El tren se estaba acercando, ¡y el motor seguía sin arrancar! Rindiéndose al ver que el coche no iba a moverse, Bebe trató de quitarse el cinturón de seguridad, pero estaba tan nerviosa que le fue simplemente imposible, y aquello no la ayudó; ¡estaba atascado! No podía hacer más que agitarse en el asiento y gritar cuanto le permitieron sus pulmones.
Y sus plegarias fueron escuchadas.
Oyó un zumbido atronador y alguien aterrizó a su lado. ¡Mosquito!
— ¡Corre! ¡Oh, te lo suplico, date prisa, Mosquito! ¡Viene el tren!—chilló Bebe.
Con todas sus fuerzas, el superhéroe arrancó de un tirón el cinturón que constreñía a la chica y la liberó. Entonces la tomó en brazos y se alejó volando justo a tiempo para que el tren se llevara el coche con la misma facilidad que si fuera de cartón.
— ¡Oh, gracias! ¡Gracias, gracias!—exclamó Bebe, abrazándolo, y Clyde apenas pudo contener una sonrisa encantada.
— La tercera mes en este mes, señorita. O tiene usted una suerte terrible...
O eres tan tonta que no sabes alejarte del peligro, pero eso no lo iba a decir. No era cierto. En absoluto. Era lista...era listísima...
— ...o tiene muchas ganas de verme...—ronroneó pegado a su rostro.
Bebe rió, oh, de una forma traviesa.
— Bueno...Estás siempre tan ocupado con todo ese rollo de los héroes...Algo tendré que hacer para atraer tu atención...— admitió, mordiéndose el labio inferior. Clyde se dio cuenta de que se los había pintado de rojo, se había puesto mucho maquillaje y llevaba su vestido más bonito y perfume. De ningún modo había sido casual aquel encuentro.
— La próxima vez que quiera verme, tan sólo dígalo. Siempre tendré tiempo para usted.
Bebe parecía estar de acuerdo. Pero ya habían hablado bastante. Ella seguía temblando de miedo, tenía que quedarse con ella y tranquilizarla, con un achuchón, un beso, una buena sesión de morreo...
¡Argh! ¡Lástima que comenzara a pitar su brazalete, informándole de que los Colegas de la Libertad se reunían, justo cuando sus labios se iban a juntar!
— Oh, ah, lo siento, preciosa. Hoy no. South Park me necesita—lamentó tener que decir Clyde mientras la dejaba en el suelo.
— ¡Oooh! Pero volveré a verte pronto, ¿verdad?—protestó Bebe, mirándolo con ojos de Bambi.
— Lo prometo.
No tenía tanta prisa como para irse sin darle un piquito en los labios...Después de eso, se marchó volando.
Y ahora que Bebe no podía verlo, era libre de sonreír como un memo y sonrojarse cuanto quisiera.
Había soñado con que Bebe estuviera loca por él desde Primaria. Y cuando le dijera quién era en realidad...No hablaría de Clyde Donovan, del colegio, y diría solamente que era ese niño cuyo padre tenía una zapatería en el centro comercial. Tendría que admitir que era bastante guay, no un cretino que nunca maduró, y...
Hmm...¿De verdad tenía necesidad de decírselo?
Nah. ¿Para qué? Al menos no en un futuro próximo. Podían dejar que siguiera el misterio un poco más.
— ¡Mirad! ¡Es Mosquito!
Miró hacia abajo, hacia el pueblo. Los transeúntes lo vieron, lo señalaban, tomaban fotos de él, gritaban su nombre, le pedían que firmara autógrafos. Vio niños y también mayores con camisetas y accesorios con su cara y el logo de los Colegas de la Libertad (hechos por ellos mismos, supuso, aunque era consciente de que había quienes se lucraban con su imagen). «¡Mosquito, Mosquito!», lo aclamaban. Vio a antiguos profesores y compañeros de clase, vecinos, gente que en su vida diaria lo ignoraban o lo tomaban por un simple cocinero de restaurante al que le gustaba tomarse una birra de vez en cuando, un tío simple...Los saludó a todos con la mano y siguió volando hasta llegar al bosque.
