9

Si quieres vivir feliz, con el corazón alegre,

no te cases, pero si no te gusta la soltería,

conténtate con una sola esposa,

pues una basta para agotar a dos ejércitos.

Fascinación.

Esa era la palabra correcta con la que se sentía familiarizada Rin en esos momentos de extrema duda y curiosidad.

Con cada día que pasaba conocía un poco más a su marido, pero al mismo tiempo enormes enigmas aparecían una tras otra, desvelándole que no tenía conocimiento de nada sobre el hombre que la tomó como su compañera de vida.

Rin tenía ganas de conocer todo lo que rodeaba a ese hombre, desde sus actitudes del día a día, como su pasado que parecía seguir viviendo en el ojo del huracán, sin olvidar ese lado más primitivo, salvaje y exótico que era su propia sexualidad. La joven quería beber todo el conocimiento que parecía ser que su cónyuge estaba dispuesto a regalarle especialmente a ella.

Rin dejó el libro sobre el buró y cogió el reloj de latón, para darse cuenta que ya eran pasadas de las dos de la noche. Y ella estaba ahí, sin poder conciliar el sueño ante todas las dudas que comenzaron a florecer dentro de ella.

«¿Quién era realmente Sesshōmaru? ¿Aquel niño que pareció vivir penurias al lado de un abuelo cruento y vil? ¿Quizás ahora era una persona que tenía el control absoluto de su vida y de otras más entre sus manos? ¿O tal vez se trataba de un hombre que encontraba fascinante darle poder a una persona que jamás lo había podido obtener de manera libre?»

Pero al mismo tiempo la joven esposa no se sentía tan segura de si sería bueno averiguar más de lo que ya sabía. Temía tocar fibras que pudieran quebrar al imponente hombre; tal vez terminaría dándole más poder del que ya posee entre sus manos; quizás él era la llave para liberar a esa mujer que Rin le tenía tanto miedo de enfrentarse cara a cara.

Sesshōmaru era un enigma de carne y hueso, y ella estaba deseosa y temerosa de descubrirlo.

Rin se levantó de la cama y se colocó las pequeñas sandalias blancas, para enseguida ponerse la bata. Necesitaba salir de su habitación, que con cada pregunta que rondaba en su cabeza el lugar se volvía muchísimo más sofocante y cada vez le costaba más respirar.

—¿Seguirá despierto?

La joven esposa sabía que su marido estaba en su habitación, ya que lo había escuchado asearse en el baño y después de ahí ya no salió de su recámara. Pero el otro lado estaba totalmente silencioso.

Rin abrió la puerta del baño y avanzó con lentitud hasta el otro extremo, a la puerta que daba a la habitación de su esposo.

Dio dos pequeños golpes a la puerta de madera y con voz baja habló:

—¿Sesshōmaru sigues despierto?

—Sí.

A Rin se le aceleró el corazón al escuchar ese escueto «sí», porque todo lo que esa masculina voz pronunciaba parecía estar bañada en seda.

—¿Podríamos platicar un rato? —preguntó aun dudosa, con su temblorosa mano posada en el picaporte de la puerta.

—Entra.

—¿Estás visible? —Rin prefirió no arriesgarse a ver más allá de lo que debía.

—Hmm…

Rin escuchó cómo los resortes de la cama crujieron ante el movimiento de Sesshōmaru, para enseguida escuchar la madera respigar al tener contacto con los pies del hombre.

La joven esposa se dio cuenta que su marido encendió la luz, ya que se colaba por la parte baja de la puerta. Y en ese momento Rin apartó su mano de la perilla al ver que él la estaba girando por el otro lado.

—Pasa.

La puerta se abrió y dejó ver al hombre que se vestía una sencilla bata negra y, aunque ayudaba a cubrir el cuerpo casi desnudo, aun dejaba ver los blanquecinos pectorales de los cuales su marido era poseedor.

—¿Realmente no lo desperté? —preguntó algo cohibida al entrar a la recámara de su esposo.

—No —su respuesta fue seca—. ¿Sigues sin conciliar el sueño?

—Sí, creo que tengo muchos pensamientos en la cabeza últimamente.

—Debería conseguir láudano —dijo Sesshōmaru.

—No es necesario, porque no lo consumo ni por error —le informó a su marido.

—Conocimientos de la hija de un doctor —atinó Sesshōmaru en decir.

—Algo así. —Rin sonrió.

