Participación mayoritaria de personajes: InuYasha, Kagome, Dai.

Participación minoritaria de personajes: Naraku, Kagura.

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Capítulo 17.

Pestañeó varias veces ante el pedido repentino.

—Sé que es una falta de respeto terrible, Taishō, pero mi urgencia es inmediata. Volveré en cuando pueda.

InuYasha volvió la vista hacia los documentos que el profesor le estaba poniendo sobre el escritorio y no dijo palabra. Estaba bastante cansado por lo mal que había dormido ese fin de semana y, para ser sincero, no tenía ganas de dar clases extra, pero entendía perfectamente la situación. Suspiró disimuladamente y tomó la lista de estudiantes entre sus manos. Sabía perfectamente que Kagome no estaba ahí, porque esa cátedra no la dictaba el maestro Kinomoto al curso de ella.

—¿De qué tema se trata?

—Es sobre ecuaciones, el último tema del temario en este bimestre. —El avejentado hombre se puso el saco mientras hablaba y sonreía amable—. Será un tema sencillo, no te preocupes.

Cuando los ojos dorados se detuvieron en un apellido, dejó, casi sin darse cuenta, aquella expresión seria para dar paso a una extraña y ligera sonrisa casi malvada.

—Con todo el gusto lo cubro, Kinomoto-sama.


Al rededor, todos hacían ruido, jugando, diciéndose cosas; el ambiente de la universidad seguía siendo el mismo que hacía un par de años. Los estudiantes parecían seguirse comportando como niños para el gusto de Dai, quien, con su celular entre las manos, iba y venía entre los mensajes del chat de Kagome Higurashi. Observaba la pantalla con fastidio. Deslizó el dedo pulgar lento y después rápido, de arriba abajo, con odio, hasta que bloqueó el celular y lo dejó sobre su escritorio. Cerró los y suspiró sonoro.

Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que había pasado alguna cosa entre ellos, pero si algo tenía claro, es que ella no era la misma. Ya había sido suficiente con aguantar que Kagome jamás lo hubiera besado, que lo llamara él solo cuando tenía ganas o quería hacer deberes de matemáticas y que de resto fuera un simple amigo al que sentía que ni siquiera le confiaba sus cosas más íntimas, ni sus temores, ni siquiera sus gustos; él tuvo que adivinarlos a través de patrones de comportamiento porque ella era tan… de la manera que era con él. Y desde hacía un tiempo que se había dado cuenta de cuál era la razón, así que no tenía que preguntarse por qué.

Era bastante obvio lo que estaba pasando y, si era sincero, siempre había creído otra cosa, pero ahora todas sus dudas se despejaban. Por muchos años tuvo que pelear contra la idea de que Kagome había estado profundamente enamorada de su primo Akitoki hasta después de que este se retirara de esa universidad. Y es que, al principio, todo apuntaba a que la tristeza de la azabache se debía a otra cosa; más bien, a otro hombre, pero después de que ella llorara frente a él diciéndole que extrañaba a Akitoki como el infierno, supo que su primo había sido el problema. Y desde entonces se habían acercado, hasta que después de un tiempo, se dio algo entre ellos y todo de desató.

Y había sido el hombre más feliz del mundo.

Pero en esos momentos que ya tenía todo claro, estaba sintiendo un insano rencor recorrerlo entero no solo por ese hombre, sino por las mentiras de Kagome. Ya había sido suficiente con tener que haber luchado con el fantasma de su primo como para que en ese momento se enterara que el verdadero gigante no era nada más y nada menos que InuYasha Taishō.

Recordar su nombre solo le revolvió el estómago y después de haber pensando tanto aquel fin de semana, su teoría no hacía más que confirmarse con cada detalle que recordaba, con cada gesto. Esas malas caras que hacía cuando lo veía, esa expresión de pocos amigos, esos 40 ejercicios que se inventó que tenía que mandarle aquel día… y Kagome, maldita fuera la hora, ¡Kagome era tan obvia! Cómo no se iba a dar cuenta por su nerviosismo, por ese enojo injustificado hacia InuYasha, ¡y apostaba que el maldito corte de pelo se debía a él! ¿Habría sido una forma de llamar su atención? ¿De gustarle? ¿Se habrían acostado ya y por eso ella no le había vuelto a dejar ponerle un dedo encima? Quiso golpear algo por su frustración y la poca información que tenía.

