Red Velvet

Capítulo 3: Escape

Solamente se quedó ahí, inerte. Su cama se sentía fría, ajena, las sabanas y los cojines siendo completamente diferentes. Completamente nuevos.

Se sujetó de las sienes, intentando masajear la zona, intentando que el dolor no avanzara más, que se detuviese, pero era complicado. Ni siquiera la mejor medicación acabaría con esa molestia, y por Dios que había tomado de todo para evitar cualquier problema mayor a causa de aquel estrés.

Por suerte las grandes puertas de su habitación la mantenían aislada.

Se levantó, y caminó al baño. Se tomó un momento para observarse, notando las ojeras bajo sus ojos. Necesitaba descanso, realmente lo necesitaba. Abrió el grifo y recogió un poco de agua entre sus manos para mojar su rostro. El líquido helado se sintió refrescante, pero al mismo tiempo hizo más claro todo a su alrededor, lo que no era para nada refrescante.

Su padre, podía oírlo fuera de la habitación, quejándose.

Podía escuchar a su ex prometido ahí, exigiendo perdón. Exigiendo lo que sea, realmente. Exigiendo, no pidiendo.

Había vuelto, y para su mala suerte, su padre estaba en casa. Lo que hubiese dado para que este se pegase uno de esos viajes que daba desde que decidió jubilarse, pero no, ahí estaba, monitoreándola y ahora, enterándose de todo. Una mansión como aquella, tan grande, tan espaciosa, y sucedió que justo pudo escuchar al hombre lloriquear en la puerta, así que fue a ver que sucedía. Su plan para contarle lo sucedido se fue al carajo. Ya no valía la pena. La idea era que escuchase su versión antes que la de él, pero no, claramente no tenía ningún tipo de suerte.

Ha, ¿Que le hacía pensar que él le creería más a ella que a su yerno?

Ilusa.

Dejó que las gotas recorrieran su rostro, notando su propia exasperación en su reflejo. Evitaba mirarse, evitaba toparse con esa mujer frente a ella, pero incluso en ese momento podía dejar aquel asco de lado.

Estaba harta.

Levantarse temprano ya la agobiaba cada día, pero despertar así era espeluznante. Se dio una ducha rápida y salió del baño.

Al parecer, ya había pasado lo peor. Su padre se había retirado, aburrido de no haber recibido respuesta alguna. Al menos, luego de los años, luego de aceptar la carga que le había dado, dejó de ser tan abusivo como lo era en el pasado. Creyó que su esposo iba a hacer el trabajo sucio por él, pero ahí estaba ese esposo, tirado en el suelo, viendo como todo el futuro que armó se le fue al traste. Ahora creía que, con hablarle bonito, con hablarle de los buenos recuerdos, era suficiente para hacer que perdonase una bajeza como esa.

Nunca.

Podría intentar manipularla con lo que fuese, pero ya conocía la manipulación al derecho y al revés. Se sabía cada una de las tácticas asquerosas.

Soltó un bufido.

¿Cuándo iba a salir de su maldita puerta?

Quería tomarse un trago y olvidar que todo esto había pasado.

No le costaba nada el irse donde la sucia esa a llorarle y olvidarla para siempre, aunque, ya tenía claro porque no hacía eso.

Se paró frente a su ventanal.

Recordó su infancia, cuando los castigos eran extensos, y su rebeldía estaba a flor de piel. Abrió las puertas, y se asomó al barandal, observando el paisaje. Casi podía imaginar la nieve acumulada de pleno invierno, de aquella vez que escapó y casi murió por el frio. Era una niña bastante difícil de manejar. Bueno, aun lo era.

Tomó su cartera y sus documentos.

Era una adulta, pero aún conservaba quien solía ser. Si bien antes huía de esa habitación, de esa familia, ahora no lo hacía, al menos no del todo. Tal vez por un par de horas. Había tomado su herencia y su responsabilidad en serio luego de los años.

Metió sus tacones en su bolso, y no dudó en bajar por el costado del balcón.

