La Cámara Secreta
A la mañana siguiente parecían tener más preguntas que respuestas, la criatura que merodeaba por algún lugar del castillo, se parecía a Voldemort, incluso en el hecho de que otros monstruos no quisieran mencionar su nombre. Pero a ninguno de los tres se les ocurría que podría ser aquello, ni cómo había petrificado a sus víctimas. Ni siquiera Hagrid había sabido nunca qué se escondía en la Cámara de los Secretos. Nada de lo que habían intentado hasta el momento les había llevado a ninguna parte. Ryddle había atrapado al que no era, el heredero de Slytherin había escapado y nadie sabía si sería o no la misma persona que había vuelto a abrir la cámara… Sólo tenían algo claro, Hagrid era inocente y sólo ellos tres sabían la verdad, ¿pero quién les creería? Brom confiaría en la palabra de Areagon, pero estaba a kilómetros de ellos y una carta podría tardar varios días, y sabía que si le contaba lo del Bosque, estaría castigado por su insensatez, por lo menos hasta que fuera nombrado Escudero del Dragón… Y quedaba el enigma de la cola que vió Areagon; Kestrel y Jock habían estado volando durante el amanecer y bien entrada la mañana, rastreando aquella zona, y salvo algunas huellas bien disimuladas, no habían encontrado nada, pero algo estaba claro, en Hogwarts o sus alrededores había otro dragón camaleónico, y les había ayudado. Pero sus divagaciones tuvieron que esperar, cuando en la primera hora de clase, Transformaciones, la profesora McGonagall les dió una noticia.
-Quiero comunicarles algo… -cuando todos la miraban, prosiguió- los exámenes de segundo año comenzarán el 1 de junio, así que tienen exactamente una semana para prepararlos…
-¿Exámenes? -exclamó Seamus Finnigan- ¿Vamos a tener exámenes con todo lo ocurrido?
-El único motivo por el cual se mantiene el colegio en funcionamiento es el de daros una educación, así que confío en que estéis estudiando duro.
¡Estudiando duro! Murmuraron Areagon y Harry, junto a otros alumnos, al parecer no eran los únicos que pensaban que nadie estaba en condiciones de hacer exámenes con el colegio en ese estado. Aquellos murmullos de disconformidad hicieron que McGonagall frunciera aún más el ceño.
-Las instrucciones del profesor Dumbledore fueron que el colegio siguiera con la máxima normalidad posible. Y eso, no necesito explicarlo, incluye comprobar cuánto habéis aprendido durante el curso.
Harry contemplaba los dos conejos que debía convertir en zapatillas, mientras que Ron parecía que le habían dicho que debía irse a dormir con Aragog y su familia, mientras a Areagon le daba vueltas la cabeza.
Al salir del aula, Ron se quejó.
-¿¡A vosotros os parece que puedo examinarme con esto!? -exclamó molesto, mientras su varita no dejaba de pitar y echar chispas.
Unos días antes del primer examen, en el Gran Comedor, Ginny se les acercó y se sentó junto a Ron. Se frotaba las manos, parecía muy tensa.
-¿Qué pasa? -le preguntó Ron, sirviéndose más gachas de avena.
Ginny no dijo nada, pero miró la mesa de Gryffindor de un lado a otro con una expresión asustada que a Harry le recordaba a alguien, aunque no sabía a quién.
-Suéltalo ya -le dijo Ron, mirándola.
Harry comprendió entonces a quién le recordaba Ginny. Se balanceaba ligeramente hacia atrás y hacia delante en la silla, exactamente igual que lo hacía Dobby cuando estaba a punto de revelar información prohibida.
-Tengo algo que deciros -masculló Ginny, evitando mirar directamente a Harry.
-¿Qué es? -preguntó Harry.
Parecía como si Ginny no pudiera encontrar las palabras adecuadas.
-¿Qué? -apremió Ron.
Ginny abrió la boca, pero no salió de ella ningún sonido. Harry se inclinó hacia delante y habló en voz baja, para que sólo le pudieran oír Ron y Ginny.
-¿Tiene que ver con la Cámara de los Secretos? ¿Has visto algo o a alguien haciendo cosas sospechosas?