Si tuvo algo de bueno que Butters perdiera la cabeza y causara una masacre en el cuartel general bajo tierra de los gnomos de los calzoncillos, fue que éstos se buscaron una nueva base y los Colegas de la Libertad se toparon con este lugar libre para su uso. Ya se habían cansado de alquilar una nave para practicar y discutir sus planes. Nadie salvo ellos sabía dónde se encontraba, y era lo suficientemente grande para todos. Tan sólo tuvieron que reforzar las columnas para que ningún accidente los dejara sepultados y South Park se viniera abajo. Lo equiparon con todo lo que pudieron necesitar y la verdad es que era un buen lugar para hacer su trabajo sin miedo a ser descubiertos.
— Mi padre quiere que sea abogado como él, pero que me aspen si quiero pasarme en una oficina de nueve a cinco—contaba Ike al resto de los muchachos, los cuales estaban conversando para matar el tiempo hasta que llegara Clyde—. Yo quiero ser gamer. O quizás un influencer.
Wendy soltó una risita y sintió que alguien le tocaba el brazo para atraer su atención. Timmy.
[— ¿Wendy?]— dijo telepáticamente.
— Oh, hola, Timmy. ¿Cómo va eso?—preguntó ella.
[— ¿Va todo bien?]
— Sí, ¿por qué?
[— No me atrevería a invadir la privacidad de una dama, y menos la tuya, después de lo que me obligó a hacerte Gregory, pero he estado notando un gran estrés proveniente de tu mente...]
La sonrisa de Wendy perdió fuerza.
— No es nada.
[— ...Me estás bloqueando. Lo respeto. Pero aun así quiero que sepas que estoy aquí si necesitas cualquier cosa, ¿de acuerdo?]
Después de lo que Gregory le obligó a hacerle...Sí, Timmy no había estado muy seguro de querer volver a usar sus poderes en sus compañeros durante un buen tiempo, aunque sólo fuera para comunicarse telepáticamente, después de que su ex-novio lo hubiera forzado a apoderarse de sus mentes y usarlos como marionetas. Pero sus intenciones eran buenas. Era un amigo. Él también había tenido que soportar la carga de un secreto...Sabía de sobra lo difícil que era eso...
— Gracias, Timmy—sonrió Wendy, tomando su mano con ternura.
— Timmy...—respondió él, acariciándola.
— Lo siento, chicos. Ya estoy aquí—Clyde escondió sus alas y saludó a Token chocando los puños—. ¿Qué tal, tronco?
— Bueno, pues ya que estamos todos aquí...—Ike caminó hacia la pantalla grande que presidía el espacio—. No es realmente una amenaza, pero sigue siendo una misión. Sin presiones, vamos.
Apretó un botón del mando en su mano y la pantalla mostró la cara de un joven con el pelo largo, alrededor de sesenta y seis centímetros, con mechas verdes, que llevaba puesta una chaqueta de cuero y una camiseta de rejilla debajo, pálido como un cadáver.
— Espera. Conozco a ese tío—dijo Kenny, cambiando de postura—. Es Mike Makowski. El rarito que iba por ahí como si fuera un vampiro en Primaria.
— Exacto, pero al contrario que muchos de sus amigos (si no todos), la tontería no se le pasó al crecer, sino que se incrementó, incluso. Wendy, si eres tan amable.
Wendy parpadeó y la pantalla mostró un artículo que había encontrado mentalmente.
— En cuanto cumplió los dieciocho se sometió a cirugía para darle forma a sus caninos y convertirlos en verdaderos colmillos. Más tarde, una otoplastia para hacer sus orejas puntiagudas, y otra operación para cambiar el color de sus ojos a rojo—continuó Ike—. Salió el mes pasado en la prensa por supuestamente alimentarse casi exclusivamente de sangre.
Kyle negó con la cabeza para mostrar su desaprobación y Craig lo miró con una ceja enarcada.
— Tío, que tú te hiciste trans-jugador de baloncesto negro—dijo.
— ¡Sé que fue una tontería! ¡Ya lo sé! ¡Por eso lo desapruebo!—respondió Kyle, cruzándose de brazos.