Prefería la posibilidad de caerse de esa altura y quedar hospitalizada por lo que restaba del año, que tener que verle la cara a ese imbécil.

No cayó, por suerte o por mala suerte.

Se sacudió la ropa, alisando su vestido, y se puso nuevamente los zapatos. A pesar del poco ejercicio que hacía, aun tenía buenos reflejos. Caminó al frontis de la mansión, dignamente, como la Schnee que era. No le tomó tiempo encontrar su auto, se subió, se arregló el maquillaje y encendió el motor. El auto de su ex seguía ahí estacionado, las maletas que le dejó aquel día afuera de la habitación estaban apiladas en los asientos traseros.

Al parecer, él ni se había dado cuenta de que había huido de la escena.

Algún día se aburriría y se iría.

No olvidó mandarle un mensaje a los de seguridad para que se encargaran en el caso de que este decidiera hacer un campamento fuera de su puerta, ya que parecía posible.

Se detuvo en una de las calles de la ciudad, alejado de su hogar. Lo más lejos posible.

Y terminó ahí de nuevo.

Se quedó mirando el letrero, observándolo minuciosamente, mientras dudaba.

Había un bar a solo unos metros, podría beber algo y punto. Olvidarse de los lloriqueos de ese hombre y de los gritos de su padre. Luego ir a la oficina y tener la reunión que tenía pendiente, y seguir adelante como siempre lo hacía.

¿Acaso beber había disminuido los problemas alguna vez? ¿Le había servido a alguien de su familia?

Eres igual que ellos.

No, el alcohol nunca era la solución, sin embargo, al menos la ayudaba a olvidar.

Solo necesitaba olvidarse de ellos.

Entró, sintiéndose mucho más cómoda y confiada que la primera vez que estuvo ahí.

La mujer de grandes orejas levantó la mirada al escucharla entrar, dándole la bienvenida. Si bien no podía verla del todo, aunque pudiese, tampoco la reconocería. Debía admitir que cuando fue ahí la primera vez, la impresión de ella sería la de una mujer despechada, cabizbaja, sin energías, con los ojos rojos y los parpados cansados. Ahora si bien seguía cansada, ya se sentía mejor luego de abandonar todo ese peso que tenía. Peso vivo que seguía fuera de su puerta, pero que esperaba que desapareciese luego de algún rato.

"¿Desea que su compañero sea dama o varón?"

"En realidad, me gustaría elegir a la señorita Rose como mi acompañante."

La chica ladeó un poco el rostro, sus orejas bajando levemente.

"No será posible. Aun no es su horario de entrada."

"¿Qué?"

Como inercia miró su propio reloj, riéndose de sí misma al darse cuenta que obviamente no vería nada con la oscuridad del lugar.

Bajó los hombros, resignándose. No tenía más opción que ir al bar de la esquina y jugar a adivinar cuál de los hombres ahí presentes iba a ser un total imbécil como todos los que había conocido. Dudaba ser capaz de entrar ahí con otra persona, ya que no sabía quien sería o como sería su actitud. Quería hablar, y dudaba que todos los que ahí trabajaran estuviesen interesados en lo que ella tenía que decir, al menos no como la chica de cabellos rojizos parecía estar.

Las orejas moviéndose en la periferia fueron suficientes para hacer que levantase la mirada hacía la mujer.

"En realidad, ella debería de estar por llegar, ¿Le molestaría esperar? Su turno empieza en diez minutos."

Oh.

Tal vez si tenía un poco de suerte, o la mujer notó la decepción en sus rasgos.

Asintió, y luego vocalizó.

"No hay problema. Mándela a mi habitación cuando llegue."

Pagó el tiempo correspondiente, y pidió una champaña.

Tal vez debía tomar todo aquello como una celebración y no como una mujer que acababa de enviudar. No es que estuviese feliz, pero si estaba tranquila. Se deshizo de algo que podría haberle destruido la existencia.

No iba a terminar como su madre, y eso era suficiente para tomarlo como un triunfo.