—Toma asiento. —Sesshōmaru le ofreció abiertamente su cama—. La silla que tengo aquí no es nada cómoda —le informó.

—Entiendo…

Rin con el carmín sobre sus mejillas y su cuerpo ligeramente temeroso tomó asiento en la gran cama donde su esposo dormía cada noche. Sesshōmaru cogió la dichosa silla y la colocó frente a ella, para tomar asiento enseguida.

—¿Hay algo que quieras contarme? —preguntó Sesshōmaru con sequedad.

—Yo…

«¿Cómo fue tu infancia?», fue lo primero que se le vino a la cabeza, pero sabía bien que no era el momento.

—Yo he empezado a leer el libro que me entregaste —prefirió irse por lo más escandaloso, pero menos personal.

—¿Y qué te está pareciendo?

—Es algo… ¿pomposo? —Una pequeña risa escapó de sus labios—. Esperaba palabras más crudas.

—Es una oda al sexo, es normal que sea empalagoso —reafirmó Sesshōmaru—. Pero qué poema no es exagerado en sí.

—Supongo que tiene razón. —Rin colocó uno mechón de cabello detrás de su oreja—. Sólo es que me cuesta relacionarte con ese tipo de lectura.

—Sí, no es mi lectura predilecta —fue sincero.

—Pero aun así le agrada, ¿no es así? —indagó curiosa la joven mujer.

—Sí.

—¿Usted conoce el medio oriente? —Se animó a cuestionarlo.

—No.

—Oh…

—Parece que te he desilusionado —dijo Sesshōmaru con una sonrisa torcida.

—No es eso —negó con su cabeza—, solo me parece extraño que posea una reliquia de una cultura muy diferente a la nuestra.

—Fue un regalo que me hizo un Jeque que conocí hace un par de años —le comentó el origen del libro—. Lo tengo conmigo desde entonces.

—Entiendo… —Hizo una pequeña pausa antes de continuar hablando—. ¿Lo demás libros de ese estilo también fueron regalos?

—La mayoría —respondió—. Kirinmaru tiende a relacionarse mucho con ese tipo de gente y termino conociéndolos. Si al final soy del agradado de esas personas, por lo general me dan ese tipo de regalos, para ellos es como uno de sus mayores tesoros.

—¿Te gusta la cultura de esas personas? —siguió indagando.

—No es de mis predilectas. —En sus palabras no hubo mentira, ni mucho menos en la mirada dorada—. Discrepó en muchas cosas que para ellos son reglas fundamentales.

—Ellos tienen harems, ¿no es así?

—Sí, tienen concubinas —reafirmó Sesshōmaru las palabras de Rin.

—Hay un poema que relata la vivencia de un hombre que tiene dos esposas… —mencionó con interés.

—Sí.

—En el menciona que hacía desdichadas a las dos mujeres…

—Sí.

—Dice que un hombre no es capaz de dar el amor suficiente. ¿No va eso en contra del concubinato?

—Nadie a dicho que esas mujeres estén satisfechas con su amante, Rin.

—¿Un hombre no puede abastecer a un grupo de mujeres?

—No puede.

—Suena muy seguro de su respuesta, es como si usted…

—Nunca he tenido un harem sí es lo que se te está ocurriendo —la corrigió al momento—. Pero como hombre que soy conozco mis límites, por lo tanto, conozco los de los demás.

—Está siendo objetivo con algo que no lo es… —Hizo una pequeña pausa—. ¿No es eso contradictorio?

—No estoy midiendo con la misma vara a todos los hombres. Es normal que haya hombres que destaquen sexualmente que otros. Aun así, es imposible que un solo hombre de abasto a un grupo de mujeres que conocen su propia sexualidad.

—No entiendo. —Rin no podía ocultar su nulo entendimiento sobre el tema.

—No es cuestión de orgullo o vanidad masculina, Rin. —Sesshōmaru trataba de encontrar las palabras correctas, para que su esposa entendiera su punto de vista sobre el tema—. Es una cuestión naturalmente biológica, y contra las leyes de la naturaleza no se puede pelear.

—¿Es decir? —Rin no ocultó su curiosidad en pudor, y sus largas pestañas aletearon grácilmente ante la expectación del momento.

—El sexo del hombre sigue totalmente ligado al de la procreación. —Sesshōmaru decidió ser más directo con sus palabras—. El orgasmo y la eyaculación del hombre va de la mano, se da para dar una vida en el vientre de una mujer. No hay más objetivo que el simple placer de procrear, Rin.

