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Capítulo 12.

La única buena noticia que había tenido era la de las competencias institucionales de natación. Ahora debía pasar un día más a la semana en las prácticas. En unas pocas semanas podría empezar a competir. Eso era un respiro, pero significaba que debía hablar con el troglodita de InuYasha y decirle que los viernes ya no podría recibir las malditas tutorías con él. Y que, si quería, debían moverlas a la noche. Oh, no, de seguro que también quería hablar de sus horarios con Kikyō, como lo había hecho la vez anterior. Quizás y sí.

Arrugó los papeles entre las manos y no le importó nada que se tratara de los malditos 40 ejercicios que tanto le habían costado todos esos días. No había dormido mucho por cumplir con ellos y con su universidad, así que estaba muy agotada. Pero el odio que tenía aún le permitía estar bien despierta e irritada. Quería abofetearlo, hacerle algo malo. No sólo había dañado su fin de semana, sino el poco deseo sexual que tenía todavía y eso… eso no se lo perdonaría.

—Ni que él fuera con quien me descargo —susurró al aire y apenas notó a lo que se estaba refiriendo. Un sonrojo descomunal la invadió y por todos los cielos que sintió más odio por InuYasha—. ¡Maldito tonto!

Estaba histérica.

Tomó una bocanada de aire y con el ceño muy fruncido, dejó de arrugar las hojas y empezó a golpetear el piso con uno de sus pies. Después de lo bien que se habían empezado a llevar, después de todo lo que se le había despertado de nuevo por él, después de tanto, InuYasha simplemente lo había arruinado, lo había arruinado todo. Siempre lo arruinaba. Aparte, lo habían agregado al nuevo grupo de WhatsApp, así que no se podía quejar de él con libertad. No había podido si quiera hablar con la gente por la red social debido a todo el trabajo que tenía. Dai había tenido que ayudarla —y ahora sí— con sus 40 ejercicios y había sido demasiado amable y condescendiente con ella. Se había dedicado a ayudarle a hacer la tarea sin más, sin reclamos, sin dudas o reproches sobre su «relación».

Hōjō era un ángel, no podía estar más agradecida con él.

Notó entonces que alguien estaba intentando abrir la puerta y pudo divisar que era él. Sintió la sangre hervirle, en serio que no podía soportar su maldita presencia. Se puso de pie apenas entró por completo en la estancia y lo observó con ira, pero no dijo una palabra.

InuYasha la miró igual, pero tragó duro. Desde aquella «discusión» del domingo y su posterior extensión de la tarea aquel mismo día, no había hablado con ella y mucho menos se habían escrito. Después de haberle enviado los archivos, Kagome simplemente le había mandado emojis del dedo de en medio, al menos quince de ellos. Y todo se quedó ahí. Durante esos malditos días no había hecho más que pensar en ella y en lo venenosa que se había portado. También en que le estaba ocultando que salía con Hōjō. Le daba tanta ira ver lo poco que confiaba en él, pero lo mucho que se apega al otro y se suponía que ambos eran sus amigos.

Oh, y eso de que quizás volverían a ser cuñados… apostaba su cabeza a que Kikyō le había contado lo del fallido beso.

Kikyō era otra mujer que lo hacía tener cólera. ¿No se había podido quedar callada, acaso? Si es que no había pasado nada, ¿por qué debía alarmar? Y justamente contarle a Kagome, que eso ponía las cosas más tensas entre ellos. Caminó despacio hasta llegar a la mesa y no supo qué decir.

—Tus tareas —pero aquello era su trabajo y no tenía por qué mezclar los asuntos personales. La vio extender las arrugadas hojas con una expresión todavía más agria—. ¿Qué es esto?

—El maldito calvario que me dejaste —le respondió automáticamente, con los nervios de punta.

—¿Por qué me presentas un trabajo en estas condiciones? —Su tono fue sereno a pesar del mal humor.

Era una estética deplorable, parecía que los había apretado para botarlos y luego había decidido no hacerlo.

