El dolor era atroz...No tenía adónde ir, a quién recurrir...Había expulsado de su vida a todo el mundo, incluso a aquellos que intentaron ayudarle...Sí, el dolor era un justo castigo por sus crímenes...Estaba convencido de que no lograría sobrevivir a esto...Por qué no se moría ya, se preguntaba a cada minuto, cada segundo. En algún momento cayó de rodillas, cuando sus piernas ya no pudieron sostenerlo más, y pensó que el momento había llegado por fin...La hora de descansar...De poner fin a su sufrimiento...No...No era así...Pagaría por todas las fechorías que había cometido en la otra vida...Pero incluso eso le pareció un alivio...
Mas se despertó aún en este mundo, tal y como ocurrió aquella mañana. Sobre una cama cómoda, con un crucifijo colgando de la pared sobre su cabeza.
Butters abrió despacio los ojos y se quedó ahí inmóvil durante un rato, hasta que consideró que ya había tenido bastante. Aunque no tenía nada que hacer, habría sido una desconsideración por su parte quedarse todo el día en la cama.
Se duchó. No desayunó porque se había levantado casi a la hora de la comida; podía esperar. En cambio, hizo las tareas del hogar: quitó el polvo a la vieja estantería, teniendo cuidado con el tarro de Tegridad que descansaba en un rincón, pasó la aspiradora al suelo de madera y la moqueta, luego preparó la comida. Aquel era el trato: él se quedaría y ocuparía de la casa. Su anfitrión, al fin y al cabo, se estaba haciendo mayor y comenzaba a necesitar que le echaran un cable. Lo merecía, también. Butters se temía que hacer la casa no era pago suficiente por todo lo que había hecho por él y esperaba que Dios lo recompensara como merecía...
El Padre Maxi apareció a la hora acostumbrada, después de dar misa y atender ciertos asuntos, y se encontró con la mesa servida. Esa pequeña mesita con dos sillas que sólo había ocupado uno hasta hacía poco.
— Oh, Butters, has hecho jamón al vapor, bendito seas...—dijo jovialmente.
— Sé que a usted le gusta, Padre. Todo el mundo se merece darse el gusto de vez en cuando—sonrió Butters, y tomó asiento una vez el otro ocupó su sitio.
— No tenías por qué esperarme para comer.
— Quería hacerlo. No me importa esperar.
— Comamos, pues. «La comida es para el estómago y el estómago para la comida y, además, Dios acabará con lo uno y con lo otro». ¡Esto huele muy pero que muy bien!—Sí, ambos estaban muertos de hambre, pero primero bendijeron la comida. Hasta que no terminaron, no comenzaron a comer.
— ¡Esto está muy rico! Tienes maña con la cocina, siempre te lo he dicho...—elogió el Padre Maxi al joven. No fue hasta pasado un rato que se dio cuenta de que Butters apenas había tocado su plato.
Creyó adivinar por qué. No le gustaba dar al traste con un ambiente tan pacífico, pero supuso que su joven compañero necesitaba sacar algo afuera.
— ...Te oí gritar en sueños anoche, otra vez...—murmuró el cura.
— ...Sí...Soñé...Soñé con mi padre...—respondió Butters, con la mirada perdida en el jamón.
— Oh...
— Me miraba desde arriba, como solía hacer, estaba todo descompuesto; como supongo que tal y como estará a estas alturas...Un gusano le salía de la nariz y todo...Y me dijo...me dijo: «Butters, ¿cómo te has atrevido a matarme? ¡Te castigo con el infierno para toda la eternidad!»
— No fue más que un mal sueño, hijo mío...—dijo el Padre Maxi después de ver la cara que tenía mientras hablaba.
— He tenido ese sueño demasiadas veces para que sea solamente un sueño...—respondió Butters, sacudiendo suavemente la cabeza—. Voy...a ir al infierno, Padre...No tengo perdón de Dios...
— Muchos santos, si no todos, venían de una vida pecaminosa.
— Soy un asesino, Padre. Los Diez Mandamientos dicen: «honrarás a tu padre y a tu madre» y «no matarás», y yo quebranté ambos...
— ¿Te acuerdas de San Pablo, que perseguía y mataba cristianos antes de convertirse?
Butters sonrió. San Pablo, un tipejo muy malo, se convirtió, igual que él, en cierto modo...Gracias al hombre que tenía delante...
— ...Ha sido usted demasiado bueno conmigo, Padre...—dijo, frotándose las manos distraídamente—. Pensé que había llegado mi fin cuando usted apareció, como un ángel...Usted me salvó, me trajo aquí después de que perdiera el conocimiento a las puertas del cementerio...Me ayudó a sanar los brazos y me escondió de todo el mundo...No tenía por qué hacerlo...
