7

—Tanto tiempo sin verte querido Naraku —dijo Irasue con total hipocresía.

Naraku no tardó en llegar a ella y cogerla de la mano, besándole los nudillos enguantados.

—Desde el día de mi boda, sino mal recuerdo —recordó el hombre de intensos ojos rojos, al momento en que la soltó y miró directamente a la mujer frente a él.

—¿Un año? —Hizo memoria—. Quizás un poco más.

—Así es —asintió Naraku—. Pero, por favor, tome asiento —ofreció caballerosamente.

—Gracias, querido. —Irasue no tardó en acomodarse con sublime elegancia en el sofá.

—¿Ya le ofrecieron algo para beber? —preguntó Naraku mientras tomaba asiento.

—Sí, pero lo rechacé. No planeo quedarme mucho tiempo.

—Supongo que está aquí, por mi constante rechazo de recibir al criado de Sesshōmaru, ¿o me equivoco? —Naraku prefirió ir al grano.

—Has sido un poco infantil, querido —lo reprendió como si de una madre se tratara—. El pobre chiquitín solo estaba cumpliendo con su trabajo.

—Disculpe mis palabras, condesa. Pero usted mejor que nadie sabe que su hijo y yo no nos toleramos —fue franco—. Así que evito cualquier cosa que pueda perturbar la paz de mi esposa y la mía.

—Comprendo, pero mi hijo no te está buscando con mala intención, si no como guía.

—¿Guía? —Naraku no pudo ocultar su sorpresa.

—Han estado envenenando el rebaño de ovejas últimamente —comenzó a hablar mientras sacaba de su bolsa un bolso más pequeño—. Al principio no sabían si se trataba de maleza o quizás algún bicho en particular, pero… —Hizo una pausa dramática como a ella le gustaba, mientras sostenía el pequeño bolso frente a ambos—. Encontraron esto enterrado cerca del manantial. Parece algún tipo de veneno o pesticida.

»Por desgracia, ni Sesshōmaru ni su gente reconocen este producto. —Le ofreció el bolso a Naraku—. Intuyen que pueda tratarse de un producto extranjero, por eso es que hemos estado buscando tu infinita sabiduría sobre el tema. Después de todo, de eso va tu negocio.

Naraku aceptó muy a su pesar lo que la condesa le ofreció, y abrió el pequeño bolso para ver el contenido. Y fue en ese instante en el hombre no pudo ocultar la perturbación en su mirada.

—¿Ocurre algo, querido? —cuestionó con una sonrisa victoriosa.

—¿Dónde me dijo que lo encontraron? —preguntó con poco decoro.

—Estaba enterrado cerca del manantial.

—No puede ser… —murmuró con notable preocupación.

—¿Lo has reconocido?

—Este producto aun ni siquiera sale a la venta.

—¿Es así? —Irasue fingió estar asombrada—. ¿Y cómo lo sabes?

—Porque este pesticida es mío. —Naraku no dudó en ser sincero.

—¡Oh, querido! —La condesa trató de mostrar comprensión ante la situación de Naraku—. ¿Quieres decir que te han estado robando?

Sin embargo, el hombre de cabellos azabaches y mirada rojiza no respondió, se le notaba totalmente sumido en sus pensamientos.

Irasue aceptó rápidamente la inocencia de Naraku, sobre todo al ver el manojo de nervios que era en esos instantes. Al final de cuentas, era cierta su teoría de que el hombre frente a ella se estaba reformando como persona y todo gracias a Kikyō.

—Condesa yo no tengo nada que ver con lo sucedido en la propiedad de Sesshōmaru —prefirió ser claro.

—Te creo, querido —asintió con falsa empatía.

—Se lo agradezco. —Hizo una pequeña pausa antes de seguir hablando—. ¿Me lo podría dar? —preguntó refiriéndose a la muestra que estaba en el bolso.

—Por supuesto —aceptó Irasue sin problema—. Pero, querido, dudo mucho que lo poco que me has dicho satisfaga a mi hijo.

—Necesito que me dé tiempo, para descubrir lo que ha ocurrido, condesa —le pidió sinceramente—. Tan rápido sepa quién fue el traidor, no dudaré en entregárselo directamente a Sesshōmaru.

—¿Tienes una idea de quién pudo jugarte de esa manera tan mezquina? —Irasue volvió a dramatizar.

—Hmm… —Naraku torció la boca y se negó a dar algún nombre.

—Lo lamento, no se gana nada suponiendo por el momento —prefirió darle un respiro al hombre.

