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Capítulo 13.

Sí.

¿Para qué se iba a mentir? Lo había extrañado como una poseída y no había momento del día en el que no se acordara de él, incluso cuando estaba trabajando.

En la nueva empresa a la que había ingresado hacía apenas un par de semanas, su jefe, el señor Isayama, era un hombre muy amable y trabajador, los compañeros eran serviciales y pacíficos, por lo que su ambiente de trabajo era mil veces mejor que el anterior. La empresa en realidad le pagaba unos cuantos yenes memos que «Asahi», la diferencia era mínima, pero admitía que nunca había estado mejor y eso era lo que realmente importaba. No tuvo problemas en pasar la entrevista de trabajo y llevaba ya algunos días en la organización. Esta se dedicaba a la fabricación de textiles y debía aceptar que incluso el giro de entidad le resultaba más atractivo que «Asahi», que vendía bebidas.

Suspiró, terminando el informe de la semana para presentar un par de horas antes de terminar la jornada. Se detuvo unos instantes y desbloqueó su celular, sabiendo que no había llegado ningún mensaje porque este no había sonado, aun más, que el chat con Naraku tenía un aviso de notificación especial con la vibración más extensa. Sabía que ese desbloqueo de pantalla estaba destinado al fracaso, pero se atrevió de todos modos.

Vio con una expresión de pena cómo el chat estaba intacto, con el último mensaje de «¿Me extrañaste?» que había recibido hacía ya catorce días. Él estaba «en línea» y eso no solo la jodía, sino que la ponía nerviosa. Repiqueteó los dedos sobre el escritorio y su propio ruido la impacientó. De repente, y como por arte de magia, lo vio «escribiendo…» y su corazón se aceleró tanto, que tuvo que llevarse la mano al pecho como un reflejo para intentar frenar la emoción. Su sangre parecía querer salir disparada por los oídos y todo el cuerpo le palpitaba al son que marcaba su ritmo cardíaco. Pestañeó varias veces con el chat abierto, ya que había desactivado las confirmaciones de lectura, así que él no sabría si le había o no prestado atención a su mensaje.

"Parece que no"

Solo eso le había escrito, pero dibujó una sonrisa más grande que su propio orgullo. Se moría de ganas por responderle, pero no le daría el gusto. Salió inmediatamente de la aplicación y se echó para atrás en la silla giratoria de su pequeña oficina, sintiendo ya las ganas de llorar. Inhaló hondo antes de hacer eso y de nuevo pareció que el alma se le devolvió al cuerpo. Mordió sus labios, recordando cada beso que se habían dado y volvió a corregir la postura. Aún no era tiempo de perdonar su infamia de nunca haberla felicitado en su cumpleaños. Haría que ese hombre llegara a ella por la frustración de no tenerla y ella sabía que era la única arma que tenía a su favor.

Sus sentidos parecieron iluminarse y el trabajo fluyó rápido, como si aquel mensaje la hubiera estabilizado a tal punto de darle energía para laborar. Sonrió de lado y no se dio cuenta de en qué momento estaba casi por terminar de tipear los datos del informe. Escuchó que alguien tocó y no pudo ceder el paso porque abrieron al instante.

—Kikyō. —La llamó con voz plana una de sus compañeras, asomando la mitad del cuerpo por la puerta y sosteniéndose de la manija. Se veía algo agobiada por el trajín del día.

—Hola, Kiara —la vio con algo de preocupación.

—El señor Isayama bajó un momento a cafetería y en diez minutos empezará la reunión —le dijo con el semblante preocupado. La sonrisa de la secretaria nueva de presidencia la reconfortó—. Esa sonrisa me da a entender que ya está listo, ¿no?

Ella asintió.

—Acabo de terminarlo.

Kiara sonrió ampliamente, contagiándose del buen humor de Kikyō, que, en la mañana, no parecía haber estado con ella.

