La poción multijugos

Harry entró en el despacho de Dumbledore y esperó mirando a su alrededor. Una cosa era segura: era el despacho más interesante que había visto hasta ese momento, de hecho, si no hubiese estado tan asustado de ser expulsado del colegio, habría disfrutado curioseando.

Se trataba de una estancia circular, espaciada en unas tres tarimas y unas escaleras que subían a lo que parecían las estancias privadas, la madera era oscura y de calidad, y había ciertos ornatos de oro, una pared recubierta de cuadros de varios magos y brujas que parecían estar durmiendo, además había varios chismes que no había visto nunca y que hacían sonidos extraños y echaban humo. Había también un gran escritorio con pies en forma de zarpas, y a su lado en un estante, estaba el Sombrero Seleccionador.
Harry dudó. Echó un vistazo rápido a los cuadros y se acercó a él, lo cogió por la punta y se lo puso con cuidado, debía estar soñando, ya que recitó:
"... De las cenizas despertará el fuego,
la luz brotará de la sombra;
forjada será de nuevo la espada de sus pedazos..."
-Perdón, ¿cómo dice? -interrumpió Harry. El Sombrero pareció bostezar.
-¡Oh! ¿Harry Potter? ¿No te lo puedes quitar de la cabeza, ¿verdad?
-Mmmm, no -respondió Harry- … esto… lamento molestarle, pero…
-Te has estado preguntando si decidí ponerte en la casa correcta, ¿cierto? -dijo el Sombrero- sí, fuiste difícil de colocar, pero mantengo lo que dije el año pasado… Podrías haber estado bien en Slytherin…
Harry negó vigorosamente y se quitó el Sombrero y lo dejó de nuevo en su estante.
-Te equivocas… -murmuró, ganándose que el Sombrero frunciera el ceño antes de quedarse inmóvil de nuevo. Entonces escuchó un sonido como arcadas le hizo volverse.

No estaba solo. Sobre una percha dorada detrás de la puerta, había un pájaro de aspecto decrépito que parecía un pavo medio desplumado. Harry lo miró, y el pájaro le devolvió una mirada torva, emitiendo de nuevo su particular ruido. Parecía muy enfermo. Tenía los ojos apagados y, mientras Harry lo miraba, se le cayeron otras dos plumas de la cola. Estaba pensando en que lo único que le faltaba es que el pájaro de Dumbledore se muriera mientras estaba con él a solas en el despacho, cuando el pájaro comenzó a arder. Harry profirió un grito de horror y retrocedió hasta el escritorio. Buscó por si hubiera cerca un vaso con agua, pero no vio ninguno. El pájaro, mientras tanto, se había convertido en una bola de fuego; emitió un fuerte chillido, y un instante después no quedaba de él más que un montoncito humeante de cenizas en el suelo.

Mientras tanto, Areagon, Ron y Hermione esperaban impacientes en la Sala Común, hasta que Harry llegó.
-No te van a expulsar, ¿verdad? -preguntaron a la vez.
Harry negó con la cabeza y les contó todo lo que había pasado desde que encontró a Justin y a Nick.
La doble agresión contra Justin y Nick Casi Decapitado convirtió en auténtico pánico lo que hasta aquel momento había sido inquietud. Curiosamente, resultó ser el destino de Nick Casi Decapitado lo que preocupaba más a la gente. Se preguntaban unos a otros qué era lo que podía hacer aquello a un fantasma; qué terrible poder podía afectar a alguien que ya estaba muerto. La gente se apresuró a reservar sitio en el expreso de Hogwarts para volver a casa en Navidad.
-Como esto siga así, sólo nos quedaremos nosotros -dijo un día Ron mientras caminaban hacia el Gran Comedor- bueno, Malfoy, Crabbe y Goyle. Serán unas vacaciones deliciosas…
Aunque la situación no era agradable, Harry agradeció en parte que el castillo quedara prácticamente desierto, pues estaba harto de que la gente se apartara de él por los pasillos, mientras le señalaban o murmararan a sus espaldas. Sin embargo, Fred y George encontraban aquello muy divertido, y actuaban como si fueran una especie de Guardia Pretoriana, anunciando que abrieran paso, que se iba a visitar al monstruo de la Cámara Secreta, o cualquier cosa se les ocurriera. A decir verdad, a Harry le aliviaba que se tomaran a guasa la posibilidad de que él fuera el Heredero de Slytherin, y esas payasadas le ayudaban a distraerse y a no preocuparse por ello.

