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Capítulo 2.

«—¿Por qué me dices "dulzura"? —Preguntó, un poco molesta y a la vez curiosa. Hizo un pequeño puchero y enredó las piernas con las masculinas, arrullándose más a su cuerpo desnudo—. ¿De verdad crees que soy dulce? —Dibujó círculos en el pecho y a su sensibilísimo tacto llegó la sensación de los vellos erizados.

Sonrió.

—Es que es eso —le tomó de la muñeca, haciendo que parara la caricia que le estaba provocando mareos placenteros— eres lo más alejado a la dulzura.

Ella suspiró, moviendo la mano apresada de arriba abajo, como en un corto letargo.

—¿No lo soy? —Alzó el rostro y mordió el lóbulo de la oreja de su amante—. ¿Ni si quiera en la cama? —Le susurró bajito y aquella voz encendió lo más recóndito del cuerpo masculino.

Él se giró automáticamente y quedó sobre ella. Sus orbes de un inusual color casi rojo le quemaron cada parte del ser, concentrando toda aquella tensión en su centro, que pedía a gritos ser tomada por él.

—Eres como como el fuego de un cigarro —se hundió en su cuello, provocando gemidos con el paso de sus caricias. Kikyō intentó cerrar las piernas, pero con su mano libre, él la detuvo, dejándola expuesta, con su intimidad mojada— que… consume —recorrió todo el muslo interno tan lentamente, que la muchacha sintió ahogarse con su propio placer— y quema por dentro…»

Con la última exhalación de placer, dejó que el cuerpo masculino se dejara caer un par de segundos sobre ella, acompasando el respirar y saliendo de su entrada. Ella también exhaló, cerrando los ojos. Había sido bueno, realmente. Juraba por todos los cielos y todos los mares que había estado tratando de mantener su mente conectada a su cuerpo, que, claro, ardiendo, respondía a las caricias de InuYasha.

—Eso… —lo escuchó suspirar, acostándose a su lado, rendido—. ¿Por qué fue?

Se mordió los labios y apretó los párpados. Sabia perfectamente que se refería a su repentino ataque de lujuria con un «lo siento» que se ahogaba entre los labios de ambos. Y lo sentía por aquel desplante en la boda de Sango, por aquella incertidumbre que le estaba causando. Lo sentía por no poder desechar el miedo y la incomodidad, por tratar de ignorar, inútilmente, un evento que se daría tarde o temprano. Apretó los dedos sobre el cuerpo de su novio y tomó aire.

—Es muy molesto que le digas eso a una mujer después de hacer el amor —le respondió, sin atreverse a decir más. Tomó las sábanas y se tapó la desnudez, como de costumbre.

El aludido volvió a soltar un suspiro, molesto.

—Siento si he insistido con esto de tus papás —lo dijo sinceramente. Quizás siempre la estuvo atosigado y no se había dado cuenta. La sintió tensarse y eso no le gustó—. Y creo que es muy temprano para pensar en casarnos.

Ella no respondió inmediatamente, pero la sintió mover la cabeza, afirmativa.

—Lo siento, de nuevo —se levantó y enredó la tela alrededor del cuerpo. El corazón se le iba a salir por la boca—. Creo que tienes razón. —Rodeó la cama, lista para salir de la habitación.

Sentía que se estaba despidiendo de InuYasha y eso le estaba causando una fuerte pena… no quiso verlo ni siquiera de soslayo. Sabía que él estaría totalmente decepcionado de esa precaria actitud suya. InuYasha merecía más, merecía alguien que le diera todo el amor del mundo, alguien que lo amara con mucha intensidad, que le diera el cobijo que su alma abatida necesitaba. Cruzó la habitación con paso tembloroso ante la perdida mirada de su novio.

Llegó a la sala del departamento y se agachó a tomar la chaqueta que había quedado abandonada luego del sorpresivo momento de pasión que se había suscitado a segundos de su llegar. Metió la mano en el bolsillo y extrajo su smartphone. No podía estar sin verlo más de quince minutos desde la tarde anterior. Admitía que la ansiedad la estaba consumiendo lentamente.

