.

.

.

Capítulo 18.

La puerta de su casa se cerró con fuerza cuando llegó. Corrió hacia su habitación después de quitarse los zapatos y las medias para buscar un par de toallas limpias y secas. Tenía mucho frío como para esperar así una ducha. Se quitó la camisa y los pantalones, quedándose en ropa interior, secó su cuerpo casi con odio con una toalla y con la otra se terminó de secar la cabellera. Después de un momento, ingresó a la bañera a esperar que el agua se calentase.

Inspiró hondo. Pasó una mirada por el mueble en donde estaba su televisor, fotos de sus padres, de su familia, de sus amigos, una foto con Kagome… y aquel especial amuleto que conservaba en una pequeña vitrina de cristal: el amuleto de la perla de Shikon que le había dado cuando se conocieron. Bien, en realidad no se lo había dado como tal, pero se enteró de que era para él, así que prefirió simplemente tomarlo en vez de extender la pena de ella por la forma tan desastrosa en la que se habían conocido. Sonrió levemente ante el recuerdo y una pequeña punzada en el pecho le hizo abandonar el gesto casi de inmediato. Tener ese amuleto era recordarla todos los días y, aunque mientras había estado con Kikyō, estaba perdiendo drásticamente la costumbre de mirarlo, aquel detalle siempre permanecía ahí, recordándole que por mucho que él lo hubiera «olvidado», realmente jamás había desaparecido.

Inhaló hondo cuando se dio cuenta de que era lo que había pasado con sus sentimientos por Kagome. Era exactamente lo mismo.

Tuvo deseos insanos de ir hasta la sala y sacar el celular del portafolio, que seguramente había volado a algún mueble, llamarla y decirle un montón de cosas, o quizás nada, o simplemente ir hasta su casa, atreverse a dar un paso más allá, besarla hasta ya no poder más y volverse loco con la primera caricia si es que ella realmente se atreviera a corresponderle. Tenía ganas de hacerlo incluso si sabía que tal vez no tendría éxito, pero tenía muchas ganas.

De las cosas que Kagome le había hecho sentir en la vida por primera vez, era, por ejemplo, el miedo.

Mucho miedo.

«Hacía al menos un par de semanas que todo había ocurrido y era consciente de que su frialdad con Kagome se notaba. Ella estaba tratando de levantarle el ánimo, de recuperar su buen humor, era demasiado evidente, sin embargo, InuYasha no hacía más que pensar en cómo decirle aquello que había decidido hacía poco.

No importaba lo que ella dijera, en realidad no tenía reparo en lo que estaba sucediendo, solo pensaba, en su mente dolida y dominaba por un sentimiento muy negativo, que aquello, de alguna manera, la heriría como ella lo había hecho con él. Y no estaba siendo consciente de si Kagome lo sabía o no, solo necesitaba disipar la incipiente rabia que crecía en su pecho, el desagrado desmedido hacia Akitoki y la ira contra sí mismo por ser tan patético.

—¿Tú qué dices, InuYasha? —La oyó decir de pronto, después de haber estado hablando durante unos segundos—, ¿crees que…?

—Me gusta tu hermana.

Lo soltó.

Lo soltó, fue seco, fue frío y casi automático. Vio claramente cómo el rostro femenino cambiaba la expresión a una agria y confundida.

—¿Qué…? —Ladeó un poco el rostro por la incredulidad. Cerró fuertemente los ojos y después sonrió. InuYasha seguía sin verla a la cara, con su expresión muy seria y un semblante tenso, mucho—. ¿Qué cosas estás diciendo —soltó otra risita—, InuYasha? No…

—Estoy pensando en invitarla a salir. —Prosiguió, como si no estuviera pasando nada. Enfocó la vista en su celular y jugueteó con él. Ella no se movió de su lugar. Ayame y los demás habían ido por cosas a la tienda antes de seguir con la tarde de videojuegos, así que se habían quedado solos por fin, como siempre lo hacían, como si ellos fueran una maldita pareja—. ¿Qué me recomiendas? —Soltó estoico y la miró directamente.

Ella volvió a soltar una risita incrédula. Negó con la cabeza.

