.
.
.
Capítulo 11.
«¿Los ebrios dicen la verdad?»
Ingresó las palabras en el buscador de Google y no notó lo ridículo que se estaba viendo hasta que los resultados cargaron y leyó un par de sitios con respuestas a su inquietud. Sacudió la cabeza y se odió por perder el tiempo con esas tonterías.
Si hacía un recuento, Kikyō había intentado… ¿regresar con él? No, no, estaba lamentándose de no haberlo valorado, luego casi lo besa, después le dice que está enamorada de otro, que no lo quiere y, por último, lo tira a brazos de Kagome diciéndole que deberían ser pareja porque sí sabe la fecha de cumpleaños de ella. Y esa, después de todo, había sido la parte que más le había quitado el sueño. Se moría de curiosidad por saber qué estaría pensando ella acerca de lo que su hermana había dicho, porque Kikyō podía estar muy ebria, pero ellos estaban en perfecto estado y oyeron muy bien todo. Y fue muy incómodo y extraño.
¿Por qué diablos Kikyō había dicho todo eso? Es que no paraba de dar vueltas con el tema. Agarró el cigarro del cenicero y lo fumó. Era muy temprano para hacerlo, pero le valía muy poco. Estaba ansioso y casi molesto por todo lo que había pasado. Lo peor de todo era que debía volver a Kagome para entregarle las tareas. La tendría que ver y sentía que el corazón le estaba latiendo más rápido por eso. Es que después de lo que Kikyō había dicho, ya no sabía cómo ver a la menor a la cara.
Le jodía.
Le jodía mucho.
—¿Puedo pasar?
La voz de su hermana se escuchó apenada luego de tres ligeros golpes en la puerta. Ella le cedió el paso luego de sacar la mirada de su libro.
—Buen día, hermana.
La aludida tenía las mejillas levemente enrojecidas y traía un montón de ropa recién doblada en las manos. Claro que, aunque era normal en ella hacer ese tipo de cosas, en ese momento era la excusa perfecta para hablar.
—Traje tu ropa limpia —comentó lo obvio y Kagome sonrió apenas. Caminó hasta el clóset y ordenó las prendas. Su hermana menor seguía dispersa en el libro que tenía en las manos. Cuando acabó de clasificarlas por colores, en un vano intento de disipar los nervios, soltó un suspiro cansado y se dirigió hacia la puerta, porque sabía que podría verle la cara a Kagome desde ese lugar—. Buen día.
—¿Estás mejor? —Fue una pregunta lanzada sin mucha concentración. Empezó a pasar las páginas para distraerse y desparecer un poco el nerviosismo de la inminente conversación—. Anoche no sabías ni tu nombre.
—Mamá me dio una pastilla para la resaca —contestó más animada. Le causaba muchísima vergüenza todo aquello y no sabía cómo enfrentarlo.
—Se puso loca la fiesta con tus amigas, ¿no? —Su tono le dio a entender que no creyó ni por un segundo que iría con ellas. Kikyō lo notó y también vio las ojeras de la pequeña—. Nunca te había visto así.
—Lo lamento, Kagome. —Pidió disculpas con mucha sinceridad—. Sé que limpiaste todo mi desastre afuera, así que prometo lavar los platos por una semana.
La joven sonrió. Le hizo gracia la idea.
—Tres semanas —se encogió de hombros.
—¿Qué dices? —Kikyō pensó que eso ya se trataba de un abuso.
Tomó aire y por fin la miró a la cara. Su hermana mayor se veía muy demacrada y pálida.
—¿Ves estas ojeras? —Se las indicó, pasando el dedo índice de una bolsa a otra y le pareció un insulto comparadas con las de Kikyō—. No pude dormir en toda la noche por lo que dijiste allá abajo.
—No solo dije —ella habló por sus pocos recuerdos y soltó los datos como si no tuviera que esconder su nueva relación con Naraku—. Casi beso a InuYasha, Kagome. —Se mordió los labios por la pena y el arrepentimiento.
La joven abrió apenas la boca y sintió su estómago revolverse. Le dio un terrible escalofrío en todo el cuerpo y no pudo evitar dejar de ver a su hermana. Esperó que no se notara lo mal que le caía lo que le acababa de decir.
—Pe-pero…
—Yo estaba ebria —no le contaría la verdad, por supuesto que no—, casi hago una estupidez.
Kagome ladeó apenas el rostro.
