Aragog

Aquella revelación del diario provocó un debate entre el cuarteto que duró varios días, sin embargo, la semana anterior a las vacaciones de Semana Santa, les dieron algo nuevo en que pensar: las asignaturas optativas que cursarían a partir de su tercer curso, y como mínimo debían escoger dos.
-¡Es muy importante! -exclamó Hermione emocionada- podría afectar a nuestro futuro, así que tendremos que escoger muy bien qué asignaturas cursamos.
-Lo único que no quiero es tener Pociones -dijo Harry.
-Imposible -dijo Ron con tristeza- si por mi fuera me libraba de Defensa Contra las Artes Oscuras…
-¡Pero si esa es muy importante! -le interrumpió Hermione.
-Ya, pero no como la imparte Lockhart -sentenció Areagon- para solo leer SUS libros, me voy a la biblioteca…
Hermione iba a protestar otra vez, pero Horus aterrizó frente a Areagon con varias cartas, las que estaban en tengwar prefirió leerlas en la intimidad que le brindaba el dosel de su cama, sin embargo, abrió la de Brom delante de ellos.

"Estimados Areagon, Harry, Ron y Hermione.
Me complace anunciaros que el año que viene volveré a daros clases, este año no ha podido ser por algunos motivos personales que he tenido que atender, esta noche lo anunciarán Dumbledore y McGonagall, antes de que podáis disfrutar de las vacaciones de Pascua.
Areagon, en tu caso mis asignaturas son obligatorias como hasta ahora, ya que tiene parte del currículum lectivo de nuestra escuela, además de las asignaturas cuya parte teórica estás haciendo por correo, así que en realidad sólo necesitarías escoger una más.

Me gustaría seguir teniendo a Hermione, Harry y Ron como alumnos este curso, considero que por la habilidad que tenéis de meteros en problemas, os puede ir muy bien

-Areagon pudo ver como los tres se sonrojaban, él ya lo tenía asumido-

Pórtate bien, y recuerda aquello que hablamos.

Cuidaros.
Brom Holcombsson
"

Areagon apenas lo pensó y escogió Cuidado de Criaturas Mágicas, esperaba que se pareciera a la asignatura de cuidado de animales que tenía en Endor; mientras Harry y Ron escogían Adivinación, Cuidado de Criaturas Mágicas y Supervivencia (la asignatura de Brom); Hermione no se decidía, así que las escogió todas.

Se acercaba el partido de Gryffindor contra Hufflepuff, y Wood presionó durante la última semana al equipo de Quidditch, así que Areagon Ron y Hermione salían a animar a Harry y al resto del equipo de Gryffindor durante sus entrenamientos cada noche después de cenar, así que al llegar a la Sala Común, Harry sólo tenía tiempo para ducharse, hacer los deberes y dormir. Sin embargo, el jueves que coincidió con el último entrenamiento antes del partido de Quidditch, cuando volvían a la Sala Común, se encontraron con un Neville Longbottom bastante desesperado.
-Harry, no sé quién lo hizo. Yo me lo encontré…
Mirando a Harry aterrorizado, Neville abrió la puerta.
El contenido del baúl de Harry estaba esparcido por todas partes. Su capa estaba en el suelo, rasgada. Le habían levantado las sábanas y las mantas de la cama, y habían sacado el cajón de la mesita y el contenido estaba desparramado sobre el colchón.
Harry fue hacia la cama, pisando algunas páginas sueltas de Recorridos con los trolls. No podía creer lo que había sucedido.
En el momento en que Neville y él hacían la cama, entraron Areagon, Ron, Dean y Seamus. Dean gritó:
-¿Qué ha sucedido, Harry?
-No tengo ni idea -contestó. Ron examinaba la túnica de Harry. Habían dado la vuelta a todos los bolsillos, mientras Areagon miraba debajo de la cama.
-Alguien ha estado buscando algo -dijo Ron-. ¿Qué te falta?
Harry empezó a coger sus cosas y a dejarlas en el baúl. Hasta que hubo separado el último libro de Lockhart, no se dio cuenta de qué era lo que faltaba.
-Se han llevado el diario de Riddle -dijo a Areagon y Ron en voz baja.
-¿Qué?
Harry señaló con la cabeza hacia la puerta del dormitorio, y le siguieron. Bajaron corriendo hasta la sala común de Gryffindor, que estaba medio vacía, y encontraron a Hermione, sentada, sola, leyendo un libro titulado "La adivinación antigua al alcance de todos".
A Hermione la noticia la dejó aterrorizada.
-Pero… sólo puede haber sido alguien de Gryffindor. Nadie más conoce la contraseña.
-En efecto -confirmó Harry.
-A menos que no fuera un alumno… -sugirió Areagon.