—Es broma, ¿no? No puedes estar hablando en… —se obligó a callar cuando vio que InuYasha no cambiaba su expresión, ni siquiera pestañeaba y parecía mirarla muy decidido. Tragó duro, cayendo en cuenta de la realidad—. Oh…

—¿Me vas a ayudar o no? —Insistió.

Quería ver una maldita pizca de celos, quería que lo abofeteara, que dijera que lo de Akitoki era una broma, que todo era un malentendido, pero no, a cambio de eso, la vio inspirar hondo, como si se tragara algo, alzar el mentón, ponerse mucho más seria que antes y pestañear más lento.

—Invítala a salir, le gusta el sushi y odia las sorpresas, debes hablarle con anticipación —comentó con voz plana, volviendo a ordenar un par de cosas en la mesa de centro de la sala—. Te estaba preguntando si crees que está bien que estos snacks vayan mejor en este bowl —siguió diciendo y no volvió a mirarlo.

Él no pudo creer lo que pasó, simplemente no podía… se había metido en un maldito compromiso y ella parecía tan tranquila mientras él estaba ardiendo por dentro. Estuvo a punto de decirle algo cuando todos entraron por la puerta principal, formando una algarabía.

—¡Eeeeh!, ¡qué pasó! ¡¿Y esas caras largas?! —Gritó Kōga desde la entrada, con un par de cervezas en las manos.

Todos los miraron de forma preocupada.

—Kagome…

—¡Sí! ¡Creo que definitivamente este será el orden! —Comentó ella con mucha emoción. Alzó la vista después de unos segundos y les sonrió—. ¡Vengan, no se demoren!»

Después de aquel momento, había perdido toda esperanza con Kagome, intentó desechar todo aquello con ira, intentó ignorar el hecho de que ella pareció de acuerdo con su petición así que lo hizo realidad, llegó hasta los extremos de pretender a Kikyō y lo único que consiguió fue haberse enamorado de ella. Había encontrado a una gran chica ahí y sin darse cuenta, había ido cayendo, sin embargo, siempre existió algo que se sintió distinto, como si cierta cosa faltara en su relación, como si no estuviera completo de parte de los dos.

«—No le digas a Kagome que estoy con alguien»

Frunció el ceño y volvió a pestañear. ¿Era eso? ¿Es que nunca se pertenecieron y solo habían encontrado refugio uno en el otro para intentar rellenar el hueco que otras personas habían dejado en sus vidas?

Con Kikyō había encontrado una falsa estabilidad, un lugar donde creía estar protegido de todo el dolor y de todo lo malo. En Kikyō pensó encontrar el mismo refugio que había descubierto en Kagome y era obvio que no había podido ser. De la misma forma, la mayor de seguro que había buscado algo en él que algún ex amor le había dejado marcado. Respiró con fuerza, sintiéndose increíblemente mal. Si bien todo apuntaba a que Kikyō lo había utilizado, él había sido el real hijo de puta que la había pretendido para intentar hacerle daño a Kagome.

Si lo pensaba más fríamente, la ofendida debía ser ella.

Se detestó mucho de nuevo. Tenía claro que, si había algo que se llevaba de su relación con Kikyō, era lo maduro que podría llegar a ser, la paciencia y el control de su temperamento. Y aunque sonara contradictorio, porque había cosas que lo sacaban de sus casillas, él realmente dominaba sus emociones mejor que antes, trataba de no hacer estupideces por impulso. Nada como intentar hacerse novio de la hermana de la mujer que le había abierto una honda herida en el corazón.

¿En qué diablos estaba pensando cuando hizo todo ese espectáculo si de todas malditas maneras volvería al mismo lugar y, a pesar de todo lo que se esforzara, estaría atado a Kagome como con una cadena? ¿De qué diablos había servido tanto alejarse e incluso el pensar casarse con Kikyō si de todas formas había vuelto al punto de partida?

Él y Kagome no estaban hechos para ser solo amigos.

O lo eran todo o no eran nada. Y ya lo tenía muy claro.


