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Capítulo 15.
Dedico este capítulo con todas las fuerzas de mi corazón a GabyJA, una de las amigas más importantes que tengo. Eres una mujer increíble y definitivamente vales oro, gracias por apoyarme siempre. En este día de tu cumpleaños, que espero que sigas recibiendo amor, te deseo lo mejor del mundo, aunque eso ya lo sabes. Te regalo un capítulo 15 en un día 15 de RC para ti. Espero poder darte otra cosita más tarde. Te amo. Feliz cumpleaños.
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Era el tercer o cuarto cigarro de la noche, no quería contar ya. Parecía que estos se consumían más rápido de lo que antes había visto. Los dedos pálidos y temblorosos de Kikyō apretaban el pitillo de forma delicada, esperando simplemente que no cayera a la cama. El humo de sus labios rosados salía haciendo remolinos y se perdían entre el panorama nocturno y la luz de la luna que se colaba por entre las cortinas de la ventana abierta de su cuarto. El camino de lágrimas ya se le había secado y el calor del fuego entre sus falanges le estaba dando cierta calidez al frío del agua salada que había dejado su huella.
El dolor en su pecho era palpable y la decepción que se daba a sí misma era peor. Quería salir de ahí, quería salir corriendo, huir de ese retorcijón en el pecho que le indicaba que todo andaba muy mal. Quería dejar de pensar un segundo en él. Quería dejar de soñarlo, dejar de evocarlo. No había lugar que ella mirara que no se lo trajera a cuento. Otra vez vivía ese sentimiento de locura desesperante al sentir que lo había perdido, solo que esta vez, era el doble de fuerte. Sentía una desesperación y unas ansias inusitadas de verlo que le secaban la garganta. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos por el llanto y ni siquiera había querido comer.
Veinte días habían pasado sin que él le volviera a escribir un maldito mensaje al WhatsApp, sin una llamada, sin un aviso de que estaba pensándola. Miró de nuevo el celular a su lado donde el chat de él estaba abierto para comprobar que estaba «en línea», como tratando de decirle algo, como haciéndole saber que no le importaba. Aún así, no encontraba el valor para hablarle, no hallaba las agallas para dar un primer paso. Miró de nuevo hacia la nada, negando lentamente como una desquiciada.
Antes muerta que volver a rogarle a ese maldito.
Dos de la madrugada era ya cuando miró el reloj de su celular, movido por la necesidad de actividad física después de quedarse horas interminables tumbado en el sofá de su sala. No había pestañeando en todo ese tiempo, podía jurarlo. Evocó el recuerdo del beso por millonésima vez en la noche, llevándose los dedos a los labios y tocando con suavidad ahí, donde todavía —juraba por todos los dioses—, se sentía cálido, se sentían los almidonados besos de Kagome. Unos que empezaron tan castos e inocentes y que de un momento a otro parecieron pura lava ardiendo, quemándole cada poro de la piel. Recordar aquel instante en el que su mente le mandó alerta roja de que pronto perdería la cordura, le estremecía el cuerpo.
Aquello lo llenó de un miedo irracional que hasta ese segundo no era capaz de explicar. Exhaló fuerte, sin ser capaz de reaccionar del todo.
¿Qué diablos se suponía que había pasado entre ellos? ¿Cómo rayos se iba a enfrentar a todo eso después de lo que había pasado antes? Se suponía que esta vez, las cosas serían diferentes, que después de tantos acontecimientos, de su noviazgo con Kikyō, de su estricta relación de tutor/alumna y de la vida privada de cada quien, las cosas iban a tomar un rumbo distinto, ¿por qué entonces se encontraba en el mismo maldito punto que hacía poco más de un año? Justo cuando soñar con probar los labios de Kagome se había convertido en un sentimiento casi extinto, justo cuando hacerlo realidad significaba que las condiciones estaban en su contra y, sobretodo, saber que ella tal vez estaba jugando con él o simplemente, y como había pasado antaño, él había confundido las cosas.