Abrió WhatsApp y podía sentir la heladez de sus propios dedos sobre la pantalla. El primer chat estaba ahí, esperando por ella.

El número desconocido sin registrar había vuelto a mandarle dos nuevos textos.

"15:30
Cafetería «Yajirushi»"

El corazón se le detuvo por un segundo. Sintió que las piernas le fallaban y se vio obligada a caminar a la cocina de InuYasha para beber un poco de agua. Tomó aire nuevamente… sabía exactamente en qué lugar estaba siendo citada y eso fue lo que más le dejó los pelos de punta. Se mordió los labios de nuevo y odió volver a sentirse tan vulnerable, tan poco «ella misma». Se quedó mirando a la nada por un largo tiempo, sin soltar el aparato. Las manos le temblaban y la mirada también, ¿qué debía hacer? ¿Qué seguía después de eso? ¿Un secuestro? No, no, ese era un lugar público y concurrido. Echó hacia atrás la cabeza y volvió lentamente a ver la hora en la esquina superior del aparato móvil: 13:00.


Se sentía muy estúpido. Estúpido en cantidades industriales. Apretó los puños e intentó disipar el repudio hacia sí mismo… otra vez, a Kikyō parecía haberle importado una mierda todo eso. Había llegado hacía poco, con una expresión que rogaba por perdón y el cuerpo ardiendo, que ni siquiera pudo escuchar las disculpas por estarlo besando como si no hubiera un mañana, y ahora volvía ahí, con una actitud fría y distante, casi fastidiada.

Sabía que ella era una mujer muy centrada, no importaba si era casi tres años mayor que él, estaba bien con eso. Desde que la había conocido se prendó de ella como una joya y su madurez, belleza y armonía fueron todo lo que su corazón abatido necesitaba. Había perdido a sus padres desde muy joven, así que siempre estuvo a la espera de una mujer que le brindara aquel cariño que tanto parecía hacerle falta. Por eso no podía ceder ante cualquier atracción, por eso no quería ir de aquí allá con una mujer que no querría nada serio con él, que no se atreviera a amarlo. Y cuando Kikyō llegó a su vida, pensó que así sería, pero en ese momento estaba probando el sabor amargo de la derrota y sus miedos parecían empezar a hacerse realidad.

No quería tirar abajo todo lo que había construido junto a ella, pero estaba viendo sus ojos avellana y había algo en ellos que le decían que esa mujer no era suya.

Se removió incómodo y una punzada en el corazón lo exaltó… no podía ser posible que ella lo estuviese engañando, no era ese tipo de mujer. Además, Kikyō lo quería, él sabía eso. Cerró los ojos, intentando desaparecer aquellos horribles pensamientos. Después de esa mujer, no habría nadie más que lo pudiera amar de manera profunda, alguien que esté dispuesta a compartir su vida con él, alguien que esté a su lado, y alguien que él quisiera de la misma forma. No…

—Mierda… —masculló, cuando sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del celular.

Parecía ser un WhatsApp.

Sí, eso era.

InuYasha puso los ojos en blanco y con el mismo fastidio con el que había recibido el aviso de la notificación, abrió la aplicación y desveló la alerta de un número desconocido. Reconoció la foto inmediatamente y alzó una ceja, entre molesto —aún—, curioso y casi burlón, fue una mezcla de sentimientos muy difícil de explicar. Negó con la cabeza.

"¿Quién eres y cómo conseguiste mi número?"

Fue su respuesta al muy poco formal "Buenas tardes" que le había enviado anteriormente.

"Lo siento… necesito ayuda"

La muchacha agregó emojis con caras poniendo los ojos en blanco.

"Espera… ¿Tú no eres la obcecada alumna que no iba a tener nunca más mi número?"

Se estaba burlando de ella y lo sabía.

"…no seas ridículo, InuYasha Taishō, esto es realmente importante"

"Dijiste que no necesitabas de mi ayuda"

"Es la primera vez que me dejas de tarea toda la maldita unidad, tonto"

No pudo contener la carcajada y la soltó, sin más. Quiso hacerse el ofendido mediante el mensaje, pero no le salía nada para fingir.