Nunca se había sentido tan enojado y tan violento.

Intentó tomar aire, regresando a su estado natural de pacifismo, pero fue casi imposible. Seguía sintiéndose muy tonto, recordando las veces que estuvo en medio mientras ellos seguramente estaban devorándose la boca en cada maldita clase. Hacía días que lo había descubierto y fue por eso que la semana anterior, cuando lo vio ir hacia la facultad de ellos, lo persiguió sin que se diera cuenta hasta que se percató de que se detuvo a verla fijamente, ignorando los chillidos de sus amigas. Desde su ángulo, podía jurar que los ojos de ese profesaron brillaban y le dio tanto asco que volvió a poner su mejor cara y, como si nada hubiera pasado, se acercó a ellas y le hizo un cumplido sobre su nuevo look.

Es que —aparte— se veía como una maldita diosa, no lo pudo evitar.

Para cuando ella aceptó que la acompañara a tomar un taxi para irse a su casa, él se dio el lujo de desafiarlo con una falsa sonrisa de victoria. Todavía no sabía cómo había tenido el valor de hacerlo, pero se sintió parcialmente libre después de eso.

El sonido de la puerta abriéndose llamó su atención cuando notó que se trataba de su siguiente clase. Se preparó para ponerse de pie y el mundo se le vino encima cuando vio frente a él, nada más y nada menos que a InuYasha Taishō.

—Buen día con todos. —Pasó discretamente la mirada por el salón y se detuvo en Dai unos segundos. Los estudiantes hicieron la respectiva reverencia y respondieron a su saludo—. Siéntense.


Las partículas de perfume se expandieron por el vacío físico gracias al envase tipo spray que lo contenía, estampándose mayoritariamente contra la ya muy desgastada toalla de manos que, de blanca, había pasado a ser beige por la eterna manipulación y exposición a la fragancia. Pasó la tela lentamente por su arma, casi religioso, procurando que el brillo fuera visible otra vez. Estuvo en esa tarea unos segundos intensos hasta que dejó la tela lentamente sobre el escritorio y olió la pistola, hondo, sonoro. Era como una terapia secreta que siempre lo había acompañado en soledad y refugiaba ahí sus retorcidos pensamientos, todo lo que estaba bien y lo que no. Y le valía un maldito comino lo que estaba mal. Sus sentidos se llenaron del aroma florar de ese perfume y lo aborreció tanto como lo hipnotizó.

Se levantó de golpe, dejando el arma y yendo a servirse más whiskey, con esa manera compulsiva de consumirlo que tenía desde hacía mucho. Fue un trago limpio y sin rodeos. Pronto, el silencio de la estancia volvió a interrumpirse por el sonido del alcohol salir de su botella y encontrarse con el fondo del vaso de cristal. Con los dedos temblando ligeramente por la ira, volvió a beberse otro trago de una sola vez.

«La espera estaba siendo casi irritante cuando Kagura apareció por la puerta de su despacho sin si quiera tocar, como siempre. La observó sin decir más, esperando que hablara de una maldita vez.

—Usé el rastreador que le puse a su celular para encontrarla —fue lo primero que le dijo, estoica. Naraku se quedó en silencio, esperando más—; estuvo la mayor parte del tiempo bebiendo sola en un bar, yo misma estuve ahí en todo momento para comprobarlo.

—¿Totalmente sola? —Sintió una vena saltar en su frente por la reciente ira. Kagura asintió—. ¿Algo interesante que tengas que decirme sobre esa mujer?

—Sí: intentó besar a InuYasha.

Naraku observó a la fémina frente a él de forma escalofriante y estoica. Como si de una muy mala broma se tratase, él se limitó a respirar con paciencia y a seguir mudo. La joven alzó una ceja, como intentando preguntarle por una reacción ante lo que acababa de soltar. ¿Por qué diablos no decía nada?

—Déjate de estupideces y habla de una buena vez. —Instintivamente, se estiró para tomar uno de sus finísimos y exóticos habanos. Entre el dedo índice y el pulgar, tomó el cigarro y lo fumó, como calculando el tiempo que sostenía el humo en la boca.

—¿Crees que bromearía con algo así? —No lo dijo, pero le dio escalofríos su reacción tan aparentemente calmada.

