Red Velvet

Capítulo 104: Hábitos

El mundo volvió a la normalidad.

O a la que ahora sería su normalidad.

Se sentó en la mesa, observando al frente, a su hermano, quien lucía cansado, pero tranquilo, diferente a la mañana del día anterior, y la imagen también le causó calma. Obviamente el dolor no se iba a ir, no, nunca, siempre que las memorias del pasado volviesen, el dolor volvería.

Y se alegraba de que Whitley no hubiese pasado tanto tiempo con Winter, a pesar de lo mal que sonase, porque quería cuidarlo, quería protegerlo del dolor, y aquel lazo siempre fue frágil, él muy pequeño para ser consciente de la mayoría de buenos momentos que tuvieron cuando eran niños, y siendo así, el dolor de perder a su hermana era menor.

Ella misma se sentía tranquila, contaba con la pizca de confort que le daba el haber pasado tantos años alejada de Winter, tantos años siendo nada más que desconocidas, e incluso durante un tiempo, enemigas. Era duro, era difícil, pero de haber sido más unidas, de haber tenido una relación tan firme, tan constante, su corazón estaría hecho trizas, no lo habría soportado.

Siempre admiró a Winter, siempre admiró su fuerza, su capacidad para mantenerse erguida, a pesar de estar en desacuerdo con muchas de las decisiones que esta tomó, la milicia siendo una de las que más rechazó, y ahora, perderla, era difícil.

Y de nuevo, encontraba consuelo en la debilidad que esos lazos tenían, aunque eso al mismo tiempo aumentase la culpa de no haber hecho algo pronto, algo para remediar la situación, pero, aunque hubiese querido, no estaba capacitada, su cabeza no lo estaba, así que la relación que formasen se destruiría por los problemas, por su enfermedad, además, Winter escogió ese camino, decidió arriesgar su vida, y puso su pecho contra las balas por la patria de la que tanto sentía orgullo.

Y agradecía que esta al menos hubiese podido decidir qué final quería.

Aunque egoístamente se lo habría quitado de las manos si es que hubiese tenido oportunidad, trayéndola de vuelta, amarrándola a la mansión, evitando que pudiese desaparecer de sus vidas, de nuevo.

Pero así era la vida, cruel.

Pero también era justa.

Buscó a su padre con la mirada, y lo notaba más delgado de lo usual. Notó las ojeras bajo sus ojos, la palidez de su piel, la debilidad de su cuerpo. A veces veía la fiereza de antaño, la imagen del hombre fuerte y capaz que era cuando se levantaba erguido, imponente, o quizás jamás fue así, solo fue su mente enferma que lo imaginó como alguien que no era.

Ya que ahora solo veía al hombre cansado que era.

El hombre que tuvo que saborear la muerte de su esposa, así como la de su hija mayor.

Y como dijo Ruby, el dolor aquel de perder un hijo era inimaginable, ella misma, reticente a tener hijos, le parecía algo difícil de superar, y al mismo era una bendición el no tener posibilidad alguna de experimentarlo, un alivio. Y mirando a su padre, sabía que era un dolor enorme, dolor que había sentido ya otras veces, en otras situaciones.

Cuando perdió a su esposa.

Cuando Winter se fue a la milicia.

Cuando ella terminó hospitalizada.

Ahora entendía porque su padre era tan aprensivo con Whitley, manteniéndolo cerca, siempre cerca, donde sus ojos pudiesen verlo, porque no quería que pasara de nuevo, donde sus seres queridos volviesen a desaparecer, esporádicamente o permanentemente.

Las manos de su padre estaban inertes sobre la mesa, sin siquiera pensar en tomar la taza humeante frente a él, o comer algo, así que tuvo que moverse, que ella sabía lo que sucedía cuando no comía, como su cuerpo se debilitaba, y en un momento así, el dañarse el cuerpo, además del daño que su corazón estaba experimentando, sería demasiado para su pobre padre.

Y no iba a aceptarlo.

Tomó la mano ajena en la suya, sujetándolo, intentando no apretar con más fuerza de la que las manos débiles de su padre pudiesen soportar, y le sonrió, intentó animarlo, intentó decirle tantas cosas con solo su mirada.

Y lamentó que Ruby no estuviese ahí, apoyándola.

Aunque sabía que, aunque no estuviese ahí, presente, siempre la apoyaba, sin importar la distancia.

Los ojos de su padre la observaron, dejaron de mirar la nada, vacíos, para lucir brillantes, vivos, mientras la miraba, se miraban. Luego él miró hacia el otro lado, y cuando siguió su mirada, notó que Whitley había hecho exactamente lo mismo, sujetando también a su padre, mirándolo, su ceño fruncido en determinación, fuerte, y esperaba que su propia expresión pudiese tener la misma fuerza que tenía la de su hermano.

