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Tres meses después.

Rin se encontraba en el carruaje tratando de soportar el último tramo que faltaba del viaje, para llegar a su nuevo hogar. Y en frente de ella se encontraba Sesshōmaru su ahora marido, el cual había permanecido en completo silencio desde que dieron rumbo hacia Devon.

No habían cruzado palabras más que las necesarias, y las respuestas de ambos siempre fueron simples monosílabos. No había interés en ninguno de los dos de extender sus pláticas, ni siquiera para conocerse un poco más.

Sin embargo, eso no había sido impedimento para que Rin le prestara atención al hombre con el cual se había casado.

Si bien los ojos de color ámbar fueron lo más destacable del hombre frente a ella, durante el viaje se había tomado la libertad de observarlo con más detenimiento, olvidándose de cualquier tipo de prejuicio que pudiera tener sobre el susodicho.

Sesshōmaru era un hombre sumamente atractivo y peculiar, no sólo por su cabello platinado y ese par de ojos que parecían hechos de oro. Sino por esos rasgos que, a pesar de ser exquisitos, no perdían su toque varonil. Y el día de su boda se percató de lo alto que era.

Rin pudo ver que era un hombre que no cumplía con la etiqueta actual de Inglaterra, con ese cabello largo a la mitad de la espalda y sujetado en una media cola con un pequeño broche de plata. Y su rostro estaba totalmente limpio, no había ese característico bigote que estaba muy de moda en los hombres de Londres.

En cuanto sus ropajes, si bien no se veía nada mal, se notaba que era un hombre más de campo que de ciudad. Al llevar la camisa blanca sin abrochar los primeros botones, con un sencillo chaleco negro y un saco de color gris al igual que el pantalón, para terminar en unas robustas y desgastadas botas negras. Lo más llamativo de cada uno de los conjuntos que llegó a verle fue que se ajustaban bastante a su anatomía. Algo poco común, ya que los ropajes eran más holgados en los caballeros de la capital.

«Su marido era un hombre hermoso y con gran porte», admitió Rin.

Aunque, Rin no estaba muy segura si eso era un aliciente suficiente para aceptar su unión con el hombre que le cambió la vida de manera tan brusca. Como si de un fuerte vendaval se hubiera tratado.

Sin embargo, sabía que la verdadera culpable de su situación actual había sido ella, por tratar de salvar a un hombre que no se merecía su sacrificio.

Rin suspiró pesadamente y levantó la mirada para encontrarse con los imperturbables ojos dorados sobre su persona. Con aquella aura imperiosa y expresión impertérrita. Y, en ese momento volvió a cuestionarse:

«¿Qué ganaba él al casarse con ella?»

Si Sesshōmaru deseaba algo de Rin lo pudo haber obtenido fácilmente, sin necesidad de llegar a un arreglo matrimonial. Después de todo, ella había abierto esa posibilidad por desesperación. Pero el hombre decidió tomar como esposa a la hija de un médico decadente. Algo nada prestigioso para el hijo de una condesa. Y parecía ser que tampoco le importó mucho a la susodicha noble.

Rin sostuvo la mirada del hombre, esperando a que hablara o que al menos hiciera algo. No le agradaba ser el punto de interés de nadie. Se había esmerado en ser lo menos llamativa que pudo desde que su madre falleció. Pero parecía que ahora eso no valía de nada. Ahora tenía a un esposo que podía hacer con ella lo que mejor le placiera.

En ese momento recordó que aún no habían consumado su matrimonio. Porque tan rápido como habían realizado los votos de la boda, ambos tomaron rumbo hacia Devon. Asimismo, eso significaba que hoy sería la noche. Eso la preocupaba un poco, ya que en tema de intimidad tenía dos versiones de los hechos, y no sabía por cual decantarse más.

—¿Ocurre algo, mi señor? —se animó a cuestionar al ver que el hombre no apartaba la mirada de ella.

—¿Te molesta que te observe?

—No.

