12

Una hermosa mujer de cabello azabache y grandes ojos azules como el zafiro, estaba sentada en su pequeño estudio en donde se dedicaba a realizar sus costuras.

En ese momento, la puerta fue abierta por una pequeña niña de larga cabellera castaña con unos grandes y expresivos ojos achocolatados. Ella caminó con lentitud hasta llegar a su madre y se sentó a su costado con un mutismo inusual.

La mujer dejó las costuras que estaba haciendo y observó preocupada a su primogénita, la cual ni siquiera la había saludado con su típico beso en la mejilla.

¿Qué tienes, cariño? preguntó la madre con una mezcla de dulzura y preocupación.

Mami susurró la niña, ¿se casó enamorada de papá?

Así es respondió. Pero la mujer no entendía por qué su hija sacaba ese tema tan de repente. ¿Por qué lo preguntas?

Hmm… La niña alzó la mirada encontrándose con los hermosos ojos de su progenitora. A ella le fascinaba ese azul que brillaba como si fueran piedras preciosas. Papá consultó hoy a una señorita informó, y ella se soltó llorando de repente. La madre prefirió no interrumpir a la niña y la dejó continuar con su relato. La señorita le dijo a mi papá que no quería casarse con el hombre que sus padres escogieron para ella, pero ellos la obligarán a hacerlo. El infante buscó desesperadamente una respuesta en la mirada de su madre, pero sólo vio lástima. ¿Por qué sus padres la obligan a casarse con alguien que no ama? ¿Acaso no todo el mundo se casa por amor?

La mujer apretó con fuerza sus labios al ver que ese tema había llegado más rápido de lo que se había imaginado. Su hija era pequeña, pero era muy astuta. Mentirle no serviría de nada.

Por desgracia, la mayoría de los matrimonios se llevan a cabo por situaciones ajenas al amor, Rin dijo la mujer.

Rin no lo entiende. —La niña se veía confundida—. Ustedes se han casado enamorados, como en los cuentos de hadas que me lee. ¿Por qué los demás no?

Son muy pocas las personas que se casan por amor. Tu padre y yo fuimos unos de los pocos que peleamos por ello —le hizo saber a su hija—. Pero los demás… —La madre estaba pensando en las palabras correctas, para que la pequeña niña le entendiera—. Hay costumbres y hábitos que son difíciles de romper, cariño. Los acuerdos matrimoniales son unos de ellos.

»El matrimonio se creó más por beneficios e intereses. Y los cuentos de hadas narran lo que la gente sueña, pero que saben que sería casi imposible de obtener.

Rin no pudo ocultar la tristeza en su mirada, aquella respuesta no era lo que esperaba. Pero le agradaba que su madre no le ocultara la verdad de las cosas. Ella quería crecer aprendiendo, y de alguna manera sabía que no todo sería bonito.

Eso es muy triste —dijo Rin aguantándose las ganas de llorar—. La señorita será obligada, y no puede hacer nada para cambiarlo.

Sí, es una pena. —Empatizó con la tristeza de su hija—. Pero quiero que entiendas algo, cariño.

¿Qué…qué cosa, ma-mi? —cuestionó con dificultad, ya que su madre le hizo sonarse la nariz que había empezado a moquear.

Que en la vida no todo es blanco y negro. —Terminó de limpiar la nariz de su hija y le sonrió—. He conocido parejas que se casaron enamorados, pero al final terminaron odiándose. Y a matrimonios que se unieron sin amor, pero con el tiempo terminaron amándose con locura. —Acarició la melena castaña que, junto con esos ojos marrones fueron la única herencia física que obtuvo de su padre—. El amor puede llegar de diferentes maneras, y también puede esfumarse sin dejar rastro de que alguna vez existió.

»Los sentimientos son volubles y tienden a ser muy inestables la mayoría del tiempo. —En sus palabras solo había sabiduría para su pequeña hija—. El amor también necesita de la madurez y la inteligencia de las personas. Si no sabes equilibrar el amor con la razón, lo más seguro es que esa relación fracase.