—Tan eficiente como siempre, Higurashi —se enderezó por fin, moviendo los hombros—, nos vemos en diez.

Kikyō la vio cerrar la puerta y volvió a sonreír.

Eso era lo que hacía la gente en el estado anímico cuando habías empezado a depender mucho de ella.


El lápiz rodó por los cuadernos y parecía haber sacado humo de la punta. InuYasha miró el panorama totalmente impresionado y con las cejas alzadas debido a su sentimiento, tenía los ojos bien abiertos y las pupilas dilatadas.

—Oh, eso fue… intenso —dijo Kagome mientras soltaba un suspiro cansado. Con la liga insertada en la muñeca derecha recogió su cabello y se dio aire con las manos, sin dejar de mirar sus libros—, pero rápido. —Comentó finalmente, absorta en sus nuevos pensamientos sobre las matemáticas.

—Es increíble. —Le comentó su maestro, mientras revisaba detenidamente cada ejercicio—. El tema es nuevo y has hecho cuatro de los ejercicios más complicados —estaba con la boca abierta.

Síp —miró su reloj de muñeca— y con cuarenta minutos de sobra.

InuYasha siguió en silencio, digiriendo aún el humor de Kagome, que se notaba que todavía estaba algo molesta con él. El ambiente entre ellos seguía algo distante y hasta frío y ya estaba hasta los… bueno, estaba harto de aquella situación. Sin embargo y contra todo pronóstico, el rendimiento académico de Higurashi era simplemente impresionante y aunque tenía más horas de trabajo por sus prácticas de natación, parecía haberse agilizado y organizado su tiempo como nunca antes. Su mente parecía más abierta y ya no la percibía tan renuente a las matemáticas.

—Sí, eso es… increíble —terminó de revisar el trabajo, impactado por su perfección—, de tarea solo tendrás tres ejercicios. —La miró rápido para poder observar aquel brillo en su mirada que aparecía cuando ese tipo de cosas pasaban, pero no fue así.

No hubo brillo.

—Bien, puedo hacerlos ahora mismo. —Le respondió la muchacha, poniéndose en marcha con una nueva hoja.

InuYasha suspiró hondo y cerró el libro frente a la cara de la chica. Ella protestó automáticamente.

—¿Hasta cuándo vas a seguir enojada? —La miró estoico tal y como ella lo hacía.

Kagome se encogió de hombros e hizo un pequeño puchero. Aún estaba muy resentida por lo de hacía un par de semanas, así que no esperaba que ya le estuviera echando flores a él porque ahora se le ocurría dejar un trabajo corto.

—Pues me alegraría, pero con todas las responsabilidades que traigo encima, el proceso se ralentiza, no lo puedo evitar. —Se echó para atrás en la silla y cruzó los brazos—. Imagina que ahora me estás quitando tiempo para avanzar con la tarea asignada.

Hubo un nuevo suspiro por parte de InuYasha. Sabía que Kagome se sentía herida y entendía que estaba cansada y dando su mayor esfuerzo. Se maldecía por haberla sometido a tanto trabajo anteriormente por caprichoso.

—Escucha, yo lamento mucho todo esto y prometí que no volvería a pasar —la miró directamente pero ella observaba a otro lado—, yo también estoy agotado, Kagome, soy maestro y antes de venir a darte clases que me esmero preparando cada fin de semana, estoy con otros sesenta estudiantes que estoy formando. —Le explicó aquello desde el fondo de su corazón y Kagome por fin pareció cambiar un poco la expresión.

—Lo sé… —susurró después—, es por eso que he conseguido que Tsukiyomi-sama me de las clases desde las 17:20 hasta las 19:20, para evitar llamarte todavía en la noche para mis clases —agachó la cara, consciente de todo aquello. Era verdad que estaba siendo algo absurda todo su enojo.

InuYasha sonrió apenas, enternecido por el gesto. Así que había sido por eso que sus clases no habían cambiado esa semana. Ella se daba cuenta de cada detalle.