— Estoy captando tuits y vídeos de Youtube acerca de un vampiro que ronda por las calles de South Park de noche, acosando a la gente a la puerta de los bares, a la salida del trabajo, los intenta morder...—dijo Wendy, pestañeando rápido, procesando la información que recibía de la nube, mientras la pantalla mostraba fugazmente dichas entradas.
— ¿Así que se cree que es un vampiro de verdad?—murmuró Scott.
— O quizás sea tan sólo un fetichista al que le excita asustar a la gente—dijo Token—. ¿Recordáis la plaga de payasos asesinos la pasada Navidad?
— ¿Algún herido o muerto?—preguntó Kyle.
— No he encontrado nada de eso—respondió Wendy tras una búsqueda rápida.
— No, no ha llegado a hacer daño a nadie. O al menos las denuncias que ha recibido Barbrady son por acoso y forcejeo. Pero sigue siendo un lunático del que la gente se quiere librar, y el pueblo confía en que lo encontréis y lo mandéis al manicomio al que pertenece—dijo Ike.
No había nada más que decir, realmente. Era un día tranquilo, sin emergencias. Antes de irse, el grupo tenía tiempo de hablar de su día, o algunos se limitaron a irse para hacerse cargo de sus asuntos privados, como hicieron Scott y Timmy.
— Je. Mirad esto. ¡El senador por Colorado vino al pueblo y Cartman trató de hacerle un francés, y lo arrestaron!—Kyle mostró a sus compañeros un vídeo en su teléfonos, y los demás estuvieron encantados de mirar y reírse de ese mamón que debía de tener el estómago congestionado de lefa a esas alturas.
Y mientras lo hicieron, Jimmy se acercó a Wendy.
— ¿Bueno? ¿Hay n-n-noticias sobre tu pequeño pro-pro-problema?
— Me he pasado por la farmacia de camino para acá...Tengo la prueba en mi bolso—contestó Wendy—. Pero no sé si debería decírselo a Stan, la verdad...
— C-Creo que deberías. No querrás e-esperar a estar de pa-parto...
— ¿Quién está de parto?—Stan se acercó, rodeando la cintura de Wendy. No se dio cuenta de que ella apartó la mirada, cortado el aliento.
— Sólo un chi-chiste en el que estoy trabajando para mi próxima actuación, amigo. Un caballito de mar da-dando a luz.
— Oh. Cuenta, me ha dado curiosidad—dijo Stan.
— N-Nah, Wendy tiene razón: el re-re-remate es una mierda, tengo que tra-trabajar en ello. ¡Nos vemos!—y salió pitando de aquella situación incómoda.
Stan se volvió hacia Wendy y la besó.
— Mi madre me ha preguntado si queríamos cenar hoy en casa de mis padres . No sé, me apetece más una pizza, una peli y unos achuchones.
Tan sólo pensar en pizza revolvió el estómago de Wendy...
— Oh, no, tenemos que ir. Hace tiempo que no los vemos; se va a pensar que le estoy robando a su niño—sonrió—. Venga, podemos acurrucarnos cuanto queramos después de eso...
— ¿Me lo prometes?—sonrió Stan, y Wendy pensó...¿sonreiría de esa forma cuando le dijera...?
Una notificación saltó mientras Kyle estaba enseñando unas cuantas imágenes más de Cartman zorreando.
— Ey, ¿qué es eso?—sonrió Clyde.
— Nada—Kyle trató de devolver el móvil a su bolsillo, pero Token se lo robó y se teletransportó a la otra punta de la habitación—. ¡Ey!
— ¡Heidi quiere verle!—informó Token al resto.
— ¡Eso es privado!—Kyle salió volando a recuperar su teléfono, y Token volvió a teletransportarse lejos de él.
— ¡E incluye cuatro emoticonos de una carita tirando besos!
— ¡Oh! ¡Ésa quiere guerra!—sonrió Clyde.
— ¿Estás saliendo con Heidi? ¿Otra vez?—preguntó Tweek con una sonrisa ladeada.
