Red Velvet

Capítulo 99: Consuelo

Le hubiese gustado tener un cuerpo al cual velar.

Le hubiese gustado tener un ataúd el cual enterrar.

Le hubiese gustado tener unas cenizas para esparcir.

Algo.

Pero no, no había nada.

Absolutamente nada, solo las memorias rotas de un pasado doloroso, violento, acongojado.

Ironwood se había asegurado de que no hubiese rastro de su hermana, que fuese un soldado más desaparecido de las filas, muerto en batalla, sin traer ni huesos ni cuerpo de vuelta a las familias.

Pensaba en eso, y sentía ira.

¿Cuántos más sufrieron el mismo destino?

La familia Schnee tenía poder, tenían contactos, podían lograr tener algo de información, ¿Pero el resto de familias? ¿Cuántos murieron por órdenes suicidas, o por el mismo Ironwood quitándolos del camino?

Sus manos se apretaban, seguían apretadas, seguía llena de ira, por lo mismo ni siquiera podía llorar, nada, solo se sentía hirviendo de rabia, y ver a su padre sufrir así, frente a más personas, aumentaba aquel sentir. También sentía rabia de estar ahí, en el patio interior de la mansión, velando una mísera foto, un mísero cuadro, una mísera pintura, llegaba a ser un insulto.

Sentía tanto odio, tanta amargura, que ni siquiera se reconocía a sí misma.

Quería ir donde ese hombre…

y…

Apretó los dientes.

Quería hacer muchas cosas, pero, sobre todo, quería hacerle sentir a ese sujeto lo mismo que su familia sentía en ese instante. Darle su merecido. Todas las veces que sintió odio en su vida, eran nada en comparación con el odio que sentía ahora, antes, solo por estupideces, y ahora, era algo grave, algo realmente importante.

¿Realmente su hermana quería ese final?

¿Qué su cuerpo fuese abandonado en medio del desierto?

No podía aceptarlo.

¿Por qué no pudo llegar a ella antes?

"¿Por qué no la busqué antes?"

Lo sabía.

Sabía porque no la buscó, y la razón era que su hermana no quería ser encontrada, e intentó ser buena, intentó ser comprensiva, y la dejó ir, y obviamente su propio miedo, sus propios problemas evitaron que pudiese pensar de otra forma. Si Winter se hubiese alejado en ese preciso instante, no la habría dejado, la Weiss de ahora no lo habría permitido.

Hubiese hecho lo que sea para que su familia permaneciera junta, aunque tuviese que hacer arder Atlas.

Sintió sus propias uñas enterrándose en su palma.

Sentía ira con Ironwood, y al mismo sentía ira de sí misma, por no hacer algo antes, por esperar tantos años para tomar acción. Se sentía una estúpida, y sabía que se iba a odiar a si misma por el resto de su vida por no haber actuado, por no haberla buscando, por no haberla intentado contactar.

Por no haber intentado más.

Sintió un golpe en su pecho, de un momento a otro.

Era una angustia que no tenía, que no había sentido, esta totalmente suprimida por el odio, completamente oculta por la rabia y por el enfado que se tenía a sí misma, impidiéndole llorar, sentir algo más que enojo.

Cuando alejó la mirada de la pintura de su hermana, y buscó la razón de su sentir, la razón de que su rabia se hubiese mermado y hubiese traído de vuelta al dolor, se topó con los ojos plateados de Ruby, esos ojos que le daban fuerza y al mismo tiempo la volvían vulnerable.

¿En qué momento había aparecido?

Creyó que era una imaginación suya, imaginación por la falta de sueño, por el cansancio, por el estrés, por la mezcla de emociones tan abrumadora, y no era la primera vez que la imaginaba, así que era una opción. Recién ahí se dio cuenta de la mano de esta en su espalda, el tacto que la hizo sentir algo más que pura rabia, algo más que puro odio. Era un tacto real, no era una mera imaginación como las que solía tener hace años, tan vividas, tan reales que la hicieron perder la cabeza más de una vez.

No, Ruby era real, siempre era real.

Por eso se sentía así.

Por eso recuperaba la angustia suprimida por el odio.

Si, porque con Ruby era vulnerable.