—Kikyō no haría eso —fue lo único que dijo y volvió a soltar humo de su boca, ante la luz nocturna que se colaba por sus ventanales, alumbrados tenuemente por su lámpara amarilla y opaca—. Nunca.

—Es verdad, no estoy mintiendo.

La respiración de Tatewaki sonó errática sin que este pudiera evitarla. La sangre le hervía por dentro, se le acumulaba en las sienes. En su mente, el rostro de la rata InuYasha Taishō se deshacía en un sangriento accidente y nadie volvía a saber de él.

—Llama a…

—¡Pero no lo besó! —Toriyama lo interrumpió antes de que diera una orden radical como lo esperó. Le dio escalofríos verlo de esa manera, era tan diferente a todo lo que había visto antes … él la miró con odio contenido—. InuYasha no lo permitió, él mismo se quitó y más bien la ayudó a llegar hasta su casa. —Suspiró hondo—. Kikyō estaba tan ebria que se pegaba a la pared para dar un paso. Estaba tan mal, que apuesto a que estaba teniendo alucinaciones. Además… parecía muy arrepentida por la forma en la negaba después.

Se formó un nuevo silencio incómodo en la estancia y ella sintió aún más desesperación. Respirando hondo, esperando por un solo movimiento de su jefe que no fuera solo fumar y fumar ese maldito habano. Después de un rato, él volvió a ponerle atención.

—Cuando sepa qué hacer con ella, te lo diré. —Desvió la cara hacia los ventanales—. Puedes largarte ya.

Kagura dejó ir el aire contenido, con una mueca de resignación. Si no había entendido mal, ya no mandaría matar a InuYasha. No tenía idea de qué pasaba por la mente de ese psicópata, pero, al parecer, la venganza iría en contra de Kikyō.

—Como quieras».

Matar a InuYasha no le hubiera servido de mucho, además, el maldito no representaba una amenaza para él, lo sabía perfectamente. Kikyō era la que debía aprender que por muy ebria que estuviera, ella le pertenecía, le debía un maldito respeto casi religioso y no debía intentar besar a nadie más. Incluso si estaba delirando, le valía muy poco. Porque esa vez le había perdonado la vida al imbécil ese, pero la siguiente vez ya no habría oportunidad para nadie


El marcador de tinta borrable dejó un camino inestable por la pizarra cuando Hōjō se dio por vencido. InuYasha lo observó desde su puesto, complacido y sin poder evitar aquella ligerísima sonrisa de triunfo. Con solo haber logrado una mala nota por fallar una actividad en clases, InuYasha había conseguido que su ego no quedara por el suelo tras la guerra que le había declarado el día que halagó a Kagome como si fuera algo suyo, se la llevó y le sonrió de esa manera tan arrogante.

Si él ya se había dado cuenta cómo estaba la situación, pues le importaba muy poco lo que viniera después.

—No puedo resolverlo. —Dijo por fin, evitando la mirada y ante la vista de todo el salón.

—Siéntate, Hōjō —Taishō se levantó y tomó el marcador para hacer una anotación—, sabes llevar el proceso perfectamente, pero debiste detenerte aquí —señaló un par de signos— para analizar que esta condición es totalmente imposible, por lo tanto, la ecuación no tiene solución. Si no eres capaz de identificar esto en el proceso, aún deberías practicar —se notó tanto la especial atención que InuYasha estaba dándole a Hōjō, que los estudiantes se miraron unos con otros— y todos ustedes también —se dirigió por fin al resto.

—Supongo que tiene razón, Taishō-sama, hay cosas de las que debo darme cuenta en el proceso… —pronunció con voz queda, intentado tragarse el odio—, para notar rápido cuándo las cosas tienen o no solución.

El aludido no dijo más sobre aquello, simplemente se dedicó a mirarlo con un profundo desprecio que intentó disimular apenas cuando notó que estaba trabajando.

—Esta actividad será calificada, pero no te preocupes —le avisó, estoico—, que con tu excelente récord ni se sentirá.

Hōjō asintió y le dedicó una enorme sonrisa falsa.

«Maldito seas, InuYasha Taishō».


Cuando llegó a la meta y su cabeza se puso en contacto con la superficie, abrió la boca para tomar aire y quitarse los protectores. No estaba controlando el tiempo, ya que aquella práctica extra se trataba de un escape para dejar de sentir tanta ira. Suspiró hondo y sonoro cuando los recuerdos llegaron a su mente como un rayo.