«Daba vueltas como un león enjaulado sin saber para dónde mirar, si quiera. Estaba listo y seguro de lo que iba a hacer ese mismo día. Llevaba demasiado aplazando aquello y estaba seguro de que ella le correspondía y solo estaba esperando que diera el primer paso. Por primera vez en la vida después de la muerte de sus padres, se sentía tranquilo a lado de alguien, de verdad se sentía tranquilo, se sentía feliz… Kagome lo hacía feliz. Y ese sentimiento había ido creciendo con el paso del tiempo y con la convivencia, con todas esas risas que compartieron, cuando estuvieron para lo bueno, para lo malo y para lo peor; sin darse cuenta, Kagome siempre estaba a su lado… y esa era todo lo que necesitaba saber.
Miró para el celular que estaba sobre la cama y buscó rápidamente el contacto de su amigo.
—¡Hola, perro! —Lo escuchó decir con esa asquerosa efusividad de siempre.
—¡Respétame por una vez en tu vida, lobo pulgoso!
El interlocutor soltó una sonora carcajada e InuYasha ahogo una media sonrisa mientras ponía los ojos en blanco.
—¿Qué sucede?
—¿En dónde está mi prima? —Algo había escuchado sobre que se reunirán ese día, pero había estado tan concentrado en sus recientes sentimientos, que no prestó atención a la charla del grupo—. Algo escuché sobre una reunión…
—Ah, están en casa de Sango junto con K… —Kōga guardó silencio por unos segundos, pensativo—, ¿por qué? Si vas allá, te matarán, dijeron solo noche de chicas.
—¿Kagome está allá? —Repitió sus pensamientos en voz alta sin percatarse y con una ligera sonrisa triunfal—. Perfecto.
—¡Oye, InuYasha, espera-…!
El aludido cortó la llamada en seco y, con un rostro de determinación, se dirigió a la salida de su habitación y salió del departamento como si no hubiera un mañana».
Traer a cuento aquel recuerdo le había acelerado el corazón a niveles insospechados. Se sintió como un completo idiota cuando comprobó que su cuerpo volvía a sentir los estragos de esos sentimientos y que no habían cambiado en nada… ¡Seguía siendo el mismo imbécil! Cerró los ojos con desesperación y negó con la cabeza. Sea como fuere, Kagome era su alumna, trabajaba en la universidad en la que ella estudiaba. Cualquier ilusión tonta que naciera dentro de él en ese momento era inútil, ya que no podría hacerse realidad. Sus padres le habían dado una confianza infinita al permitirle darle clases a la menor cuando no había nadie en casa, eso no podría ser posible ni en un millón de años.
Además, ¿quién demonios le aseguraba que ese beso significaba que Kagome —de nuevo—, no estaba realmente enamorada de un Hōjō y que todo eso había sido una confusión? Exhaló aire nuevamente, con esa desagradable sensación en el estómago que le avisaba que los más puros celos lo estaban corroyendo y movió la cabeza en un intento de ordenar las ideas. Era un imbécil con título profesional, de eso no cabía dudas. Volvió a removerse inquieto y se echó para atrás. Podía decir lo que quisiera, pero los dedos de Kagome sobre su piel desnuda quemaban, quemaban como el maldito infierno y no sabía en qué momento había pasado, pero si hubiera dejado que esa situación avanzara un momento más… negó ante la posibilidad, que, fuera de gustarle como realmente debería, le aterraba. Le aterraba volver a sentir de nuevo aquello, le aterraban los celos que podía llegar a sentir, le aterraba la inseguridad de correspondencia, le aterraba todo. Desde la muerte de sus padres, había decidido que dejaría atrás las relaciones ocasionales. Tenía un vacío tan terrible en su corazón que lo único que buscaba era una chica que, si bien no quedaría para siempre con él, esperaba que sí un tiempo muy largo; esperaba que, si se acababa, que fuera sano, cuando ninguno de los dos sintiera nada y no le dejara esa nueva sensación de pérdida y soledad que sus papás le habían heredado con su partida tan repentina. Y era algo que ningún psicólogo había logrado sanar.
Y luego conoció a Kagome y no supo en qué momento estaba cautivado con su aroma y con su sonrisa, pero aquel reservado InuYasha que a veces actuaba como si nada le importara, fue desaparecido para darle paso a un joven universitario que se permitió sonreír, salir con sus amigos, ir de fiesta, disfrutar por una vez… Kagome había sido todo eso y a la vez nada.