—Oh —dijo ella con tono sarcástico—, es que me estaba acordando de tu fea cara mientras los tenía en las manos.

El tutor inhaló y pasó las hojas una a una. No se sentó en ningún momento. Notó que había cambios en la forma de los números y automáticamente supuso que eran de Hōjō. Eso le revolvió el estómago. La vio nuevamente con expresión desagradada.

—El trabajo no está hecho por ti en su totalidad.

—Te cumplí y es lo que importa —sentía que su pecho estaba lleno de aire y la presión en su cabeza se hacía cada vez peor.

InuYasha no podía ser más cínico, según la perspectiva de Higurashi.

—El trabajo es para ti, no para tus amigos. —Le respondió al instante, tirando las hojas sobre la mesa. Ya estaba fastidiado también.

Kagome hizo puños y sus manos temblaban al igual que sus labios.

—No voy a solucionar tu problema —rodeó lentamente la mesa ante la mirada de maestro—. Si te molesta o no estás conforme, toma las malditas hojas y mételas por donde no…

—¡No te atrevas a decirme lo que sea que vayas a decir, Kagome Higurashi! —Rugió, incrédulo.

Bien, eso ya estaba pasando sus propios límites.

—Ah, ahora me gritas —tenía los ojos irritados y su cansancio se notaba aún más—. ¡Sabes que me esfuerzo mucho tratando de cumplir todas mis malditas obligaciones y aun así decidiste que era bueno agregar el triple de trabajo a mi semana para complacer tus caprichos! —Le gritó a modo de desahogo, alzando el dedo índice sin apuntarlo. InuYasha se quedó callado sin poder refutar aquello—. Y después de que hice todo para tratar de cumplirlo, ¿vienes a quejarte porque no todos los números presentan la misma grafía? —Sus ojos se nublaron, sentía ganas tirar todo por la borda. El estrés y el cansancio la estaban matando—. No puedo creerlo.

Él volvió a tomar aire, preparándose para aceptar sus culpas. Se había pasado mucho esa vez, era verdad. Debía reparar el daño de alguna forma.

—Lo sé —no podía verla a la cara—, sé que fue muy poco ético de mi parte hacer eso y lo lamento, pero…

—No, no lo lamentes —negó y sonrió con sorna—. De verdad te estabas portando condescendiente mientras volvíamos a ser amigos.

—¿A qué viene eso?

No pudo evitar la nueva de incredulidad. No, no, ella ya se estaba desviando del tema. Siempre le había dejado claro que una cosa no tenía que ver con la otra, y aunque se llevaran mejor, sus tareas se regularon por el avance que ella había tenido y no por intereses personales.

—Debí suponer que nuestra «amistad» —hizo comillas con los dedos e ignoró la pregunta de su tutor— duraría hasta que volviéramos a ser cuñados y todo se vaya a la mierda.

De nuevo aquel maldito comentario.

—Kagome, no vuelvas a llamarme así —ladeó el rostro, sintiendo que la paciencia le faltaba. Ella empezó a caminar hacia las escaleras como si no le importara—. No besé a tu hermana —cerró los ojos con fuerza cuando le dijo eso al tiempo que respiraba hondo—. No quiero besarla, no me interesa ya.

Kagome sintió el corazón latirle en la boca y se detuvo apenas. ¿Por qué le decía eso justo en ese instante? Regresó la vista y notó que él no era capaz de verla a la cara. No le creyó ni una palabra entonces. —Sentenció.

—Hoy hay nuevo tema, ¿verdad? —Pasó por alto aquello y se giró para retirarse lo más rápido que pudiera—. Mándamelo por WhatsApp, que yo le digo a Hōjō que me ayude con ello…

No supo en qué momento pasó todo, pero para el siguiente segundo, InuYasha estaba tomando su muñeca y de un movimiento ágil, la tiró hacia él, provocando que la joven se chocara contra su pecho. Fue como en cámara lenta aquel viaje tortuoso en el que ninguno de los dos dijo nada y lo único de lo que estaban conscientes era de la cercanía peligrosa de sus cuerpos. Kagome sentía que su cuerpo estaba ardiendo lentamente cada vez más y supo que ya no era por las iras. La mano de su tutor en la muñeca quemaba.

