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Capítulo 10.
No había podido dormir en toda la noche y eso se debía a la ansiedad de su día. Nunca había esperado tanto su cumpleaños como aquel. Y se odiaba por eso, porque era muy estúpido. Naraku no le había escrito para nada y aquello la tenía inquieta viendo el celular cada cinco minutos.
Después de lo ocurrido con Hiten, ella renunció a «Asahi» y habló con sus padres. Ellos nunca supieron del acoso y Kagome, como siempre, guardó bien el secreto. No era necesario preocuparlos cuando todo se había acabado de esa manera tan violenta. A veces se detenía a preguntarse hasta dónde llegaría eso, pero su mente le decía que hasta donde tuviera que llegar. Y así fue después de que Naraku le dijera que no quería que trabajara más. Kikyō se había quedado de piedra, aún entre sus brazos, desnuda y acurrucada a su pecho como antaño… Ella no podía dejar de trabajar, eso era absurdo por completo.
«—Te compro acciones en una empresa, entonces —le ofreció fastidiado y quitándosela de encima.
Kikyō lo vio salir de la cama y observó la desnudez perfecta de su cuerpo. Se quedó prendada unos segundos y ella tampoco tapó su níveo pecho expuesto. Se sentía libre, de algún modo. Suspiró profundamente. Desde el momento en que había aceptado volver con él, estaba aceptando también los beneficios que aquellos negocios chuecos le brindaban y eso, aunque intentara no pensarlo, la carcomía y llenaba de vergüenza. No quería que sus padres jamás se enteraran de eso. Primero muerta. Cada cosa que Naraku le había comprado se había quedado en posesión de Kagura, porque ella no quería tener nada de eso; por mucho que las usara, pensaba que su conciencia la dejaría dormir si no las conservaba. Tenía miedo de meterse muy adentro con todo ese rollo, no podía trabajar bajo sus dominios sucios también. No podía. Además, admitía que tenía miedo de la reacción de él. ¿Cómo demonios le iba a proponer semejante cosa? Comprarle acciones, ni que estuviera loca. Aunque sonara contradictorio todo lo que pensaba, sus principios —los pocos que le quedaban— le gritaban alerta.
Meditó bien sus palabras para responderlas.
—Prefiero encontrar un trabajo por mi cuenta —se recogió sobre la elegante cama del elegante cuarto de la elegante mansión que Naraku tenía sabría Dios dónde. Ella nunca podía saber hacia dónde iba con él. Literal y no literalmente.
Él ya había prendido un cigarro y lo fumaba, viendo la vegetación desde su enorme ventanal cubierto por finísimo vidrio templado. Asintió levemente, escuchando muy bien lo que decía Higurashi.
—No intentes prescindir de mí, Kikyō. No es seguro.
La escuchó suspirar de nuevo y supo que ella no se amedrentó esa vez. Esa mujer era muy valiente cuando quería.
—No se trata de eso —se quitó las sábanas y caminó completamente desnuda hacia él, que aún estaba de espaldas. Se alcanzó a ver la figura a través del cristal—. Si metes tus manos en esto —le acarició la espalda con serenidad, tocando a la vez, aquella cascada de rizos azabaches como la seda—, me sentiré inútil, significa que no puedo conseguir algo —subió las manos lentamente hacia los hombros, sintiendo los vellos erizarse. Hizo que sus palmas abiertas viajen lento por el pecho desnudo— por mi cuenta. —Se puso de puntillas para susurrarle al oído.
Naraku frenó en seco la acaricia antes de que llegara a su centro, tomándola por las muñecas. Quiso gruñir una maldición. Ella jugaba con su cuerpo, sabía exactamente qué hacer para tenerlo a sus pies unos segundos.
—Vigilaré todos tus pasos —le dijo por fin, guiando, ahora sí, las manos hasta donde su sangre se acumulaba paulatinamente.
Kikyō sonrió, victoriosa».
