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Capítulo 14.
—Tú eres buena amiga de Kagome, ¿no es así, Ayame?
La aludida dejó de escribir automáticamente. Ya decía ella que aquel extraño silencio era la advertencia de una tormenta. InuYasha había estado con ese ánimo desde el viernes de la semana anterior y hasta ese jueves lo sintió igual cuando llegó a su casa y saludó con sus padres. Se quedó muda, intentando retomar su reciente trabajo, en el que se suponía, Taishō le estaba ayudando. Recordó que le había dicho a su novio que su primo terminaría hablando de Kagome sin que ellos lo provocaran y estaba pasando, sin embargo, no era el momento.
»—Bueno, Sango también, pero, obviamente, ya que ella es su prima. —Prosiguió y su tono fue inseguro. Carraspeó.
—Sí, primo, Kagome es mi mejor amiga —escribió un par de números por inercia, ya que su concentración se había perdido—. ¿Por qué lo preguntas?
De nuevo hubo silencio. InuYasha suspiró de forma disimulada y sintió la cara arder. No, no preguntaría aquello. Era una estupidez. No lo haría. No.
No.
—Por nada. —Dijo finalmente y se alegró de no haber hablado de más.
Su prima rio.
—Está bien, ¿puedes ahora revisar esto? —Le extendió el cuaderno y, con aquella misma expresión perdida, lo vio echarle un vistazo a los números—. ¿Están bien?
El aludido ni siquiera había visto los resultados. No entendía absolutamente nada, era como si su cerebro hubiera olvidado todo lo que sabía de matemáticas. Se obligó a abrir más los ojos para intentar captar lo que había ahí escrito y un par de ideas llegaron de pronto a su cabeza.
—Creo que sí —le dijo sin pensar y mirando las hojas con detenimiento.
—¿Cómo que crees? —Ayame alzó una ceja, perturbada por la respuesta—. ¿Estás bien, primo? —Le inquirió preocupada. Era como si estuviera a punto de estallar de tanto que pensaba.
—¿Po-por qué mejor no lo terminas? —Le ofreció nervioso, mientras le devolvía la libreta—. Mientras, voy por un refresco a la cocina, ¿sí?
Ayame asintió pero él no la vio. Su primo se coló por entre las sillas y despareció rumbo a la estancia que acaba de nombrar. Ella suspiró, preocupada.
Automáticamente, le envió un texto a su mejor amiga.
Apenas tocó por octava vez la pared de la piscina, escuchó el silbato. Su entrenadora detuvo el cronómetro al instante y Kagome alzó la cabeza, tomando el aire que más podía. Tardó unos segundos en recuperarse mientras se quitaba agua de la cara.
—¡Nueva marca, Higurashi! —Le dijo desde arriba, viéndola orgullosa—. Buen trabajo, has mejorado tu respiración.
—Muchas gracias, Tsukiyomi-sama —le sonrió desde su lugar—, es gracias a su estricto entrenamiento.
—Es gracias a tu disciplina. —Le devolvió el gesto—. Diez minutos de descanso antes de la última ronda de hoy. Te irás más temprano.
Volvió a agradecerle mientras la veía marcharse hacia los vestidores. Nadó hasta las escaleras y salió por fin de la piscina. Se estiró un poco y fue a sentarse mientras tomaba una toalla, su bolso entre las piernas y sacaba su celular. Abrió WhatsApp y le dejó un par de respuestas a sus padres, que le habían preguntado cómo le iba, a su prima Sango y a Ayame.
"Lo diré por privado porque no quiero que se enteren en el grupo. ¿Ha pasado algo con InuYasha que yo no sepa?"
Leyó el mensaje en voz alta y antes de terminarlo, frunció el ceño.
"¿De qué hablas? LOL"
Había cosas que ella no le contaba a nadie sobre InuYasha porque sabía que se iban a malinterpretar, porque ya no tenía intenciones de seguir alimentando sus sentimientos hacia él y porque estaba segura de que él tampoco tenía esas intenciones. Durante el transcurso de la semana ninguno de los dos se había escrito y, si bien le provocaba algo de ansiedad que no le llegara ningún mensaje para disculparse por su actitud grosera el viernes, estaba mejor así. Sus hormonas estaban mejor así.
"Es que lo veo muy pensativo. Me había contado que te heriste cortando tomates, pero cada día está más pensativo y distraído por ahí"
Tecleó rápidamente una respuesta sin podérselo creer.