Ya no estaba Winter, así que tenían que ser fuertes como esta lo era, tenían que pararse por sí mismos, valerse por sí mismos, e iban a estar ahí para recordarle a su padre que estaban ahí, para él, para apoyarlo, para recordarle que no todo estaba perdido, que a pesar de que fuesen una familia rota, una familia triste, una familia en pena, seguían siendo una familia, al fin y al cabo, y estaban juntos, siempre lo estarían.

Iba a cuidarlo, iba a cuidarlos, debía hacerlo, quería hacerlo.

No iba a perder a nadie más, no iba a permitirlo.

Tal vez habían perdido a alguien más en esa familia, habiéndose levantado otra lapida con el apellido Schnee, pero se habían encontrado a sí mismos, se habían unido, y eso en sí mismo era un regalo, o el dolor que estarían sintiendo sería aún peor, aún más abrumador, porque no tendrían con quien desahogarse, no tendrían con quien llorar, con quien ahogar las penas.

Estarían solos, abandonados, encerrados cada uno en una habitación diferente, aislándose del resto, como era común en esa familia cuando el dolor era insoportable, y como siempre, beberían hasta olvidar el dolor, para nublar tanto sus cabezas que olvidarían todo, incluso olvidarían ser ellos mismos y se transformarían en algo diferente, como le pasó a su madre.

Y no quería que volviese a ocurrir, que otra muerte ocurriese de esa forma.

Si, tanto Winter como su madre decidieron sus propios caminos, sus propios finales, pero no los aceptaba, nunca los aceptaría.

Y ella, ahora más que nunca, deseaba vivir.

Quería vivir, quería respirar por más tiempo, estar sana por más tiempo, cosa que no iba a ocurrir si seguía con sus malos hábitos, con el daño que se estaba causando a sí misma, por lo mismo comenzó a cambiar desde que conoció a Ruby, porque le dio ganas de vivir, la hizo sentir capaz de vivir con la frente en alto.

Ahora también quería vivir para disfrutar de su padre.

Quería vivir para compartir tiempo con su hermano.

Quería vivir para poder ver el mundo.

Quería vivir para sentirse libre.

Quería vivir para estar al lado de Ruby, siempre al lado de Ruby, y ambas disfrutar del futuro que tenían por delante.

Y para eso debía ser fuerte, debía luchar contra el sufrimiento que la oprimía, que la obligaba a volver a los antiguos hábitos de autodestrucción, bebiendo para desmayarse y no saber lo que ocurría a su alrededor, llenándose la cabeza con nada más que trabajo y así dejar de lado todo lo demás, o el no comer porque qué sentido tenía el comer, el vivir, si era infeliz, si tenía una vida que odiaba, que detestaba, con una voz que la obligaba a marginarse aún más, a sufrir aún más.

No, ya no era esa Weiss.

No quería volver a ese agujero en el que estuvo por tantos años, sin ser consciente siquiera de lo profundo que había caído.

Pero eso era, había tocado fondo, y ahora solo podía emerger, levantarse, pararse erguida.

Y quería que su familia se sintiese igual.

Estaba orgullosa de ellos, muy orgullosa.

Porque tampoco habían caído, porque se mantenían ahí, porque lloraban y sentían y hablaban y no se sumergían en la oscuridad del pasado, y ahí estaban, dispuestos a seguir con el día, a seguir adelante, a mostrar la cara al nuevo día.

Sin caer.

Ya nadie caería, no lo permitiría.

Ella había aprendido a vivir.

Ruby le había dado ganas de vivir, e iba a asegurarse que todo lo que aprendió de esa maravillosa mujer, pudiese entregárselo a su familia. Quería que ellos se sintiesen tan emocionados por vivir un día más como sentía ella, esperanzada del futuro, disfrutando cada día, agradeciéndolo, sintiéndose feliz de tomar la decisión de avanzar, de sobrellevar el dolor.

Ruby la salvó, la seguía salvando día a día, y si bien sabía que jamás podría compararse con Ruby, con el alma que tenía, con su generosidad, con su bondad, con el amor y cariño que profesaba, quería ser capaz de mostrar al menos un poco de lo que Ruby había creado dentro de ella, y ser capaz de salvarlos a ellos, a su familia.

Quería que Ruby se sintiese orgullosa de ella, del camino que había recorrido.

Que su familia se sintiese orgullosa de ella, de tenerla a su lado.

Lo deseaba, y quería ser su mejor versión.

Quería demostrarles que había cambiado, que se había recuperado.

Y desde ahora solo podía subir.

Solo podía mejorar.

Su padre decidió tomarse una siesta.

Si, la necesitaba, lo notó.