»Aunque físicamente el hombre es más resistente que la mujer, en cuestiones de sexo las cosas no son así. El hombre es primitivo y básico, cumple con el objetivo y deja todo lo demás de lado. Para que un hombre pueda durar toda una noche activa sexualmente, por lo general debe tener intervalos de descansos entre encuentro o de ayuda de otros medios. Como los fármacos, por ejemplo.

—Eso suena muy laborioso y cansado —dijo no muy segura la joven esposa.

—Lo es.

—¿Tú has…has durado toda una noche de intimidad?

—Sí.

—¿Con ayuda externa?

—No consumo fármacos —aclaró Sesshōmaru—, pero sí he recurrido a otros medios para satisfacer a mi pareja.

—¿Qué clase de medios? —Rin pasó saliva con nerviosismo, sin apartar los ojos marrones de los dorados.

—Mi boca, los dientes, la lengua, con mis manos y dedos, y a veces con juguetes sexuales.

—El libro también menciona esos…esos métodos.

—Lo sé.

—Entiendo… —Rin apretó la bata con sus manos y bajó la mirada al no poder seguirle el juego a la mirada ambarina—. ¿Has estado con más de una mujer a la vez?

—No.

—¡Oh! —Rin no pudo ocultar su estupor ante tal respuesta, ya que esperaba una afirmación.

—Te ves desilusionada, Rin. —Una retorcida y sensual sonrisa volvió a dibujarse en el rostro de Sesshōmaru.

—No es eso… —Se rascó la mejilla con nerviosismo—. Es que…

—Soy un hombre muy posesivo, Rin. No me gusta compartir a mi pareja con nadie —se sinceró—. Ni siquiera con otra mujer.

—¡Oh! —Rin no sabía más que decir, el calor la estaba agobiando y su boca estaba empezando a resecarse más de lo habitual—. En el mismo poema dice que una mujer sí puede…sí puede complacer a más de un hombre a la vez, ¿eso también es mentira?

—No es mentira, la mujer si puede hacerlo contrario al hombre.

—¿Por qué?

—Porque el sexo de la mujer no está atado a ningún tipo de restricción. Y porque es más laborioso provocar un orgasmo femenino que uno masculino.

—Así como lo menciona, pareciera que somos exageradamente complejas —rio torpemente.

—Lo son —reafirmó sin dudar—. Hay más mujeres que mueren sin haber experimentado jamás un orgasmo, a pesar de haber tenido relaciones sexuales a lo largo de su vida.

—Eso suena muy…triste. —Rin sintió en ese momento una pena que le acongojo hasta el alma.

—¿Sabes por qué esta sociedad tacha de ninfómanas a las mujeres que disfruta de su sexualidad?

—No lo sé.

—Porque a los hombres no les conviene que las mujeres descubran que son unos ineptos en cuestiones de cama. —La sonrisa de Sesshōmaru desprendía la más pura burla—. Cuando la mujer es consciente de que tiene el control mayoritario del sexo, es cuando comprende que ha vivido en un injusto engaño tan lamentable y penoso con esos engorilados trajeados que se la dan de expertos en temas de mujeres. Aquí sí se trata de puro orgullo y vanidad masculina.

—Eso es…ridículo. —Toda la fascinación que había vivido Rin hace unos momentos se esfumó con la verdad dada por Sesshōmaru.

—Así de frágil es el hombre, Rin.

—Pero yo he conocido a muchas mujeres… —calló abruptamente.

—Has conocido a mujeres aristocráticas gozar de su sexualidad —terminó por ella—. Veo que ya lo entiendes.

—Son mujeres egoístas.

—Lo son —asintió—. Mientras menos demanda en el mercado, mejor para ellas. Aparte, a veces son las mismas mujeres más perversas que muchos hombres mezquinos.

—Disfrutan de subyugar a otras mujeres —dijo Rin.

—Es lo que el poder provoca, un placer desmedido y sin lamentaciones.

—Eso es muy cruel. —Rin no podía ocultar su descontento, ella había visto las dos caras de la moneda cuando ayudaba a su padre en el consultorio.

—La crueldad llega hasta donde uno lo permite, Rin.

—Suena como si… —Los ojos marrones volvieron a encontrarse con la fría mirada dorada.

Sesshōmaru no afirmó ni desmintió los pensamientos de Rin, dejándola con esa nueva incertidumbre que le carcomería la mente.

