Red Velvet
Capítulo 80: Determinación
…
Caminó por el salón, sus tacones resonando.
Avanzó, mirando alrededor.
El lugar era espacioso, enorme, elegante, hermoso.
Al fin lo veía tal y como era, no como antes, donde sus ojos no veían nada más que una prisión más, un lugar donde la dejaban expuesta sin el menor miramiento.
Y detrás de las grandes e imponentes puertas, ahí estaba su verdadera tortura.
Las miró, teniendo la sensación amarga del pasado moviéndose por su estómago, pero se forzó a mantenerse firme, a tener esperanzas de que ese momento seguiría en el pasado, y ahora podría teñir ese amargor de algo diferente.
Dulce.
Avanzó, puso las manos en la madera, y las abrió, de par en par.
La eterna fila de asientos apareció en su rango visual, en todas direcciones, para cientos, para miles de personas, espectadores, auditores, y al final de aquel lugar, veía el escenario. Su tortura, su prisión, la jaula para el pájaro que debía cantar.
¿Cuántas veces estuvo ahí?
Ni siquiera podía contarlas.
Se quedó inerte, ahí, observando ese lugar, los sentimientos dolorosos del pasado llegando a ella, disparándole por la espalda, no, no era así del todo, más bien, era como si estuviese en la mira de un arma, sin sentir el disparo, pero sabiendo que este llegaría, y así se sentía en ese entonces, ahí arriba, con todas esas personas observándola, sobre todo, con su familia observándola.
Nunca fue suficiente.
Nunca logró ser suficiente.
Le gustaba cantar en ese tiempo, le gustaba que las personas sintiesen algo con su canto, con sus letras, con su pasión, pero el amar el canto no era suficiente para satisfacer a su familia, o a Atlas. Debía ser perfecto, y la perfección no existía, cosa que debió de haber sabido cuando era una niña, y no ahora cuando ya era demasiado tarde para hacer un cambio.
Pero lo hizo.
En algún punto de su vida, decidió cambiar. Decidió llevarle la contraria a ese lugar, a esa gente, a esa sociedad, sobre todo a su familia, y se rebeló. Decidió vivir la vida de la forma que quería, o al menos de la forma que más iba a desafiar los valores de la sociedad a la que pertenecía.
Se vio llevando la mano a su rostro, por inercia, sus dedos rozando la cicatriz en su rostro, sintiendo como su ojo ardía ante el mero recuerdo. Eso ganó aquel día, una marca, y un miedo latente que le impidió vivir la vida como quería, que la obligó a ser la hija perfecta, con la vida perfecta, con el trabajo perfecto, con el marido perfecto, y pronto tendría la familia perfecta.
No era doloroso como antes, no la aterraba como antes, porque sabía la verdad, así que ya no tenía ningún tipo de pensamiento respecto a lo ocurrido, sin embargo, su cuerpo aun sentía el dolor de ese entonces, marcado con fuego en su humanidad, así que su ojo ardía, reaccionaba, con el dolor que experimentó. Al final, el miedo que vivió los años siguientes, siguieron ahí, y no se iba a borrar fácilmente. Una vida de adiestramiento no se iba a esfumar de un día para otro.
Le aterró seguir adelante, y aun le aterraba, aun existían los vestigios del miedo que experimentó durante todos esos años, sabiendo que el más mínimo error terminaría en un castigo, así que no podría ser feliz, no podría ser su propia persona, o eso significaría volver a un quirófano, volver donde un terapeuta, y tener que empezar todo de nuevo.
Y ese día, subir una decepción de la persona con la que iba a llevar a cabo aquel futuro perfecto que la sociedad había planeado para ella, fue un empuje lo suficientemente intenso para hacerla moverse, para recordarle lo que odiaba del mundo, porque su ex prometido era eso, la personificación de todo lo que odiaba de esa sociedad, de su familia, de las personas que le metieron en la cabeza la forma en la que tenía que vivir.