"Ya te había dicho que lo del corte era un tontería. Ya ni lo recordaba. Sobre lo que me dices… no tengo idea. El viernes se molestó justo después de que tuve aquel corte y salió de mi casa sin despedirse siquiera"
Envío el mensaje y agregó emojis de caras pensativas. ¿Distraído? ¿Pensativo? Apostaba su cabeza a que aún le calaba lo de Kikyō. Se habían encontrado un par de veces en esos días y, aunque su saludo era cordial y rápido, no se le hacía extraño pensar que su estado de ánimo se debía a eso. Y ella no tenía nada que ver.
"No tengo idea de qué tendrá. Nosotros nos volvimos a llevar bien después del incidente de los ejercicios"
Pestañeó varias veces y de repente tuvo miedo de que él estuviera enfermo. ¿Estaría bien? Ya no se sintió tan molesta, estaba preocupada. Esperó el mensaje de Ayame con ansias. El día anterior no habían podido tener clases por motivo de sus prácticas, así que la planificación de ese día se extendió para el viernes, debido a que no tendría natación. Fue un ajuste loco de horarios. El tema era que no había visto a InuYasha en casi una semana.
"Me parece tan extraño. ¿Será debido a la proximidad de su cumpleaños?"
Las fechas vinieron a su mente como un rayo y se quedó reflexionando sobre aquel mensaje. Volvió a las teclas por inercia y no pensó en sus letras.
"Claro, de seguro está agobiado porque no podrá celebrarlo junto a mi hermana. Listo, misterio resuelto"
Para cuando se dio cuenta de la estupidez que había escrito, Ayame ya estaba escribiéndole de vuelta.
—Ay, no… —se palmoteó la frente—, ¿qué rayos fue lo que dije?
"Oh, ya veo… no es InuYasha quien tiene un problema sino tú: ¡estás muerta de los celos! ¡No lo puedo creer!"
Puso los ojos en blanco. Odiaba que la conociera tanto incluso a través de móviles.
"No empecemos…"
"Kagome, mi primo no quiere volver a tener nada con tu hermana. Créeme"
Los recuerdos de un mensaje parecido a ese le dieron tan fuerte, que se obligó a leerlo varias veces. El corazón le golpeaba contra el pecho de forma estrepitosa y sintió que sudaba. Ayame habría tenido que hablar con InuYasha de eso, ya lo había demostrado. No podía ser, ¿realmente era así? ¿Ya no quería tener nada con su hermana? Bueno, Kikyō tampoco, pero él… él ya…
Escuchó pasos acercarse y apenas recordó que tenía poco tiempo de receso. Tecleó rápido para despedirse antes de que Tsukiyomi la encontrara ahí.
"Como sea. Hablamos después, aún tengo prácticas"
Se terminó de secar apenas y guardó todo antes de volver a nadar.
Dejó la gaseosa sobre el mesón y suspiró. Tenía ganas de fumar, era como si estuviera viviendo una crisis de ansiedad. Su mente no paraba de decirle que lo hiciera, que le preguntara, pero él no quería. No podía hacerlo, estaba consciente de que no era sano ni para él ni para la intimidad de Kagome. Intentó calmarse con el último sorbo de su bebida y cerró los ojos. Se alertó apenas escuchó a alguien entrando en la estancia.
—Hola, hijo —alzó la mirada ante el llamado de Kaede y trató de sonreírle en respuesta.
El ánimo de InuYasha era palpable y él ni siquiera se molestó en disimularlo. Automáticamente, volvió la vista hacia el piso, con todo revuelto, con todas las dudas, el mal humor, la negación, la incomodidad, el constante pensar, su reciente ansiedad por saber que algo no estaba bien dentro y su miedo por aquello… su miedo de caer de nuevo. Apretó los dedos en el filo del mesón y no advirtió la cercanía de su tía sino hasta que ella le puso una mano en el hombro.
—Tía…
—Tu cara estuvo llena de tristeza por años —le dijo con expresión seria y voz pacífica—, tus ojos no tenían brillo y estabas tan callado… con el tiempo te abriste un poco, sin embargo, no era suficiente—InuYasha pestañeó varias veces, asombrado por aquello. La muerte de sus padres había sido el dolor más grande de su vida, aún le dolía el alma cada aniversario de su partida que recordaba cada año justo antes de su cumpleaños— seguías estando recatado. Hace unos años que empecé a notar cambios en ti y no sabes lo feliz que eso nos hacía a todos —prosiguió la anciana—. Mi hermana también lo habría estado. Y tu padre.