Ginny cogió aire, y en aquel preciso momento apareció Percy Weasley, pálido y fatigado.
-Si has acabado de comer, me sentaré en tu sitio, Ginny. Estoy muerto de hambre. Acabo de terminar la ronda.
Ginny saltó de la silla como si le hubiera dado la corriente, echó a Percy una mirada breve y aterrorizada, y salió corriendo. Percy se sentó y cogió una jarra del centro de la mesa.
-¡Percy! -dijo Ron enfadado-. ¡Estaba a punto de contarnos algo importante!
Percy se atragantó en medio de un sorbo de té.
-¿Qué era eso tan importante? -preguntó, tosiendo.
-Yo le acababa de preguntar si había visto algo raro, y ella se disponía a decir…
-¡Ah, eso! No tiene nada que ver con la Cámara de los Secretos -dijo Percy.
-¿Cómo lo sabes? -dijo Ron, arqueando las cejas.
-Bueno, si es imprescindible que te lo diga… Ginny, esto…, me encontró el otro día cuando yo estaba… Bueno, no importa, el caso es que… ella me vio hacer algo y yo, hum, le pedí que no se lo dijera a nadie. Yo creía que mantendría su palabra. No es nada, de verdad, pero preferiría…
Harry nunca había visto a Percy pasando semejante apuro.
-¿Qué hacías, Percy? -preguntó Ron, sonriendo-. Vamos, dínoslo, no nos reiremos.
Percy no devolvió la sonrisa.
-Pásame esos bollos, Harry, me muero de hambre.
Harry sabía que todo el misterio podría resolverse al día siguiente sin la ayuda de Myrtle, pero, si se presentaba, no dejaría escapar la oportunidad de hablar con ella. Y afortunadamente se presentó, a media mañana, cuando Gilderoy Lockhart les conducía al aula de Historia de la Magia.
Lockhart, que tan a menudo les había asegurado que todo el peligro ya había pasado, sólo para que se demostrara enseguida que estaba equivocado, estaba ahora plenamente convencido de que no valía la pena acompañar a los alumnos por los pasillos. No llevaba el pelo tan acicalado como de costumbre, y parecía como si hubiera estado levantado casi toda la noche, haciendo guardia en el cuarto piso.
-Recordad mis palabras -dijo, doblando con ellos una esquina-: lo primero que dirán las bocas de esos pobres petrificados será: «Fue Hagrid.» Francamente, me asombra que la profesora McGonagall juzgue necesarias todas estas medidas de seguridad.
-Estoy de acuerdo, señor -dijo Harry, y a Ron se le cayeron los libros, de la sorpresa, mientras Areagon le observaba como si le hubiera salido un rábano de la nariz.
-Gracias, Harry -dijo Lockhart cortésmente, mientras esperaban que acabara de pasar una larga hilera de alumnos de Hufflepuff-. Nosotros los profesores tenemos cosas mucho más importantes que hacer que acompañar a los alumnos por los pasillos y quedarnos de guardia toda la noche…
-Es verdad -dijo Ron, comprensivo-. ¿Por qué no nos deja aquí, señor? Sólo nos queda este pasillo.
-¿Sabes, Weasley? Creo que tienes razón -respondió Lockhart- la verdad es que debería ir a preparar mi próxima clase.
Y salió apresuradamente.
-A preparar su próxima clase -dijo Ron con sorna-. A ondularse el cabello, más bien.
Dejaron que el resto de la clase pasara delante y luego enfilaron por un pasillo lateral y corrieron hacia los aseos de Myrtle la Llorona. Pero cuando ya se felicitaban uno al otro por su brillante idea…
-¡Potter! ¡Telcontar! ¡Weasley! ¿Qué estáis haciendo?
Los tres se quedaron más tiesos que un palo de escoba, era la profesora McGonagall y tenía los labios más apretados que nunca, y estaba lívida de ira.
-Estábamos… Estábamos… -repitió Ron, como si fuera un pez fuera del agua.