Tal vez podía sentirse agradecida de que el sujeto le diese aquel empujón, y quizás más de uno, considerando la última vez que lo vio. Era un desgraciado, pero tenerlo en su vida le dio la oportunidad de cambiarla, y de eso estaba agradecida.
Gracias a él puso rebelarse una vez más.
Y luego, el que Ruby apareciera en su vida, fue lo que la mantuvo ahí, siguiendo ese camino, y ahora, al fin, se sentía lista para seguir, para ser feliz, para vivir la vida de la forma que quería, sin importarle lo que pensara el resto.
Quería ser feliz, quería ser realmente su propia persona, y serlo al lado de Ruby.
Tuvo miedo de perder la vida si llegaba a seguir ese camino, pero ahora, no tenía ese miedo, porque estaba a salvo, nadie podría lastimarla, y tenía a Ruby a su lado, así que podría dar cada paso sin miedo alguno. Iba a ser quien quisiera ser, y le iba a demostrar a esa sociedad que no pertenecía, ni quería pertenecer, a gente como ellos.
Recién ahí escuchó los pasos ajenos tras ella, los pasos de su padre y de su hermano, siguiéndola en silencio.
Volver ahí, se sentía agrio, se sentía amargo, era una bomba de sensaciones que la embargaron durante años de su vida, y el pisarlo de nuevo era casi como someterse voluntariamente a ese dolor, a esos traumas, a esa inferioridad que sintió cada vez que terminaba de cantar.
Pero ya no era así.
No iba a dejar que fuese así.
Ya no iba a arruinarse la vida con lo que sucedió en el pasado, porque ahora era una nueva persona, una nueva Weiss, e iba a hacer del mundo su nuevo mundo, a su manera.
"¿Estás segura de esto, Weiss?"
La voz de su padre sonó preocupada, débil, como si temiese preguntar, o como si temiese la respuesta que obtendría.
Pero no lo miró, sus ojos seguían fijos en el escenario, pero aun así contestó, asintiendo.
"Permití que la sociedad me quitase a mi familia, permití que me quitase mi personalidad, pero ya estoy harta de perder las cosas que amo, y no voy a dejar que sigan interponiéndose en mi felicidad."
Decir eso, teniéndolos a ellos ahí, se sentía extraño, pero no dejó que eso le quitase el ímpetu.
Ellos ya lo sabían, y si bien aún eran parte de esa sociedad, a regañadientes como ella también lo fue, no iba a permitir que siguieran en ese camino de dolor, y para causar un cambio, alguien tenía que avanzar, y ella estaba lista.
Su padre ya había vivido demasiado tiempo envolviéndose en ese mundo, convirtiéndose en lo que la sociedad esperaba de él, y ella misma se lo dijo, que ya se había jubilado, que nadie esperaba nada más de él luego de dejar la compañía, y que podía tomar su propio camino.
Y lo mismo se lo dijo a su hermano.
Ya pasó por eso, y su hermano, dos años menor, ya se había contaminado demasiado, y ya era suficiente. No iba a dejar que terminase como ella, sin personalidad, solo con lo que la sociedad hizo de él.
Les dijo que Atlas les había rebatado a su madre, a su hermana, y ya no podían permitir que les quitase la vida a ellos también. Eran lo último que quedaba de la familia Schnee, y no podían permitir que quedasen olvidados como una familia más de Atlas. No quería eso, no quería terminar como estos, como todas esas familias infelices, falsas, que existían por montones en esa asquerosa sociedad.
Eran famosos, eran ricos, tenían el mundo en sus manos, ¿Por qué mierda iban a vivir lo que les restaba de sus vidas mimetizándose con el resto de perdedores?
No lo permitiría.
Y ellos ya lo sabían, y no se iba a aburrir de decírselos. Ya no se iba a callar, ya nadie podría silenciarla, nunca.
Se vio caminando entre los asientos, avanzando hasta el escenario.