—¿Y-y él? ¿Te besó…? —Tenía mucho miedo de la respuesta y quería parar el tiempo para evitarla. Pero tenía que saberla.
—No, claro que no… —frunció el ceño—. Fue muy respetuoso conmigo y desvió la cara.
Higurashi tomó aire ante esa confesión. Obviamente, Kikyō hacía los comentarios sin saber lo que estaba pasando por su mente. Ella no podía frenar aquellos sentimientos que habían nacido de nuevo, y, aunque pasivos, le causaban muchos estragos.
—Ah, fue respetuoso —asintió—. Pero estabas ebria, de lo contrario, te habría besado, ¿no? —Frunció los labios.
Se hizo un silencio incómodo entre ambas. Kikyō observó a su hermana con curiosidad hasta que esta tuvo que quitar la mirada. Fue muy intenso. Inhaló y se preparó para preguntar algo que, esperaba, no incomodara de más a la pequeña.
—Kagome… —le dijo de forma dubitativa—. A ti te gusta InuYasha, ¿no es así? —Alzó una ceja. La aludida sintió que el corazón se le detuvo y regresó la vista a Kikyō—. Creo que antes tenía una leve sospecha, pero dijiste que te gustaba ese chico, Akitoki, así que supuse que…
—No, no, no, hermana —se puso roja como un tomate—. InuYasha y yo siempre hemos sido solo amigos y, además, es tu ex novio, ¿cómo se te ocurre que…?
—Kagome, no se trata de eso —la detuvo al instante, poniendo cariñosamente una mano en la mejilla caliente de la chica—. No importa que haya sido mi novio ni mucho menos… —suspiró—, no creo que él sea adecuado para ti, si…
—Kikyō, estás hablando como si él me gustara —la miró con determinación. Sabía perfectamente que a ese hombre solo le interesaba Kikyō y supuso que siempre sería de esa manera— y no es así. —Negó con la cabeza y su hermana retiró la caricia—. No me interesa en lo más mínimo, aunque sigo preguntándome —esto también lo dejó ir sin más, volviendo a teñir sus mejillas—, y no he podido dormir queriendo saber por qué diablos dijiste que deberíamos ser pareja.
Se obligó a cerrar la boca después de haber soltado aquello. Kikyō se irguió y, de nuevo, la vergüenza la quiso comer viva. ¿Ella había dicho eso? ¿De verdad? No lo recordaba. En realidad, recordaba muy poco. Poquísimo. Lo único que tenía claro era la falta del infeliz de Naraku y que a eso se debía su resaca y el bochorno que, en parte, recordaba que había hecho.
—No me tomes la palabra. —Comentó como perdida, sin pensar demasiado las cosas.
—¿Por qué? —La respuesta fue inmediata—. Quiero decir, en el caso hipotético, ¿por qué no debería tener nada con InuYasha? —De verdad le causaba muchísima curiosidad aquel semblante.
Su hermana volvió a ella.
InuYasha… un recuerdo algo distorsionado de ella diciéndole que esperaba que no se hubiera acercado de nuevo a Kagome para buscar respuesta de su rompimiento la invadió; el tipo no había respondido algo concreto y eso, ebria, no lo discernió, pero en ese momento sí que lo entendía. Bueno, o esa era la impresión que tenía. Por supuesto que no le diría eso a su hermanita, sería cruel e injusto. Kagome y sus padres eran lo que más amaba en el mundo. Quizás más que a ella misma. Después estaba Naraku. Como fuere, no le diría eso a K, definitivamente no. Además, ni siquiera era algo de lo que estuviera completamente segura.
Pero valía prevenir.
—Porque es tu maestro, Kagome. —No se le ocurrió decir más. Su expresión era muy seria y fría—. No puede faltarte el respeto así.
La joven Higurashi agachó la vista, desconcertada por la respuesta. Jamás la esperó, fue muy… extraña. ¿Estaba segura de que solo era por eso? Alzó una ceja, tratando de entender aquello y no pudo; Kikyō se escondía.
—Entiendo.
—Respecto a mi ebriedad… —cambió drásticamente el tema—. Prometo que no volverá a suceder.
Kagome sonrió. Entendía que había sido su cumpleaños, así que no tenía realmente nada qué reclamarle excepto que debería tomar un taxi la próxima vez.
—Y, también, por favor —le dijo en tono suplicante—. No vuelvas a decir esas cosas…
Kikyō asintió, haciendo otra promesa en silencio.
—Lavaré los platos una semana y media, entonces —propuso después, sopesando la idea.