«—¿Crees que le desagrado a Taishō-sama?»

Dai la había invitado a almorzar como hacia mucho que no pasaba. El joven traía un muy mal semblante, uno tan amargo, que Kagome pensó que estaba enfermo. Durante todo el camino al restaurant estuvo algo incómoda y pensó que se debía a su lejanía reciente. Hacía mucho que nada pasaba entre ellos y, para ser sincera, había perdido absolutamente todo deseo por él y no sabía cómo enfrentarlo. Cierto era que jamás estuvo obligada a nada con él, pero de alguna forma se había formado una especie de raro compromiso y sentía extraño no poder reaccionar de forma libre y decirle que ya no quería absolutamente ningún derecho especial en esa amistad, sin embargo, no se trataba de eso y apenas empezaron a comer, él le había soltado aquella pregunta tan extraña.

Por supuesto que a InuYasha le desagradaba Hōjō, ya se lo había dicho. Ella sabía que Taishō se sentía desplazado como tutor y como amigo por Dai, así que no debía pensar mucho para darse cuenta de que el rechazo por parte de su tutor, era evidente, sin embargo, Kagome Higurashi decidió negar; no sabía si se trataba de un vano esfuerzo por hacerlo quedar bien ante Dai o porque simplemente no quería alimentar una idea que implicaba conflicto. Con todas esas ideas, se inclinó en la mesa, sostuvo su quijada sobre la mano y le sonrió lo más dulce que pudo para decirle que no creía que aquella afirmación fuera verdadera.

«Lo escuchó respirar tan sonoramente, que la cara del joven se puso más pálida de lo normal.

—¿Tú crees? —Miró para un lado, notando a la gente disfrutar de sus alimentos—. Pues hoy ha ido a suplir a nuestro maestro de matemáticas, Kinomoto-sama y…

Kagome pestañeó sin entender y empezó a fruncir el ceño en señal de confusión.

—¿Sí…?

—Ha puesto a propósito un ejercicio de matemáticas imposible de resolver para que yo lo haga en clases, claro, sin buen resultado —inspiró hondo—, luego se ha burlado de mí en plena clase, me ha humillado diciéndome tonto por no poder darme cuenta en el proceso de que el ejercicio no tenía solución y, para colmo, me puso dos notas de cero sobre diez y…

—¿Qué? ¿De qué hablas? —Las malas acciones habían sido tantas, que Kagome se sintió ofendida. No podía creer una palabra, eso debía ser una broma—. ¿Estás hablando de InuYasha…?

—Sí, de él. —La miró directamente a los ojos. Pudo comprobar una vez más aquello que había llegado a concluir: ellos estaban enamorados, quizás desde siempre, ¿cómo diablos no se había dado cuenta él de eso tan obvio? Se tragó la ira—. Fue una experiencia terrible».

Se mordió los labios de puro odio mientras se secaba el cuerpo. InuYasha no podría haberse comportado de esa manera, es que era imposible que hubiera llegado a hasta esos extremos, ¡no!

Negó con la cabeza y empezó a recoger las cosas que había dejado a la orilla de la piscina antes de irse a casa. Ya debería dejar de pensar en todas esas mierdas y concentrarse en su vida. Mientras metía sus pertenencias en la bolsa, escuchó pasos acercarse por la parte de arriba del natatorio. Regresó la vista y lo que vio la dejó fría: InuYasha Taishō la miraba desde su ángulo con una expresión seria y fría como el hielo. Se veía imponente desde ahí, con su hermosa melena oscura cayendo por su espalda y parte de su pecho. Parecía que había llegado corriendo hasta ahí, sin embargo, pese a la urgencia, no le había dicho ni una palabra hasta que Kagome decidió hablar.

—¿A quién buscas? —Por la acústica del lugar, no necesitó alzar la voz para saber que la había escuchado perfectamente. Volvió a su labor rápidamente y puso su mejor cara estoica.

—A la única que estaría nadando a las dos de la tarde en este lugar —le respondió después de unos segundos, empezando a bajar las escaleras—. Llamé a tu casa y nadie contestó, supuse que estarías aquí después de todo.

