Red Velvet

Capítulo 5: Descanso

Odiaba los fines de semana.

En realidad, siempre los odió.

Una parte agradable de haber estado con su ex, era que tenía la excusa de salir de esa maldita casa, pero ahora, ya no tenía esa excusa. De hecho, era aún peor. Ahora que su padre encontraba siempre el momento preciso para empezar a hablarle sobre todos los errores que tuvo desde que era una niña, enumerándolos. Él gozaba con su fracaso, y al mismo tiempo sentía vergüenza de su propia sangre, que su hija fuese un fracaso. No entendía como el bastardo podía ser así, pero bueno, no podía hacer nada más que quedarse ahí y escucharlo.

Cada vez que se le pasaba por la mente algo horrible para decirle, el dolor en su ojo izquierdo crecía, como una advertencia.

"Si, padre."

Le contestó, ausente.

Solo quería terminar esa maldita charla.

¿Cuánto rato llevaban haciendo sobremesa? Ni siquiera recordaba cuando fue que le dio el ultimo sorbo a su café, y el ultimo sorbo era tan especial como el primero, ¿Como iba a pasarlo por alto? Bueno, le gustaba el café amargo, pero acompañado de las palabras de su padre, era aún más amargo, incluso insípido de cierta manera. ¿Qué comió? No mucho. No solía comer mucho, y era un problema, porque podría tomar una de las mil delicias de la mesa y llenarse la boca con comida para evitar tener una conversación.

Pero se había acostumbrado a comer poco, y cada vez que tenía problemas, su apetito decaía aún más. Ya se sentía menos fuerte, más delgada, vulnerable.

"Deberías comer algo."

Escuchó la voz del segundo hombre que más odiaba en su vida, su hermano.

Estaba frente a ella, una sonrisa arrogante acompañando el desinterés en su expresión. Lo hacía sonar como preocupación, pero no lo era. Siempre iba a tener el odio de su hermano, sin importar lo que ocurriese. Si algún día decidía mandar todo al carajo, darle el liderazgo de la compañía a su hermano y hacer una tregua, tal vez podrían llegar a un acuerdo, pero lo dudaba.

No quería que su herencia acabase como cuando estaba su padre, ya que su hermano era su semejante. Al menos teniéndolo como jefe de departamento le podía ser útil y a la vez podía tenerle un ojo encima para evitar que hiciese lo mismo que su progenitor. Este no parecía estar contento con eso, por eso mismo apenas y trabajaba en la compañía, más prefería asociarse con los socios de su padre e iniciar una nueva sociedad o algo así hablaban hace unos días. Por su parte, mejor si no tenía que verlo más.

Algún día, cuando pasara la barrera de los cuarenta, sin duda iba a despedirse de la compañía. No creía que su paciencia durase más. Sin embargo, el pensar en que alguien más tomaría el mando, le dan ganas de vivir más de cien años para poder dejar todo en orden con alguien decente a la cabeza.

Si tomó la decisión de firmar el papeleo y convertirse en la nueva directora general de la minera Schnee, fue solamente para tener el regocijo de poder ver a su padre desde la misma altura, incluso desde más alto. Era solo una larga venganza. Era demasiado rebelde para unirse a la milicia como su hermana y lamer unas botas desconocidas. Mejor diablo conocido que diablo por conocer, y conocía lo suficiente a su padre para poder jugar sus cartas en su contra.

Siempre fue la desgracia para su familia, no era como ellos, como ninguno, y jamás lo sería.

Por suerte apareció cierto hombre en su vida, con cierto título, con cierto reconocimiento, y el camino se vio muy claro. No iba a caer bajo para ser como su madre, pero podía usar el estatus de casada para obtener algo más que un largo romance. Solo iba a ganar.

Soltó un suspiro pesado.

Igual se sentía defraudada al saber que ya no estaría casada, que el hombre resultó ser un imbécil, pero como dijo Ruby, al menos se enteró antes de casarse, de no ser así, no solo se sentiría pisoteada como mujer y como persona, sino que también su reputación se iría abajo. Su rostro en varios periódicos de Atlas, la divorciada Schnee. Oh no, por suerte no ocurrió. Quería conservar su dignidad. O sea, si salió la noticia en algunos lados, pero como era solo un compromiso y nada formal, la mayoría lo pasó por alto.