Despertaron al día siguiente con un sol intenso y una brisa ligera y refrescante.
-¡Perfectas condiciones para jugar al quidditch! -dijo Wood emocionado a los de la mesa de Gryffindor, llevando los platos con los huevos revueltos-. ¡Harry, levanta el ánimo, necesitas un buen desayuno!
Harry había estado observando la mesa abarrotada de Gryffindor, preguntándose si tendría delante de las narices al nuevo poseedor del diario de Riddle. Hermione lo intentaba convencer de que notificara el robo, pero a Harry no le gustaba la idea. Tendría que contar todo lo referente al diario a algún profesor, ¿y cuánta gente sabía por qué habían expulsado a Hagrid hacía cincuenta años? No quería ser él quien lo sacara de nuevo a la luz.
Al abandonar el Gran Comedor con Ron y Hermione para ir a recoger su equipo de quidditch, otro motivo de preocupación se añadió a la creciente lista de Harry. Acababa de poner los pies en la escalera de mármol cuando oyó de nuevo aquella voz:
-Matar esta vez… Déjame desgarrar… Despedazar…
Harry dio un grito, y Ron y Hermione se separaron de él asustados, mientras Areagon le miraba extrañado.
-¡La voz! -dijo Harry, mirando a un lado-. Acabo de oírla de nuevo, ¿vosotros no?
Ron, con los ojos muy abiertos, negó con la cabeza junto con Areagon. Hermione, sin embargo, se llevó una mano a la frente.
-¡Harry, creo que acabo de comprender algo! ¡Tengo que ir a la biblioteca!
Y se fue corriendo por las escaleras.
-¿Qué habrá comprendido? -dijo Harry distraídamente, mirando alrededor, intentando averiguar de dónde podía provenir la voz.
-Muchas más cosas que yo -respondió Ron, negando con la cabeza.
Aquello dejó a Areagon pensativo, pero decidió quedarse con ellos dos.
-Pero ¿por qué habrá tenido que irse a la biblioteca?
-Porque eso es lo que Hermione hace siempre -contestó Ron, encogiéndose de hombros-.
Cuando le entra alguna duda, ¡a la biblioteca!
Harry se quedó indeciso, intentando volver a captar la voz, pero los alumnos empezaron a salir del Gran Comedor hablando alto, hacia la puerta principal. Iban al campo de quidditch.
-Será mejor que te muevas -dijo Ron-. Son casi las once…, el partido.
Harry subió a la carrera la torre de Gryffindor, cogió su Nimbus 2.000 y se mezcló con la gente que se dirigía hacia el campo de juego. Pero su mente se había quedado en el castillo, donde sonaba la voz que no salía de ningún sitio, y mientras se ponía su túnica de juego en los vestuarios, su único consuelo era saber que todos estaban allí para ver el partido.

