Red Velvet

Capítulo 36: Superación

Otro día más.

Otra reunión más.

Otra conferencia más.

Otro papeleo más.

¿Su vida siempre fue así de monótona?

Se mordió el labio.

Hubo un tiempo que no, pero eso ya no importaba. Eso quedó en el pasado, enterrado en lo más profundo.

Se acomodó en su asiento, una vez más, cruzando sus piernas. Estaba harta de escuchar a esa gente. Todos hablando de negocios, lo único que les preocupaba eran los números, el dinero, las ganancias, los beneficios.

¿Dónde estaba la gente? ¿Las personas? ¿Las familias tras los empleados?

No les importaba.

Al menos disfrutaba sus intentos en vano por llamar su atención, por decirle algo que le hiciese cambiar la mueca inmutable que tenía siempre en su rostro. Ninguna de las ideas del equipo sería suficiente, porque no les importaba el mundo de la forma en la que ellos lo veían. Ya no era así, para desgracia de su padre, para desgracia de sus socios comerciales.

Las personas no eran un número más, como estos planteaban.

Se tiró hacia atrás en su silla, dejando sus manos cruzadas en su regazo.

El hombre trajeado que explicaba frente al grupo se puso nervioso con su movimiento. Con su desinterés. La gente que mencionaba temas irrelevantes en la empresa, en la nueva empresa, ya no eran de utilidad, y él lo sabía. Los cambios de personal eran esenciales, sobre todo siendo todos ellos unos cerdos egoístas al igual que su padre. Tenían claro que un solo error los haría perder su trabajo. Los estaba juzgando y su escrutinio los haría fallar más por miedo que por incompetencia.

Aunque era claro que la incompetencia era un factor clave que todos bajo el mando de su padre eran poseedores.

Ya no sería así. Ella estaba al mando ahora. Y se estaba asegurando que no quedase nadie bajo la influencia de este. Al menos en esos tres años había eliminado a la mayoría. Si había algo que no le gustaba, iba a hacer que las cosas cambiasen.

Nunca se lo había tomado tan en serio, todo eso, lo de ser la heredera, lo de ser la cabeza de la compañía, pero ahora que estaba ahí, debía hacerlo. Ya no era una obligación de la que sentía repulsión, si no que era un hecho, y sabía que podía hacer las cosas mejor de las que él lo había hecho. Estaba orgullosa de lo que tenía en sus manos, y de lo que podía hacer con ese poder.

Su celular vibró casi imperceptiblemente, incluso para sí misma.

Lo sacó, sin importarle siquiera que los presentes la viesen ignorando al sujeto que seguía hablando de sus estúpidas propuestas para hacerse rico a él y al resto de sus compañeros, como si se tratase de una estafa piramidal. Pisando a todos bajo a ellos con tal de hacerse ricos.

Sintió que el estómago se le revolvió al ver la pantalla.

Ruby Rose.

¿Que?

¿Por qué?

¿Por qué la llamaba luego de tanto tiempo?

Sintió que el mundo se le revolvía alrededor, al igual que su estómago.

Había enterrado ese nombre, y que apareciera sin aviso le hizo sentir nauseas

Por un momento creyó que esta solo se había equivocado al marcar, pero no, la llamada siguió hasta que el mismo teléfono decidió poner el buzón de voz.

Llevaban sin saber de la otra hace meses, ni siquiera recordaba la fecha exacta. No la había intentado contactar en lo absoluto, ni ella a la chica. Se habían despedido, se habían dado un ultimátum que debían acatar. Era una regla silenciosa pero mordaz. Sus caminos se habían separado para siempre, y no había vuelta atrás. No hubo ningún tipo de contacto ni siquiera para navidad o para su cumpleaños hace solo unos días.

¿Qué había cambiado?

Nada, nada debía cambiar. Las cosas estaban bien así, estaban perfectas, incluso su cabeza se mantuvo en silencio durante esos meses, no iba a permitir que ese nombre la persiguiese como un segador, iba a mantener su vida como la tenía en la actualidad. Si, ignorar la situación era lo mejor.

Se convenció de que era un error. Nada más, nada menos.

Si, debía ser eso.

Ahí recién vio el aviso de que había unos mensajes, varios.