Pasaron los días y pronto acabó el trimestre y llegaron al fin las vacaciones de Navidad, y con ellas el colegio se sumió en silencio, así como un espeso manto de nieve cubrió los campos y el Bosque Prohibido. Amaneció el día de Navidad, con el colegio frío y cubierto por un manto blanco de nieve. Hermione entró en la habitación y abrió las cortinas para despertarlos a la vez que les lanzaba los regalos de Navidad.
-¡Despertad! -exclamó en voz alta.
-Hermione… Sabes que no puedes estar aquí… -dijo Ron protegiéndose con las sábanas de la luz solar.
-Feliz Navidad a tí también... -dijo Hermione mientras se sentaba a los pies de la cama de Harry- me he levantado hace casi una hora, para añadir más crisopos a la poción. Ya está lista.
Areagon se deslizó sobre su cama, cogió una muda de ropa limpia del baúl, corrió las cortinas de su cama y se vistió, a la vez que Harry se sentaba en su cama, sintiéndose despierto de repente.
-¿Estás segura?
-Completamente -asintió Hermione- creo que si nos decidimos a hacerlo, debería ser esta noche.
Hedwig entró por la ventana que había abierto Areagon para ventilar su cama, y se posó junto a Harry llevando un pequeño paquete en el pico.
-Hola -dijo Harry acariciándole su plumaje blanco- ¿me hablas de nuevo?
Como respuesta, Hedwig le picó el dedo afectuosamente, aquello fue mejor regalo de Navidad que el de los Dursley que consistió en un simple mondadientes y una nota para que preguntara si podía quedarse también en verano. El resto de los regalos de Navidad de Harry fueron bastante más generosos. Hagrid le enviaba un bote grande de caramelos de café con leche que Harry decidió ablandar al fuego antes de comérselos; Ron le regaló un libro titulado Volando con los Cannons, que trataba de hechos interesantes de su equipo favorito de quidditch; Hermione le había comprado una lujosa pluma de águila para escribir; y Areagon le regaló un pequeño cuchillo de campo, la hoja tenía runas muy estilizadas, el mango era de caoba y estaba adornado por filigranas doradas, y la funda era de cuero marrón, muy agradable al tacto. Harry abrió el último regalo y encontró un jersey nuevo, tejido a mano por la señora Weasley, y un plumcake. Cogió la tarjeta con un renovado sentimiento de culpa, acordándose del coche del señor Weasley, que no habían vuelto a ver desde la colisión con el sauce boxeador, y de la cantidad de infracciones que habían planeado para el futuro inmediato.

Una vez concluyó la comida de Navidad, Hermione les hizo salir del Gran Comedor para preparar los últimos detalles para la noche.
-Todavía os falta algo de Crabbe y Goyle -les dijo Hermione como si fuera algo tan normal como ir al supermercado.
-¿Cómo qué? -preguntó Ron.
-Pelos, uñas de los pies… -dijo Areagon sin prestar atención a las caras de asco de Harry y Ron.
-Pues ya me dirás cómo conseguimos los pelos de esos dos sin que nos den una paliza… -dijo Ron nada convencido de que aquello fuera buena idea.
Areagon y Hermione sonrieron.
-Bueno, la verdad es que tenemos algo para eso… -dijo Areagon con una sonrisa maliciosa- mientras Hermione preparaba la poción multijugos, como no hay suficiente para mí, he preparado una poción para dormir.
Al decir eso, sacó dos viales de cristal, llenos de poción.
-El plan es rellenar un par de bollos con la poción y hacer que se los coman -les dijo Hermione- lo único que tenéis que hacer es aseguraros de que los encuentren, con lo glotones que son seguro que se los comen; luego los encerráis en un armario de la limpieza y les arrancáis los pelos, voy a dar los últimos retoques a la poción, ahora os veo…
Y se marchó escaleras arriba.

Para su sorpresa, la primera parte del plan salió perfecta, Areagon, Harry y Ron se escondieron detrás de una estatua y esperaron a que Crabbe y Goyle salieran los últimos del Gran Comedor y contemplaron con satisfacción cómo devoraban los bollos que habían preparado. Con esfuerzo los metieron en un armario de la limpieza y les arrancaron los pelos, en cuanto cerraron la puerta, Areagon se volvió y murmuró:
-Fermaportus -y salió al trote para alcanzar a Harry y a Ron.

Tocaron a la puerta y Hermione les abrió sudorosa y con la mirada inquieta. Tras ella se escuchaba el borboteo de la poción y Areagon echó un vistazo rápido al interior del caldero, era de color marrón y tan espesa como la melaza; tuvo que apartar la vista porque le dieron arcadas con solo verla, y se alegró de no tener que tomarla. Sacó tres vasos que había tomado del Gran Comedor y ayudó a Hermione a repartir la ropa de la lavandería, camisas, corbatas, pantalones, zapatos…
-Bueno… estoy bastante segura de que lo he hecho todo bien -dijo Hermione revisando el libro Moste Potente Potions.
-Oye Hermione… ¿de quién es tu pelo? -preguntó Harry.
-De Millicent Bulstrode -respondió- se lo cogí de la túnica durante el Club de Duelo.
-¿Qué hacemos ahora? -preguntó Ron.
-La dividimos en los tres vasos que ha traído Areagon y echamos los pelos.
-No os lo toméis a mal -dijo Areagon- pero tal vez deberíais cambiaros de ropa antes de tomaros la poción, no creo que ver a Crabbe y Goyle en ropa interior sea buena idea, y Millicent tampoco es que sea una sílfide…
A todos se les escapó una carcajada, se metieron en un retrete y se cambiaron de ropa, al salir y verlos vestidos de Slytherin, a Areagon se le hizo muy raro.
-¿Listos? -preguntó Hermione a Harry y Ron, mientras servía la poción en los vasos, cuando cogió cada uno el suyo, echó el pelo de Millicent, y su poción emitió un potente silbido, como el de una olla a presión, empezó a salir espuma y cuando esta se disipó, se había vuelto de un tono amarillo asqueroso.
-Aaaagg… -dijo Ron, intentando controlar una arcada- esencia de Bulstrode…-Echad los vuestros, venga -les apremió Hermione.

Harry metió el pelo de Goyle en el vaso del medio, y Ron, el pelo de Crabbe en el último. Una y otra poción silbaron y echaron espuma, la de Goyle se volvió del color caqui de los mocos, y la de Crabbe, de un marrón oscuro y turbio. Se encerraron en los baños y Areagon esperó a que salieran, cuando los vio, fue muy extraño y en parte agradeció saberlo todo sobre el plan, ya que si se hubiera encontrado con un Crabbe y Goyle en el baño sin saber que eran Harry y Ron, no habría dudado en echar mano de la varita.
-¡Guau! -exclamó Areagon.
-¿Y Hermione? -preguntó Harry.
-No ha salido todavía -dijo Areagon.
-¡Id sin mí! -exclamó ella- ¡no perdáis el tiempo!
-Me quedo yo con ella, marchaos.