Los equipos saltaron al campo de juego en medio del clamor del público. Oliver Wood despegó para hacer un vuelo de calentamiento alrededor de los postes, y la señora Hooch sacó las bolas. Los de Hufflepuff, que jugaban de color amarillo canario, se habían reunido para repasar la táctica en el último minuto.
Harry acababa de montarse en la escoba cuando la profesora McGonagall llegó corriendo al campo, llevando consigo un megáfono de color púrpura.
-El partido acaba de ser suspendido -gritó por el megáfono la profesora, dirigiéndose al estadio abarrotado. Hubo gritos y silbidos. Oliver Wood, con aspecto desolado, aterrizó y fue corriendo a donde estaba la profesora McGonagall sin desmontar de la escoba.
-¡Pero profesora! -gritó-. Tenemos que jugar… la Copa… Gryffindor…
La profesora McGonagall no le hizo caso y continuó gritando por el megáfono:
-Todos los estudiantes tienen que volver a sus respectivas salas comunes, donde les informarán los jefes de sus casas. ¡Id lo más deprisa que podáis, por favor!
Luego bajó el megáfono e hizo una seña a Harry para que se acercara.
-Potter, creo que será mejor que vengas conmigo.
Preguntándose por qué sospecharía de él en aquella ocasión, Harry vio que Areagon le daba una palmada a Ron en la espalda, y juntos se separaron de la multitud descontenta y se unían a ellos corriendo para volver al castillo. Para sorpresa de Harry, la profesora McGonagall no se opuso.
-Sí, quizá sea mejor que también vengáis conmigo...
Algunos de los estudiantes que había a su alrededor rezongaban por la suspensión del partido y otros parecían preocupados. Harry , Ron y Areagon siguieron a la profesora McGonagall y, al llegar al castillo, subieron con ella la escalera de mármol. Pero esta vez no se dirigían a ningún despacho.
-Esto os resultará un poco sorprendente -dijo la profesora McGonagall con voz amable cuando se acercaban a la enfermería-. Ha habido otro ataque… Un ataque doble.
A Harry le dio un brinco el corazón. La profesora McGonagall abrió la puerta y entraron en la enfermería.
La señora Pomfrey atendía a una muchacha de sexto curso con el pelo largo y rizado. Harry reconoció en ella a la chica de Ravenclaw a la que por error habían preguntado cómo se iba a la sala común de Slytherin. Y en la cama de al lado estaba…
-¡Hermione! -gimió Harry.
Hermione yacía completamente inmóvil, con los ojos abiertos y vidriosos.
-Las encontraron junto a la biblioteca -dijo la profesora McGonagall-. Supongo que no podéis explicarlo. Esto estaba en el suelo, junto a ellas…
Levantó un pequeño espejo redondo. Los tres negaron con la cabeza, mirando a Hermione.
-Os acompañaré a la torre de Gryffindor -dijo con seriedad la profesora McGonagall-. De cualquier manera, tengo que hablar a los estudiantes.

-Todos los alumnos estarán de vuelta en sus respectivas salas comunes a las seis en punto de la tarde. Ningún alumno podrá dejar los dormitorios después de esa hora. Un profesor os acompañará siempre al aula. Ningún alumno podrá entrar en los servicios sin ir acompañado por un profesor. Se posponen todos los partidos y entrenamientos de quidditch. No habrá más actividades extraescolares.
Los alumnos de Gryffindor, que abarrotaban la sala común, escuchaban en silencio a la profesora McGonagall, quien al final enrolló el pergamino que había estado leyendo y dijo con la voz entrecortada por la impresión:
-No necesito añadir que rara vez me he sentido tan consternada. Es probable que se cierre el colegio si no se captura al agresor. Si alguno de vosotros sabe de alguien que pueda tener una pista, le ruego que lo diga.
La profesora salió por el agujero del retrato con cierta torpeza, e inmediatamente los alumnos de Gryffindor rompieron el silencio.
-Han caído dos de Gryffindor, sin contar al fantasma, que también es de Gryffindor, uno de Ravenclaw y otro de Hufflepuff -dijo Lee Jordan, el amigo de los gemelos Weasley, contando con los dedos-. ¿No se ha dado cuenta ningún profesor de que los de Slytherin parecen estar a salvo? ¿No es evidente que todo esto proviene de Slytherin? El heredero de Slytherin, el monstruo de Slytherin… ¿Por qué no expulsan a todos los de Slytherin? -preguntó con fiereza. Hubo alumnos que asintieron y se oyeron algunos aplausos aislados.
Percy Weasley estaba sentado en una silla, detrás de Lee, pero por una vez no parecía interesado en exponer sus puntos de vista. Estaba pálido y parecía ausente.
-Percy está asustado -dijo George a Harry en voz baja-. Esa chica de Ravenclaw…, Penelope Clearwater…, es prefecta. Supongo que Percy creía que el monstruo no se atrevería a atacar a un prefecto.

Pero Harry sólo escuchaba a medias. No parecía poder olvidar la imagen de Hermione, inmóvil sobre la cama de la enfermería, como esculpida en piedra. Y si no pillaban pronto al culpable, él tendría que pasar el resto de su vida con los Dursley. Tom Riddle había delatado a Hagrid ante la perspectiva del orfanato muggle si se cerraba el colegio. Harry entendía perfectamente cómo se había sentido.
-¿Qué vamos a hacer? -preguntó Ron a Harry al oído-. ¿Crees que sospechan de Hagrid?
-Tenemos que ir a hablar con él -dijo Harry, decidido-. No creo que esta vez sea él, pero si fue el que lo liberó la última vez, también sabrá llegar hasta la Cámara de los Secretos, y algo es algo.
-Pero McGonagall nos ha dicho que tenemos que permanecer en nuestras torres cuando no estemos en clase…
-Creo -dijo Harry, en voz todavía más baja- que ha llegado ya el momento de volver a sacar la vieja capa de mi padre.

