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Capítulo 16.

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Capítulo dedicado a TaishoScott. Eres una reina, espero que te guste este capítulo porque es uno de mis favoritos.

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Como si de un acto increíble se tratase, la familia Higurashi miraba estupefacta a la menor, que, con un rostro sumamente serio y ojos cerrados, comía una tostada. Pestañeaban varias veces sin dejar de verla un solo segundo, completamente anonadados. Incluso Kikyō, quien, ojerosa y demacrada, como si tuviera mucho sueño, la estudiaba de forma detenida, respirando por la boca ligeramente abierta y pestañeando muy despacio, como desconociendo a su propia hermana. Era, sin duda, lo más increíble que había visto en los últimos días, después de Naraku, claro.

Se le revolvió el estómago ante el pensamiento.

—¿Pasa algo malo? —La voz de Suikotsu no se hizo esperar. Naomi lo vio de reojo, intentando descubrir a qué venía la pregunta.

—Es lo mismo… —masticó el pan y tragó— que me pregunto, ¿qué es lo que sucede?

—Kagome, acabas de cortarte el cabello como si quisieras quedarte calva, ¿qué más nos puede tener así?

Se hizo un nuevo silencio, pero esta vez, los padres ahogaron una risa en sus expresiones. Incluso Kikyō, con toda la mierda que llevaba encima, quiso reírse de su propio comentario. Kagome cerró los ojos, intentando no soltar una carcajada porque parte de ella no tenía ganas de reír, pero su hermana a veces hacia comentarios tan crudos, que solo podía carcajear por lo cínicos que eran.

—Ya… pero se me ve bien, ¿no? —Inquirió después de un rato, suspirando.

—Estás preciosa —respondió la pelinegra, inmediatamente.

—Tu hermana tiene razón —la siguió Suikotsu y Naomi asintió.

Kagome se sonrojó levemente y se tocó las puntas, pensando en los halagos que había recibido. Todos parecían resaltar lo bien que le quedaba el corte, pero en todos los casos había algo extraño, como si les hiciera falta algo y eso le causaba mucha inseguridad.

—Es sorpresivo que hayas hecho ese cambio de look tan repentino —Naomi sorbió té con tranquilidad—. ¿Qué dijo tu tutor de eso?

Y ella casi se atraganta con el comentario.

—¿Estás bien? —Kikyō se apresuró en ayudarla. Kagome asintió rápidamente.

La aludida tardó varios segundos en recuperarse ante la mirada preocupada de sus progenitores. Había sido la pregunta más incómoda que podían haberle hecho y, francamente, no sabía cómo responder.

—¿P-por qué habría de decir algo? —Se secó la boca con una servilleta.

—Ustedes son amigos, ¿no?

Ajena a todo, Kikyō siguió la conversación, ya que se había convertido en un escape para ella. Por fin encontraba una distracción en medio de tanto y si hablar con su familia de cosas triviales como el corte de cabello de Kagome, le despejaba la mente, lo haría sin rechistar. Los adultos en la mesa asintieron ante su reciente afirmación y ella volvió a comer.

—Oh… —vaciló Kagome. El simple hecho de recordar lo que había pasado esa tarde le revolvía el estómago—, no dijo mucho. Más bien, Tsukiyomi-sama me ha felicitado, ya que es mejor para seguir con mis entrenamientos.

—Aun así, creo que… —Suikotsu carraspeó, buscando las palabras correctas—, Ese corte se lleva mucho de mi pequeña Kagome. —Escuchó a su esposa acotar algo y él miró a su hija con algo de preocupación. Algo no andaba bien con ellas y ya lo había hablado con Naomi.

La azabache pestañeó varias veces ante el comentario y no pudo evitar recordar las palabras que InuYasha le había dicho. Nuevamente, y de manera inconsciente, se tocó el cabello, como si extrañara aquella espesa mata de hebras oscuras que siempre la había acompañado.

—Yo…

—Tu cabello es único y precioso, hija, es como tu sello… —insistió la dulce mujer, brindándole una sonrisa.

«¿Mi cabello es único?»

