ERO
Des-Vestir
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La corbata es una prenda que te sienta particularmente bien. Lo he comprobado en más de una oportunidad, del mismo modo que sé que el chaleco que se te ciñe al torso es una especie de escudo que pretende protegerte de mí. No te esfuerces, amado, es una prenda obsoleta bajo el roce de mis dedos cuando los deslizo, desde tu pecho hasta la unión con la cintura de tu pantalón. Te escucho contener el aliento y yo lo hago igualmente, en consonancia.
Por un instante pienso en que consigues que todo lo que vistes luzca. Cuando le das prestancia a lo que llevas puesto, logras que te admire a la distancia e inevitablemente piense en el modo en que te desvestiré luego, cuando te tenga en medio de la penumbra, como ahora.
Suelto el aire en algo muy parecido a un suspiro. Siento tus manos sobre mis brazos desnudos, las pasas por un tramo corto, creando una caricia que resulta casi inocente. Pareces querer sostenerme, quizás detener mi avance, y es en ese momento en que te miro a los ojos que son dos soles radiantes y cálidos, imposibles de ocultar. Introduzco dos dedos de cada mano por el borde del pantalón, para encontrarme con la tela de tu camisa.
Demasiada ropa —pienso y mientras lo hago me presiono el labio inferior con los dientes en un acto de deseo, prácticamente inconsciente.
—Kagome —suspiras mi nombre—, eres terrible.
Tus palabras se quedan en mi mente, deambulan por los resquicios de mediana claridad que mantengo mientras recibo el beso que me has querido regalar. Tus manos aún permanecen en mis brazos y crean una firme, aunque suave, presión. Suspiro en medio de la caricia de tu boca y tengo total consciencia del modo en que cedo mi voluntad. Tu cuerpo se pega al mío, empujándome atrás en busca de algo que nos contenga a ambos, quizás un mueble, una pared, una cama; preferiblemente una cama.
Nos ayuda una cajonera.
No es fácil para mí aceptar lo mucho que el placer que quiero darte encausa mis deseos. Más allá de cualquier realidad que habitemos, necesito crear la conexión que nos ancla desde un lugar profundo, entre el pensamiento y el sentimiento al que llamamos alma.
InuYasha —murmuro tu nombre, sobre tus labios, mientras deshago la sujeción de tu pantalón para poder tocar, finalmente tu piel.
Siseas, te quejas y descansas la frente sobre mi hombro mientras masajeo con segura suavidad la carne firme de tu sexo.
—¿Qué me haces? —preguntas, con la voz profunda y perdida entre las sensación y el anhelo.
—Nada que no quieras —respondo.
Luego busco tu boca, besando primero tu mejilla y tu mandíbula, hasta que me cedes tus labios y los acaricio con los míos en un beso suave, casi casto, que contrasta fervientemente con la caricia que te da mi mano bajo el pantalón.
Suspiras y cedes y te entregas; y la chaqueta va a dar al suelo.
Probablemente, jamás encontraré palabras para decir lo mucho que me gusta quitarte la ropa, des-vestirte, y ataviarte de una honesta desnudez.
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N/A