Harry sólo había heredado una cosa de su padre: una capa larga y plateada para hacerse invisible. Era su única posibilidad para salir a hurtadillas del colegio y visitar a Hagrid sin que nadie se enterara.
Fueron a la cama a la hora habitual, esperaron a que Neville, Dean y Seamus hubieran dejado de hablar sobre la Cámara de los Secretos y se durmieran, y entonces se levantaron, volvieron a vestirse y se cubrieron con la capa.
El recorrido por los corredores oscuros del castillo no fue en absoluto agradable. Harry, que ya en ocasiones anteriores había caminado por allí de noche, no lo había visto nunca, después de la puesta del sol, tan lleno de gente: profesores, prefectos y fantasmas circulaban por los corredores en parejas, buscando cualquier detalle sospechoso. Cómo, a pesar de llevar la capa invisible, hacían el mismo ruido de siempre, hubo un instante especialmente tenso cuando Ron se dio un golpe en un dedo del pie, y estaban muy cerca del lugar en que Snape montaba guardia. Afortunadamente, Snape estornudó en el momento preciso en que Ron gritó. Cuando finalmente alcanzaron la puerta principal de roble y la abrieron con cuidado, suspiraron aliviados.
Era una noche clara y estrellada. Avanzaron con rapidez guiándose por la luz de las ventanas de la cabaña de Hagrid, y no se desprendieron de la capa hasta que hubieron llegado ante la puerta.
Unos segundos después de llamar, Hagrid les abrió. Les apuntaba con una ballesta, y Fang, el perro jabalinero, ladraba furiosamente detrás de él.
-¡Ah! -dijo, bajando el arma y mirándolos-. ¿Qué hacéis aquí los tres?
-¿Para qué es eso? -preguntó Harry, señalando la ballesta al entrar.
-Nada, nada… -susurró Hagrid-. Estaba esperando… No importa… Sentaos, prepararé té.
Parecía que apenas sabía lo que hacía. Casi apagó el fuego al derramar agua de la tetera metálica, y luego rompió la de cerámica de puros nervios al golpearla con la mano.
-¿Estás bien, Hagrid? -dijo Harry-. ¿Has oído lo de Hermione?
-¡Ah, sí, claro que lo he oído! -dijo Hagrid con la voz entrecortada.
Miró por la ventana, nervioso. Les sirvió sendas jarritas llenas sólo de agua hirviendo (se le había olvidado poner las bolsitas de té). Cuando les estaba poniendo en un plato un trozo de pastel de frutas, aporrearon la puerta.
Se le cayó el pastel. Harry y Ron intercambiaron miradas de pánico, mientras Areagon tiraba sobre ellos la capa de invisibilidad y se retiraron a un rincón oculto. Tras asegurarse de que no se les veía, Hagrid cogió la ballesta y fue otra vez a abrir la puerta.
-Buenas noches, Hagrid.
Era Dumbledore. Entró, muy serio, seguido por otro individuo de aspecto muy raro.
El desconocido era un hombre bajo y corpulento, con el pelo gris alborotado y expresión nerviosa. Llevaba una extraña combinación de ropas: traje de raya diplomática, corbata roja, capa negra larga y botas púrpura acabadas en punta. Sujetaba bajo el brazo un sombrero hongo verde lima.
-¡Es el jefe de mi padre! -musitó Ron-. ¡Cornelius Fudge, el ministro de Magia!
Harry dio un codazo a Ron para que se callara.
Hagrid estaba pálido y sudoroso. Se dejó caer abatido en una de las sillas y miró a Dumbledore y luego a Cornelius Fudge.
-¡Feo asunto, Hagrid! -dijo Fudge, telegráficamente-. Muy feo. He tenido que venir. Cuatro ataques contra hijos de muggles. El Ministerio tiene que intervenir.
-Yo nunca… -dijo Hagrid, mirando implorante a Dumbledore-. Usted sabe que yo nunca, profesor Dumbledore, señor…
-Quiero que quede claro, Cornelius, que Hagrid cuenta con mi plena confianza -dijo Dumbledore, mirando a Fudge con el entrecejo fruncido.
-Mira, Albus -dijo Fudge, incómodo-. Hagrid tiene antecedentes. El Ministerio tiene que hacer algo… El consejo escolar se ha puesto en contacto…
-Aun así, Cornelius, insisto en que echar a Hagrid no va a solucionar nada -dijo Dumbledore.
Los ojos azules le brillaban de una manera que Harry no había visto nunca.
-Míralo desde mi punto de vista -dijo Fudge, cogiendo el sombrero y haciéndolo girar entre las manos-. Me están presionando. Tengo que acreditar que hacemos algo. Si se demuestra que no fue Hagrid, regresará y no habrá más que decir. Pero tengo que llevármelo. Tengo que hacerlo. Si no, no estaría cumpliendo con mi deber…
-¿Llevarme? -dijo Hagrid, temblando-. ¿Llevarme adónde?
-Sólo por poco tiempo -dijo Fudge, evitando los ojos de Hagrid-. No se trata de un castigo, Hagrid, sino más bien de una precaución. Si atrapamos al culpable, a usted se le dejará salir con una disculpa en toda regla.
-¿No será a Azkaban? -preguntó Hagrid con voz ronca.