Abrió la puerta y entró.

El lugar seguía pareciéndole igual, como copias hechas a la perfección, aunque fuese una habitación distinta. El aroma seguía siendo a limpio, y cada lugar era cuidado de manera meticulosa. No tenía idea a quien le pagaban para limpiar todo, pero esta persona hacía un trabajo fenomenal. Aunque por su parte, viviendo con tantas mucamas, no le sorprendía. Eran como robots, y eso que ella misma se consideraba una maníaca de la limpieza.

Aprovechó los momentos de soledad para dar una vuelta por el lugar. Dejó su bolso en el perchero de la entrada y se dio el momento de mirar con calma. Había un televisor de gran tamaño frente a la cama, cuando estuvo ahí antes, ni siquiera se fijó. Miró y no encontró el control remoto, así que de inmediato perdió el interés en la pantalla. Estaba la mesa a los pies de la cama, con las sillas, todo de madera, aunque las ultimas tenían un material de cuero acolchado para mayor comodidad. El alfombrado de colores cálidos tenía patrones de un color más claro, que hacía lucir el lugar un poco más elegante. Las lámparas de decoración también eran de colores cálidos, con esa iluminación tan agradable para la vista. Por último, pasó las manos por el papel tapiz, cuyos patrones eran muy delicados, y podía apreciar que no estaban dibujados, si no que el relieve lo hacía lucir así.

Notó cerca de la puerta de servicio una serie de botones.

No lo apretaría en otra ocasión, pero ya se estaba aburriendo.

Dio un salto al apretar uno y que se encendiese una leve música de ambiente. Intentó con otro, con curiosidad, notando como una de las tantas luces se apagó.

El lugar cada vez se volvía más interesante y aún quedaban cosas por ver.

Dio media vuelta para ir a la pantalla que ahí brillaba, pero se detuvo cuando escuchó el golpeteo, así que se devolvió para abrir la puerta. Se sentía nerviosa y a la vez no, era algo conocido a pesar de todo. Obviamente seguía pensando que todo aquello era extraño, un tabú, pero era casi como si fuese a ver a una vieja amiga, aunque no tenía muchas de esas para hacer la comparación.

Los ojos plateados no la miraron. Su postura en disculpa.

"Siento hacerle esperar. Espero no haberme tardado demasiado buscando mis cosas."

Ahí, en ese momento, esta recién levantó la mirada.

Los ojos plateados la miraron, se miraron mutuamente.

"¡Oh! ¡Weiss! No imaginé que volverías, ha pasado tiempo, ¿No?"

La chica comenzó a hablar, llena de energía, mientras le sonreía. Olvidando por completo su disculpa y su rectitud para hablar.

"Una semana, creo."

Ruby soltó una risa, mientras entraba para dejar la bandeja con la botella de champaña en la mesa, y al igual como lo hizo con el vino tinto, comenzó a servirle una copa.

"¿Qué estamos celebrando?"

Se acercó a la chica, no sin antes cerrar la puerta. Se preguntó por un momento, si Ruby no estuviese con las manos ocupadas, sería ella la que cerrase la-…

Espera un segundo, ¿Cómo golpeaba la puerta si tenía las manos ocupadas?

O golpeaba la puerta con la cara o simplemente equilibraba las cosas con una sola mano, no sabía si imaginar que era una idiota o si debía imaginar que era mucho más capaz de lo que se hacía notar. Se iba a quedar con la duda.

Ruby ladeo el rostro con expresión dudosa. Ahí se dio cuenta que debió quedarse inerte mirándola de una forma extraña. Negó con el rostro y se sentó en una de las sillas, tomando la copa con el líquido burbujeante.

"Estamos celebrando el deshacerse de un estorbo."

La pelinegra soltó una risotada ante sus palabras. Se quedó viéndola, mientras tomaba un sorbo del líquido. La champaña estaba bien fría y dulce, la sensación calmante en su garganta, y eso que no disfrutaba mucho del dulzor en las bebidas o el mismo gas de estas.