—Gracias —susurró, más para sí mismo—. ¿Cuándo son las competencias?

—Aún no lo sé, pero supongo que en un par de semanas —inhaló hondo, dejando de lado todo eso y recordando sus responsabilidades. Con todo aquello no había tenido tiempo de reparar en lo mucho que le gustaba la cercanía de InuYasha, aunque estuviera enojada con él. Ya no lo podía evitar y se cansaba más si trataba de negarlo—. Estoy muy nerviosa.

—Oh, hablando de eso… —InuYasha actuó como si un foco se hubiera prendido en su cabeza. Hurgó en su portafolio ante la curiosa mirada de su alumna y sacó una bolsa de papel—. Ten esto… —sus mejillas se ruborizaron apenas. No quería ser un ridículo—. Supongo que te servirá.

—¿Eh?

Por fin, los ojos de Kagome se iluminaron como dos faros y sus mejillas se sintieron calientes. Tomó la bolsa y sacó lo que había dentro. Ese era un regalo, un regalo de InuYasha en tiempos no festivos, era un detalle de él… abrió la boca cuando vio el contenido: un kit protector para natación de última calidad. Sintió que el corazón se le aceleraba al notar, de nuevo, la exclusividad del regalo. InuYasha se había esmerado nuevamente por comprarle algo que le era demasiado útil en esos momentos. Se mordió los labios y dejó la bolsa sobre la mesa para poder así sacar el contenido de la cubierta de plástico.

—¿Te… gusta? —Lo oyó inquirir con voz muy dudosa.

Asintió rápidamente, evitando las lágrimas tontas que se querían asomar. ¡Era bellísimo! El simple hecho de que hubiera pensado en ella y sus cosas para comprarle aquello era simplemente abrumador y electrizante; era mágico, era maravilloso. Quiso acallar su corazón loco que palpitaba y su mente emocionada que le decía que su enojo acababa de irse por completo al carajo.

—Gra-gracias, InuYasha —susurró después, con la vista borrosa. Él dio un respingo al notar el creciente llanto—, la usaré en mi primera competencia. —Lo miró directamente a los ojos y vio aquellos orbes dorados bailar de una lado a otro, temerosos y expectativos.

—Pe-pero, ¿por qué… —se le secó la garganta al ver la primera lágrima caer y con un impulso natural, acercó su pulgar para cortar el río de agua salada— lloras…? Sabes que odio ver a las mujeres llorar.

Ella asintió, sorbiendo la nariz. No quería hacerlo, pero por tanto estrés que había pasado últimamente, no pudo evitar que el detalle le diera muy hondo. Sintió que él no la detestaba y que realmente quería disculparse con ella. De repente recordó cuando le había dicho que él no le daba regalos y que Hōjō sí. Frunció el ceño, logrando que InuYasha quitara su mano cálida de la cara. No, no podía ser…

—¿Estás compitiendo? —No podía evitar tener inseguridad, parecía que InuYasha actuaba por su ego herido siempre.

—¿Qué? —Su expresión fue de estupefacción pura.

—¿Estás compitiendo con Hōjō porque él es un amigo que siempre me da detalles? —Negó con la cabeza.

InuYasha se echó para atrás en la silla y dejó de mirarla. ¿Era normal que a esas alturas, Kagome siguiera pensando lo peor de él? Con lo que la conocía sabía que estaba haciéndose ideas en la cabeza por su reciente silencio y no se esforzó en pararlos. Cerró los ojos con molestia y sus cejas permanecían fruncidas. Le jodió no solo el hecho de tener que acordarse de Hōjō —como si no se hablara de él lo suficiente ya, por todos los dioses—, sino que también estaba soportando las desconfianzas de Kagome que, justamente, se habían presentado a raíz de ese fin de semana y los cuarenta ejercicios que Dai le había ayudado a hacer. Inhaló hondo para no ponerse histérico y pensó en que sí se había sentido retado por ella cuando lo comparó, pero jamás se trató de competir. Mientras le compraba aquella tontería solo estaba esperando una cosa.