Cuando la percepción volvió a la normalidad, Higurashi tambaleó un poco para no quedarse recostada contra aquel pecho firme que respiraba con dificultad. InuYasha la miró fijamente después de casi perder la compostura por aquel movimiento que fue electrizante. Jamás esperó sentirse de esa forma, pero suponía que era inevitable con la reciente discusión acalorada que habían tenido.

—Escúchame bien, Kagome —le dijo y su voz sonó ronca. No la soltó en ningún momento—: no soy tu maldito cuñado —la joven abrió los ojos con mucho asombro— y tampoco lo volveré a ser, así que no quiero volver a oír más aquello, ¿me has entendido?

Tomó aire, desviando la mirada y no queriendo aceptar ninguna orden de él. Cómo era posible que fuera tan pedante y tan posesivo… ¡Lo quería estrangular! Sintió que la zarandeó ligeramente de la muñeca y odió no poder decirle que la estaba lastimando, porque el agarre era firme pero delicado.

—Sí, sí, no me interesa tu vida privada. —Le dijo por fin, sin poder mirarlo todavía.

—Y lo más importante —prosiguió, ignorando aquella respuesta orgullosa—, por si no lo recuerdas, niña, yo soy tu tutor de matemáticas —la tomó del mentón y ella accedió rápidamente; no tuvo que hacer un esfuerzo para encontrar sus orbes chocolates. Su mirada era una mezcla de angustia y molestia—, solamente yo interfiero en este tema, no tu amigo —le soltó la quijada—. Así que vas a volver ahí, te sentarás y tomarás las clases con tu maestro, ¿has entendido, Kagome? —Aunque siempre estuvo irritado, jamás le alzó la voz.

No podía hacerlo.

La vio tomar aire, tragarse su orgullo como si quisiera abofetearlo y volvió a su lugar sin decir más. Él la siguió y se sentó a su lado, como siempre lo hacía. Observó los documentos al otro extremo de la mesa redonda y se estiró para alcanzarlos, ante el decepcionado semblante de su alumna. Todo ese rebullicio de la gente emparejándolos le sonó tan ridículo al compararlo con la situación real que ellos estaban viviendo. Se sentó de nuevo y pasó las hojas una a una: Kagome había hecho la mitad del trabajo y, por lo que notaba, estaba bien.

»—Calificaré solo el trabajo que tú hiciste. —Le informó, empezando con su tarea. Kagome lo miró extrañada con la boca medio abierta—. Sobre la misma nota, no te preocupes.

—¿Lo-lo dices en serio? —Parpadeó varias veces, intrigada por su cambio de actitud.

—Te dije que había hecho mal, Kagome —se detuvo con el bolígrafo descansando sobre el papel, a punto de sumarle otro visto bueno a la tarea que ella misma había realizado—. Sé que me excedí y no volverá a suceder —inhaló hondo—. No quiero volver a discutir contigo de esta forma, es irritante y molesto.

La aludida volvió a quedarse en silencio, con los nervios menos alterados y el coraje en niveles muy bajos: era cierto que todo había sido muy incómodo y denigrante, que habían discutido peor que si fueran una pareja. Un sonrojo descomunal la invadió y la imagen de su hermana ebria diciendo aquello la hizo querer desparecer. ¿Es que no tendría paz después de eso? Ay, Kikyō, parecía que le hubiera tatuado esa frase absurda en la mente.

Todos los sentimientos por InuYasha eran inútiles y quería deshacerse de ellos lo más rápido. Lo vio de reojo y fue hasta ese entonces que se preguntó por qué diablos aceptaba que lo que había hecho no era «ético», ¿por qué lo recalcaba y le daba concesiones? ¿Por qué decía que se había excedido? ¿Por qué se había comportado de esa forma con ella aquel día? ¿Por qué?

—Sí… —articuló, dudando en si debía preguntarle algo más o quedarse con aquellas dudas.