Pero se vio reticente a dejarlo ir, a hacer que volviese a su cuarto, a que volviese a la soledad, a la oscuridad, al pasado, así que le dijo que durmiese en la sala de estar, bueno, no le dijo, prácticamente le ordenó, así como prácticamente le ordenó que comiese algo, que se terminase el desayuno, así como que se comiese el almuerzo.

Por suerte su padre no era tan testarudo como era ella, al menos no ahora, lo cual era un beneficio, o quizás estaba demasiado cansado para rebatirle.

Se vio diciéndole que así estaban cerca, y así no se sentiría solo, y él solo pudo aceptar.

¿Quién no aceptaría algo así?

Le dio su privacidad, por supuesto, dejándolo descansar, acostado en el sofá, como estuvo ella acostada el día anterior, y le causó en igual parte pena y gracia la situación, pena por verlo así de cansado, agotado física y mentalmente, pero gracia por verlo acostado en un sofá, cosa que su padre nunca haría, su dignidad siempre en lo alto.

Pero ella sabía, mejor que nadie, que, en momentos de vulnerabilidad, de dolor, de duelo, la dignidad es lo que primero se pierde, y es bueno, porque a veces uno debe perder para ganar.

Le gustaría que ellos tuviesen la misma oportunidad que tuvo ella de nublar su mente, de dejar de pensar en que pasaría si, en dejar de darle vuelta a las memorias del pasado y a la culpa que aparecía cada vez que recordaba algo que no hizo, que no dijo.

Por supuesto que la forma en la que ella conseguía aquello era algo imposible de mencionar en voz alta, menos si estaba su familia, o no, se moriría de la vergüenza, pero le gustaría hallar una forma que estos pudiesen usar, algo que no fuese el alcohol.

Al menos su padre ni su hermano parecían tentados por la botella en aquel momento.

Y sabía que la razón era por su madre, así como por ella misma.

Si bien jamás llegó a un punto de no retorno, si estuvo bastante mal, y ahora que lo pensaba, cuando estuvo comprometida, solía quejarse de que su ex olía a whisky, y ella misma lo contrarrestaba bebiendo cualquier otra cosa que encontrase, vino usualmente, y su hermano sobre todo debió notarlo, temiendo perder a su hermana, así como perdió a su madre.

Y su padre ahora debía de tener claro que, si caía, si empezaba a beber para olvidar, para nublar su cabeza, terminaría igual que su esposa, y tal vez estaba siendo fuerte no solo por los recuerdos, sino también por ellos, para que no tuviesen que pasar por eso una segunda vez.

Y agradecía que estuviesen en ese punto.

Que pensaran en el otro, con buenas intenciones.

No como antes, con odio, o indiferencia.

El apellido Schnee no iba a volver a esa época, jamás.

Escuchó a su hermano sentarse a su lado en la mesa, cerca de ella, diferente a su posición siempre en frente.

Giró para verlo, pero los ojos ajenos miraban a su padre, este a varios metros de ellos, en el sofá, donde él podía descansar en paz y ellos podían asegurarse de que él estuviese bien, y tenía miedo de verlo saltar, de que este tuviese pesadillas, y tal vez era un miedo que Whitley también tenía.

Las pesadillas podían causar un daño irreparable.

Ella lo sabía mejor que nadie.

Ambos se quedaron en silencio, observando al patriarca de la familia, una taza humeante frente ambos, la servidumbre lejos, dándoles su espacio, pero siempre listos para apoyarlos de la forma que pudiesen, ellos habían notado el dolor en la familia, en la mansión en la que la mayoría llevaba trabajando durante años, así que podían notar el cambio. El cambio que la perdida les hacía.

Al menos no era necesario decirles que ocultasen el alcohol.

Por ahora.

Su hermano finalmente dejó de mirar a su padre, volviendo a su taza, ya más calmado, ya habiéndose asegurado que su padre se había dormido, y al parecer tenía sueños más placidos de lo que era la realidad.

"No pude darle las gracias a Ruby, cuando desperté ya se había ido."

Escuchar el nombre de su mujer desde la boca de su hermano le daba una mezcla de sensaciones, de emociones, pero sobre todo le causaba felicidad, tratándose de algo positivo.

Y si, Ruby había salido temprano, quería darles su espacio, quería darles la oportunidad de sanar por sí mismos, sin entrometerse, y a pesar de que se veía reacia a irse, queriendo ayudar, queriendo ser un faro de luz, como siempre lo era, la convenció de que ella podría con la situación, que ya había hecho suficiente, y ahora les quedaba a ellos el sanar las heridas.

Obviamente tener a Ruby ahí era un apoyo que siempre agradecía, pero hacer que esta tuviese que soportar, de nuevo, el tormento de abrir heridas antiguas era demasiado. Ruby ya había vivido el duelo, ya lo había superado, no tenía que seguir recordándolo por el bienestar de esa familia, y si Ruby pudo superar aquel dolor, quería creer que ella también podría seguir adelante.