-Íbamos a ver a Hermione -dijeron a la vez Areagon y Harry, provocando que Ron y la profesora los miraran- Hace mucho que no la vemos, profesora -siguió Harry, mientras Areagon daba un codazo bien disimulado a Ron- pretendíamos colarnos en la enfermería, ya sabe, para que no se preocupara, que pronto despertaría…
La expresión de McGonagall era indescifrable, Areagon temió que les gritara, pero en lugar de ello, habló con una voz ronca, nada habitual en ella.
-Claro… -dijo de pronto, mientras una lágrima brillaba en sus ojos- Claro que podéis ir, yo avisaré al profesor Binns de dónde habéis ido, también os excusaré con la profesora Sprout por si se os hiciera tarde. Decidle a la señora Pomfrey que yo os he dado permiso.
Harry, Ron y Areagon pudieron escuchar claramente como su profesora se sonaba la nariz en cuanto ellos doblaron la esquina.
-Ésa -dijo Ron emocionado- ¡ha sido la mejor excusa que has puesto nunca!
-No se de que te ries, Ron -dijo Areagon- te recuerdo que nuestra amiga está postrada en una cama desde hace meses…
Harry no dijo nada. Sin hablar, cambiaron de plan y se encaminaron a la enfermería; donde la señora Pomfrey les dejó entrar, pero a regañadientes.
-No sirve de nada hablar con un petrificado -dijo la enfermera, y les dejó solos. Puede que fuera cierto, pero ya que estaban allí, le harían compañía.
-¿Vería al atacante? -preguntó Ron a nadie en particular.
Harry se había sentado en el borde de la cama y le había tomado de la mano, mientras Areagon conjuraba unas flores y las dejaba en su mesilla de noche. Fue entonces que Harry lo notó, había algo áspero en la mano de Hermione.
-¿Qué es esto? -dijo Harry mientras Areagon y Ron se acercaron a él, y lo vieron, en la mano derecha de Hermione había un trozo de pergamino muy viejo, y que incluso tenía marcas de humedad.
-Intenta sacárselo -sugirió Ron a Harry.
No fue una tarea fácil. Tuvieron que disimular para que Pomfrey no lo notara, y el pergamino estaba bien apretado en el puño de Hermione, cuando finalmente consiguió quitárselo, lo leyeron entre los tres.
"De las muchas bestias pavorosas y monstruos terribles que vagan por nuestra tierra, no hay ninguna más sorprendente ni más letal que el basilisco, conocido como el rey de las serpientes.
Esta serpiente, que puede alcanzar un tamaño gigantesco y cuya vida dura varios siglos, nace de un huevo de gallina empollado por un sapo. Sus métodos de matar son de lo más extraordinario, pues además de sus colmillos mortalmente venenosos, el basilisco mata con la mirada, y todos cuantos fijaren su vista en el brillo de sus ojos han de sufrir instantánea muerte. Las arañas huyen del basilisco, pues es éste su mortal enemigo, y el basilisco huye sólo del canto del gallo, que para él es mortal."
Y debajo de esto, había escrita una sola palabra, con una letra que Harry reconoció como la de Hermione: «Cañerías.»
La realidad les golpeó en el cerebro con toda su fuerza, y pronto ataron cabos.
-Ron -musitó-. ¡Esto es! Aquí está la respuesta. El monstruo de la cámara es un basilisco, ¡una serpiente gigante! Por eso he oído a veces esa voz por todo el colegio, y nadie más la ha oído: porque yo comprendo la lengua pársel…
Areagon miró las camas que había a su alrededor.
-El basilisco mata a la gente con la mirada. Pero no ha muerto nadie. Porque ninguno de ellos lo miró directo a los ojos. Colin lo vio a través de su cámara de fotos. El basilisco quemó toda la película que había dentro, pero a Colin sólo lo petrificó. Justin… ¡Justin debe de haber visto al basilisco a través de Nick Casi Decapitado! Nick lo vería perfectamente, pero no podía morir otra vez… Y a Hermione y la prefecta de Ravenclaw las hallaron con aquel espejo al lado. Hermione acababa de enterarse de que el monstruo era un basilisco. ¡Me apostaría algo a que ella le advirtió a la primera persona a la que encontró que mirara por un espejo antes de doblar las esquinas! Y entonces sacó el espejo y…
Ron se había quedado con la boca abierta.