Cuando la tuvo en frente, no pudo evitar sentir que algo dentro se removía a tal punto, que una presión lo oprimía desde sus sienes hasta la nuca. Casi respiró errático. La huella de su beso todavía le quemaba los labios y aunque había pensado en aquello todos los días después de eso, no había logrado tomar ninguna decisión y Kagome parecía cada vez más irritada. Ella alzó la cabeza para encontrarse directamente y la vio falsear un instante. No se dijeron palabra. InuYasha ya se había acostumbrado a su nuevo look de cabello corto que acentuaba sus facciones y le daba un toque de inocencia a su expresión.

Tenía miedo de decirle algo sobre lo que había pasado, volver a tener esa conversación incómoda que no llegaría a ninguna parte. No sabía cómo abordarlo y en vez de enfrentarlo, de preguntarle directamente sobre ese beso, huía. Y quizás era cobarde porque tenía miedo de escuchar la verdad.

—¿Para qué me andabas buscando? —Se aclaro levemente la garganta después de sentir el corazón querer salirse por su boca. No podía creer que todo aquello hubiera pasado, si el InuYasha que estaba frente a ella era un caballero y hombre inteligente, no un niñato engreído y ella lo sabía.

—El director de tu facultad te manda estos documentos —le extendió un sobre manila que ella no demoró en tomar. Pareció bajar la guardia y evitar verlo a los ojos.

—G-gracias —volvió a aclararse la garganta y fue muy evidente el nerviosismo que la consumía. Las mejillas se le pusieron rosadas por la pena y observó los detalles del sobre con más detenimiento: eran acerca de la competencia institucional que tendría en una semana—. Son sobre la competencia… —comentó, con la emoción subiendo a grados. Su sonrisa también se fue intensificando a cada respiro y por un momento olvidó todo lo malo. Sacó los documentos con las manos temblorosas y los leyó rápidamente—. Oh, por Dios… —abrió la boca en señal de sorpresa, con los ojos cristalizándose. InuYasha la miró expectante, contagiándose de aquella genuina emoción y empezando a dibujar una ligera sonrisa también.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—¡InuYasha! —Alzó la mirada que tenía lágrimas y sonrió más ampliamente—. ¡Clasifiqué a las interinstitucionales sin necesidad de competir en las institucionales, esto es increíble! —Se llevó los temblorosos dedos a los labios para intentar esconder su expresión de llanto, pero llena de felicidad. Había esperado eso por mucho y ahora resultaba que había clasificado solo en los ensayos, la habían exonerado porque, según el documento expedido, había demostrado capacidades dignas de una nadadora de alto nivel.

—¿Lo dices en serio? —Se asombró muchísimo y no pudo evitar dejar escapar una sonrisa de satisfacción que le reconfortó el pecho—. Vaya… felicidades, Kagome.

—No lo puedo creer…

El joven maestro dio un par de pasos sigilosos hasta ponerse muy cerca de ella, extendió su mano y el pulgar secó ambos ríos de lágrimas que mojaban las mejillas femeninas. Fue un roce tierno que tomó por sorpresa a Kagome, cuyos orbes chocolate se abrieron con intensidad al notar el escalofrío que la caricia le proporcionó. No se movió ni un segundo mientras los dedos de InuYasha se deslizaban por su rostro de forma tranquila, sin ninguna prisa. Había dejado de llorar en aquel instante por la impresión y no fue capaz de verlo a la cara. Por su parte, el ambarino se había quedado colgado del momento, con el corazón acelerado ante el reciente entumecimiento del cuerpo de Higurashi, que parecía haber dejado incluso de respirar con aquello. Notó cómo el color en las mejillas se intensificaba con el pasar de los segundos y aquello le instaló una sensación caliente en el estómago. Sin pensarlo demasiado el pulgar bajó lentamente hasta las comisuras, haciendo un viaje con paradas que pedían permiso de avanzar. Kagome no decía nada, no se movía, solo dejaba que la caricia siguiera. Aquello era como un juego arriesgado que parecía inofensivo mientras no se jugaba, mientras lo admirabas de lejos, pero que con un nivel simple se encendía como el mismo infierno. Era peligroso. Después de colgarse en la comisura por otro par de segundos, se deslizó suavemente por el labio inferior, como si fuera una tortura.