Dejó escapar el aire cuando tiró las cosas sobre la cama y se tapó los ojos con una mano. Estregó las palmas sobre la nariz y luego las rodó hasta las mejillas, haciendo un viaje inestable de arriba hacia abajo. Se sentía increíblemente frustrada y respiraba de forma errática. Después de un momento de pensar y pensar, se sentó de golpe en la cama.

Estaba cansada, realmente lo estaba.

Esa tensión, esas peleas absurdas, aquella atracción violenta, todo lo bueno y todo lo malo que InuYasha le causaba ya la tenían agotada. Su rostro estaba contraído por la pena, realmente se había pasado al hacer eso, al tirarlo a la piscina. En el momento solo pensó en la ira que la dominó y en la terrible decepción que le causó pensar que el hombre que había amado tanto tiempo, a quien había considerado un ser humano casi perfecto, se hubiera atrevido a humillar a un estudiante haciendo uso de su poder como profesor. Y menos por un pleito de ego.

Todavía recordaba la vez que lo había encontrado haciendo servicio social en un orfanato de la ciudad.

«Había llegado a ese lugar porque lo había elegido en la lista que le habían brindado esa mañana. Los primeros semestres siempre hacían esas cosas, según tenía entendido, así que decidió que hacer caridad en un orfanato le iría perfectamente, ya que adoraba estar con los niños, le daban tanta vida…

Estaba buscando a alguien que le ayudara cuando su mirada divisó a InuYasha entre los pequeños. Abrió ligeramente la boca por la sorpresa y caminó hacia él mientras lo procesaba. No tenía idea de que él fuera a esos lugares por voluntad. El corazón se le infló de orgullo sin que lo pudiera evitar. Sonrió ampliamente.

—¿InuYasha?

Él dejó de hablar y hacer las muecas a los niños de inmediato. Se quedó de piedra. Carraspeó ligeramente sin verla a la cara y se enderezó. Los niños de entre siete y diez años que estaban frente a él, se quedaron en silencio un momento, esperando a que su chico les diera indicaciones. Todos parecían muy educados. Kagome miraba la escena fascinada.

—Y algo así decía el cuento. —Prosiguió, con voz más seria—. Vuelvan a jugar a las escondidas hasta que recuerde la segunda parte de la historia, ¿sí?

—¡Sí, InuYasha! —Corearon y empezaron a dispersarse en la sala junto a otros pequeños.

Kagome soltó una risita al admirar la situación en silencio. Era… sublime.

—No sabía que te gustara lidiar con niños.

—E-es un servicio social para la universidad, en realidad—carraspeó, ligeramente sonrojado—. Ya sabes. —esa fue su respuesta, aún no podía mirarla a la cara. Se sentía algo apenado, sin embargo, el hecho de saber que era ella quien lo había encontrado en ese sitio le parecía… bien.

Lo hacía sentir bien.

—¡Eh, InuYasha! ¡Vas a jugar videojuegos conmigo esta vez y no con Sōten! —La voz chillona de un pequeño llamó su atención. Se ladeó para verlo, con una sonrisa amable.

—¿Quién es el niño? —Por supuesto que ella se había dado cuenta de que él lo frecuentaba por la forma tan cercana en la que el pequeño le había hablado. InuYasha parecía avergonzado por alguna razón y se había quedado mudo.

—¡Soy Shippō! —Exclamó con energía—. Tú debes ser la tal Kagome, ¿no? —frunció el ceño y ambos jóvenes regresaron la vista a él, confundidos—, la mejor jugadora con la que InuYasha ha jugado, ¿verdad? —los ojos de ambos se abrieron a la par, empezando a sonrojarse todavía más— pero mira, niña, que seas la novia de este tonto, no te hace mejor jugadora que yo.

—¡Cállate, mocoso! —El regaño avergonzado que soltó InuYasha había quedado para la posteridad. Kagome no pudo evitar sonreír, con el corazón latiéndole en las sienes.