El aludido sintió un golpe en el pecho con aquellas palabras. Le dolió, estaba tan expuesto que no supo cómo recibirlas.
—Yo…
—Y ahora ha vuelto aquella cara, la opacidad en tus ojos… —Kaede le dio un pequeño apretón en el hombro, llamando su atención. Adoraba a InuYasha como a su hijo, le dolía verlo así y, aunque no quería ser invasiva en su vida, se quiso tomar el atrevimiento de aconsejarlo—. InuYasha, debes esclarecer tus sentimientos, no permitas que más dolor opaque tu rostro, ¿me entiendes? —no hubo respuesta de su sobrino, él seguía viéndola como si no creyera lo que le estaba diciendo, como serio, como nervioso—, si hay una persona que te hace bien, permite que se quede en tu vida.
—¿Q-qué? ¿Qué? ¿De qué hablas? —Se le subieron los colores al rostro y tartamudeó como un imbécil. Su tía sonrió apenas y lo soltó, alejándose de la estancia—. ¡T-tía Kaede!
La anciana se detuvo justo en la salida de la habitación ante el llamado y tomó aire, lo miró desde su ángulo y volvió a sonreírle. Ella sabía perfectamente de lo que le hablaba; de quien le hablaba.
—Sé que sabes de quién te estoy hablando, InuYasha.
Y se fue, dejándolo con una expresión de duda en el rostro, estampado contra sus palabras.
—¿Ya estás mejor?
La pregunta salió de forma natural, por inercia. InuYasha miró a su prima con expresión confundida y ni siquiera recordó su extraño comportamiento anterior, por el que era lógico que Ayame le preguntara. Se sentó en la silla al tiempo que soltaba un sonoro suspiro. Se negaba a tomar las palabras de su tía, se negaba a sentir, se negaba a caer de nuevo en un juego sin fin, sin esperanzas… se negaba a no volver a ser correspondido aun después de años. Se negaba siquiera a aceptar su molestia, se negaba a decirle a Ayame por qué estaba tan raro, a contarle aquello que llevó en la piel durante tanto tiempo, que incluso su relación con Kikyō no había sido capaz de borrar aquella huella y era después de tanto que se daba cuenta de que no había desparecido, simplemente la había maquillado.
Pero Hōjō había sido quien limpiara aquel maquillaje para dejar la herida abierta otra vez. Se odió intensamente por eso.
—No lo sé. —Soltó sincero y su corazón pareció expuesto. Se sintió vulnerable y quiso componerse carraspeando.
—Es por Kikyō, ¿no es así? —Ayame achicó los ojos, tomando las palabras de su amiga. Ella podía decir lo que quisiera de su primo y Kagome, pero quienes tenían la verdad eran ellos y si Taishō estaba mal por su ex, no había nada que ella pudiera hacer aparte de apoyarlo.
—¿Qué? ¿De qué hablas? —Hizo una mueca de completa estupefacción. ¿A qué venía Kikyō en ese momento?
Ya ni siquiera la quería recordar.
—Estás así porque no podrás pasar el cumpleaños con ella, lo sé —siguió la pelirroja, volviendo a sus cuadernos. Se sentía frustrada—, pero tienes que superarlo, InuYasha…
—Oye, espera un minuto —la interrumpió y con ese gesto la obligó a mirarlo—, Kikyō no tiene nada que ver en esto, ella y yo terminamos hace un tiempo y se acabó. No quiero hablar más del tema. —Mentiría si dijera que no sentía absolutamente nada por su ex y que sus sentimientos aflorando no lo tenían bastante confundido, pero si había algo que no quería era volver con Kikyō.
Y ella tampoco. ¿Cuál era la maldita obsesión de la gente?
—Ah, ¿no? Entonces por qué tan pensativo, ¿eh? —Le insistió, ligeramente molesta.
—Estoy cansado, no es más. —Mintió de forma olímpica, distrayendo la mirada en los ejercicios.