—Se qué no será tarea fácil el apaciguar el ímpetu de su hijo, pero realmente necesito que me regale tiempo para esto.

—No te preocupes, yo sé cómo tratar con mi querido vástago —sonó totalmente confiable.

—No defraudaré su confianza, condesa —aseguró Naraku.

En ese momento la puerta de la entrada fue abierta y se dejó ver a dos mujeres. Una de ellas era la esposa de Naraku, Kikyō Baker y la otra era la dama de compañía de la primera.

—¡Condesa! —exclamó Kikyō con su agradable y elegante voz—. No me lo podía creer al ver su carruaje aparcado en la entrada.

Irasue se levantó y enfrentó a la dama de belleza etérea, sonriéndole sinceramente.

—Querida, cuánto tiempo —ambas mujeres se dieron un beso en la mejilla—. ¡Pero mírate! El matrimonio ha ensalzado aún más tu belleza.

—Que cosas dice, condesa —sonrió Kikyō ante los halagos de la mujer mayor.

—Solo digo lo que veo —sonrió pícaramente—. Parece ser que Naraku resultó ser mejor marido de lo que esperábamos.

—Se hace lo que se puede, condesa —dijo el mencionado al acercarse a su mujer.

—Pero… —intervino Kikyō para evitar un posible sonrojo—. Condesa, me han comentado que su hijo se ha casado, ¿es eso cierto?

—¿Sesshōmaru, casado? —cuestionó Naraku escéptico.

Irasue miró a la pareja y no le extrañaba que, en la capital, el asunto del matrimonio de su hijo no tuviera demasiada repercusión. Ya que todo fue llevado con discreción, tanto por parte de Sesshōmaru como por Rin. Y aunque alguno que otro chisme sin fundamento hizo un poco de ruido, no pasó a mayores.

Sin embargo, la orgullosa madre creía que ya era momento de que todos supieran que su hijo, el bastardo de la condesa Devington contrajo matrimonio. Y sobre todo que fue con la hija del doctor en decadencia. Irasue ya se imaginaba con diversión el nido de víboras que se formaría cuando eso estallara como una verdad absoluta.

—Así es, mi hijo ya es un hombre felizmente casado —respondió con orgullo.

Naraku y Kikyō se quedaron asombrados ante la respuesta afirmativa de Irause. Ella sabía que alguno de los dos cedería y comenzarían a dar dicha información al mundo.

—Aunque fue algo muy íntimo y discreto, de puertas para dentro —dijo con cierta desilusión—. Tanto mi hijo como su esposa no querían llamar la atención de ninguna manera. —Irasue empezó a secarse las lágrimas falsas con sus dedos enguantados—. Si por mi fuera, hubiera hecho algo digno de reyes. —Enseguida soltó una risilla por su osadía al mencionar al reinado tan a la ligera.

—¿Y se puede saber quién fue la afortunada? —Naraku no pudo evitar su insidiosa curiosidad.

—Rin, la hija del doctor Edward Devies —respondió abiertamente.

Irasue sabía que Rin no estaba demasiado en el foco de la aristocracia, pero una que otra estirada la había llegado a criticar. Y estuvo por mucho tiempo en la mira de los tipos con los que se relacionaba Edward en las apuestas.

—Creo que he oído de ella, pero nunca la he visto —mencionó Kikyō bastante pensativa—. No le doy rostro por el momento.

—No es de extrañar, es una mujer muy reservada, nunca estuvo interesada en la aristocracia —aclaró la condesa. Pero en eso hizo una pausa dramática al darse cuenta la hora que era—. Ay, como pasa el tiempo, es momento de que me vaya.

—¿Se marcha? —preguntó Kikyō desilusionada.

—Sí, querida —dijo en un lamento—. Aún tengo muchas que hacer. Pero podemos quedar un día para tomar el té. ¿Qué te parece?

—Será un placer, condesa —asintió Kikyō.

—Naraku, muchas gracias por tu cooperación el día de hoy —le sonrió al hombre.

—Gracias a usted —asintió—. Tan rápido tenga respuestas se lo haré saber directamente, condesa.

—Así lo espero.

Irasue se despidió de la pareja y dio rumbo hacia la salida del hogar de los Baker. Para encontrarse con el siervo de su hijo, el cual no se había movido del lugar en dónde lo dejó.

—Hemos terminado aquí, andando chiquitín —dijo al momento en que pasó al lado del hombrecillo.

—Jaken, condesa, mi nombre es Jaken —se quejó con cansancio al tener que repetir siempre su nombre.