Porque Ruby la hacía soltar aquello que mantenía en su corazón, bien adentro, bien enterrado, y le abría las puertas para sentir, para ser honesta, para sufrir y para sanar.

Pero ¿Cómo había llegado ahí? No era posible. Ahora que lo pensaba, lo de la noticia pasó rápido, ni siquiera pudo hablar con Ruby, decirle lo que había ocurrido, no se sintió capaz de contarle ni de darle una excusa de por qué no llegaría al día siguiente a su casa.

Ni siquiera cenó esa noche, ni siquiera durmió, y dudaba que el resto de su familia hubiese logrado descansar lo más mínimo.

Tampoco fue una noticia que logró salir de la mansión, quedando ahí, entre ellos, solo estaba su familia, y la servidumbre, a quienes era difícil marginarlos de esas situaciones, y muchos de ellos conocían a Winter, estos trabajando ahí desde hace muchos años.

Pero ahí estaba Ruby.

No supo que decirle, si debía agradecerle por estar ahí, o si debía preguntarle y saber cómo se había enterado, pero no hizo nada de eso.

Ruby hizo todo.

Esta la sujetó, y la llevó hacia su propio cuerpo, sujetándola de la nuca y de la cintura, manteniéndola firme. De un segundo a otro se vio entre los brazos de Ruby, enterrada en su ropa negra, el color que en ese momento significaba la muerte. Pudo sentir su aroma intenso a rosas, pero tan relajante, también pudo sentir lo abrasador de su calor corporal que solo le daba calidez, lo calmo de su respiración que le recordaba a si misma a respirar, y su ira fue retrocediendo, al fin, luego de horas eternas de profundo odio, de profunda rabia.

Lo tenso de su cuerpo, lo tenso de su mandíbula, de sus puños, se logró calmar.

Y así, se aferró a Ruby, enterró sus dedos en el traje negro, así como enterró el rostro en el hombro ajeno.

Y lloró.

Soltó un llanto desgarrador, incluso para sí misma.

Se sentía tan enojada, tan impotente, tan frustrada, y sobre todo sentía la inmensa tristeza de perder a quien creyó que aún tenía ahí. A quien creyó que en algún momento volvería a ver, incluso se dijo a si misma que iba a hacer que los tres se subiesen a un escenario, y eso jamás se haría realidad.

¿Cómo Ruby no lloró por lo de su padre?

Le sorprendía su fuerza.

Jamás podría ser tan fuerte como lo era Ruby, como seguía adelante, como superaba las situaciones, como sonreía, como seguía firme luego del caos, luego de la muerte, luego del dolor. Y ahí estaba ella, con sus sentimientos, con su tristeza, tan enterrado en su interior, siendo consumida en su totalidad por la rabia, por la cólera que le causaba esa situación.

Y Ruby estaba siendo fuerte por ambas, siempre era fuerte por ambas.

Mantenía el control, la mantenía viva, la mantenía libre.

Se vio temblando, llorando, empapando la ropa de Ruby, mientras sentía las manos de esta pasando por su espalda, suavemente, calmadamente, por su ropa tan negra como la ajena.

La muerte, una vez más, en sus vidas, acechándolas, como buitres.

Eran muertes anunciadas.

¿Cómo no lo imaginó?

Siendo su hermana un militar, al mando de Ironwood, que ya había mandado soldados a morir por su pellejo, para ser él el héroe de la historia, para escalar sobre cuerpos olvidados y llegar a la cima del mundo. Por supuesto que moriría en algún momento, debió asumirlo desde el comienzo, y si, lo tuvo claro, que, como su madre, Winter escogió su propio veneno, escogió la muerte, pero como le perdió el rastro, imaginarla viva se sentía como lo mejor.

Lo que la dejaba más tranquila.

Pero no.

Meses muerta, sin que nadie les dijese. Sin que Ironwood les dijese.

Al menos, en la isla de Ruby, las personas no les dijeron lo del fallecimiento del padre, pero no lo hicieron porque no quisieran, sino porque no había forma de encontrarlas, de contactarlas, estas decidiendo huir de su pasado, de sus enemigos. Viviendo nuevas vidas, lejos de la isla que les quitó todo.

Pero…

Winter tampoco quería ser encontrada.