Harry y Ron se marcharon, dejando a Areagon tratando de convencer a Hermione para que saliera del retrete. Tardó una media hora en conseguir que la bruja saliera, y cuando la vio, no pudo evitar abrir la boca de la sorpresa. Hermione no se había transformado en Millicent Bulstrode, en su lugar sus ojos se habían vuelto ambarinos y su pupila era alargada, le habían salido bigotes y tenía la cara y manos peludas.
-No era de Millicent el pelo que cogí de su túnica… -dijo angustiada, mientras Areagon reaccionaba y tomaba el libro de "Moste potente potions" y trataba de buscar alguna solución, y al final encontró algo que ayudó, no solucionó todo el problema, pero al menos no tenía cola, había desaparecido el pelo de las manos y la cara, pero aún conservaba los bigotes y si bien la pupila alargada había desaparecido, sus ojos seguían siendo amarillos.
Cinco minutos después de que finalizara la hora de los efectos de la poción, Harry y Ron llegaron de nuevo al cuarto de baño, y tras interesarse por Hermione, recogieron todo y se marcharon a la Sala Común, allí les contaron todo lo que les había dicho Malfoy.
-Así que Malfoy no es el heredero de Slytherin, y tampoco sabe quién podría ser… -dijo Hermione.
-Hay algo más… -dijo Ron, mirando incómodo a Hermione- Draco ha dicho que la última vez que se abrió la cámara, murió una chica…
-Dijo… dijo que esperaba que la próxima… esperaba que fueras tú… -dijo Harry.
Oyeron un golpe, y vieron a Areagon, había dado un golpe sobre la mesa, un destello extraño había aparecido momentáneamente en sus ojos.
-Por encima de mi cadáver… -dijo Areagon- como esa cosa o ese heredero intenten hacerle algo a Hermione, los haré papilla…
-Gracias Areagon… -dijo la chica con los ojos brillantes- pero si ese monstruo viene a por mi, no creo que puedas defenderme… aunque te lo agradezco…
Harry se levantó.
-Cuenta conmigo…
-Y conmigo… -dijo Ron, parecía asustado, pero decidido.

Hablaron durante un rato y luego se fueron a dormir, momento en el que Areagon aprovechó para hablar con Vlad, Vulcan, Hrom, Kestrel y Jock.
-Pues yo creo que deberíamos quemar vivo a Malfoy -dijo Vulcan.
-Mejor electrocutarlo, así sabrá lo que sienten los muggles al meter los dedos en el enchufe -añadió Hrom con malicia.
-Mejor esperamos a la próxima clase de Astronomía y lo tiro desde arriba… a ver que tal vuela… -dijo Kestrel.
-O mejor… lo agarramos entre los cinco y lo partimos en cinco pedazos -sentenció Vlad con una voz maliciosa.
Areagon negó con la cabeza y cerró su mente para poder dormir.

Las semanas transcurrieron con una relativa tranquilidad, hasta que un día volviendo de la clase de Encantamientos escucharon despotricar a Filch, histérico.
-... aún más trabajo para mí. ¡Fregar toda la noche, como si no tuviera otra cosa que hacer! No, ésta es la gota que colma el vaso, me voy a ver a Dumbledore.
Sus pasos se fueron distanciando, y oyeron un portazo a lo lejos.
Asomaron la cabeza por la esquina. Evidentemente, Filch había estado cubriendo su habitual puesto de vigía; se encontraban de nuevo en el punto en que habían atacado a la Señora Norris.
Buscaron lo que había motivado los gritos de Filch. Un charco grande de agua cubría la mitad del corredor, y parecía que continuaba saliendo agua de debajo de la puerta de los aseos de Myrtle la Llorona. Ahora que los gritos de Filch habían cesado, podían oír los gemidos de Myrtle resonando a través de las paredes de los aseos.
-¿Qué le pasará ahora? -preguntó Ron.
-Vamos a ver -propuso Harry, y levantándose la túnica por encima de los tobillos, se metieron en el charco chapoteando, llegaron a la puerta que exhibía el letrero de «No funciona» y, haciendo caso omiso de la advertencia, como de costumbre, entraron. Myrtle la Llorona estaba llorando, si cabía, con más ganas y más sonoramente que nunca. Parecía estar metida en su retrete habitual. Los aseos estaban a oscuras, porque las velas se habían apagado con la enorme cantidad de agua que había dejado el suelo y las paredes empapados.
-¿Qué pasa, Myrtle? -inquirió Harry.
-¿Quién es? -preguntó Myrtle, con tristeza, como haciendo gorgoritos-. ¿Vienes a arrojarme alguna otra cosa?
Harry fue hacia el retrete y le preguntó:
-¿Por qué tendría que hacerlo?
-No sé -gritó Myrtle, provocando al salir del retrete una nueva oleada de agua que cayó al suelo ya mojado-. Aquí estoy, intentando sobrellevar mis propios problemas, y todavía hay quien piensa que es divertido arrojarme un libro...
-Pero si alguien te arroja algo, a ti no te puede doler -razonó Areagon-. Quiero decir, que simplemente te atravesará, ¿no?
-Tienes la misma sensibilidad que un ladrillo -dijo Hermione a Areagon, que se encogió de hombros.