Le gustaba cuando podía conseguir algo de él, ya que era muy difícil, de verdad mucho. Y le jodía tanto que después de tenerla tan bien acostumbrada a sus buenos tratos, simplemente la ignorara de pronto, como si no existiera nada entre ellos. Le dedicaba tanto tiempo a él, que se la pasaba mintiendo sobre que estaba buscando trabajo cuando en realidad se la pasaba a lado de Tatewaki; evadía sus responsabilidades sociales, mandaba a su pequeña hermana al frente de batalla para que hablase con ella sobre su ex relación con InuYasha, aparentaba frente a sus padres, le mentía a Kagome directamente… de verdad, no estaba segura de si algo de eso valía la pena, pero justo cuando se sentía agotada de llevar aquella vida, recordar cada momento vivido de la mano de aquel demonio de ojos carmesí, le reconfortaba el alma a tal punto de dejar ir las culpas sin más, con un suspiro.
Que todo se fuera al diablo mientras ella caminaba hacia el infierno una vez más. Solo una.
—…por cierto —se alertó cuando cayó en cuenta de que estaba hablando con Kōga—, ¿ya conseguiste algo, Kikyō?
Pestañeó varias veces, intentado recordar de qué habían estado hablando, mientras su amigo se metía un pedazo de carne asada en la boca. Miroku estaba en la parrilla y el resto de gente caminaba de un lado a otro en el patio.
—Perdona, ¿de qué estábamos hablando?
—¡Aviso que si no vienen a la piscina, yo misma los tiraré! —Escuchó gritar a su hermana, que parecía más contenta que ella misma por el cumpleaños. Todos la miraron automáticamente, sonriendo—. ¡Eso te incluye, Kikyō!
—¡Eres mi nadadora favorita, hija! —Le respondió Suikotsu, con una enorme sonrisa—. Y tú, Kikyō —le sonrió enormemente a su hija mayor—, mi brillante contadora.
—Gracias, papá. —Se enterneció demasiado con aquel comentario.
—Sobre tu trabajo. —Kōga volvió a robarse la atención, después de observar la escena tan hermosa. Hasta había extrañado a sus padres. Le había parecido muy extraño que la mismísima Kikyō no estuviera atenta a su charla. Estaba algo distante—. ¿Has encontrado algo?
—Oh, sí —asintió—. Lo siento. El martes tengo una entrevista, se ve muy bien —bebió su cerveza helada para el calor que hacía. El sol brillaba como si no hubiera un mañana—. Por mi experiencia en «Asahi», creo que lo obtendré.
Algo dijo su amigo sobre la buena suerte y demás, mientras ella volvía a perderse en un solo pensamiento: ¿en dónde diablos estaría Naraku?
Echó hacia atrás la cabeza y ejerció más presión en el cabello femenino. Sintió que se descargó todo en la cavidad bucal y soltó un suspiro de alivio.
—Me gusta más cuando me lo hace Kikyō —comentó aburrido, viéndola secarse los restos de fluido de los labios con papel higiénico.
Kagura se puso de pie y siguió limpiándose, mientras pasaba el malestar que la eyaculación de Naraku le había dejado en la boca. Odiaba hacer eso, era de las peores cosas que él le podía pedir. Lo vio con desprecio ponerse de nuevo los pantalones.
—Dile a ella que te la chupe —le respondió agria. Aparte de todo, tenía que ser comparada con otra mujer sobre sus aptitudes. Era lo único que le faltaba—. Yo feliz, porque no me gusta para nada hacer este tipo de trabajo. —Se acomodó el escote y empezó a recogerse el cabello.
—No lo hago por gusto, Kagura —abrió la boca para echarse spray mentolado.
—Ah, ¿no? Entonces por qué me lo has pedido esta vez. —Terminó de hacerse la típica coleta.
Tatewaki se sirvió un trago y sorbió despacio. Después del trabajo le sentaba bien relajarse con algo de licor y de comida. A veces también con putas, pero prefería lo primero. Para lo último, quedaba Kikyō, que sí que sabía hacer bien su trabajo. Después de unos segundos de silencio, se dirigió de nuevo a Toriyama y caminó hacia ella lentamente.
—Para que no se te olvide quien gobierna a las perras aquí —le dijo con voz escalofriante y Kagura sintió cada letra darle descargas eléctricas en la espina dorsal. Tragó duro e intentó que no se notara—. Es un ejercicio de rutina.
—¿De qué estás hablando? —Logró preguntar sin titubear y fue un bingo. Años de experiencia junto a él le dieron esa habilidad.
El jefe caminó detrás de ella y sin que lo esperara, la tomó del cabello de forma brusca y la obligó a verlo desde ese ángulo.