Soltó un suspiro.

No iba a darle más vueltas al asunto. Parecía solo una jugarreta. Lo estaba superando, la estaba superando. No podía caer tan fácilmente. Había tomado una decisión, había visto todo con lógica para que las dos escogiesen el mejor camino posible, libre de dolor, de pena, de muerte incluso.

Lo que tuvieron, como sea que eso se llamase, ya no era factible, y no lo sería, sin importar cuanto esta le pudiese rogar, la respuesta siempre sería un no rotundo.

Finalmente, apagó el aparato y siguió escuchando.

Saber sobre Ruby no era algo que necesitase en ese momento.

O nunca.

Se había acabado.

No necesitaba recordarla, ni lo bueno ni lo malo, sobre todo, no necesitaba recordar el dolor que sintió aquel día.

La reunión duró al menos cuarenta minutos más de lo que se había anticipado. Por suerte su secretaria tuvo la amabilidad de llevarle una taza de café, mientras intentaba digerir todo lo que había sido hablado. No es que fuese a tomarlo en cuenta, pero había hecho el esfuerzo de escuchar, y eso era lo que les importaba a los miembros de la junta, el que fuese capaz de considerar otras opciones, cosa que su padre rara vez hacía.

Por suerte logró olvidarse de lo que había ocurrido. O lo ignoró muy bien. Ya tenía suficientes pesadillas de ese día para que llegase Ruby a enloquecer las cosas aún más. No podía darse ese lujo. Ya se había destruido por completo una vez, su cuerpo y su mente no podrían con aquello una vez más.

Cuando dieron las cuatro de la tarde, ya estaba tomando sus cosas para retirarse.

Esas tres horas escuchando a un montón de retrasados le colmó la paciencia. Ahora entendía porque su padre simplemente encontraba formas para evitarse dichas molestias. No es que lo estuviese disculpando, pero entendía. Si fuese más como él, habría aceptado la maldita propuesta que la haría rica a base del sufrimiento de montones de trabajadores al momento que el dichoso papel llegase a su escritorio, y no habría dejado que hiciese una exposición sobre el tema para aclarar dudas ni nada. Solo aceptarlo.

Su padre lidiaba luego con los problemas que eso significaba.

Tapar sus errores era más fácil que no cometerlos.

Por suerte no era él.

Fue rápida en salir de la oficina y en embarcarse en el ascensor. Su secretaria y los demás trabajadores se despidieron de ella, mientras por su parte solo se despidió de manera generalizada, prácticamente huyendo, últimamente eso hacía siempre, huir. No tenía ánimo para lidiar con nadie, ni siquiera con Coco, su persona más cercana.

Revisó que todos sus objetos personales estuviesen en su bolso, y esperó hasta llegar al estacionamiento subterráneo, para caminar hasta su auto.

Dejó su bolso en el asiento de al lado y se quedó un momento ahí sin moverse.

Tenía tantas ganas de salir de ahí, que no pensó en que no tenía ni el más mínimo interés de volver a su casa. La mansión no era el lugar al que le gustaba llegar, nunca fue así, y nunca lo sería. Era una buena idea el casarse e irse a vivir a otro lado, con la excusa de empezar una familia lejos de la propia, como las personas normales, quien iba a decir que su padre quiso que su ex yerno viviese ahí con ellos.

Se apoyó en el manubrio, cansada, agotada, agradeciendo que los vidrios polarizados eran lo suficiente oscuros para que nadie la viese, aunque con lo silencioso, y por la hora que era, dudaba que alguien más bajase.

Negó, no iba a pernoctar en su maldito auto. Tenía dignidad, y con aquella dignidad en alto iba a llegar a su casa. Siempre podía encerrarse en su habitación hasta la cena.

Había una parte de su cabeza que le incitaba a volver al Red Velvet, su instinto o su costumbre, pero no, no sería lo mismo. No tenía caso. No quería gatillar buenas memorias, menos ahora que aquella llamada la había dejado descolocada. Ni siquiera tener sexo con un extraño iba a cambiar lo que sintió. Nada lo cambiaría.

Tenía que olvidar, era la única solución.

