, besando cada uno una mejilla cubierta de barba postiza cuando se agachó para quedar a su altura -Muchas gracias por todo.
-Portaros bien este año también y vendré el año que viene.
-¿De verdad? -Asintió como respuesta revolviendoles un poco el pelo -Lo haremos, buenas noches.
Leyendo un gracias en los labios y en los amorosos ojos de Hinata antes de tomar las manos de sus hijos y perderse por el pasillo, se sintió realizado a pesar de las discrepancias que dio cuando su mujer le propuso la idea. No fue tan mal como pensó que sería, vergonzoso sin duda, pero nada que pudiera matarlo si era exagerado hablando.
Sacándose el molesto relleno de dentro de la ropa que no le dejaba moverse cómodo, escuchó un pitido. Sus ojos azul verdoso se clavaron como dagas en su hermano mayor, que ajeno a su letal mirada, reproducía el video que había grabado esa noche para poder reírse de nuevo.
Hora de tomar represalias. Papá Noel iba a tener su dulce recompensa.
-Shinki.
-¿Qué deseas padre?
-Me pediste permiso para salir un rato con tus compañeros de equipo -Por la tensión en los músculos del Kazekage, era cuestión de segundos que su ira explotara - Puedes irte ya si quieres, solo no llegues muy tarde.
-Gracias.
No iba a ser idiota y quedarse más tiempo ahí, no cuando su padre le estaba dando la oportunidad de marcharse sano y salvo. Tampoco pensaba ser el espectador y ver que castigo le caería a su tío por no saber dónde poner los límites de una broma, al contrario de él, si tenía instinto de supervivencia.
En cuanto la puerta del hogar se cerró, quedando los dos solos en el salón, la arena formó un muro en el pasillo para que su esposa no escuchara nada. Ella no veía bien la venganza que tenía entre manos y no tenía porqué saberlo ni pensar menos de él.
-A Temari le va a encantar esto cuando se lo mande. Es tronchante.
-Nunca va a verlo -La arena le arrebató de las manos el video hasta que estuvo en sus propias manos -Ni ella ni nadie más.
-Oh vamos, no es para tanto, solo es una broma que no le hace daño a nadie.
Más arena emergió del suelo y fue envolviendo los pies del moreno, alertando demasiado tarde de que no podría huir. Cuando de nuevo miró de sus piernas amordazadas de arena hacia el dueño de ésta, pudo ver como se quitaba la barba de la cara y la apretaba con fuerza para mostrar su ceño fruncido.
No le hacía daño a nadie, era cierto, pero ponía en riesgo la reputación de guerrero indómito, calculado y cruel que podía llegar a ser y que se había labrado durante años. No quería que ese video se filtre y los posibles enemigos que pudiera haber afuera, porque los tenía tras muchos años de mandato en su espalda y acciones del pasado se pensaran que se había ablandado y podían atacar a los suyos.
Antes muerto que permitir tal cosa, jamás. No quería que nadie corriera ningún riesgo por pequeño que fuera o por lo muy extremista que lo pudieran considerar los demás. Todo lo que además le importaba en la vida estaba allí, no podía darse el lujo de equivocarse.
-Si fuera tú no dejaría que este video saliera de esta casa.
-Gaara, no creo que sea necesario llegar a estas -La arena rodeó su cuello, apretando un poco -medidas.
-No me gustaría tener que demostrarte por qué mis amenazas no deberían tomarse a broma, ¿Lo comprendes?
Esa sonrisa, esa escalofriante sonrisa que helaba huesos y sangre hizo aparición en la tez pálida. Esa expresión enferma que mostraba en sus doce años cuando Shukaku exigía sangre fresca. No pensaba que ver esa mueca conseguiría que el pavor desbordara sus sentidos por completo, tal cual ocurría cuando eran meros adolescentes.
-L-lo comprendo.
-Bien- Fue liberado de la arenosa prisión, pudiendo respirar bien al llevarse una mano al cuello y tomar de nuevo la cámara de video que le lanzó de vuelta al regazo -Por lo pronto vas a encargarte de la limpieza de los baños de la academia.
Se sentó en el asiento a su lado como si nada hubiera pasado, tomando con calma una de las galletas que le ofrecieron sus hijos antes de marcharse a dormir. Nunca una galleta le supo tan dulce al saber que había aprendido la lección. No debería, sabía que estaba mal, pero se sentía orgulloso de saber que no había perdido su toque despiadado.
-Empiezas mañana al amanecer.
-Ya lo pillo -En pié se quitó el gorro para rascarse la cabeza con gesto de fastidio -Me voy a casa maldito loco desquiciado…
Hizo desaparecer el muro de arena cuando Kankuro se fue farfullando cosas sobre su terrible estado mental. Justo a tiempo para ver a su esposa aparecer al salón con un porte tranquilo y relajado. Si hubiera tardado un poco más lo hubieran pillado en plena amenaza al encontrarse el pasillo tapiado.
Terminando la galleta con sabor a dulce victoria, se recostó en el sofá soltando un suspiro silencioso de alivio. Un suspiro que hizo a su esposa sonreír con culpabilidad, tomando asiento a su lado y besar su mandíbula con ternura para llamar su atención. Robó un casto beso cuando tuvo el rostro mirando hacía ella, un rápido beso que él se encargó de alargar al rodearla con los brazos y enterrar la cara en la curva del cuello femenino.