»—Quizás es que nos hemos acostumbrado a verte toda la vida con tu cabellera larga, no quiero que te sientas…

—No, no, está bien, mamá… —le dijo rápidamente, mientras reflexionaba para sus adentros—. Lo dejaré crecer.

Una sonrisa invadió el rostro de cada integrante de la familia. No era que no respetaran la decisión de Kagome por cambiar su look, pero si la conocían lo suficiente, sabían cuánto amaba ella su cabello y aquello había sido tan repentino, que incluso les asustó.

—Creí que querías quedarte calva.

—¡Kikyō!

Esta vez, todos soltaron una carcajada.


Se había quedado ya sin lágrimas para derramar así que, en esa ocasión, se abrazaba a sus piernas, sentada sobre su cama, intentaba darse consuelo y dejar de sentirse tan miserable en la soledad de su habitación. No quiso volver a mirar el celular, tenía ganas de lanzarlo contra la pared, pero no perdió la compostura. Alzó la cabeza cuando escuchó golpes suaves llamando a su puerta.

—¿Sí?

—¿Puedo pasar? —Escuchó una voz dulce y se sorprendió sobremanera.

—S-sí, mamá.


De nuevo no le estaban saliendo los cálculos y estaba perdida en una especie de nebulosa. No entendía nada, como si todo lo que había avanzado en las malditas matemáticas se hubiera ido al caño. En esos momentos, no podía avanzar ni con lo que le había dejado InuYasha, ni con lo de la universidad. Resopló… sentía tantas ganas de llorar por la frustración y el mal momento, que los ojos ya le ardían. InuYasha no se había dignado en decirle nada más por WhatsApp y el maldito estaba en línea.

Cómo es que se había atrevido a decirle esas cosas en la tarde para luego seguir ignorándola como si no existiera un mañana. ¡Lo estaba odiando tanto!

—¿Kagome?

—¿Papá…?


Se quedó unos segundos colgada de la mirada abatida de su madre y no supo cuánto pasó, pero apenas pudo, reaccionó, intentado quitar la mala cara. Le hizo un ademán para que pasara y Naomi hizo lo propio, cerrando la puerta tras de sí con severa paciencia. También estaba nerviosa, hacía mucho tiempo que no intentaba tener una conversación así.

Las madres intuían todo, sabían lo que pasaba incluso a veces antes de que pase. Y estaba claro que esa no era la excepción. Antes había sabido que su hija mayor había tenido aquella relación tormentosa con ese tal Naraku que casi acaba con su vida cuando se terminó. Y era una situación completamente horrible para la señora Higurashi notar cómo cada día que pasaba, Kikyō parecía más y más marchita. Unos días estuvo peor que otros. Era asfixiante no poder hacer nada más que abrazarla y consentirla. Después de un tiempo largo había conocido a InuYasha y cuando empezaron a salir, parecía haber recuperado un poco de su estabilidad. Y eso era bueno, no esperaba que su hija volviera a ser la misma de antes.

Se sentó con cuidado en la cama y la observó. Ella parecía muerta por dentro, desesperada, pálida y ojerosa, como si no hubiera dormido en muchísimo tiempo. También notaba el olor a cigarro escondido con ambientador que seguramente había querido ocultar a través de eso y de las ventanas abiertas, pero que había impregnado su cuarto limpio que jamás había sido corroído por ningún tipo de droga. Y ella lo sabía perfectamente. Tomó aire lo más que pudo y sintió el corazón acelerado. Esperaba por todos los cielos que aquello se tratara de la posible falta que le haría InuYasha y no de que Kikyō hubiera vuelto con ese hombre malvado.

O eso era lo que su mente le quería hacer creer, le rogaba que creyera.

—¿Recuerdas… —inició la conversación con tono dulce, mirando hacia la ventana— cuando eras una niña y yo te contaba leyendas de amor que sucedían cuando florecía el cerezo, tu flor favorita?

Kikyō la observó detenidamente, sin entender mucho a qué iba aquel recordatorio, pero asintió luego de unos segundos. Aún se aferraba a sus rodillas como si tuviera miedo del mundo.

»—Tu favorita era la del bandido que se enamoró de la doncella que lo cuidó cuando él cayó de su caballo y resultó malherido…

Abrió los ojos de par en par, como si ese dato jamás hubiera llegado a su cabeza de tal forma.