—Solo quiero advertirte que yo no soy como mi padre, Kagura —mordió cada palabra. No era ningún estúpido y olía lo extraño que había entre ella y Bankotsu desde hacía ya mucho rato. Lo que era de él no lo tocaba nadie a menos que le diera la gana. Y a él no le daba la gana—. Si tú me fallas, yo no te perdono —la zarandeó y ella se quejó por fin de dolor, intentando no soltar más alaridos—. No correrás con la misma suerte de tu difunto padre.
—¡No te metas con la memoria de mi padre! —Le gritó, aún sin moverse y con la presión de sus cabellos arrancándose por el reciente nuevo tirón.
—¡Voy a meterme con las memorias de quien se me de la puta gana y tú no eres nadie para impedirlo! —Histérico, la zarandeó con más vehemencia. La muchacha apretó los ojos con fuerza, buscando calma en sí misma para enfrentar la situación—. ¡¿Entiendes, perra?!
—Está bien, está bien, está bien —repitió rápidamente, rogando por que la suelte hasta que lo hizo—. Ya entendí.
El hombre se alejó de ella a paso lento, como más tranquilo por haber dejado claros los puntos. Ambos sabían que esa advertencia era necesaria. Se sentó pesadamente sobre su silla giratoria y volvió la vista a sus documentos en la laptop. Siguió tecleando en el archivo.
Kagura seguía de espaldas, con el odio recorriéndole cada poro. Se moría por estrangularlo. Era verdad que hacía mucho tiempo que no se ponía así y no podía negar el pánico que le daba verlo en ese estado. Tenía que ser más cuidadosa si quería preservar la vida de Bankotsu y sabía que no sería sencillo, pero desde ese momento debía despegarse de él para mantenerlo a salvo. Sus pocos encuentros tendrían que reducirse aún más y debían ser fuera, muy lejos. En su mente elaboró un diálogo sencillo y conciso que le hiciera entender al hombre que ella quería, que más valía su vida que su relación de mierda.
—¿Qué sabes de Kikyō? —Preguntó después del buen rato de silencio.
Ella se encogió de hombros, sacándose después el celular del bolsillo trasero de sus jeans y viendo que no le había escrito nada a WhatsApp.
—No ha escrito, pero está en línea. —Respondió con voz plana, luego de recuperar la compostura—. Supongo que está esperando algo de ti.
—Le he dado ya demasiadas concesiones a esa mujer —masculló—. No estará esperando también un regalo por su día.
La joven suspiró, sin importarle nada de lo que estaba pasando. Tenía urgencia de ver a Ban.
—¿Qué quieres que haga?
—Lo que has hecho los últimos dos años.
Caminó ligeramente por el pasillo hasta que llegó hasta la habitación de su hermana. Vio en su reloj que eran ya las 19:00 horas y tocó un par de veces a la puerta.
—¿Puedo?
—Sigue. —Su hermana le concedió el paso de inmediato.
Al abrir, la encontró sentada en su hermosa silla frente al espejo, mirándose algo sorprendida. Kikyō se había puesto labial y era la primera vez que Kagome la veía maquillada con algo más que no fuera un poco de base, corrector, bálsamo y, a veces, sombra de color delicado. Se veía realmente preciosa. No pudo evitar quedarse embelesada con su belleza y se sintió pequeña a su lado.
—Eres preciosa, hermana —le comentó muy sincera, sin dejar de apreciarla.
La mirada nostálgica de la joven se iluminó con aquel comentario. A la Higurashi mayor le hacía mucho bien cuando la pequeña la elogiaba, era como todo lo que esperaba en la vida para estar segura de sí misma.
—¿Lo dices en serio? —Sonrió, con el corazón acelerado por la emoción. Su hermanita asintió—. Muchas gracias, Kagome. Tú también lo eres. —Le dijo muy dulce, como hacía mucho que no pasaba.
—De nada. —Le devolvió el gesto—. Vas a salir al final, por lo que veo. —Kikyō asintió, volviendo a terminar algunos detalles en su rostro—. Es que InuYasha pasa a dejarme algo de mis tutorías pronto, le dije que no estarías acá y por eso accedió.
La joven suspiró rendida. Ni siquiera se había acordado de la existencia de InuYasha y ahora se sentía mal. Además, con respecto a su ex, le debía unas cuantas disculpas a Kagome por haberla estado exponiendo a contarles a sus amigos sobre cosas que se suponía que ella misma debía contar. Frunció apenas el ceño cuando notó la preocupación en los gestos de la menor.