¿InuYasha hablaba de ella con los niños? ¿Había dicho que era la mejor jugadora con la que había jugado? Las discusiones de él con el pequeño quedaron atrás cuando a su mente llegó la idea de que no, ella no era la mejor, de hecho, era Ayame. Y era con la que más había jugado. Sintió que se le cortó la respiración y un pequeño retorcijón en el estómago la hizo quejarse. Fue algo excesivamente bueno, tanto, que le causó malestar. Las discusiones pararon al instante y ambos la miraron con preocupación. InuYasha no tardó casi nada en acercarse a ella y tomarla de la muñeca que sostenía unos documentos.

—¡¿Estás bien, Kagome?! —Sus ojos dorados reflejaban preocupación pura. El mínimo signo de inconformidad en ella le parecía extremadamente peligroso.

—S-sí… —balbuceó.

Reparó en el agarre firme de InuYasha y la cara volvió a pintarse de rojo. A Taishō le pasó lo mismo, así que la soltó unos segundos después.

—Ewww, las parejas —Shippō volvió a quejarse, poniendo cara de asco.

—¡Shippō, maldito enano! —InuYasha volvió a él con cara de pocos amigos y relajó la expresión justo al instante en el que la cantarina y dulce risa de Kagome se dejó escuchar.

—No cabe duda de que se llevan muy bien».

Y habían coincidido cada semana después de eso. InuYasha iba muy seguido, más de lo que ella podía creer. Con el tiempo, se fue ocupando más y sus visitas se redujeron considerablemente, aunque nunca terminaron. Sabía que hacía un par de semanas había ido. Ella ya no lo frecuentaba tanto por sus ocupaciones, pero de vez en cuando se escapaba para llevarles algo. Sus padres también colaboraban con el orfanato y eso la hacía sentir algo más tranquila.

Y ese era el InuYasha que ella conocía, el que ni siquiera quería ser descubierto ayudando a los demás, siendo tan humano.

¿Y si Hōjō lo estaba exagerando?

No, las expresiones que él le había contado coincidían mucho con las que InuYasha había mencionado en el natatorio, todo tenía sentido, encajaba. Se levantó y abrió su cajonera más grande del escritorio, de donde sacó una hermosa cajita de regalo. Volvió a la cama y la puso en sus piernas. Paso los dedos finos por el contenido y sintió una opresión en su pecho.

Había amado a InuYasha tal vez desde siempre, no sabía definir un momento exacto, pero no solo se trataba de su atractivo, de su carácter o de su personalidad tan irresistible, sino de su inteligencia, de su decisión, de su valentía, de su protección, de lo humano sensible que era, de lo talentoso. Él adoraba el diseño gráfico, pero no había podido conseguir todavía su sueño. Le gustaba tomar fotos, ir a la playa, hacer ejercicio, trabajar, ayudar a los demás, jugar videojuegos con su prima, tomar el té con sus amigos, comer, la gaseosa bien helada, las hamburguesas con doble carne… le gustaban los gatos, aunque no podía tener ninguna mascota y solía alimentar animalitos sin dueño en su barrio.

¿Por qué diablos no iba a creer que era perfecto? ¿Por qué no iba a estar tan enamorada de él? ¿Por qué no iba a pensar en cada cosa que amaba y que odiaba como si fuera vital tener esa información en su cerebro? Sacó una foto en la que estaban juntos, una que ella había tomado con su celular y aunque él parecía tener expresión seria, en sus ojos había brillo, había vida. Y la diferencia era grande con la mirada ámbar que había encontrado cuando apenas lo conoció.

Otras tantas de sus salidas, de sus proyectos juntos, de sus reuniones, de la celebración que hicieron cuando a InuYasha le habían dado trabajo como maestro en la universidad de la que ella pronto se graduaría. No se había puesto a meditar en cuántos eventos importantes había estado presente y viviéndolos junto a él. Por eso jamás había podido superar aquel preciso instante en el que él había dicho que le gustaba su hermana. Una parte de ella se había amargado para siempre desde ese día.

Y, ¿qué causaba ahora? Que estuviera riñendo siempre, pensando que sus sentimientos eran un absurdo, odiándose por quererlo, histérica, cortándose el cabello por frustración… su cabello, lo que tanto amaba. Y lo peor de todo es que a él también le gustaba tal y como era. Soltó las fotos alrededor del regalo y suspiró hondo.