Prefirió lo segundo.

—Bien, tienes 10. Este tema se ha concluido —terminó de revisar y firmó el documento. Había ignorado por completo cada número de Hōjō—. Ahora, vamos a empezar el nuevo tema que yo —le añadió énfasis— te voy a enseñar.

Kagome puso los ojos en blanco y negó. Esas tutorías serían muy largas y eso que no habían hablado aún sobre su cambio de horario.


—Oh, se te cayó esto. —Le extendió el bolígrafo y sonrió amablemente.

—Gra-gracias, Hōjō —la chica estaba roja y tomó el objeto con timidez.

Él le volvió a sonreír, dio la vuelta y se marchó.

Ah, las chicas… siempre había sido así. Era muy popular entre ellas desde la escuela. Saludó a otro par de jóvenes con su expresión pacífica y amable y siguió su camino. Sin embargo, no siempre fue el número 1 en esas artes. Antes, su primo Akitoki acaparaba muchísimo la atención y se preguntaba constantemente si era debido a su cabello largo que era más llamativo que el suyo corto o tal vez lo torpe pero aguerrido que era; como fuere, la atención de todas no era lo que importaba, sino la de una sola mujer: Kagome Higurashi.

Es que él la había amado por años, desde que la había conocido en la secundaria y jamás se había atrevido a hablarle hasta que se volvieron a encontrar en la universidad, pero los comentarios decían que K estaba enamorada, más bien, de Akitoki. Y fue un chisme que se mantuvo por mucho tiempo y no supo cómo lidiar con eso. Su primo había decidido cambiarse de universidad por cuestiones geográficas hacía poco más de un año, así que su camino había quedado libre para ser más que un amigo para la Higurashi. Al principio, ella se había mostrado poco atraída por la idea, pero su relación seguía siendo cercana y agradable, sin embargo, nunca desistió y no hacía sino hasta unos ocho meses que por fin se había desatado aquella «amistad especial» entre ellos. Y pensaba que si con perseverancia, Kagome Higurashi había llegado a gemir entre sus brazos, también besaría aquellos labios cuando por fin lograra obtener su amor.

Sin prisas.

Esa mujer podría ser suya algún día, tenía oportunidad y lo sabía.

Se adentró por los pasillos hasta pasar a las aulas de los primeros semestres de la carrera. Cargaba una bolsa con medicina ancestral para los dolores de cabeza y estrés que ella había tenido por la cantidad exagerada de ejercicios que Taishō-sama le había dejado tan solo el fin de semana pasado. Frunció el ceño, volviendo a la misma pregunta que había tenido durante todo el fin de semana: ¿Por qué? ¿Por qué se había comportado de esa manera tan brusca con ella y le había dejado, de un momento para otro, tanto trabajo? Si es que él mismo al llegar había dicho que no era tanto.

Parecía, incluso, enojado con él y con Kagome. Aunque, por los comentarios personales, supuso que era una riña de cuñados y no quiso preguntar más sobre el tema. Mejor se lo preguntaría a él directamente.

—¡Gracias, profesor Taishō! —Escuchó exclamar a un par de estudiantes que salían del aula y llevaban consigo un par de documentos.

Se alegró por haber llegado a tiempo para verlo. Era miércoles y sabía que por la tarde la vería, así que aprovechó el momento. Entró despacio por la estancia y lo vio concentrado en su laptop, escribiendo un par de cosas.

—Eh… disculpe —le llamó la atención con tono inseguro. De verdad esperaba que no estuviera enojado con él.

InuYasha alzó la mirada rápidamente al reconocer la voz. No supo cómo sentirse con la presencia del muchacho y parpadeó un par de veces antes de devolverle el saludo de forma estoica e invitarlo a pasar. Inspiró disimuladamente, con los vivos recuerdos de su comportamiento el domingo anterior, en donde no había actuado precisamente como un profesor. Se disculparía de alguna forma, ya que se daba la oportunidad. Kagome y él aún estaban distantes, ella seguía algo enojada.