—Que sean dos y media —refutó Kagome.
—Dos.
—Hecho.
Y ambas sonrieron.
—No tienes trabajo o qué —comentó de pronto y Kōga soltó una carcajada.
—¿No ves que es domingo? —Respondió automáticamente.
Ayame sonrió y se acurrucó más en el abrazo de su novio.
—Cada vez que vengo te encuentro aquí —tomó su cerveza y sonrió—. Despégate cinco minutos de mi prima, por favor.
—InuYasha…
—¡Qué dices! —miró para la pelirroja, sonrió y le plantó un fugaz pero firme beso en los labios, provocando que la chica se sonroje—. Si me voy a casar con ella.
Fue como una atmósfera romántica que nadie podía romper. Ayame lo miró con los ojos brillantes, preguntándole de forma visual si era en serio que lo decía. Él le dijo que sí con sus orbes celestes. Fue un momento mágico.
—Qué asco —momento mágico que InuYasha echó a la mierda con su comentario.
—¿Envidioso? —No podía dejar de tomar todo como una broma. InuYasha siempre había sido agrio con sus comentarios, pero jamás los hacía con mala intención.
—No como quisieras.
—Bueno, ya —intervino Ayame, incorporándose y haciendo un gesto de «basta» con las manos—. Cuéntanos qué pasó. Kagome me contó que Kikyō se embriagó anoche y dijo tonterías.
—Oh, es verdad, lo dijo en el grupo de WhatsApp —soltó el moreno, sin medir.
—¿Grupo en el que no estoy? —InuYasha alzó una ceja. Tanami golpeó a su novio con el codo y este soltó un quejido—. No puedo creerlo, Kagome es una chismosa.
—Es que, en el grupo anterior, Kikyō y tú salieron, así que armamos otro que no tuviera esa mala vibra —rio nerviosa.
—No le digas chismosa y cuéntanos ya —le insistió Wolf.
InuYasha suspiró hondo. No sabía cómo empezar a contar todo lo ocurrido. Sobre todo, ya no pensaba solo en el recuento que había hecho en la mañana, sino también en el momento en el que Kikyō le había dicho que no le dijera a Kagome que tenía a otra persona. Pensándolo bien, ¿él tenía que guardarle secreto a su ex sobre su nuevo novio? ¿Era en serio todo eso? Además, no solo debía mantener ese secreto con Kagome sino con todos los demás.
La madre que la había traído…
—Primero, se lamentó por no haberme valorado —empezó su relato y los chicos se irguieron, como si eso les hubiera dado pánico—. Yo la encontré caminando torpemente poco antes de llegar a su casa, así que me bajé del auto y la ayudé —la pareja asintió despacio, como procesando todo—, después de un momento… —los vio alternativamente, con los labios fruncidos y algo de temor. No quería decirlo, sentía que era muy fuerte. Tragó duro— quiso besarme.
—¡¿Qué?!
La expresión fue de Ayame y Kōga. Se miraron de inmediato y pensaron en Kagome como si no hubiera un mañana. Eso no podía ser, simplemente no podía. Era absurdo. Se suponía que Kikyō ya no sentía nada por InuYasha y eso significaba el camino libre para K, en eso habían quedado. Bueno, esos eran sus planes. Los chicos sabían que, con la negativa de la mayor, Taishō saldría rápido de su encantamiento tonto y volvería a la realidad. Qué diablos había pasado ahí, qué diablos…
—¿Qué les pasa? —Les inquirió molesto por el gesto reciente.
—Espera, espera, tú habías dicho que ella tenía a otra persona y que ya no te quería —Kōga se hizo hacia adelante en el sofá—. ¿Cómo que te quiso besar?
InuYasha volvió a suspirar. De acuerdo, no diría nada sobre la nueva pareja de Kikyō. Ni siquiera era un tema que le incumbiera y, siendo sinceros, tampoco era que le doliera tanto como antes. Sentía molestia, más bien.
—Dijo que no me quería y fue muy sincera en eso —contestó por fin—. Supongo que era por su ebriedad, la verdad es que no tengo la menor idea.
Ambos se quedaron estáticos, sin entender siquiera. ¿Por qué todo era tan extraño? ¿Por qué no eran directos? Si él estaba tan seguro de que Kikyō no lo quería, ¿a qué carajos había venido ese beso? O, bueno, ese intento de beso.
¿O había sido un beso?
—¿Y la besaste? —Ayame hizo una expresión preocupadísima. No quería saber la verdad. Kōga tampoco.