Se veía enorme desde el lado del público, y no había vuelto a ese lugar desde que dejó de cantar, desde que no fue capaz de profesionalizarse y hacerlo perfecto, tal y como debería, tal y como Atlas esperaba de ella.
Arruinaron aquello que amó, pero ya no más.
Tenía el poder para hacerlo, para ser ella quien ahora arruinaba a Atlas.
Respiró profundo, inspirando el aroma a madera, a cuero, que le recordaban cuando estaba ahí arriba, inspirando profundamente antes de cantar una larga nota. Era una sensación agradable al comienzo, cuando amaba lo que hacía, lo cual se tornó oscuro con el tiempo, pero no dejaría que el pasado contaminara su presente.
No dejaría que el pasado contaminase su futuro.
No dudó, avanzó, llegando a una de las escaleras que llevaba al escenario.
Siempre entró por detrás, tras bambalinas, pero ahora no, ahora era diferente.
Caminó erguida, sabiendo que el lugar tenía la capacidad para hacer retumbar cada sonido, amplificando el sonido de sus pasos, y así sería con el sonido de su voz. Conocía ese lugar como la palma de su mano, ya que debía aprendérselo, solo así podría desempeñarse como correspondía, y a pesar de los años, no lo había olvidado.
Se paró al medio, notando las grandes luces ahora apagadas, las cuales solían brillar con fuerza, iluminándola, cegándola incluso, y tal vez su mismo miedo a arruinar más su vista la detuvo de volver a subirse al escenario. Pero ahora no había problema, porque no estaban encendidas, así que podía ver, así como podía ver al público, quien en ese momento no era nadie más que su familia. Los que habían permanecido.
Y quería que estos fuesen sus espectadores.
Cerró los ojos, y respiró de nuevo, profundamente, llenando su estómago de aire, sus pulmones, todo su cuerpo, recordando las lecciones que tuvo cuando no era nada más que una niña, ahí cuando todo comenzó, cuando su interés se convirtió en algo que debía crecer más y más, y así se marchitó.
Pero aprendió.
Aprendió todo lo que tuvo que aprender para poder hacer de su voz, de su amor que era el canto, y llevarlo a lo alto, y no quería eso, no era su objetivo, lo único que quería, era que su voz llegase a esas personas, a su familia.
Y cantó.
Su voz ya no era como en antaño, ya no era la voz de una niña, de una adolescente, pero seguía manteniendo la fuerza, la habilidad, a pesar de haber dejado de cantar.
La primera vez que cantó, en años, fue cuando estuvo con Ruby, cuando la conoció aquella madrugada en el Red Velvet, cuando estuvo recostada en su regazo, cuando esta la arrulló con la intención de llevarla al mundo de los sueños y así darle un descanso luego de tanto drama, tanto dolor, tanta rabia.
Esa canción que Ruby entonó para ella, seguía fresca en su memoria.
Sin quererlo, esta abrió una caja de recuerdos, una caja de memorias agradables, cálidas, así como revivió el sonido de su madre, del canto de su madre, y ahora, la voz de su madre solía aparecer en sus memorias junto con la de Ruby.
Y ahora, era su propia voz la que entonaba dicha canción.
No podía imitar la voz de su madre, ni la de Ruby, así que hizo su propia versión.
Y salió sin problema, a pesar de llevar años sin cantar sobre un escenario.
Cantó.
Y cantó.
Cantó sin parar, y digirió lentamente cada una de las sensaciones agradables que pasaron por su humanidad mientras cantaba aquella pieza, los buenos recuerdos llegando, el pasado apareciendo, pero lo bueno de este, cuando todo era felicidad, o al menos así era en su cabeza inocente e ingenua.
Y sin darse cuenta, comenzó a llorar.
Pero eso no detuvo su canto, su inspiración, su adoración, su ímpetu, así como el llanto no arruinó su voz, no lo haría, jamás.
Nada arruinaría su voz de nuevo.