¡Oh! —expresó la niña maravillada por la información dada por su madre.

¿Quieres saber cuál es el ingrediente secreto para que una relación funcione? —preguntó esperando la reacción de su hija.

¡Rin quiere saber! —exclamó con una brillante curiosidad. El llanto había quedado en el pasado.

La confianza, cariño —informó la madre con una sonrisa en su rostro—. La confianza debe ser lo primero que debe ganarse y debe mantenerse, para que el amor no muera con el tiempo.

¡Entonces mis papás están llenos de mucha confianza! —habló con entusiasmo.

¡Así es, cariño! —La joven madre tomó a su hija entre sus brazos con ternura y cariño. La niña sonrió al sentir los besos que su madre empezó a darle en la mejilla—. Quiero que me prometas algo, Rin —dijo sin romper el abrazo.

¿Qué cosa, mami?

Que el día en que te cases, quiero que lo hagas amando intensamente —musitó como si lo que estuviera diciendo fuera un secreto entre las dos—. Que la sabiduría y la confianza siempre guíe tus pasos en ese hermoso cometido. Y, sobre todo, que la persona que decidas tener a tu lado sea igual de responsable que tú y te ame con la misma intensidad que la tuya.

¡Rin te lo promete, mami! —La niña no dudó ni un segundo en asentir a las palabras de su madre.

Confió en ti, mi niña.

—Mamá… —musitó Rin mientras parpadeaba, tratando de acostumbrar a sus ojos a la luz que se colaba en su habitación.

Rin se levantó de golpe al darse cuenta que aquello había sido un recuerdo, uno que se había hecho presente como un agradable sueño.

—Lo había olvidado —murmuró—. ¿Por qué lo olvide?

Ella sabía bien el motivo por el cual aquel recuerdo se había enterrado en su subconsciente. Después de la muerte de su madre ella se negó al amor, se negó a casarse, se negó a ser feliz.

Ahora estaba casada y no había sido por amor. Sin embargo, había nacido el interés y la pasión, pero en ello no había ni una pizca de romance. Tal vez aprecio o algún tipo de afecto, pero no amor. Y Sesshōmaru no se lo ofrecería. Él no lo buscaba ni lo necesitaba, no tenía ni el más minino interés de vivirlo y de entregarlo.

Rin sabía que lo único que su marido le daría era su lugar como señora de la casa Devington, la libertad de hacer con su vida lo que mejor le plazca y una cama caliente para complacer aquella pasión que estaba empezando a florecer en ella.

—Soy una estúpida —masculló entre dientes.

Rin se quitó las colchas de encima y se sentó en la cama, tratando de disipar todos esos pensamientos que agobiaban a su cabeza. No quería que su día iniciara con la amargura, ella quería que todo fuera positivo.

—¡Hoy será un gran día! —Rin se levantó de la cama y pisó descalza el suelo, pero no le importó. Se dirigió hacia el ropero y miró el atuendo que más le había gustado de todo el arsenal que le había enviado su suegra. Sonrió—. Sin duda será un buen día y, nada ni nadie me lo arruinara —dijo determinada.

• ────── ✾ ────── •

Hakudōshi miró a su hermana que estaba sentada en la cama y no paraba de morderse las uñas, una costumbre que él pensó que ya había superado.

—Él realmente… —La voz se le quebró.

—No sé lo que esperabas, Kagura —habló el administrador—. Están casados, esto iba a pasar en cualquier momento.

—Pero… —Kagura levantó el rostro y sus ojos rojizos estaban cristalinos.

El joven hombre torció la boca con tristeza al ver a su hermana en ese estado. Kagura siempre había sido la fortaleza de su pequeña familia. Ella había hecho todo lo posible para darles lo mejor. Pero la vida no fue justa con tres niños que no tenían nada y a nadie. Y su hermana mayor fue la primera en pagar las consecuencias. Aun así, no se doblegó, nunca se quejó y jamás lloró a pesar de todas las injusticias que vivió.