El aludido negó con la cabeza. Si volvía a recordar el momento, si era sincero o si le preguntaban… él no sabía explicar por qué no. Intentó imaginar algo similar, pero en condiciones distintas y su mente y cuerpo seguían diciendo lo mismo: no.
Definitivamente no.
Por otra parte, Tanami y su novio no pudieron evitar la emoción al saber tan buena noticia. ¡No la había besado! Eso era una buena señal. Wolf carraspeó, intentado ocultar la sonrisa.
—Y eso es magnífico. —Le dijo de forma espontánea.
—¡Kōga! —La joven le dio otro codazo provocando un alarido.
Taishō negó, como aturdido por aquellas reacciones estúpidas. Era molesto.
—¿De qué estás hablando?
—Dejemos de fingir, ¿sí? —También se dirigió a su pareja—. Si estás volviendo a hablar con Kagome, es obvio que nos alegra que no hayas caído en la tentación.
—¿Hablar? —Hizo una mueca de incredulidad y su prima puso los ojos en blanco—. Espera, espera, Kagome solo es mi amiga, Kōga, no te confundas. —Le hizo un ademán de alto.
—Oh, así como antaño —prosiguió el joven castaño—. Kagome siempre ha sido tu amiga, pero parece más tu novia.
InuYasha se quedó en silencio ante aquello y un sonrojo terrible lo invadió, desvío la mirada y se tomó el resto de cerveza que ya no estaba tan fría. Quería que su tía apareciera por ahí y le salvara el cuello con la conversación tan incómoda que estaba teniendo.
—Lo que sea que haya pasado con Kagome —dijo después, con voz serena— es asunto pasado. Hemos sido y seguimos siendo amigos.
—Un día serán más que eso —susurró Ayame, pero fue perfectamente audible. Vio a su primo ponerse de pie de inmediato y mirarlos con mucha molestia—. ¿InuYasha?
—¿Esto es una maldita broma?
No lo podía creer. Era como si todo el mundo confabulara para hacerlo sentir incómodo respecto a Kagome, justo cuando él quería cambiar aquella situación y llevar una amistad sana con ella, dejando atrás lo pasado y renovando los sentimientos. ¿Cuál era la jodida necesidad de querer girar todo a un lado romántico? Parecía que nadie entendía que Kagome siempre había tenido un rumbo distinto al suyo, y era muy hipócrita viniendo de Ayame, ya que ella lo sabía mejor que nadie.
Hablaban de ella como si supieran sus sentimientos. Hablaban de él como si conocieran su corazón.
—Cálmate, InuYasha. —Kōga también se puso serio.
—No, no me pidas calma. Kikyō me dijo anoche que, porque sé la maldita fecha de cumpleaños de Kagome, deberíamos ser pareja. —Soltó las palabras sin respirar, como si tuviera miedo de haberlas dicho antes.
Su primo político alzó el dedo índice como si fuera a decir algo solemne y Ayame no podía creer lo que acababa de escuchar. Kagome no les había dicho nada de eso.
—Kikyō tiene razón.
—No seas imbécil —ya no había camaradería en su voz—. Kagome y yo no somos más que amigos y se acabó. No quiero volver a tocar más este absurdo tema.
Kōga agachó la mirada. Su novia no tuvo que decirle más, él había entendido perfectamente todo. Inspiró hondo para disipar el mal rato y no dijo palabra.
—Está bien —Ayame tomó la palabra. Conocía lo suficiente a su primo como para saber que sí volverían a hablar de ese tema y sería él mismo quien lo mencionaría— no volveremos a tocar el tema.
—Sí, perdón —Kōga puso los ojos en blanco y su tono fue más bien ofendido.
InuYasha hizo la misma expresión, pero se sintió más tranquilo.
—Como sea… —inhaló hondo—. Agréguenme al maldito grupo. —Tomó su portafolio y se dispuso a ir a despedirse de sus tíos antes de marcharse.
—¿A dónde vas? —Le inquirió su prima. No se habría molestado a ese punto, ¿o sí?
—Tengo… —reparó en lo irónico que era y quiso no decirlo, pero no tenía otra opción—, tengo que irme a entregar las tareas de tutorías a Kagome.
Kōga soltó una carcajada.