"Que la curiosidad mató al gato, decía el refrán.
De eso se estaba acordando InuYasha cuando, en vez de irrumpir como quería en la habitación de su prima, se detuvo justo tras la puerta mientras escuchaba las risas femeninas inundar el lugar. Podía jurar que las manos le estaban temblando. Sin saber por qué estaba tan nervioso, respiró hondo mientras se mentalizada. Ya era suficiente de estar espiando como un imbécil, debía decidirse de una vez y hacerlo, debía ser valiente. Por primera vez quería hacerlo de verdad, quería dar un paso porque estaba casi seguro de que ella se sentía igual con él, así que no hubo más en qué pensar.
Y justo cuando iba a tocar la puerta, una pregunta que Ayame le hacía a Kagome lo detuvo en seco. Lo heló. Fue como haber visto un fantasma y podía jurar que la sangre se le bajó a los pies.
—Entonces, Kagome, deja de mentirnos y dinos si te gusta o no InuYasha.
—¡Es obvio que si! —Escuchó chillar a Sango, mientras reía entusiasmada.
Kagome también rio.
InuYasha cerró los ojos un segundo mientras exhalaba. Era gracioso que justo su prima estuviera haciendo su trabajo por él. Esperó paciente una respuesta, como si los segundos fueran una maldita tortura.
—¡Claro que no! ¡No digan tonterías!
Sus pupilas temblaron ante la confesión y se quedó estático en su lugar, como si el tiempo se hubiera detenido. Las palabras de Kagome sonaban en su mente haciendo eco.
No podía ser. Dio un paso hacia atrás, alejándose de la entrada, negando lentamente.
—No te creo nada —insistió su prima, ya un poco más seria, al parecer.
E InuYasha rogó porque fuera una broma.
—Ah…—exhaló— a mí me gusta… —una pequeña llama de esperanza se encendió dentro cuando la oyó dudar—, me gusta Akitoki Hōjō. Me gusta mucho.
Apretó los puños y la mandíbula con fuerza, sintiéndose un completo idiota. La frustración le recorrió cada vena y él no pudo hacer más que sentir un odio profundo por sí mismo. No podía haber sido más tonto. Negó rápido y se alejó de la estancia sin mirar atrás, sin esperar más respuestas, sin indagar un segundo más en lo que sería, seguramente, la conversación más desagradable del planeta».
Se mordió el labio inferior, con los recuerdos haciéndole estragos. Por qué, por qué después de tanto se volvía a sentir tan vivo todo aquello.
«—Son… amigos muy —ladeó el rostro— especiales. Sí, especiales»
Ayame… Ayame había tenido miedo de decir qué relación había entre Dai y Kagome, eso era evidente. Y cuando él le había preguntado qué tan especial era esa amistad, ella simplemente había dicho que se lo consultara a Kagome.
Sin embargo, Hōjō…
«—Señor…, por mis miradas torpes y mi presencia en casa de la señorita Higurashi, usted seguramente habrá notado que yo…»
Cerró los ojos ante el recuerdo y una mueca de desagrado se adueñó de su rostro sin que pudiera evitarlo siquiera. Ladeó la cabeza lentamente… Claro. Todas las veces que Dai había sido evidente con respecto a sus sentimientos por Higurashi.
«—Quisiera pedirle un favor muy especial, Taishō-sama —le dijo, con la voz algo apagada, pero con el ligero sonrojo en las mejillas— y es que no le diga nada de esto a Higurashi —agachó la vista y no pudo ver la reacción confundida de InuYasha—, por favor, que no sepa que usted saber de… —agachó más la vista— nuestra amistad»
Amistad, amistad, amistad… ¡¿Cuál era la maldita amistad que tenían que debían esconderla como si fuera un delito?! Miró para todos lados, más despierto que nunca, confundido a mares. Los labios de Kagome no mentían y se habían quedado tatuados sobre los suyos. Se llevó los dedos lentamente y por inercia a la boca, rememorando el calor, la intensidad de la caricia, la urgencia que ambos habían tenido. Todo parecía apuntar a que ella estaba con Dai, sin embargo, Kagome…
«—Es un buen amigo —susurró en automático, sin pensarlo de más»
Quizás sí que mentía, pero, por qué… por qué su beso había parecido decir todo lo contrario.