Antes de que Fudge pudiera responder, llamaron con fuerza a la puerta.
Abrió Dumbledore. Ahora fue Harry quien recibió un codazo en las costillas, porque había dejado escapar un grito ahogado bien audible.
El señor Lucius Malfoy entró en la cabaña de Hagrid con paso decidido, envuelto en una capa de viaje negra y con una gélida sonrisa de satisfacción. Fang se puso a aullar.
-¡Ah, ya está aquí, Fudge! -dijo complacido al entrar-. Bien, bien…
-¿Qué hace usted aquí? -le dijo Hagrid furioso-. ¡Salga de mi casa!
-Créame, buen hombre, que no me produce ningún placer entrar en esta… ¿la ha llamado casa? -repuso Lucius Malfoy contemplando la cabaña con desprecio-. Simplemente, he ido al colegio y me han dicho que el director estaba aquí.
-¿Y qué es lo que quiere de mí, exactamente, Lucius? -dijo Dumbledore. Hablaba cortésmente, pero aún tenía los ojos azules llenos de furia.
-Es lamentable, Dumbledore -dijo perezosamente el señor Malfoy, sacando un rollo de pergamino-, pero el consejo escolar ha pensado que es hora de que usted abandone. Aquí traigo una orden de cese, y aquí están las doce firmas. Me temo que este asunto se le ha escapado de las manos. ¿Cuántos ataques ha habido ya? Otros dos esta tarde, ¿no es cierto? A este ritmo, no quedarán en Hogwarts alumnos de familia muggle, y todos sabemos el gran perjuicio que ello supondría para el colegio.
-¿Qué? ¡Vaya, Lucius! -dijo Fudge, alarmado-, Dumbledore cesado… No, no…, lo último que querría, precisamente ahora…
-El nombramiento y el cese del director son competencia del consejo escolar, Fudge -dijo con suavidad el señor Malfoy-. Y como Dumbledore no ha logrado detener las agresiones…
-Pero, Lucius, si Dumbledore no ha logrado detenerlas -dijo Fudge, que tenía el labio superior empapado en sudor-, ¿quién va a poder?
-Ya se verá -respondió el señor Malfoy con una desagradable sonrisa-. Pero como los doce hemos votado…
Hagrid se levantó de un salto, y su enredada cabellera negra rozó el techo.
-¿Y a cuántos ha tenido que amenazar y chantajear para que accedieran, eh, Malfoy? -preguntó.
-Muchacho, muchacho, por Dios, este temperamento suyo le dará un disgusto un día de éstos -dijo Malfoy-. Me permito aconsejarle que no grite de esta manera a los carceleros de Azkaban. No creo que se lo tomen a bien.
-¡Puede quitar a Dumbledore! -chilló Hagrid, y Fang, el perro jabalinero, se encogió y gimoteó en su cesta-. ¡Lléveselo, y los alumnos de familia muggle no tendrán ni una oportunidad! ¡Y habrá más asesinatos!
-Cálmate, Hagrid -le dijo bruscamente Dumbledore. Luego se dirigió a Lucius Malfoy-. Si el consejo escolar quiere mi renuncia, Lucius, me iré.
-Pero… -tartamudeó Fudge.
-¡No! -gimió Hagrid.
Dumbledore no había apartado sus vivos ojos azules de los ojos fríos y grises de Malfoy.
-Sin embargo -dijo Dumbledore, hablando muy claro y despacio, para que todos entendieran cada una de sus palabras-, sólo abandonaré de verdad el colegio cuando no me quede nadie fiel. Y Hogwarts siempre ayudará al que lo pida.
Durante un instante, Harry estuvo convencido de que Dumbledore les había guiñado un ojo, mirando hacia el rincón donde Areagon, Ron y él estaban ocultos.
-Admirables sentimientos -dijo Malfoy, haciendo una inclinación-. Todos echaremos de menos su personalísima forma de dirigir el centro, Albus, y sólo espero que su sucesor consiga evitar los… asesinatos.