Kagome podía jurar que su corazón se escucharía dentro de aquel lugar de lo fuerte que estaba latiendo. El labio le tembló sin que pudiera evitarlo ante lo tibio de las falanges. Respiró erráticamente cuando sintió que aquello le estaba quitando el aire. InuYasha siguió el camino suave por el labio superior hasta que el aliento tibio de Kagome le golpeó las yemas. Aquel ligerísimo suspiro que había acabado de soltar pareció encender una llama dentro y la urgencia de acercarla más a él casi lo ciega por un momento. Sabía que estaba mal, pero no podía evitar hacerlo, necesitaba volver a sentir sus labios incluso si no era sobre los suyos. Tragó tan duro, que casi se atraganta. Respiró hondo cuando recordó que en ese lugar habían malditas cámaras de seguridad y todo lo que traía por dentro se fue a la mierda.

—T-tenías lágrimas en los ojos —le dijo finalmente y la voz le sonó ronquísima. Se separó al instante de ella como si quemara.

Y tal vez sí lo hacía.

—No te hubieras molestado —respondió agria, muerta de iras por dentro, con su boca quemando por la viva caricia que él le acababa de dar y que tan abruptamente había terminado. Instintivamente aplastó sus labios uno contra otro para evitar sentir aquello, pero fue en vano—. Pero gracias por traerme esto. —Suspiró.

Él, todavía turbado por lo que acababa de pasar, la miró confundido.

—Yo...

—Creo que ya debo irme —se agachó para tomar su bolsa, con la intención de salir corriendo de ese lugar—. Nos vemos en clases.

Giró sobre sus pies y dio un par de pasos antes de escuchar que él la llamaba.

—Espera, espera un momento. —Extendió la mano cuando la vio partir y esperó a que ella se detuviera y así lo hizo. Respiró hondísimo sin saber qué decirle justo ahí. Se sintió como un maldito cobarde. Había cosas en la vida que solo Kagome había logrado en él y hacerle tener miedo de dar un paso era una de ellas—. Podría acercarte a tu casa. —Resolvió decirle.

La aludida volvió a falsear, loca por regresar a él, aunque fuera sin tocarlo, poder mirarlo a los ojos y decirle que disfrutaba de su compañía como no lo hacía con nadie más, pero nuevamente se quedó ahí. Negó lentamente con la cabeza, sin embargo; no podía seguir alimentando esas tontas esperanzas. Quizás InuYasha sí que sentía una atracción por ella, pero estaba casi segura de que sus caminos eran completamente distintos.

—No, tranquilo, yo… debo hacer unas cosas aún aquí —lo miró de reojo y soltó una sonrisa cansada. Suspiró.

—Esa mentira… —lo escuchó decir con voz seria y no pudo evitar verlo nuevamente, frunciendo el ceño—, ¿dónde la he escuchado antes? —InuYasha había vuelto a cambiar su expresión y ahora se hacía cada vez más tensa. Quien carajos le iba a decir que, a ese tiempo, estaría aceptando que aquella incomodidad que había sentido ese día se parecía tanto a la que experimentaba cada vez que pensaba en Hōjō y Kagome juntos—. Claro, el día de tu cumpleaños.

—¿Qué…?

—¿Realmente te quedas a hacer algo aquí o simplemente no te animas a decirme que no puedes ir conmigo porque tienes otro compromiso? —Dejó ir las palabras tan rápido, que ni siquiera respiró entre la pregunta.

K soltó una risita incrédula y volvió sobre sus pies. No podía ser posible, si era lo que se estaba imaginando.

—¿De qué hablas?

—Lo que pasó en tu cumpleaños, ¿acaso no lo recuerdas? —Sin querer hizo puños, sintiendo la rabia corroerlo por dentro. Se sentía muy frustrado—. Te dije que te acercaba a casa y dijiste que tenías que hacer algo, pero apenas estaba saliendo, ¡resulta que el tonto ese de Hōjō te estaba esperando en la salida! —No supo en qué momento alzó la voz hasta que notó la expresión estupefacta de Kagome. Él sabía perfectamente que el enojo no era con ella.

—¿E-el tonto de… Hōjō? —Negó lentamente.

Entonces era cierto: InuYasha había hecho todo eso con Dai, ¿realmente lo había hecho? Sintió una decepción avasalladora golpearla.