Ayame inspiró hondo y soltó el aire retenido con serenidad. No diría más, no diría una palabra. Conocía perfectamente a InuYasha y sabía que era inútil insistirle y que, tarde o temprano, sería él mismo quien terminara confesando por qué se encontraba de esa forma. Con su mejor cara, volvió a sus cuadernos y siguió con el último ejercicio que le quedaba de tarea. Se quedó en completo silencio y solo se escuchaba el lápiz rayando el papel. Fue incómodo, pero Ayame estaba haciéndolo a propósito.
Primero fueron los dedos repiqueteando suave contra la madera pulida de la mesa. La chica sonrió, triunfal, notando la desesperación emergente en InuYasha. Un momento después se escuchó la suela del zapato masculino golpear contra el piso. Alternó el repiqueteo de los dedos y estos eran cada vez más sonoros, más rápidos. Ahora también podía escuchar el mismo repiqueteo pero sobre su pierna, haciendo ruido en la tela del pantalón. Después de algunos minutos oyó el ligero respiro frustrado y molesto, los sonidos eran cada vez más agudos. InuYasha no decía palabra, pero su garganta lo delataba. Ayame estuvo a punto de terminar el ejercicio. La presión se hacía mayor, algo iba a explotar pronto.
Explotaría.
—Hōjō y Kagome —soltó por fin y Tanami volvió a sonreír, notando que había coincidido con el término de su labor académica. No se inmutó—, ¿son solo amigos?
La aludida abrió la boca apenas, no sabiendo qué responder. No se lo había esperado. Alzó la vista esperando encontrar a un InuYasha arrepentido de semejante pregunta pero no, no fue así; a cambio, se encontró frente a frente con el semblante más serio y directo del mundo, casi intimidante. Tragó duro, pensando en su mejor amiga. No podía decir nada que a ella le afectara, pero necesitaba estar segura de que InuYasha estaba celoso y así confirmar o no un shippeo.
Fue algo muy intenso.
—Son… amigos muy —ladeó el rostro— especiales. Sí, especiales.
—¿Qué tan… —InuYasha también usó el tono indeciso de Tanami, al igual que el gesto con la cabeza y fue a propósito— especiales?
Al diablo si era evidente o no.
Ella tomó una gran bocanada de aire y se dejó de tonterías. En primer lugar, InuYasha no tenía por qué preguntarle esas cosas y en segundo, la relación que K tenía con Hōjō era completamente cosa de ella.
—¿Por qué no se lo preguntas a ella?
El joven casi dio un respingo, mandando abajo toda la determinación anterior. Cerró los ojos y se rascó la mejilla, sintiendo cómo estas tomaban calor. No perdió la compostura.
—Tienes razón —dijo después—, no es algo de mi incumbencia. —Carraspeó y volvió a verla con seriedad—. Veo que ya terminaste tu trabajo, así que debo irme.
Tenía urgencia por salir de ahí, debía hacerlo.
—N-no, primo…
—Despídeme de mi tía, por favor —recogió sus cosas como un rayo—, tengo prisa.
—¡InuYasha! —Intentó detenerlo, pero fue inútil.
Se había ido.
«¿Por qué no le preguntas a ella?» y las palabras de su tía no habían dejado de darle vueltas en la cabeza desde el instante en que había salido de la casa Tanami. Apretó el volante con fuerza, perdiendo la compostura, sintiéndose abatido y molesto. Estaba harto del constante pensar, de la confusión, de la incertidumbre que él mismo se estaba dando. Estaba completamente cansado de los comentarios de sus amigos y de su familia, todos tratando de adivinar lo que él sentía, recordándole que si superaba o no a Kikyō cuando lo único que quería saber era si Kagome… bah, como fuera.
Cerró la puerta del auto con fuerza y no midió el golpe. Le valió un pepino. Caminó rápido hasta su piso y de la misma forma que con el coche, se encerró bruscamente. Suspiró largo y amargo cuando se sintió protegido en la coraza de su sólido departamento, en donde no existía más que él y el trabajo. Últimamente, había pasado fuera mucho tiempo así que debía reconocer que la soledad no había sido parte de sus días esas últimas semanas.
En ese momento agradecía estar solo. Necesitaba estarlo. El calor en su cuerpo era insoportable, sentía que la ropa le picaba y le asfixiaba. Empezó a sacarse la corbata con irritación y su mente parecía maquinar a mil por minuto, mostrándole imágenes de un rostro. Tiró la prenda por algún lugar y avanzó lento hacia la sala, sin dejar de pensar en aquello que lo estaba carcomiendo desde hacía un buen tiempo. Se abrió los botones uno por uno y sus dedos se veían amarillentos por la presión que estaba haciendo.