La forma en la que ella había conocido a Naraku era…

«Después de clases siempre le sentaba bien pasar por un helado y desviarse por el parque, tomar un atajo por un par de calles más discretas y aparecer en su casa como si nada, prácticamente sin retrasos y en perfectas condiciones. Se sonrojó como una niña tonta cuando saboreó el dulce frío de vainilla y sonrió apenas, disfrutando del postre. Nadie sabía que cuando no estaba cerca de conocidos, la estoica Kikyō solía convertirse en una pequeña niña adicta a las nieves que padecía dolores de mejillas por la felicidad que le daba aquella tontería.

No había notado los quejidos ahogados de alguien que se arrastraba, agarrándose de las paredes hasta que su cono cayó al piso por el repentino pánico que la invadió. Tragó duro, intentó recuperar su postura gélida para tratar de mostrar que ella tenía el control de absolutamente todo, así que se tomó unos segundos antes de asomarse por la siguiente calle. Por algún motivo en especial, no quiso salir corriendo, por el contrario, fue impulsada a ver lo que pasaba, como si su cuerpo le dijera que, asegurándose de que no pasaba nada malo, nada malo le pasaría.

Fue tan absurdo que quiso vomitar por el retorcijón en sus mismos intestinos.

Con el cuerpo casi temblando y las manos hincándole, siguió el camino hasta que sus ojos marrones se encontraron frente a frente con un hombre pálido que se tomaba el costado con ambas manos y cuyos dedos estaban empezando a mancharse de sangre. Se espantó con la visión, preguntándole rápidamente a su cerebro si era seguro intentar ayudar. Como si se tratara de un escáner, divisó el cuerpo y no notó ningún arma a la vista, así que decidió acercarse sigilosa, con pasos quedos, pero seguros.

El desconocido fruncía los labios para evitar quejarse en voz alta y parecía murmurar maldiciones.

—¿P-puedo ayudarte…?

Cuando Kikyō vio aquellos orbes rojizos abrirse con desmesura se quedó helada. Sintió que se abrió un hueco en la entrada del estómago y una descarga de pánico le detuvo el cuerpo a unos centímetros del herido.

—Estoy… —alcanzó a decir con dificultad, contrayendo el rostro por el dolor punzante— perfectamente...

Con aquel comentario, Higurashi frunció el ceño y aquel miedo empezó a desaparecer casi al instante. Alzó las manos a la altura de su cabeza, deshizo el lazo de seda y se lo sacó. Ante la mirada aturdida que aquel hombre, buscó rápidamente en su mochila un alcohol desinfectante y su toalla de manos, la empapó y se agachó para quedar a su altura.

—No sé quién seas, pero necesito que me dejes ayudarte —lo miró directamente de forma decidida, sin titubear.

—¿Q-qué demonios haces, mujer loca…? —Intentó despreciarla, pero ella no pareció flaquear ante su comentario.

—Hazlo ahora o ¿es que quieres morir?

Desviando la mirada e intentando soportar el dolor, cedió lentamente los músculos y dejó que las manos extrañas coloquen la toalla blanca sobre su herida, que, a pesar de no ser profunda, sí que jodía y dejaba escapar del líquido vital, para después envolverla estratégicamente con aquella cinta negra que usó como torniquete.

—Voy a llamar a un taxi para que te lleven al hospital más cercano —con las pocas fuerzas que le estaban quedando, la vio ponerse de pie de forma ágil y mirar hacia la calle, dispuesta a irse. La herida volvió a punzar. Malditos fueras los imbéciles que le habían robado, si él hiciera el uso debido del poder que le podía brindar su padre, esos gusanos estarían muertos desde antes de intentar hacer algo por atacarlo.

—Taxi… —masculló entre dientes, con la mandíbula tan tensa, que la cabeza le estaba doliendo— estás loca…, déjame en paz. —Sentía el odio por esas ratas recorrerle el cuerpo.

—¡Deja ya de llamarme loca, soy Kikyō!»