Aunque si lo pensaba fríamente, a ella le gustaba mucho pasar tiempo con ese mequetrefe. Tanto era así, que era el mismo Hōjō quien la llevaba y la recogía de sus prácticas de natación.
—Malditos sean… —susurró al aire, medio harto de tanto pensar— Hōjōs.
Como si ella misma se hubiera fragmentado en miles de partes y se tratara de una maldición, un centenar de Kagomes malvadas se reían de ella en su cabeza y no paraban de repetir una sola cosa:
"No beso a hombres que no quiero"
Negó rápidamente mientras se tomaba el fleco con ambas manos e intentaba disipar el odio que sentía. Los ojos se le aguaron por el sentimiento de odio tan grande que la embargaba y deseó con todas sus fuerzas detener el tiempo para poder mandar todo al diablo y no preocuparse ni un segundo por InuYasha. Que obviamente se encontraba bien.
El pecho subía y bajaba sin control cuando despejó su cara y giró lentamente para verse al espejo. Observó, con ayuda de la tenue luz de su lámpara, su rostro pálido y facciones desencajada. Se tocó las mejillas con rudeza y después de unos segundos, con una lentitud casi ardiente, separó unos mechones por enfrente de sus orejas hasta darles un aspecto curvo que cruzara cerca de su cuello hasta perderse con el resto de su cabello espeso. Tal y como solía llevarlo siempre Kikyō.
Y la vio a ella por unos segundos… vio a su hermana Kikyō en sí misma.
—¿Era por esto…? —susurró incrédula, uniendo todo en su cabeza, como si estuviera segura de la verdad—. ¿Me besó porque me parezco a mi hermana Kikyō?
Lo maldijo ciento cincuenta mil veces en su mente, como si no hubiera un mañana. Derrotada, cayó de rodillas al suelo, sintiéndose una imbécil. Había sentido un ligero recelo por su propia hermana en esos instantes y no había nada que le jodiera más que eso. Kikyō estaba por encima de cualquier hombre, por encima de todo. Su familia estaba por encima de todo. No podía odiar parecérsele, no podía odiar que InuYasha se hubiera enamorado de Kikyō y no de ella porque, si era sincera, quizás su hermana tenía todo lo que cualquier hombre en el mundo quería y no podía luchar contra eso.
Y tampoco quería hacerlo.
Le ardían los ojos como un bellaco y podía jurar que no estaría en pie un segundo más si seguía así. En todo lo que iba del día, no había parado de pensar un segundo en ella y ya se estaba sintiendo cansado de esa situación. Con todo lo que había sucedido, era normal que InuYasha no pudiera dejar de vueltas en una sola cosa. No tenía idea de qué sería de él ese día con las clases que debía impartirle a Kagome, pero había pensando en setenta diálogos distintos para abordar el tema, pedir disculpas por lo estúpido que había sido al decirle eso e intentar dejarlo atrás y en todas salía fracasando. Temía la reacción de ella, ni siquiera sabía si valía la pena seguir con esas clases, pero… él había prometido que sería el tutor de Kagome hasta que ella aprendiera matemáticas y eso haría. Ya luego se iría sin más.
Pudiendo utilizar la salida de su facultad, caminó por entre los pasillos hasta cruzarse a la de ella para intentar divisarla. Por alguna extraña razón, necesitaba verla con urgencia y saber que estaba bien, al menos. Estuvo divagando entre saludos descuidados a estudiantes hasta que se dio cuenta del par de jóvenes reunidas alrededor de alguien y eso llamó su atención. Cuando se abrieron paso, observó algo que lo dejó atónito.
—Te ves hermosa, Kagome. —Le decía una de ellas, la de cabello rizado.
Vio a la joven sonrojarse y mirar hacia abajo, mientras llevaba un mechón detrás de su oreja.
—Apuesto a qué Hōjō amará tu nuevo look.