• ────── ✾ ────── •

La tarde había llegado nebulosa en el poblado de Devon, amenazante a que en cualquier momento una fuerte llovizna cayera sobre de ellos. Pero ahí estaban ellos dos, montados en el carruaje yendo directamente hacia el pueblo, para que Rin lo conociera y a la vez se fuera familiarizando al lugar que ahora era su hogar.

Sesshōmaru no había dejado de ver a su esposa desde que la vio bajar de las escaleras de la mansión, portando uno de los vestidos que la condesa le había regalado. Y podía jurar que nunca había lucido tan hermosa ante la mirada de su esposo como lo hizo en ese momento.

—No dejarás de mirarme, ¿verdad? —dijo Rin, la cual tenía su vista perdida por la ventanilla del carruaje.

—¿Te molesta?

—No lo sé —respondió algo nerviosa—, no estoy acostumbrada a ser el centro de atención de nadie.

—¿Ni de tu esposo? —cuestionó Sesshōmaru con sarcasmo.

—Nunca me has prestado tanta atención como ahora. —Viró a verlo, los ojos marrones se encontraron con los ojos bañados de oro líquido.

—El morado te va bien —soltó sin más.

—¿Eso es un cumplido? —Rin volvió su atención al hombre que estaba sentado a su lado.

—Lo puedes tomar como mejor te parezca.

—¿Tanto te cuesta decir que sí? —Rin lo miró con la ceja alzada con indignación.

—¿Quieres que te halague? —preguntó Sesshōmaru con un tonó provocativo.

—No lo sé…

El carruaje se tambaleó y Rin se inclinó por inercia hacia Sesshōmaru tratando de retomar el equilibrio. La pequeña mano tomó como apoyo la pierna del peli-plata, provocando que Sesshōmaru se tensará ante el cálido tacto de la mano enguantada. Pero ella no fue capaz de ver lo que había provocado en su marido con ese pequeño gesto.

—Lo siento —se disculpó la joven esposa.

—¿Por qué te disculpas?

—Yo… —Rin no supo que responder.

—Solo deja de hacerlo. —Los ojos dorados estaban clavados en su esposa.

—Lo… —Rin cortó tan rápido se dio cuenta que iba a disculparse de nuevo. Retiró la mano de la pierna de su esposo y volvió a mirar hacia la ventanilla.

—¿Es así como has estado viviendo toda tu vida? —la cuestionó su esposo sin ningún tipo de tapujo.

—¿Qué? —Rin giró a verlo con el ceño ligeramente arrugado.

—Has vivido tu vida disculpándote en nombre de tu padre —arrojó sin medir el tono de su voz. Sesshōmaru estaba molesto y no sabía bien la razón.

—¿Me lo estás reprochando, Sesshōmaru? —Rin no ocultó su molestia, había tocado una fibra sensible.

—Sí.

Rin apretó con fuerza sus labios provocando que la pequeña herida que tenía en el labio inferior volviera abrirse y la sangre fluyera de nuevo.

—Estás sangrando. —Sesshōmaru se dio cuenta al instante.

—No pasa nada. —Rin sacó un pañuelo de su bolso.

Sesshōmaru le quitó el pañuelo y la sujetó de la barbilla, orillándola a que lo viera directamente a los ojos.

—Puedo hacerlo yo…

—Sssh… —la calló.

El peli-plata empezó a limpiar con suavidad la herida, y aquello en vez de molestarle lo estaba provocando de manera insana. Los ojos dorados se habían perdido en la carnosidad del labio inferior y en ese color rojizo que le recordó a una jugosa cereza.

La idea de poseer el labio inferior para mordisquearlo, chuparlo y lamerlo se hizo cada vez más fuerte; y lo que vino después a la mente de Sesshōmaru logró que hasta los testículos se le tensaran de solo imaginarse lo que podría hacerle a su mujer en esa pequeña cabina.

«¿En qué momento Rin se volvió en una tentación tan palpable para él?», se preguntó Sesshōmaru.

—Sesshōmaru —musitó Rin su nombre con una sedosidad embriagante.

Y cuando sus labios estaban por rozar los de su esposa el carruaje se detuvo abruptamente y la voz del conductor hizo eco en el interior de la cabina.

—¡Hemos llegado, patrón!

Rin se alejó de su esposo con nerviosismo, con su respiración alterada y con las mejillas encendidas de rojo por la excitación del momento.