Le había comprado una cámara que había cargado con fotos de paisajes que él mismo había tomado el celular de ella y que conservaba en su PC. El resto eran muchas fotos reveladas de ellos, de sus amigos y de muchos momentos inolvidables que habían vivido.

Juntos.

Las manos le temblaron. En pocos días sería su cumpleaños y ella había estado preparando ese detalle por semanas. No sabía si debía entregárselo, ni siquiera sabía si el miércoles tendrían tutorías y para el viernes, que era el gran día, ni siquiera sabía si no la habría bloqueado de WhatsApp.

Era InuYasha o era creerle a Hōjō.

Y entre Taishō y el chico que había estado ahí los últimos meses de su vida, apoyándola y ayudándola mucho, lamentablemente —para Dai— estaba InuYasha.

Y siempre estaría él.

Incluso si probablemente su tutor tenía la culpa.


Había perdido la noción del tiempo mientras sus dedos repiqueteaban sobre el cuero de su cartera que descansaba en las piernas. No supo qué había sido del camino hasta que el taxista le dijo que por fin habían llegado y fue ahí cuando notó que el auto ya no estaba en movimiento. Se mordió los labios por los nervios. Pagó su carrera y se bajó sin más.

Miró la casa tan bonita frente a sus ojos y suspiró hondo. Tenía que ser valiente y afrontarlo todo, por el bien de él y por el suyo propio. Caminó y sus ligeros tacones se escucharon por la calle de piedra. Tocó el timbre y después de un par de timbradas escuchó una voz conocida por el auricular.

—Residencia Hōjō.

—¡Hola, señora! Soy Kagome. —Intentó que su voz sonara lo más amable y jovial posible y al parecer, lo había logrado.

—¡Oh, qué gusto verte, querida! ¡Pasa, ya te doy acceso! —La amable mujer también había sido muy efusiva.

Eso la hizo sentir peor. Sabía perfectamente que ella quería que tuviera una relación con Dai, pero era claro que eso jamás pasaría. Sonrió lo mejor que pudo mientras era guiada por la sala. La señora de servicio también la saludó y ella volvió a sonreír en respuesta. Estaba muy nerviosa. La madre de Dai le dijo que él estaba en su habitación así que K subió sin más, dejando de lado el miedo y haciéndolo rápido para terminar con aquella situación tan complicada y estresante. Cuando llegó a la puerta se detuvo, tomó aire hondamente y después de unos segundos, tocó, insegura.

—¿Quién? —Lo escuchó decir desde adentro, con su típica voz apacible.

Abrió la boca para contestar, pero las palabras se le atoraron en la garganta; se la aclaró inmediatamente y carraspeó.

—¡Soy Kagome!

Se hizo un silencio sepulcral que le hizo tener escalofríos.

Del otro lado, Dai había abierto la boca por la estupefacción. Era la primera vez que Kagome iba a su casa sin haberle avisado y llegaba hasta su cuarto. Se llenó de una adrenalina inusitada y se levantó rápidamente para poder ordenar un par de cosas. No dijo una palabra mientras. No podía ser posible que ella hubiera llegado hasta ahí, ¿acaso habría conseguido que se decepcionara tanto de InuYasha que había ido a pedirle consuelo? La sola idea le descolocó el sistema nervioso. Por un momento, quizás dejaba de lado el tema de Taishō y lograría hacer feliz a Kagome. Total, si Higurashi lo que quería a él, el tutor no tenía nada más que hacer ahí. Sonrió.

—¡Un momento! —Le gritó después de un rato. Se detuvo en medio del espacio entre sus cosas y la puerta, arregló su cabello con ambas manos y suspiró—. ¡Hola, Kagome! —Le brindó su mejor sonrisa y la invitó a pasar.

La aludida lo miró extrañada. Se sentía muy raro volver a entrar ahí con lo que tenía para decirle. Suspiró cuando estuvo dentro y le dio pánico cuando escuchó que él cerraba la puerta.

—No le pongas seguro, no será necesario —regresó para verlo y él dejó de mover los dedos. Sonrió algo confundido.

—Está bien, de todas maneras, mamá nunca nos interrumpe cuando estamos solos —le volvió a sonreír, esta vez, con un toque pícaro.