—¡Sí, ese idiota! —Explotó, cruzando el espacio con un brazo, en un gesto de desesperación. Tomó aire después de un momento de haberse dado cuenta de lo que había dicho. No soportaba saber que Kagome prefería a ese niñato, incluso que lo quería, no soportaba saberlo cerca, halagándola siempre, diciéndole todo lo que él no se atrevía a decir. Y tampoco soportaba su maldita actitud arrogante que disfrazaba bajo esa cara de estúpido niño bueno que tenía. Lo detestaba y ya estaba la guerra desatada entre ambos.

Lo detestaba y ya no iba a esconderlo más.

Re-al-men-te-lo-de-tes-ta-ba.

—De verdad no puedo asimilar que él tenía razón cuando dijo lo que hiciste hoy en clases y yo no le quería creer… —caminó a paso lento hasta él para encararlo. ¡¿Qué demonios había en esa mirada esquiva?! ¡¿Por qué no podía entender sus malditas razones?! Si tan grande era su ego como para hacer eso, entonces realmente no era la persona que ella creía.

¿De quién demonios se había enamorado…?

—Ah, ahora resulta que vino a contarte un chisme —desvió la vista para intentar disipar la adrenalina en su cuerpo. La cercanía de ella era peligrosa y lo sabía, pero todo aquello mezclado con la ira que le causaba Hōjō era mucho más jodido—. No puedo creerlo…

—¡No! ¡No puedo creerlo yo! ¡¿Cómo pudiste hacerle eso?! —Con su dedo índice le hincó el pecho como un reclamo. Era demasiado increíble aún—. ¡¿Qué es lo que te pasa?!

—¡¿Qué es lo que te pasa a ti que lo defiendes como si fuera algo tuyo?! —La miró directamente por fin y ella no se amedrentó.

Era obvio que InuYasha no tenía idea de lo que Kagome estaba pensando sobre las exageraciones de Hōjō, por lo que, nuevamente, ambos estaban por caminos muy separados.

—¡Es mi amigo!

—¡Es tu amigo, pero parece más tu novio!

Hubo un segundo de silencio, fue un punto mudo en el espacio y el tiempo. InuYasha razonó que las palabras de Kōga se le habían vuelto en contra en ese momento, demostrando lo mucho que las había pensando y analizado desde el día en que las escuchó. Abrió ligeramente la boca cuando vio que los ojos cafés tan expresivos se llenaban de lágrimas y se sintió miserable. Intentó decir algo hasta que la vio ir a él en cámara lenta, cerrar los ojos, estirar los brazos con fuerza hacia él y gritarle algo que se perdió entre su vértigo.

—¡No entiendes nada, eres un idiota!

El sonido del cuerpo de InuYasha cayendo sobre el agua rompió el silencio en el natatorio. Las gotas saltaron violentas por la forma en la que había sido empujado, mojando todo a su paso. Higurashi se secó las mejillas, tomó sus cosas y se marchó casi corriendo.

Taishō alzó la cabeza, asimilando lo que acababa de pasar. En un par de segundos y después de quitarse el agua de las pestañas, vio que estaba absolutamente solo. Agradeció haber dejado su celular en el auto y se aferró al filo de la piscina. El odio que sintió por todo el mundo en ese momento no podía medirse. Miró para la cámara de seguridad lentamente y soltó una palabrota en voz baja. No podía ser cierto lo que acababa de pasar. Kagome no podía haberlo lanzado por discutir sobre Hōjō.

No…

—¡Eres imposible, Kagome Higurashi, maldita sea!

Continuará…


Esta es ya de las últimas peleas, lo prometo xdd

Una nota aclaratoria de este fic: sé que quieren que haya interacción sexual InuKag, lo sé, pero el fic no está hecho para eso [por ahora] y aviso que ese evento pasará después de los 20 capítulos, así que agradezco su espera. Disfruten este "romance" lleno de ideas erradas que pronto tendrán su momento feliz cuando todo se aclare y hayan vivido cosas que los hagan crecer como personas. Gracias por su apoyo.

Saludos con todo mi amor a: angieejp, GabyJA, arcprz, manu, Fuentes Rodriguez, Annie Perez, Marlenis Samudio, Bombi-Chan, Megoka, yancyarguetaf, Katys Camui, Iseul, LadyTaisho.