Pero Irasue lo ignoró como siempre y se dirigió ahora al chofer que conducía su carruaje personal.

—Félix, a la tienda de Jakotsu.

Jaken abrió la puerta del vehículo y le ofreció la mano a la condesa para ayudarla a subir. Y una vez dentro los dos, el carruaje dio camino hacia su nuevo destino.

—Condesa… —Jaken no pudo terminar de hablar al ser interrumpido por la misma Irasue.

—Lo hablaremos cuando estemos en casa —le informó—. Ahora guarda silencio, chiquitín.

El pequeño hombre no tuvo más que hacer caso y callarse, mientras la condesa se entretenía al retocar el maquillaje.

Luego de pasar unas cuantas calles y uno que otro bache, había llegado con Jakotsu. Y sin demora la condesa dio paso hacia el interior del lugar de trabajo del modista.

—¡Condesa, me alegro de verla! —exclamó con emoción el dueño del lugar.

—¡Cariño! —Se acercó al hombre afeminado y le dio dos besos en ambas mejillas—. Sigues tan fabuloso como siempre.

—Favor que me hace, mi señora —sonrió complacido el hombre—. Pero, por favor, pase que ya tengo su encargo listo.

—Muéstrame, cariño.

Ambos ingresaron al taller en donde había bastantes cajas vacías, las cuales serían llenadas de ropa tan rápido la condesa diera orden.

—¡Esto es mejor de lo que esperaba! —habló Irasue al momento de acercarse a uno de los vestidos—. ¡Totalmente esquicito!

—¿Le ha gustado, madame?

—Eres un artista, cariño —dijo sin temor a elogiar al modista.

—¿Y crees que le guste a tu nuera? —cuestionó Jakotsu con diversión.

—No lo sé. —Le restó importancia, mientras seguía viendo el guardarropa que había confeccionado Jakotsu para la mujer de su hijo—. Realmente todo esto se ha hecho a los gustos de Sesshōmaru.

—Bueno, eso es verdad —asintió el modista—. Pero quiero creer que tu nuera realmente tiene buen gusto.

—Júzgalo tú mismo, cariño —dijo Irasue al momento en que viró a ver de nuevo a Jakotsu—. Al menos ya la conociste el día en que le tomaste las medidas para el vestido de novia.

—Bueno… —Jakotsu no supo que responder.

El modista aun recordaba cuando conoció a Rin, y se dio cuenta a simple vista que la chica sabía de costura y del buen gusto. Pero parecía ser que eso no aplicaba especialmente para ella. Cuando él había dado sugerencias para su vestido de bodas, la futura novia se había decantado por algo sencillo y recatado.

«La unión de esos dos fue más como un funeral que una boda», pensó Jakotsu.

—¿Cree que le acepte esta vez el regalo? —El modista decidió cambiar la pregunta.

—No le quedará de otra —respondió la condesa—. Una vez rechazó mi noble contribución, una segunda no se lo perdonaré —dijo con cierta indignación—. Aparte, no voy a permitir que la esposa de mi hijo ande con harapos.

—Supongo…

—¡Oh por dios! —exclamó la condesa maravillada—. ¿Pero qué es esta lencería, cariño?

Jakotsu rio orgulloso al ver que su mejor clienta y su única verdadera amiga se dio cuenta de genialidad.

—He estado experimentado un poco —dijo como falsa modestia.

Irasue notaba que el encaje del ligero era mucho más esquicito, dándole un toque más sutil, elegante y sensual. Aparte de que los calzones de ceda eran aún más pequeños, lo que permitiría dar más visibilidad a las piernas que estarían cubiertas tentativamente por las medias.

—Estoy segura que esto le gustará a mi retoño —mencionó Irause con maliciosa picardía.

—Espero que también a ella. —A Jakotsu le importaba más la respuesta de Rin que la de Sesshōmaru.

Irasue chasqueó con la lengua al escuchar de nuevo las palabras del modista. Ella sabía que él trabajaba para que las mujeres se sintieran seguras y atractivas; la opinión del hombre era un extra. Pero con su nuera la cosa cambiaba mucho, ya que no se esperó que fuera una mojigata.

La condesa no dudaba que Rin poseyera el carisma y el arrojo de Leticia, la difunta madre la chica. Pero la situación que la joven mujer tuvo que vivir con un padre dependiente, borracho y ludópata, apagaría la chispa de la más deslumbrante alma.

Irasue prefirió no dar respuesta a eso y cambió de tema, preguntando sobre los demás trabajos que hizo el hombre para su nuera. Y no pudo que más que estar satisfecha por la gran labor de Jakotsu.