Y eso hacia que las cosas fueran algo tensas y más con su nuevo cambio de horario y su reciente entrada a las competencias de natación. Pensó en todo eso ante la mirada curiosa del alumno.

—Lo lamento —sacudió la cabeza, saliendo del letargo—. ¿Qué te trae por aquí, Hōjō?

El aludido suspiró, intentando buscar las palabras correctas. No sabía cómo empezar aquella plática extraña y muy fuera de lugar, a su propio parecer, pero debía hacerlo por ella, sabía perfectamente que a Kagome no le gustaría saber que su tutor era consciente de que ellos tenían una relación especial.

—Antes que nada —comenzó a decir—, he seguido sus consejos sobre el amor, profesor Taishō.

—¿Qué-qué dices? —Le respondió en automático, con la cara roja de nuevo. No podía hablar de ese tema como si fuera cualquier cosa. ¡No podía! No dejó de ver la pantalla de su computadora.

El joven sonrió.

—¿Recuerda lo que me dijo aquel día en el natatorio sobre…?

—Sí, sí lo recuerdo. —Su humor volvió a tornarse oscuro y el color se le fue de las mejillas. No quería rememorar aquella sensación desagradable.

Hōjō se rascó la sien con nerviosismo.

—Señor…, por mis miradas torpes y mi presencia en casa de la señorita Higurashi, usted seguramente habrá notado que yo…

—Ve al grano, Hōjō. —Él sabía perfectamente lo que aquel mocoso iba a decir y le supo muy mal siquiera imaginarlo. Lo miró de una manera muy fría y dejó de hacer su trabajo. No tenía tiempo para esas cursilerías—. Necesito hacer mi trabajo.

Algo incómodo por la segunda intervención abrupta del profesor, el muchacho pestañeó algunas veces y continuó.

—Quisiera pedirle un favor muy especial, Taishō-sama —le dijo, con la voz algo apagada pero el ligero sonrojo en las mejillas— y es que no le diga nada de esto a Higurashi —agachó levemente la vista y no pudo ver la reacción confundida del docente—, por favor, que no sepa que usted sabe de… —agachó todavía más la vista— nuestra amistad.

—¿De qué hablas? —Le pareció tan extraño lo que le decía. ¿Cómo que Kagome no quería que él supiera de su amistad? Pero si ella misma se lo había dicho. Pensó en que quizás se refería a otra cosa, así que, con alivio, volvió a su trabajo—. Que no le diga acerca de tus sentimientos por ella, querrás decir, ¿no?

Dai negó rápidamente con la cabeza.

—No, no, no. Es que ella no está interesada en que la gente sepa sobre… —se estaba desesperando, no quería hablar de más o ser un indelicado—. Ah… se trata de algo más personal.

InuYasha entumió los dedos sobre el teclado e hizo puños de forma lenta, casi imperceptible. Se trataba de un tema más personal, decía. Entonces, Kagome sí era consciente de todo. Inhaló hondo, sin dimensionar aún la incómoda situación que estaba viviendo y quizás era porque no había una razón real para sentirse de esa forma. Después de un momento de reflexión, cerró los ojos y sonrió de forma socarrona.

—No te preocupes —los volvió a abrir y siguió con sus pendientes—, no es algo de mi incumbencia.

—Pero aparte de su tutor, ustedes son amigos, ¿no? —No pudo evitar preguntarlo—. Kagome me dijo que volvieron con su amistad de hace años, cuando aún no era maestro de la universidad.

Y es que Hōjō la había presenciado, todos lo habían hecho. Era notorio el gran cariño que se tenían desde que se habían conocido hasta hacía poco más de un año y de repente se habían distanciado, así que veía normal que hubieran decidido retomar sus vínculos.

—Con todo el respeto, señor Hōjō —le dijo InuYasha con un tono estoico, para variar—, esos son asuntos personales que no le incumben.