— ¡No!—respondió Kyle, consiguiendo recuperar su teléfono.
— Es cierto, tío. Está en plan: «¡Oooh, Heidi, qué guapa eres, muac, muac!»—Ike se inmiscuyó, poniendo muchas caras tontas.
— ¡¿Me has estado espiando, pequeño mierdecilla?!—se quejó Kyle, dando un capón a su hermano.
— ¡Soy tu manager! ¡Tengo que tenerte localizado! ¡Y Kenny también te ha estado espiando!—replicó Ike.
Kyle volvió la cabeza hacia su amigo:
— ¡Tío!
— ¡Yo te lo cuento todo y tú a mí nada, tronco! ¡Me tengo que enterar de todo por mi cuenta!—se quejó Kenny con mala cara y ningún remordimiento en absoluto.
— ¿Cuánto hace que estáis en este plan? Creía que vosotros...—preguntó Tweek.
— Cinco meses o así...No he dicho nada porque estamos yendo despacio, pero...No es como cuando éramos unos críos. Creo que esta vez es la definitiva. Ahora que los dos hemos madurado y con Cartman ocupado por la entrepierna de otros y la suya propia, no hay nada entre nosotros—dijo Kyle, y no pudo evitar sonreír mientras hablaba.
Hablaron sobre romances del colegio como niños...
...En el mismo pueblo, no muy lejos de allí, algunos niños no jugaban como los de su edad. No tenían tiempo para ello. Por todos aquellos en el mundo que no tenían la oportunidad de ser niños, los pobres, los oprimidos, los no privilegiados, ellos dedicaban su tiempo libre a hacer del mundo un lugar mejor.
Emory miró las estadísticas de su último vídeo de Youtube, «¡ESCORT NOS ESPÍA!», y frunció un poco el ceño. Trescientos setenta y dos me gusta, cuarenta y nueve mil un no me gusta. Harper miró por encima de su hombro y leyó el comentario que alguien había dejado hacía unos segundos.
— Otro insulto hacia las personas con capacidades diferentes...—suspiró.
— O sea, otre bloqueade—dijo River, y le quitó la tableta a su hermano de las manos para hacerlo ella misma.
— ¿Por qué no pueden decir las cosas bien ni una vez?—Harper se cruzó de brazos y sacudió la cabeza.
— La gente no se da cuenta del daño que hacen con las palabras—dijo Riley.
— Y personas como éstas no ayudan—asintió Bailey.
— Cierto. ¿Habéis oído cómo hablan cada vez que salvan al pueblo? El otro día, cuando Pasorraudo peleó contra aquellos hombres atrincherados en Whole Foods, recurrió a la palabra "s" para decir que eran unos necios al usar armas de fuego contra elle, ¡cuando podría haber usado cualquier otro término!—dijo River—. ¡Nuestras vidas están en manos de gente sin sensibilidad alguna!
Habían tratado de concienciar al respecto, pero era como predicar en el desierto. Todo el mundo andaba loco con los Colegas de la Libertad. La gente los defendía a muerte. Eran considerados un regalo del cielo. Sus vídeos y tuits raramente recibían una buena crítica. Siempre había alguien que los intentaba convencer de que eran buenos. En aquel último vídeo, por ejemplo, y a pesar de los argumentos que presentaban para mostrar que Escort tenía acceso a absolutamente todo cuanto estaba en línea, incluso información personal, todos los comentarios eran negativos (todos excepto uno que era clickbait y otro que parecía que alguien hubiera estrellado su cabeza contra el teclado). Que cómo se atrevían a llamar espía a Escort. Que había hecho en una vida más que lo que ellos harían en trece. Era fantástica. Era súper. Era un icono. Y lo mismo ocurrió cuando llamaron la atención sobre Tweek Maravilla cuando golpeó a una mujer (la cual amenazaba con matar a su propio hijo con un cuchillo de cocina), a la Cometa Humana por faltarle al respeto a la bandera del Orgullo usándola como red para atrapar a un atacante durante un asalto a un pub gay, a Herramientas por reforzar roles de género al usar herramientas de bricolaje como arma, a Tupperware por usar materiales no biodegradables para su armadura...