Acababa de meter la pata. Myrtle se sintió ofendida y chilló:
-¡Vamos a arrojarle libros a Myrtle, que no puede sentirlo! ¡Diez puntos al que se lo cuele por el estómago! ¡Cincuenta puntos al que le traspase la cabeza! ¡Bien, ja, ja, ja! ¡Qué juego tan divertido, pues para mí no lo es!
-Pero ¿quién te lo arrojó? -le preguntó Harry.
-No lo sé... Estaba sentada en el sifón, pensando en la muerte, y me dio en la cabeza -dijo Myrtle, mirándoles-. Está ahí, empapado.
Harry y Ron miraron debajo del lavabo, donde señalaba Myrtle. Había allí un libro pequeño y delgado. Tenía las tapas muy gastadas, de color negro, y estaba tan humedecido como el resto de las cosas que había en los lavabos. Harry se acercó para cogerlo, pero Ron lo detuvo con el brazo.
-¿Qué pasa? -preguntó Harry.
-¿Estás loco? -dijo Ron-. Podría resultar peligroso.
-¿Peligroso? -dijo Harry, riendo-. Venga, ¿cómo va a resultar peligroso?
-Te sorprendería saber -dijo Ron, asustado, mirando el librito- que entre los libros que el Ministerio ha confiscado había uno que les quemó los ojos. Me lo ha dicho mi padre. Y todos los que han leído Sonetos del hechicero han hablado en cuartetos y tercetos el resto de su vida. ¡Y una bruja vieja de Bath tenía un libro que no se podía parar nunca de leer! Uno tenía que andar por todas partes con el libro delante, intentando hacer las cosas con una sola mano. Y...
-Vale, ya lo he entendido -dijo Harry. El librito seguía en el suelo, empapado y misterioso- bueno, pero si no le echamos un vistazo, no lo averiguaremos -dijo y, esquivando a Ron, lo recogió del suelo.
Harry vio al instante que se trataba de un diario, y la desvaída fecha de la cubierta le indicó que tenía cincuenta años de antigüedad. Lo abrió intrigado. En la primera página podía leerse, con tinta emborronada, «T.S. Riddle».
-Espera -dijo Ron, que se había acercado con cuidado y miraba por encima del hombro de Harry-, ese nombre me suena... T.S. Riddle ganó un premio hace cincuenta años por Servicios Especiales al Colegio.
-¿Y cómo sabes eso? -preguntó Harry sorprendido.
-Lo sé porque Filch me hizo limpiar su placa unas cincuenta veces cuando nos castigaron -dijo Ron con resentimiento mientras le daba un escalofrío-. Precisamente fue encima de esta placa donde vomité una babosa. Si te hubieras pasado una hora limpiando un nombre, tú también te acordarías de él.

Harry separó las páginas humedecidas. Estaban en blanco. No había en ellas el más leve resto de escritura, ni siquiera «cumpleaños de tía Mabel» o «dentista, a las tres y media». -No llegó a escribir nada -dijo Harry, decepcionado.
-Me pregunto por qué querría alguien tirarlo al retrete -dijo Ron con curiosidad.
Harry volvió a mirar las tapas del cuaderno y vio impreso el nombre de un quiosco de la calle Vauxhall, en Londres.
-Debió de ser de familia muggle -dijo Harry, especulando-, ya que compró el diario en la calle Vauxhall...
-Bueno, eso da igual -dijo Ron. Luego añadió en voz muy baja-. Cincuenta puntos si lo pasas por la nariz de Myrtle.

Harry, sin embargo, se lo guardó en el bolsillo; mientras Hermione bufaba por la falta de tacto de Areagon y Ron.
Una vez de vuelta en la Sala Común, empezaron a examinarlo con más detenimiento.
manera en que lo habían encontrado.
-¡Aaah, podría tener poderes ocultos! -dijo con entusiasmo Hermione, cogiendo el diario y mirándolo de cerca.
-Si los tiene, los oculta muy bien -repuso Ron-. A lo mejor es tímido. No sé por qué lo guardas, Harry.
-Lo que me gustaría saber es por qué alguien intentó tirarlo -dijo Harry-. Y también me gustaría saber cómo consiguió Riddle el Premio por Servicios Especiales. -Por cualquier cosa -dijo Ron-. A lo mejor acumuló treinta matrículas de honor en Brujería o salvó a un profesor de los tentáculos de un calamar gigante. Quizás asesinó a Myrtle, y todo el mundo lo consideró un gran servicio...
Pero Harry estaba seguro, por la cara de interés que ponían Hermione y Areagon, de que estaban pensando lo mismo que él.
-¿Qué pasa? -dijo Ron, mirando a uno y a otro.
-Bueno, la Cámara de los Secretos se abrió hace cincuenta años, ¿no? -explicó Harry-. Al menos, eso nos dijo Malfoy.
-Sí... -admitió Ron.
-Y este diario tiene cincuenta años -dijo Hermione, golpeándolo, emocionada, con el dedo.
-¿Y?
-Venga, Ron, despierta ya -dijo Hermione bruscamente-. Sabemos que la persona que abrió la cámara la última vez fue expulsada hace cincuenta años. Sabemos que a T.S. Riddle le dieron un premio hace cincuenta años por Servicios Especiales al Colegio. Bueno, ¿y si a Riddle le dieron el premio por atrapar al heredero de Slytherin? En su diario seguramente estará todo explicado: dónde está la cámara, cómo se abre y qué clase de criatura vive en ella. La persona que haya cometido las agresiones en esta ocasión no querría que el diario anduviera por ahí, ¿no? -Es una teoría brillante, Hermione -dijo Ron-, pero tiene un pequeño defecto: que no hay nada escrito en el diario.
-¡Podría ser tinta invisible! -susurró Areagon, sacó la varita, dió tres toques donde aparecía "T.S. Riddle" y murmuró: -¡Aparecium!
Pero no ocurrió nada. Hermione metió la mano en la bolsa y sacó lo que parecía una goma de borrar de color rojo. -Es un revelador, lo compré en el callejón Diagon -dijo ella.
Frotó con fuerza donde ponía «1 de enero». Siguió sin pasar nada.
-Ya te lo decía yo; no hay nada que encontrar aquí -dijo Ron-. Simplemente, a Riddle le regalaron un diario por Navidad, pero no se molestó en rellenarlo.
Harry no supo porqué, pero el diario terminó metido en su mochila y no se planteó tirarlo a la basura.