—Gracias —dijo Rin en un murmuro.

Sesshōmaru le dedicó una ultima mirada a Rin, mientras en su mente se le ocurría las diferentes maneras de castigar al chofer por su inoportuna interrupción.

El peli-plata salió enseguida y le tendió la mano a su mujer, para ayudarla a salir y bajar del carruaje, ayuda que ella aceptó aun con cierto nerviosismo recorriéndole el cuerpo.

Saber que su mujer no le era indiferente hacia que el pecho se le hinchara de orgullo y que su mente le recordara que había un hotel en el pueblo. La idea de rentar una habitación para saciarse de su mujer en ese mismo instante estaba cobrando cada vez más fuerza. Pero sabía que no podía hacerlo, porque ella no estaría abierta a esa posibilidad, al menos no por el momento.

Rin ajena a los pensamientos de su marido, miró el pequeño pueblo que se mostraba mucho más limpio y cuidado que la mismísima Londres. Las personas a su alrededor no ocultaron su curiosidad y los miraron. Era una obviedad que ellos conocían a Sesshōmaru, pero no a ella, aunque podían intuir de quién se trataba.

—Ignóralos —le susurró Sesshōmaru al oído.

—Estoy bien —respondió ella al momento en que agarró a su esposo del brazo.

—¿No te avergüenza que tu esposo sea un bastardo? —Sesshōmaru la retó con la mirada. Rin no tardó en verlo con esos expresivos ojos marrones.

—¿No te avergüenza estar casado con la hija de un ludópata? —Le devolvió la pregunta con sarcasmo.

—No —respondió Sesshōmaru.

—Entonces ya tienes también mi respuesta —le sonrió a su esposo—. Baja la cabeza —le dio una peculiar orden a su marido. Él accedió y se agachó.

Rin pasó sus dedos enguantados entre las hebras platinadas de su flequillo, acomodándolo de una manera suave y gentil.

—Listo —le sonrió a su esposo. Ella sabía que la gente los miraba y empezarían a murmurar sobre ellos.

Sesshōmaru le dio una torcida sonrisa a su esposa al verla actuar de esa manera, provocando que la idea de llevársela al hotel se volviera más palpable para él.

—¿A dónde iremos primero? —preguntó la joven esposa mientras comenzaron a caminar.

—La estación de correos —le respondió el peli-plata con un tono agradablemente afable.

—Bien.

• ────── ✾ ────── •

Rin terminó de persignarse y se levantó del banquillo en donde estaba hincada. Ella se había quedado en la iglesia, para platicar con el padre de la parroquia. Mientras Sesshōmaru se había dispuesto a ir a las oficinas gubernamentales del pueblo para dejar algunos cheques.

Pero ahora estaba ahí sola, esperando a que su esposo llegara por ella y partir hacia su hogar. Así que dio camino hacia la entrada de la iglesia y el agradable aroma de tierra mojada se hizo presente en su nariz. La lluvia había empezando a caer sobre el poblado de Devon.

—Debí traerme el paraguas —se regañó.

—¡Buenas tardes, señora Devington! —La saludó una voz escalofriante.

Rin levantó la mirada y se encontró con un hombre de cabellos blancos, mirada rojiza y una sonrisa retorcida que le hizo helar la sangre al instante. Frunció el entrecejo al sentirse de alguna manera amenazada por la presencia del sujeto.

—Oh, disculpe mi mala educación, mi señora. —El hombre se acercó a Rin. Ella retrocedió los pasos que él había avanzado—. Déjeme presentarme. —Hizo una pequeña pausa y enseguida se presentó—. Soy Magatsuhi Williams, primo de la condesa Irasue Devington —hizo una reverencia ante Rin.

Aquella presentación tan formal la hizo sentir aún más incómoda. Algo en su interior le gritaba de que se fuera de ahí lo más rápido posible.

—Veo que es una mujer de pocas palabras. —El hombre la miró directamente a los ojos.

—No hablo con extraños.

—Pero no soy un extraño, mi señora. Ahora somos parientes políticos. —Subió el primer escalón de la iglesia.

—Eso no cambia el hecho de que es un desconocido para mí. —Su voz se volvió inexpresiva—. Así que le pido que me deje sola.

—¿A caso la he asustado, mi señora? —dijo con un tono desagradablemente burlón.

—La señora te dijo que la dejes en paz, Magatsuhi.