Cerrando los ojos, siendo abrazada, apoyó la cabeza sobre la suya y comenzó a peinar con los dedos el cabello de la nuca carmesí con mimo. Fue tan agradable escucharla reír al besuquear la cosquillosa piel del cuello níveo.
-¿Shinki se fue a la cama?
-Con los amigos.
Un escalofrío le recorrió la piel cuando los dedos de ella se colaron por el gorro del disfraz. Casi se le pusieron los ojos en blanco cuando los finos dedos comenzaron a amasar su cuero cabelludo.
-¿Y tu hermano?
-Dijo que estaba cansado y se fue a casa -Una pequeña mentirijilla de la que nunca se enteraría -¿Ya están los niños dormidos?
-Sí -Detuvo sus caricias para mirarle a los ojos, encontrando toda la gratitud de su ser en las iris violáceas -Muchas gracias por lo que has hecho esta noche.
-¿Crees que mereció la pena?
-Completamente. Les has dado la mejor Navidad de sus vidas -Su nariz acarició la suya cariñosamente -Hasta que he conseguido que se acostaran y tranquilizaran no han parado de hablar sobre "ti".
Era bueno saber que todo aquel paripé había servido para algo más que para convertir ese día en el más vergonzoso de su existencia. Y aunque tuviera que repetirlo el año siguiente, solo por volver a ver las caritas de los pequeños tan ilusionadas y la de su mujer tan feliz como se mostraba ahora, lo haría mil veces más.
Por lo pronto, que Hinata comenzara a apretarle los hombros y su rostro se estuviera tornando de un rojo furioso fue curioso como mínimo. Solo cuando se mordió el labio inferior y el cabello le ocultó medio rostro supo que estaba comenzando a abochornarse a causa de algo.
Con marcada timidez, sus ojos se clavaron a los suyos y no se separaron a pesar de la pena que sabía que estaba sufriendo por quien sabrá qué cosa.
-Se-señor Claus, el collar es precioso pero yo… -Deshizo el nudo de su bata para dejarla caer a su lado en el sofá -quisiera otro regalo, uno que también pudiera disfrutar mi marido.
Se hizo un pesado silencio solo roto por el sonido de la chimenea y el sorprendido jadeo del pelirrojo. Porque no había manera de no hacerlo cuando el cuerpo esbelto y lechoso de su mujer vestía esa pieza de lencería sacada de un enfermo fanático de la Navidad. Si lograba encontrar a ese degenerado, lo felicitaría, porque jamás pensó que su esposa podría verse más atractiva de lo que ya era.
Ese disfraz de Mamá Noel, el traje más sexualizado que había visto en su vida, apenas le tapaba nada. No dejaba espacio para imaginación.
-¿Podría ser posible? -Lo preguntó jugueteando con el cinturón de su disfraz, valentonada al sentir las manos masculinas acariciar sus muslos mientras la devoraba con la mirada -Por ser buena este año.
Esta vez el jadeo sorprendido fue de ella cuando la acercó con cierta brusquedad a su pecho e invadió su boca con urgencia. Fue aún más dulce que las galletas y la venganza el gemido ahogado entre sus labios cuando al fin su lengua tocó la suya. El bello de la nuca se le erizó con solo escucharla y sentirla derretirse con ese simple beso.
Había querido hacer eso toda la maldita noche desde que vio sus labios pintados de rojo rubí. Nunca un beso le supo tan bien, jadeando se separó de ella a regañadientes en busca de algo de aire. Fue irresistible ver el rubor comenzar a teñir la piel de sus turgentes senos mientras estos tomaban aire de forma errática.
-Tendrás los regalos que quieras esta noche -Hizo a un lado los largos mechones que se interponen a su bella imagen - Es por ti por quien accedí a hacer todo esto.
-Lo sé, por eso eres el mejor mi amor -Esa forma de llamarle otra vez, lo volvía loco y supo que se dio cuenta al mirarle el regazo unos segundos y volver a morderse el labio para mirarle al rostro -Vamos a la habitación.
Tardó más ella en pedirlo que él en obedecer al ponerse en pie con ella aún entre los brazos, chillando como una niña por la sorpresa pero tapándose enseguida la boca para no despertar a los pequeños. Solo le sonrió a cambio quitándose el gorro con una mano y dándole un beso de apenas tres segundos porque ella se apartó enseguida.
-No, déjate el gorrito puesto -Ronroneó en su oído antes de darle un dulce bocado a su lóbulo -Ha-hazme una feliz Navidad en la cama.
Que afortunado era pensó cuando ella entrelazó sus piernas alrededor de su cintura y envolvió los brazos en su cuello. Gruñó complacido por el pasillo hasta su habitación entre besos robados y palabras susurradas al oído.
Parece que alguien también había sido un niño bueno este año. Muy bueno.
FIN
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sakyu -duna de arena
kano -agua bendecida por los dioses
Feliz Navidad a todos si es que queda alguien por aquí que aún lea mis historias a pesar del poco tiempo que tengo para hacerlas. En fin, felices fiestas a todos y feliz año de paso, porque dudo mucho que me de tiempo a escribir algo más antes de que acabe el año.