Sesshōmaru entrecerró ligeramente sus ojos ante esa contestación. Se dio cuenta que ella estaba mintiendo. Ya que la verdad era que si le molestaba que la contemplaran sin motivo alguno.

—Hmm… —pero eso fue lo único que se escuchó por parte de Sesshōmaru.

En eso el carruaje se detuvo en un santiamén; el hombre de ojos ámbares reaccionó con parsimonia.

—Hemos llegado —le informó escuetamente su marido.

Rin apretó con fuerza el pañuelo que sostenía entre sus manos enguantadas y mordió su labio inferior con cierto nerviosismo.

Sesshōmaru salió del carruaje sin más dilación dejándola sola por unos cuantos segundos, porque cuando se dio cuenta, el hombre ya había abierto la puerta del choche y estaba ofreciéndole la mano para ayudarla a bajar.

Ella aceptó el gesto y descendió del carruaje, para encontrarse con una inmensa mansión con decoración plateada que resaltaba entre las mareas verdes que estaban alrededor del recinto. Y con ello también se pudo percatar de las personas que estaban en su entorno.

Tal vez estaban para recibir a su señor o por simple curiosidad. Cual fuera la razón, ambas le incomodaban.

«Qué tonta había sido al pensar que estaba lista para afrontar su nuevo rol», se recriminó Rin.

—¡Vamos, no pierdan el tiempo y bajen el equipaje del señor Sesshōmaru! —ordenó Jaken con su chillona voz.

Rin centró la atención en el pequeño hombre de avanzada edad, que según él se trataba del asistente personal de Sesshōmaru. Por lo que a ella respectaba, el hombrecillo solo servía para obedecer las órdenes del peli-plata sin rechistar.

—Vamos —ordenó Sesshōmaru, al momento en que posó su mano sobre la espalda baja de su esposa.

Rin asintió y siguió el camino dictado por su pareja en completo mutismo y con un gran cansancio sobre su cuerpo.

Nunca había viajado en su vida y, para ser su primera vez, había sido pesado y tortuoso.

En el trayecto hacia la entrada de la majestuosa residencia, sólo pudo sentir la mirada de los presentes, incluso uno que otro cuchicheo que no llegó a comprender y tampoco pretendía hacerlo.

Lo único que se reproducía en la cabeza de Rin era tomar un agradable baño e irse a dormir. No obstante, sabía que todo dependía del hombre que estaba a su lado.

—Tres meses, eso sí que ha sido todo un récord —dijo con tono burlesco el hombre de cabello negro e intensos ojos azules.

—Y traes visitas —completó el albino caballero de ojos violetas.

Rin sólo vio como su esposo ignoró los comentarios de los dos hombres y continuó marchando sin decir ni una sola palabra. Por lo tanto, ella se limitó a seguirlo y no pronunciar ni siquiera un saludo. Pero aun así pudo escuchar las risas de ambos hombres detrás de ellos, algo que le causó curiosidad.

«¿Qué tipo de empleados tuteaban a su señor y se burlaban como si nada?», se preguntaba Rin extrañada.

Al ingresar a lo que sería su nuevo hogar no pudo evitar asombrarse. Sin duda el recinto era inmenso y con un decorado elegante y bello. Todo parecía estar en perfecto orden y limpio.

Sesshōmaru se detuvo frente a tres mujeres, las cuales agacharon su rostro en señal de respeto.

La primera era una chica de cabellos blanquecinos, quizás tenía la misma edad de Rin o eso le parecía a ella. La segunda era una señora de una edad bastante avanzada, sus cabellos eran canosos, tenía un parche en el ojo derecho y era bastante regordeta. Y la tercera era una guapa mujer de cabellos negros y ojos escarlatas. Y era esta última la que mostró más sorpresa ante su presencia.

—¡Bienvenido sea, señor! —lo saludó la anciana.

—Kaede y todos los presentes —habló Sesshōmaru en voz alta, lo suficientemente claro para que fuera escuchado. Incluso para los dos hombres que les habían seguido el paso—. Les presento a Rin Devington, mi esposa. Y, por ende, la nueva señora de este lugar.