-¿Y la Señora Norris? -susurró con interés.
Harry hizo un gran esfuerzo para concentrarse, recordando la imagen de la noche de Halloween.
-El agua…, la inundación que venía de los aseos de Myrtle la Llorona. Seguro que la Señora Norris sólo vio el reflejo…
Con impaciencia, examinó la hoja que tenía en la mano. Cuanto más la miraba más sentido le hallaba.
-¡El basilisco sólo huye del canto del gallo, que para él es mortal! -leyó en voz alta-. ¡Mató a los gallos de Hagrid! El heredero de Slytherin no quería que hubiera ninguno cuando se abriera la Cámara de los Secretos. ¡Las arañas huyen del basilisco! ¡Todo encaja!
-Pero ¿cómo se mueve el basilisco por el castillo? -dijo Ron-. Una serpiente asquerosa… alguien tendría que verla…
Harry, sin embargo, le señaló la palabra que Hermione había garabateado al pie de la página.
-Cañerías -leyó-. Cañerías… Ha estado usando las cañerías, Ron. Y yo he oído esa voz dentro de las paredes…
De pronto, Areagon cogió a Harry del brazo.
-¡La entrada de la Cámara de los Secretos! -dijo con la voz quebrada-. ¿Y si es uno de los aseos? ¿Y si fuera el mismo donde murió la primera víctima? ¿Y si fueran...
-… los aseos de Myrtle la Llorona -terminó Harry.
Durante un rato se quedaron inmóviles, embargados por la emoción, sin poder creérselo apenas.
-Esto quiere decir -añadió Harry- que no debo de ser el único que habla pársel en el colegio. El heredero de Slytherin también lo hace. De esa forma domina al basilisco.
-¿Qué hacemos? -preguntó Ron- ¿Vamos directamente a hablar con McGonagall?
-Vamos a la sala de profesores -dijo Harry, levantándose de un salto-. Irá allí dentro de diez minutos, ya es casi el recreo.
Bajaron las escaleras corriendo. Como no querían que los volvieran a encontrar merodeando por otro pasillo, fueron directamente a la sala de profesores, que estaba desierta. Era una sala amplia con una gran mesa y muchas sillas alrededor. Harry y Ron caminaron por ella, pero estaban demasiado nerviosos para sentarse.
Pero la campana que señalaba el comienzo del recreo no sonó. En su lugar se oyó la voz de la profesora McGonagall, amplificada por medios mágicos.
-Todos los alumnos volverán inmediatamente a los dormitorios de sus respectivas casas. Los profesores deben dirigirse a la Sala de Profesores. Les ruego que se den prisa.
Areagon, Harry y Ron se miraron, no podían volver a descubrirles deambulando por los pasillos, así que entraron en la Sala de Profesores y se escondieron en un ropero, escucharían las noticias y luego les contarían lo que ellos habían averiguado.
Así que se sentaron dentro del ropero a esperar.
Oían el ruido de cientos de personas que pasaban por el corredor.
La puerta de la sala de profesores se abrió de golpe. Por entre los pliegues de las capas, que olían a humedad, vieron a los profesores que iban entrando en la sala. Algunos parecían desconcertados, otros claramente preocupados. Al final llegó la profesora McGonagall.
-Ha sucedido -dijo a la sala, que la escuchaba en silencio-. Una alumna ha sido raptada por el monstruo. Se la ha llevado a la cámara.
El profesor Flitwick dejó escapar un grito. La profesora Sprout se tapó la boca con las manos.
Snape se cogió con fuerza al respaldo de una silla y preguntó:
-¿Está usted segura?
-El heredero de Slytherin -dijo la profesora McGonagall, que estaba pálida- ha dejado un nuevo mensaje, debajo del primero: «Sus huesos reposarán en la cámara por siempre.»
El profesor Flitwick derramó unas cuantas lágrimas.
-¿Quién ha sido? -preguntó la señora Hooch, que se había sentado en una silla porque las rodillas no la sostenían-. ¿Qué alumna?
-Ginny Weasley -dijo la profesora McGonagall.
Harry notó que Ron se dejaba caer en silencio y se quedaba agachado sobre el suelo del ropero.