Después de ese momento, había vuelto a pasar por la misma calle por un par de semanas, como por inercia, simplemente iba por la misma calle y el escalofrío que la recorría al pasar por el lugar en donde lo había visto herido, le daba cierto aire tétrico, pero tomando una bocanada de aire, cerraba los ojos y ponía postura erguida para seguir. Después de unos días volvió a comprar un helado, temiendo que pasara algo parecido a la última vez que un extraño estaba herido en esa esquina, pero no hubo nada.

«Detuvo el andar y se aferró a su cono, mientras alzaba la vista para encontrarse con aquel hombre. El corazón se le aceleró como un loco y sintió nervios. No se habían conocido en las mejores condiciones y, francamente…, él tenía cara de pocos amigos.

—Ah, eres tú, extraño. —Le dijo a modo de saludo y volviendo a la seriedad de comer su nieve. Se veía bien, por lo que intuía que ya estaba recuperado.

El hombre no dejó de mirarla ni un segundo, con la expresión muy seria y los ojos frívolos. Traía una bolsa de papel en la mano y lucía muy extraña.

—Solo vine a decirte que en el hospital se deshicieron de tu toalla y de tu cinta, así que compré una docena de cada una para devolvértelas —le dijo sin más intención, como si fuera algo molesto para él. Traía el cabello atado a una coleta alta, con sus rizos cayendo por su espalda.

Kikyō pestañeó rápido, completamente anonadada, pero no dijo nada más. ¿Una docena de cada cosa? Aquello era tan ridículo, que le causó gracia. Después de un rato de silencio, suspiró y volvió a caminar.

—No me debes nada, extraño. Déjalo así. —Pasó por delante de él como si lo desafiara, sin reparar en la extraña situación que estaba viviendo y lo raro que era todo aquello, tan tenso, tan poco convencional.

—¿Estás rechazando lo que te pertenece por derecho? —Le soltó antes de que se fuera de su vista.

—No los necesito, extraño.

—Deja de llamarme extraño, me irritas.

La aludida paró su andar y lo miró de reojo, escondiendo el rostro divertido bajo la rudeza de la expresión.

—¿Cómo debo llamarte, extraño? —Imprimió énfasis en eso último.

Él cerró los ojos unos segundos y con la misma cara de que le sabía todo a mierda, volvió a mirarla lentamente y le dijo: —Naraku, ese es mi nombre, Kikyō».

Y los días siguientes lo veía en el mismo lugar, con la tonta excusa de que quería deshacerse de las cintas y de las toallas, pero que ella no los aceptaba.

«—Si tanto quieres salir conmigo solo dilo y no hagas el ridículo» le había dicho un día.

Y después todo había pasado como una loca película de amor destructivo en su vida. Ahora entendía que el pánico que había sentido desde el momento en que lo conoció era una alarma que el destino le había regalado para decirle que debía poner un alto a aquello, pero, ¿cómo hacerle caso, si, irónicamente, era el mismo destino quien se había encargado de ponerlo en su camino los días que le siguieron?

«No… tú fuiste quién decidió seguir su camino y lo sabes»

—¿Mi leyenda favorita…? —Volvió por fin a la realidad, sin darse cuenta de cómo una lágrima surcaba su mejilla.

Naomi la miró con expresión preocupada y se acercó a ella, extendió los brazos y la atrajo hacia su pecho, dejando que la pequeña Kikyō sollozara un rato. La sintió desvanecerse, dejando aquella postura que siempre la había caracterizado, volviendo a ser la niña que ella recordaba hacía tantos años. Sobó su sedoso cabello negro, como si fuera un tesoro que podría perder en cualquier momento.

—Solo recuerda lo mucho que te amamos, hija. Siempre llévalo en mente. —Le susurró y depositó un suave beso en la coronilla de la chica, sintiendo cómo esta asentía.

—También los amo… —susurró, notando que el alma le descansaba por un momento—. Por encima de todo.


Con su expresión dulce y amable se dirigió a la jovencita y le sonrió.

—Mírate las ojeras, hija, pareces un mapache.

Aunque el estrés que traía encima y el dolor que le causaba InuYasha la estaba consumiendo, aquello no pudo evitar que una risa burlona apareciera por sus labios. Se tocó las bolsas negras bajo los ojos y apenas notó lo mal que estaban. Suspiró hondo. ¿Cuánto hacía que no tenía una conversación en su habitación con su papá?