Sin embargo, tuvo que conocer el sentimiento del agradecimiento y el espejismo del amor, para hacerla llegar al punto de romper en llanto.

Hakudōshi pensaba que a veces el amor era peor que cualquier mal en la vida. Porque el daño era interno, y las heridas que más costaba sanar eran las intangibles.

—Hermana… —El albino tomó asiento al lado de ella y pasó su brazo sobre los hombros femeninos—. Tienes que pasar página, no puedes seguir viviendo esperando algo que nunca se te iba a dar.

—Es por lo que soy, ¿no es así? —dijo la mujer en un sollozo—. No importa que el tiempo pase, que corrigiera mi origen y que cada día me esfuerce a ser mejor. Estoy manchada de por vida, estoy…estoy…

—Sabes que eso no le importa a Sesshōmaru —le recordó.

—¿Entonces por qué me rechazó? —Las lágrimas empezaron a brotar—. ¿Por qué la eligió a ella? ¿Qué es lo que ella posee que yo no?

—No se trata de quién es mejor o peor, Kagura. —Acarició el hombro de su hermana, tratando de reconfortarla. Pero a él siempre se le dio mal dar apoyo emocional—. Esto simplemente se da, no hay una regla o un patrón que seguir.

»Yo tampoco logró comprender el accionar de Sesshōmaru —fue sincero—. Pero si él ha tomado a Rin como su compañera, es porque vio en ella algo que nadie más podría entregarle. —Pegó su cabeza a la de su hermana, mezclando el cabello blanquecino con la melena oscura—. Por desgracia los sentimientos son irracionales, no existe un motivo claro, nunca hay una razón lógica, simplemente se da y es todo.

—Yo no sé…no sé si podré aguantar esto, Hakudōshi —dijo Kagura con amargura—. Verlos así día tras día…yo…

—Ya pensaremos en algo, así que tranquilízate, ¿sí? —Abrazó con fuerza a la pelinegra. Y creció con vehemencia las ganas de golpear al culpable del estado de su hermana. Pero él sabía que Sesshōmaru no tenía culpa alguna—. Encontraremos una solución…

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Rin se miró en el espejo una vez Kanna terminó con su labor, y lo que vio le gustó. Su cabello estaba sujeto en un chongo bajo, era bastante flojo dándole una combinación curiosa entre desenfadado y elegante; y unos pequeños mechones al lado de sus orejas fueron sutilmente ondulados.

Si bien Kanna no la había maquillado como tal, sí había realizado unos cuantos detalles en su rostro. Había puesto un sutil delineador sobre sus parpados y le enchinó sus largas y tupidas pestañas, haciendo sus ojos se vieran más grandes de lo usual. Y sus labios habían sido teñidos de un rojo que le recordaba al color de las cerezas.

—Tenía miedo de usar un color demasiado fuerte, porque su rostro es muy dulce —dijo Kanna—. Pero realmente le queda bien, la hacen ver más femenina.

—Sí —asintió Rin con una sonrisa en el rostro.

En eso la joven esposa se levantó y el largo de su falda se ondeó con elegancia. Llegó frente al gran espejo que cubría casi por completo una de las puertas del ropero blanco. Y ahí pudo admirarse en su totalidad y lo que veía le gustaba.

Rin por primera vez en su vida se sentía bonita y atractiva.

El atuendo que estaba portando era de dos piezas; la blusa de seda era de color perla, pero la parte superior la que cubría los hombros, sus brazos y al nivel del nacimiento del valle de sus senos era semi trasparente y tenía lindos bordados florales de color guinda. También contaba con un escote en forme de «v», el cual finalizaba con un moño del mismo color que los bordados y su falda.

La falda era guinda y tenía una pretina que era un poco más brillante y parecía como un cinturón que se ceñía a su delgada cintura. Después de allí la falda caía tal cascada de vino, llegando hasta la parte trasera que tenía una larga cola que arrastraba un poco por el suelo.

