Contendido adulto, les recuerdo.


3. Poner una mano sobre su boca.

La última vez había sido un error, algo que evitar razonar con seriedad y sólo señalar excusas.

Las dos veces anteriores a esa también habían sido errores, pretendiendo ambos que no había nada que discutir luego de los besos en el pecho de ella, las caricias quemando la piel del otro, y despertar con una pierna de él enredada en las suyas.

Un año después los errores se habían reducido a cero principalmente porque habían esquivado con maestría el simple hecho de compartir el mismo metro cuadrado de espacio sin la presencia de alguien más. Si Shikamaru y Temari se encontraban lado a lado era porque habían procurado —sin decirlo en voz alta, sin siquiera admitírselo a ellos mismos— que estarían también ya fuese con uno o más Kages en sensibles reuniones, o con varios shinobi esperando por órdenes. O, mejor aún, rodeados de cien personas en un banquete al que habían sido invitados para promover la fraternización entre naciones.

Era un fastidioso juego, tratar de salvaguardar su todavía existente amistad y no cambiar o arruinar la categoría que por años llevaban de aliados incondicionales. Y como siempre lo hacía, Shikamaru simplemente siguió adelante, sin preocuparse por los medios y esperanzado de que nadie se diese cuenta de que su consumo de nicotina aumentaba luego de interactuar con ella como poco saludable método para aliviar el estresante zumbido que quedaba en sus orejas, ni las escuetas respuestas que daba con la finalidad de que todos se quitaran de encima él.

No obstante, pareció que Temari quiso arruinarlo todo. De nuevo.

Fue en un opulento banquete cerca a Kumo en unas de las propiedades del Daimyo, con vestidos de cóctel y música suave en vivo. Shikamaru realmente no había querido ir, vestido elegantemente de absoluto negro, pero había un futuro tren que construir y aliado económicos que asegurar.

No haber ido, sin embargo, lo habría salvado de un par de ojos verde azulados enojados y que pronto, en apenas diez minutos de asistencia y como para humillar sus habilidades de ninja, se vio adentro con ella en el diminuto cuarto que servía de closet rodeado de pesados abrigos.

—¿Cómo te atreves, Nara? ¿En serio? Ese es el peor acuerdo comercial que podrían intentar hacer. La sola idea de que lo estén considerando es terrible. Podría ofender seriamente a los más ancianos del Consejo de Suna.

Abruptamente ella detuvo su regaño, muy probablemente consciente de que prácticamente lo había arrastrado hasta ese closet.

Al menos era cálido allí dentro, y a Shikamaru no se le pasó por la cabeza si acaso ella no tenía escalofríos con su vestido de tiras y favorecedor escote, afuera la noche siendo considerablemente fría para el gusto de ambos.

—Así que escuchaste —prosiguió él con una leve mueca en sus labios, no por completo preocupado por temas políticos o económicos, en él justo ahora el incesante zumbido de información no por cuántos ancianos se molestarían por las decisiones tomadas por el Hokage y él, sino porque la regla de compartir el mismo espacio con Temari sólo si se hallaba la presencia de alguien más acaba de romperse.

Y, justo ahí, Shikamaru se percató en su vestido y en las líneas de su senos, y por fin se preguntó si hasta ese momento Temari había sentido frío.

Lo errores volverían a sumar uno si él se quedaba sólo un momento más ahí.

Aún así Shikamaru no se movió, extremadamente atento al silencio en que se había quedado Temari y sintiendo la necesidad de pasar saliva, le fue más evidente escuchar a su propio corazón golpear duro y constante en su pecho.

En segundos pudo prácticamente sentir la humedad contra su propia piel debajo de sus finas telas.

—Viniste aquí solo —pronunció ella con inusitada calma, señalando lo evidente. Shikamaru de todas formas se atrevió a asentir muy leve para confirmárselo—. Habría creído que ya tendrías una prometida.

Muy conscientemente, Shikamaru percibió el cambio en sus propias facciones, sus ojos inevitablemente afilándose más hacia los de ella.

—No soy entusiasta sobre la idea del matrimonio. ¿Recuerdas mi sueño?

Temari rodó los ojos, como si con eso automáticamente mejorara el escenario en el que estaban, como si menospreciar algo de Shikamaru arreglara el hecho de que tanto él como ella habían dado un paso hacia el otro.

—¿Me recordarías quién más estaba en ese sueño? —preguntó ella prepotente.

—Tú, Temari. Muy bien lo sabes.

Cuando Shikamaru se inclinó los pocos centímetros que los separaban, fugazmente pensó que quizá los dos no eran una tan desafortunada y desventurada pareja, que las circunstancias de vivir en dos alejadas aldeas, cargando cada uno cientos de responsabilidades de sus propias familias, de sólo verse tan poco, quizá no significaban que las estrellas estaban trabajando en contra de una posible relación.