Solo en ese instante se dio cuenta que su celular seguía apagado, pero tampoco era como si alguien fuese a llamarla, tal vez su padre o algo de trabajo. Ya había terminado su turno laboral así que no importaba, y en el caso del primero, no sería la primera vez que desviaba sus llamadas, y claramente no sería la última.

Prendió el motor y comenzó a vagar por el subterráneo hasta la salida. Pasó la barrera de seguridad y la luz del sol de inmediato le molestó en los ojos, al haberse visto tanto rato ahí abajo en la oscuridad.

Su vista se acostumbró a la luz lo suficientemente rápido para poder notar a alguien justo en frente de ella. Alguien justo frente a su auto. Alguien que iba a ser atropellado por su auto.

Frenó de golpe.

¿Por qué había una persona bloqueándole la pasada con su cuerpo?

Oh.

Tal vez se arrepintió en ese instante no de haber contestado la llamada o siquiera haber visto los mensajes antes de apagar su teléfono.

Sintió sus interiores retorcerse una vez más, la ansiedad, el miedo, el dolor inundándola.

Ahí estaba Ruby.

Sus brazos estaban extendidos a sus lados, bloqueándole la salida. Su chaqueta larga se meneaba con el viento furioso. Sus ojos se veían grandes, pero determinados. Sus mejillas estabas sonrojadas, pero no sabía cuál podía ser la razón, pero la idea de que hubiese corrido hasta ahí parecía creíble. Su cabello estaba corto, pero no le costó darse cuenta de quién era a pesar de que se veía cambiada desde la última vez que la vio.

Salió de su estupor, solamente para bajarse de su auto. Iracunda.

Primero la llama de la nada, sacándola de sus casillas, y ahora aparecía ahí, bloqueándole el camino. Tal vez sentía muchas cosas con el mero recuerdo, y sus instintos le gritaban para que saliera de ahí, sintiendo el pánico a punto de salir a la luz, pero ahora, solo sentía ira.

"¿Qué crees que haces, idiota? Es una maldita calle, te pude haber arrollado."

La mujer se vio sorprendida, sin saber que decir y luego frunció el ceño.

"¡Es una salida de vehículos, deberías ir lento!"

"Está prohibido el paso de peatones, no deberías ni siquiera estar aquí."

"¡De todas formas deberías ir lento!"

Se quedaron mirando unos momentos.

¿Esta teniendo una discusión con ella luego de no haberse visto hace tanto tiempo?

Debería estar preguntándole cosas, obteniendo alguna explicación, no discutiendo.

Tal vez todo lo que sucedía, realmente la tenía mal. De hecho, pensándolo así, su actitud había sido mucho peor de lo habitual, desde que tuvo que separarse de la chica. Sus empleados debían ver la peor parte de su actitud. A veces ni ella misma soportaba su carácter de mierda.

Soltó un suspiro y se masajeó el puente de la nariz. El dolor crecía ahí, y solo quería acabar con eso y volver a su rutina. Ni siquiera quería mirarla de más, así recordaría cosas que decidió olvidar.

"¿Qué haces aquí?"

Notó de reojo como esta bajó los brazos, pero no se movió de su lugar, aun impidiéndole el paso.

"Necesitaba hablar contigo, pero no me respondiste, así que vine aquí y esperé a que salieras."

Si, era obvio. Debió de haber revisado los mensajes, era oficial. Se habría ahorrado ese problema. No necesitaba esto en su vida, ya lo había superado, estaba libre de las ataduras de ese amorío, así como estaba libre de las voces.

"¿Qué puede ser tan importante para que hagas una escena? Como sea, nosotras no tenemos nada de qué hablar. Sal de mi camino."

Ruby volvió a estirar sus brazos apenas hizo el movimiento de ingresar a su auto. Claramente esta no se iba a mover de ahí. No necesitaba eso, en serio.

"No. Necesito hablar contigo."

Si, la jaqueca iba a torturarla por el resto del día.

"Realmente eres terca, Ruby. Leeré los mensajes luego y te responderé. Ahora muévete."

"¡No! ¡Tiene que ser ahora!"

"Ruby, no estoy jugando."

La miró, solamente para que su seriedad fuese vista por la menor.