—No te preocupes —le comentó conciliadora—, seguro que no nos encontramos.
—Claro… claro que sí… —pestañeó un par de veces—. Sí, entendido, Hoshiyomi-sama —asintió—. No, gracias a usted. Hasta luego.
Colgó el fijo y lo dejó ahí, como si estuviera cansado de sostenerlo. Soltó un suspiro y movió el cuello, haciendo que las contracciones en sus cuerdas suenen con intensidad. Se tronó los dedos también e hizo ejercicios de relajamiento con los brazos. Traía el torso desnudo y unos desgastados jeans que sudó durante sus ejercicios. Después de tanto estrés y trabajo, unos buenos abdominales le venían como anillo al dedo.
Caminó hasta su cocina y tomó una gaseosa de su refrigerador. Sonrió sin poderlo evitar, recordando a Kagome. Desde el día en la playa, las gaseosas sabían a ella, es decir, se las tomaba y casi podía ver su cara diciendo que ella misma había escogido las bebidas.
»—Deberían llamarse «Coca-Kagome» —dijo al aire, terminándose el pequeño envase de vidrio.
Se lavó las manos y caminó hasta su cama, en donde había dejado el celular y comprobó la hora… debía irle a dejar las tareas a Kagome, lo había olvidado por completo. Puso los ojos en blanco al volver a recordar que ese día: Kikyō cumplía años. Le jodía tanto su actitud fría e irresponsable con él. Sí bien los sentimientos negativos ya no los tenía con la misma intensidad, aún había mucho qué trabajar para sí mismo y para su paz mental. Sentía que no había cerrado un ciclo con esa mujer. Con un suspiro cansado, se dio un rápido baño, se vistió, tomó sus llaves y salió.
Condujo por las ya iluminadas calles de Nerima y vio a gente ir y venir. En el reloj de su auto pudo ver que faltaba poco para las diez de la noche y se apresuró. Era demasiado tarde, esperaba que los padres de Kagome no se enojaran con él por irrumpir a esa hora en su casa. ¡Pero si ella tampoco le había escrito para recordarle pasar por ahí! Mientras metía los cambios tomó su móvil y sin dejar de mirar a la carretera, abrió WhatsApp y le envió un audio a la azabache.
»—¿Por qué diablos no me avisaste que debía ir a tu casa? —su tono fue sereno a pesar de las palabras que usó.
Pocos segundos después, la joven vio su mensaje y estuvo «grabando audio…» de inmediato.
—Es tu trabajo, no el mío. —Le respondió con tono burlón. Después de poco le envió otra nota de voz—. Kikyō aún no llega, no te preocupes.
Eso le dio un respiro, realmente sí. No le dijo más y siguió conduciendo por unos minutos hasta acercarse a la calle de Kagome. Cuando dobló la esquina, se dio cuenta de que una mujer de figura alta y cabello increíblemente liso caminaba torpemente, agarrándose de las paredes. InuYasha achicó los ojos mientras conducía lento. Faltaba menos de una cuadra para llegar a la casa de los Higurashi y la chica parecía perdida. Cuando se acercó más pudo divisarla y no lo podía creer.
No podía ser cierto.
—¿Kikyō? —Frenó de golpe y se bajó rapidísimo, cerrando la puerta con fuerza y casi corriendo hacia la joven que no parecía haberse dado cuenta de su presencia—. ¡Kikyō! —Le llamó la atención y la muchacha se detuvo de repente.
La aludida regresó la mirada a quien la había llamado y sus apagados ojos avellana no pudieron creer que estaba viendo a su ex. Su corazón dolió mucho y se quiso retorcer en su miseria.
—¿InuYasha…? —Preguntó con voz quebradiza y asombrada.
Los ojos se le tornaron borrosos por las lágrimas que rápidamente quisieron acumularse. El alcohol había hecho mella en su conciencia y no estaba pensando muy bien. Lo único que podía sentir era un terrible vacío y dolor después de haber pasado su noche completamente sola en un bar, bebiendo y esperando la llamada de un hombre que jamás llegó.