El silencio que se formó en cuestiones de segundos se volvió bastante opresor para Rin. Parecía que nadie de los presentes sabía de su existencia hasta hora. Había creído que Jaken les había contado sobre los planes de Sesshōmaru, cuando había hecho un rápido viaje a Devon. Antes de que la boda se efectuara. Pero parecía que no había sido así, por algún motivo que ella desconocía.

—Kanna, ocúpate de las cosas de la señora y llévalas a la habitación continua —le indicó—. Y después le preparas el baño.

—Sí, señor —asintió la joven albina. La cual no tardó en encaminarse hacia la dirección de Jaken.

—Kagura, ya sabes que hacer.

—Sí.

—Kōga y Hakudōshi los espero en mi despacho.

Ninguno de los dos hombres respondió, simplemente se quedaron callados detrás de ellos.

—Andando —le ordenó su esposo.

Rin no tuvo más opción que seguir a su marido, toda esa situación la tenía bastante avergonzada. Lo único que ella deseaba era estar sola en su nueva habitación.

Avanzaron en total mutismo, por ello, fue fácil percibir el bisbiseo de los empleados. Pero eso no pareció importarle en absoluto a Sesshōmaru.

Llegaron a la que sería su nueva habitación; Sesshōmaru abrió la puerta dándole el paso para que ingresara.

Rin entró y se encontró con un lugar bastante espacioso y bonito. Las paredes eran de una tonalidad rosa pastel y la mueblería era en su totalidad blanca con adornos dorados. La cama era enorme y se veía bastante cómoda. Esa recámara era cuatro veces más grande de la que tenía en su antigua casa.

—Este será tu cuarto —le informó mientras tomaba camino hacia una puerta que estaba al costado del tocador—. Y aquí está el baño.

Rin ingresó y se sorprendió al ver que el baño era igual de grande y bastante moderno, algo que no se había esperado. Las tuberías delataban que ya no habría necesidad de subir tinajas de agua hirviendo hasta la tina de porcelana, y suponía que era igual para el retrete. En eso se percató que había otra puerta.

—¿Y esa puerta a dónde da? —se animó a saciar su curiosidad.

—A mi recámara.

—Oh.

Sesshōmaru salió del baño y se dirigió de nuevo hacia la habitación con toda la intención de retirarse. Pero antes, la encaró por última vez.

—Por el momento Kanna se encargará de ti. Ya habláremos mañana sobre ese y otros temas respecto a la casa.

—Bien.

—Hoy cenaré en mi despacho —le informó.

—¿Entonces puedo pedir que suban mi plato a mi habitación?

—Infórmale a Kanna.

—Muy bien.

Sin más que decir, Sesshōmaru se retiró dejándola sola en su nuevo cuarto. Rin se dirigió hacia la cama y tomó asiento en esta. Notando lo suave y cómoda que era, algo que le alegraba internamente.

En ese momento resopló con pesadez, se sentía tan agotada del viaje y lo recién vivido. Todo había cambiado tan rápido que era difícil para ella asimilar tantas cosas de golpe. En eso, los ojos marrones se centraron en la puerta que daba hacia el baño, y, con ello, pensó en la habitación de su marido.

En un principio le sorprendió a Rin que el peli-plata la colocara en una habitación aparte. Pero recordó que eso era bastante común en los matrimonios. Que cada uno tenía su propio cuarto. Algo que la alegró. Porque tendría su propio espacio personal y no tenía que compartirlo con nadie. Pero eso no cambiaba que había un baño de distancia, y él podía entrar a su habitación cuando se le diera la gana.

El suave toque en la puerta la sacó de sus cavilaciones.

—¿Quién?

—Soy Kanna, señora —se anunció la chica con voz parca.

Rin se levantó y fue abrirle para ayudarla con su equipaje. Que, si bien no era demasiado, no pretendía dejar que la sirvienta lo hiciera sola.

—Adelante, Kanna —le sonrió amablemente—. Deja te ayudo.

—No es…

Rin ya había tomado dos de las valijas y las colocó sobre la cama, esperando que la albina de ojos negros la imitara.