—¿Cómo crees que voy a competir con Hōjō por ver quién da más regalos? No seas tonta —le dijo después, cabreado por aquella actitud—. La amistad no es juego, Kagome. Tú no eres un juego. —La miró, esta vez, mientras apretaba los puños recargados sobre la mesa y esperaba a que ella reaccionara—. ¿Entiendes?

La joven entre abrió la boca, con nuevos sentimientos positivos llenándola.

—Lo-lo siento —lo dejó de ver, apretando su regalo entre las manos—. Diablos, soy tan torpe —se recriminó en un susurro. Lo que él le había dicho le estaba calando hondo.

«Tú no eres un juego».

Era como haber tocado el cielo con aquellas palabras. Sonaban sinceras, desde el fondo de su alma. Sonaban serias y se dio el lujo de creer en ellas por un instante.

—No…

—Siento mucho la estupidez que te acabo de preguntar —soltó de repente. Llevó su mano hasta la de InuYasha y la cubrió, dándole un breve apretón. El aludido sintió todo el cuerpo estremecerse y la cara parecía una olla caliente—, soy muy torpe a veces. —Se quedó ahí, sin moverse y viéndolo como perdida, sin pestañear siquiera.

La mirada tan profunda de ambos parecía danzar al mismo compás, preguntándose cosas, evadiendo la realidad, comunicándose con sus subconscientes que, al parecer, sabían más cosas que ellos mismos. La cercanía de ambos se fue acortando de una manera que realmente no sintieron y que era lenta, muy lenta, casi tortuosa, como si no quisieran que se diera, pero sus cuerpos se llamaban.

—K-Kagome… —el nombre de la azabache se le atoró en la garganta y tuvo que obligarse a tragar. Sabía que la tenía cerca pero él ni siquiera recordaba haberse movido para provocar aquello.

La joven pestañeó apenas, sin ser consciente de lo que estaba pasando, del imán de sus cuerpos y de la atracción que había crecido de repente. No sabía qué estaba pasando porque lo único que veía era aquellos expresivos ojos dorados saltarines.

El sonido estrepitoso del estómago de InuYasha cortó aquella peligrosa atmósfera y ambos pestañearon como si salieran de una especie de hipnosis. No hubo tiempo para el sonrojo de Kagome pero sí para el de InuYasha, que, muerto de vergüenza, agachaba la mirada para concentrarse en su ruidoso estómago que lo había dejado mal. Aunque, de alguna manera, pensó por unos segundos, había evitado algo muy loco que quizás habría podido pasar. Su corazón aún sufría los estragos del aceleramiento.

Escuchó a Kagome soltar una carcajada y regresó a verla ya no tan feliz.

—No… pobre de ti, ¿tienes hambre? —lo miró con la cara deshecha en una enorme sonrisa. No supo si reía también por los nervios, pero era bueno para dejar atrás la tontería que había estado a punto de suceder.

—Realmente no —le dijo con tono serio, frunciendo el ceño—. No te burles de mí.

La vio levantarse rápido sin dejar de mirarlo como si la sonrisa jamás se le pudiera borrar.

—¿Qué te parece si vamos a hacernos unos sándwiches? —Alzó una ceja y ladeó la cabeza, a modo de propuesta.

—N-no, no…

—Yo insisto.


Los besos se escucharon sonoros en la habitación soberbia y con colores cafés en los estampados de las paredes del muy modesto motel al que habían ido a parar. Bankotsu terminaba la caricia con las manos en el rostro de Kagura, viéndola fijo con los ojos brillando por el reciente amor entregado sobre aquella cama.

—Es la primera vez que pasa después de que hablamos sobre distanciarnos —le susurró cerquita y ella asintió— me estaba volviendo loco.