Además, él ya tenía una reputación por ser de esa forma con las mujeres, así que a nadie le sorprendió. Lamentablemente igual había personas que hablaron mal de ella, como alejaba a todos de su lado, como nadie la aguantaba, cosas así.

Ni siquiera tu marido quería acostarse contigo.

No era mentira tampoco. Pero a esas alturas de su vida, esos comentarios no le afectaban. No tenía sentido darle más vueltas al asunto. Su ex prometido era un asco, nada más que decir. Prefería que las cosas ocurriesen de esa forma, no soportaría engendrar un hijo de ese poco hombre.

Se levantó de la mesa, ignorando la gran charla que su padre y su hermano tenían en su contra.

"Con permiso."

No supo lo que su padre le dijo, y ni siquiera le importó.

No tenía ganas de discutir, al menos no por ahora. Era su maldito día libre e iba a disfrutarlo, lamentablemente en esa casa se le hacía imposible.

Simplemente el acostarse en esa cama, en esa habitación, era suficiente para enloquecerla. Odiaba demasiado ese lugar. Por suerte tenía bastante autocontrol o ya habría quemado el lugar hasta las cenizas. Y ahora que lo pensaba, ¿El marfil ardía? Porque si no, tendría que buscar otra forma de destruir el lugar.

Asomó su cabeza por la puerta, esperando ver a una figura familiar acercarse.

Klein.

El único aliado que tenía ahí, la ayudó a escaparse muchas veces cuando joven, así que siempre que necesitaba algo podía confiar en él. Era probablemente al único que sacaría de ahí si decidía iniciar su carrera como pirómana, los demás podían arder.

"¿Dónde están?"

Le preguntó, sin dejar que su cuerpo saliera del marco de la puerta.

Era imposible que ellos la viesen, pero ya era costumbre. Llevaba escondiéndose mucho tiempo.

El hombre le sonrió, malicia en su expresión siempre cálida.

"En el estudio, hablando de negocios."

Hizo un gesto muy sobre actuado, el cual siempre adoraba ver. Una burla a su padre siempre le traía felicidad a su alma. Soltó una risa, y tomó su bolso.

No es que no tuviese permitido salir, pero si se los topaba probablemente iban a querer hacer algo familiar, que de familiar no tenía mucho, y con ese desayuno, no quería volver a verlos en lo que restaba del día.

Se despidió del hombre y salió de ahí.

Necesitaba aire fresco.

Y un nuevo atuendo.

Botó a la basura un par de atuendos, que le recordaban buenos momentos de pareja, no es que fuesen tan buenos, la gran cosa, pero los miraba y pensaba en él, y se rehusaba a pensar en él. Incluso algunas prendas tenían su aroma, a pesar de haber sido lavadas.

Maldito perfume inmortal.

No solía quejarse de él, aunque hubiese muchas cosas reprochables, pero si había algo desagradable que le era imposible ocultar su desagrado, y era el perfume que usaba cuando salían a citas, o cuando él quería impresionarla.

Apestaba, ciertamente.

No era un mal olor, pero era demasiado fuerte, y su ropa estaba sufriendo por eso.

Salir de compras siempre la animaba, y no tenía duda que sería el caso. Iba a una zona muy popular entre las celebridades, entonces se ahorraba que la mirasen con asombro al pasar, porque todos ahí serian reconocidos personajes. No es que se considerase una celebridad, en lo absoluto, solo resultó que nació con cierto apellido. Algunos pensarían que no ganó nada por sí misma. Pero estaban muy equivocados.

Hubiese preferido ser realmente una niña mimada, en todo ámbito, solo disfrutar de su niñez mientras era atendida, mientras era tratada con respeto, mientras podía conseguir todo lo que quería, pero no era así del todo. Si bien pudo conseguir cosas a punta de meras palabras, todo lo que fue, todo lo que era ahora, era gracias a su propio esfuerzo. Vivió bajo reglas estrictas, con profesores particulares, clases de todo tipo. Debía ser la niña perfecta, ganarse el apellido Schnee.