Al día siguiente, Areagon y Harry fueron los últimos en bajar al Gran Comedor, y por un momento pensaron que se habían equivocado de puerta, pues alguien había cubierto las paredes de corazones de un rosa chillón, y del techo caía confeti en forma de corazón.
Al llegar a la mesa de Gryffindor, Ron tenía la misma cara de asco que ellos, mientras que Hermione reía tontamente.
-¿Qué ocurre? -preguntó Harry.
Ron, que parecía a punto de vomitar del enfado y el asco, señaló la mesa de los profesores, Lockhart llevaba una túnica rosa, a juego con la decoración. Mientras el resto de los profesores le miraban estupefactos, mientras que McGonagall tenía un tic en la mejilla y Snape le miraba con cara de querer asesinarlo "al instante".
-¡Feliz día de San Valentín! -gritó Lockhart-. ¡Y quiero también dar las gracias a las cuarenta y seis personas que me han enviado tarjetas! Sí, me he tomado la libertad de preparar esta pequeña sorpresa para todos vosotros… ¡y no acaba aquí la cosa!

Lockhart dio una palmada, y por la puerta del vestíbulo entraron una docena de gnomos de aspecto hosco. Pero no gnomos así, tal cual; Lockhart les había puesto alas doradas y además llevaban arpas. -¡Mis amorosos cupidos portadores de tarjetas! -sonrió Lockhart-. ¡Durante todo el día de hoy recorrerán el colegio ofreciéndoos elicitaciones de San Valentín! ¡Y la diversión no acaba aquí! Estoy seguro de que mis colegas querrán compartir el espíritu de este día. ¿Por qué no pedís al profesor Snape que os enseñe a preparar un filtro amoroso? ¡Aunque el profesor Flitwick, el muy pícaro, sabe más sobre encantamientos de ese tipo que ningún otro mago que haya conocido!
El profesor Flitwick se tapó la cara con las manos. Snape parecía dispuesto a envenenar a la primera persona que se atreviera a pedirle un filtro amoroso.
-Por favor, Hermione, dime que no has sido una de las cuarenta y seis -le dijo Ron, cuando abandonaban el Gran Comedor para acudir a la primera clase. Pero a Hermione de repente le entró la urgencia de buscar el horario en la bolsa, y no respondió.

Los gnomos se pasaron el día interrumpiendo las clases para repartir tarjetas, ante la irritación de los profesores, y al final de la tarde, cuando los de Gryffindor subían hacia el aula de Encantamientos, uno de ellos alcanzó a Harry.
-¡Eh, tú! ¡Harry Potter! -gritó un gnomo de aspecto particularmente malhumorado, abriéndose camino a codazos para llegar a donde estaba Harry.
Ruborizándose al pensar que le iba a ofrecer una felicitación de San Valentín delante de una fila de alumnos de primero, entre los cuales estaba Ginny Weasley, Harry intentó escabullirse. El gnomo, sin embargo, se abrió camino a base de patadas en las espinillas y lo alcanzó antes de que diera dos pasos.
-Tengo un mensaje musical para entregar a Harry Potter en persona -dijo, rasgando el arpa de manera pavorosa.
-¡Aquí no! -dijo Harry enfadado, tratando de escapar.
-¡Párate! -gruñó el gnomo, aferrando a Harry por la bolsa para detenerlo.
-¡Suéltame! -gritó Harry, tirando fuerte.
Tanto tiraron que la bolsa se partió en dos. Los libros, la varita mágica, el pergamino y la pluma se desparramaron por el suelo, y la botellita de tinta se rompió encima de todas las demás cosas.
Harry intentó recogerlo todo antes de que el gnomo comenzara a cantar ocasionando un atasco en el corredor.
-¿Qué pasa ahí? -era la voz fría de Draco Malfoy, que hablaba arrastrando las palabras. Harry intentó febrilmente meterlo todo en la bolsa rota, desesperado por alejarse antes de que Malfoy pudiera oír su felicitación musical de San Valentín.
-¿Por qué toda esta conmoción? -dijo otra voz familiar, la de Percy Weasley, que se acercaba.
A la desesperada, Harry intentó escapar corriendo, pero el gnomo se le echó a las rodillas y lo derribó.
-Bien -dijo, sentándose sobre los tobillos de Harry-, ésta es tu canción de San Valentín:
"Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche
y el pelo negro como una pizarra cuando anochece.
Quisiera que fuera mío, porque es glorioso,
el héroe que venció al Señor Tenebroso."
Harry habría dado todo el oro de Gringotts por desvanecerse en aquel momento. Intentando reírse con todos los demás, se levantó, con los pies entumecidos por el peso del gnomo, mientras Percy Weasley hacía lo que podía para dispersar al montón de chavales, algunos de los cuales estaban llorando de risa.
-¡Fuera de aquí, fuera! La campana ha sonado hace cinco minutos, a clase todos ahora mismo -decía, empujando a algunos de los más pequeños-. Tú también, Malfoy.