Ruby también parecía burbujeante.

"¿Pudiste arreglar el tema con tu prometido? ¿Hizo una escena como los despechados?"

No pudo evitar sonreír.

Así tal cual.

Volvió a tomar un sorbo, intentando disimular su risa. Recordar su escena le volvía a causar gracia. Era realmente un hombre patético.

"Una enorme escena en la puerta de mi habitación. Lloriqueando como niño pequeño. Al parecer no tenía ningún lugar a donde ir."

Ruby se sentó frente a ella en la silla sobrante y apoyó su rostro en sus manos, forzando un puchero en una expresión sobre exagerada.

"¿Su nueva novia no lo quiso recibir?"

Esta dijo entre dientes 'chica sucia' y casi se ve obligada a escupir el líquido que tenía en su boca. Tragó disimulando su casi estallido. Recordaba lo que le había mencionado. Ruby era muy atenta con sus clientes como para recordar algo así.

Dejó la copa en la mesa, ya vacía, y Ruby se movió deprisa para llenársela nuevamente. Se sintió relajada con el alcohol en su cuerpo. El suave alcohol. Era grato, y no se sentía un alcohólico más en un bar. No se sentía como su madre.

"Probablemente ella no estaba interesada en él, solo en la riqueza que obtendría si se casaba conmigo. Una lástima."

Ruby rio sonoramente ante su sarcasmo.

"Al parecer ambos expusieron lo malas personas que son."

"Tal para cual. Salud por eso."

Le dijo, llevándose una vez más la copa a los labios.

Esta vez miró a la chica, sintiéndose culpable de ser una única que estaba bebiendo, y teniendo en cuenta que había una sola copa.

"¿No los dejan beber en horario laboral?"

Ruby dio un salto, poniendo sus manos frente a su pecho, moviéndolas para todos lados.

"No, no. Yo no bebo alcohol, por eso siempre traigo una sola copa."

La quedó mirando unos momentos, en parte sorprendida. Había algo que debía conectar, pero no lo hacía correctamente. Tal vez el alcohol en su sistema en su primer encuentro. Bajó la copa de sus labios y la dejó en la mesa. Pensando.

"Tu tío, ¿No?"

Los ojos plateados, ya grandes y expresivos, se agrandaron mucho más. Incluso pudo notar algo de rubor en sus mejillas, parecía anonadada. Luego asintió, bajando la mirada, observando la botella. Una expresión melancólica en su rostro, cambiando a una más madura. También le sorprendía que ella fuese capaz de recordar lo que la mujer le había contado.

"Sé lo que el alcohol le hace a la gente."

Se quedó mirando su copa, casi llena.

Hace apenas unos años, se sentía igual. Cuando llegó a sus veinte, seguía teniendo la misma sensación cada vez que veía una botella, sin importar de que fuese. ¿Cuándo cambió? Se daría diferentes excusas, pero la razón era simple. Cuando huyó de su casa, le causaba recelo el alcohol, pero cuando decidió quedarse por sus propios intereses, se vio acostumbrada a este. Verlo en la mano de su padre, en la mano de su madre, incluso en la de su hermano menor. Quizás era algo familiar y hereditario, así se lo habían explicado. Su terapeuta tuvo esa teoría. Simplemente era algo en sus genes.

Se sintió nauseabunda.

Alejó la copa lo que más pudo de su lado, llamando la atención de su compañera.

No podía olvidar sus principios, quien era como persona, por el simple hecho de vivir en esa casa, con su familia. Seguía siendo una Schnee, pero no era como los demás. Era diferente. Iba a ser diferente. Vivir ahí no iba a hacerla cambiar, no quería cambiar.

Soltó un suspiro.

"La próxima vez me aseguraré de que pases por esa puerta con las manos vacías."

Ruby parecía preocupada, al menos cuando la miró, donde notó su ceño fruncido en clara consternación. Sus ojos brillantes, sus labios entreabiertos.

La imagen le causó ternura.

Negó, intentando que la chica dejase a un lado esa expresión, o la preocupación, o todo.