—Es mejor así, Naraku no se mostró incómodo cuando supo que veníamos a esta misión —lo miró con desesperación, como si quisiera hacerlo entrar en razón. Así se había puesto cuando ella le propuso alejarse como si se odiaran hasta que Naraku se quedara tranquilo.

—Ese maldito —la soltó, perdiendo la mirada incómoda en algún lugar de la habitación— dejó de ser mi amigo desde que tomó las riendas de este negocio. Nos trata como si fuéramos robots —por su mente pasaron recuerdos de cuando eran niños y jugaban, su adolescencia junto a su hermano Renkotsu y la amistad que habían formado.

Tatewaki se había vuelto un dictador agrio y frívolo que había empeorado cada día. Únicamente después de la llegada de Kikyō es que se había relajado algo más. Debía mostrarse sereno y respetuoso ante él como si fuera un dios o algo así, obedecer de forma sumisa y estar pendiente de él las 24 horas del día. Era asfixiante y lo único que hacía era ganarse el odio de él y Renkotsu. Ambos debían frenar sus sentimientos hacia las mujeres que querían por órdenes de él.

«Lo miraron con la frente en alto, como si se tratara de la armada. El imponente Naraku Tatewaki, sucesor de Onigumo Tatewaki, caminaba frente a ellos en la explanada, observándolos como si los fuera a comprar.

—Quiero dejar una cosa clara y esto va para todo El Gremio —su voz sonó espeluznantemente clara—. Aquí se hace lo que yo diga, cuando lo diga y como yo ordeno. Las mujeres de este gremio —les lanzó una mirada a su fila— son de mi propiedad. No se tocan, no se miran, no se piensan… —los siguió viendo, intentando buscar una expresión de incomodidad en cada uno y con su arma lista para atacar por si lo notaba— mientras a mí me de la gana, ustedes no podrán hacer uso de ellas. Cuando yo quiera, lo concedo. —Les dijo, dejando claro que todos eran objetos que él podía juntar cuando quisiera—. De lo contrario, si me desobedecen —fue una indirecta para Kagura que permanecía inmutable parada a su lado, con las manos cruzadas por detrás y el viento de la tarde moviendo sus cabellos con fuerza—, pagarán con su vida. ¡¿Está claro?!

—¡Sí, Tatewaki-sama! —Corearon, como si fueran solados. Más de cuarenta personas debían estar de acuerdo, quisieran o no.

—No hay excepciones —Naraku miró a los hermanos—, no hay amigos.

Ambos se tragaron el odio y asintieron como si estuvieran muy conformes con el designio. Maldito fuera él, mil veces maldito».

El recuerdo le dejó un mal sabor. Renkotsu tampoco había tenido suerte con Kanna, pero sabía que la falta era menor, ya que podía pasar desapercibida, sin embargo, él no corría con la misma suerte. Se había enamorado de Kagura, que era la mano derecha de Tatewaki, era imposible intentar salir vivo si era descubierto. Lo entendía perfectamente, pero no podía evitar querer estar cerca de ella. Ellos habían empezado algo desde hacía varios años, no era justo que tuviera que casi desaparecer de aquella forma. Estaba harto de esa situación.

—Sí, es un maldito —reafirmó ella. Se levantó rápido para vestirse—, vamos, ya hemos perdido al menos media hora y no tardará en llamarnos si se le ocurre ver el GPS —sabía que haber parado para tener sexo con Bankotsu era arriesgado como jugar a la ruleta rusa, pero lo necesitaba con urgencia y apenas llegaran a su destino, recogerían a Hakudoshi y volverían con él, que era un fiel sirviente de Naraku, por lo que no podrían ni siquiera regresar a verse—. Date prisa.

—Sí, dame un segundo —se había puesto ya los pantalones.