Podía jurar que una vena en su frente estaba sobresaliendo por el estrés. Ya no quería pensar en las hermanas Higurashi porque ya bastantes dolores de cabeza le habían provocado. Bastantes. Dio vuelta en la esquina y rememoró por unos segundos el acontecimiento de la noche anterior. Puso los ojos en blanco y divisó un taxi parado en la entrada de los Higurashi. Frunció el ceño y avanzó despacio hasta ver quién se estaba bajando.
Sintió que se le revolvió el estómago cuando vio de quién se trataba.
Inspiró hondo y se estacionó más adelante. Apagó el motor y se quedó ahí unos segundos, jugando con sus dedos en el volante y preguntándose si sería conveniente bajar. Y se respondió automáticamente, porque no había ninguna maldita razón por la que debiera esconderse. Volvió a suspirar hondo, intentando calmar su irritabilidad. Tomó su portafolio y abrió la puerta. Preparó su rostro para mostrarlo amable como se suponía que debía hacerlo con cada estudiante.
—Oh, Taishō-sama —se apresuró en hacer una reverencia y le dio mucha pena el momento. Desde aquel día en el natatorio no se habían vuelto a encontrar y la salida del maestro había sido muy extraña—. Buen día.
—Buen día, Hōjō. —Se odió porque su voz no sonó muy amigable—. Es extraño tenerte por aquí. —Le dijo a modo de pregunta. Sí quería saber qué hacía ahí.
El joven se sonrojó ligeramente e InuYasha pensó en que, al parecer, ambos estaban ahí por la misma persona.
—Vine a ayudar a Higurashi con sus tareas de matemáticas, profesor —le comentó bastante sereno—. Creo que me dijo que eran de sus tutorías —en parte era verdad. Aunque obviamente harían más que estudiar en la habitación de él, de todos modos, sí que le ayudaría con las tareas.
InuYasha lo miró extrañado… ¿Ayudarle? Cinco malditos ejercicios le había preparado, ¡cinco! No necesitaba ayuda para eso. Se quedaron en silencio y ninguno notó que no habían llamado para que les abrieran la puerta —aunque el jovencito sí que lo había hecho ya—. Taishō notó que Hōjō traía una canasta de mimbre con frutas y pastelillos y se sintió muy estúpido porque él no llevaba nada más que su presencia y un par de papeles. Incluso eso le arruinó más el día.
—Son pocos ejercicios, no creo que necesite ayuda. —Soltó después de mucho y el joven lo miró rápido.
—Qué raro, me dijo que eran muchos —dijo la verdad. Kagome le había dicho por WhatsApp que su tutor le había dejado un montón de trabajo y necesitada ayuda en serio.
Vio cómo el profesor se inclinaba a ingresar una contraseña en el portón y este se abrió automáticamente después de poco. Le dio la impresión de que era alguien de confianza en la familia. No pudo evitar ver su semblante serio y se preguntó si de casualidad había hecho algo malo. No quiso decir más, pero pensó que ya las cosas eran muy obvias: el día del natatorio, la única chica diferente que venía hacia él era Kagome, y, ese día, lo encontraba en casa de ella, ¿qué más podía pensar el profesor? Higurashi no quería que la gente supiera que ellos tenían algo y ahora resultaba que justamente su maestro se estaba enterando. Dudó en si decirle o no, pero pensó que ese, definitivamente, no era el momento. Caminó detrás del docente hasta la puerta y apenas notó que él no le había dicho una sola palabra más. Parecía enojado con él.
»—Taishō-sama, Higurashi ya viene, yo le escribí cuando estaba bajándome del taxi. —Le informó y el aludido se quedó estático antes de acercarse a tocar a la puerta.
—Gracias. —Fue lo único que dijo y se irguió en su posición.
Así que Kagome ya sabía que el niñato estaba frente a su casa. Y ella bien sabía que él le dejaría pronto las tareas, también. Inspiró hondo. ¿Por qué demonios Kagome necesitaba ayuda para hacer cinco miserables ejercicios si él claramente le había dicho que serían pocos? La rabia lo invadió, se sintió burlado. Si tanta ayuda quería, pues bien, le daría tarea suficiente para que estudiara ese y todos los días que le quedaba de la semana.
—¡Hola, Hōjō…! —Se alertaron cuando escucharon la jovial voz saludar al aludido. Kagome se quedó en silencio cuando encontró a InuYasha también a lado de su amigo. Tragó duro, sin saber cómo parar su corazón loco que latía desenfrenado a punto de salirse de su pecho—. Ta-Taishō-sama —titubeó y pudo ver la expresión todavía más agria de su tutor.