Pudo notar como la expresión de la mujer cambió, tornándose triste. Desesperada. Su posición también vaciló. Fue como si se viese acorralada, y ya no tuviese más cartas bajo la manga. Solo mostrarse. Solo ser ella misma y dejar de pelear. Solo decirlo. Dejar de lado el miedo, y enfrentar la realidad. Incluso notó como esta miró alrededor asegurándose que no hubiese nadie cerca.

Siento intrépida, impulsiva, pero también siendo cuidadosa.

Eso era algo que solía adorar de ella, cuando se había permitido sentir.

"Lo limpie, Weiss."

¿Qué?

"No sé de qué estás hablando."

Los ojos plateados se cerraron, y luego se abrieron, su mirada cambiando. Ya no era la chica inmadura e infantil, si no que era una mujer adulta, seria, lista para todo, con convicción. Esa Ruby que salía en las más desesperadas situaciones. Y esta parecía ser la situación indicada.

Su estómago se retorció una vez más, pero de manera diferente. Ruby estaba cambiando, y su propio cuerpo se había acostumbrado a cambiar con ella. Se había acostumbrado a ser otra persona cuando estaba con Ruby, y ahora, no parecía ser diferente. Había fallado al mantenerse ajena, simplemente era atraída por esa mujer, y no tenía la fuerza suficiente para ignorarla.

"Limpie mis antecedentes. Dejé Red Velvet."

No podía creer lo que estaba escuchando.

Espera, con limpiar, ¿Se refería a que había eliminado de sus antecedentes el que hubiese trabajado ahí? Entendía que eso era algo posible de hacer, sobre todo para alguien como su padre, pero para Ruby, esa no debía ser una tarea fácil, debió de pedirle ayuda a alguien para hacerlo.

Y, ¿Por qué?

¿Por qué haría algo así?

Hasta donde sabía, Ruby le tenía mucho cariño a su trabajo, ¿Por qué dejarlo? No había sentido alguno en sus palabras.

"Sé lo que dijiste esa vez, y lo entiendo, pero Weiss, yo no me rindo sin dar pelea, y contigo no me voy a rendir sin primero dar todo de mí. Aunque tenga que dejar toda mi vida atrás."

Oh.

Sus palabras la dejaron sin aliento.

El verla ahí, frente a su auto, de pie, inerte, su posición firme, determinada, le arrebató el aire de sus pulmones. Ruby dejó su trabajo por ella. Ruby limpió sus antecedentes por ella. Solamente para no agravar la situación que podría vivir con su padre. Pero no era posible…

"Pero tú amas Red Velvet."

Le dijo, sintiendo un nudo en su garganta. Su voz sonando temblorosa y suave. Por un segundo destrozando su faceta tan bien construida, volviendo a ser Weiss, la enamorada Weiss. La Weiss que era solamente de Ruby, que iba a ser de ella siempre. La Weiss que había enterrado muy profundo en ella, y se sentía estúpida de no poder mantenerla ahí, en el abismo.

Ruby le sonrió, pero en sus ojos había tristeza palpable.

"Lo sé, conocí gente maravillosa ahí, gente que me acogió y me cuidó. Un lugar estable luego de tantos otros lugares que solo nos lastimaron. Amo Red Velvet, y jamás olvidaré que gracias a estar ahí pude conocerte. Ahora es más importante el amor que tengo hacía ti, Weiss. Es más fuerte que cualquier otro sentimiento que haya tenido. Y lo intenté, pero no pude sacarte de mi cabeza, y el dolor de perderte jamás se desvaneció."

No podía creerlo.

Ruby siempre era honesta, pero en aquel segundo, la veía floreciendo frente a ella. Vulnerable y sincera. Y escucharla decir eso, revelar el amor que le tenía, le causaba un revoltijo de emociones. Se sentía tan feliz, y a la vez tan perdida, porque había tomado una decisión meses atrás.

Cerró los ojos, solamente para que las lágrimas no avanzaran.

¿Por qué era así?

¿Por qué esa mujer era tan contrastante con toda su vida?

¿Por qué solo al verla ya tenía claro que la quería consigo?

Quería abrazarla, quería sostenerla, quería estar con ella siempre.

Pero…

¿Los antecedentes borrados eran la solución?