La salida del lugar fue rápida y silenciosa. Kagura estuvo atenta al celular todo el tiempo y caminaron un par de cuadras donde se habían estacionado justo frente a un restaurante. El poblado era bastante acogedor y había varios locales, así que Naraku podría pensar que sí bajaron a comer algo si es que preguntaba y ella ponía una excusa. Para su suerte, la llamada del jefe llegó justo después de arrancar y manejar algunos metros.

—En una hora llegaremos al destino —respondió estoica, sintiendo las manos volver a tomar calor después de aquella misión tan peligrosa que había sido superada. A su lado, Ban hacía gestos agrios, como si el veneno lo estuviera consumiendo por dentro.

¿Kikyō te ha llamado? —Su voz era molesta y Kagura lo sabía. Negó—. Esa… mujer, ¿quién diablos se cree?

Ella soltó una risilla burlona y se acomodó el auricular.

—Creo que te odia por no haberle deseado feliz cumpleaños.

Ella te llamará pronto, la conozco muy bien. —Le dijo socarrón, imaginándola diciéndole a su secuaz que pasara a recogerla—. Solo hay que esperar.

—Son algunas semanas ya —le metió leña al fuego. Naraku se jactaba diciendo que él conocía a todos, pero la verdad era que muchos también lo conocían a él; sabía que estaba jodido por la indiferencia de Kikyō—. Hoy le escribí como me pediste y ni se inmutó. Desactivó las confirmaciones de lectura.

Cállate. —Naraku inhaló hondo, lejos del auricular—. Me llamas si hay alguna novedad.

—Está bien. Sé perfectamente qué hacer cuando ella llame —le dijo convencida, recordando las órdenes previas que él le había dado cuando eso sucediera—. Tengo que irme.

Sí, sabes lo que tienes que hacer. —Le respondió estoico—. Por cierto… ten cuidado, Kagura.

La aludida volvió a sentir un escalofrío, sabiendo perfectamente a qué se estaba refiriendo su jefe. El maldito no era ningún imbécil.

—Lo tendré.


Aunque ninguno de los dos abrió la boca después de lo sucedido en la antesala, ambos no podían dejar de pensar en la tontería que estuvieron a punto de hacer. Kagome se replanteó por completo su comportamiento y culpó a sus hormonas por permitirle llegar más allá. Se preguntó si InuYasha también había notado sus intenciones y sintió la cara arder. Él parecía absorto en sus pensamientos mientras hacía el sándwich.

Kagome agachó la vista, dándose cuenta de que era obvio que a él no le interesaba en lo más mínimo. Tal vez estaba acordándose de Kikyō, en algún momento cuando hicieron ese tipo de cosas en esa misma cocina o quién sabe qué. Se sintió tan tonta que frunció el ceño con fiereza y no notó cuándo el afilado cuchillo rajó la piel de su dedo índice, confundiendo la sangre reciente con el rojo del tomate.

—¡Auch! ¡No! —Exclamó ella, soltando el utensilio de golpe y tomando el dedo con ayuda de su mano derecha.

Como por reflejos, InuYasha se alertó y estuvo con ella en menos de un segundo.

—¿Qué tienes? ¿Qué te pasó? —Le preguntó rápido, mientras la escuchaba quejarse dolorosamente. Vio el dedo lleno de sangre y se aterrorizó.

—Me duele mucho —sollozó ella, con el rostro desfigurado por el ardor de la herida.

Sintió las manos de InuYasha tomar las suyas y se quedó impactada al ver cómo se llevaba el dedo herido a la boca. Se le secó la garganta y por un instante el dolor físico pasó a segundo plano. La boca de InuYasha succionaba su sangre y su lengua tocaba la herida de repente. Ella sintió que un cólico extraño bajó por su garganta, pasó por su estómago y se instaló en su vientre bajo. Él no la miraba, parecía seriamente concentrado en la tarea de sorber su sangre y mantener cerrada la herida con ayuda de su lengua. El caliente contacto hizo a Kagome enrojecer como si tuviera fiebre. No podía estar pasándole eso, no cuando acababa de intentar superar lo que había pasado antes. ¡¿Por qué diablos estaba haciendo eso?!