"No recuerdo haberme amigado contigo para que tengamos estas confiancitas. Soy tu maestro, Higurashi, no lo olvides"

Supo que no estaba leyéndose enojado pero sí severo. La vio pasar de «en línea» a «escribiendo» al menos tres veces. Volvió a sonreír, divertido. En verdad no sentía ganas de hablar de matemáticas en ese instante, pero era consciente de lo mucho que le había encomendado, así que, como su tutor de matemáticas, debía proporcionarle la ayuda.

"Pff, si no quieres ayudarme, ya me las arreglo como pueda. No sabes por dónde me paso tu amistad, Taishō"

A ese mensaje, Kagome le agregó emojis del dedo de en medio. Al menos cinco. El ambarino imaginó que estaba en una de sus rabietas, lo conocía por su forma de escribir y seguramente habría hecho ya tres versiones para el mismo mensaje, por eso había tardado tanto en responder. Era sábado y esa chiquilla estaba trabajando en esos ejercicios. Ella realmente quería mejorar, quería aprender y era muy responsable. Eso era de admirar, siempre fue así.

"Deja de comportarte como un bebé y dime ya qué es lo que necesitas, ¿sí? Es que es sábado y quiero descansar"

Paró de sonreír casi inmediatamente. Por un momento, había olvidado por completo que Kikyō estaba ahí… alzó la cabeza y la escuchó venir hacia la habitación, envuelta por completo, más pálida de lo normal y con la cabeza gacha, ¿acaso estaba temblando? Se alarmó mucho cuando la vio sentarse a los pies de la cama.

—¿Estás bien? —Se aventuró a preguntar, dejando de lado el celular e irguiéndose para correr a ella si lo necesitaba—. Kikyō…

—Creo que tengo anemia —mintió. Estaba pensando en hacerlo desde antes entrar ahí de nuevo. Sonrió derrotada, sin verlo a la cara—. Y quiero ir con mamá por algo de medicina, me está esperando en casa. —Se levantó lentamente, rodeó la cama mientras InuYasha se volvía hacia atrás y le tomó la cara.

Sabía lo que iba a pasar después de eso, su corazón no estaba latiendo al mismo compás. Lo miró a los ojos y vio esas hermosas pupilas doradas saltarinas que la observaban como si quisieran arrancarle la verdad del alma… lo quería, quería a InuYasha como un nuevo ser que había entrado a su vida con su carácter extraño pero a la vez seductor, con su mirada noble, con sus maneras y su risa perfecta que haría sudar a cualquiera. Le acarició las mejillas. Y porque lo quería, no podía hacerle eso.

Quiso decir su nombre pero ya no era capaz. Ya ni siquiera sabía qué era de ella misma. Que la Kikyō que estaba ahí parada no era la misma mujer fuerte que todos creían que era. Se aborreció.

Cerró los ojos y le dio un beso sumamente delicado, casi como un susurro. Apretó un poco más los labios contra él, como si no quisiera irse de ahí. Él también había cerrado los ojos. Sin buscarla, una lágrima silenciosa corrió la mejilla femenina y se perdió por ahí, quién sabe dónde. El beso terminó e InuYasha abrió ligeramente los labios.

Lo sabía, sabía que eso era una despedida y no pudo evitar sentir otra punzada en su pecho. Se sintió derrotado, como si el beso hubiera sido el puñal rompiendo la carne y aquella separación de labios, el momento en que el arma es desenterrada del cuerpo. No quería mirarla más.

»—Mañana hablaremos, ¿sí? —le susurró, cerquita—. Me voy a cambiar un segundo.

Él no dijo palabra. Claro, al día siguiente hablarían de terminar la relación, prácticamente se lo estaba diciendo. Todo el fin de semana se había convertido en una aceleradísima transición de su ruptura. Kikyō había estado renuente a hablar sobre el matrimonio, sí, pero su relación estaba bien, ellos no tenían ningún otro tipo de problema, pero desde apenas el día anterior, se había puesto tan extraña, tan nerviosa y tan ausente que le dio escalofríos. No fue algo paulatino, por eso se asustó, porque de repente parecía tan distraída, como si lo evitara. ¿Él habría hecho algo malo?