Era todo tan contradictorio en su cabeza, maldita sea.

Solo quería pedirle perdón a Winter, solo quería darle una oportunidad de ver esa familia, la familia en la que se habían convertido, pero no, no podía.

Ya era demasiado tarde.

Sintió una tercera mano en su espalda, y detuvo su llanto, detuvo las ideas que pasaban rápidamente por su cabeza solamente para mirar por sobre su hombro e intentar descubrir quién era aquella persona.

Coco estaba ahí.

Esta le dio una sonrisa triste, cabizbaja, y sabía que para Coco esas situaciones eran difíciles, no le gustaban ni los funerales ni nada así, y, de hecho, cuando su madre murió, esta se disculpó, diciéndole que le gustaría ir pero que no iba a esas cosas, que le era imposible de soportar y por supuesto que lo aceptó.

Pero al parecer, las cosas habían cambiado.

Oh, ahora lo entendía.

Ruby debió darse cuenta de su ausencia, y no era para menos, su conversación quedó completamente olvidada, y debió decirle a Coco acerca de eso, preocupándose, y Coco siempre sabía a quién contactar para recaudar información, así como sabía el número de la mansión, y alguien de la servidumbre debió decirle, Klein por ejemplo.

Y ahí, Ruby debió insistir en acercarse, en presentarse en esa ocasión.

Realmente tenía a grandes personas a su alrededor.

A pesar de perder tanto, había ganado mucho en la vida.

Le agradeció a Coco, esta asintiendo, la mano ajena moviéndose hasta su hombro, y se quedó ahí, sujetándola. Cuando volteó a mirar a Ruby, notó sus ojos brillantes, estos húmedos, su expresión dolida. Nunca había llorado así, Ruby nunca la había visto llorar así, y entendía que eso debió dejarla sentimental.

Cuando vio a Ruby llorar, se vio llorando también. Era inevitable.

El sufrimiento de la otra era imposible de ignorar.

Ambas estaban unidas, en más de un sentido.

Abrió la boca para agradecerle también a Ruby por estar ahí, pero esta negó, antes de poder decir nada.

"No me agradezcas, Weiss, estoy aquí por ti, y cuando me necesites siempre estaré para ti."

Su voz sonó intensa, fuerte, y esa era su roca.

Ruby era su roca.

Su apoyo incondicional, y lo sabía desde un comienzo, desde el primer día que la vio, que la conoció, que la ayudó a descansar, a desahogarse, a sentirse mejor consigo misma.

La muerte solo lo reafirmaba.

Ruby la volvió a abrazar, y no dudó en volver a aferrarse a esta.

Y lloró.

Lloró hasta que no le quedaron más lágrimas.

Hasta que su llanto desesperado, dolorido, no fue más que gimoteos agotados, y estaba tan cansada, nunca se había sentido tan cansada, y quizás estuvo aguantándose mucho tiempo, porque su cuerpo parecía pedirle a gritos que lo soltase, que se liberase de ese dolor que la carcomía, pero no podía hacerlo por sí misma.

Necesitaba a Ruby.

Su cuerpo, su mente, su alma, necesitaba que Ruby la consolara para al fin liberarse.

Sin Ruby estaría perdida.

Klein se acercó luego de unos momentos, acariciando su brazo, ofreciéndole pañuelos. Solo pudo mirarlo, y darle un abrazo a él, ya sintiéndose capaz de hacerlo, ahora que había llorado en los brazos de su amada, que había dejado salir el tapón de ira que la empezaba a agobiar, ahora ya podía ver el mundo con más claridad.

Todos estaban rotos en ese instante.

Sufriendo.

La mansión había perdido a alguien más.

Sintió a su padre acercarse, sus ojos rojos, su cuerpo cansado, las ojeras grandes y oscuras notándose, el sufrimiento palpable en su rostro. Creyó que tendría que decir algo, excusarse por sus amigas presentes en un momento tan íntimo, pero no logró decir mucho.

De nuevo, Ruby hizo todo.

Ruby miró a su padre, y se le acercó, e inesperadamente, lo abrazó.