Harry vio que Malfoy se agachaba y cogía algo, y con una mirada burlona se lo enseñaba a Crabbe y Goyle. Harry comprendió que lo que había recogido era el diario de Riddle.
-¡Devuélveme eso! -le dijo Harry en voz baja.
-¿Qué habrá escrito aquí Potter? -dijo Malfoy, que obviamente no había visto la fecha en la cubierta y pensaba que era el diario del propio Harry. Los espectadores se quedaron en silencio.
Ginny miraba alternativamente a Harry y al diario, aterrorizada.
-Devuélvelo, Malfoy -dijo Percy con severidad.
-Cuando le haya echado un vistazo -dijo Malfoy, burlándose de Harry.
Percy dijo:
-Como prefecto del colegio…
Pero Harry estaba fuera de sus casillas. Sacó su varita mágica y gritó:
-¡Expelliarmus!
Y tal como Snape había desarmado a Lockhart, así Malfoy vio que el diario se le escapaba de las manos y salía volando. Ron, sonriendo, lo atrapó.
-¡Harry! -dijo Percy en voz alta-. No se puede hacer magia en los pasillos. ¡Tendré que informar de esto!
Pero Harry no se preocupó. Le había ganado una a Malfoy, y eso bien valía cinco puntos de Gryffindor. Malfoy estaba furioso, y cuando Ginny pasó por su lado para entrar en el aula, le gritó despechado:
-¡Me parece que a Potter no le gustó mucho tu felicitación de San Valentín!
Ginny se tapó la cara con las manos y entró en clase corriendo. Dando un gruñido, Ron sacó también su varita mágica, pero Areagon fue más rápido y se la quitó de un tirón. Ron no tenía necesidad de pasarse la clase de Encantamientos vomitando babosas.
Harry no se dio cuenta de que algo raro había ocurrido en el diario de Riddle hasta que llegaron a la clase del profesor Flitwick. Todos los demás libros estaban empapados de tinta roja y necesitó la ayuda de Areagon y Hermione para poder limpiarlos, ya que algunos habían quedado casi ilegibles. El diario, sin embargo, estaba tan limpio como antes de que la botellita de tinta se hubiera roto. Intentaron hacérselo ver a Ron, pero éste volvía a tener problemas con su varita mágica: de la punta salían pompas de color púrpura, y él no prestaba atención a nada más.

Aquella noche, Harry fue el primero de su dormitorio en irse a dormir. En parte fue porque no creía poder soportar a Fred y George cantando: «Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche» una vez más, y en parte, porque quería examinar de nuevo el diario de Riddle, y sabía que Ron opinaba que eso era una pérdida de tiempo.
Se sentó en la cama y hojeó las páginas en blanco; ninguna tenía la más ligera mancha de tinta roja.
Luego sacó una nueva botellita de tinta del cajón de la mesita, mojó en ella su pluma y dejó caer una gota en la primera página del diario.
La tinta brilló intensamente sobre el papel durante un segundo y luego, como si la hubieran absorbido desde el interior de la página, se desvaneció. Emocionado, Harry mojó de nuevo la pluma y escribió:
«Mi nombre es Harry Potter.»
Las palabras brillaron un instante en la página y desaparecieron también sin dejar huella.
Entonces ocurrió algo.
Rezumando de la página, en la misma tinta que había utilizado él, aparecieron unas palabras que Harry no había escrito:
«Hola, Harry Potter. Mi nombre es Tom Riddle. ¿Cómo ha llegado a tus manos mi diario?»
Estas palabras también se desvanecieron, pero no antes de que Harry comenzara de nuevo a escribir:
«Alguien intentó tirarlo por el retrete.»
Aguardó con impaciencia la respuesta de Riddle.
«Menos mal que registré mis memorias en algo más duradero que la tinta. Siempre supe que habría gente que no querría que mi diario fuera leído.»
«¿Qué quieres decir?», escribió Harry, emborronando la página debido a los nervios.
«Quiero decir que este diario da fe de cosas horribles; cosas que fueron ocultadas; cosas que sucedieron en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.»
«Es donde estoy yo ahora», escribió Harry apresuradamente. «Estoy en Hogwarts, y también suceden cosas horribles. ¿Sabes algo sobre la Cámara de los Secretos?»
El corazón le latía violentamente. La réplica de Riddle no se hizo esperar, pero la letra se volvió menos clara, como si tuviera prisa por consignar todo cuanto sabía.
«¡Por supuesto que sé algo sobre la Cámara de los Secretos! En mi época, nos decían que era sólo una leyenda, que no existía realmente. Pero no era cierto. Cuando yo estaba en quinto, la cámara se abrió y el monstruo atacó a varios estudiantes, y mató a uno. Yo atrapé a la persona que había abierto la cámara, y lo expulsaron. Pero el director, el profesor Dippet, avergonzado de que hubiera sucedido tal cosa en Hogwarts, me prohibió decir la verdad. Inventaron la historia de que la muchacha había muerto en un espantoso accidente. A mí me entregaron por mi actuación un trofeo muy bonito y muy brillante, con unas palabras grabadas, y me recomendaron que mantuviera la boca cerrada.
Pero yo sabía que podía volver a ocurrir. El monstruo sobrevivió, y el que pudo liberarlo no fue encarcelado.»
En su precipitación por escribir, Harry casi vuelca la botellita de la tinta.
«Ha vuelto a suceder. Ha habido tres ataques y nadie parece saber quién está detrás. ¿Quién fue en aquella ocasión?»
«Te lo puedo mostrar, si quieres», contestó Riddle. «No necesitas leer mis palabras. Podrás ver dentro de mi memoria lo que ocurrió la noche en que lo capturé.»
Harry dudó, y la pluma se detuvo encima del diario. ¿Qué quería decir Riddle? ¿Cómo podía alguien introducirse en la memoria de otro? Miró asustado la puerta del dormitorio; iba oscureciendo.
Cuando retornó la vista al diario, vio que aparecían unas palabras nuevas:
«Deja que te lo enseñe.»
Harry meditó durante una fracción de segundo, y luego escribió una sola palabra:
«Vale.»