Y al parecer, si su hermano quería agradecerle, fue porque hizo un trabajo maravilloso, ya hizo suficiente por esa rota familia, debía dejarla descansar.

Se vio asintiendo, mirando a su hermano, quien observaba el contenido de la taza, pensativo.

"Ella no quería irse sin despedirse, pero quería darnos nuestro espacio, el dejarnos superar esto en familia."

Aunque esperaba, que algún día, Ruby pudiese ser también parte de la familia.

Que la consideraran como una más.

Eso deseaba.

Whitley tomó la taza en sus manos, acercándola a su rostro, oliendo el contenido, pero no le dio sorbo alguno, dejándola de nuevo sobre el plato, la cerámica resonando.

"Es una persona muy extraña, demasiado genuina y considerada…"

Le causó gracia lo que él dijo, porque no supo si lo decía de buena o mala manera, probablemente era ambas. A ella solía ocurrirle lo mismo.

Ruby es demasiado humana, completamente diferente a lo que suelen ver en Atlas, o lo que suelen tener ahí, dentro de la mansión. Y para Whitley, que la conoció así, como una socia, como una persona relativamente conocida, una celebridad más, debía ser aún más impactante, rompiendo los estereotipos.

Ni siquiera Coco, siendo quien era, como era, era así, genuina, cálida, no, para nada. No había nadie que se le asemejara a Ruby, y sabiendo donde la conoció, en el Red Velvet, lo entendía, aunque muchas veces dudó, creyendo que no era nada más que su imaginación que le ponía a un ser humano perfecto en frente.

Era increíble el ver tal nivel de humanidad.

Se vio sonriendo, mirando al frente, a la nada.

"Es una persona especial, única, y cada día agradezco el haberla conocido."

La frase salió por sí misma.

No le tomó mayor miramiento, sabiendo que se solía decir a si misma cosas así, siempre, pero en la tranquilidad del momento, olvidó que estaba hablando con su hermano, y si bien él sabía que eran amigas, si bien él conocía un poco a Ruby y su comportamiento usual, no conocía ese lado de sí misma.

No el lado que hablaba con tal cariño.

Con tal agradecimiento.

Con tal amor.

Intentó quitarle importancia, además, Ruby los acompañó en un momento difícil, por supuesto que iba a estar agradecida, no era gran cosa. Simplemente tomó su taza y le dio un sorbo, el té caliente nunca era su preferencia, pero el aroma era suficiente para mermar un poco los nervios en su estómago, el dolor en su pecho, la pérdida.

Probablemente el café no le haría bien.

Dio un salto, cuando notó de reojo como Whitley la miraba.

Fijamente.

Dejó la taza, observándolo, sintiéndose arder, porque la mirada de su hermano estaba fija en ella, demasiado, parecía la mirada que tenía cuando hablaba con los trabajadores, con alguno molesto, y él intentaba sacarle información, o leer su mente, o algo así, recordaba esa mirada con facilidad porque ella misma solía poner una mueca similar, al igual que su padre, de quien la heredaron.

Pero ser víctima de una mirada así, por parte de su hermano, era algo extraño.

Y sabía lo que había dicho, así que empezó a sentirse muy consciente de lo que dijo, de la forma en lo que lo dijo.

Whitley ladeó el rostro, sin dejar de mirarla, su expresión suavizándose, pero no lo suficiente, sus ojos celestes, iguales a los suyos, observándola aun, sin vacilar.

"¿Q-que pasa?"

Oh no, tartamudeó.

Por supuesto que iba a tartamudear, le pasaba siempre que Ruby la molestaba, cuando la ponía nerviosa y claramente el que esta estuviese involucrada en la conversación iba a hacer emerger aquel molesto acto reflejo. Realmente se sentía como una tonta cuando le ocurría, por favor, había estado años entrenando su postura, su voz, el control, para caer al precipicio tan rápido.

Como siempre era Ruby a quien debía culpar.

El amor que le tenía a Ruby.

"Te gusta."

Oh.

¿Qué?

"¿Q-qué?"

De nuevo, no.

No, no.

Debía de estar escuchando cosas.

Su hermano frunció el ceño, y sintió el pánico emerger en su estómago, los ojos de este observando al frente, serios, su postura tensa, pensativa.

Y el pánico no retrocedió.

No estaba preparada para eso.

Para nada de eso.


Capitulo siguiente: Heroína.


N/A: ¡Chan chan chaaaan! ¡Atrapadaaaa! Al parecer Whitley es un poco retraído con esas cosas, completamente ajenas a sus intereses personales, pero vaya, tampoco es estúpido, se iba a dar cuenta en algún momento, ahora la cosa es, ¿Qué pasará con eso?

¡Lo averiguaremos en el próximo capítulo!

Nos leemos pronto.