Quizás no iban a volver a cometer un error.

.

Por supuesto, nadie debería enterarse que el consejero del Hokage tenía sus elegantes pantalones desabrochados y su cuerpo pegado al de una embajadora de suma importancia, el vestido de ésta arrugado y subido alrededor de las caderas de ella.

Quizá ese era uno de sus tácitos acuerdos, que nadie podría saber, y en ese orden de ideas la puerta del closet estaba totalmente cerrada, ambos ubicados contra su superficie de madera para ser los primeros en percibir si alguien se acercaba lo suficiente e intentaba ingresar.

También, como muy bien sabía Shikamaru, Temari nunca había sobresalido por su quietud. Había decidido por tanto llevar una de sus manos a tapar la boca de ella, consciente de que más adelante, de alguna forma, lo amonestaría por su atrevimiento.

A Shikamaru no le importó, si algo, acababa de hacerlo sentir más eufórico, el sonido del golpeteo de piel contra piel haciéndose más evidente gracias a un mayor impulso de entrar y salir de ella, la palma de su mano ahogando los jadeos incesantes de Temari.

Así, sintiéndose de nuevo prácticamente en el cielo, Shikamaru pegó su frente al hombro de ella y mentalmente deseó porque Temari no se arrepintiera del acto tan pronto acabase y lo dejara solo en ese diminuto cuarto.

Como el viento, a veces ella era sólo un placer pasajero que él no alcanzaba a atrapar.


4. Sobreestimular hasta que la otra persona ruegue.

Rogar no estaba dentro de las posibilidades de Temari no Sabaku.

Ella no rogaba, exigía.

Shikamaru había escuchado miles de cosas sobre ella, entre ellas que suplicar por algo era diametralmente opuesto a sus convicciones. Él había escuchado a lo largo de su carrera como shinobi lo suficiente para catalogarla en su mente como una muy cruel kunoichi, e incluso no entendía por qué constantemente se referían a ella como una princesa; Temari no era delicada, ni quería saber nada de la realeza y sus maneras de aparentar y ofrecer extrema obediencia.

Shikamaru lo sabía porque el nombre de ella, siendo la hermana del Kazekage, era conocido en toda Konoha y más aldeas.

Sin embargo todos tenían un punto de quiebre, algo que hacía cambiar por un momento hasta las más fuertes convicciones. Así, desnudo encima de ella, deteniéndose sólo por unos segundos, Shikamaru movió sus dedos en un patrón familiar propio de su clan —su apellido lo que había captado la atención de la kunoichi apenas dos horas antes—, desplegando sombras como si se trataran de otras extremidades de él que comenzaron a arrastrarse hasta los talones de ella, subiendo sin piedad para atrapar sus muslos, y otras sombras más a lo largo de sus brazos hasta enredarse suavemente alrededor de su esbelto cuello, provocando en ella un jadeo de sorpresa, pero al mismo tiempo el reconocimiento de lo que había sentido tanto tiempo atrás como una orgullosísima niña en los exámenes Chūnin.

Sombras que Temari, mientras lo había besado, explícitamente le había pedido usar en ella, incluso aunque ahora no fueran más que dos extraños shinobis conociéndose en la celebración de una boda.

—¿Cómo te sientes?

—N-no lo… mierda, no lo sé.

Extremadamente bien, entonces, pensó él observando brillos bailando en los ojos de ella y a su incapacidad por contener jadeos. Casi lloriqueos, a decir verdad, gratamente estimulada a lo largo de todo ese encuentro.

—¿Quieres seguir?

Temari sólo asintió tan pronto pudo registrar su pregunta, las sombras apenas rozando su entrepierna, muy lentamente acercándose a su parte más sensible.

—Temari —intentó de nuevo él, una sonrisa ladeada en su rostro—. ¿Quieres seguir?

Ella alargó lo más que pudo su silencio, reticente de aceptar tan fácilmente su vulnerabilidad a pesar de que ahora eso fuera tan palpable con el aspecto que debía estar dando desnuda bajo él y a merced de sus sombras, bajo alguien que nunca había vuelto a ver, convertido en todo un hombre lo suficientemente atractivo para ella y lo suficientemente educado como para no divulgar lo que estaban haciendo fuera de esas cuatro paredes.

Y este hombre, Shikamaru Nara, estaba haciendo todo perfecto.

Temari dejó que sus verdes y lagrimosos ojos se deslizaran por su figura, por las sólidas líneas del abdomen de él, por las formas de sus hombros, la elegancia de sus largas extremidades, su desconocida pero reconfortante presencia.

—Sí, por favor —finalmente rogó ella.


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