No, no lo era. Eso no omitía lo que su compañía significaba, su padre, la sociedad elitista, la fama. Su reputación seguía pendiendo de un hilo. Sin embargo, no pudo decírselo. No pudo decirle que eso no cambiaba nada. No era capaz. ¿Por qué? Por qué Ruby había sacrificado algo que realmente le importaba por ella. Ruby pensó en lo único que podía hacer para solucionar este dilema, aunque eso significase perder lo que era su familia. Un sacrificio como ese, nadie lo había hecho por ella, y nadie lo haría.

No podía simplemente darse la media vuelta, no podía.

Tanta devoción, tanto esfuerzo, debía ser recompensado.

Ruby hizo su máximo esfuerzo...

Para poder estar juntas.

Así que solo eso le importaba.

"Sube al auto, Ruby."

Ruby parecía aun triste, aun sorprendida e inmutable en su lugar. No fue hasta que abrió los ojos que esta cambió, dándose cuenta de que su intención no era dura como sus palabras sonaron. Era difícil hablar sin llorar, sin lanzarse a los brazos de la chica, así que debía ponerse su máscara para no caer. Aún estaban en la calle, y no podía descomponerse de esa forma. Como un rayo Ruby se movió del camino, subiéndose al asiento del copiloto, por su parte no entró sin antes soltar un largo suspiro, esperando que eso pudiese calmar sus temblores, sus ansias, y la inminente tarea de revelar que nada de lo que Ruby hiciera sería suficiente para evitar una tragedia.

Esto iba a ser difícil.

Ya en su asiento, miró a la menor, y la vio acomodándose en el asiento, sosteniendo su bolso en el regazo, cuidándolo. Podía notar como su expresión cambió de inmediato, ligeramente aliviada, volviendo a ser la mujer infantil que conoció aquella noche. Esa personalidad tan refrescante que tanto necesitaba a su lado.

La vas a arruinar, te va a arruinar.

No de nuevo…

Negó.

No podía ilusionarse. Tenía que mantener la cabeza fría.

No la necesitaba.

Tenía que ver todo lo que estaba ocurriendo, ver todos los puntos, todos los ángulos.

Manejó por las calles, sintiendo sus manos sudar en el manubrio. Se sentía hirviendo, y, de hecho, estaba segura de que manejar en esa condición no era lo mejor. Se sentía enferma. Los fantasmas que la perseguían todas las noches apoderándose de su cuerpo. Tenerla cerca seguía martirizándola, y probablemente nada cambiaría ese hecho.

Ruby habló luego de unos momentos, su voz sonando seria, pero tranquila, y le dio direcciones. En ese instante ni siquiera se preguntó a donde iba, y en su cabeza creyó que era en dirección hacia la casa de Ruby, sin embargo, se sentía perdida. No sabía con claridad si no tenía idea de donde estaba o solo era su cabeza enloquecida ante aquel cambio repentino. Su vida de la nada dio una gran vuelta, y no estaba preparada para eso, porque se convenció, durante esos meses, que no quería un cambio así, que no quería a Ruby, que no la necesitaba, que iba a seguir viviendo su vida como siempre. Su vida iba a ser la misma que fue antes de tenerla a su lado.

Luchó día tras día para levantarse de su cama, para volver a su vida. Cuando se separó de su en aquel entonces prometido, corrió a los brazos de una extraña, y así el luto fue más ligero, pero ahora, luego de separarse de Ruby, sintió el peso de aquella perdida también, ambas, estaba sufriendo una vez más por todo lo que había perdido. Amaba a Ruby, realmente la amaba, no como a su ex. Sentía cosas reales, no lo que la sociedad y su familia le enseñó que era el amor. Con ella aprendió tantas cosas del mundo, tantas cosas de sí misma que jamás se molestó en explorar, que jamás tuvo el permiso de explorar.

Con Ruby, era feliz. Era libre. Era su propia persona.

Sin Ruby, volvió a ser esa mujer que era en el pasado, una mujer dura, una mujer critica, una mujer que era capaz de tanta maldad como su propio padre. Se volvió una mujer insoportable, incluso en aquellos momentos donde debía lidiar consigo misma. No se soportaba en lo absoluto.