El atuendo era sutil, elegante e incluso sensual, y se distanciaba bastante del vestido tradicional. Por ese motivo es que Kanna se animó a darle un poco más de color a su rostro, con tonalidades que se apegaran a lo que su atuendo dictaba.

—Se ve preciosa, Rin —habló Kanna, la cual la miraba admirada.

—Gracias, Kanna —sonrió satisfecha—. Nunca pensé que pudiera usar ropas con colores tan fuerte y elegantes.

—Oh… —Kanna miró fijamente el peinado de Rin.

—¿Qué ocurre, Kanna? —Miró por el espejo a la joven albina.

—¿Segura que no tiene ninguna peineta?

—No, ninguna —negó Rin.

Kanna no dijo nada más ya que había tomado camino con rapidez hacia el baño, y enseguida se escuchó que abrió la segunda puerta que daba hacia la habitación de Sesshōmaru.

—¡¿Kanna?!

Pero tan rápido como la llamó, la sirvienta regresó con algo entre sus manos. Aquel objeto brillaba y parecía ser que no solo era bonito sino también caro.

—Le pondré esto. —Kanna se acercó a Rin y le mostró la peineta que tenía entre sus manos.

—¡Por Dios! —Rin no pudo ocultar su asombro. La peineta era de un extraño color plata y tenía unas preciosas joyas rojas, las cuales podría jurar que se trataban de piedras preciosas—. ¿Es de Sesshōmaru? —Ella sabía que su esposo usaba broches de plata, pero eso era una peineta y dudaba mucho que él se hiciera algún tipo de chongo.

—No, es de la condesa —informó la albina con tranquilidad—. Cuando la señora viene de visita, tiende a dejar muchas cosas como estas. Si las abandona es porque ya se aburrió de ellas. Es un hábito extraño que posee la condesa.

—Y Sesshōmaru las guarda —se aseguró a sí misma.

—Bueno, por lo general termina vendiéndolas. Pero esta la ha ido dejando. —Alzó los hombros restándole importancia.

—No creo que sea buena idea que lo use. —Rin aun miraba el valioso objeto—. Podría… —Kanna la interrumpió.

—No le molestará —aseguró—. Lo más seguro es que le guste verla usando algo como esto en su cabello. Aparte, así se evitaría el estar vendiendo cada cosa que deje la condesa.

Rin no pudo evitar el reír al escuchar las palabras de Kanna que, aunque ella lo decía con toda la seriedad que le caracterizaba, no dejaba de ser gracioso por la situación en sí.

—Siéntese —le pidió Kanna.

—Está bien. —Rin accedió y volvió a tomar asiento en la silla frente a su tocador—. Es plata, ¿verdad?

—No —respondió Kanna, mientras empezaba a acomodar la peineta—. Es oro blanco, Rin.

—¡Oh! —Ahora entendía por qué el color no le sonaba tanto a la plata. Esa era la primera vez que veía el oro blanco—. Y las joyas…

—Son rubís —aseguró Kanna.

—Nunca había usado cosas tan caras en mi vida —dijo Rin con un rubor en sus mejillas.

—Es momento de que se vaya acostumbrando —habló Kanna al terminar su labor—. Usted merece esto y mucho más, Rin.

Rin sonrió ante las amables palabras de Kanna, había decidido que ese sería un buen día y no lo echaría a perder por su molesta modestia, que a veces en vez de ayudarla la terminaba perjudicando.

Luego de terminar de arreglarse, Rin dio camino hacia la planta baja y ahí se encontró con Hakudōshi que cargaba con algunas carpetas.

—¡Buenos días, Hakudōshi! —lo saludó con alegría.

—Buenos días… —calló abruptamente cuando levantó la mirada y se encontró con la mujer que había terminado de bajar las escaleras—. Pero mi señora… —El administrador sonrió galante—. Hoy se ve espectacularmente hermosa.

—No exagere —rio Rin—. Pero sí, hoy me siento peculiarmente bonita.

—Bonita es quedarse cortos. —La tomó de la mano y le besó los nudillos—. No tengo duda alguna que ahora mismo usted es la señora más hermosa que hay en toda Devon.