Rin y Magatsuhi dirigieron su mirada hacia la entrada y se toparon con un rostro conocido para ambos. Era Kirinmaru que sostenía con su mano enguantada el paraguas que lo cubría de la lluvia.

—Duque, tanto tiempo sin verlo. —La atención del mezquino hombre se enfrascó en el hombre de cabellos rojizos.

—Me gustaría mentir y decir que me alegra verte —habló Kirinmaru—, pero mi nivel de hipocresía no llega a tanto.

—No espero menos de usted, duque —rio Magatsuhi.

—Hazte un favor, Magatsuhi —expresó el duque—. Lárgate de aquí antes de que llegue Sesshōmaru.

—¿Me está amenazando?

Rin pasó su mirada de un hombre a otro, podía sentir la desagradable tensión que existía entre los dos. Y temía que pudiera terminar muy mal si no hacia algo para evitarlo.

—Tómalo como mejor te apetezca. —Los fríos ojos esmeraldas estaban retando a los ojos rojizos.

La joven mujer dio caminó hasta Kirinmaru ignorando abiertamente a Magatsuhi en el proceso.

—Vámonos, señor Kirinmaru —le pidió Rin en una suplica al hombre que ahora la miraba fijamente a ella—. Por favor.

Kirinmaru sintió como Rin lo sujetó de su mano libre y pudo sentir el temblor que recorría el cuerpo de la joven mujer.

—¡Por favor! —insistió Rin.

El duque no pudo negarse y agarró la mano de Rin con ternura, como si con ello pudiera calmar el inquieto corazón de la mujer.

—Vamos, mi señora. —Los dos ignoraron a Magatsuhi y dieron camino hacia las afueras de la iglesia.

—Gracias —susurró Rin.

Los dos caminaron con parsimonia sin mirar hacia atrás ni por equivocación. Rin aun sentía que su corazón se le quería salir del pecho, y anhelaba encontrarse lo más antes posible con Sesshōmaru.

—Está temblando, mi señora —dijo Kirinmaru.

Se detuvieron debajo de un puesto y el duque cerró el paraguas dejándolo recargado en la pared. Enseguida el hombre se quitó el saco y lo colocó sobre los hombros de Rin.

—Señor Kirinmaru… —Rin lo miró sorprendida.

—Por favor, no lo rechace —le sonrió con ternura—. Sesshōmaru me mataría si se da cuenta que no he cuidado bien de su mujer.

—¡Gracias! —Rin se sintió reconfortada ante la calidez y el agradable aroma a lavanda y almizcle que desprendía la prenda de Kirinmaru.

—Me hubiera gustado haberle ahorrado tan desagradable presentación —se disculpó el duque.

—No se lamente, llegó en el momento adecuado. —A pesar de sus palabras, Rin no podía esconder su perturbación—. Ese hombre era…

—Le pido que evite de cualquier manera el tener contacto con él, mi señora. —Kirinmaru la cogió de los hombros y la orilló a verlo directo a los ojos—. Magatsuhi es peligroso.

—Lo sentí —fue sincera.

—¿Por qué Sesshōmaru la dejó sola? —Kirinmaru no podía ocultar su preocupación por la situación vivida.

—No me dejó sola, me quedé platicando con el padre de la parroquia. Pero después él tuvo que ir a atender otros deberes que tenía y…

—Rin. —Su voz sonó severa.

—¿Sí?

—Prométame que jamás volverá a cruzar palabra con ese hombre. —La agarró con firmeza de los hombros—. ¡Prométamelo!

—Lo prometo. —No dudó en dar su respuesta.

Rin sintió una opresión en el pecho al ver la agonía que desprendía los ojos esmeraldas, era como si en cualquier momento el hombre frente a ella se derrumbaría ante el llanto.

«¿Qué daño le hizo ese hombre para que sufra de esta manera?», Rin quería preguntárselo, pero sabía que no podía hacerlo.

—Su respuesta me reconforta, mi señora. —Kirinmaru le dio una triste sonrisa.

—Kirinmaru…

—¿Puedo saber qué es lo ocurre aquí? —La voz de Sesshōmaru se impuso ante ellos.

Kirinmaru la soltó y ella por inercia avanzó hasta su esposo y lo abrazó ocultando su rostro en el pecho de su marido.

—¿Rin? —El peli-plata no dudó en cubrir con sus brazos a su esposa.