Su padre ya no era tan alto como en su juventud, ni tan esbelto como en sus mejores años, ahora era un hombre débil, delgado, y con su estatura reduciéndose cada día más, y lo sintió débil en sus propios brazos cuando lo abrazaba, y le causó ternura el ver a Ruby haciéndolo.

Era extraño el ver una interacción así, y para su padre, tenía que serlo aún más, al final, a penas conocía a Ruby, había hablado con ella un par de veces, no mucho más, y, de hecho, estaba segura de que un acto así le sorprendería incluso de Coco, con quien se conocía desde hace años, así que, con Ruby, entendía la tensión en su cuerpo, la incomodidad.

Pero Ruby no iba a detenerse ni contenerse, ni por apariencias, ni por máscaras, ni por protocolos.

Esa era la mujer de la que se había enamorado, una mujer que era buena, demasiado buena, que era capaz de perdonar, de aceptar, una persona maravillosa que haría lo que sea para apoyar a alguien que estaba sufriendo, y ni siquiera el que se tratase de un desconocido sería suficiente para detenerla.

Así como pasó con ella, cuando se conocieron.

Era eso, una desconocida.

Si Ruby no hubiese tenido ese corazón, si no la hubiese querido ayudar apenas sus ojos se toparon, no estaría en esa situación, jamás habría cambiado, jamás habría retomado la relación con su familia, y dudaba siquiera que se hubiesen enterado del fatídico final de Winter.

Amaba a esa mujer, la amaba demasiado.

Y esta, le dijo algo a su padre. La escuchó hablar, en un susurro, solo para su padre, así que no podía saber que había salido de la boca de su novia, pero lo que sí logró notar, fue el rostro de su padre, el rostro de Jacques Schnee.

Al principio fue sorpresa, sus ojos mirando a Ruby, estupefacto, pero luego, su expresión se vio rompiéndose.

Su padre dudó antes de corresponder al abrazo.

Dudó con ella, con su propia hija, por supuesto iba a dudar con Ruby, con una desconocida, pero lo que sea que Ruby le dijo, fue capaz de romper sus dudas, y él finalmente la abrazó de vuelta, fuerte, tan fuerte como ella misma se agarró unos minutos atrás.

Creyó saber lo que Ruby le dijo, lo intuía, porque la conocía lo suficiente para tener sus propias teorías.

Su padre, tenía miedo de romper, de volver a dañar a alguien, lo sabía, lo conocía. El mismo miedo que ella tenía de que alguien se le acercase, que alguien fuese violento con ella, su padre también tenía aquel miedo, pero diferente.

El miedo de lastimar a alguien.

Como lastimó a su esposa.

Como lastimó a su hija mayor.

Como lastimó a su hijo menor.

Y como la lastimó físicamente a ella.

Ruby lo podía leer, Ruby era buena leyendo a las personas, Ruby era buena anticipándose a las situaciones, lograba adaptarse, hacer que las personas confiasen en ella, en ese carisma que tenía innato.

Era un don.

Porque Ruby era un rayo de luz.

Un faro de esperanza.

Una heroína.

Y le causaba, ahora, aún más dolor, al saber que Ruby perdió un padre hace solo unas semanas, y su padre ahora perdió una hija.

Pero Ruby no se rompería, Ruby nunca se rompía, sin importar toda la mierda que el universo le tirase encima, una y otra vez, Ruby siempre permanecía en pie, por lo tanto, lo que Jacques Schnee pudiese hacerle, tampoco la rompería, y sabiendo eso, teniendo en cuenta lo fuerte que era, fue la razón por la que la buscó, por la que quiso una relación con ella a pesar de todo.

Porque sabía que soportaría todo.

Ruby sabía cuan fuerte era, cuan resiliente era.

Y fue su heroína, así como sabía que podía ser la heroína de cualquiera.

Si Ruby estaba ahí, sería el héroe de la historia.

La salvadora.

Dios, realmente la amaba tanto, era afortunada de tenerla.

Se vio llorando, de nuevo, mirando la escena, a pesar de no tener más lágrimas.

Quiso darle a Ruby una familia a la cual llegar, y desde que pensó eso, desde que se lo propuso como una prioridad, en ese intertanto, las cosas cambiaron tan bruscamente de un día para otro, pero ahí estaba.

Ahí estaban.