—A veces te pareces a Jaken —dijo Kanna, que terminó de bajar las escaleras—. Igual de lamebotas.

—Al menos soy un lamebotas guapo —rio con descaro el albino.

—Hmm… —La albina prefirió no seguir inflando el ego de su hermano.

—Si me disculpa, tengo que ir por un momento al despacho —dijo Rin.

—Adelante —asintieron los hermanos al unísono.

Rin caminó hacia su destino, y al abrir una de las puertas trotó un poco más rápido para llegar a la caja fuerte. Se puso de cuclillas haciendo que las ballenas del corsé rechinaran por tal acción.

Con la clave memorizada abrió la caja, la cual estaba destinada para el uso de la mansión. Y como la compra que realizaría sería para el bien de la cocina de Kaede, no habría problema por ello. Aparte, Sesshōmaru le dijo que no temiera al tomar dinero que para eso estaba.

Guardó el dinero en el bolso que colgaba de su muñeca, cerró la puerta de la caja y giró la rueda con entusiasmo. Nunca se había sentido tan libre de hacer gastos más desenfadados.

Rin no tardó en volver hacia los hermanos, siendo la albina quien la esperaba con el chal guinda. Al llegar a su lado cogió la fina tela entre sus manos y no tardó en colocárselo.

—Entusiasmada por su desayuno con el gran duque Foster —dijo con burla el administrador, mientras caminaban hacia la salida.

—Nunca me había invitado a desayunar antes —fue sincera—. Así que sí, estoy entusiasmada.

—El señor Kirinmaru la tratará como una princesa —dijo Kanna con las mejillas sonrojadas—. El duque es todo un caballero.

—Ajá… —Hakudōshi rodó los ojos ante las palabras de su hermana menor.

Rin sólo pudo sonreír al ver al administrador celoso, era obvio que no le gustaba que Kanna diera a otro hombre el mismo cariño fraternal que le entregaba a él.

Al llegar a la entrada se toparon con el carruaje ya listo, el cual sería jalado por dos caballos blancos. Pero había dos caballos más; uno era de un café oscuro y el segundo era negro, pero cerca de las pesuñas el pelaje era blanco.

En seguida tres hombres se irguieron tan rápido la divisaron y la esperaban al pie de la escalera. Todos vestían bastante bien y eran hombres jóvenes y varoniles. Ninguno era feo, reafirmando aún más la teoría de Rin, de que en la hacienda de su esposo solo se cosechaba hombres atractivos.

—Llegaré antes de la comida —le informó Rin a Kanna—. Si de casualidad llegó un poco más tarde, por favor recibe al señor por mí.

—Sí, señora —asintió.

Hakudōshi extendió su brazo caballerosamente, para acompañarla hasta al carruaje, acción que ella aceptó con una sonrisa en el rostro.

Al bajar los escalones se pararon frente a los tres hombres. Esa era la primera vez que ella le dirigía la palabra a los empleados que trabajaban fuera de la mansión.

—¡Buenos días, mi señora! —corearon los hombres. Los tres parecían tener unas voces bonitas.

—Buenos días, caballeros. —Les sonrió a los tres—. Hoy estaré bajo su cuidado.

—Me presento —dijo alegremente el más joven de los tres—. Soy Abel, y hoy seré su chofer, mi señora.

Rin miró al joven chico que no pasaba de los veinte, tal vez y tenía la misma edad que ella. Él era de tez blanca, sus cabellos eran de un rubio cenizo muy bonito y sus ojos eran una tonalidad avellana.

—Soy Robert, mi señora —se presentó el segundo hombre con una voz potente. Rin podía jurar que era la voz más gruesa que había escuchado jamás en su vida—. Estoy a su total disposición.

El hombre tenía una complexión muy parecida a la de Kōga, incluso poseían el cabello tan negro como la noche, la diferencia es que Robert lo tenía corto. Su piel era más bronceada y tenía unos lindos ojos color miel.