Eso mismo, esa crianza, fue la que la convirtió en la persona anti sistema que era.

Pero siguió siendo manejada por el dinero de su familia, ya que cuando logró escaparse de su hogar, le fue imposible vivir fuera de la mansión. No quería ni siquiera recordar cómo se encontró con unos personajes detestables que encontraron que era una buena idea el secuestrarla. Gracias a Dios que era capaz de defenderse, aunque no pudo hacer mucho al respecto.

Se logró salvar de eso, pero no logró salvarse del regaño que su padre le dio.

Regaño, era una forma muy minimizada de decirlo.

Te lo merecías.

Cerró sus ojos y respiró profundo, caminando a uno de los probadores.

No le gustaba probarse la ropa en esos lugares, tal vez porque estaban llenos de personas y sentía su intimidad un poco amenazada, pero como quería perder el máximo tiempo que pudiese, lo hizo de todas formas.

Salió del centro comercial unas horas después, con un par de conjuntos, y dos zapatos altos hermosos que ya quería ponerse.

Guardó las bolsas en su maletero y se subió a su asiento. No sabía en qué momento se acostumbró a estar ahí, en su auto, encerrada en esa prisión de metal y aluminio. No era el lugar más cómodo ni espacioso, aunque en realidad, comparado con otros vehículos, si lo era. Tal vez era el silencio, tal vez lo nublado de los cristales, tal vez lo relajante del aroma a cuero.

Era un lugar seguro. Donde podía ser ella misma.

¿Que otro lado había así?

Dio un salto, recordando a cierta mujer.

Oh.

Sintió sus mejillas llenarse de color.

Ahí podía ser ella misma. Ahí nadie la conocía, nadie la juzgaba, y no se sentía tan claustrofóbica como en su auto. Había tranquilidad, no como en su propio hogar, su propio cuarto donde estuvo durmiendo desde que tenía memoria el cual se parecía más a una cárcel que a una habitación. Recordaba aquellos días donde escuchaba la puerta abrirse sin permiso, y su padre aparecía frente a ella, iracundo. Así mismo recordaba cuando él se iba, y se escuchaba una llave entrar en el cerrojo. Encerrándola indefinidamente.

Era su cárcel.

Ya debía volver ahí, a su propia cárcel. A su medida, solamente para ella. Su lugar privado que tantos recuerdos tenía, algunos más dolorosos que otros.

Comenzó a manejar, saliendo del estacionamiento donde se encontraba. Alejándose.

Volviendo a su realidad.

Una asquerosa máscara.

¿Acaso no podía alargar su escape un poco más?

Y sin darse cuenta, terminó en ciertas calles que poco conocía, y a pesar del estado de estas, y de la sensación que le daban, seguían siendo más relajantes que el mismo camino a su casa.

Salió de ahí, de su pequeño escondite, y caminó hasta el lugar, no sin antes mirar alrededor, las calles tan vacías como las ultimas veces.

¿Qué hacía ahí?

Pues, ganando tiempo. O al menos esa excusa se había dicho a sí misma.

Vio a la misma mujer de siempre en el mesón. Lo más notorio de ella siempre eran sus orejas, las cuales se movían levemente cuando alguien entraba en el lugar, sensibles a cualquier tipo de sonido. Atentas a cualquier cosa. Si algún día no la encontraba ahí, iba a verse realmente consternada, y nerviosa. No entendía por qué, pero de cierta forma le daba seguridad.

La saludo con ese carisma que la chica de rostro desconocido siempre tenía.

Se había dado cuenta, cuando le dio el nombre de la pelinegra, que se podría decir que se había vuelto su cliente asidua.

Notó un libro al costado del mesón, una pequeña lucecita sobre este para poder leer con claridad a pesar de lo oscuro del entorno. Nunca había mirado libremente por el lugar, al menos no los detalles, siempre demasiado abrumada de alguna forma para percatarse.