Se dirigió con paso decidido a la puerta de la cabaña, la abrió, saludó a Dumbledore con una inclinación y le indicó que saliera. Fudge esperaba, sin dejar de manosear su sombrero, a que Hagrid pasara delante, pero Hagrid no se movió, sino que respiró hondo y dijo pausadamente:
-Si alguien quisiera desentrañar este embrollo, lo único que tendría que hacer es seguir a las arañas. Ellas lo conducirían. Eso es todo lo que tengo que decir. -Fudge lo miró extrañado-. De acuerdo, ya voy -añadió, poniéndose el abrigo de piel de topo. Cuando estaba a punto de seguir a Fudge por la puerta, se detuvo y dijo en voz alta-: Y alguien tendrá que darle de comer a Fang mientras estoy fuera.
La puerta se cerró de un golpe y Ron se quitó la capa invisible.
-En menudo embrollo estamos metidos -dijo con voz ronca-. Sin Dumbledore. Podrían cerrar el colegio esta misma noche. Sin él, habrá un ataque cada día.
Fang se puso a aullar, arañando la puerta.
Esperaron unos minutos para asegurarse de que se habían marchado, y estaban a punto de salir, cuando Areagon vio una hilera de arañas salir por una ventana y le dió un toque a Harry en el hombro, Ron las vio y se puso a temblar al verlas.
-Ron, ¿qué te pasa? -preguntó Harry.
-No… no me gustan las arañas… -murmuró Ron.
-No lo había notado -dijo Areagon- en Pociones las utilizas…
-Si están muertas me da igual, no soporto cómo se mueven -le dió un escalofrío.
-¿Estás bien para venir? -preguntó Areagon.
-Sí -dijo Ron como si se resignara para lo peor- estoy dispuesto-
Areagon abrió la puerta y salieron los tres, dejando a Fang atrás ladrando, ya que si Hagrid no estaba, habría parecido sospechoso si de pronto alguien volvía y no lo escuchaba, cuando estaban a punto de adentrarse en la oscuridad del Bosque Prohibido, Harry sacó su varita y murmuró ¡Lumos!, al que Areagon imitó y juntos empezaron a buscar el rastro de las arañas.
-Bien pensado -dijo Ron- yo haría lo mismo con la mía, pero ya sabéis… tal vez explotaría o algo así…
Harry y Areagon inspeccionaron los alrededores por unos minutos, fue Harry el que encontró el rastro que seguía internándose en el bosque.
-Vale… -suspiró Ron, como resignándose a lo peor- Estoy dispuesto. Vamos.