Kagome negó con la cabeza.

—Vine a decirte algo importante —comenzó a relatar cuando notó las segundas intenciones en el castaño. Jugaba con sus manos poniendo una sobre la otra.

—Oh, espera —se adelantó él, casi corriendo hasta su computador. Puso rápidamente un playlist y le subió el volumen como siempre lo hacía.

La incomodidad de la azabache se hizo tan grande, que respiró errática. No, no, ¡para allá no iba la maldita cosa!

—¿Por qué…? —se tocó la nariz en un gesto de incomodidad palpable—, ¿por qué pones música?

Él notó por fin el mal ambiente y todas sus ilusiones se fueron al carajo. Dejó de sonreír al instante y carraspeó, sin atreverse a quitar la música que sonaba medio alto.

—Como has venido especialmente a visitarme, pensé que no se trataba exactamente de una tarea, ya sabes… —agregó con tono sugerente que a K le causó cierta repulsión.

—No, no, es que… hoy hablé con InuYasha sobre lo que te hizo y…

—Ah, el tutor tan profesional que me humilló —sintió la bilis destruirle todo por dentro. Su carácter se ensombreció al escuchar el nombre del profesor.

—Sí, Taishō-sama… —le dijo a modo de corrección, ignorando el cambio de humor—, me dijo que lo siente, así que creo que no volverá a pasar —mintió y no le importó. Obviamente no iba a desprestigiar a InuYasha—, todo esto fue un error y dudo mucho que vuelva a pasar.

Hōjō respiró hondo y trató de calmarse. A ver…, no ganaba nada jugando sus cartas de esa manera, poniendo en evidencia su fastidio hacia el docente y demostrando que se había formado una guerra entre ambos. Estaba seguro de que la única razón por la que quien estaba ahí era ella y no él, era porque era maestro de la universidad y tendría consecuencias muy graves si algo como eso llegaba a las autoridades de la institución. Apretó los labios uno contra otro mientras pensaba mejor sus palabras.

—Está bien, Kagome, creo que tienes razón —intentó sonreír—. Creo que todos tenemos un mal día y este de seguro fue el mal día del profesor Taishō.

La vio sonreír poco a poco y le revolvió el estómago ver cómo se le iluminaban los ojos. Claramente ese brillo era por causa de InuYasha, porque estaba logrando hacerlo «quedar bien» ante él, aunque obviamente no era así.

—¡Grandioso! Eres increíble, gracias por entenderlo —soltó un suspiro aliviado, pero automáticamente volvió a inhalar con tensión— y, a lo que venía realmente, Hōjō… —jugueteó con sus propios dedos y evitó mirarlo a la cara—. Creo que has sido extraordinario conmigo, aparte de amable, caballeroso, comedido y…

—¿Pero? —La interrumpió. Ya sabía para donde iba la cosa y sus planes, otra vez, fueron derribados cual castillo de arena.

—Eh… —había perdido el hilo de la conversación por la forma en la que él la había interrumpido—. A ver —intentó contextualizar—, quiero que sepas que no hay nada de malo contigo, ¿sí? Eres un gran chico —se dio cuenta de que aquello no pareció alegrarle ni un poco y eso la hizo soltar una maldición mentalmente—, y quiero simplemente que a nuestra «amistad especial», le quitemos solo el término «especial» —soltó una risita nerviosa—, y que sea solo una «amistad». ¿Entiendes?

Nuevo silencio.

La desesperó ver la expresión plana del muchacho. Qué diablos pasaba que estaba todo tan tenso. Intentó relajarse. Él no dijo palabra por unos instantes.

—¡Claro! —Dai soltó una ligera risa burlona ante la mirada confundida de la joven. Lo sabía, lo sabía, sabía que eso iba a pasar en cualquier momento—. ¡Es que soy un completo tonto!

—¿Qué estás…?

—Solo era una cuestión de tiempo para que por fin te atrevieras a decirme esto —abrió las manos como un gesto de demostración.

—No entiendo de qué se trata esto, pero estoy empezando a impacientarme, Hōjō.