—Mi señora —el tercer hombre se hizo presente con su aterciopelada y sensual voz. Y a diferencia de los otros dos, él se mostró más familiar hacia ella—. Mi nombre es Julián, y es un placer estar al servicio de una mujer tan hermosa y amable como usted. —La cogió de su mano libre y le dio un sutil beso en los nudillos.

—Gra…gracias… —dijo Rin con cierto nerviosismo. Hakudōshi que estaba a su lado soltó una risa ante la situación vivida.

Julián era un hombre increíblemente apuesto, era tan alto como Sesshōmaru y tenía una coquetería innata que le recordó a la de Hakudōshi, pero sin ese toque femenino. No. El hombre frente a ella era totalmente masculino mucho más parecido a su marido.

Su piel blanca resaltaba por sus cabellos que eran de un rojo intenso, su mirada felina tupida por largas pestañas negras que hacían que sus ojos azul cielo fueran más llamativos. Y su porte era simplemente sensual e incluso peligrosamente atrayente.

«¿A cuántas mujeres habrá conquistado este hombre?», se preguntó Rin.

—No está de más decir que deben traer a la señora tal cual se la llevan —intervino el administrador con una sonrisa sádica—. A menos que quieran ver realmente enfadado a Sesshōmaru.

Los hombres asintieron a las palabras de Hakudōshi, que a pesar de ser más bajo que los otros tres se notaba que le tenían respeto y que lo veían como una autoridad más a la cual obedecer.

—No se preocupe, señor Hakudōshi —habló Abel—. Valoramos mucho nuestras vidas.

—Perfecto —sonrió el albino—. Te ayudo a subir —se dirigió ahora a ella.

—Sí, por favor.

Cuando todos fueron a tomar sus puestos, Rin se dio cuenta que debajo del saco de Julián traía una pistolera, y pudo notar que el arma que portaba era un revolver. Ella no sabía nada de armas, pero sí llegó a ver un revolver un par de veces, ya que era el arma favorita de los aristócratas de Londres.

Saber que los hombres que la guardaban la hacían sentirse protegida y al mismo tiempo terriblemente nerviosa.

—¿Pasa algo, mi señora? —preguntó Hakudōshi, que había abierto la puerta del carruaje.

—No, nada —sonrió algo forzada. Tomó la mano del administrador para subir al carruaje.

—Kanna me dijo que dejó la bolsa que le pidió en el carruaje.

—Oh… —Rin volteó a su costado y se encontró con el bolso—. Sí, aquí esta. Gracias.

—Que tenga un buen viaje, mi señora.

—Gracias, Hakudōshi.

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Sesshōmaru y Kōga caminaron hacia las sombras que ofrecían los árboles, mientras se secaban el sudor. Estaban haciendo el chequeo a todo el ganado bovino desde el becerro más pequeño hasta los toros que estaban para la preña de las vacas.

El peli-plata tomó como asiento una piedra que estaba al pie de un gran árbol y Kōga permaneció parado, mientras comía las nueces que un trabajador les había regalado.

—Aún sigues sin interrogar al chico —dijo el capataz con total tranquilidad.

—Hmm… —Sesshōmaru no estaba de humor para hablar de ese tema ni de ningún otro.

Kōga sabía que su amigo estaba enojado, pero nunca lo había visto con «ese» tipo de enfado. Él sabía de qué se trataba, pero no estaba seguro si era bueno tocar el tema. Con Sesshōmaru era muy difícil dibujar una línea de lo que permitía y lo que no.

—Sabes, conozco muy bien cómo te sientes —mencionó sutilmente, para enseguida llevarse otro pedazo de nuez a la boca—. Cuando uno se pelea o se molesta con su mujer, el enojo tiene un aura muy particular.

Sesshōmaru miró de soslayó al pelinegro, el cual parecía estar demasiado tranquilo para estarlo molestando.

—No preguntaré nada. —El capataz sonrió de esa manera que hacía que sus caninos se notaran aún más—. Solo puedo decir que te entiendo, y que esto se volverá bastante cotidiano —rio desenfadado.