—Magatsuhi ha vuelto —le informó Kirinmaru.

Aquella información alteró a Sesshōmaru de inmediato, cogió a su esposa de los hombros y con su mirada empezó a buscar el más mínimo rasguño en el cuerpo de su mujer.

—¿Te hizo algo ese sujeto? —Los intensos ojos dorados penetraban a los ojos marrones.

—Estoy bien —aseguró—. El señor Kirinmaru me protegió.

—No paso nada —intervino el duque—. Pero creo que nuestra dulce dama necesita algo que le caliente el corazón. —Kirinmaru había recuperado la templanza—. Entremos a la cafetería, les invito un té.

—Me encantaría —asintió Rin. Y con ello Sesshōmaru no pudo negarse.

Los tres entraron a la cafetería y fueron atendidos rápidamente, por uno de los mozos que los guío a una de las mesas que estaban al lado del gran ventanal que daba hacia las calles adoquinadas de pueblo de Devon.

—Señor Kirinmaru, su saco. —Rin intentó regresarle la prenda a Kirinmaru, pero este la detuvo.

—Por favor consérvelo, mi señora —le pidió amablemente—. El agua a traído consigo un clima bastante frío, no me gustaría que se enfermase.

Sesshōmaru agarró el sacó y volvió a colocarlo sobre su esposa, era como si no le importara que fuera la prenda de otro hombre el que le diera cobijo a su mujer.

—Haz caso. —La miró directamente a los ojos.

—No soy una niña, Sesshōmaru. —Rin frunció ligeramente el ceño.

Kirinmaru miró tan peculiar escena y sonrió contento por ello. Nunca pensó que llegaría a ver al hijo de su mejor amiga en una situación de ese estilo.

—¿A qué viene esa desagradable sonrisa? —preguntó Sesshōmaru al duque.

—No importa cuánto tiempo pase, sigues siendo un crío ante mis ojos, Sesshōmaru —dijo Kirinmaru con un tono divertido.

Rin miró cómo su esposo alzó una ceja ante tal comentario, y ella no pudo evitar el sonreír al ver que Sesshōmaru no sabía cómo reaccionar a la calidez que le ofrecía Kirinmaru.

• ────── ✾ ────── •

La noche había llegado y la lluvia persistía hasta el momento, parecía ser que el agua seguiría así durante toda la madrugada.

Rin entró al despacho con una tetera llena de chocolate caliente, mientras su esposo estaba sentado en la silla revisando unos documentos.

—¿Vas a desvelarte de nuevo? —le preguntó su esposa mientras colocaba la charola de plata sobre el escritorio.

—No, sólo necesitan mi firma —dijo sin apartar la mirada de los papeles que tenía en su mano.

—¿Sigues enojado? —se animó a preguntar.

—No estoy enojado, Rin.

—Pero el tema de ese…hombre te ha tenido tenso desde entonces. —Rin tomó asiento frente al escritorio.

—No debí dejarte sola. —Sesshōmaru seguía molesto consigo mismo—. Si te hubiera pasado algo…

—Pero no pasó —trató de tranquilizarlo.

—Magatsuhi es un hombre peligroso —volvió a advertirle.

—Sesshōmaru… ¿Puedo hacerte una pregunta? —El semblante de Rin era totalmente serio.

—¿Qué cosa? —Sesshōmaru por fin levantó la mirada y la posó sobre su esposa.

—Ese hombre… —Rin se mordió el labio con nerviosismo, olvidándose que aún lo tenía resentido por el corte que tenía—. ¿Ese hombre lastimó al señor Kirinmaru?

—¿Kirinmaru te contó algo? —Sesshōmaru se veía renuente a contestar.

—No, pero su mirada lo decía todo.

—Hmm…

—Sesshōmaru… —Rin no se daría por rendida, quería una respuesta para terminar de unir los cabos sueltos.

—Sí —respondió el peli-plata.

—¡Dios mío! —Rin apretó los brazos de la silla con fuerza—. ¿Y a…ti?

—No.

—Pero sabes de lo que es capaz…

—Sí.

Se hizo presente un desagradable silencio que sólo fue roto por el fuerte trueno que retumbó por toda la finca. Rin tembló ante tal acción de la naturaleza y la información que había obtenido.

Sesshōmaru se levantó de su asiento y se acercó a Rin, y la hizo levantarse al cogerla de los hombros con firmeza. De esa manera los ojos dorados se prensaron de los ojos marrones.