Se internaron en el bosque, atentos a cualquier sonido o movimiento, pues recordaban bien que en aquel bosque, no sólo vivían criaturas amistosas como los unicornios o los centauros, sino que también la habitaban criaturas como los trolls de bosque o los gytrash, unos perros espectrales de color blanco muy agresivos.
Caminaron alrededor de una hora siguiendo el rastro de arañas y cada vez se internaron más en el Bosque Prohibido, a más se internaban, más notaban como les acechaban… De pronto, algo grande y peludo, los lanzó contra el suelo para luego levantarlos y llevárselos al interior del bosque, cada una de esas criaturas cargaba a uno de los chicos. Areagon miró a su alrededor, y vio lo que eran, ¡tres arañas enormes! Y estaba seguro que eran más grandes que un caballo.
En un momento inesperado, en un claro, los soltaron y cayeron al suelo.
-¡Aragog! ¡Aragog! -gritó la que había cargado a Ron.
Y del medio de la gran tela de araña salió, muy despacio, una araña del tamaño de un elefante pequeño. El negro de su cuerpo y sus piernas estaba manchado de gris, y los ocho ojos que tenía en su cabeza horrenda y llena de pinzas eran de un blanco lechoso. Era ciega.
-¿Qué hay? -dijo, chascando muy deprisa sus pinzas.
-Hombres -dijo la araña que había llevado a Harry.
-¿Es Hagrid? -Aragog se acercó, moviendo vagamente sus múltiples ojos lechosos.
-Desconocidos -respondió la araña que había llevado a Areagon.
-Matadlos -ordenó Aragog con fastidio-. Estaba durmiendo…
-Somos amigos de Hagrid -gritó Harry. Sentía como si el corazón se le hubiera escapado del pecho y estuviera retumbando en su garganta.
-Clic, clic, clic -hicieron las pinzas de todas las arañas en la hondonada.
Aragog se detuvo.
-Hagrid nunca ha enviado hombres a nuestra hondonada -dijo despacio.
-Hagrid está metido en un grave problema -dijo Harry, respirando muy deprisa-. Por eso hemos venido nosotros.
-¿En un grave problema? -dijo la vieja araña, en un tono que a Harry se le antojó de preocupación-. Pero ¿por qué os ha enviado?
Harry quiso levantarse, pero decidió no hacerlo; no creía que las piernas lo pudieran sostener. Así que habló desde el suelo, lo más tranquilamente que pudo.
-En el colegio piensan que Hagrid se ha metido en… en… algo con los estudiantes. Se lo han llevado a Azkaban.
Aragog chascó sus pinzas enojado, y el resto de las arañas de la hondonada hizo lo mismo: era como si aplaudiesen, sólo que los aplausos no solían aterrorizar a Harry.
-Pero aquello fue hace años -dijo Aragog con fastidio-. Hace un montón de años. Lo recuerdo bien. Por eso lo echaron del colegio. Creyeron que yo era el monstruo que vivía en lo que ellos llaman la Cámara de los Secretos. Creyeron que Hagrid había abierto la cámara y me había liberado.
-Y tú… ¿tú no saliste de la Cámara de los Secretos? -dijo Harry, notando un sudor frío en la frente.
-¡Yo! -dijo Aragog, chascando de enfado-. Yo no nací en el castillo. Vine de una tierra lejana.
Un viajero me regaló a Hagrid cuando yo estaba en el huevo. Hagrid sólo era un niño, pero me cuidó, me escondió en un armario del castillo, me alimentó con sobras de la mesa. Hagrid es un gran amigo mío, y un gran hombre. Cuando me descubrieron y me culparon de la muerte de una muchacha, él me protegió. Desde entonces, he vivido siempre en el bosque, donde Hagrid aún viene a verme. Hasta me encontró una esposa, Mosag, y ya veis cómo ha crecido mi familia, gracias a la bondad de Hagrid…
Harry reunió todo el valor que le quedaba.
-¿Así que tú nunca… nunca atacaste a nadie?
-Nunca -dijo la vieja araña con voz ronca-. Mi instinto me habría empujado a ello, pero, por consideración a Hagrid, nunca hice daño a un ser humano. El cuerpo de la muchacha asesinada fue descubierto en los aseos. Yo nunca vi nada del castillo salvo el armario en que crecí. A nuestra especie le gusta la oscuridad y el silencio.
-Pero entonces… ¿sabes qué es lo que mató a la chica? -preguntó Harry-. Porque, sea lo que sea, ha vuelto a atacar a la gente…
Los chasquidos y el ruido de muchas patas que se movían de enojo ahogaron sus palabras.

Al mismo tiempo, grandes figuras negras parecían crecer a su alrededor.
-Lo que habita en el castillo -dijo Aragog- es una antigua criatura a la que las arañas tememos más que a ninguna otra cosa. Recuerdo bien que le rogué a Hagrid que me dejara marchar cuando me di cuenta de que la bestia rondaba por el castillo.
-¿Qué es? -dijo Harry enseguida.
Las pinzas chascaron más fuerte. Parecía que las arañas se acercaban.
-¡No hablamos de eso! -dijo con furia Aragog-. ¡No lo nombramos! Ni siquiera a Hagrid le dije nunca el nombre de esa horrible criatura, aunque me preguntó varias veces.
Harry no quiso insistir, y menos con las arañas que se acercaban cada vez más por todos lados. Aragog parecía cansada de hablar. Iba retrocediendo despacio hacia su tela, pero las demás arañas seguían acercándose, poco a poco, a Areagon, Harry y Ron.
-En ese caso, ya nos vamos -dijo Harry desesperadamente a Aragog, al oír los crujidos muy cerca.
-¿Iros? -dijo Aragog despacio-. Creo que no…
-Pero, pero…
-Mis hijos e hijas no hacen daño a Hagrid, ésa es mi orden. Pero no puedo negarles un poco de carne fresca cuando se nos pone delante voluntariamente. Adiós, amigo de Hagrid.
Areagon se levantó y con un rápido movimiento desenvainó la daga de Elessar, y su filo brilló amenazante con la luz de la luna.
-¡ALTO! -gritó de pronto una voz femenina y gélida- vaya, vaya… -hubo un estruendo y apareció una enorme araña, casi el doble que Aragog- hacía más de una edad que no veía a nadie de tu raza…
-¿Raza? -preguntaron Harry y Ron mirando a Areagon, extrañados.
-Dime, jovencito -dijo con un tono de voz que pretendía ser dulce- ¿qué hace en Reino Unido un Montaraz del Norte? ¿No estás lejos de casa?
-¿C-cómo lo…
-Tu daga… -dijo Mosag- yo no nací aquí, como Aragog, yo llegué de casualidad a esta isla, nací después de la Dagor Dagorath, cuando apenas era del tamaño de un gato, me metí en un barco español y llegué aquí de casualidad así que sé de qué acero está hecha tu daga, Montaraz, dime… ¿Qué haces aquí?
-Estudiar -dijo Areagon.
La araña dió una risotada mientras chasqueaba sus pinzas.
-¿Estudiar? ¿De veras? -rió otra vez, Ron estaba blanco como la leche- no sabía que los montaraces estudiarais…