Se quedó unos segundos ahí y el celular sonó repetidas veces, indicándole que Kagome le había mandado muchos mensajes, seguramente fotos de los ejercicios que no entendía. No quiso verlos, no en ese momento. No tenía ánimos para explicar matemáticas, que, justo en ese instante, parecían ser imposibles para él. Volvió a recostarse y se quedó ahí, en silencio, comenzando su duelo emocional.


Juraba por todos los cielos que había intentando mantener la cabeza sobre los hombros desde el infernal momento en que aquel número desconocido le había enviado aquella imagen. Lo juraba. Su nerviosismo había ido aumentando mientras se dirigía al matrimonio de Sango y en toda la ceremonia estuvo pensando en una sola persona.

Miraba el celular cada que podía, pero, al parecer, no habría más respuesta que esa mientras ella no dijera una palabra. Y su respuesta fue no bloquear el número y esperar, aunque se estuviera odiando por eso, deseaba esperar. En el fondo de su corazón, aquella fibra terca que aún seguía acérrimamente enamorada de él, le decía que espere una señal más, un texto más, cualquier cosa. Los nervios la estaban haciendo pedazos aquella noche y trató de mantenerse serena con alcohol, pero fue inútil. Ya no quería estar ahí. Decidió ir a casa, harta de sentir todo eso tan asfixiante y buscar, en lo más escondido de sus cosas, las fotos con él, los recuerdos, los detalles… cada maldita cosa de su historia. Cada objeto del que nunca pudo deshacerse. Estuvo reteniendo las lágrimas mientras pasaba los dedos temblorosos por aquellas imágenes tan cautelosamente guardadas. Todo el mundo podía irse al diablo en esos momentos, ella únicamente quería hundirse en aquella mierda que le hacía tanto mal para ver si encontraba su contraveneno, después de dos años de no saber absolutamente nada de él.

Del único hombre que había amado desde sus tiernos diecinueve hasta sus maduros veintisiete —casi veintiocho—.

Había creído nunca más volverlo a ver, a no saber de él por todas las porquerías de las que se había enterado, pero, claro, con su conciencia diciéndole que siempre supo que era malo. Pero no tanto como la realidad la abofeteó diciéndole que era. Esa noche quiso deshacerse de todo aquello pero no tuvo el valor, como siempre.

Después de un par de horas, volvió e intentó cumplir con su compromiso, algo menos nerviosa, pero perdida en sus pensamientos. Sabía que le había estado haciendo daño a InuYasha y por un momento se detuvo a pensar en que debía ser fuerte, que no podía tirar a la basura aquel tiempo junto a Taishō, que ninguno de los dos lo merecía. Ella no podía seguirse consumiendo de esa forma por una persona que por años no hizo más que utilizarla y enamorarla sin un fin… sin un maldito fin que no fuera su cuerpo.

Por eso había ido a él para pedirle perdón, pero su mente no había hecho más que engañarla y traerle recuerdos que aún le quemaban el alma. Recuerdos con él. Y luego aquella cita a la que decidió ir porque ella era así, y él la conocía como si fuera la palma de su mano. La citó en su café, en el que era de los dos, en donde habían ocurrido muchas de sus tempranas citas. Se sentó en la misma mesa de fuera, en donde tomaban café y comían pasteles de chocolate, donde podía observar su rostro perfecto a la luz del día.

¿Iría él?

Negó lentamente, con el corazón en la garganta. Sentía tanto odio también, quería golpearle la cara por toda la mierda que le había hecho, por todo aquel sufrimiento, por cada lágrima que le hizo derramar, por cada desplante, por haber vuelto a su vida sin previo aviso a arruinar lo único bueno que le había pasado después de él: InuYasha.

—Él dijo que serías puntual.