Sintió de nuevo, como en aquel entonces, su estómago retorcerse y un malestar en el cuerpo que le obligó a parpadear un par de veces. No podía creer lo que estaba viendo, tampoco lo que escuchaba, simplemente…
—No digas tonterías, Yuka —la escuchó decir algo avergonzada.
—Con razón faltaste a las primeras horas, te quedó hermoso —siguió diciendo otra de las chicas.
—¡Kagome! —Dai se acercaba a paso lento hacia ellas, saludándolas con una sonrisa muy amable mientras las chicas le respondían con otra igual y un ligero sonrojo en las mejillas.
—Hola, Dai —Kagome saludó en respuesta. Se veía algo nerviosa.
—No lo puedo creer, ¡qué cambio, Kagome! Te ves muy bien —le elogió, con una cara estupefacta.
—¿L-lo dices en serio?
—¡¿Verdad que sí?!
La escena le repugnó tanto a InuYasha que no quiso seguir viéndola un segundo más. Pero fue todavía peor cuando vio a Dai Hōjō extenderle la mano a Kagome Higurashi y que esta, después de vacilar apenas un par de segundos, la tomara para retirarse del lugar ante los chillidos emocionados de las amigas de la azabache. No pudo dejar de verlos marcharse y sintió tanto desagrado que cada paso que daban era como una patada al estómago. Cuando estuvieron a punto de perderse de su vista, Hōjō miró a InuYasha y le dedicó una extraña sonrisa que Taishō supo interpretar perfectamente.
Sin perder un segundo más de tiempo, volvió por su camino y se apresuró a tomar su auto.
—Buena tarde, Taishō-sama —saludó alegremente un estudiante por los pasillos.
—¡Buena tarde! —Le respondió, sin detenerse un segundo y con una expresión de que se lo estaba llevando el mismo demonio.
Todos a su alrededor lo miraron, estupefactos, perderse por las escaleras.
El sonido de la puerta cerrándose tras ella fue sordo al igual que su suspiro de cansancio. Dejó ir el aire contenido y esa presión en el pecho se hizo más fuerte. Estaba tan agotada, tan molesta, tan dolida…
—Vaya, creí que no ibas a venir a tus clases.
—¡¿Qué demonios…?!
Se puso alerta con el susto tan demoníaco que acababa de tener y sintió que el corazón iba a salirse de su pecho. Lo vio con la expresión llena de pánico mientras intentaba asimilar que no era un maleante quien estaba en su casa sino…
»—InuYasha… —se sorprendió por lo fría que había sonado su voz—. ¿Cómo entraste aquí?
El aludido sacó algo de su bolsillo y se lo mostró desde su ángulo.
—Tengo llaves. ¿Ya lo olvidaste?
Le pareció tan increíble que después de lo que había pasado con ellos la noche anterior, se hubiera atrevido a ir hasta su maldita casa con su cara de sinvergüenza a darle clases. Aquella actitud solo confirmó lo nada que seguramente le había importado aquel beso. Y eso volvió a joderle como nada en el mundo. Respiró sonoro, conteniendo las ganas de darle una bofetada. El rostro masculino reflejaba una sincera molestia y aquellos ojos dorados parecían chispear. ¿Por qué demonios era él el que estaba molesto? ¿Quién se suponía que debía estarlo en esa situación de mierda? Apretó los puños, sin saber qué más hacer en esa situación. ¡¿Cómo se atrevía?! ¡¿Cómo se atrevía?! Ni siquiera notó que él no le había dicho absolutamente nada de su cambio por el enojo que tenía encima.
—¿Sí? Pues deberían quitártelas —le dijo por fin, cerrando los ojos para intentar relajarse y moviéndose hasta la antesala en donde normalmente hacían sus tareas.
InuYasha la vio caminar hasta la mesa sin quitar su expresión agria a pesar de no dejar de admirar, embobado, la belleza de Kagome. Era tan extraño… jamás en su vida la había visto así y ni siquiera se lo hubiera imaginado. No entendía por qué de un momento a otro y justamente después de lo que había pasado entre ellos, Higurashi decidía hacer semejante cambio en su aspecto. Por un momento estuvo casi irreconocible. Recordó instantáneamente a Dai y su sonrisa triunfal que tanto le había jodido la vida.