Mientras Areagon y Mosag tenían aquella conversación, los hijos de ella y Aragog aprovechaban para cercarlos, fueron unas palmaditas rápidas de Ron que alertaron a Areagon.
-Bueno… ya nos vamos… -dijo Areagon- prometemos acabar con el monstruo, para que…
-Creo que no habéis entendido a Aragog -dijo Mosag con una voz gélida- adiós amigos de Hagrid…
-¿Puedo tener miedo ya? -gimió Ron, los hijos de Aragog estaban muy cerca.
Una voz conocida resonó con fuerza en la mente de Areagon "Cuando te veas cercado por criaturas oscuras, recuerda que estas prefieren la oscuridad y la humedad, entonces recurre a la luz, y al fuego", inconscientemente, levantó la varita, apuntó al grupo más cercano a ellos y exclamó:
-¡Bringr! -una llamarada, parecida a la de un lanzallamas, surgió de su varita, y calcinó a las primeras arañas, que quedaron estupefactas al no esperar aquel ataque- ¡corred!
Al ver Harry y Ron que el fuego les daba miedo, empezaron a lanzar "Incendio" y "Lacarnum inflamarai", aquello pareció funcionar para darles un minuto de escape.
-¡Nos van a atrapar! -exclamó Harry, entonces lo oyeron, un sonido de cascos se acercaba velozmente hacia a ellos, y segundos más tarde, ante ellos apareció un caballo negro que parecía tener una estrella de plata dibujada en la frente.
-Ehtyar… -dijo Areagon con una sonrisa- ¡montad! -les apremió, antes de montar él también y espolear al caballo, que saltó a correr a galope.
Areagon maniobraba con las riendas mientras daba fugaces vistazos hacia atrás.
-Noro lim, Ehtyar! Noro lim! (¡Corre, Ehtyar! ¡Corre!) -gritaba Areagon en aquella lengua que se hacía tan extraña a los oídos de Harry y Ron, pero que el caballo parecía entender a la perfección, ya que galopaba tan rápido que sus cascos parecían no tocar el suelo.
-¡Vienen más! -exclamó Harry que se había dado la vuelta momentáneamente y miraba por encima del hombro de Areagon, y que provocó que este cambiara bruscamente de dirección.
-¡Eh! -exclamó Ron- ¿¡estás loco!? ¡El castillo está en dirección contraria!
-¡Lo sé! -dijo Areagon- ¡toma las riendas! -dijo mientras le pasaba las riendas a Ron, mientras de un salto, se colocó de espaldas a ellos, mientras con una mano empuñaba su varita, y con la otra se agarraba a la parte trasera de la silla de montar, apuntó a una rama caída y exclamó ¡Jierda!, el hechizo hizo saltar un tronco caído, que aplastó a varias arañas, cuando otras saltaron para esquivarlo, una nudosa cola, parecida a un árbol, las derribó en el aire. Areagon sonrió.

Finalmente, volvieron al castillo y a hurtadillas consiguieron meterse en su habitación.
-Muchas gracias por salvarnos esta noche, Jock -dijo Areagon mentalmente cuando se acostó- te debo una.
-¿De qué me hablas? -preguntó Jock con una expresión de sorpresa- he estado en tu habitación todo el rato...