El peli-plata se llevó un pedazo de nuez a su boca y volteó hacia otra dirección, encontrándose con una carretilla que era jalada por un poderoso percherón negro. Él conocía perfectamente a ese caballo, y sabía quién tomaba las riendas.

—Ayame —dijo Sesshōmaru.

Kōga giró rápidamente hacia la dirección donde su esposa venía y sonrió al verla no solo a ella, sino también a su hijo que empezó a gritarle para anunciar su llegada.

—¡Paaaapáááááá! —gritó el pequeño Kai.

El capataz no tardó en ir hacia ellos, dejando a Sesshōmaru en aquel lugar con la tranquilidad del silencio.

Sesshōmaru sacó el reloj del bolsillo de su chaleco y pensó que Rin estaba en camino o que tal vez ya había llegado a la casa de Kirinmaru.

No había dejado de pensar en su esposa desde lo ocurrido en su recámara, no se había esperado ese cambio tan abrupto. Rin a veces era demasiado impredecible y curiosa para su propio bien.

Pero tampoco la podía culpar por cuestionar algo tan natural como era el amor. Llevó una vida negando ese sentimiento, aceptando como un hecho que su vida sería cuidar a su padre y después vivir en soledad. Sin embargo, ahora tenía la oportunidad de sentir, de vivirlo y de merecerlo. El problema es que él no podía hacerlo, o más bien, no quería dárselo.

Sesshōmaru estaba dispuesto a ofrecerle casi todo lo que tuvo que negarse desde pequeña. La posibilidad de tomar sus propias decisiones, de dirigir sus motivaciones a donde mejor le placiera, no volver a vivir con carencias, que no sufriría ninguna humillación y de no vivir con la incertidumbre de si podría soportar un día más.

Él la ayudaría a descubrir todo aquello que desconocía y vivir todo aquello que estaba aprendiendo. Ser aquel que le hiciera vivir la experiencia de ser deseada, de desear y exigir lo que como mujer se merecía. Satisfacer cada uno de sus anhelos fuera y dentro de la cama. Incluso estaba dispuesto a darle hijos si ella quería experimentar la maternidad.

Dirigió su atención al pedazo de nuez que tenía entre sus dedos, el cual empezaba a convertirse en migajas por la presión que estaba generando. Estaba molesto, aunque no sabía si era con ella, consigo mismo o por lo que la palabra amor implicaba.

El amor no era como lo describían los cuentos, no había un final feliz al terminar el relato. Ese sentimiento solo generaba dolor, y no había cura para algo que era imposible de tocar.

Él sabía que cuando se amaba el sufrimiento era lo único que estaba asegurado, porque había visto la historia repetirse una y otra vez. No importaba la situación o los hechos, el resultado era el mismo.

Sesshōmaru conocía lo que el amor inquebrantable entre una madre e hijo les hizo soportar los más aberrantes crímenes.

Observó como el intenso amor que un hombre sentía por su familia, lo orilló a experimentar su pérdida y minimizar el dolor físico, porque el de su corazón era más pesado y quemaba más intensamente que el fuego.

Entendió el puro amor de tres hermanos que, por protegerse mutuamente tomaron decisiones que los marcaría para el resto de sus vidas.

Él se encontró con el amor de una hija que era capaz de hacer cualquier cosa por salvar a su padre, incluso aceptando el no ser una persona, no reconocerse como un ser humano que merecía algo más que soledad.

El amor era más que un espejismo que prometía el agua de un hermoso oasis, pero al acercarte a él no había más que calamidades y sufrimiento. No había nada allí que mereciera la pena.

Sesshōmaru no quería que Rin volviese amar a alguien, para evitarle vivir una vez más la angustia y dolor. Ella merecía algo mejor que eso.