Ese maldito mocoso malcriado… hipócrita, es lo que era: un hipócrita.
—¿Me estás echando? —Le respondió luego. Por supuesto que estaba consciente de que entre ellos había una conversación pendiente, pero obvio que prefería hacer como si nada hubiera pasado para no extender aquella situación sin motivos. Ella se encogió de hombros. Parecía odiarlo—. Te recuerdo que soy tu maestro, Kagome…
—¿Sí? —Cuando alzó la vista para verlo, esta estaba inyectada de resentimiento, enrojecida—. ¡Pues eso es lo que siempre serás! ¡Únicamente vas a ser mi maestro y se acabó! —Azotó los libros sobre la mesa y la estancia se inundó de un silencio sepulcral.
InuYasha se quedó mudo, procesando la información. Claro, ella estaba diciéndole que no pasaría de ahí, estaba rechazándolo casi como si reviviera una vez más aquella terrible noche de hacía un año.
—Claro… —asintió despacio— con Hōjō tienes suficiente, ¿no es así?
—¿De qué rayos hablas? —Estaba estupefacta, sin saber para dónde diablos iba esa conversación tonta que parecía no tener fin—. Ah, claro, ya entiendo… —empezó a asentir, con una risita sarcástica en sus labios—. Insistes con esa tontería de que hay algo entre Hōjō y yo porque quieres manipularme.
—¿Qué diablos…?
—Y ejercer un maldito control sobre mí como si yo te perteneciera porque, claro, como te has quedado con el orgullo herido después de mi hermana Kikyō, ahora piensas que la tonta Kagome ¡va a caer rendida a tus pies y así podrás decir que te tiraste a las dos hermanas! —No respiró mientras soltaba el veneno, desquiciada por la frustración de haber estado enamorada de él por tanto años, incluso durante el tiempo que él había estado en una relación con Kikyō, incluso todo el tiempo después y hasta ese día, que, aunque se hubiera negado a aceptarlo, a condicionar su vida, salir con otras personas… ella siempre estaría enamorada de InuYasha Taishō y eso le jodía como nada. Le jodía porque era obvio que él no la correspondía—. ¡Pero eso jamás va a pasar, InuYasha Taishō! ¡Ni lo sueñes!
—¡Cállate ya! ¡Qué imbecilidades estás diciendo! —No podía creer una sola palabra de lo que había escuchado, era simplemente horroroso. Se sintió tan descolocado con aquellas afirmaciones que no supo qué pensar de sí mismo. Jamás en la vida se le habría pasado por la cabeza algo así después de Kikyō. Si es que Kagome ya le gustaba desde… ¡Desde siempre, maldita fuera! ¡Siempre había sido así! No estaba entendiendo nada—. Déjame saber qué diablos te pasa y cálmate de una vez.
—¿Qué diablos me pasa? ¡¿Qué diablos me pasa?! —Esta vez, fueron sus palmas la que azotaron sobre los libros—. ¡Me pasa tu cinismo! ¡Me pasó que sé que no has superado a mi hermana y es por eso que me has besado ayer! ¡Porque te recordé a ella, ¿no es así?!
Un segundo… ¿Kagome pensaba que él había accedido al beso porque la había confundido físicamente con Kikyō? ¡¿Qué mierda estaba diciendo?! ¡¿Qué carajos significaba todo eso?!
—¡Eso no es cierto! ¡No digas tonterías! —Cada vez entendía menos aquellos reclamos tan fuera de lugar. Parecía como si cada uno viviera realidades diferentes cuando para InuYasha estaba todo muy claro—. ¡¿De qué tanto estás hablando?!
—No mientas… —contrajo los dedos sobre las portadas—. Para eso me he hecho este cambio, para que nunca más vuelvas a acercarte a mí porque te recuerdo a tu ex.
—¡No voy a tolerar que digas eso una maldita vez más! —Se acercó a paso peligrosamente rápido hasta la mesa y la miró fríamente cuando la tuvo muy cerca. Ella no se amedrentó, pero respiró irregularmente—. Lo que pasó entre nosotros… —todo el cuerpo le tembló al hablarlo directamente con ella.