—¿Qué desea que acomode primero? —preguntó la criada.

—Mi ropa, por favor.

—Sí, señora.

Kanna no tardó en cumplir con su labor al desempacar la ropa y empezar acomodarla en el gran ropero blanco con adornos dorados.

En cuanto a Rin, se dirigió al tocador con una pequeña maleta que tenía las pocas cosas personales que poseía. Y al verse al espejo, se dio cuenta que aún no se había quitado el sombrero ni los guantes. Los cuales fueron los primero en despojarse, para enseguida ser los alfileres que mantenían firme al sombrero sobre su cabello.

Rin miró a la albina muchacha a través del espejo y decidió sacarle un poco de plática mientras acomodaba sus cosas. Si ahora ese era su hogar, tendría que familiarizarse pronto con su entorno y habitantes.

—¿Cuál es tu nombre completo? —indagó Rin.

—Kanna Colin.

—¿Colin? —dudó un poco—. ¿Eres francesa?

—Sí, señora.

—Ya veo —hizo una pequeña pausa—. ¿Y qué edad tienes?

—Diecinueve.

—¡Oh! —exclamó alegre—. Vaya casualidad, también tengo diecinueve. Es bueno saber que hay alguien de mi edad en esta mansión.

Kanna no respondió nada al respecto, simplemente se limitaba a realizar su trabajo. Y eso para Rin fue desalentador. Sin duda echaría de menos a la parlanchina de Victoria.

—¿Y tienes mucho viviendo en Devon?

—Once años.

—¿Y tienes familia aquí?

—Sí. —La chica volteó a verla con ese inexpresivo rostro—. Hakudōshi y Kagura son mis hermanos mayores.

—¿Y ellos qué trabajo desempeñan?

—Hakudōshi es el administrador general del recinto. Y Kagura es la ama de llaves del lugar, y se encarga principalmente de las cosas personales del señor.

—¿Personales? —Preguntó curiosa.

—Se le delega la habitación y las cosas del señor. Sólo ella tiene permiso a entrar y tocar lo que hay en esa recámara.

—Entiendo.

—A menos que eso le moleste. Podría hacer cambios si así desea, señora.

—¡Eh! —rio apenada—. No me molesta.

Rin no podía evitar pensar que era algo raro que una sola criada se dedicara específicamente a mantener el orden en el cuarto de Sesshōmaru. Asimismo, tampoco le importaba, eso era asunto de él.

—Checaré que ya esté listo el baño para que lo use, señora.

Kanna escapó de los ojos marrones tan rápido entró al sanitario. Y Rin solo se limitó a terminar de acomodar lo poco que le faltaba.

—He dejado las llaves abiertas para llenar la tina. ¿Desea que le ayude a desvestirse?

—Sí, por favor.

Rin se levantó de la silla y en seguida la muchacha se acercó a ella, para empezar a quitarle las prendas.

—Kanna…

—¿Sí, señora?

—Cuando sea la hora de la cena podrías traer mi plato a mi habitación, por favor.

—Está bien, señora.

—Gracias —se limitó a sonreírle a la chica.

• ────── ✾ ────── •

Sesshōmaru llegó a su despacho y se encontró con que los dos hombres ya estaban sentados esperándolo. Así que sin perder tiempo se dirigió hacia su asiento, siendo acechado por las imprudentes miradas Hakudōshi y Kōga.

—¿Alguna novedad? —cuestionó al tomar asiento.

—¿Novedad? —rio Kōga—. Fuiste a cerrar algunos contratos a Londres, y regresaste con esposa. Eso sí que es novedad.

—Ese maldito anciano lamebotas vino, y ni siquiera nos contó sobre tu inesperado matrimonio —siguió Hakudōshi—. ¿A caso te la has robado o algo así?

Sesshōmaru vio a los dos sujetos con desprecio, al creer que él les debía algún tipo de explicación de lo que hace o deja de hacer con su vida privada.

—¿Novedades? —repitió amenazadoramente.