— ¿De veras pensabas que podría dejarte allí, herido y solo, con esa carga sobre tus hombros? Somos amigos, ¿recuerdas?
— Le he hecho unas cosas a mis amigos que...
— Jesús alternó con criminales, prostitutas, la peor de las calañas. Vio que había algo bueno en todo el mundo. En eso es en lo que creo. Y a ti te conozco desde hace ya mucho tiempo. Tú me aceptaste tal y como era entonces, habría sido muy desagradecido por mi parte no corresponderte.
— Pero míreme, Padre...Mire esto...—Butters tan sólo tuvo que alzar una mano y las luces de la habitación y la señal de la televisión empezaran a titilar—. No soy el niño que era antes. Ya no soy Butters. Soy...La verdad es que ya no sé ni quién soy. Sólo sé una cosa, y es que no hay nada bueno en mí...
— Estás siendo demasiado duro contigo mismo, Butters—dijo el Padre Maxi—. Nuestro encuentro fue sin duda voluntad de Dios y créeme cuando te digo que no hay coincidencias. Salvaste la vida ese día por una razón. Tiene valor. Tan sólo tienes que averiguar por qué. Mientras tanto, estarás a salvo aquí conmigo. A mí no me importa lo que hagas. Sé quién eres: sigues siendo Butters..., tan sólo con unas cuantas habilidades más. Como ya he dicho, fue Dios quien te dio semejante poder, y seguro que lo hizo por una buena razón. Tienes una habilidad tan especial porque Él sabía que sólo tú podrías hacer algo grande con ella. Después de todo, Él nunca comete errores y nada de lo que pasa arruina Sus planes.
Sonrió y consiguió contagiarle su sonrisa a Butters. ¡Oh, cómo deseó éste haber estado más cerca de él aquellos años! No habría reprimido tantos sentimientos, habría tenido a alguien, aunque sólo fuera una persona, con quien compartir sus preocupaciones y que le dijera que no era el mierdecilla que todos pensaban que era...Pero creyó al Padre Maxi cuando decía que Dios sabía lo que hacía planeando que las cosas sucedieran de una cierta forma. Dios bendijera y cuidara a ese hombre...
Siguieron comiendo en silencio durante un rato, gracias a lo cual pudieron oír el noticiario.
«...Pasorraudo no ha aparecido en público, y América sigue esperando a oír sus disculpas. Disculpas y una explicación que no vienen, Tom...»
Al oír esto, la expresión del cura cambió, se volvió amarga.
— Más le vale no volver a asomar la cara nunca más y prepararse para arder por siempre en el infierno...«Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar», dijo Jesucristo, ¡y muy bien dicho! Es lo que se debería hacer con los desgraciados que osan ponerle la mano encima a los niños...¡Superhéroes o no!—dijo, acaloradamente.
Butters no dijo nada, pero miró las noticias con gran interés.
Él conocía a Jimmy. Sabía que no era capaz de mantener la polla dentro de sus calzoncillos, pero ¿acosar sexualmente a una niña? Aquello era de perturbados, impropio de él...
Nathan fue el primer sospechoso que se les vino a la cabeza, ya que él y Mimsy sabían que Jimmy tenía superpoderes y lo odiaba lo suficiente como para echar mano de todo lo que pudiera para arruinarle la vida. Lo habían visto en televisión, soltando mentiras sobre la supuesta pedofilia de Pasorraudo. Pero parecía que simplemente se estaba aprovechando de la situación, igual que las de Pasas, quienes nunca habían tenido tanta clientela como después del incidente. Wendy no encontró ningún vínculo con las imágenes publicadas. Aun así, los Colegas de la Libertad decidieron mantenerlo en su punto de mira y quizás recordarle que el trato era que mantuviera la boca cerrada a cambio de que él y su compinche no entraran en prisión. Nathan podía ser listo como el demonio...
Todo este asunto y los suyos propios como la ciudadana de a pie que tenía que trabajar para pagar las facturas de la nueva casa a la que ella y Stan se habían mudado consumían tanto tiempo y energía que ni se había acordado de la prueba de embarazo que guardaba en el bolso.
Era hora de aclarar las cosas.
Leyó las instrucciones con detenimiento y las siguió al pie de la letra. Quitar la capucha de plástico, hundir la punta dentro de la muestra de orina, ponerlo en posición horizontal, esperar cinco minutos...
Aquello era lo peor del proceso: la espera...Intentó mantener sus latidos a un ritmo razonable mientras tanto.
Tenía que ser otra cosa, se dijo. Habían sido responsables. Jimmy sólo le estaba contando cuentos de terror.
Cinco minutos.
Volvió a agarrar las instrucciones, y luego miró la pantalla.
