El sol comenzó a bajar, la luz de tono anaranjado inundó el cielo creando hermosos colores que se asomaban a través de las nubes, pero aquel paisaje, pese a ser hermoso, no era observado por la nueva habitante del castillo; Alena extrañaba a su padre, se preguntaba si estaría bien y saber que no lo vería de nuevo, partía su corazón.

– deberías entrar – comentó el lobo color miel – pronto caerá la noche y podrías enfermar –dijo sentado al lado de la pelirroja

Alena, quien estaba sentada bajo uno de los árboles del jardín, abrazaba sus piernas con su cara recargada sobre ellas, sintió que la trompa del lobo dio un pequeño empujón para hacerla reaccionar; la pelirroja le acarició, haciendo que este se recargara con ella, Alena miró al otro lobo y también lo acarició. Al sentir el pelaje de ambos con sus dedos, entendió algo, aún cuando su nueva vida la pasaría siendo una especie de prisionera de aquella bestia, realmente no estaba sola, aunque la compañía era inusual.

Alena se levantó para volver al castillo, las puertas traseras de este eran como ventanales, y llevaban a un balcón de piedra con escaleras a ambos lados para acceder al jardín. Las velas alumbraron el lugar, la pelirroja volteó para mirar el jardín, la noche había llegado y con ella, la tenue figura de la luna se mostraba en el cielo.

La luna estaba en cuarto creciente, Alena se quedó observando el cielo hasta el momento en que la misma campana que avisó cuando la partida de su padre había llegado la sobresaltó. Ambos lobos le explicaron que todos los días aquella campana sonaba dos veces, por la mañana y por la noche; la luz de las velas alumbró el pasillo, dejando saber a la chica su camino.

Las luces guiaron a Alena hasta el comedor, la cena estaba servida, notó que en suelo había un par de grandes piezas al parecer de carne a las cuales ambos lobos se acercaron velozmente para comer; la escena quedaba convenientemente en una sección obscura del comedor. Acompañada por el ruido de ambos lobos comiendo, la cena de la chica continuó sin grandes sucesos, aunque debía admitir que la comida siempre era muy buena; pese a las atenciones que recibió aquel día, no se sentía animada, apenas había tocado sus alimentos cuando la intensidad de las luces bajó y ambos lobos dejaron lo que hacían para sentarse erguidos mirando hacia la puerta del comedor.

– ¿por qué no has comido? – preguntó la fiera al entrar al lugar

– buenas noches – la pelirroja hizo una leve reverencia con su cabeza – discúlpeme, no me encuentro con ánimos – respondió ocultando sus manos temblorosas del miedo que la fiera le causaba

– ¿acaso pretendes enfermar? – rugió, preguntaba preocupado aunque sonaba como si estuviera enojado – y ustedes dos – pese a la obscuridad que parecía cubrir sólo a la bestia, Alena pudo distinguir los ojos de la misma – más vale que dejen de jugar, ¡no olviden su deber! – les regañó

– ellos han sido muy buenos conmigo – defendió la pelirroja levantándose de la mesa – por favor, no les regañe de esa forma – suplicó a la bestia, cuyos ojos llenos de enojo se posaron en ella causando que se paralizara

– dime, Alena – se acercó a la pelirroja – ¿te casarías conmigo? – preguntó con su intimidante voz y extendió una de sus garras a la chica.

Alena negó en silencio con lágrimas en los ojos y un gesto de terror imposible de ocultar mientras retrocedió unos pasos, "¿acaso la intención de no haberme comido es que pretende desposarme?" se preguntó la pelirroja, antes de poder reaccionar y responderle propiamente, se desmayó.