Alzó la cabeza ante la esbelta figura de una mujer que vestía unos jeans y chaqueta negra de cuero, que tenía expresión de sicario experimentado y mal humor. La miraba desde su posición, con los brazos colgando como si no tuviera a dónde más llevarlos. Miró su reloj de mano y vio que aún faltaban veinte minutos para la cita.

—¿En dónde…?

—Vas a venir conmigo, claro está —la interrumpió rápidamente, sin exasperarse aún—, a esa camioneta negra que ves allá —se la apuntó discretamente y miró con desconfianza hacia la dirección. La muchacha sacó dinero de su bolsillo sin contar y lo dejó sobre la mesa para pagar el café que había pedido Higurashi— muévete y vámonos.

—N-no…

—¿No vas a verlo? —Alzó una ceja, sonsacándola con la mirada. Kikyō sintió otro vacío en el estómago. Maldito fuera, mil veces maldito—. Bien.

Empezó a caminar y cruzó la calle hasta el auto, haciéndole una señal a los dos hombres que la esperaban dentro. No pasó demasiado para que escuchara los pasos de la otra mujer tras de ella. Y sonrió, porque había conseguido eso por lo que había sido enviada ahí.


—¿Cómo sé que puedo confiar en ustedes? —Preguntó y supo que era algo estúpido. La bolsa negra en su cabeza la tenía ya asfixiada.

—Tienes dos opciones —escuchó la voz de la secuaz que, al parecer, se llamaba Kagura.

—Kagura-sama —uno de los hombres que iba en el asiento del copiloto le hizo una señal a la mujer y esta lo miró rígida.

—Esperemos a que ella nos diga qué escoge.

Kikyō sintió el odio recorrerla… la tipa era tan antipática que deseó poder romperle la cara, pero sus manos estaba atadas. Soltó un suspiro por fin y deseó no hacer más difíciles las cosas.

—Hazlo como quieras. —Respondió de mala gana.

Kagura hizo una señal con la mano y le abrieron la puerta derecha del auto. Tomó a Kikyō por las manos y la hizo bajar y caminar con guías para que no tropezara con sus propios pies. Higurashi escuchó unas grandes puertas abrirse y con ellas su cuerpo, que parecía querer desintegrarse parte por parte y salir disparado por cualquier lugar. Dio algunos pasos cuando las puertas se cerraron tras de ella y por fin la desataron y quitaron aquella bolsa tan espantosa. Ahogó un grito cuando delante de ella y como si no fuera cierto, la figura imponente de aquel hombre estaba ahí, justo como lo recordaba.

El tiempo pareció detenerse unos instantes para ella y casi siente que se cae de sus propios pies. Sus pupilas habían empezado a bailar y su boca medio abierta le estaba brindando el aire que su nariz ya no sabía cómo filtrarle a los pulmones. Él la miraba con su sonrisa de medio lado, como siempre, con aquel hermoso cabello rizado que caía como casadas por sus hombros… lo llevaba suelto en vez de en coleta, como de costumbre.

«—Me gustas más con el cabello suelto —pegó su frente con la de él y lo escuchó sonreír con ese grave tono en la garganta que le ponía a temblar las piernas.

—¿Me veo más sexy para ti? —Le acarició el labio inferior y la mirada de Kikyō pareció brillar por el deseo de besarlo.

—Siempre eres sexy para mí…»

Movió negativamente la cabeza, sin poder creer que ese detalle hubiera sido tomado en cuenta. No, no, no podía ser. Los guardaespaldas tras de aquel hombre no soltaban sus grandes armas y aquel enorme lugar que parecía ser una pista de aterrizaje abandonada que había sido adecuada para ahora ser el nido de aquellas ratas, le dio escalofríos... Kikyō tomó aire nuevamente, sin podérselo creer todavía: ella realmente estaba ahí, estaba parada frente al maldito que la destrozó, estaba parada frente a…

—Naraku…

Continuará…


¡He llegado por fin con el capítulo 2! Me emociona tanto. Voy a ser sincera… me gustó este capítulo, creo que ha tenido un buen resultado.

Muchas gracias por sus reviews a: Laurita Herrera, Lis-Sama, Gaby, y Gabriela Cordón.