—¡Kikyō! —Notó aquellas lágrimas y le dio pánico porque ella jamás lloraba—. ¿Qué tienes, Kikyō? ¿Estás bien? —Se pasó el brazo por los hombros y la ayudó a ponerse de pie de mejor manera.
—No… —negó ella, con voz que rompía el alma. No iba a mentir de forma ridículamente heroica y a hacerse la fuerte cuando claramente estaba deshaciéndose en vida—. No estoy bien, InuYasha —Kikyō no hacía esfuerzo por llorar, las lágrimas solo caían. Él no lo podía entender y negaba con la cabeza—. No lo estoy —susurró, con dolor en el estómago y fuertes mareos. La cabeza le daba vueltas y apenas era consciente de lo que decía.
El ambarino no supo cómo responder, pero intentó ayudarla a caminar hasta su casa y Higurashi parecía pesar tres veces más… su cuerpo estaba como muerto y poco esfuerzo hacía por moverse. El cabello negro le caía por todas partes e InuYasha tuvo que recogerlo como pudo para que no se enredara y tirara de él sin querer. Además, traía el maquillaje corrido y el olor a alcohol era increíblemente fuerte. Olía Incluso cuando ella tenía la boca cerrada.
—¿Qué sucede contigo? —Inquirió serio, sabiendo que ella no le iba a responder y dando unos pasos torpes. Sopesó la idea de llevarla al auto, pero no le pareció muy buena después de unos segundos de analizar.
Avanzaron un par de metros y Kikyō parecía un poco más animada con los segundos, recobrando algo de conciencia y enderezándose lo que más podía.
—Mira… —susurró e InuYasha regresó a verla de inmediato, sin detenerse—, estás aquí, llevándome a casa —hipó— a-aún sin que tuvieras obligación de… hacerlo… —negó despacio con la cabeza y la imagen de la sonrisa de Naraku estaba martillándola como si no hubiera un mañana— eres tan diferente…
Él soltó una ligera risa irónica, con el pecho punzándole un poco y ni siquiera notando que estaba siendo comparado, por lo que implicaba la presencia de otro elemento en la ecuación. Kikyō ya no lloraba y eso era bueno. No le gustaba ver a las mujeres llorar y viniendo de ella era todavía más… extraño. Se quedó en silencio, meditando lo que le acababa de decir y suspiró, avanzando más pasos.
—Llegaremos pronto.
—Lo siento. —Soltó de inmediato, como si hubiera estado esperando a que dijera algo para pedirle disculpas—. Por no valorarte —se detuvo. Estaba muy mareada y el estómago volvía a revolvérsele. Regresó su vista al joven y él tragó duro, sin atreverse a verla a la cara.
Kikyō vio a Naraku por un momento y abrió tanto los ojos que le dolieron.
—¿Estás bien? —Se tuvo que obligar a verla directamente, ella parecía hipnotizada.
—Na-… —alcanzó a decir, bajito, con los sentidos jugándole una mala pasada. Se acercó lentamente a él, aferrándose lo que más pudo de las ropas. Los labios le temblaban y quería saber si era verdad que él había ido por ella, que estaba ahí, tomándola de un brazo y alentándola.
Por otra parte, InuYasha se había quedado estático, sin poderse mover. Mientras el rostro de su ex hacía un viaje tortuoso hasta su boca, él pensaba en que, a pesar de que su cuerpo había anhelado algo así de nuevo por mucho tiempo, justo en ese instante, le estaba mandando alertas. Podía jurar que esa misma mañana habría querido besarla, recobrar su relación con ella, pero ya que la tenía ahí, diciéndole que no lo había valorado y a punto de darle un beso con sabor a licores, el cuerpo y el cerebro solo podían decirle una cosa: no.
No.
¡No!
No. Y no solo porque estaba ebria, sino porque ya no quería eso. Parecía que todo el tiempo que había estado pensando en ella, anhelando volverla a tener, había sido una mentira, un capricho tonto por su ego, por sus deseos de hombre… Kikyō era una gran mujer en toda la extensión de la palabra, era obvio que, naturalmente, aun pasando unas cuantas semanas, su ser la recuerde y al extrañe. Pero ya no. No. No quería, de verdad que no.
—No, Kikyō… —giró el rostro y sintió los labios femeninos estamparse en su mejilla. Cerró los ojos. Eso fue realmente incómodo—. Lo siento… —susurró.