—Fue una suerte haberme encontrado al profesor fuera de tu casa, Kagome —Hōjō se dirigió a la chica, intentando disipar los ánimos. Notó lo tenso que estaba todo y pensó que ellos deberían tener muy mala relación—. Sabe la contraseña de tu portón. —Se rascó la nuca y rio con nerviosismo.
InuYasha hizo un mohín de molestia.
—Sí, es que… —dijo distraídamente, sin quitarle la mirada de encima al ambarino. Seguramente se había muerto por darle un beso a su hermana la noche anterior y ahora aparecía ahí, con su cara muy cínica y enojada como si ella le debiera algo. La sangre le hirvió y frunció el ceño—, ya sabes, Dai —se dirigió a él por su nombre de pila en señal de confianza. Pensó que eso le daría celos a InuYasha y supo automáticamente que era una estupidez colosal, aunque no se retractó aun viendo que él no cambiaba su expresión seria—, él era —puso énfasis— el novio de mi hermana y ahora es mi tutor. —Sonrió falsamente—. Tiene la confianza de esta familia. —Eso fue muy directo e InuYasha lo notó al instante.
Maldita fuera.
—Quería felicitarte, Higurashi —llegó el turno del docente—. Hōjō —se acercó a él y le dio un par de palmadas en la espalda— es un excelentísimo estudiante y gran aprendiz matemático —alzó las cejas y Dai se sonrojó apenas por el halago—, creo que no hay nadie mejor que él para que te ayude con las tareas que te encomendé, ¿no crees? —Kagome intentó decir algo, pero él prosiguió enseguida—. Que, por cierto, y como le dijiste —eso también fue muy directo—, son muchas.
—Yo…
—Ahora mismo te traigo cinco, es que olvidé el resto en casa —mintió, curvando los labios como si fuera una amable sonrisa—, qué torpe soy. ¡Hōjō!
—Sí, Taishō-sama —respondió con mucho respeto.
—Tienes trabajo, muchacho. —Volvió a darle un par de palmadas al pobre que aún sostenía su canasta con regalos.
Kagome sintió la cara arder y el odio recorrerla. InuYasha no podía estar haciendo eso, simplemente no. No, la madre que lo había traído… respiró hondo, esperando algo mejor.
—Eh…
—Pero no se preocupen, con lo buenos que ambos son para esta materia, apuesto a que terminarán los, en total —hizo cuentas rápidas en su cabeza y escogió un número determinado—, 40 ejercicios que tienes hasta el día miércoles, Higurashi.
—Vaya, sí que son muchos —dijo Dai, ladeando el rostro, ajeno al torbellino que se había creado entre su amiga y el profesor.
La aludida negó, como diciéndole con la mirada que no se atreviera. ¡Es que no! ¡Eso no tenía sentido! ¡No era justo! ¡No podía ser! Pero él le dijo que sí que podía con una socarrona sonrisa muda. Lo vio sacar los papeles del portafolio y extendérselos. Ella los tomó de mala gana, frunciendo los labios y evitando las lágrimas de odio puro.
—Que les vaya muy bien. —Le dijo después de unos segundos y fue escalofriante aquel tono de voz.
Kagome alzó el mentón, sin dejarse amedrentar.
—Lo mismo digo —le sonrió—. Y quien sabe si… seamos cuñados de nuevo.
InuYasha supo a qué se refirió.
Y le jodió mucho.
Continuará…
Joder, qué tensión xd
¡Siento tanto la demora! Quince minutos me acaba de dar la u y dejé de ser una huevona.
Amor eterno a: Marlenis Samudio, Gabriela Jaeger, Paulina Hayase, yancyarguetaf, Ichibancat, CrisUL, angieejp, Andrea, Iseul, Lis-Sama, Dubbhe, invitado, manu, Lullaby, Phanyzu, Katys Camui.
Saludos especiales a Phanyzu, que se pasó por esta historia a dejar sus hermosos reviews. Mucho respeto y aprecio para ti, eres una hermosa.
Y desde aquí me disculpo con Iseul, Dubbhe y mi Bogaboo, Gabriela Jaeger, porque les puto debo reviews y ahora estoy actualizando, pero PROMETO que me pasaré, que no las he olvidado y que las amo. Ya. Bai.
Oh, y puto arte sus fics. Vayan a leer los fics de estas diosas si no lo han hecho. Y de paso dense un recorrido por mi lista de favs, porque verán unas joyas que este fandom no merece (?). Ok, esa fue DAIKRA funable.
Sin más, espero mis tomatazos.