Su auto se detuvo, luego de las direcciones de la mujer, y luego solo apagó el motor, indispuesta. No quería manejar más, no quería hacer nada más, no quería mirar a otro lado que no fuesen sus manos pegadas al manubrio, sus nudillos tornándose blancos. No quería mirarla, no después de todo lo que hizo para olvidarla. Para dejar esa relación que tenían, esa relación que no las llevaría a ningún lado, esa relación que cada día la hacía sentir más y más enamorada.

Se dejó caer en el asiento, intentando dejar de lado su tensión, relajándose, o forzándose a hacerlo. Su sien palpitaba rápidamente, así como su pecho dolía. Estar tan cerca de ella, dolía. Cerró los ojos, tratando de imaginar que estaba sola, y por un momento casi lo logra, la mujer aun en silencio ayudando en la tarea, sin embargo, fue el aroma a rosas que le indicó que estaba esa mujer a su lado, y recordó la última vez que ambas estuvieron en el auto, juntas, siendo una con la otra.

Pecadoras.

Quería vomitar.

Sentía que todo el trabajo que le costó el olvidar a la chica, el olvidar las sensaciones que sentía a su lado, se fue a la mierda en esos pocos minutos.

Recordó a su madre, la cual intentó dejar el alcohol, pero por culpa de su padre, esta volvió a recaer. ¿Se sentía así? Abandonar aquello que necesitabas tan a menudo para que de la nada aparezca frente a ti, forzándote a caer.

Ruby soltó un suspiro pesado, y podía sentir los nervios en aquel sonido.

Se quedó inerte, esperando a que esta dijese algo. No quería hablarle. No quería. Si le hablaba, iba a hacer de aquella reunión algo real. Iba a aceptar a Ruby en su vida, y si hacía eso, dudaba que fuese siquiera capaz de decir adiós de nuevo.

"Weiss, yo..."

Ruby habló, pero su voz se quebró. Los recuerdos de aquel día, de las lágrimas, del llanto, de la desesperación, volvieron a aparecer en su memoria, y sintió ardor en sus ojos, a pesar de tenerlos cerrados. Si los abría iba a llorar. La mujer a su lado se removió, el cuero sonando bajo ella, mientras soltaba un gruñido frustrado.

"Me preparé para este día, pero hacer esto es más difícil de lo que imaginé."

Abrió los ojos, tentada por la clara frustración de la mujer, y la miró, perdiendo la convicción que tenía hace solo unos momentos. Notó como esta tenía la mano en su nuca, y los plateados la observaban, había calma en su rostro, así como una leve sonrisa. Se quedó petrificada mirándola. Era la misma de siempre, su rostro seguía siendo el mismo, aunque hubiese pasado tanto tiempo. Tenía esa misma expresión que le dio tantas veces. Su cabello lucía más corto, y lucía más ordenada de lo que recordaba, como si se hubiese preparado para verla, incluso su ropa se notaba diferente a lo usual.

Ahora que la había mirado, no podía apartar la vista.

Eso también la iba a perseguir. Una nueva imagen que debía borrar de su mente.

"Alguien me dijo que tu debías de estar solucionando tu vida a esta altura, que yo ya no entraba en el panorama, que era muy tarde para hacer algo al respecto, pero no hice caso. Me costó mucho trabajo dejar Red Velvet, me costó mucho trabajo hacer que todo aquello que hice en mi vida desapareciera, me costó mucho seguir optimista cuando me vi sin nada, sin mis amigos, sin mi hermana. Honestamente, Weiss, me costó darme cuenta de lo mucho que te amaba, tal vez porque jamás sentí algo así por alguien, ni tampoco quería destruir lo que teníamos. Tu parecías estar bien conmigo de esa forma, y sabía que contabas conmigo, así que no quería arruinarlo. Hasta que recibí tu mensaje."

Se quedó inerte ahí, mirándola, mientras esta comenzó a contar su versión de la historia. Los plateados no la miraban, se enfocaban en sus propias manos aun aferradas al bolso en su regazo.