—Amigos muy especiales, ¿no? —Susurró, valiéndole muy poco si se veía o no ridículo hablando solo.
La imagen de aquel chiquillo cuando se lo encontró en la entrada de las piscinas en el cumpleaños de Kagome llegó a él como un rayo. «Me gustaría que fuera mi novia» le había dicho, o algo así, no recordaba con exactitud.
»—Imbécil… —terminó de abrir su camisa y la tiró con brutalidad.
Kagome siempre estaba con él, iba a buscarla a su casa… no, no podía si quiera pensarlo, le enfermaba imaginarlo. No podía pensar en que le estaba costando mucho aceptar que Hōjō y Kagome…
El sonido del timbre en su puerta lo sacó del ensimismamiento de forma abrupta. No esperó a que alguien tocara de repente. De mala gana, volvió a su camisa y se la puso a medias, apresurándose ante el timbre que sonaba por segunda vez. No se molestó en mirar quién era y abrió sin más.
—Lo siento, usé la llave que tenía mi…
El impacto de ambos fue palpable en el mismo aire. A Kagome se le detuvo la respiración y tuvo que obligarse a abrir la boca. El corazón se le iba a salir en cualquier momento y la vista de un InuYasha con el torso semidesnudo y respirando con cierta dificultad le hizo agua la boca. Se sintió como una imbécil al instante, sin poder reaccionar siquiera.
—¿Q-qué haces aquí? —No reparó en que no la había invitado a pasar así que se maldijo por aquello. No podía ser—. Pasa… —le abrió espacio y la vio proseguir después de un par de segundos de vacilar.
—Lo siento —Kagome tomó aire y soltó aquella disculpa sin mirarlo a los ojos. El corazón se le detuvo al escuchar que él cerraba la puerta.
Cerraba la puerta y ellos estaban ahí, solos.
Encerrados en un departamento.
Su cuerpo estaba temblando.
—¿Por qué te disculpas? —Pasó por delante de ella sin mirarla y quedó de espaldas, esperando por una explicación. No la obtuvo—. Tu herida —le dijo rápido y con voz ronca. Kagome alzó la vista rápidamente—, ¿está bien?
La aludida regresó hacia su dedo aún cubierto por una nueva vendita y rememoró esa caricia que él le había dado. Su lengua todavía quemaba en la piel y no quería que alguien supiera los malos pensamientos que aquel roce había evocado. Sonrió apenas, negando.
—Está bien. Era solo un corte.
Taishō inhaló hondo. La tenía ahí, tan cerca y no podía parar de pensarla junto a Hōjō, como si su mente quisiera castigarlo con las imágenes. Tragó tan duro que tuvo miedo de que ella lo escuchara. Apretó los puños. Sabía lo que estaba sintiendo, sabía perfectamente a qué se debía su malestar, sabía por qué la presencia de Kagome lo estaba consumiendo, lo estaba tensando. Sabía por qué estaba odiando a Hōjō.
Pero no, InuYasha, no lo digas. No lo aceptes en pensamientos. Apretó los ojos.
No lo hagas.
Apretó todavía más los puños.
No.
—Bien. —Ladeó apenas el rostro.
Juraba por todos los cielos que no había querido volver a ese juego. Las cosas deberían haber sido distintas en esa ocasión. Por todos los cielos, había una razón lógica por la que él no había vuelto a ser amigo de Kagome. ¿Es que acaso ella no era consciente?
—A-Ayame me dijo que has estado extraño —carraspeó. Las manos le temblaban y no había podido moverse ni un centímetro. No entendió por qué la tensión—. Creí que estabas… creí que estabas —repitió. El corazón le latía en las sienes— enfermo, pero veo que estás bien —habló rapidísimo, intentando reponer la compostura— así que ya me voy.
InuYasha se alertó al instante en que la escuchó decir eso y como si tuviera poderes de velocidad, alcanzó a tomarla de la mano antes de que llegase a la puerta.
—¡Espera! —Le dijo apenas la agarró por la muñeca.