Era el menú que hablaba Ruby. El menú de ropa.

Mientras la fauno veía el tema usual, ella empezó a girar las páginas.

Sentía su cabeza arder.

Quería que la menor cambiase su atuendo, porque se sentía un poco avergonzada, bueno ambas, de que estuviese solo con una bata y no hubiese ropa alguna en su cuerpo, pero mirando aquel menú, mirando los conjuntos que ahí había, le daba ganas incluso de salir a su auto y pasarle uno de los atuendos que compró en la tienda, aunque no era seguro que encajaran en esta. Era claro que su ropa era mucho más recatado y discreto de lo que había en esas páginas.

Ahí no quería ser así, recatada, pero dios mío, había demasiada piel expuesta, y le iba a ser mucho más difícil concentrarse al verla así. Aun no estaba segura si quería hacer algo sexual con la chica, ya que hacer algo así las pondría en una posiciona difícil, y no estaba segura si podía lidiar con eso. De hecho, ni siquiera estaba segura de ser capaz de hacerlo con alguien que no conocía, aunque ya Ruby le dijo que sabiendo su nombre ya la conocía, pero no era así. Incluso los novios que se obligó a tener cuando joven, debió tener unas citas con ellos antes de que llegase el momento, o simplemente no podría. De hecho, aun teniendo citas luego se sintió incomoda, incluso no podía decir que en algún momento dejó de sentirse incomoda en ese aspecto.

Era una mujer complicada, sin duda, y no necesitaba que nadie se lo dijese, lo tenía claro.

"¿Algún conjunto de su gusto?"

Dio un salto, casi botando el libro de su pequeño estandarte. Se sintió muy avergonzaba y agradecía que hubiese poca luz.

"N-no."

Pudo sentir la risa de la mujer cuando le habló sobre el pago. No entendía como es que tenían el descaro de pedir cosas así. Había un atuendo que eran solo tres pequeños triángulos, TRES. Eso no era moda alguna, ni un traje, ni nada, eso era exhibicionismo.

Ruby se reiría de ella en ese instante, estaba segura.

Entró a la habitación, era una diferente a la que le había tocado con anterioridad, y se sentía extraño, aunque estuviese decorada de una manera casi idéntica. Los muebles eran los mismos, la cama era la misma, era la distribución la que cambiaba ligeramente. Se sintió confuso. Colgó sus cosas en el perchero, y escuchó el golpeteo. Más rápido que nunca. Se acercó a la puerta, sintiendo su corazón latir rápido como siempre que debía abrir, ansiedad consumiéndola. Normalmente tenía tiempo para prepararse, pero esta vez ni siquiera segundos tuvo para reaccionar.

Quizás nunca se acostumbraría a eso, incluso si decidía convertirse de verdad en una cliente asidua.

Ahí estaba Ruby, con su atuendo usual, por suerte, y con su sonrisa. Ya verla animada era suficiente para ayudarla a subir su propio ánimo. Pudo notar como su cabello estaba húmedo, así como su cuello, el cual se notaba brilloso. Eso era diferente a las ultimas veces.

Era agua, ¿Cierto?

"Buenas- ¡Weiss! Hey, que buen tiempo. Si hubieses llegado unos quince minutos antes no hubiese podido venir."

Había asombro y preocupación en su rostro, por su parte solo la miró con curiosidad.

"¿Estabas ocupada?"

Ruby asintió, y la dejó entrar, esta de inmediato fue al armario y sacó una toalla del lugar, tirándola sobre su cabeza, revolviendo su cabello en el proceso.

"Estaba con una clienta, acabo de salir de la ducha y me llegó el aviso así que vine corriendo. Normalmente los sábados son tranquilos, así que me sorprendió que me llegase otro llamado."

Oh, no es que pensara que Ruby era una sucia y hacía cosas con una y otra sin tomarse una ducha, pero no podía evitar el tener sus dudas. La había visto dos veces, no eran conocidas la una de la otra y también estaban sus pensamientos anticuados sobre su profesión, sus prejuicios latentes que probablemente jamás cambiasen. Ahora al menos podía respirar más tranquila al saber que esta se preocupaba de estar limpia entre una cita y otra.