—Te he extrañado mucho, papá —le soltó después y un nudo se instaló en su pecho. Suikotsu y Naomi hacían todo por darles lo mejor, por brindarles un nivel de vida bueno y por educarlas lo mejor posible, sin embargo, eso les quitaba tiempo, así que los momentos tan preciados como esos debían ser aprovechados al máximo.

—Y yo a ti, Kagome —le extendió la mano para invitarla a sentarse en su cama. La chica suspiró y se levantó de su silla giratoria para acomodarse a lado de su papá. Se recostó en su hombro como antaño y cerró los ojos—, cuando eras niña, adorabas cantar conmigo una canción, ¿lo recuerdas?

Ella sonrió, trayendo el recuerdo de cada momento de su infancia.

—Cómo no me voy a acordar, si Kikyō nos miraba casi con odio cuando lo hacíamos.

Suikotsu soltó una ligera risa.

—Oh, es que tu hermana tiene un oído finísimo, pero yo creo que tú cantas como un ángel.

Kagome hipó, reprimiendo las lágrimas. Tenía tantos sentimientos dentro que sentía que iba a explotar. Soltó una risita entre traviesas lagrimillas de nostalgia que se estaban escapando por sus ojos y luego descansó sus manos sobre las piernas.

—Gracias por el halago.

—¿Estás bien? —Soltó de pronto. Aunque lucía preciosa, aún no se acostumbraba a verla con el cabello tan corto. Sabía perfectamente que aquella decisión había sido impulsada por un tercero y su instinto de padre se había encendido como el fuego en las hojas secas. Si había alguien que le estaba haciendo daño a su hija, él tenía que arreglarlo de una vez—, hija…

—Sí… —susurró—, ¿podría levantarme un momento a poner algo en mi computadora?

Él asintió. Kagome se levantó lentamente y caminó hasta su escritorio, tecleó algo y al cabo de unos segundos, la música empezó a sonar a un volumen moderado. Las melodías se escapaban de los parlantes y fue como volver a la infancia de la pequeña. La azabache volvió hasta su padre y lo miró, con los ojos brillantes. Sonrieron y apenas escucharon la dulce voz de Miki Matsubara entonando «Stay with me», ellos se soltaron a cantar junto a ella.

Tomando la letra muy en serio, Kagome se quedó prendada en medio de la canción y la mente no hizo más que recordarle la primera vez que se había cruzado con InuYasha.

«Ahora que había entrado a la universidad, Sango le había dicho que estaría bien que se uniera al grupo junto con su novio, Miroku; Kōga, el crush eterno de Ayame; e InuYasha, el primo de esta. Aunque, técnicamente, Sango y Miroku estaban en semestres altísimos, Kōga en el mismo nivel que InuYasha —más o menos por cuarto semestre, según sabía—, Ayame un semestre más adelante, ella, apenas en el semestre cero y todos en distintas carreras, se conocían desde hacía tiempo, eran familia o demás.

Con Kōga había tenido una amistad porque había sido pupilo de Kikyō cuando este estaba en el bachillerato y ella ya cursaba la universidad y así se habían conocido con Ayame; y Miroku, claro, por su relación con Sango, sin embargo, con el misterioso InuYasha, no. Ayame decía que su primo había perdido a sus padres a los quince años y que desde ese momento se había vuelto solitario y serio, como apartado del mundo. Le contó tantas cosas tristes y la razón por la que nunca lo había visto a pesar de los años de amistad que tenía con Tanami.

Ese día lo conocería y se sentía algo nerviosa. No sabía cómo tratar con una persona que había vivido aquella tragedia. El solo hecho de imaginar vivir una cosa como esa le apretaba el corazón. Sin saber mucho de regalos, fue hasta un templo y compró un amuleto representativo para dárselo, lo escogió entre todos los ofertados por su significado. Ayame decía que él, en el fondo, apreciaba mucho que las personas fueran amables, aunque no lo demostrara.