Automáticamente vinieron a ambos los recuerdos de su última discusión y cómo se habían encontrado en la misma posición. Pero las circunstancias eran distintas. InuYasha ya no estaba consciente del eminente fracaso que se alzaba ante sus ojos. Sentía cierto temor y se odiaba por eso, pero por su porte recio y su mirada seria y decidida, la única descolocada ahí era Higurashi, que se puso roja como una manzana y giró sobre sus pies de forma lenta.
—I-Inu…
—¿Quieres saber por qué estoy así? —La miró tan profundamente que pareció atravesarle el cuerpo con los orbes dorados. La vio asentir despacio—. Pues…
Se obligó a callar. El agarre se fue deshaciendo lentamente y él parpadeó rápido. ¡¿Pero en qué mierda estaba pensando?! ¡Pero si no tenía nada qué decirle!
—No me lo expliques, ya sé que es por mi hermana. —Soltó ella, como si haberlo aceptado le diera valor para dejar de comportarse como una tonta.
—Qué mierda… —negó. Ayame también le había dicho eso—. Tú y Ayame parecen jurar por sus vidas que Kikyō y yo no nos hemos superado, pero parece que bien son ustedes que no lo hacen. —Le dijo molesto, harto de aquella situación—. ¿Cuál es la maldita necesidad de asociar todo lo que me pase con ella? ¿Por qué no me dejan en paz?
—¡Porque no hay nadie más a quien hayas amado de esa forma! —Le respondió al instante, sacando todo desde dentro. Quería llorar pero no habían lágrimas. No quería empezar a vivir un dolor que no tenía razón de ser.
Se formó un incómodo silencio y ninguno de los dos supo cómo habían llegado a eso. Las respiraciones agitadas trataban de ser disimuladas, pero de forma inútil, claro.
—Ustedes no saben nada de mí. —Le dijo finalmente, con un tono resentido.
Los recuerdos de aquella noche… todos ellos llegaron a su mente y le jodieron.
Le jodieron mucho.
—Te conozco muy bien, InuYasha —le refutó, ajena al torbellino de sentimientos de su tutor.
—No, no lo haces.
—Sí. Y se acabó esta discusión tonta —ahora sí que dio la vuelta de forma brusca y se propuso a marchar—, me lar-
El contacto fue rápido, casi no lo notó. InuYasha había tomado su mano, pero esta vez, la atrajo con fuerza hasta pegarla al pecho. La respiración se le cortó, con los latidos de aquel hombre zumbándole las orejas. Se quedó estática, tratando de procesar la cercanía. InuYasha se detuvo en ella un par de segundos, asimilando lo que acababa de hacer. Con la mano libre tomó la quijada y la obligó a mirarlo; el gesto fue sutil pero demandante. Las respiraciones de ambos podrían ahogarlos y ellos lo sabían. No hubo una palabra por parte de ninguno. El rostro de Kagome —juraba— podía quemar.
—¿Por qué no dejas de adivinar mis sentimientos una maldita vez en tu vida? —Le preguntó con voz clara, intentando mantener la compostura.
—¿InuYasha? —Sintió escalofríos al ver ese brillo de desesperación en los ojos dorados.
—¿Qué tan especial es? —Lo soltó. Lo soltó y ya no hubo marcha atrás. Necesitaba saberlo. Quería saberlo y ya no iba a esconder sus malditos celos un segundo más.
Ya no.
—¿El qué? ¿De qué hablas? —Sus pupilas danzaban por el nerviosismo, presa de la cercanía tan peligrosa.
—Tu amistad con Hōjō… ¿Qué tan especial es?
A ella se le volvió a secar la garganta y paró de moverse. Su mente se quedó en blanco.
—Es un buen amigo —susurró en automático, sin pensarlo de más.
Él negó. Sabía que le estaba mintiendo y eso le aceleró el pulso a niveles insospechados.
—No mientas…
Kagome abrió la boca ligeramente, intentando así, disipar las imparables ganas que tenía de…
—¿Estás… celoso? —Hizo la pregunta con la cara de InuYasha a menos de siete centímetros de distancia. No estaba esperando una respuesta afirmativa pero no era tonta, ellos no estaban así de cerca sin una razón.
Lo vio mantener la respiración y quedarse callado, sin apartarle la mirada. Higurashi se humedeció los labios apenas. Su corazón latía fuerte y el deseo se hacía cada vez más asfixiante. Se acercó despacio, como tanteando el terreno. Reconoció su rostro y rozó apenas su nariz contra la mejilla. InuYasha sintió que algo se removía por dentro cuando la piel suave lo tocó y sin darse cuenta, la mano que sostenía su quijada se había corrido hacia la nuca femenina. Kagome llevó sus manos hacia el rostro de él y, sin pensarlo demasiado y algo temerosa, besó de forma casta a InuYasha Taishō.