Después de casi una hora de plática con el modista, la condesa dio la orden para que se empacara todo y lo subieran al carruaje.

—Muchas gracias por tu maravilloso trabajo, cariño —dijo Irasue.

—No, gracias a usted por engrosar mi billetera, condesa. —Los dos rieron ante el comentario del modista.

—Me retiro, cariño —se despidió con dos besos en la mejilla.

—Que tenga un viaje seguro, condesa —dijo Jakotsu.

Así la condesa partió hacia su hogar, cargada de todo un guardarropa digno de una princesa para su nuera y con la información que tanto buscaba su hijo.

• ────── ✾ ────── •

Después de que Irasue llegó a casa y de haber comido en compañía de Bankotsu y Jaken, se dispuso a dar la información que había obtenido por parte de Naraku.

—¿Realmente crees que Naraku no tiene nada que ver en esto? —preguntó Bankotsu, para después beber un poco del vino que le quedaba.

—Naraku puede ser muchas cosas, pero no un buen actor —respondió Irasue—. Aparte muchas cosas han cambiado con él desde que se casó con Kikyō.

—¿Así lo crees? —Bankotsu aun desconfiaba.

—Solo piénsalo, cariño —sonrió altaneramente la dama de cabellos platinados—. Cuando Naraku se comprometió con Kikyō, comenzó a cortar muchas relaciones y todas ellas eran inmundicias humanas, entre esas personas estaba Magatsuhi. Eso no debió sentarle muy bien a mi «querido» primo, después de todo, su mejor socio decidió darle la espalda.

»Aparte, ¿qué ganaría Naraku al comprometer su nueva mercancía de esa manera? —enmarcó el punto más importante de su deducción—. El pesticida aún está siendo evaluado. Sí se da a conocer que su producto estuvo envuelto en un caso de envenenamiento de ganado, esto haría que la comercialización fracasara mucho antes de sacarlo al mercado.

—Entonces Magatsuhi no sólo ha querido perjudicar a Sesshōmaru y Kirinmaru, también a Naraku —todo empezaba a cuadrar para el abogado.

—Magatsuhi trató de poner a Naraku como un chivo expiatorio. Ya que sí se descubría que el envenenamiento fue provocado, el que se llevaría los golpes sería su antiguo socio y él saldría libre de sospecha. —Una maliciosa sonrisa se dibujó en Irasue—. Pero ese cretino tiende a pecar de arrogante, y la jugada le ha salido mal. Sesshōmaru nunca da por sentado nada y Kirinmaru tiene a Magatsuhi entre ceja y ceja.

—Y ahora Magatsuhi tiene a Naraku como enemigo. —Bankotsu soltó una carcajada ante tal escenario.

—Sesshōmaru contempló desde el minuto uno el meter a Naraku a esta pelea con o sin consentimiento. —Los ojos ambarinos no podían ocultar lo orgullosa que se sentía por su hijo—. Será tan divertido ver como una araña y una serpiente intenten envenenarse mutuamente.

—No hay duda que mi señor siempre va un paso adelante —comentó Jaken orgulloso de su jefe.

—¿Pero fue buena idea darle esa muestra a Naraku? —preguntó Bankotsu.

—No hay problema —habló de nuevo el pequeño hombre—. El duque tiene más evidencia consigo.

—Ya veo… —asintió el abogado.

—Entonces mañana mismo me vuelvo hacia Devon, debo darle todo detalle al señor Sesshōmaru —informó Jaken.

—Qué bueno que lo mencionas, chiquitín. —Los afilados ojos dorados se posaron en Jaken.

—Mi nombre es Jaken, condesa —volvió a repetir con cansancio.

—¿Viste todo eso que traje de con Jakotsu?

—Sí, condesa.

—Bueno, mañana te lo llevarás contigo. —Aquellas palabras fueron un orden en toda regla.

—¡Eh! —Jaken no pudo ocultar su pesar.

—Es un regalo para mi querida nuera —mencionó con diversión—. Así que más vale que esas cajas lleguen en perfecto estado hasta la finca, si no haré que pagues cada una de las prendas dañadas. ¿Ha quedado claro, chiquitín?

—Sí, condesa. —Jaken no tenía más alternativa que asentir.

Luego de haber terminado de comer y de que Jaken se retirara a su habitación, Irasue y Bankotsu se quedaron charlando en la sala.

El abogado estaba sentado al costado de la condesa, la cual leía bastante entretenida el periódico y bebiendo té.

—Irasue —la llamó el joven hombre.