-Tendremos que enviar a todos los estudiantes a casa mañana -dijo la profesora McGonagall-. Éste es el fin de Hogwarts. Dumbledore siempre dijo…
La puerta de la sala de profesores se abrió bruscamente. Por un momento, Harry estuvo convencido de que era Dumbledore. Pero era Lockhart, y llegaba sonriendo.
-Lo lamento…, me quedé dormido… ¿Me he perdido algo importante?
No parecía darse cuenta de que los demás profesores lo miraban con una expresión bastante cercana al odio. Snape dio un paso hacia delante.
-He aquí el hombre -dijo-. El hombre adecuado. El monstruo ha raptado a una chica, Lockhart. Se la ha llevado a la Cámara de los Secretos. Por fin ha llegado tu oportunidad.
Lockhart palideció.
-Así es, Gilderoy -intervino la profesora Sprout-. ¿No decías anoche que sabías dónde estaba la entrada a la Cámara de los Secretos?
-Yo…, bueno, yo… -resopló Lockhart.
-Sí, ¿y no me dijiste que sabías con seguridad qué era lo que había dentro? -añadió el profesor Flitwick.
-¿Yo…? No recuerdo…
-Ciertamente, yo sí recuerdo que lamentabas no haber tenido una oportunidad de enfrentarte al monstruo antes de que arrestaran a Hagrid -dijo Snape-. ¿No decías que el asunto se había llevado mal, y que deberíamos haberlo dejado todo en tus manos desde el principio?
Lockhart miró los rostros pétreos de sus colegas.
-Yo…, yo nunca realmente… Debéis de haberme interpretado mal…
-Lo dejaremos todo en tus manos, Gilderoy -dijo la profesora McGonagall-. Esta noche será una ocasión excelente para llevarlo a cabo. Nos aseguraremos de que nadie te moleste. Podrás enfrentarte al monstruo tú mismo. Por fin está en tus manos.
Lockhart miró en torno, desesperado, pero nadie acudió en su auxilio. Ya no resultaba tan atractivo. Le temblaba el labio, y en ausencia de su sonrisa radiante, parecía flojo y debilucho.
-Mu-muy bien -dijo-. Estaré en mi despacho, pre-preparándome.
Y salió de la sala.
-Bien -dijo la profesora McGonagall, resoplando-, eso nos lo quitará de delante. Los Jefes de las Casas deberían ir ahora a informar a los alumnos de lo ocurrido. Decidles que el expreso de Hogwarts los conducirá a sus hogares mañana a primera hora de la mañana. A los demás os ruego que os encarguéis de aseguraros de que no haya ningún alumno fuera de los dormitorios.
Los profesores se levantaron y fueron saliendo de uno en uno.
Aquella tarde fue una de las peores en la vida de Areagon, Harry y Ron. Al enterarse de la noticia, Fred y George se habían sentado con ellos, mientras que Percy había enviado una lechuza a sus padres y se había encerrado en su habitación; los gemelos no estuvieron mucho más y también subieron a la suya, pues la gente no dejaba de acercarse.
-Creéis que hay una mínima posibilidad… -dijo Ron- … una mínima posibilidad de que ella no esté…
-No lo se -dijo Areagon, y se levantó- pero no se vosotros, pero yo no aguanto estar aquí sin hacer nada.
-¿Qué sugieres que hagamos? -preguntó Harry.
-Ron y tú id a hablar con Lockhart, y decidle todo lo que sabemos, yo os esperaré en el baño de Myrtle la Llorona.
-¿Y qué harás tú? -preguntó Ron.
-Pedir ayuda…
Harry y Ron salieron por el hueco del retrato, los demás alumnos de Gryffindor sentían tanta pena que nadie intentó detenerlos, mientras Areagon subía a la habitación.
-Vulcan, Hrom… -llamó mentalmente.
-¿Lo sabemos, qué necesitas? -dijo Hrom.
-Necesito que vayáis a buscar a la caballería…
-¿Y yo qué hago? -preguntó Vlad.
-Estate prevenido -pidió Areagon- es posible que te necesite para luchar.