"Eres como yo. El alcoholismo también es un problema en mi familia, y por un segundo me dejé llevar por la corriente. Me recordaste a mí misma hace un tiempo. No podía ni sentir el olor sin tener recuerdos dolorosos."

Ruby asintió, su rostro empático, y para su sorpresa, llevó la mano a la suya. Estaba cálida en contraste con su piel fría. Había olvidado la comodidad que tenía el tacto de esta en ella, aun le causaba extrañeza, pero era más consternación de sí misma de aceptar eso tan abiertamente, no se reconocía, y no había bebido tanto para culpar al alcohol.

"Tampoco tiene que ser algo malo. Mientras no te lastimes a ti, ni a los que quieres, no debería haber problema, ¿No?"

Levantó una ceja. Le llamó la atención a donde llegó el tema. Esta se veía muy reacia con solo mirar la botella como para que fuese así de simple.

"Lo dice la que mira la champaña como si fuese el mal viviente."

Ruby suelta una risa, revolviendo el cabello de su nuca, vergüenza clara en sus mejillas. Se veía de nuevo juvenil al poner esa expresión.

"Es que lucías bastante feliz bebiendo, supongo que es diferente a lo que les pasa a las personas cuando se vuelve algo problemático, creo. Tampoco se mucho al respecto, mi hermana tampoco bebe así que no tengo ejemplos cercanos."

Ruby dijo algo más, que no pudo entender claramente. Y solo llevaba una copa, así que no era por eso que no entendió. La chica debió de hablar entre dientes o balbucear algo, luego había determinación en su mirada y sin previo aviso, tomó la botella con una de sus manos y llevó la punta a su boca, dejando que el líquido entrase sin restricción ni educación alguna.

No contuvo la risa cuando la vio poner una mueca de disgusto, alejando la botella.

Si ponía esa cara con la champaña, no quería imaginar cómo sería si tomaba un poco de whisky. Se moriría probablemente.

"¿Cómo es que te gusta esto? De hecho, ¿Cómo es que tanta gente lo pide? ¿Y esto toman para celebrar? ¿Qué les pasa?"

La escuchó reclamar por unos momentos, mientras ahora si miraba con total desprecio a la botella abandonada en la mesa, lejos de ambas. Ahora el odio tenía una razón aún más certera.

Se apoyó en una de sus manos, sin poder controlar la mueca engreída que sus labios formaron.

"Cuando creces te acostumbras."

Ruby puso una mueca de asombro seguida por una de indignación. Se levantó de la silla, inflando el pecho. Le causó gracia su actitud tan exagerada.

"Ya estoy crecida. Tomé mucha leche."

Rio de nuevo, aun manteniendo su mueca.

"No te ves muy grande."

No era verdad, pero se guio por el buen ánimo que se había creado. Hace mucho que no podía hablar con alguien así, de su edad, con una personalidad que no fuese como las que solía conocer. Bueno, alguien que no la conociera ni la juzgase por ser quien era. Podría llegar a gustarle todo eso. La pelinegra soltó un bufido, y señaló sus zapatos, con clara molestia.

"Tú estás usando esas plataformas enormes, ¡No es justo!"

Rodó los ojos y se levantó, abandonando la estatura que sus zapatos le brindaban. Entonces se paró frente a la chica.

Oh.

Se sintió avergonzada al verse ligeramente más baja.

Ahora la sonrisa engreída era por parte de Ruby. No tenía que ponerse así, seguía siendo baja, no tan baja para ella, pero baja para el mundo en general, para el promedio. Pero al parecer, esa era una victoria para ella. Además, que de por si su cuerpo era más ancho que el propio, se notaba más fuerte incluso, así que evidentemente estaba en desventaja ahí.

"¿Decías?"

Frunció el ceño.

"El tamaño no importa."

Dijo casi gritándole, perdiendo un poco los estribos, se sentía avergonzada, y aun así se sentía bien, cómoda, joven incluso, no vieja y amargada cuando tenía que hablar con sus trabajadores o asociados.