—Habla —asintió la condesa sin apartar la vista de las hojas de papel.

—Esto me parece excesivo —decidió ser franco—. Yo realmente creí que el corazón de Kirinmaru se había sosegado con el tiempo.

—Oh, cariño. —Irasue posó su mirada en Bankotsu—. Aun eres demasiado inocente —sonrió amargamente—. No puedes pedirle a un hombre que olvide cuando le han arrebatado todo lo que le daba sentido a su vida.

—Tú una vez me dijiste que la venganza no cesó tu dolor. —Miró fijamente a los ojos dorados—. Kirinmaru debería ser consciente de ello.

—Da igual si Kirinmaru lo sabe o no. No puedes orillar a una persona a entender mediante experiencia ajena. —Torció la boca con disgusto—. Aparte, Magatsuhi avivó el odio de mi amigo sin darse cuenta.

—Bien, digamos que Kirinmaru es un caso perdido y no parará hasta lograr lo que quiere. Pero…

—Sesshōmaru está siendo precavido —le aseguró al abogado—, pero eso no evitará que le tienda la mano a Kirinmaru.

—Se siente en deuda con él, ¿no es así? —cuestionó el ojiazul.

—Sí —fue sincera—, y yo también.

Bankotsu sabía la historia de esos tres como la palma de su mano, y aun así le costaba creer muchísimas cosas. Tal vez porque él no tuvo que vivir todo lo que Irasue, Sesshōmaru y Kirinmaru habían tenido que experimentar en carne propia.

Pero aun así le era imposible empatizar con el actuar tan radical de tales personalidades. Él creía que debería haber un poco de humanidad al tomar ese tipo de decisiones.

—Oh, cariño. —Irasue acarició la mejilla del hombre—. Deja de angustiarte por algo que no te afectará de ninguna manera.

—Sí, supongo que tienes razón —rio amargamente.

Irasue se acercó a Bankotsu y lo besó, acción que el hombre no tardó en responder con infinita hambre. Pero ella lo detuvo abruptamente y la mirada dorada se encontró con los ojos azulados.

—En mi habitación —ordenó.

—Como ordenes, condesa.

• ────── ✾ ────── •

Finca de los condes Devington. Devon, Inglaterra.

El atardecer estaba cayendo sobre las colinas verdes y el aire ahora era más fresco, algo que le agradaba a la señora de la mansión. Por ese motivo había decidido que el jardín sería el mejor lugar para charlar.

—¿Me buscaba, señora? —pronunció Kagura.

—Sí, por favor toma asiento —pidió amablemente.

Kagura no tuvo otra opción que hacer caso y se sentó enfrente de Rin.

Rin había aplazado su charla con Kagura bastante tiempo, al no encontrar la manera adecuada de abordar a la mujer. No podía negar que la presencia de la pelinegra era demasiado imponente y arrogante, un carácter difícil de manejar. Pero sabía que tenía que hacerlo de todos modos.

—Señorita Kagura, seré sincera y espero que usted también lo sea conmigo —se expresó Rin con total serenidad—. No pretendo ser de su agrado y mucho menos ser amigas, pero sí me gustaría que nuestro trato sea cordial, para que ambas podamos vivir con tranquilidad.

—¿A qué viene esto de repente? —preguntó la ama de llaves con cierto descaro.

La castaña suspiró al ver que Kagura no pretendía bajar la guardia ni por error. Así que no le quedó otra que ser más directa con la mujer que tenía enfrente de ella.

—Le guste o no yo soy la señora de esta casa, y por lo tanto me debe respeto, Kagura. —Aunque su tono dulce permanecía ahí, se mostraba más fría y enfadosa—. Así que, si no quiere que mi marido tome medidas respecto a sus actitudes, es mejor que modere su carácter.

—¿Trata de amedrentarme mediante Sesshōmaru? —El tonó de Kagura fue burlón.

—Créame que sí quisiera hostigarla mediante mi esposo, no sería conmigo con quien estaría hablando en estos momentos —corrigió Rin a la pelinegra—. Estoy siendo demasiado generosa con usted por sus hermanos. Pero si continua con esa actitud, no me temblara la mano para usar el poder que Sesshōmaru me ha otorgado libremente.

»Así que usted decide, Kagura. O comienza a comportarse como se debe o asuma las consecuencias de tus actos —advirtió sin una pizca de duda.

Los intensos ojos rojizos la miraban con un infinito desprecio, pero eso no hizo vacilar la convicción de Rin.

—¿He sido clara, señorita Kagura? —Trató de suavizar la voz.

—Bastante claro, señora.