Al haber caído inconsistente, la pelirroja tuvo un sueño tan vívido como confuso, el sueño comenzó con el interior del castillo, este se mostraba iluminado por completo gracias a la luz natural del sol, en sus pasillos había gente y como si algo controlara su cuerpo, la pelirroja sintió que fue jalada hasta la entrada de la imponente construcción de piedra, donde las enormes puertas que ella había cruzado el día de su llegada, se abrieron para mostrar la figura de un hombre alto, pálido y con cabello largo y rojo como el fuego; Alena no pudo observar a detalle aquella figura, pero el pelirrojo arrastraba a un chico encadenado por las muñecas evidentemente menor de él en edad, su tez era morena, era extremadamente delgado y de cabello negro. En el sueño la escena cambió fuera del castillo, mostrando una ciudad desconocida para Alena, estaba completamente en llamas, la gente huía mientras personas en caballos asesinaban hombres, mujeres y niños por igual. Alena tapaba sus ojos para no ver aquellos horrores, pero aún si los tapaba o cerraba, la imagen de la masacre se reproducía en su cabeza.

– ¡ya basta, por favor! – se tiró al piso agarrando su cabeza mientras suplicaba

Las imágenes se detuvieron y ahora estaba afuera de una cabaña sobre una montaña, desde ahí se podía ver el castillo.

– ahora sabes de lo que son capaces esas bestias – escuchó una voz perteneciente a un hombre, pero no pudo ver a su dueño – y como tal vivirán para siempre – sintió el aire frío en su rostro

Alena despertó abruptamente gracias a un fuerte aullido, estaba agitada, para su sorpresa ambos lobos estaban en su habitación mirando por la ventana y el aullido se repitió, esta vez ambos respondieron desde la ventana.

– ¿qué está pasando? – preguntó.

Ambos lobos se alejaron de la ventana para que la pelirroja se asomara, el terror la invadió al ver a la bestia sobre la fuente aullando hacia el cielo, tapó su boca y retrocedió, era la primera vez que lograba ver la imagen de la fiera casi por completo, gracias a la luz de la luna logró verle mejor, pero aquella enorme figura era algo que sólo podía existir en las pesadillas.

– ¿cómo puede creer que aceptaría casarme con él? – pensaba en voz alta mirándolo con terror

Ambos lobos se miraron, la pelirroja no lo notó, pero en su mirada se distinguió preocupación. Alena volvió a la cama, se sentó para ver que ambos lobos al pie de la misma, uno en cada costado, recargaron sus rostros en la misma, se notaban cabizbajos.

– ¿están tristes porque les regañó esa bestia? – ninguno respondió – creo que tendré que aprender de ustedes – fue evidente que forzó una sonrisa – después de todo, jamás podré irme de aquí… – la pelirroja sollozó disculpándose y se acostó de nuevo.

Alena creyó que no podría conciliar el sueño, pero sus ojos se sintieron pesados al instante y se sumergió en un sueño profundo.

Alena estaba de nuevo en el castillo, pero esta vez caminaba por los jardines de éste.

– no eres tan desafortunada como crees, Alena – escuchó la voz de un hombre, pero era diferente a la de su sueño pasado – aquí serás recompensada por todos tus sufrimientos pasados – entre los árboles del jardín, se avistó el castillo, que esta vez lucía radiante bajo la luz del sol

– ¿quién eres? – preguntó con curiosidad buscando al dueño de aquella voz

– por ahora no puedes verme, pues estoy atrapado – la pelirroja se preocupó

– ¿puedo ayudarte? – la propuesta de Alena era genuina, no sabía de quién se trataba, pero quería ayudarle – dime dónde estás atrapado e iré a ayudarte… – se apresuró a ofrecer su ayuda

– no necesitas ir a algún lugar para hacerlo – interrumpió a la chica – pero no puedo mostrarme ante ti aún, pues para ello tienes que ver más allá – Alena escuchó que la voz se dirigía al castillo

La pelirroja, preocupada por el dueño de aquella voz, corrió entre los árboles del jardín hacia el castillo

– ¡espera! – entre más trataba de acercarse al castillo, este permanecía a la misma distancia – ¡al menos dime tu nombre! – al ver que corría sin éxito se detuvo agitada – para poder buscarte – trataba de recuperar el aliento – y ayudarte… – sus últimas palabras sonaron tristes

– sólo no creas todo lo que ves y no confíes en aquel que me mantiene atrapado – la voz desapareció en la lejanía del castillo

Antes de que Alena pudiera preguntar más, el castillo se vio cubierto en obscuridad, el aire se volvió gélido, en la distancia parecía haber una tenue luz con el color rojizo del fuego, se acercó creyendo encontrar refugio, pero en su lugar, algo parecía estar en llamas, al acercarse reconoció la casa en la que vivió en la ciudad, se incendiaba, esta vez frente a sus ojos; Alena no daba crédito a lo que veían sus ojos, cuando recordó que en aquel incendio su madre había fallecido trató de entrar gritando por ella, pero apenas puso un pie dentro de la casa en llamas, despertó.