Sintió las manos de Coco en sus hombros, esta sin saber que decir, esas situaciones eran difíciles para esta, no sabía cómo comportarse, que decir, le costaba, y agradecía que esta estuviese ahí para ella a pesar de eso. Tomó la mano de esta con la suya, sujetándola, y agradeció el apoyo incondicional de su mejor amiga.

Las necesitaba, su familia las necesitaba.

Miró a esa mujer, a su mujer, sintiéndose hervir en orgullo, en felicidad, a pesar de que se tratase de un momento tan triste, tan desolador.

Esta se alejó de su padre, pero siguió sosteniendo los brazos ajenos con sus manos, los delgados brazos que se veían aún más débiles al estar de negro, y no de blanco, su color, el color de la familia, no el color de la muerte. Y siempre le sorprendía como el negro, y el rojo, eran los colores que asociaba con Ruby, el color de la muerte, el color de la sangre, y, aun así, esta brillaba, a pesar de eso, a pesar de la mortalidad de su vida, esta brillaba como el faro más luminoso.

Los ojos plateados se fueron a ella por un momento, sonriéndole, dándole una señal, o tal vez habiéndole dicho otra cosa a su padre, no tenía idea, pero aceptó esa sonrisa, e intentó devolvérsela, probablemente siendo una sonrisa deprimente, no como la ajena, pero fue suficiente, para Ruby fue suficiente.

Ella era suficiente.

Los ojos plateados luego se fueron hacia la pintura de Winter, hacía el trípode donde estaba dispuesta, una corona de flores alrededor de esta, y ahí estaba su hermano, aun ahí, velándola, probablemente ajeno a ellos, aunque tenía claro que su hermano la había escuchado llorar, todos la escucharon.

Ruby la miró, de nuevo, sus ojos plateados preocupados.

Y supo cuál era su preocupación.

Su hermano.

Dios, Ruby era un ángel, realmente lo era.

Asintió, ambas sabiendo exactamente lo que la otra pensaba, como siempre, teniendo esa conexión que solo ellas tenían, que el amor que tenían había provocado.

Su familia estaba rota, y Ruby aceptaba esa familia, y quería protegerla, como si fuese propia, y eso haría, sobre todo en momentos así, donde el dolor podía romperla aún más, y Ruby no lo iba a permitir, no iba a dejar que cayesen, ni ella, ni su padre, ni su hermano.

Por supuesto que era así, así era su amada.

Ruby asintió también, excusándose con su padre.

Por su parte, no tenía fuerzas para hacer eso, para consolar a su padre, para consolar a su hermano, no era capaz. Ni siquiera fue capaz de consolarse a sí misma, de llorar, no pudo, ni cuando se enteró de lo sucedido, ni ahora, teniendo la pintura de Winter dispuesta entre las flores. Simplemente no pudo, pero Ruby la contuvo, Ruby le permitió llorar.

Ahí estaba Ruby, consolándola, y no solo eso, si no que también estaba ayudándola a consolar a su desconsolada familia.

¿Podía tener a alguien mejor a su lado?

¿Qué hubiese hecho su ex en esa circunstancia?

La mera idea la hacía sentir molesta, él no sería capaz ni siquiera de entender su tristeza, o su enojo, nada, no lo comprendería, no tendría la menor empatía.

Solo alguien que había sufrido, podía entender el dolor.

Solo alguien que sintió el sufrimiento en su propia piel, en su propia carne, podía consolar a alguien, entender su pesar y alivianar su carga.

Y esa persona era Ruby, su heroína, su salvadora.

Ruby se acercó a su hermano, se paró a su lado, frente a la imagen de Winter.

Ambos vestidos de negro, ambos tan diferentes. Su Ruby tan expresiva y su hermano tan carente de expresión, Ruby sin máscaras y su hermano aun con la suya puesta, y le sorprendía pensar que ambos tenían la misma edad, y eran completamente distintos.

Ruby llevó una mano a la espalda de su hermano, y empezó a decirle algo, lo sabía, porque se sabía de memoria cada uno de los gestos involuntarios de Ruby cada vez que decía algo, y ahora no era diferente. Estaba muy lejos para oírlos, pero no necesitaba oír nada, solo necesitaba saber si Ruby lograría contenerlo, contener a su hermano, quien al igual que ella, no derramó lagrima alguna.