Sintió que ella apretó de nuevo sus ropas y se separó de él como si quemara. La observó con curiosidad cuando se puso roja y después cambió su expresión a una completamente arrepentida, como si no quisiera haber nacido. Y eso le recordó a Kagome.
«Kagome…»
—Maldita sea —masculló entre dientes, tomándose del estómago—. Lo-lo lamento tanto, no sé qué estaba… —exhaló— agh… no… —apenas cayó en cuenta de que era InuYasha.
—No te preocupes —agachó la cabeza.
Extendió la mano para ayudarla a caminar pero Kikyō se reusó, tratando de enderezarse.
—Yo… —hizo un par de ligeras arcadas, con más mareos atacándola— yo no te quiero, InuYasha —entre su poca conciencia, quería dejarle claras las cosas. Quizás con alcohol encima se atrevía. Él no supo cómo sentirse con eso—. Hay otra persona —cerró los ojos y sonrió, sin sentido. Taishō por fin cayó en cuenta sobre la comparación anterior—, si-siempre tuviste razón… —casi se desvanece, pero su ex fue más rápido y la atrapó.
InuYasha no dijo palabra, no podía. La ayudó a caminar y esta vez sí que avanzaron mucho más. Las recientes palabras de Kikyō sonaron en su cabeza y se sintió muy confundido. Aún le dolía pero ya no se podía comparar con lo anterior. Quizás porque ya lo sabía y solo necesitaba una confirmación de ella.
—¿Quién es? —Se atrevió a preguntar, como queriendo dar por terminado aquello.
La escuchó reír apenas.
—Ya no busques más respuestas… —frunció el ceño. No sabía en dónde ponía los pies, estaba como en un sueño—. Veo que has vuelto a ser amigo de mi hermana —tosió un poco—, espero que no sea para buscar más porqués.
Un escalofrío recorrió a InuYasha… se sintió muy mierda con aquel comentario. Era cierto que en un principio lo había hecho por eso, pero casi al instante se había arrepentido y dijo no. No y nunca más. Kagome no era un juego para él.
—No digas tonterías —le dijo sin más.
Llegaron por fin a la puerta y se separaron. InuYasha tenía miedo de que ella fuera a desplomarse. Sacó su celular y llamó a la menor.
—No me digas que vas a llamar a mi hermana —soltó una risita burlona, como perdiendo por completo el sentido—. Pff…
—Sí. Haz silencio. —Le hizo el gesto con el dedo. La chica contestó y Kikyō rio de nuevo—. ¿Kagome?
—¿Hola? ¿Viniste con alguien? —Inquirió extrañada. Oía una risa femenina que le pareció conocida.
—Baja a ver. —Fue lo único que le dijo y colgó. Se guardó el celular y no dejó de ver hacia arriba.
Sabía la contraseña del portón así que la puso y pudo abrirla.
—No le vayas a decir a —hipó y tosió. Tenía una expresión tonta y los ojos decaídos— K que tengo a alguien. —Sonrió, con la ayuda de InuYasha para poder ver en dónde estaba pisando. Sentía que caminaba en la nubes—. Ella es muy celosa. Sep.
«No sé por qué no me sorprende» pensó InuYasha, cerrando de nuevo el portón y ayudándola a llegar a la puerta de la casa. Lo único bueno de que Kikyō estuviera tan ebria era que podía olvidar más fácil el momento tan incómodo que acaban de vivir. Ahora ella parecía dirigirse a cualquier persona, ya que no lo llamaba por su nombre. Suspiró, sin dejar de pensar en todo lo que le había dicho.
Lo caradura no se le quitaba ni con licor.
—¡Hola, InuYa…! —Se obligó a cerrar la boca cuando vio el panorama—. ¡Kikyō! —Exclamó horrorizada, aunque al segundo le llegó el olor a alcohol—. ¡Hermana, hermana, ¿estás bien?!
—No, no lo creo —le respondió Taishō. Ella lo miró como si tuviera la culpa.
—Estoy-bien… —trató de enderezarse como por millonésima vez en la noche.
—¡Estás ebria! —La regañó Kagome, con el ceño muy fruncido.
—¡Shhhh! —Se llevó el dedo índice a la boca—. Vas a despertar a mis padres —eructó y fue muy bochornoso.
Mucho.