Miró hacia lo alto del lugar, hacia el techo del gran teatro, notando todo borroso ante las lágrimas, y ahí abrió la boca, soltando la última frase de aquella canción, de su canción de cuna, de su versión, y mantuvo la nota sin problema.
Era un comienzo.
Con eso, marcaba un comienzo, uno nuevo, uno mejor.
Su voz se acalló, pero los vestigios se mantuvieron rondando por el enorme lugar, emitiendo su sonido en cada rincón, para cada espectador, sin dejar a nadie sin oírla.
Recién ahí bajó la mirada, buscando a sus acompañantes.
Su padre estaba inerte, observándola, una mirada en él que jamás había visto, o que él jamás dejó que alguien viese. Estupefacto, incrédulo, y emocionado, veía emoción genuina en sus ojos, al parecer, su voz, su canto, le había llegado, le había calado más profundo que las palabras que le pudo haber comunicado desde que arreglaron su relación.
Fue una semana intensa, para todos, para ella, así que quería terminarla con la misma intensidad.
Pero cuando sus ojos se fueron donde su hermano pequeño, su corazón terminó de romperse.
No había visto a su hermano llorar, nunca, y ahí estaba él, su cuerpo tenso, sus ojos cerrados, sus puños apretados, y las lágrimas corrían por sus mejillas.
Se apresuró a bajar, se apresuró en llegar a su lado, siendo la hermana mayor que debió ser desde el comienzo, y que ahora al fin podía ser. Abrazó a su hermano apenas estuvo cerca, la única forma que conocía para poder consolar a alguien, la forma que Ruby le enseñó, la única forma que la hizo sentir segura y en calma cuando todo se caía a pedazos.
Escuchó su llanto, su lamento, y pasaron unos momentos para que Whitley dejase su tensión y la sujetase, las manos delgadas aferrándose a su ropa, con desesperación. Este habló, su voz sonando como un gimoteo, y le costó entender lo que le dijo.
"La canción de mamá."
Eso fue.
Subió la mirada para verlo a los ojos, y los vio brillantes, húmedos, el rostro de un niño que tuvo que crecer demasiado pronto, que no pudo disfrutar de su infancia, y ahí, nadie pudo. Eran niños que tuvieron que vivir usando máscaras, tal y como sus padres, siendo obligados a ser lo que la sociedad quería de ellos. Así como tuvieron que sobrellevar la muerte desde tan jóvenes.
Si, era la canción de su madre.
La madre que perdieron demasiado pronto, para que luego la muerte se las arrebatase de ese mundo.
Se vio apretando los dientes, sintiendo cierta ira emerger en su ser, ira que siempre tenía. Se vio sujetando a su hermano de las mejillas, su piel tosca, masculina, a pesar de seguir viéndose como un niño ante sus ojos, su pequeño hermano.
Este la miró, aun llorando, pero eso no evitó que notase sorpresa por su agarre.
"Esta sociedad nos arrebató a nuestra madre, no podemos dejar que nos quite la vida a nosotros."
Whitley la miró, frunciendo los labios, y notó determinación en sus ojos, una determinación que no había visto en él, una determinación real, genuina, no la máscara que solía tener. No, esto era él mismo hablando, su hermano, Whitley, no un Schnee.
Y así, este asintió, sus lágrimas deteniéndose.
Habían perdido demasiado.
Había tenido que tocar fondo para darse cuenta de eso, había tenido que sufrir durante muchos años, y ahora al fin tenía la fuerza para levantarse erguida, para pelear de vuelta, e iba a conseguir que su familia siguiese su camino, y si no, al menos se quedaría tranquila al saber que hizo algo, que intentó que estos pudiesen liberarse de esas amarras que tenían, de esas cadenas que venían arrastrando por años.
Si estos querían ser liberados, lo harían, y si no, iba a seguir adelante sin remordimientos ni culpas.
Sintió la mano de su padre en su hombro, así como vio como la otra mano estaba ahora en el hombro de Whitley.