-Areagon… -dijeron todos- ten mucho cuidado…
Areagon asintió para sí mismo, dejó una nota escrita en tengwar y tomó una capa de color verde, a la vez que tomaba la daga. Se escabulló por el hueco del retrato y bajó hasta el baño de Myrtle la Llorona sin encontrarse a nadie, se encerró en uno de los retretes, y esperó a que aparecieran Harry y Ron.
Cuando llegaron, Areagon salió de su escondite, y escucharon el relato de la muerte de Myrtle la Llorona, cuando mencionó "unos grandes ojos amarillos", Harry y Areagon se abalanzaron sobre el lavabo que quedaba a sus espaldas y Harry murmuró:
-Es aquí…
Areagon, Ron, e incluso Lockhart, miraron sobre su hombro, y allí estaba, una pequeña serpiente grabada en uno de los grifos del lavabo.
-¡Harry! ¡Di algo en lengua pársel! -sugirió Ron.
Harry se concentró, imaginó que los pequeños ojos brillaban y que se movía, y en cuanto abrió la boca, de ella no salieron palabras, sino que se oyó un silbido siseante que a Lockhart le puso de punta los pelos de la nuca.
A continuación, el lavabo se movió, y dejó una abertura parecida a un pozo en el suelo.
-Bien Harry, ¡bien hecho! -dijo Lockhart- bueno, creo que ya no me necesitáis…
Pero Areagon y Ron fueron más rápidos y le apuntaron con sus varitas.
-Después de usted, profesor… -dijo Areagon, mientras le hacían retroceder hasta el borde.
-Chiquillos, ¿y si pasa algo? -dijo Lockhart asustado.
-¡Mejor que le pase a usted! -le espetó Ron.
Lockhart pareció que iba a decir algo más, pero solo gritó mientras caía, pues Areagon le había dado una patada en la zona baja de la espalda, que le hizo perder el equilibrio y caer.
-Nos vemos al otro lado -dijo Harry, y saltó justo detrás de Lockhart, seguido por Ron, y Areagon.
Era como tirarse por un tobogán interminable, sucio, resbaladizo, oscuro y cubierto de lo que parecía ser moho. Por el tiempo que estuvieron descendiendo, pareció que estaban ya incluso por debajo de las mazmorras del castillo, de pronto, empezaron a aminorar la velocidad y cayeron sobre el suelo húmedo de un oscuro pasillo, lo bastante alto como para poder estar de pie.
-Debemos encontrarnos a kilómetros de distancia del colegio -observó Harry mientras ayudaban a Ron a levantarse.
-Y debajo del lago, quizá -dijo Ron, afinando la vista para poder más a través de la oscuridad.
-¡Lumos! -exclamó Harry, mientras se adentraba en el oscuro pasadizo seguido por Ron y Lockhart, mientras Areagon grababa una runa en la pared con su varita, y les seguía con su varita encendida.
-Recordad -dijo Harry en voz baja, mientras caminaban con cautela- a la menor señal de movimiento, cerrad los ojos.
Pero el túnel estaba más tranquilo que una tumba, y el primer sonido inesperado que oyeron fue cuando Ron pisó el cráneo de una rata. Harry bajó la varita para alumbrar el suelo y vio que estaba repleto de huesos de pequeños animales. Haciendo un esfuerzo para no imaginarse el aspecto que podría presentar Ginny si la encontraban, Harry fue marcándoles el camino. Doblaron una oscura curva.
-Harry, ahí hay algo… -dijo Ron con la voz ronca, cogiendo a Harry por el hombro.
Se quedaron quietos, mirando. Harry podía ver tan sólo la silueta de una cosa grande y encorvada que yacía de un lado a otro del túnel. No se movía.
-Quizás esté dormido -musitó, volviéndose a mirar a los otros dos. Lockhart se tapaba los ojos con las manos. Harry volvió a mirar aquello; el corazón le palpitaba con tanta rapidez que le dolía. Muy despacio, abriendo los ojos sólo lo justo para ver, Harry avanzó con la varita en alto. La luz iluminó la piel de una serpiente gigantesca, una piel de un verde intenso, ponzoñoso, que yacía atravesada en el suelo del túnel, retorcida y vacía. El animal que había dejado allí su muda debía de medir al menos siete metros.