Él frío, y ella colérica.

Ambos ocultando su pena en lo más profundo, reemplazándolo con algo más.

Notó como Ruby miró a su hermano, logró ver su perfil, como le sonreía, y su hermano la observó.

Notó como este la miró, sorprendido, algo le dijo, algo que le sacó la máscara.

Y su hermano terminó de cuclillas.

Este se quedó ahí, hecho un ovillo, ocultando su rostro en sus brazos cruzados, y Ruby hizo lo mismo, se quedó de cuclillas frente a él, y llevó una mano a los cabellos plateados de su hermano, con cuidado de no despeinarlo, así como tenía cuidado de no despeinarla a ella. Como siempre siendo tan preocupada, incluso con las pequeñas cosas.

Su hermano lloró, lo escuchó, no como sus gritos, sus gritos de llanto y de furia, solo un sollozo dolorido, el dolor de perder a su hermana mayor, de nuevo, de saber que apenas tenía recuerdos de Winter, y que debió esperar que ocurriese, que su familia estuviese unida de nuevo, porque lo veía, él era el más emocionado en eso, en tener a su padre, a su hermana, y debió creer que tendría a su hermana mayor al fin de vuelta.

Que estarían todos juntos.

Y ahora la dura realidad le caía en cima.

El dolor de un niño, de un pobre niño que debió madurar demasiado rápido, que debió ser dejado de lado, por sus dos hermanas, mientras debía obligarse a ser la viva imagen de su padre para no meterse en problemas, así como ella y Winter lo hicieron, metiéndose en problemas, creando caos y discordia, aun más de la que ya había en la familia.

Ayudaron a arruinar esa familia.

"Pude haber hecho algo…debí hacer algo antes…"

Escuchó a su padre, hablando despacio, para sí mismo. No le veía el rostro, este fijo en su hijo menor.

Y ese pensamiento fue el mismo que ella tuvo.

La culpa.

Sentirían culpa durante mucho tiempo.

Agarró la mano de su padre con su mano libre, y la sujetó. Su padre la miró, sus ojos brillantes, doloridos, llenos de culpa, de lágrimas, de dolor, y pudo ver sus propios ojos reflejados en los ajenos, iguales, el mismo color, el mismo sentir.

"Lo que no hicimos ya no importa, lo que importa ahora es lo que haremos de ahora en adelante."

Le dijo a su padre, sabiendo que hace unas horas, no habría podido decir algo semejante.

Pero Ruby estaba ahí, estaba siendo fuerte por ellos, por esa familia ajena en la que se había metido con una facilidad que le causaba sorpresa. Y si Ruby era fuerte, debía ser igual, debía impregnarse de esa fuerza y seguir adelante.

Se miraron por segundos eternos, hasta que su padre asintió, su rostro más determinado, fuerte, dejando de lado la tristeza que lo agobiaba, la culpa, avanzando hacia adelante, liberándose del pasado.

"Haremos que ellas se sientan orgullosas de esta familia."

Su padre dijo, su voz segura a pesar del evidente llanto aun en su garganta.

Que su madre, y que Winter, sintiesen orgullo de ellos, de su familia.

Apretó la mano de su padre, intentando mostrar la misma expresión que la de él, hacerle saber que estaban en la misma página, que pensaban lo mismo, que querían lo mismo.

"Lo estarán, lo prometo."

Y se iba a asegurar de eso.

Que de donde sea que ellas los observasen, que se sintiesen felices de que la familia Schnee no se quedó estancada en el pasado, que fueron capaces de seguir adelante, que no cayeron en el agujero que se llevaba a ese apellido.

Iban a seguir caminando hacia el futuro, orgullosos de quienes eran.

De la familia que eran.


Capitulo siguiente: Esperanzas.


N/A: Si, lo siento mucho, pero a veces es mejor tirar la bomba de una, y eso hice, pero era un dolor por el que tendrían que pasar eventualmente, e irán mejorando, ya no se quedarán estancados como familia y podrán resurgir, con más firmeza y más unidos que nunca.

A quien engaño, me arrepiento de esto, pero lo hecho hecho está.

Nos leemos pronto.