—Bien —suspiró—, se puede retirar.

Kagura se levantó con el enfado contenido en todo su cuerpo, pero no se atrevió en llevarle la contraria de nuevo.

—Dos cosas más antes de que se vaya, señorita Kagura. —Rin la detuvo al recordar que había pasado algunas cosas por alto—. Primero: a partir de mañana seré yo quien tome control sobre las cosas personales de mi marido, entre ellas su habitación. Y dos: que esta sea la última vez en que se dirige a Sesshōmaru por su nombre de pila. Más respeto para el señor de la casa. —Hizo una pequeña pausa antes de continuar—. Ahora sí, ¿alguna duda, señorita Kagura?

—Ninguna, señora —dijo entre dientes la ama de llaves.

—Ya puede marcharse.

Rin escuchó el pesado taconeo por parte de la pelinegra y al cerciorarse de que la mujer se había alejado lo suficiente por fin exhaló fuertemente.

—Dios mío… —susurró con cierto cansancio.

La castaña realmente no quería ser tan rígida con Kagura, pero tanto Kanna como Hakudōshi le habían aconsejado que debía imponerse ante su hermana mayor, sino no lograría absolutamente nada y las cosas nunca cambiarían, o incluso podría escalar a algo mucho peor. Y si no quería que Sesshōmaru interviniera, tenía que imponer más autoridad a sus palabras y acciones.

—Rin. —La modula voz de Kanna se hizo presente.

—¿Kanna? —Giró levemente su cabeza para ver a la chica. No escuchó ni una sola pisada por parte de la joven criada.

Kanna caminó hasta el asiento en el cual estuvo sentada su hermana y miró directamente a Rin.

—¿Cómo le fue con mi hermana? —preguntó con su típica parquedad.

—No me dio muchas alternativas. —Rin no sabía cómo abordar la situación sin preocupar en el proceso a la joven albina.

—Entiendo —asintió la joven moza con un leve movimiento de su cabeza—. No se preocupe, ha hecho lo correcto. —Las palabras de Kanna fueron sinceras.

—Gracias, Kanna —le sonrió a su ahora compañera y amiga.

—No hay nada que agradecer. —La joven albina respondió de la misma manera, con una dulce sonrisa.

• ────── ✾ ────── •

Ya eran pasadas de la una de la madrugada y Sesshōmaru aún seguía en su despacho, terminando de firmar algunas autorizaciones y organizando algunas cuentas antes de entregárselas mañana a Hakudōshi. También tenía que checar la lista de la despensa que le entregó Kagura, ya que volvieron a extraviarse algunas cosas del almacén. Aunque esto último no le preocupaba del todo, ya que tenía una idea de lo que realmente estaba pasando.

También tenía en su cabeza la situación con Kohaku, ya que aún no abordaba al chico de manera directa. Había decidido dejar pasar un tiempo, para que el joven hombre no sospechara que ellos tenían que ver con la desaparición de Belmont. Sin embargo, Kōga no apartaba la vista del joven trabajador para evitar un nuevo envenenamiento.

Sesshōmaru cogió la tetera que descansaba en la pequeña bandeja, esperando de que aun hubiera un poco más de café, pero no había ni una sola gota. Se lo había terminado todo, parecía ser que se había bebido el amargo líquido como si de agua se tratase.

El toque a la puerta lo hizo salir de sus pensamientos y miró la puerta con el ceño fruncido. No estaba de humor de oír quejas a tan altas horas de la noche.

—¿Quién?

—Rin.

Sesshōmaru no pudo evitar el sorprenderse de escuchar la voz de su esposa. Parecía ser que no era el único sin poder dormir independientemente cual fuera el motivo.

—Pasa.

Rin entró al despacho mientras sostenía una pequeña bandeja con una tetera que desprendía el agradable aroma del café y con ello dos tazas limpias.

En ese momento, para Sesshōmaru, su esposa lucía como un pequeño ángel que se apiadaba de su situación laboral.

—Espero no te moleste —habló Rin al momento en que colocó la bandeja en una esquina del escritorio—. No he podido conciliar el sueño, y como me comentaste que tenías bastante trabajo por la noche, pensé… —Lo miró directamente a los ojos y le sonrió puerilmente—. Pensé que podríamos hacernos compañía.

—Ya veo.

—A menos que tú no quieras…

—Está bien —la interrumpió.

Rin asintió y empezó a servir la caliente bebida en ambas tazas.

—¿Azúcar y crema? —preguntó con infinita curiosidad.

—No.

—Bien —asintió tratando de no olvidar como le gustaba el café a su esposo.