La pelirroja escuchó la campana que anunciaba la mañana, llevó una mano a su cabeza, se sentía confundida con todo lo que había soñado, cuando recordó la proposición de la bestia, recordó la escena de aquel enorme lobo aullando, se abrazó con miedo.

Una vez que la pelirroja se calmó, bajó a desayunar, le extrañó no haber visto al par de lobos en su habitación, antes de convencerse que no eran reales, los encontró en el comedor, ambos sentados erguidos en cada costado de la entrada.

– ¿por qué tardaste tanto? – el cuerpo de la pelirroja se paralizó al escuchar la voz de la bestia – ¿acaso no piensas desayunar? – esperaba por ella al final de la larga mesa

– discúlpeme, no me sentía muy bien ayer y dormí más tiempo – excusó la pelirroja; Alena se sentó a comer, pero apenas y podía moverse, la bestia le miraba con atención – perdóneme, ¿hice algo mal? – preguntó temiendo haberle hecho enojar

– tampoco tienes que estar nerviosa por lo que te pregunté ayer, Alena – la pelirroja no pudo ocultar su reacción – ayer me diste tu respuesta, eso es suficiente – comentó sobre la obvio que aquella negativa fue su respuesta

– discúlpeme, no era mi intención ofenderle – Alena bajó la mirada y se contrajo en su silla bajando sus manos a apretar su vestido sobre sus piernas; al no obtener respuesta, la pelirroja levantó la mirada y lentamente su rostro para ver que la bestia comía de algo que se parecía a aquel trozo de carne que había visto comer a los lobos – ¿puedo preguntar…? – su voz era baja y temblorosa, pero la bestia dejó lo que hacía para mirarla – no conozco su nombre, quería saber si… – el fuerte rugido con evidente molestia la sobresaltó tanto que la pelirroja cayó de su silla, vio con horror a la fiera acercarse a ella, levantó su brazo tratando de cubrirse – ¡discúlpeme, por favor! – gritó desesperada

Alena creyó que aquel momento significaba su fin, esperaba lo peor, pero al notar que nada sucedía abrió los ojos bajando lentamente su brazo, la bestia la miraba, se notaba exaltado y finalmente rugió de nuevo con fuerza, ambos lobos entraron de inmediato caminando en cuatro patas, sus colas a una altura más baja de lo usual al igual que sus rostros

– ¿estuvo aquí? – preguntó la bestia evidentemente colérico – ¡respondan! – Alena no entendió la respuesta

– no hemos visto nada – respondió el lobo color miel

La bestia salió a gran velocidad del comedor, apenas su figura desapareció el lugar se iluminó, la pelirroja jamás había sentido tanto miedo en su vida y sin poderse contener, se soltó llorando; ambos lobos caminaron como lo hacían usualmente, erguidos en dos patas, el lobo albino la cargó y la llevaron fuera del castillo a que pudiera calmarse.

La pelirroja lloraba inconsolable, parecía que nada podría calmarla hasta que entre los árboles comenzó a sonar una melodía cantada por una hermosa voz de mujer, Alena lentamente dejó de llorar, permaneció sollozando hasta que la melodía terminó.