Por primera vez en la vida.
El tiempo se había detenido para ambos. Fue como si la caricia se hubiera dado en cámara lenta. Ninguno de los dos fue consciente de las consecuencias que eso traería, pero de algo estaban seguros y era de que querían eso. Siempre lo habían querido. InuYasha abrió los ojos con lentitud cuando la sintió despegarse de él suavemente y la retuvo desde el cuello. Se miraron intensamente por unos segundos, como tratando de adivinar qué había tras los ojos de cada uno, preguntándose si estaba bien, pidiéndose permiso para explorar más allá, para retomar ese momento que se detuvo hacía poco más de un año. Y es que era la primera vez que se estaban besando. InuYasha la tomó por la nuca y como si esperar más le quitara oxígeno, volvió a besarla.
Kagome enredó los brazos por el cuello masculino, entregándose al beso profundo que ya no se sentía casto como el primero, sino pasional. El cuerpo le estaba ardiendo en llamas puras y podía jurar que quemaba. InuYasha era demandante, su mano libre paseaba por el cuello y lo apretaba de forma sutil. Taishō bajó hasta la cintura y la apretó todavía más a él, como si tenerla tan cerca no fuera suficiente. Eso le arrancó un suspiro a K, que no dudó en acariciar, casi con desesperación, su pecho desnudo, expuesto por la camisa abierta.
Y entonces, la alarma saltó a InuYasha como un rayo, perturbándolo.
—Inu… —el nombre se le atoró en la garganta cuando sintió que el beso había sido interrumpido bruscamente. Lo miró y sintió pánico por lo espantando que estaba.
Respiraban tratando de llevarle a sus pulmones el aire que el beso les había robado.
—N-no, no, esto no tenía que pasar —se maldijo por dentro y ladeó el rostro, apretando los ojos con fuerza. Instintivamente se llevó la mano a la boca y evitó ver a la chica a la cara.
No podía hacerlo.
Kagome sintió que el mundo se le venía encima y como si sus presentimientos se hubieran cumplido al pie de la letra, la dignidad de ella fue pisoteada y ahora se sentía como una completa estúpida. Tomó aire y retuvo las lágrimas, haciendo acopio de la poca fuerza que le quedaba. Claro que no tenía que pasar, él seguramente que no habría querido que eso pasara. ¡¿Por qué rayos se había atrevido besarlo?! ¡Si es que ella tenía toda la maldita culpa! ¡Toda! Apretó los puños y asintió rápido, ajena a lo mal que InuYasha la estaba pasando.
—Tienes razón —le dijo con voz ronca por evitar el llanto— no tenía que pasar. —Se limpio la boca de forma brusca y no esperó a que él reaccione.
Caminó a paso rápido hasta la puerta y dejó la estancia sin mirar atrás.
Y esta vez, InuYasha no la detuvo.
Continuará…
Les voy a confesar algo y es que me costó mucho hacer esto. Pero mucho. Después de meses de tener escrito este capítulo, apenas me convenció la escena del beso. Y, perdón si lo sienten raro, pero es InuYasha quien siente más miedo que Kagome por no ser correspondido en la misma medida. Agradezco su infinito apoyo en este fic.
Sobre esto que acaba de pasar, solo digo que el conflicto no es algo que dure mucho en RC.
Amor eterno a:
Laurita Herrera
Bombi-Chan
GabyJA
Marlenis Samudio
Ferchis-chan
Nena Taisho
Ichibancat
Annie Perez
Yancyarguetaf
Rodriguez Fuentes
CrisUL: InuYasha es hermoso.
Iseul
Tamy Hunter
Angieejp
TaishoScott
Phanyzu
Y, respondiendo a Manu: Gracias por los reviews. No habrá continuación de ED porque no es un fic InuSan, no quiero hacer crossovers de Ranma e InuYasha si no son InuKag y RanKane. No me gusta la secuela de InuYasha. No me gusta el género de fantasía como Fairy Tail. Tal vez algún día haga un AU donde incluya a Sesshōmaru y Kagura, ¡espero pronto actualizar DcT, siento la demora!