Terminado su labor, la joven mujer colocó la taza en el pequeño plato que ya descansaba al lado de Sesshōmaru. Para enseguida hacer lo propio con ella misma.

Sesshōmaru no apartó ni un solo minuto la mirada de su mujer, encontrándose con nuevos detalles por parte de ella.

A diferencia de días anteriores, Rin ahora sujetaba su cabello en una coleta baja, lo que le permitía a Sesshōmaru el saber el largo del cabello castaño.

«Casi roza las caderas», memorizó.

El camisón seguía siendo blanco, pero ahora la bata era de color lila, algo nuevo. Era la primera vez que Sesshōmaru la veía vistiendo algo que no fuera blanco o negro.

—¿Ocurre algo? —preguntó la joven mujer al darse cuenta que su esposo no había dejado de observarla sin descaro.

—Nada.

—Bien. —Rin se acomodó mejor en su asiento y dio un trago a su bebida.

Sesshōmaru imitó a su mujer y decidió seguir trabajando, si no terminaría al inicio de la alborada.

El silencio reinó en el despacho, sólo de momentos se rompía cuando el peli-plata mojaba la pluma en tinta y escribía en los papeles que tenía enfrente o cuando agarraba la taza para beber un poco más de café.

Rin trataba de no mirar directamente a su cónyuge, pero le era imposible no hacerlo. Ya que por algún motivo desconocido hoy le parecía verlo más atractivo.

Sesshōmaru llevaba su cabello totalmente suelto, haciendo que las hebras platinadas cayeran pesadas sobre los hombros y espalda. Su rostro se veía un poco más vivo que otros días, no tan pálido, tal vez era cosa del café o la imaginación de Rin.

La mirada marrón bajó desde el grueso cuello hasta el amplio pecho que se dejaba ver sutilmente, ya que la camisa no estaba abrochada de los primeros tres botones. Enseguida su mirada cayó a las manos y antebrazos.

Las manos de Sesshōmaru eran grandes y sus dedos largos y delgados, pero se notaban que no eran suaves. Podía ver las pequeñas cicatrices y cierta resequedad por su labor en el campo y criadero de animales. Enseguida siguió las marcadas venas que subían del dorso de la mano hasta el antebrazo, algo que resultaba ser hipnotizante para Rin.

«¿Cómo era posible que unas simples venas le dieran un toque sensual al brazo de un hombre?», pensó por pura inercia.

En ese momento se dio cuenta que estaba pensando cosas que no debía, así que movió su cabeza sutilmente de forma negativa.

—Uf… —Exhaló Rin con bochorno.

—¿Qué ocurre? —La voz de Sesshōmaru retumbó por todo el despacho.

—No, nada —respondió rápidamente.

—Estás roja.

—¡Eh! —Rin dirigió su vista al rostro de su esposo. Y esté no dudó en señalarle la cara—. Oh, debe ser por el café, me ha dado calor —mintió.

—Hmm… —Sesshōmaru veía claramente el nerviosismo de su esposa—. Quítate la bata, ayudaría a refrescarte —le sugirió.

Rin llevó por instinto su mano hacia la bata y se cubrió aún más con ella. La sola idea de que Sesshōmaru viera su delgado cuello, su clavícula demasiado pronunciada o sus flacuchos brazos no solo le generaba vergüenza, sino que la inseguridad la invadía atrozmente.

Pero para el peli-plata aquella reacción le decía que su esposa era más mojigata de lo que había imaginado.

«Realmente estabas decidida a no casarte y que ningún hombre te tocara», pensó Sesshōmaru.

—¿Por qué no mejor lees algo? —decidió cambiar de dirección. No quería incomodarla más.

—Bueno… —sonrió amarga, aun recordaba el incidente del cuaderno.

—¿No hay nada que llame tu atención? —preguntó mientras su vista había vuelto a su trabajo.

—Hmm…

Rin tenía en la mira una que otra novela, pero no se sentía con ganas de leer historias tan largas.

—¿Me recomiendas alguno en especial?

La castaña había vuelto a capturar la atención de su esposo, quien levantó su mirada ambarina y la ancló en ella con fuerza.

—¿Cualquiera? —preguntó con doble intensión.

—Sí… —Rin calló de golpe al darse cuenta de la trampa—. Digo, hmm… —no supo que decir.

Sesshōmaru sonrió por sus adentros al ver como la mujer se complicaba incluso con una tonta broma.

—¿Has leído Frankenstein? —indagó Sesshōmaru.