– veo que te sientes mejor, ¿por qué llorabas? – nuevamente aquel Sirin se presentaba frente a ella – cuéntame – se posó al lado de Alena, quien contó todo lo sucedido, excluyendo ambos sueños – ese temperamento suyo… – comentó el Sirin al aire con algo de molestia

– tampoco sé sus nombres… – agregó Alena en voz casi inaudible y en un tono triste

– eso lo puedo solucionar – dijo el Sirin – sin embargo, a él… – hizo una pausa mirando el castillo – sigue llamándolo como lo haces – miró a la pelirroja

– ¿bestia? – se preguntó a sí misma, pero lograron escucharla

– no te preocupes por él, como sabes soy un Sirin, pero mi nombre es Alyss y como puedes ver soy tan bonita como mi nombre – se mostró orgullosa

– y tu voz – agregó la pelirroja recordando su hermosa melodía

– y estos dos – miró a ambos lobos – él es Boris – señaló al lobo platinado – y él – miró un par de segundos al otro lobo color miel – es Sergei – Alena miró a los tres – si te vuelve a espantar así, puedes venir conmigo – miró a la pelirroja

– ¿por qué no te quedas conmigo en el castillo? Podríamos… – la pelirroja deseaba llevarla consigo al interior

– yo no puedo entrar ahí – interrumpió – pero siempre me puedes venir a ver cuando quieras – Alena la miró – algún día te contaré más, tengo que ir por algo, pero ya no llores, disfruta de las flores – se alejó volando entre los árboles

– ¿por qué? – se preguntó la pelirroja al verla alejarse y miro a los lobos – ¿Boris y Sergei? – preguntó para confirmar lo que se dijo – pero, ¿y él? – miró preocupada al castillo

– no te preocupes mucho por eso – fue el lobo color miel, Sergei, quien habló – él responderá a como le llamas ahora – trató de calmar su curiosidad

– ¿de verdad está bien que sólo lo llame bestia? – se preguntaba conflictuada

Una vez más tranquila, Alena volvió al castillo, realmente no sabía qué hacer después de aquel susto en el desayuno, permaneció frente a la puerta que daba al jardín pensando en qué podría hacer recordando que fue la misma bestia quien le había dicho que tenía total libertad dentro del castillo, pese a ello, no se sentía realmente cómoda dentro del castillo después de todo lo sucedido.

Una vez que aclaró la duda en su cabeza, Alena caminó por los pasillos, la luz del día se abría paso por las ventanas, miraba las puertas que eran abundantes en cantidad y después de pensar un poco su decisión, retornó por el pasillo, antres de volver a entrar al gran salón que contenía la puerta tipo ventanal que llevaba al balcón y escaleras al jardín, abrió la puerta de al lado, se había decidido a explotar en orden comenzando por dicho salón.

El descubrimiento de Alena consistió en una habitación llena de instrumentos musicales, había algunos que no conocía; la pelirroja se acercó a inspeccionar, en ese punto notó que ambos lobos habían permanecido fuera de la habitación. Alena pasó sus dedos por varios de los instrumentos, en especial con los de cuerda, con los cuales, pese a no notarlo, no pudo evitar sonreír al escucharlos; el último al que se acercó fue al piano, cuando su familia tuvo dinero, su padre le había dispuesto un tutor en algunas disciplinas, realmente no era muy buena, pero ello no le impidió jugar un poco con los limitados sonidos que podía producir en éste.

Alena salió de Aquella habitación, quería preguntar a ambos lobos por qué no habían entrado con ella, pero prefirió no decir nada. En su siguiente parada de la pelirroja invitó a ambos lobos a entrar con ella, lo que encontró fue una habitación repleta de espejos de diversos tamaños y estilos, realmente no se sintió muy cómoda ahí, había decidido marcharse, cuando notó un espejo roto en el fondo, sólo quedaban dos pequeños pedazos de este en el marco.

Alena se acercó a ver dicho espejo, uno de los pedazos quedaba un poco más alto a su rostro y el otro, estaba en la parte más alta del marco. Guiada por su curiosidad, inspeccionó el pedazo roto al que podía alcanzar fácilmente, con cuidado acercó su mano para retirarlo, pues consideró que no tenía caso que ambas partes rotas quedaran ahí; apenas tocó lo que quedaba del espejo cuando en el reflejo vio un hombre pasar atrás de ella, en su sobresalto, exclamó sin llegar a gritar, pero dicho pedazo cayó al piso rompiéndose aún más.