—Olvídalo, no soltará prenda —se rindió Hakudōshi—. Así que la respuesta es no. Todo ha ido con tranquilidad.

—Bueno, hace dos semanas me encontré con Kirinmaru en el manantial —informó Kōga—. Me preguntó que cuándo volverías. Se veía ansioso.

—¿Te dijo algo más? —cuestionó Sesshōmaru al pelinegro.

—No mucho, solo que ya tiene listos a los sementales que le pediste.

—Mañana después de la comida iremos con Kirinmaru —informó Sesshōmaru.

—Como tú ordenes, patrón —accedió Kōga rápidamente.

—¿No quieres que los acompañe? —preguntó el albino algo desconcertado.

—No, te necesito aquí —le hizo saber el peli-plata—. Jaken estará cumpliendo con otras cosas. Aparte te tengo una tarea a realizar.

—¿Qué tarea?

—Quiero que te enfoques en mi esposa. Debe adaptarse a sus deberes como la señora de la casa.

—Supongo que no quieres a Kagura cerca de tu mujer —dijo con picardía el albino.

—Por obvias razones. Viste la cara de amargada que puso al ver que Sesshōmaru regresó con esposa. —Una ladina sonrisa se dibujó en el rostro de Kōga—. No habrá quién la aguante.

—Ni me digas —expresó Hakudōshi malhumorado—. Tendré que aguantar su mal genio hasta que acepte la realidad.

—¡Silencio! —la voz de Sesshōmaru retumbó por todo el despacho.

Ambos hombres se callaron al ver que hablaron de más frente de quién no debían.

—No toleraré ninguna estupidez más de su parte. ¿Ha quedado claro?

Los hombres asintieron en conjunto al ver que Sesshōmaru no estaba para bromas. Sabían que por lo general los dejaba hablar hasta que se cansaban. Pero el tema de su conyugue sin duda no era tema a discusión.

—No sólo se encargará de pedir lo que falte en la despensa o los arreglos que necesite este lugar. Ella misma administrará ese dinero —le hizo saber a Hakudōshi.

—¿Entonces quieres que haga de maestro? —Lo miró incrédulo.

—Rin ya tiene conocimientos. Sólo es cuestión de que se adapte a manejar cantidades de dinero más grandes.

—Rin es un bonito nombre —halagó Kōga con naturalidad.

—Señora Devington, para ustedes —les aclaró Sesshōmaru.

—Tranquilo, hombre —intervino Hakudōshi con una cínica sonrisa—. Volviendo al tema. ¿Hasta dónde llega su conocimiento contable?

—Su padre es doctor, y ella se encargaba de la administración del consultorio.

—Muy bien —asintió el albino—. No te preocupes, mañana platicaré con la señora al respecto. ¿Algo más sobre ese tema?

—No.

—Supongo que es momento de que me largue de aquí. —Kōga se levantó del asiento, bastante acertado con sus palabras—. Te veo a las mismas horas de siempre.

Hakudōshi también se alzó con toda la intención de irse, pero Sesshōmaru tenía otras intenciones con el albino.

—Aun no te he dicho que te vayas, Hakudōshi.

Hakudōshi cerró los ojos con frustración y se dejó caer de nuevo en el asiento. Mientras sólo se pudo escuchar la carcajada de Kōga al instante en que salió del despacho.

—Kagura, ¿verdad? —Hakudōshi miró con fastidio a su jefe.

—No toleraré ni una falta de respeto hacia mi mujer. Al primer error se irá de aquí —advirtió con severidad.

—No ganas nada con decírmelo a mí —expresó con fastidio, haciendo menos el amenazante temperamento de Sesshōmaru—. A mí no me hará caso y lo sabes muy bien.

»Aparte, te lo dije desde un principio que la mandarás a trabajar con Kirinmaru u otro adinerado de la región. Incluso me impediste que le buscara marido.

»Es normal que vaya a sentirse desplazada ahora que ya hay una señora en la casa. Y que dicha señora no es la condesa. Le diste demasiado poder por lástima.