—¿El nuevo Prometeo? No. —negó incluso con su cabeza—. Es de terror, ¿cierto?

—Algo…

—Nunca he leído nada de terror —confesó—, no quiero que me den pesadillas por la noche.

—Ya veo.

El silencio cayó abrumadoramente entre los dos, algo que pareció solo molestarle a Rin. Ya que al peli-plata le dio igual, ya que había vuelto a su trabajo.

Rin se mordió el labio con nerviosismo, no estando segura de lo que estaba por hacer.

«Él le dijo que le agradaban las mujeres sin ataduras, ¿no?», se cuestionó a sí misma.

«¡Es momento de que dejes de ser tan santurrona!», se recriminó.

Rin inhaló profundo para enseguida soltar el aire con lentitud, tenía que ser valiente y segura de sí misma. Sí quería aprovechar la oportunidad que su esposo le ofreció, tenía que empezar por el tema sexual. Ella estaba segura que si iniciaba por la parte más vergonzosa, lo demás sería pan comido.

—Recomiéndame…de tus libros —le pidió con una pequeña vacilación en su voz.

—¿Mis libros? —Sesshōmaru volvió a verla.

—Tus libros —remarcó y con su dedo apuntó al librero que estaba al lado del escritorio.

Sesshōmaru se recargó en el respaldo de su asiento y clavó su meticulosa mirada dorada en la pequeña mujer que tenía frente a él.

—¿Segura? —la interrogó.

—¡Sí! —dijo Rin con firmeza.

Sesshōmaru se levantó de su asiento y se dirigió hacia al librero y no tardó más que un segundo para escoger el libro adecuado. Así con cuaderno en mano, el hombre caminó hasta ella y se lo entregó.

Rin miró primero a su esposo y después al libro, el cual era realmente bonito. Las tapas eran negras, pero su decorado era dorado, unas pequeñas joyas resaltaban a las esquinas y en centro del libro estaba el nombre de la obra.

El jardín perfumado—pronunció Rin.

—Es bastante reflexivo a pesar de su contenido sexual —expresó Sesshōmaru sin tapujos—. Tal vez termine ayudándote de alguna manera.

—¿Te gusta este libro? —Rin había dejado de titubear y miró a su esposo, el cual estaba recargado en el escritorio.

—Tal como gustarme, no lo sé —fue sincero—. Pero las veces que lo he leído mi opinión ha ido cambiando conforme he madurado.

—Entiendo. —Volvió su vista al libro y acarició suavemente la caratula—. Si yo tuviera dudas al respecto, ¿puedo recurrir a ti?

Rin se sorprendió al ver que su cónyuge volvió a acercarse, pero ahora se hincó ante ella, quedando casi cara a cara.

—Por supuesto —aseguró con una ladina sonrisa—. Después de todo no iba a permitir que recurrieras a otro hombre.

—¿Te molestaría si eso pasara? —preguntó temerosa, pero al mismo tiempo curiosa.

—Sí.

—¿Por qué? —Rin sabía que la respuesta era obvia, pero quería escucharlo de la misma voz de Sesshōmaru.

—Porque eres mi mujer —respondió con un tono aterciopelado—. Y solo yo puedo saciar tus dudas. Ya sean intelectual o físicamente. —Una sonrisa endemoniadamente sensual se dibujó en los labios de Sesshōmaru—. Es mi deber como esposo el saciarte hasta que ya no puedas más, Rin.

—Eso ha sido… —Rin no pudo ocultar su sonrojo—. Ha sido bastante claro.

—Lo ha sido.

—Gracias —dijo sin apartar la mirada de su esposo.

—Lo que necesites.

Sesshōmaru agarró con delicadeza una de las manos de Rin y le besó los nudillos con sutileza, sin apartar la vista de los sorprendidos ojos marrones.

Continuara…

...

Notas:

1.- Frankenstein o el moderno Prometeo novela de Mary Shelley (1797 - 1851).

2.- El jardín perfumado de Umar ibn Muhammed al-Nefzawi.

...

¡Hola a todos!

Aquí les digo el siguiente capítulo el cual sea de su total agrado.

Quiero darle gracias a todas las personas que leen, siguen y comentan, especialmente a: kikyou1312, Miss Taishu, bucitosentubebida, naomi-nakuru, Rinmy Taisho, Rucky, Asura Aoi, Marian Muxtay, Eliana, lucip0411, Lin Lu Lo Li, Any-chan, Merely Emna y *Guest*. Gracias por sus lindos comentarios y su leal apoyo.

Nos leemos el próximo viernes.

Atte: La autora y la beta.