Venía tan concentrada pensando en todo aquello mientras caminaba por el campus a encontrarse con sus amigos, que no notó cuando se estampó de frente con alguien, aplastando la cajita de cartón en donde llevaba el amuleto, arruinando el regalo y tirándolo césped al instante. No tuvo tiempo de reaccionar cuando escuchó que llamaron su atención.

—Oye, niña atolondrada, fíjate por dónde vas.

Cuando alzó la vista, unos inusuales ojos dorados la estaban viendo con mucha seriedad. El joven abrió apenas la boca cuando reconoció a la muchacha.

—¿Que me fije…? —Pronunció queda, volviendo en sí—. ¡Fíjate tú, mira lo que acabas de hacer con mis cosas! —Se agachó rápidamente a tomar el obsequio y se sintió frustrada.

Todo se había echado a perder.

—Pues lo lamento, pero eres tú quien anda soñando despierta por el campus —pestañeó lentamente mientras la veía recoger aquella caja que yacía aplastada—. No es mi culpa que seas una atolondrada.

—¿Qué rayos…? —Indignada, volvió al desconocido y sintió la cara arder de rabia—. ¿Quién te crees que eres para llamarme atolondrada? —Desafió al joven con la mirada.

Era increíble que aquello estuviera pasando. Ese chico parecía tener una especie de confianza innata con ella y eso la irritó que jodía.

—Sí, como digas, atolondrada. —Su expresión seguía siendo seria.

—¡Que no me digas así! —Ni siquiera se detuvo a pensar qué hacía perdiendo el tiempo con ese imbécil, simplemente tuvo que detenerse a aclararle que ella no era ninguna atolondrada—. ¡Mi nombre es Kagome!

—No pregunté por él, atolondrada. —Le respondió de forma estoica. Por supuesto que él sabía quién era, la había reconocido por las fotos que Ayame le había mostrado de ambas y, si era muy sincero, se veía más agradable por medio de ellas y no personalmente. Era altanera y chillona.

Oh, pero su cabello se veía más brillante en vivo.

—Eres un…

—Vaya, pero qué está pasando aquí —escuchó la voz de su amiga llegarle por la espalda e inhaló hondo—. Hola, primo, ¿cómo va todo?

—¿Primo? —Regresó la vista a su mejor amiga, llena de pánico. ¿Cómo?, entonces, ¿ese era…?

—Soy InuYasha. —Le dijo en respuesta, como si le hubiera leído la mente.

Kagome sintió que le dio náuseas por la impresión y no pudo procesar lo que acababa de pasar. Con las manos temblando, aplastó el regalo contra su estómago y lo miró directamente sin pestañear. ¿Cómo era que acababa de conocer de esa forma tan desastrosa a InuYasha? Y, ¿por qué él la había tratado de esa manera? ¿No que era un hombre muy reservado y sensible? Más bien, era un patán.

—Veo que se llevan muy bien.

—¡Miroku! —Saltó Kagome inmediatamente, mirando a su prima llegar también junto a Kōga. Ayame se sonrojó de inmediato al verlo y ambos se saludaron de forma especial. Siempre era así—. No es así, yo solo estaba…

—Nos chocamos; íbamos en direcciones opuestas y creo que arruiné algo de ella —se adelantó Taishō, mirándola con los ojos achicados para que no explicara nada más porque estaba seguro de que diría alguna tontería.

La aludida, sin darse cuenta, soltó el arruinado presente que cuando cayó al suelo, mostró por fin el contenido. Las miradas de todos se encontraron con el amuleto en forma de perla color rosa.

—¡¿La perla de Shikon?! —Dijeron ambos primos al verla. Al instante, se miraron con cierta complicidad, pero rápidamente volvieron al amuleto, impactados. A Kagome le pareció extraño y los miró alternativamente.

A InuYasha se le iluminaron los ojos por un momento y se agachó a la par de Kagome. Las manos se rozaron inevitablemente cuando tomaron la perla al mismo tiempo. Él no se movió, ella apartó rápido su extremidad.

—Sí, era un amuleto que yo… —se sintió muy estúpida. Sus amigos se habían quedado en silencio, observando la situación con caras de asombro, sin entender absolutamente nada. Mordió sus labios por dentro intentando buscar una solución a su problema. Se suponía que conocería a un chico reservado con el que no le costaría nada ser amable y entregar el amuleto como un símbolo de amistad y amabilidad, pero ahora todo se había distorsionado y no se sentía capaz.