Ruby rio a carcajadas. Pudo sentir las manos ajenas en sus hombros, está apoyándose en ella para no caer de la risa o un simple gesto para apoyarla en su dolor, no lo sabía. Era difícil de saberlo. Ruby parecía ser transparente, y ella misma se forzaba a buscarle significado a todo, y complicar algo básico. El tacto debió molestarle, teniéndola tan cerca, sus manos fuertes sujetándola, pero no, no fue así.

"Sin tus zapatos eres realmente pequeña, Weiss. Te ves muy elegante y poderosa con esa pose erguida, pero sin ellos eres hasta tierna."

Se alejó golpeando las manos con las suyas, sacándose a la chica de encima. Se sentía hervir de vergüenza, probablemente estaba completamente roja, y rogaba que esta no lo notase. Nadie le había llamado tierna en.…nunca. Y Ruby lo hacía sonar tan honesto que la hacía sentir confusa. No era una palabra que alguien usaría para describir a la fría y cortante Weiss Schnee.

"No digas idioteces."

Dio un salto cuando se percató como la chica cambió de expresión, por un ligero terror. Fue como si se diese cuenta que había cometido un error.

Y así era.

Pasó un límite. Un límite que no puso, pero que sabía que era una zona peligrosa de pasar. Todos le decían que parecía de esas personas que no le gustaba la cercanía, que se notaba en su rostro, tal vez eso hizo mal pensar a la mujer, lo cual no era el caso. Solo estaba…avergonzada. No lo entendía, pero era así.

"Oh, lo siento, Weiss. Me dejé llevar. Lamento si me propase contigo."

Tal vez creyó que su desplante fue en reproche de su actitud, y si, lo fue, pero solo fue un momento de drama debido a su vergüenza. Solía actuar incluso peor cuando era más joven, así que no culpaba a Ruby por pensar lo peor. No era personal ni nada por el estilo, de hecho, le resultaba extraño que se sintiese tan normal.

Era casi como si fuesen conocidas de toda la vida, casi como cuando Coco la molestaba cuando salían.

Negó, sintiendo sus mejillas arder.

"No, no, sobre exageré un poco. No tengas dudas que si estoy incomoda o molesta de verdad, mi primera acción será salir por la puerta."

A penas terminó de hablar, la chica soltó un largo suspiro de alivio, una leve sonrisa en sus labios.

"Menos mal. Es divertido hablar contigo, eres muy agradable. Me calma que no te enojaras conmigo. A veces tiendo a meter la pata."

Eso si era diferente. Muy diferente a sus experiencias pasadas. Debía ser solo por su trabajo, no molestar a un cliente para evitar problemas con su jefe, tenía sentido de ser así, sin embargo, parecía tan sincera que dolía. Ni siquiera sus empleados se disculpaban con tal sentimiento cuando estos cometían un error, o su familia, o sus conocidos, nadie.

Rara vez alguien se preocupada de herir sus sentimientos, o de respetar sus límites.

Se vio sonriendo, el rubor en sus mejillas manteniéndose.

Era extraño, sí, pero se sentía bien, y se alegraba de haber decidido pasar por ahí antes de ir al trabajo. Necesitaba quitarse a esos hombres de su cabeza, y había resultado.

Esa mujer era una aguja en un pajar, y se alegraba de haber tenido la oportunidad de conocer a alguien así. Alguien que se diferenciara de la gente de mierda con la que convivía a diario, alguien que no temiera hacer y decir lo que sentía, alguien que no llevase una máscara.

Alguien que no fuese como ella misma.


Capitulo siguiente: Mimada.


Aquí está el tercer capítulo. A Weiss claramente no le hizo ninguna gracia el amanecer de madrugada con un tipo llorando en su puerta. Cualquiera habría perdido la cordura. Al parecer ir al Red Velvet era cosa de un solo día, pero Weiss olvidó su propia regla, pero así se llama la historia así que era lo correcto.

Nos leemos pronto.