Esta se sacó la toalla de la cabeza, su cabello enloquecido hacía todos lados, desafiando la gravedad. Como lo tenía corto, parecía aún más revoltoso de lo que debía ser un poco más largo. Incluso su propio cabello podría ser así si lo cortase de ese tamaño, aunque no lo tenía así de corto desde que era una niña, unos cinco años, luego se lo dejó crecer hasta el punto actual. Amaba su cabello largo, si decidía cortarlo, debía ser el maldito apocalipsis que la obligase porque ya no podría cuidarlo como lo hacía.

Se acercó a la pelinegra, la cual pasaba la toalla por su cuello eliminando cualquier vestigio de su ducha, hasta quedar frente a esta, y puso una mano en su mentón, juzgando silenciosamente los cabellos rizados que se levantaban en su cabeza. Ruby se dio cuenta de su mirada, e intentó mirar sobre su cabeza, siendo una tarea imposible. Esta decidió finalmente usar una de sus manos, y así notó de inmediato cuales eran los mechones que se levantaban al menos cinco centímetros de su cuero cabelludo. Tenía unos mechones más cortos en su peinado, y estos parecían moverse sin contención. Esta le dio una sonrisa avergonzada, aplastando uno de los mechones con su palma, el cual se ordenó, o al menos en su mayoría.

"Si no tuvieses el cabello húmedo, asumiría que acabas de despertar."

Ruby soltó una risa, sus dos manos intentando controlar su melena.

"Herencia de mi padre, puedes culparlo a él."

A veces los padres te heredaban una gran carga, una gran compañía, una gran responsabilidad, y a veces te heredaban un cabello indisciplinado. Prefería su propia carga. Soltó una risa al pensar en eso.

Cuando Ruby pudo al fin controlar su cabello, le dio una sonrisa brillante.

"Entonces, Weiss. ¿Qué vamos a hacer hoy?"

La simple pregunta le hacía sonreír.

Ahí su opinión era importante. Ahí era importante.

Nuevamente se decía a sí misma que era solo el trabajo de la chica, si, y podía ser verdad, pero no había nadie como ella. No había visto mirada similar en nadie, sin importar el servicio que hubiese contratado. Ruby era especial, única.

En el Red Velvet se sentía diferente a lo usual, se sentía normal incluso.

Se sentía...libre.

Tal vez era una estupidez, pero jamás se había sentido así, nunca. No, se equivocaba, cuando era una niña tuvo sentimientos similares. Se sentía así en sus recitales, hasta que creció lo suficiente para entender que ahí en el escenario no era libre, si no que era solo un pájaro enjaulado que cantaba para otros, y así mismo dejó de cantar para sí misma.

Si, era estúpido, se sentía estúpida por estar ahí, por creer que una trabajadora sexual le tenía cariño, sin embargo, no tenía problema en vivir esa mentira, de todas formas, pasó diez años creyendo que su padre la quería y tres creyendo que su prometido la amaba. Fingir demencia un poco más no era un problema. Al menos, tenía esperanzas en esa chica, en ellos, ya no. La habían decepcionado demasiado.

Tal vez se iba a decepcionar con el tiempo, pero eso ya no le sorprendería, estaba lista para decepcionarse.

Soltó un suspiro, acallando cualquier pensamiento, liberándose nuevamente.

Iba a disfrutar del día a día, sin importar el resultado a largo plazo.


Capitulo siguiente: Descubrimiento.


Weiss está teniendo un timing perfecto a la hora de encontrarse con Ruby, vamos a ver si la cosa sigue así en los capítulos siguientes, inserte cara malévola. Espero hayan disfrutado el capítulo, y ahora releyéndolo, es tan amargo como Weiss se refiere a su vida, cuanto debe de apestar su existencia para que se sienta cómoda en un lugar que dice odiar, aunque es raro que yo diga eso, pero a mi favor debo decir que mi cabeza inventa estas cosas y yo solo muevo los dedos sin pensar.

Nos leemos pronto.