—¿Puedo quedarme con esto? —La sostuvo entre los dedos. Si no estaba equivocado, aquel regalo había sido justamente para él, lo creía por el simbolismo del amuleto de la famosa Perla de Shikon. O tal vez, Ayame se lo habría comentado, lo que realmente significaba para él. Como fuera, nadie jamás le había obsequiado algo como eso sin conocerlo. No tenía idea de si esa chica entendía lo que significaba, pero había sido un gran acierto si es que la había llevado con intención de regalársela para que le cayera bien—. Supongo que no importa, ¿no?

—Pues, yo… —sonrojada, Kagome miró al suelo y suspiró, sintiéndose más aliviada por no haber tenido que hacer más el ridículo—, no. Puedes quedártela.

Los chicos se miraron alternativamente después de presenciar esa escena, sonriendo con algo de complicidad, diciéndose cosas que InuYasha y Kagome jamás entenderían, pero que no importaba realmente.

—No hay duda, son el uno para el otro —Kōga se carcajeó y todos estuvieron de acuerdo, excepto Taishō y Higurashi».

Y desde ahí había comenzado su amistad, que, al menos por parte de ella, se había convertido en más que eso. Para cuando volvió en sí, la canción ya había terminado y su padre la miraba con una media sonrisa, extrañado por la forma en que su hija se había quedado colgada, con una nostálgica sonrisa insegura escapando de sus labios, con las manos entrelazadas y mirando hacia la nada.

—Tu madre tenía la misma mirada cuando se enamoró de mi —le dijo para atraerla de nuevo a realidad.

—¡¿Qué?! —Exaltada, volvió a su padre y sintió su cara arder. Él sonrió más ampliamente.

—¿Es algún lío de sentimientos con, este muchacho, Hōjō?

La pregunta quedó como en el aire. Kagome no dijo una sola palabra por algunos instantes. Sus pupilas bailaban intentando buscar una respuesta que no sonara demasiado exaltada y después de calmarse, evocando el espíritu rígido de su hermana Kikyō, le sonrió de vuelta.

—Hōjō es buen amigo, papá… no es más que eso y… —tomó aire muy profundamente— no quiero que sea más que eso.

El señor Higurashi asintió. Por supuesto que, si no era Hōjō, se trataría de otro chico, porque era obvio que su pequeña estaba sufriendo alguna pena de amor. Fuera cual fuere la situación, entendía que ella no estaba preparada, así que, sin más que agregar, se puso de pie, la tomó la cabeza y depósito un suave beso en su coronilla.

—Recuerda que te amamos y que estamos aquí para ti, Kagome. —Le dijo, dándole un ligero apretón en las mejillas.

—Muchas gracias, papá… También los amo —lo vio irse despacio y brindarle una última sonrisa antes de cerrar la puerta.

Para cuando se vio sola, las lágrimas empezaron a caer como si fueran cascadas.

Continuará…


No saben cuánto me gusta este capítulo. Y es que demostrar las condiciones tan polarizadas de ambas parejas y cómo el destino los unió, me encanta. Por supuesto que está lleno de referencias de la obra original, esto de Kikyō y Naraku o Kagome diciéndole a InuYasha su nombre de esa forma, ¡todo! De este capítulo los elementos de las parejas.

Quizás la forma de decir te amo de Naraku son cintas y toallas de mano.

Y la de InuYasha es recordar su número favorito y decirle que es imposible, no lo sé.

Amé que pudieran ver algo de interacción con los padres. Quizás ustedes no lo sepan, pero, así como de Kikyō jamás se supo de una interacción con sus padres o su madre, por lo menos, de Kagome tampoco con un padre, por eso, para mí fue importante hacer este capítulo. Espero que lo hayan disfrutado.

Muchísimas gracias por sus hermosos reviews a:

GabyJA

Ferchis-chan

Invitado

Marlenis Samudio

Carli89

Annie Perez

Manu

Angieejp

Megoka

Bombi-Chan

Rodriguez Fuentes

TaishoScott

CrisUL

Iseul.