– ¿qué sucede? – preguntaron Boris y Sergei acercándose al escuchar que algo se rompió – ¿estás bien? – completó el lobo color miel

– sí… – Alena sentía su corazón latiendo más rápido por el susto – discúlpenme, quería quitarlo e hice un desastre – miró al piso – lo recogeré ense… – se disponía a levantar los pedazos rotos

– no es necesario – el lobo platinado la detuvo – podrías cortarte, mejor sigamos, aún hay muchas cosas para que veas – dijo en un tono un tanto juguetón – tenemos de todo… – trató de distraerle insinuando que lo siguiera

Sergei se dio cuenta que la pelirroja titubeó en dejar así el espejo, pero igual salió de la habitación; una vez que Boris y Alena salieron, el lobo levantó los pedazos, por unos segundos miró su reflejo en un pequeño fragmento, apenas se distinguía uno de sus ojos, pero su mirada se tornó seria al ver un poco de su imagen, gruñó con molestia y sin cuidado dispuso los pedazos antes de alcanzar a Boris y Alena.

Sergei los alcanzó justo para escuchar como Boris le explicaba a la pelirroja lo que había detrás de cada puerta; sin embargo, Alena creyó que le estaba "mostrando" el lugar de aquella forma para evitar que rompiera algo más, se preocupó al imaginar que la bestia enfurecería al enterarse de lo sucedido en la habitación de espejos.

La pelirroja caminaba distraída pensando en las posibles consecuencias que le traería aquel fragmento del espejo, ¿la castigaría de alguna forma? Se imaginó encerrada en alguna parte del castillo, imaginó que se enojaría como lo había hecho cuando le preguntó su nombre y eso la asustó más; al notarla distraída, el par de lobos le mostraron una habitación que esperaban la ayudara a calmarse.

La puerta doble se abrió para mostrar una enorme biblioteca con una colección impresionante, los libreros de lo alto de las paredes estaban repletos de libros, incluso había una escalera con ruedas para alcanzar los estantes en la parte de arriba. Alena no podía creer lo que veía, jamás en su vida había visto tantos títulos reunidos en el mismo lugar.

La pelirroja caminó despacio inspeccionando cada libro mientras pasaba su dedo por el lomo de estos, lentamente empezó a caminar con un poco más de velocidad mientras sentía en sus dedos el pasar de los libros, caminó hasta el centro de la enorme habitación y miró alrededor, había tantas opciones para leer, que no sabía por dónde podría empezar.

Sin darse cuenta del paso del tiempo después de entretenerse en la biblioteca del castillo, el sonar de la campana la regresó a la realidad, la campanada significaba que ña cena estaría esperando por ella. Salió acompañada por ambos lobos, seguía sorprendiéndole como las velas alumbraban su andar en los pasillos al instante, entró al comedor para notar sus alimentos, se acercó para tomar su asiento, cuando las luces se volvieron tenues anunciando la llegada de l bestia.

– buenas noches, Alena – la fiera sonaba seria y algo molesta, al notar que la pelirroja contenía su miedo para responderle agregó – ¿encontraste con qué entretenerte hoy? – se sentó del otro lado de la larga mesa

– s… sí, muchas gracias… – respondió retraída por el miedo, agradecía que gracias a la obscuridad que aparecía cuando estaba presente la bestia, no tenía que mirarle directamente a los ojos en la distancia – Boris y Sergei fueron muy buenos conmigo… – trató de entablar una conversación para amenizar el ambiente

– ¿cómo los llamaste? – interrumpió la bestia en un tono serio, habló lento levantando levemente la voz sin llevar a gritar

– discúlpeme – Alena se levantó deprisa para hacer una reverencia – cuando estuve en el jardín esta mañana Alyss me dijo sus nombres y… – no terminó de explicar cuando el fuerte rugido de la bestia resonó en el lugar

Alena tapó su boca para hacerse callar, sin embargo su rostro mostraba su expresión de terror, su cuerpo temblaba y no se dio cuenta que un par de lágrimas rodaron por sus mejillas.