Pero sabían que la razón y la justicia estaban de su parte, y no se rendirían hasta que South Park, el mundo entero, los vieran como ellos los veían...
Harper suspiró, luego se puso en pie con mucha más alegría.
— ¡No os rindáis! ¡Somos el David que lucha contra Goliat! ¡Tan sólo tenemos que ser pacientes!
— ¡Sí! ¡Eso es!—asintieron sus hermanos.
— Tan sólo tenemos que educar a la gente—dijo Riley.
Una nueva notificación saltó. Los niños se volvieron a reunir a toda prisa para leer.
— ¡Un mensaje privado!—musitó Emory.
River abrió la pestaña de mensajes privados mientras rezaba por que no fuera otro idiota que quería insultarlos. Leyó en voz alta:
«Hola. Vuestras investigaciones son muy interesantes. Felicidades. Me habéis convencido. Tengo pruebas de que los Colegas de la Libertad no son lo que parecen y me alegro de que alguien haya tenido el valor de alzar la voz. No os desaniméis si la gente reacciona de forma negativa. Los Colegas de la Libertad han hecho un gran trabajo engañándolos. Pero lo bueno es que la gente con dos caras no puede tener la máscara puesta todo el rato. Tan sólo tenéis que encontrar la situación propicia y ellos se mostrarán tal y como son. Por ejemplo, sé de buena tinta que uno o dos no pueden resistir el encanto de una dama. De nuevo gracias por vuestro trabajo, os deseo lo mejor. M.C.»
— ¡Tenemos un aliade!—exclamó Riley con júbilo.
— ¿Veis? ¡Tan sólo tenemos que ser pacientes!—sonrió Harper.
River se tomó un momento para darle al tal M.C. una amable respuesta. Quien quiera que fuera este hombre, mujer o no-binario, les había dado el empujón que necesitaban.
— Tiene razón, ¿no creéis?—dijo Bailey, con una mano en la barbilla.
— ¿Qué quieres decir?—preguntó Emory.
— Si no podemos convencer al público con argumentos, tendremos que hacerles ver lo terribles que son los Colegas de la Libertad.
— Ya hemos expuesto su terrible comportamiento, pero no nos escuchan—dijo Riley.
— ...Quizás debamos ponerles una trampa...—Bailey miró a cada uno de sus hermanos y hermanas, con las cejas fruncidas.
Intercambiaron una mirada, luego volvieron a mirar el comentario.
«Por ejemplo, sé de buena tinta que uno o dos no pueden resistir el encanto de una dama.»
Sabían quiénes sería perfectas para esa tarea...
Una vez más, cruzaron el umbral de Pasas...
Los dueños de Pasas habían cambiado con los años. Las una vez trabajadoras Lexus, Mercedes, Porsche y Ferrari habían ganado tanto dinero en propinas que una vez llegaron a la edad adulta compraron el restaurante e hicieron algunos cambios. Las niñas de nueve y diez años seguían trabajando allí, atrayendo al público masculino más joven, pero también expandieron el negocio a los adultos. Alrededor de media noche, cuando las jóvenes habían terminado su turno, era la hora de que ellas deleitaran el ojo adulto convirtiendo el restaurante en bar, abierto hasta el amanecer, con un espectáculo de baile cada hora. Con su experiencia y sus encantos naturales, Pasas se hizo más popular que nunca.
Claramente, los niños PC no iban a quedarse de brazos cruzados ante semejante denigración. Habían protestado muchas veces frente a la puerta, incluso las demandaron por sus uniformes provocativos y su horrible sexualización y cosificación de niñas y mujeres. Pero, por supuesto, era un patriarcado, y los jueces permitieron que Pasas siguiera abierto, y habían sido declarados personas non-gratas, ¡como si quisieran comer en ese pozo de perversión!
Pero ahora necesitaban a las chicas...
— ¡Hola, bienvenidos a...!—como siempre, una niña con la cara llena de pote los recibió con voz jovial, una voz que perdió todo entusiasmo cuando los reconoció—. Oh, sois vosotros. No sois bienvenidos aquí.