—Dios…
—La encontré cuando estaba por llegar y la ayudé a venir —le contó el joven, pestañeando varias veces sin poder creer aquello que veía.
—Lo-lo siento —Kagome tomó a su hermana por el brazo—. Y gracias, InuYasha. —Se le aceleró un poco el corazón con aquello y se sintió muy tonta.
—Uy… —intervino la ebria, riendo como boba—. Ustedes… —los señaló con su dedo índice alternativamente—, volvieron a ser amigos, ¿no?
—Kikyō, vamos… —tenía miedo de lo que su hermana pudiera decir.
—Espera, espera… —tomó aire y miró a su ex. Ya había olvidado todo lo anterior—. Tú sí que recuerdas el cumpleaños de mi hermana, ¿no?
El aludido pestañeó confundido y con una expresión muy seria, la desafió. ¿De qué estaba hablando? Bueno, a veces se le olvidaba que estaba muy borracha.
»—¿Eh? —Insistió.
—Sí —le dio algo de vergüenza aceptar que se sabía la fecha de memoria. Kagome se tapó la cara, no sabía hacia dónde dirigir la mirada.
Ella asintió. La pregunta venía por la falta que Naraku le había hecho, así que lo siguiente, lo soltó pensando en ella y ese tóxico imbécil del que se había enamorado.
—Ustedes deberían ser pareja.
—¡Kikyō!
Kagome no pudo evitar el sonrojo tan fuerte en su cara e InuYasha tampoco. Fue como un balde de agua fría para ambos y se quedaron en blanco por unos segundos. La chica aún miraba hacia la nada, sin dejar de pensar en sus asuntos. Después de un rato, echó a reír.
Cosas de ebrios.
—Es broma —su estómago dio vueltas como si fuera una licuadora y vio todo ir de aquí allá en su cabeza— pero, si quieren… —susurró casi inconsciente— no es broma.
Lo siguiente que vieron, fue a Kikyō vomitando la entrada de su casa. El panorama fue increíble para InuYasha y Kagome, pero actuaron rápido para agarrarla y quitarle el cabello de la cara. Entre esos movimientos, rozaron sus manos y la descarga eléctrica los hizo estremecerse y se miraron de manera fugaz. Kikyō había hecho demasiado ese día y se sentían muy apenados y nerviosos.
Sin decir palabra, esperaron a que ella soltara todo de adentro.
—¿Hermana…?
—No debí haber tomado vodka… —le susurró, arrepintiéndose de todo. Se secó la comisura de los labios con la muñeca pensando que hacía bien. Ya no sabía ni quién era.
—Llévala arriba, no está nada bien —le dijo InuYasha, preocupado. Kikyō no estaba ni siquiera consciente y eso era preocupante. Sabía que Kagome también estaba asustada—. No te preocupes, mañana te entrego las tareas.
La chica asintió despacio e hizo un mohín. InuYasha se veía realmente preocupado por Kikyō, estaba muy atento a ella. Sintió una gran decepción en el pecho y se odió por anteponer los malditos celos antes que seguir ayudando a su hermana. La tomó por los brazos y la levantó, abriendo más la puerta para entrar con ella.
—Nos vemos —le dijo a modo de despedida, desapareciendo.
El aludido se quedó ahí, con un montón de pensamientos dándole vueltas en la cabeza.
«Ustedes deberían ser pareja» no dejaba de sonar en su mente como un eco. Y estaba poniéndose muy nervioso.
Continuará…
Ya, ya, sé que vieron a Kikyō muy OoC pero es ¡mi Kikyō ebria y así como está es arte para mí! Esta escena la tenía pensada hace tiempo y me gustó mucho el resultado. Cierro la decena de capítulos con los celos abiertos de Kagome. Pobre, está entre su hermana y el hombre que le despierta cosas.
No me vayan a odiar a Kikyō por lo del beso, ¿eh?
Al principio, tenía pensado que ella supiera que iba a besar a InuYasha a modo de venganza contra Naraku, aunque al final se sintiera como una mierda porque ella NO LO QUIERE y solo lo iba a utilizar para desfogar su odio y decepción. Pero decidí que mejor no y amé la versión final.
Amor eterno a mis bebés: Andrea, Bogaboo, Marlenis Samudio, angieejp, Ichibancat, Ferchis-chan, Laurita herrera, Dubbhe, Katys Camui, Iseul y Lis-Sama.