Dos líneas...«Aparecerán líneas distinguibles y consistentes en las zonas de Control (C) y Test (T). La intensidad del color de las franjas puede variar según la concentración y el nivel de la hormona del embarazo...»
Sintió que su alma abandonaba su cuerpo.
Dos franjas significaban embarazada.
Un hijo...Jesús, sí que iba a tener un hijo...El hijo de Stan...Iba a ser madre...
Revisó las instrucciones una, dos, tres, cuatro, hasta cinco veces más, pero la interpretación seguía siendo la misma. Embarazada.
Se tomó tiempo para digerirlo. Y entonces se echó a llorar, sentada sobre el retrete.
Lloró en silencio porque Stan estaba en la cocina y no quería que se enterara. No de aquella manera...
La interrumpió una llamada entrante que respondió mentalmente.
— ¿J-Jimmy?—se secó las lágrimas y trató de hacer que su voz dejara de temblar—. ¿Qué ocurre? ¿Hay noticias?
— No, nada, es sólo que...¿Creía que querías que no se enterara nadie?
— ¿Eh?
— Lo que quiero decir es, n-no te entiendo, pero felicidades, supongo...¿O no?
— ¿De qué estás hablando, J...? Oh, espera, mi madre me está llamando, no cuelgues—Wendy se puso en pie y tomó la prueba, la envolvió en toneladas de papel higiénico y la tiró dentro del cubo de la basura—. Hola, Mamá.
— Wendy, ¡¿qué significa todo esto?!—su madre parecía tan enfadada que Wendy se quedó petrificada.
— ¿Qué quieres decir...?
— Somos tus padres, ¿por qué no nos lo dijiste primero?
— ¿Deciros el qué?—Wendy, en el fondo, sabía de qué estaba hablando, pero quería pensar que era imposible que ya lo supiera. Es que no era posible.
— ¡¿Qué crees tú?!
La puerta sonó con tanta insistencia que Wendy tuvo que dejar a su madre en espera, aunque estuviera relatando y lamentándose y su padre se le uniera. Stan no contestaba, así que tuvo que hacerlo ella. Cuando abrió, sus amigas se le echaron encima.
— ¡¿Es en serio?!—le gritó Bebe en la cara.
— ¡¿Estás embarazada?!—Red la miró ojiplática.
— ¡Aaaah! ¡Oh, Dios mío! ¿De cuánto?—exclamó Teresa, mirándole el abdomen como intentando adivinarlo ella misma
Red aún tenía el móvil en la mano, con una foto de Instagram de...de...Wendy miró su perfil mentalmente. ¡Oh, no! No sólo en Instagram: en todas sus redes sociales y aplicaciones para chatear estaba aquella imagen de la prueba de embarazo en su mano y el comentario en mayúsculas: «ESTOY EMBARAZADA»
¡Mierda!, musitó, y maldijo su estúpido poder. Ahora su familia entera lo sabía, sus vecinos, los demás Colegas de la Libertad, su jefe, ¡incluso el fontanero!
— ¿Y Stan? ¿Cómo ha reaccionado Stan?—preguntó Nichole—. ¡Algunos tíos se echan a llorar como niños cuando se lo dicen!
— Lo teníais planeado, ¿no?—preguntó Bebe.
La pregunta tuvo su contestación cuando el mencionado salió dando tumbos de la cocina, tan pálido que parecía un cadáver movido por hilos, con el teléfono en mano, la mirada perdida.
No parecía en absoluto a punto de echarse a llorar...
— ...Se lo has...dicho, ¿verdad?—preguntó Bebe a Wendy, sin quitarle los ojos de encima a Stan.
Había pasado casi media hora y Stan seguía con aquella cara de Moai. Su teléfono no hacía más que sonar, con familia y amigos exigiendo una explicación y queriendo felicitarle, pero él rechazó todas las llamadas mecánicamente y siguió mirando la pared de enfrente...
Wendy, a su lado, se sintió tan incómoda que no podía estarse quieta.
...
— ...Quería decírtelo cuando estuviera segura al cien por cien...
...
— Y-Yo tampoco sé cómo sentirme al respecto...Un hijo...En nuestras circunstancias...Pero...Estoy segura de que nos irá bien, Stan...
...
Wendy se mordió el labio inferior y acercó su mano lentamente hacia la suya para acariciarla. Fue como tocar a un muerto, estaba igual de pálido, callado, flácido...
Al final, Stan se puso en pie, sin mirarla, rechazando su mano como si ella no estuviera allí.
— ...¿Stan?—murmuró Wendy.
Aún sin abrir la boca, Stan se dirigió a su dormitorio y cerró la puerta. Una vez dentro, se tumbó sobre la cama aún sin hacer un solo ruido y ahí se quedó, con aquella expresión perenne en su cara...