—No toques jamás este tema enfrente de Kirinmaru —le advirtió—, a menos que salga de su propia boca, ¿lo entiendes?

—Mi imprudencia no llega tan lejos, Sesshōmaru. —De alguna manera se sintió ofendida. Pero al mismo tiempo entendía el porque su esposo lo mencionaba. Sesshōmaru trataba de proteger a Kirinmaru a su manera.

—Rin.

—¿Sí?

—Tu labio esta sangrando de nuevo —le informó.

—¡Oh! —Rin llevó por instinto sus dedos a su labio inferior y la herida ardió ante el contacto.

—Deja de hacerte daño —la regañó.

—No lo hago a propósito… —calló al ver el rostro de su esposo tan cerca del suyo.

—Haz estado tentándome desde que nos subimos al maldito carruaje.

—¿Eh? —Rin no tenía idea de lo que su cónyuge estaba hablando—. Sesshōmaru… —Rin llevó sus dedos a los labios del peli-plata. En ese momento notó lo extremadamente suaves que eran los labios de su marido—. Tus labios son tan tersos como el pétalo de una flor —musitó maravillada.

Sesshōmaru abrió sutilmente su boca y con la punta de la lengua lamió los dedos de su esposa. Rin dio un respingo ante el contacto, pero Sesshōmaru la tenía aprisionada entre sus brazos.

—¿Qué…qué haces? —Los nervios estaban más sensibles de lo normal.

—Voy a besarte, Rin —afirmó, mientras una de las manos recorrió desde la espalda baja y subió hasta llegar a la nuca la cual sostuvo con firmeza.

La columna vertebral de Rin se erizó ante la acción de su esposo y un gemido escapó de sus labios.

—Aun no te beso y ya estás gimiendo, cariño —dijo Sesshōmaru con malicia.

—¿Cómo me has…? —Rin no pudo terminar de hablar al sentir como la sedosa lengua de su esposo sobre su labio inferior.

—Cariño —pronunció sobre los labios de su mujer—. ¿O prefieres que te llame amor?

—Yo… —Rin se sentía totalmente embriagada a pesar de no haber probado ni una gota de alcohol.

—Abre más la boca para mí, Rin —le ordenó con suavidad.

Rin no entendía lo que estaba pasando, pero hizo caso a las palabras de su marido.

Sesshōmaru sonrió al ver lo obediente que estaba siendo su mujercita en esos momentos, y no pretendía perder la oportunidad de ser el primer y el único hombre en poseer esos labios tan tentadores.

Sus labios se tocaron en plenitud y sus lenguas se rozaron sin vergüenza. Rin era inexperta, pero Sesshōmaru sabía guiarla de manera adecuada. Y aquel beso que empezó como una provocadora caricia, profundizó en un anhelante deseo de posesión.

Rin sintió que en cualquier momento se desmayaría entre los brazos de su esposo. Sesshōmaru estaba decidido en robarle por completo el aliento.

La lengua del peli-plata profundizó aún más en la húmeda cavidad y tentó a la lengua de su mujer a que jugara con él. El contacto de sus lenguas era húmeda y caliente, como si su saliva fuera seda derretida.

Rin gimió de nuevo, y Sesshōmaru sintió como su pene se estiró de solo escucharla. Y de repente el sabor de la sangre volvió a hacerse presente, provocando que se viciara por el labio inferior. Y al tomarlo entre sus labios empezó a chuparlo y mordisquearlo sin ningún tipo de clemencia.

—Sessh… ¡Dios! —Rin estaba totalmente perdida ante las caricias otorgadas por su esposo.

Sesshōmaru sintió como las piernas de su mujer estaban perdiendo fuerza, y como un maldito poseso la pego más a su cuerpo. Él no la dejaría caer, él no dejaría de saciar su sed por Rin.

Rin se aferró a los brazos de su esposo, sentía que en cualquier momento desfallecería por la falta de aire a sus pulmones. Sesshōmaru no le estaba dando ni el más mínimo descanso y eso le estaba pasando factura. Pero tampoco sabía cómo detenerlo, o más bien, ella no quería que él se detuviera. Ese beso era lo más erótico que jamás había vivido en su vida, y estaba dispuesta a morir por ello. Porque de alguna manera sabía que volvería a la vida gracias a los labios de Sesshōmaru.

Continuara…

...

Nota:

1.- Fragmento narrativo del libro El jardín perfumado.