—Vamos, sé sincero de una vez —lo retó.
—No tenía que pasar y ya —le sacó la mirada.
No podía. ¡No podía! Estaba claro que ella no diría nada sobre su relación con Hōjō y eso significaba más incertidumbre acerca de sus sentimientos. No estaba dispuesto a saber que ella podría tener sentimientos por ambos. La simple idea lo enfermó. Aceptar que algo entre ellos no podía pasar por razones como su condición de maestro/alumna o el tema de la confianza con su familia y el respeto por hace poco haber salido de una relación con la mayor, significaba aceptar que el problema era externo y no por sus sentimientos. Era como decirle que sí que quería algo, pero no podía.
No querer no es igual a no poder.
Y él no podía.
—Lo imaginé… —susurró ella, como si toda aquella adrenalina anterior se hubiese esfumado de repente. Él regresó a verla de inmediato, casi preocupado—. Era todo lo que necesitaba escuchar.
—Kagome…
—Realmente lamento todo esto, creo que ha sido muy desubicado de mi parte hacerte estos reclamos —empezó a empacar sus libros de nuevo ante la mirada preocupada de su tutor—. Lo siento, profesor, pero creo que hoy no estoy anímicamente dispuesta para recibir sus clases. —Se echó la mochila al hombro y empezó caminar hacia las escaleras.
—Espera, Kagome, por favor… —a pesar de que su mente le gritaba por que saliera corriendo hacia ella, su cuerpo no respondió y eso lo frustró. La vio subir cada escalón como si fuera una tortura. Claro que él tampoco estaba en condiciones de darle clases y sentía que jamás volvería a estarlo después de eso. Todos sus miedos se estaban haciendo realidad y definitivamente no quedaría ni siquiera una amistad qué conservar entre los dos—. ¡Jamás te he confundo con Kikyō! —Soltó sin más, pensando que había dicho la mayor tontería del mundo—. Tú eres Kagome y punto.
Kagome paró en seco su andar, sin atreverse a mirarlo de vuelta.
»—Tu cabello siempre ha sido distinto a todos los que he visto antes y… —tragó duro. Los colores se le subieron al rostro y desvió la mirada— siempre me ha gustado tal y como es.
La aludida pestañeó despacio desde su lugar. Sintió una punzada en su pecho… ¿A qué rayos iban esas declaraciones a esas alturas del momento? ¿Justo después de que ella le hubiera dicho lo que pensaba acerca de sus sentimientos por Kikyō? Muy conveniente. No podía creer cómo se podía ser tan desgraciado. Tomó aire con determinación y se giró apenas, dedicándole una sonrisa derrotada.
—Deje mis tareas de esta semana sobre la mesa, profesor Taishō. Y cierre la puerta cuando salga.
Ante la mirada desilusionada del aludido, se perdió por las gradas y despareció del campo visual del pelinegro.
Como tantas veces lo había hecho. Aunque esa ocasión, algo dentro de él dolía.
Dolía mucho.
Continuará…
Pueden pasarse por mi página para ver el pequeño cambio de look que se ha hecho Kagome en este capítulo y la puedan mentalizar para los siguientes, ¿no?
Este capítulo ha sido fuerte para mí y espero que les haya gustado. Me encanta que ambos están pensando cosas que nada que ver, más que todo Kagome. Y me encanta también que ya sepan lo que pasó —la primera parte— entre InuYasha y Kagome que lo desvió de su objetivo. Mi InuYasha era muy inmaduro emocionalmente en esos tiempos y debo aceptar que la relación con Kikyō lo ayudó bastante y ese es un punto para K (¿?) Aunque sigue siendo un inseguro. Y es que el misterio de Hōjō no ayuda mucho.
Cualquier duda, sugerencia o insulto, me pueden dejar un comentario por Facebook, que no saben lo gustosa y feliz que resuelvo sus dudas cuando las tienen. ¡Muchísimas gracias a todos por leer!
Especialmente a:
La cumpleañera más hermosa: GabyJA.
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