Cuando lo miró, notó de nuevo sentimiento en él, su máscara rompiéndose, poco a poco, lentamente, pero aun manteniéndose firme, aun siendo fuerte para ellos, como el padre que era, como el padre que debía ser, como el padre que fue obligado a ser, el padre que le obligaron a convertirse sin dejarle oportunidad alguna de ser nada más.
Pero no era una falsedad, no, era genuino, su padre realmente quería ser un padre para ellos, y eso lo demostraba con esa mirada que les daba.
Notó como este les sonrió, su bigote moviéndose, y notó como la sonrisa llegó a sus ojos, cosa que nunca sucedía. Siempre sonreía, manteniendo su postura, como cuando hablaba con otras personas, con socios, con conocidos, donde la sonrisa no llegaba a sus ojos, solo aparentaba.
Pero no era así ahora.
Este abrió la boca, y notó un sonido roto salir de esta.
Su máscara, de nuevo, rompiéndose los suficiente para romperle la voz.
"Su madre estaría orgullosa de ustedes."
No creyó que podría llorar más, pero ahí estaba, llorando de nuevo.
Su madre no pudo resistirlo, no pudo resistir el peso que el mundo le puso sobre los hombros, el peso que la sociedad le puso, en lo que la transformó, y cedió, obligándose a disociarse de ese mundo, de beber hasta olvidar todo, olvidar sus responsabilidades, olvidar su personaje, hasta que al final olvidó como vivir, hasta que solo le quedó la muerte, nada más que eso.
No pudo salvar a su madre, pero viviría por ella.
Todos ellos vivirían por ella.
Nunca creyó que estaría ahí, con esos hombres, compartiendo un abrazo.
Siempre fueron tan ajenos, incluso en su infancia, siempre era más tensa su relación con ellos que como fue con su madre o su hermana, antes de que las dos cayesen en la desesperación y sucumbieran a sus demonios. Así que jamás creyó que tendrían una redención, que compartirían un momento juntos, que se sentiría una familia al lado de estos, y ahora se comía sus palabras.
Era feliz ahí, con ellos, a pesar de todo.
Eran su familia, y los quería salvar.
Quería que vivieran.
Si no fuera por Ruby, ¿Qué sería de ella?
Ni siquiera quería pensar en eso, ni siquiera quería dar por hecho que su vida seguiría siendo tan miserable como siempre fue, y así sería la vida de su padre, de su hermano, continuando sus caminos, separándose cada día más hasta que no fuesen nada más que desconocidos, o enemigos, como solía pensar que ellos eran.
Pero ahí estaba, superando el dolor, el pasado, su miedo, sus traumas, y seguía adelante.
Ruby le había dado una oportunidad de crecer, de cambiar, de ser ella misma al fin, y ahora podía tener su familia de vuelta.
Podía enmendar el daño que ese mundo creó.
Y así, iba a poder caminar junto a Ruby, sin remordimientos, sin culpas, porque hizo todo lo que estuvo a su alcance.
Si Atlas no cambiaba, iba a ser ella quien lo cambiase.
Iba a darle a Ruby un Atlas en el que sintiese orgullo de vivir.
Iba a cambiar el mundo por ella.
Porque Ruby era su mundo.
Capitulo siguiente: Aniversario.
N/A: Esto dolió, si, un cambio rotundo desde el capítulo anterior, pero Weiss está dispuesta a demostrarle al mundo que es una persona diferente, y seguirá así hasta que se sienta orgullosa de sí misma y de todo lo que ha logrado.
Pero dueleeeee.
Sé que es extraño ver otras versiones de Jacques y Whitley, pero no me arrepiento de nada, al fin y al cabo, no tenía realmente planeado que las cosas ocurriesen así. Terminó siendo mejor, ya que suelo hacerlos o malos o los mato, ya era hora de redimirme.
(Ochenta capítulos omaigod)
Nos leemos pronto.