– ¿por qué dejaste que esa…? – la bestia gritaba, pero hizo una pausa – ¡explícate, Sergei! – golpeó la mesa

– po… – Alena no podía hablar, miró al lobo color miel acercarse a la bestia – por favor – la voz suave y temblorosa de la pelirroja apenas logró escucharse, pero consiguió la atención del anfitrión de la pelirroja – no le regañe… – trataba de mantenerse tranquila, pero al mirarla notaron sus lágrimas – fui yo quien preguntó por sus nombres, no sabía que podía molestarle con ello… – apretó su vestido dándose valor de decir lo último – creo que es más educado llamarles por su nombre, aunque no me dijeron el suyo… – titubeó al notar la mirada penetrante de la bestia aún en la obscuridad – no… – bajó la mirada – no creo que llamarle bestia es agradable, si, como usted me dijo, viviré con ustedes aquí – su voz se quebró – al menos quería dirigirme a usted propiamente – logró controlar un poco su miedo – le pido una disculpa – nuevamente hizo una reverencia con su vestido, podía sentir que sus manos temblaban

– ¿es verdad lo que dices, Alena? – la voz de la bestia ya no sonaba enojada, la pelirroja asintió en silencio – por ahora sigue llamándome así, pero deja de ser tan formal – Alena se sorprendió – como acabas de decir, vivirás con nosotros y las formalidades innecesarias me desagradan – con una seña ordenó a Sergei alejarse, extendió su garra haciéndole saber a la pelirroja que tomara su asiento de nuevo y después de que la chica lo hizo, la bestia retomó su lugar y la cena continuó.

Después de la interacción, la pelirroja apenas podía moverse, trató de relajarse para comer, realmente no sabía si decir algo o no

– ¿encontraste alguna habitación que te gustase, Alena? – fue la bestia quien preguntó

– sí – con trabajos comió un pequeño bocado – aunque sólo visité tres habitaciones… – sonrió inconscientemente al recordar los lugares – sin embargo, perdí noción del tiempo en la biblioteca – explicó tratando de disculparse sin saber por qué exactamente

– dime, Alena, ¿hay algo que te guste hacer? – la pelirroja entendió que su anfitrión trataba de entablar una conversación

– pintar… – bajó sus cubiertos – no soy buena en ello, pero mamá… – su voz se quebró de nuevo – mamá lo hacía muy bien – sintió la humedad en su rostro y se apresuró a secar una lágrima que escapó con el recuerdo de su difunta madre

– mañana Boris y Sergei te mostraran un cuarto que te gustará – la bestia se levantó y caminó a la entrada del comedor – buenas noches, Alena – se retiró sin decir más

Esta vez Alena pudo volver a su habitación y terminar sus alimentos, volvió para ponerse su ropa de cama y miró al cielo a través de la ventana, esta se preparaba para volverse luna llena, miró el jardín por la ventana sin saber si aquel recuerdo de la imagen casi completa de la bestia había sido real o parte de un sueño, suspiró y se acostó dispuesta a dormir.

Lejos del castillo, la vista de la luna era compartida por Vladimir, quien lamentaba su decisión, no había salido de su casa, aún cuando sus cosechas le habían preocupado, no encontraba valor para continuar su vida como si nada después de haber tenido que dejar a su única hija a merced de una fiera para salvarse; sin ánimos, Vladimir se recostó en la cama sabiendo que aquella culpa lo acecharía el resto de su vida.

Sin embargo, en otra parte, no muy lejos del castillo, en la cabaña que había aparecido en los sueños de la pelirroja, una figura encapuchada se encontraba mirando por la ventana hacia la luna, la única luz que alumbraba la pequeña construcción era la chimenea de piedra.

– ah, la luna llena se aproxima… – sonreía satisfecho, como si tramara algo – me divertiré un poco más contigo y conseguiré añadir algo más a mi colección – se alejó de la ventana para ver el fuego, lanzó una especie de polvo en éste y la imagen de quienes habitaban el castillo aparecieron – me pregunto, ¿podrías soportar el mismo destino que estos dos? – saboreó la idea de que al ejecutar su plan, obtendría lo que deseaba – te haré pagar por todo – su sonrisa desapreció para mostrar odio – me vengaré por lo que hiciste… – con un movimiento brusco cerrando su puño, el fuego se apagó al instante.