Sesshōmaru se quedó callado ante las palabras tan acertadas por parte de Hakudōshi. Pero ni siquiera él mismo pudo prevenir que terminaría casado en tan solo tres meses.

—Mira, lo mejor que puedes hacer es que hables con mi hermana —le sugirió el albino—. Sólo a ti te hace caso. También que lo hables con tu mujer, para que no deje que Kagura pase sobre de ella. Y si aun así ocurre un altercado, pues ya sabes que hacer. Yo no me opondré.

—Dile que sigo esperando mi cena.

—Bien —asintió Hakudōshi.

Sin medir más palabras el albino abandonó el lugar y lo dejó solo al menos por unos momentos.

Sesshōmaru se recargó en el respaldo de su asiento y cerró los ojos tratando de encontrar un poco de serenidad. El viaje había sido más pesado de lo usual, y no había pensado en las repercusiones que habría cuando Rin llegara a su hogar. Y ahora también tenía en mente el problema que aquejaba a Kirinmaru.

—Sesshōmaru te traigo la cena —se hizo presente la voz de Kagura detrás de la puerta.

—Pasa.

Una de las puertas se abrió y dejó a la vista a la pelinegra que cargaba con total elegancia la bandeja que contenía sus alimentos.

—Lamento haber tardado. Al ver que aun estabas ocupado con Kōga y Hakudōshi, supuse que no debía interrumpir —siguió hablando, mientras colocaba la bandeja sobre el escritorio—. Y no te preocupes, ya me aseguré de que el baño estuviera disponible para ti. Así que pronto estará listo para que lo utilices.

—Guarda silencio y siéntate —ordenó él abruptamente.

Kagura no tuvo otra opción que hacer caso a lo que le pedía. Así que se sentó y aliso la falda de su vestido.

—Seguirás a cargo de este lugar hasta que la señora termine de adaptarse. Pero cuando llegue ese momento, le delegarás todas tus responsabilidades.

—¿Quiere que me haga cargo de su adiestramiento? —preguntó ella con un tono enfadoso.

—No. De eso se encargará tu hermano. Así que la única interacción que tendrás con mi esposa será solo para saludarla con su debido respeto o que atiendas las órdenes que te dé. ¿He sido claro?

—Sí.

—No lo parece. —La retó con la mirada.

Kagura arrugó el ceño y torció los labios por el comportamiento que Sesshōmaru estaba teniendo hacia ella.

—Kagura, no está de más el advertirte que a la mínima falta que cometas contra mi mujer, te irás de aquí sin importar las justificaciones o súplicas que trates de darme.

—Así que, aunque se diera el caso que la culpable fuera ella, seré yo la que se va —escupió con dolo.

—Entiendes rápido. Así que evita cualquier altercado si es que te quieres quedar. —Sesshōmaru suavizo su expresión y centró su atención en sus alimentos.

—Es decir que la señora ahora también se encargará de tu persona…

—Si así lo desea. Sí. Todo depende de las decisiones que ella tome.

—¿Por qué? ¿Por qué de la nada volviste con una mujer? —Kagura mostraba confusión en su rostro y el anhelo de tener una respuesta satisfactoria ante su duda—. Se supone que no tenías interés en casarte. Y ahora… —calló Kagura al verlo enfadado.

Sesshōmaru frunció el entrecejo ante esas palabras, al ver que la mujer pensaba que tenía derecho a cuestionarle sus acciones.

—Ni a ti ni a nadie les debo explicaciones de nada. —Se levantó airosamente y caminó hacia la mujer de ojos escarlatas. La cogió del brazo y la alzó del asiento en el proceso—. No agotes mi paciencia, Kagura. Así que limítate a seguir órdenes. Y si no te gustan toma tus cosas y te largas.

—¡Me estás lastimando! —se quejó con dolor.

Sesshōmaru la liberó bruscamente y se alejó de la pelinegra con la cólera ya por los cielos.

—Llévatelo, me has quitado el apetito.

Kagura no tuvo otra que obedecer y tomar la charola con la comida; hizo una pequeña reverencia y se retiró del despacho con los ojos inundados por las lágrimas que se había negado en derramar.