Las páginas del diario comenzaron a pasar, como si estuviera soplando un fuerte viento, y se detuvieron a mediados del mes de junio. Con la boca abierta, Harry vio que el pequeño cuadrado asignado al día 13 de junio se convertía en algo parecido a una minúscula pantalla de televisión. Las manos le temblaban ligeramente. Levantó el cuaderno para acercar uno de sus ojos a la ventanita, y antes de que comprendiera lo que sucedía, se estaba inclinando hacia delante. La ventana se ensanchaba, y sintió que su cuerpo dejaba la cama y era absorbido por la abertura de la página en un remolino de colores y sombras.
Notó que pisaba tierra firme y se quedó temblando, mientras las formas borrosas que lo rodeaban se iban definiendo rápidamente.
Enseguida se dio cuenta de dónde estaba. Aquella sala circular con los retratos de gente dormida era el despacho de Dumbledore, pero no era Dumbledore quien estaba sentado detrás del escritorio.
Un mago de aspecto delicado, con muchas arrugas y calvo, excepto por algunos pelos blancos, leía una carta a la luz de una vela. Harry no había visto nunca a aquel hombre.
-Lo siento -dijo con voz trémula-. No quería molestarle…
Pero el mago no levantó la vista. Siguió leyendo, frunciendo el entrecejo levemente. Harry se acercó más al escritorio y balbució:
-¿Me-me voy?
El mago siguió sin prestarle atención. Ni siquiera parecía que le hubiera oído. Pensando que tal vez estuviera sordo, Harry levantó la voz.
-Lamento molestarle, me iré ahora mismo -dijo casi a gritos.
Con un suspiro, el mago dobló la carta, se levantó, pasó por delante de Harry sin mirarlo y fue hasta la ventana a descorrer las cortinas.
El cielo, al otro lado de la ventana, estaba de un color rojo rubí; parecía el atardecer. El mago volvió al escritorio, se sentó y, mirando a la puerta, se puso a juguetear con los pulgares.
Harry contempló el despacho. No estaba Fawkes, el fénix, ni los artilugios metálicos que hacían ruiditos. Aquello era Hogwarts tal como debía ser en los tiempos de Riddle, y aquel mago desconocido tenía que ser el director de entonces, no Dumbledore, y él, Harry, era una especie de fantasma, completamente invisible para la gente de hacía cincuenta años.
Llamaron a la puerta.
-Entre -dijo el viejo mago con una voz débil.
Un muchacho de unos dieciséis años entró quitándose el sombrero puntiagudo. En el pecho le brillaba una insignia plateada de prefecto. Era mucho más alto que Harry pero tenía, como él, el pelo de un negro azabache.
-Ah, Riddle -dijo el director.
-¿Quería verme, profesor Dippet? -preguntó Riddle. Parecía azorado.
-Siéntese -indicó Dippet-. Acabo de leer la carta que me envió.
-¡Ah! -exclamó Riddle, y se sentó, cogiéndose las manos fuertemente.
-Muchacho -dijo Dippet con aire bondadoso-, me temo que no puedo permitirle quedarse en el colegio durante el verano. Supongo que querrá ir a casa para pasar las vacaciones…
-No -respondió Riddle enseguida-, preferiría quedarme en Hogwarts a regresar a ese…, a ese…
-Según creo, pasa las vacaciones en un orfanato muggle, ¿verdad? -preguntó Dippet con curiosidad.
-Sí, señor -respondió Riddle, ruborizándose ligeramente.
-¿Es usted de familia muggle?
-A medias, señor -respondió Riddle-. De padre muggle y de madre bruja.
-¿Y tanto uno como otro están…?
-Mi madre murió nada más nacer yo, señor. En el orfanato me dijeron que había vivido sólo lo suficiente para ponerme nombre: Tom por mi padre, y Sorvolo por mi abuelo.
Dippet chasqueó la lengua en señal de compasión.
-La cuestión es, Tom -suspiró-, que se podría haber hecho con usted una excepción, pero en las actuales circunstancias…
-¿Se refiere a los ataques, señor? -dijo Riddle, y a Harry el corazón le dio un brinco. Se acercó, porque no quería perderse ni una sílaba de lo que allí se dijera.
-Exactamente -dijo el director-. Muchacho, tiene que darse cuenta de lo irresponsable que sería que yo le permitiera quedarse en el castillo al término del trimestre. Especialmente después de la tragedia…, la muerte de esa pobre muchacha… Usted estará muchísimo más seguro en el orfanato. De hecho, el Ministerio de Magia se está planteando cerrar el colegio. No creo que vayamos a poder localizar al…, descubrir el origen de todos estos sucesos tan desagradables…