Sintió una presión en su pecho al saber que ambas habían pasado por lo mismo, que ambas habían pensado lo mismo, que ninguna de las dos quería arruinarlo. Tenían todo lo que se esperaba de una relación amorosa, pero sin tener nombre alguno, sin ser de la otra. Estaban bien así, podrían haber seguido así, pero…

No, su egoísmo no lo habría permitido.

"Me sentí horrible. Me sentí abandonada. Sentí que una parte de mi era desgarrada. Fue como cuando perdí a mis padres."

Ruby dejó caer unas lágrimas, su cuerpo tenso, vulnerable.

Ruby estaba llorando justo frente a ella. Una vez más.

Sintió sus propias uñas enterrándose en sus palmas, ardiendo, apuñalándola, pero se merecía aquel dolor. Odió a esa mujer misteriosa que hizo llorar a Ruby, y la maldijo una y otra vez, pero al final, ella misma no era tan diferente. Esa mujer lastimó a Ruby a un nivel físico ¿Pero ella? La destruyó por completo. La hizo llorar, e incluso le hizo recordar a la gente que perdió.

No podía perdonárselo.

Quería abrazarla, pero más no era capaz. Consolarla luego de que fue ella misma quien hizo el daño era algo demasiado hipócrita.

Ruby se calmó luego de un rato, y se removió de nuevo. Al final, notaba como esta podía calmar su llanto rápidamente, con la intención de mantener sus sentimientos ocultos. Aun así, Ruby era honesta con ella en ese aspecto también. Ruby cambiaba con ella, así como ella cambiaba con Ruby.

Los ojos plateados, ya secos, la miraron, determinación en los irises.

"Quise comprender tu miedo, en serio quise, pero luego de estar día y noche meditándolo, me di cuenta de que no me importa."

Pestañeó dos veces sin entender del todo las palabras de la mujer.

Esta soltó un suspiro, entendiendo su confusión, y luego sintió la mano de esta en la suya. El tacto la hizo saltar. Nadie la había tocado desde ese entonces, y la sensación fue extraña, casi como un deja vu. La mano de esta seguía siendo más grande que la propia, más fuerte, igual de cálida. No había cambiado.

"No me importa morir, Weiss. He sufrido cosas horribles en mi vida, he visto cosas horribles. Si es por poder estar a tu lado, no me importa morir. Vale la pena el riesgo."

No.

Movió su mano, soltándose del agarre de la chica.

No podía escuchar eso. No podía.

Podía aceptar que la mujer le dijese cualquier estupidez, pero esa…

No podía escuchar esa mierda. Eso era sin duda un límite que no iba a sobrepasar, no ahora, no nunca. Pensar en ella, en la única persona que realmente quería, muerta, era algo que no quería ni siquiera tener atisbo alguno, mucho menos si significaba que su padre iba a ser el perpetrador.

La odió por decir eso.

"Bajate."

Los ojos plateados la miraron con asombro, perplejos, pero no le importó.

Ese no era el futuro que quería. Esa no era la vida que quería. No iba a aceptar eso.

No.

"Pero Weiss, dejame terminar-"

"¡Bajate!"

Su voz fue tan diferente a lo normal. No fue una voz autoritaria como lo era en su oficina, o la voz reacia que usaba en su hogar. Había sentimientos en ella que no entendía del todo, como el enojo, la ira, como el miedo, el terror irracional. No iba a estar con Ruby si eso significaba que iba a perderla, esta vez para siempre. No iba a cometer un error como ese, jamás.

La mujer se vio sin poder decir nada, y simplemente le hizo caso, bajando del auto, su rostro temeroso, y apenas la puerta se cerró, aceleró.

Huyendo de ahí.

Se había dicho que no iba a mirar atrás, y no iba a hacerlo. Y ahora entendía que Ruby jamás entendió su miedo, Ruby jamás lo iba a entender, y no podía acercarse de ser así.

No iba a mirar atrás, nunca más.


Capitulo siguiente: Reunión.


Lo sé, debieron de haber pensado, ¡Si! ¡No todo está perdido! Y llegue yo con este final de mierda. Yo también me odio por escribir esto, así que entiendo el odio que me tienen todos ahora.

Pero Ruby está viva, por ahora, así que habrá que ver que sucede, esto debe acabar de alguna forma, ¿No?

Nos leemos pronto.