-¡Caray! ¿Cuánto debe de medir? -exclamó Ron con voz débil.
Areagon fue hasta la cola y volvió hasta donde se encontraba la cabeza, contando sus pasos.
-Unos trece o catorce metros...
Algo se movió de pronto detrás de ellos. Gilderoy Lockhart se había caído de rodillas.
-Levántese -le dijo Ron con brusquedad, apuntando a Lockhart con su varita.
Lockhart se puso de pie, pero se abalanzó sobre Ron y lo derribó al suelo de un golpe.
Harry saltó hacia delante, pero ya era demasiado tarde. Lockhart se incorporaba, jadeando, con la varita de Ron en la mano y su sonrisa esplendorosa de nuevo en la cara.
-¡Aquí termina la aventura, muchachos! -dijo-. Cogeré un trozo de esta piel y volveré al colegio, diré que era demasiado tarde para salvar a la niña y que vosotros dos perdisteis el conocimiento al ver su cuerpo destrozado. ¡Despedíos de vuestras memorias!
Levantó en el aire la varita mágica de Ron, recompuesta con celo, y gritó:
-¡Obliviate!
La varita estalló con la fuerza de una pequeña bomba. Harry se cubrió la cabeza con las manos y echó a correr hacia la piel de serpiente, escapando de los grandes trozos de techo que se desplomaban contra el suelo. Enseguida vio que se había quedado aislado y tenía ante sí una sólida pared formada por las piedras desprendidas.
-¡Ron! ¡Areagon! -gritó-, ¿estáis bien?
-¡Estamos bien! -escuchó las voces de Areagon y Ron, desde el otro lado de las piedras caídas-
-¡No estamos heridos! -exclamó Areagon.
-Pero este idiota no -dijo Ron- ¡a varita se volvió contra él! ¡Se ha borrado la memoria a él mismo!
Escuchó un ruido sordo y un fuerte «¡ay!», como si Areagon o Ron le acabaran de dar una patada en la espinilla a Lockhart.
-¿Y ahora qué? -dijo la voz de Ron, con desespero-. No podemos pasar. Nos llevaría una eternidad…
Harry miró al techo del túnel. Habían aparecido en él unas grietas considerables. Nunca había intentado mover por medio de la magia algo tan pesado como todo aquel montón de piedras, y no parecía aquél un buen momento para intentarlo. ¿Y si se derrumbaba todo el túnel?
Hubo otro ruido sordo y otro ¡ay! provenientes del otro lado de la pared. Estaban malgastando el tiempo. Ginny ya llevaba horas en la Cámara de los Secretos. Harry sabía que sólo se podía hacer una cosa.
-Esperad aquí, iré yo. Si dentro de una hora no he vuelto…
Hubo una pausa muy elocuente.
-¡Nosotros nos quedaremos aquí moviendo las rocas para que podáis volver! -dijo Areagon.
-¡Hasta dentro de un rato! -dijo Harry, tratando de dar a su voz temblorosa un tono de confianza.
Y partió él solo cruzando la piel de la serpiente gigante.
Enseguida dejó de oír los jadeos de Areagon y Ron al esforzarse para quitar las piedras. El túnel serpenteaba continuamente. Harry sentía la incomodidad de cada uno de sus músculos en tensión.
Quería llegar al final del túnel y al mismo tiempo le aterrorizaba lo que pudiera encontrar en él. Y entonces, al fin, al doblar sigilosamente otra curva, vio delante de él una gruesa pared en la que estaban talladas las figuras de dos serpientes enlazadas, con grandes y brillantes esmeraldas en los ojos. Harry se acercó a la pared. Tenía la garganta muy seca. No tuvo que hacer un gran esfuerzo para imaginarse que aquellas serpientes eran de verdad, porque sus ojos parecían extrañamente vivos.
Tenía que intuir lo que debía hacer. Se aclaró la garganta, y le pareció que los ojos de las serpientes parpadeaban.
-¡Ábrete! -dijo Harry, con un silbido bajo, desmayado.
Las serpientes se separaron al abrirse el muro. Las dos mitades de éste se deslizaron a los lados hasta quedar ocultas, y Harry, temblando de la cabeza a los pies, entró.