Riddle abrió más los ojos.
-Señor, si esa persona fuera capturada… Si todo terminara…
-¿Qué quiere decir? -preguntó Dippet, soltando un gallo. Se incorporó en el asiento-. ¿Riddle, sabe usted algo sobre esas agresiones?
-No, señor -respondió Riddle con presteza.
Pero Harry estaba seguro de que aquel «no» era del mismo tipo que el que él mismo había dado a Dumbledore.
Dippet volvió a hundirse en el asiento, ligeramente decepcionado.
-Puede irse, Tom.
Riddle se levantó del asiento y salió de la habitación pisando fuerte. Harry fue tras él.
Bajaron por la escalera de caracol que se movía sola, y salieron al corredor, que ya iba quedando en penumbra, junto a la gárgola. Riddle se detuvo y Harry hizo lo mismo, mirándolo. Le pareció que Riddle estaba concentrado: se mordía los labios y tenía la frente fruncida.
Luego, como si hubiera tomado una decisión repentina, salió precipitadamente, y Harry lo siguió en silencio. No vieron a nadie hasta llegar al vestíbulo, cuando un mago de gran estatura, con el cabello largo y ondulado de color castaño rojizo y con barba, llamó a Riddle desde la escalera de mármol.
-¿Qué hace paseando por aquí tan tarde, Tom?
Harry miró sorprendido al mago. No era otro que Dumbledore, con cincuenta años menos.
-Tenía que ver al director, señor -respondió Riddle.
-Bien, pues váyase enseguida a la cama -le dijo Dumbledore, dirigiéndole a Riddle la misma mirada penetrante que Harry conocía tan bien-. Es mejor no andar por los pasillos durante estos días, desde que…
Suspiró hondo, dio las buenas noches a Riddle y se marchó con paso decidido. Riddle esperó que se fuera y a continuación, con rapidez, tomó el camino de las escaleras de piedra que bajaban a las mazmorras, seguido por Harry.
Pero, para su decepción, Riddle no lo condujo a un pasadizo oculto ni a un túnel secreto, sino a la misma mazmorra en que Snape les daba clase. Como las antorchas no estaban encendidas y Riddle había cerrado casi completamente la puerta, lo único que Harry veía era a Riddle, que, inmóvil tras la puerta, vigilaba el corredor que había al otro lado.
A Harry le pareció que permanecían allí al menos una hora. Seguía viendo únicamente la figura de Riddle en la puerta, mirando por la rendija, aguardando inmóvil. Y cuando Harry dejó de sentirse expectante y tenso, y empezaron a entrarle ganas de volver al presente, oyó que se movía algo al otro lado de la puerta.
Alguien caminaba por el corredor sigilosamente. Quienquiera que fuese, pasó ante la mazmorra en la que estaban ocultos él y Riddle. Éste, silencioso como una sombra, cruzó la puerta y lo siguió, con Harry detrás, que se ponía de puntillas, sin recordar que no le podían oír.
Persiguieron los pasos del desconocido durante unos cinco minutos, cuando de improviso Riddle se detuvo, inclinando la cabeza hacia el lugar del que provenían unos ruidos. Harry oyó el chirrido de una puerta y luego a alguien que hablaba en un ronco susurro.
-Vamos…, te voy a sacar de aquí ahora…, a la caja…
Algo le resultaba conocido en aquella voz.
De repente, Riddle dobló la esquina de un salto. Harry lo siguió y pudo ver la silueta de un muchacho alto como un gigante que estaba en cuclillas delante de una puerta abierta, junto a una caja muy grande.
-Hola, Rubeus -dijo Riddle con voz seria.
El muchacho cerró la puerta de golpe y se levantó.
-¿Qué haces aquí, Tom?
Riddle se le acercó.
-Todo ha terminado -dijo-. Voy a tener que entregarte, Rubeus. Dicen que cerrarán Hogwarts si los ataques no cesan.
-¿Que vas a…?
-No creo que quisieras matar a nadie. Pero los monstruos no son buenas mascotas. Me imagino que lo dejaste salir para que le diera el aire y…
-¡No ha matado a nadie! -interrumpió el muchachote, retrocediendo contra la puerta cerrada.
Harry oía unos curiosos chasquidos y crujidos procedentes del otro lado de la puerta.
-Vamos, Rubeus -dijo Riddle, acercándose aún más-. Los padres de la chica muerta llegarán mañana. Lo menos que puede hacer Hogwarts es asegurarse de que lo que mató a su hija sea sacrificado…
-¡No fue él! -gritó el muchacho. Su voz resonaba en el oscuro corredor-. ¡No sería capaz! ¡Nunca!
-Hazte a un lado -dijo Riddle, sacando su varita mágica.
Su conjuro iluminó el corredor con un resplandor repentino. La puerta que había detrás del muchacho se abrió con tal fuerza que golpeó contra el muro que había enfrente. Por el hueco salió algo que hizo a Harry proferir un grito que nadie sino él pudo oír.

Un cuerpo grande, peludo, casi a ras de suelo, y una maraña de patas negras, varios ojos resplandecientes y unas pinzas afiladas como navajas… Riddle levantó de nuevo la varita, pero fue demasiado tarde. El monstruo lo derribó al escabullirse, enfilando a toda velocidad por el corredor y perdiéndose de vista. Riddle se incorporó, buscando la varita. Consiguió cogerla, pero el muchachón se lanzó sobre él, se la arrancó de las manos y lo tiró de espaldas contra el suelo, al tiempo que gritaba: ¡NOOOOOOOO!

Todo empezó a dar vueltas y la oscuridad se hizo completa. Harry sintió que caía y aterrizó de golpe con los brazos y las piernas extendidos sobre su cama en el dormitorio de Gryffindor, y con el diario de Riddle abierto sobre el abdomen.
Antes de que pudiera recuperar el aliento, se abrió la puerta del dormitorio y entraron Areagon y Ron.
-¡Estás aquí! -dijeron ambos.
Harry se sentó. Estaba sudoroso y temblaba.
-¿Qué pasa? -dijo Ron, preocupado.

-Fue Hagrid. Hagrid abrió la Cámara de los Secretos hace cincuenta años.