—Lo-lo siento, Taishō-sama —tragó duro y agachó la cabeza. Era verdad que se había desviado del tema—. Agradezco su discreción y… —extendió la bolsa de papel hacia el hombre y la puso sobre el escritorio—, estos días hemos seguido hablando y con todo lo de las clases, la competencia y sus tutorías, ha estado teniendo mucho estrés y dolores de cabeza, así que le mando algo de medicina —InuYasha regresó a él, con el ánimo hecho trizas de nuevo. Era muy incómodo e irritante que él estuviera insinuando que Kagome estaba estresada por sus tutorías… ¡Ella no le había dicho nada! No era posible que hubiera vuelto al silencio y no contarle las cosas—. ¿Se la podría llevar por mi, por favor?

Taishō lo vio fríamente de nuevo e hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. Dai agradeció emocionado y se despidió en breve.

—Es gracioso —lo detuvo con aquella nueva intervención—, que no quieres que Kagome sepa que yo sé sobre aquello tan personal que mencionas, pero me eliges justamente para llevarle esta clase de detalles… —otra vez la sonrisa socarrona—. No es muy algo muy inteligente, ¿no crees?

Se odió por haber hecho ese maldito comentario. Internamente se preguntó qué le pasaba. Vio al estudiante de espaldas listo para salir del aula vacía e hizo un mohín.

—Taishō-sama, esta clase de detalles son comunes en mí —sonrió afable desde su ángulo. Si él quería verlo como un tonto, no lo lograría tan fácilmente. Una cosa es que Dai fuera amable y pacífico, otra muy diferente es que fuera un imbécil—. Ella no sospechará nada. —Se sintió más aliviado e ignoró el mal humor del profesor—. Muchas gracias, que tenga una buena tarde.

InuYasha suspiró fuerte, como si el aire no le llegara a los pulmones. Sintió aquello último muy fuera de lugar y volvió a ver la bolsa como si se tratara de un bicho raro. Sacó rápidamente el celular y le envió un mensaje de WhatsApp a «La imposible K Higurashi».

"Con que mis clases te han causado mucho estrés, ¿no? ¿Quieres cancelarlas por un tiempo? O mejor, que un amigo te ayude, porque mis métodos tal vez ya no están siendo buenos contigo"

No pudo evitar el sarcasmo en ellos y esperó respuesta con el ceño fruncido. No podía ser posible que todo lo que venía de él le fuera molesto a ella. Eso era realmente jodido.

"¿Qué diablos…?"

Solo eso le dijo. Escribió rápido otro mensaje ante la respuesta tan corta.

"Como sea, Hōjō me ha dado medicina para que te la entregue. Esta tarde te las llevo"

"Oh, es que él sí es un amigo que se preocupa por darme algún detalle de vez en cuando, no como otros"

InuYasha se quedó en silencio con los dedos a punto de escribir algo más. Había entendido aquella indirecta y fue como bala directo al pecho. Que no hiciera regalos seguidos no significaba que no le importara o que no pensara en mil cosas para ella cada que salía de compras, las cosas no eran así. No supo qué decirle y ella no tardó en enviar un último mensaje que él decidió ignorar.

"Espero ansiosa el detalle que me envía Dai"


En toda aquella semana y la que estaba corriendo, no le había escrito. Ya casi no tenía uñas por la ansiedad y eso le preocupó. Afortunadamente, atribuía el cansancio físico al estropeo mental de su nuevo trabajo. Y agradecía tenerlo, porque su mente se ocupaba la mayor parte del tiempo y no la dejaban hundirse en una inevitable depresión que la dejaría caer al vacío. No podía dejarse acabar por eso. Si el maldito Naraku la había dejado de nuevo, pues que se fuera al demonio junto con todos sus secuaces...

Ella ya no…

"¿Me extrañaste?"

¡Malditos fueran sus mensajes de WhatsApp!


Tenia miedo de publicar este capítulo xd

Amor eterno a mis diosas: Marlenis Samudio, Gabriela Jaeger, yancyarguetaf, Ichibancat, Ferchis-chan, angieejp, LadyTaisho, Iseul, Dubbhe, manu, Lullaby, Phanyzu, Laurita Herrera, fabiola200190, Megoka, Moroha