Sesshōmaru se dirigió hacia a la estantería donde se encontraba el licor. Agarró el whisky y se sirvió en un vaso de cristal cortado. Y sin pensarlo mucho dio el primer trago a su bebida.

• ────── ✾ ────── •

Rin estaba sentada en la cama terminando de trenzar su larga melena castaña, siendo acompañada solo por la luz de la lámpara y su diario.

Desde pequeña había escrito todas sus vivencias, y era algo que se había mantenido hasta la fecha. Le gustaba esparcir sus sentimientos con tinta sobre el amarillento papel. Pero había olvidado pedirle a Kanna una pluma y un tintero. Y ahora estaba ahí con las palabras rebotando dentro de su cabeza.

Sé preguntaba cómo estaba su padre, y si Victoria podría ser capaz de soportarlo por su cuenta. Era algo que le quitaba el sueño. Incluso durante el viaje fue incapaz de descansar, de solo pensar cómo estarían ahora que ella no estaba. Y lo peor de todo, es que no tenía la certeza de que pudiera ir a visitarlos. Ya que su marido no se le veía con ninguna intención de dejarla ver a su única familia.

Rin exhaló depresiva al ver que esa noche sería tortuosa, a pesar de que su cuerpo le pedía descansar a gritos.

En eso escuchó movimiento en el baño, lo cual delataba a Sesshōmaru. Su cuerpo tiritó por nervios o expectación. Rin no sabía cómo tomar su rol como esposa. Ya que ella tenía que cumplir, pero al mismo tiempo no deseaba hacerlo.

Y ni hablar de las acciones de Sesshōmaru. Porque parecía que no tenía ningún tipo de interés en Rin. O al menos esa era la sensación que le daba a ella.

Rin tenía poca información sobre la intimidad, ya que jamás estuvo interesada en ese tipo de cosas. Pero sabía algo del tema de una manera más académica, ya que su padre nunca tuvo pudor al enseñarle el funcionamiento del cuerpo humano. También había llegado a atender a mujeres que se dedicaban a la prostitución. Desde las que ganaban una gran suma de chelines en los clubs más prestigiosos de Londres. Como aquellas que se ganaban unas cuantas monedas, para poder comprar un pedazo de pan duro y así sobrevivir un día más. Pero ambas compartían su desagrado al tener contacto con hombres que solo las veían como un pedazo de carne.

Asimismo, existía la otra cara de la moneda y que era la que más le conflictuaba. Llegaron a tener como pacientes a mujeres de una posición social muy alta. Desde esposas de ministros y damas con títulos nobles sobre sus hombros. Todas ellas recurrían al padre de Rin, porque era uno de los pocos médicos que apoyaban la libertad sexual de las mujeres. Incluso algunas de ellas les llegaron a colocar ciertos aparatos en el interior de sus entrañas, para evitar el embarazo. Y otras más osadas compraban los condones para sus amantes.

Todas esas mujeres presumieron complacidas sonrisas en sus rostros, ante esa libertad poco decorosa hacia su sexualidad. Esas eran las mismas mujeres que iban a la iglesia a demostrar su devoción y respeto a Dios. Cuando en verdad eran las primeras en pecar.

Rin no las juzgaba por disfrutar de sus aventuras, pero le parecía bastante hipócrita que trataban mal a las mujeres que se dedicaban a «eso» para ganarse el pan del día. Mientras ellas por su ventaja económica y social lo practicaban y lo disfrutaban en «secreto».

Negó con su cabeza y se dio unas pequeñas palmaditas en sus mejillas, para tratar de borrar ese tema de su mente. Siempre que tenía tanto tiempo libre, pensaba en cosas poco apropiadas.

En ese instante se dio cuenta que la luz del baño ya no estaba encendida, lo que decía que Sesshōmaru había terminado con su aseo personal.

«Él no vendrá, ¿verdad?», pensó Rin.