—I-InuYasha… —lo llamó de pronto, pestañeando varias veces. Juraba que estaba sudando ya.

El aludido dejó su tarea de succión. Para cuando sacó el dedo herido de su boca, la sangre había parado y apenas brotaba, sin dejar caer ya gotas. Le pareció increíble que él hubiera podido hacer eso tan rápido.

—¿Tienes alcohol? Déjame ir por desinfectante y una venda. —Le dijo ávido, concentrado en su recuperación y ajeno a todas las sensaciones que había provocado en la chica que lo miraba sorprendida—. ¿En dónde está la caja de primeros auxilios?

—Espera… —volvió en sí, pestañeando rápido—, mira ese cajón —le señaló el lugar e InuYasha lo captó de inmediato—, tenemos lo que buscas para este tipo de accidentes.

—Bien.

Lo vio caminar, tomar su desinfectante, una curita para su pequeña herida y volver a ella con su expresión muy preocupada. Estaba muy serio, parecía afectado por la situación. Le curó el dedo con mucha paciencia y ella no paraba de mirarlo con asombro. InuYasha acababa de probar su sangre, de tragársela como si su corte hubiera sido la gran cosa. La estaba cuidando con mucha atención y delicadeza, atento de que el líquido vital ya no brotara más y soplando para que el alcohol no le ardiera.

Su corazón estaba haciendo una fiesta dentro del pecho.

—No-no es para tanto. —Le susurró después, cuando él hubo acabado.

—Sí que lo es —suspiró. Guardó los instrumentos en donde los había encontrado y regresó a ella de inmediato—. ¿Segura que estás bien? El corte es algo profundo. —Observó el índice aún levantado. Le preocupaba de verdad—. ¿Podrás practicar hoy?

Kagome, incrédula, soltó una risilla.

—Claro que sí, es apenas un cortesito. —Alzó una ceja. No podía estar exagerando así las cosas.

—Es un corte profundo. —Le dijo estoico y con mirada muy seria—. No minimices las cosas.

—Voy a estar bien, InuYasha —le dijo apenada, mirando al suelo. Otra vez sintió aquella atmósfera tensa con el nuevo silencio que se formó, así que lo rompió apenas pudo—. Vo-voy a mi habitación a dejar mis cosas y bajo en un segundo, ¿sí?

—De acuerdo.

InuYasha la vio salir de la estancia como alma que lleva el diablo y se sintió irritado por aquello. Pareciera que de repente quiso evitar su presencia a como diera lugar. Observó los tomates cortados y el cuchillo torpemente abandonado sobre la tabla de picar. Para dispersar los ánimos, armó su sándwich y le dio un gran mordisco. Los sabores se mezclaron con el metálico de la sangre de Kagome y lo perdieron al instante. Ni siquiera había tomado en cuenta que acababa de tragar la sangre de ella. ¡Se la había tragado como si fuera vino tinto! No supo cómo sentirse con aquello. Tragó duro. Mientras estaba atendiendo la herida no pensó en nada más que parar el sangrado y curarla, no en si acababa de hacer algo tan íntimo como succionar su dedo y tomar su sangre.

Se sintió muy extraño y le dio vergüenza. Claro, por eso ella se había ido de la cocina, para evitar decirle que le había incomodado aquello. Se maldijo varias veces hasta que los golpes de llamado en la puerta principal captaron su atención. ¿Quién diablos abría el portón y tocaba? Se apresuró a la entrada, pensando en que podía ser cualquier cosa. Se fijó por las vidrieras que era un hombre y apretó los ojos, rogando por que no fuera quien él creía. Abrió la puerta y sí, efectivamente, era quien él creía que era. Así que el mocoso ese había conseguido la contraseña del portón. Le dio escalofríos.