— Lo sabemos, pero tenemos que hablar con una de las gerentes—dijo River, intentando no mirar a su alrededor. Ver a todos esos chicos babear por una chica hacían que la feminista que llevaba dentro gritara de rabia.
— Estamos demasiado ocupadas para pararnos a escuchar vuestras quejas—protestó la chica.
— No es eso. Por favor. Es importante—dijo Bailey.
La chica de Pasas suspiró.
— Vale, por aquí.
Los condujo hacia la oficina. Era obvio que las trabajadoras no les tenían ninguna simpatía, porque allá por donde iban atraían miradas furibundas. Una de las dueñas, Mercedes, la cual en ese momento estaba al teléfono («¡No te preocupes, Bunny, mi amor! ¡Mami llegará a tiempo para tu cuento antes de dormir! ¡Pórtate bien con el abuelito! ¡Yo también te quiero, corazón!»), tapó el auricular y exigió a la camarera que los sacara de allí inmediatamente, fulminándolos con la mirada.
Por fin llegaron al lugar donde se reunían las demás, en la parte trasera del edificio. La chica los hizo esperar afuera mientras anunciaba su llegada. Los PC oyeron una discusión breve; parecía que las dueñas no estaban muy convencidas acerca de sus intenciones, pero finalmente una voz femenina y adulta los hizo pasar y la camarera volvió a su trabajo.
El resto de las dueñas, que vestían uniformes tan pequeños que casi parecía que no se habían cambiado de ropa desde que tenían diez años, los recibieron con malas miradas y brazos cruzados.
— ¿Y bien? ¿Qué queréis ahora?—preguntó Lexus.
— Venimos en son de paz—River habló primero.
— Ah, ¿sí? Eso está bien, después de que vinierais aquí a gritar que este lugar es un burdel...
Era un burdel, quiso chillar River, pero aquel no era el momento.
— No venimos aquí a hablar de eso. Os necesitamos...Necesitamos vuestros...uhmm...encantos—dijo Emory.
— ¿No decíais que nos estábamos cosificando, que nos estábamos portando como...? ¿Cómo fueron sus palabras exactas, chicas?—preguntó Lexus.
— Prostitutas—respondió Ferrari.
— Eso—gruñó Lexus.
— ...Queremos desenmascarar a los Colegas de la Libertad y creemos que podrían volverse locos por vosotras. Necesitamos que coqueteéis con ellos y nos dejéis haceros fotos—dijo Bailey.
— ¿A los Colegas de la Libertad? ¿Por qué íbamos a hacer algo así?—preguntó Ferrari.
— No tenemos nada contra los Colegas de la Libertad, niños. No podemos ayudaros—dijo Porsche.
— Sí. Ellos comprende que sólo somos mujeres que quieren ganarse las lentejas con sus cuerpos, igual que hacen las supermodelos...o lo que quiera que sean esas vacaburras que habéis conseguido colar en la industria de la moda—dijo Lexus—. Ya os podéis marchar.
— ...Vale, ya que todo lo que queréis es ganar dinero, ¿por qué no lo veis de esta forma?—dijo entonces Emory—. Si un superhéroe os pusiera la mano encima, podríais ganar mucho dinero hablando de ello en televisión. Sería una publicidad increíble, porque todos esos tíos de ahí afuera querrían ser vuestros caballeros de brillante armadura...
Aquello pareció funcionar, observaron los niños PC con alivio. Las mujeres intercambiaron una mirada.
— Entonces, ¿qué decís?—preguntó Harper, inclinando la cabeza hacia un lado.
Mercedes entró al cuarto y pareció sorprendida de encontrarlos allí.
— ¿Qué hacéis vosotros aquí? ¡Ya os hemos dicho que no os queríamos cerca!—protestó.
— No, Mercedes—murmuró Lexus, mirando a sus compañeras—. Los críos nos han traído una buena idea, para variar...
¿No era también prostitución, usar el cuerpo de una mujer para conseguir un beneficio? No, se dijeron a sí mismos los PC...No si lo usaban para una causa buena de verdad. Después de todo, el fin siempre justifica los medios...