Rin quería creer que no, así que ya terminada su labor con su cabello y con un bostezo en su boca, se animó a apagar la lámpara y cubrirse con las colchas de la cama. Rezando por sus adentros el poder conciliar el sueño y que ningún percance ocurriera por la noche.

No podía seguir torturándose por lo que ya había pasado. Tenía que seguir adelante, adaptarse a su nueva vida y al hombre que se había convertido en su marido.

• ────── ✾ ────── •

Sesshōmaru estaba sentado en la orilla de la cama con su cabello suelto aun empapado tocando su espalda desnuda, con solo la parte inferior cubierta por el pantaloncillo interior y bebiendo un poco más de whisky. Lo único que se le había apetecido durante todo el día había sido el licor, y ahora podía beberlo en la tranquilidad de su habitación.

En ese momento miró de reojo la puerta que daba hacia el baño, y con ello a la habitación de su ahora esposa.

Muchas dudas corrían por la mente de Sesshōmaru, algo que no era usual ya que la templanza siempre había gobernado sus acciones. Y no se trataba de haber tomado a una completa desconocida como su esposa, ya que tuvo sus razones y por ello la duda no existía. Pero tratándose de la mujer de manera individual no sabía bien qué esperar de ella.

Durante los tres meses que tuvieron que verse las caras, para los trámites del matrimonio e incluso durante el trayecto del viaje de Londres hacia Devon, no encontró nada, solo una mujer que estaba sacrificándose para salvar la inexistente dignidad de un padre ludópata y borracho.

No es que la mujer de los ojos marrones fuera inexpresiva, al contrario, lo era y bastante. Aquel día en que se conocieron vio muchas facetas en Rin, todas negativas, pero estaban ahí. Sesshōmaru se encontró con la tristeza, la decepción y la desesperación. Pero jamás vio miedo. Rin no dudó ni una sola vez de lo que estaba haciendo, todo lo afrontó con gallardía.

No sabía si era genuino o era una excelente actriz, pero independientemente de cuál fuera la verdad, es que a él lo convenció.

Sesshōmaru bebió el último trago que quedaba de su bebida y colocó el vaso sobre el pequeño buro. Y volvió a centrar la vista en la puerta que lo guiaba hacia la recámara de Rin.

La incomodad estaba ahí, a pesar de que tenía el control de todo lo que le rodeaba. Ahora no sabía cómo actuar ante su actual situación, porque ella tampoco parecía tener ningún tipo de interés de hacer algo al respecto. Era como si su objetivo ya se hubiera cumplido y lo demás poco le importaba. O esa era la impresión que le trasmitía a él.

Sesshōmaru tenía claro que no era alguien complaciente, ni mucho menos compresivo. Pero quería serlo con ella, al menos para que no sintiera que su sacrificio fue lo último que pudo hacer en lo que restaba de su vida. Esperaba que Rin tomara esto como una nueva forma de vivir. Ya que él no tenía intenciones en intervenir en lo que sea que ella quisiera. Mientras no lo molestara, su cónyuge podría hacer lo que mejor le placiera. Aunque eso no le quitaba las responsabilidades que tenía que cargar por ser su esposa. No quería convertirla en una completa inútil. Todas las personas que vivían y trabajaban en ese lugar para él tenían sus deberes y Rin no sería la excepción.

Sesshōmaru se echó en la cama y perdió la vista en el blanco techo de la habitación. Sabía que pensar tanto sobre algo que no tenía una respuesta no llegaría a nada. Así que no tenía otra opción que ver las acciones de la mujer durante esos días. De esa manera podría hacerse una idea de lo que podía esperar de ella. Y a partir de ahí, podría saber cómo sería su relación como casados.

Él apagó la lámpara y se dispuso a descansar, ya que mañana tenía que volver a sus deberes. Y con ello resolver lo que fuera que estuviera pasando con Kirinmaru.

—Sin duda será un gran día —masculló con sarcasmo.

Continuará…

...

A todas las personas que han leído, comentado, seguido y agregado esta historia a sus favoritos, les doy las gracias. Espero que de aquí en adelante esto siga siendo de su total agrado.

Atte: La autora y su beta.