—Oh…, Taishō-sama —le saludó con mucha cordialidad e hizo una reverencia. Se le había olvidado por completo que él podría estar ahí—. Nos volvemos a cruzar, profesor. —Trató de darle su mejor sonrisa, pero estaba muy nervioso.

—Sí, de nuevo nos vemos aquí justamente, Hōjō —le dijo con frialdad, recordando la última vez que habían coincidido en la casa Higurashi—. Y veo que ya eres de confianza, ¿no es así?

—Pues, yo…

—¡Hola, Dai! —Se escuchó el saludo eufórico desde atrás.

A InuYasha le recorrió algo malo por las venas cuando notó que ya no lo llamaba por su apellido. No dijo una palabra y tampoco lo invitó a pasar.

—¡Hola, Kagome! —Le respondió Hōjō con el mismo humor—. ¿Ya estás lista? —Le sonrió ampliamente cuando la vio caminar hacia ellos.

—¿A dónde van? Kagome tiene natación después de mis clases. —Intervino rápidamente, como si estuviera a punto de dañarle los planes a ese tonto.

—Sí, profesor —le respondió Kagome con tanta cordialidad, que le pareció un insulto—, como mis clases serán hasta tarde, Dai se comprometió a llevarme y traerme de regreso. —Kagome volvió a sonreír, pasando por alto el reciente mal humor de Taishō.

Este, a su vez, alzó apenas el mentón, sintiendo todo su estómago revolverse sin razón aparente. No quería que eso pasara, le daba… histeria. ¿Es que Kagome no podía ya cuidarse sola? Estaba grande como para tener niñero. Miró a Hōjō como si fuera un bicho y lo invitó a pasar con un grosero gesto corporal. No dijo casi nada y ante la mirada preocupada de ambos, tomó sus cosas, las empacó y salió de la estancia soltando un estoico «adiós» y dejando a los chicos con la despedida en la boca.

Fue repentino.

—¿Taishō-sama está molesto conmigo? —Preguntó Dai, viendo aún hacia la salida por donde el aludido se había marchado hacía pocos segundos.

Kagome negó con la cabeza, incrédula. Era imposible que eso se tratara de… no, definitivamente no. Le empezó a dar algo de ira. Era obvio que no se trataba de celos, algo traía contra el pobre Hōjō y no era justo.

—No lo creo —tampoco dejó de mirar a la puerta—, pero le preguntaré de todos modos.


Continuará…

Hola, mis amados lectores.

Realmente quiero disculparme mucho por mi demora, en serio lo lamento muchísimo. He estado fuera más de medio mes, luego me atacó una alergia y la gripe al mismo tiempo, por lo que no he tenido ánimos para leer y para corregir mi propio fic. Agradezco especialmente a la hermosa Lullaby y a manu por sus mensajes alentándome a subir las actualizaciones, ¡no es que no tenga escrito el fic, es que no lo tengo corregido! Lo lamento y gracias por sus lindas palabras, hacen que sienta que este fic vale la pena.

Mención especial a la gran ficker Minako K, que se ha aventurado a leer RC y que me pone muy contenta.

Por cierto, sobre este capítulo: ¡los celos de InuYasha son casi oficiales! Ya pueden comentarlo con libertad, siento que se estaban limitando diciendo cosas como que InuYasha estaba sintiéndose apenas de tal forma, "a mí no me engaña", ¡es prácticamente público! Les doy permiso de bullearlo en comentarios XDDD.

Millones de gracias también a mis diosas:

Lullaby

Minako K

manu

Lhya1998

Doratina

Megoka

Rodriguez Fuentes

Andrea

GabyO13

Moroha

Annie Perez

I'm Iseul

Phanyzu

Ichibancat

TaishoScott

yancyarguetaf

Marlenis Samudio

Ferchis-chan

Laurita herrera186

GabyJA

Nos vemos por mi página de Facebook, ¡respondo sus mensajes! Me hacen feliz.