Una fuerte carcajada lo sacó de sus pensamientos y viró hacia donde estaba Kōga. Y recordó que él también padeció ante el amor. Primero perdió a su madre cuando él era muy pequeño. Después experimentó lo frío que podía ser el desamor de una mujer. Al final sufrió el fallecimiento de aquel hombre que no solo fue su padre sino también su mentor. Pero el capataz estaba ahí, viviendo y gozando de su vida como si fuese el último.

Kōga amaba a su esposa con una intensidad y pasión que muchos envidiarían; adoraba a cada uno de sus hijos a los que les enseñaba lo que sabía y los animaba a ser mejores que él. Incluso sabía que su capataz lo amaba a él como amigo, y no dudaría en darle su ayuda si así se lo pidiera.

Sesshōmaru recargó su cabeza en el tronco del árbol y dirigió su mirada al denso follaje del árbol. Cerró los ojos con pesadez y solo podía recordar el calor que emanaba del pequeño cuerpo de su mujer, el dulce aroma a jazmín que le cubría la piel y que llenó su olfato por la noche. Sobre todo, esos besos que al principio siempre eran tímidos para enseguida entregarse sin restricciones.

Él ayer confesó lo que no quiso admitir desde un principio. Rin le gustó y lo aterró por partes iguales. Quedó fascinado por lo que ella podría llegar a ser si se le diera la oportunidad, pero también vio en esa hermosa mirada una temeridad que podría provocarle más infortunios que victorias. Aun así, Sesshōmaru quería observar a la verdadera Rin, él deseaba ver hasta donde llegaba su valentía y anhelaba presenciar por primera vez el miedo traspirar por todo su cuerpo.

Lo peor de todo para el peli-plata era que, aunque se negaba a darle amor a esa mujer que deseaba experimentarlo, ella ya estaba tocándolo de una manera que él había rechazado a lo largo de su vida.

Rin no entendía el poder que ella poseía y que en cualquier momento ella obtendría de él algo más que un cuerpo caliente y deseoso de hacerla perderse en su propia pasión.

Ambos se tocarían de una forma tan profunda y desesperada que no les permitiría dar vuelta a atrás. Y ahí, en ese momento, los dos sufrirían por anhelar ser amados.

En ese momento recordó aquella charla que tuvo con su madre, después de haber regresado de la casa de Edward y con la noticia de que desposaría a Rin.

Aún sigo asombrada por tu decisión —dijo la mujer de cabellos platinados y ojos dorados—. Nunca pensé que una mujer te gustaría a la primera de conocerla.

Sesshōmaru permaneció en silencio ignorando abiertamente las palabras de su madre. No deseaba hablar del tema, pero sabía que ella no lo dejaría en paz hasta saciar su curiosidad.

Sabemos que este matrimonio no era necesario —siguió instigando—. La solución ya estaba sobre la mesa. Pero cambiaste de rumbo repentinamente. —Una cínica sonrisa se hizo presente en los labios teñidos de morado—. ¿Qué fue lo que viste en Rin? ¿Qué te hizo desearla tan desesperadamente? —Los ojos ámbar parecían arder en una curiosidad desmedida.

Mis motivos no están a discusión, madre —dijo secamente.

Oh, Sesshōmaru… —La madre se acercó y su mano se posó en la mejilla de su hijo. Él no tuvo más remedio que mirar directamente a su reflejo—. Has sido estúpidamente imprudente y puede que esto te pase factura en el futuro.

»Esa niña es una enorme interrogante —le hizo saber—. Y te puedo asegurar que puede ser la calma y la tormenta. Me pregunto… ¿Hasta dónde serás capaz de resistir?

Entre esa chica y yo no habrá nada —aseguró con parquedad.

Ni tú mismo te crees eso —rio descaradamente—. La desearás y buscarás tocar algo más que un lindo cuerpo caliente, hijo mío. Y tú anhelarás que ella te toque sin importar que seas un bastardo, un niño que no ha podido escapar del sufrimiento y un hombre que fue marcado con una enorme mancha para el resto de su vida.

»¡Oh, mi amor! —Irasue sonrió, pero su expresión era fría—. La pregunta es sí ella estará dispuesta a amar a alguien como tú.

Continuara…