Y de verdad que ya no tenía paciencia.

—¿Y qué más me vas a decir, Kagome? ¿Que tomas el término «especial» para agregarlo a la «amistad» —caminó a paso lento hasta llegar muy cerca de ella, quien no falseó ante su cercanía— que tienes con tu cuñado?

Eso último fue casi un susurro que Kagome odió con todas sus fuerzas.

—¿Qué mierda…?

El reclamo se le atoró, nuevamente, en la garganta, cuando de forma brusca y sin previo aviso, los dedos de Hōjō aprisionaron su mandíbula y sus labios intrusos se fundieron con los de ella. Eso realmente había sido una colisión por la manera tan repentina y aguda en la que todo había pasado. Los ojos cafés se abrieron tanto por unos segundos, que las pupilas temblaron. Fue cuestión de pocos momentos para que ella lo apartara de forma brusca de su cuerpo. Sin un solo momento para respirar, Kagome le soltó una bofetada terriblemente potente que resonó aún por encima de la música que todavía sonaba de fondo. Fue un golpe que había salido desde las entrañas. Tanto así, que Hōjō se quedó unos segundos de lado, procesando el golpe.

»—¡No sé quién mierda te crees que eres, pero acabas de abusar de mí y me da asco! —Respiraba de forma errática, con la presión aplastando su cabeza. Sentía la mano arder por la reciente agresión.

El aludido se odió mientras trataba de volver a mirarla. Sabía perfectamente que lo que había hecho era una bajeza increíble y, claramente un abuso, cuando ella le había dejado claro que no quería que la besara nunca y cuando obviamente no había ido con intenciones de tener intimidad con él. Sabía que había hecho una idiotez muy grave y no tenía claro que podría hacer para intentar remediarlo.

—K-Kagome, yo…

—¡Todo lo bueno que alguna vez hiciste por mí acaba de irse al carajo con la porquería que acabas de hacer! —Se limpió los labios de forma brusca, reteniendo las lágrimas de odio puro—. No sé cómo creí por un momento lo que me dijiste sobre InuYasha —negó con la cabeza, decepcionada y odiándose por haber atacado de esa forma a Taishō, creyendo en las palabras falsas de Dai. ¡Era tan tonta! Exhaló con ira—, pero con esto, solo acabas de demostrar que ¡tú mentiste! —Lo acusó con el dedo índice.

¡Él era a quien debía haber tirado a la piscina!

—¡No, él sí me humilló! —Le refutó también, alzando la voz y sintiéndose más ofendido.

—¡Y si lo hizo te lo mereces! —Le soltó, todavía más alterada—. ¡No me importa por qué lo hizo! Nada debe importarte a ti mi relación con él que ¡no es mi cuñado! ¡Ya no!

—No puedo creer que le crees a él antes que a mí, que he estado contigo todo este tiempo…

—Tú apenas apareciste en mi vida, InuYasha lleva años aquí —le dijo aquello con voz queda y fue muy venenoso. Le cerró la boca al instante—. Soy yo quien no puede creer la persona que realmente eres…

—¡Deja de creer ciegamente en él! ¡Seguramente te está utilizando para volver con tu hermana!

Kagome volvió a abrir los ojos en demasía. Apretó los puños tanto, que se enterró las uñas en las palmas. ¡Por supuesto que InuYasha no hacía eso por volver con su hermana! Kikyō ni siquiera quería saber de él, era obvio que eso, Taishō también lo tenía claro. Pero Hōjō era un desgraciado…

—¡No vuelvas a decir eso! ¡No sabes nada! —Habría querido golpearlo, pero no podía reaccionar a lo que él le acababa de soltar—. ¡Y sí, sí! —decidió proseguir—. ¡Amo a InuYasha desde el primer maldito día!

Lo soltó con tanta sinceridad, que sintió que un peso salía de encima. Era la primera vez que confesaba sus sentimientos por él de esa manera y era francamente liberador. Lo vio negar lentamente, como si se retorciera y eso la hizo sonreír con suficiencia entre la ira que la cegaba.

—Basta, no…

—Y sabes qué más… —volvió a apuntarlo con el índice—, era por InuYasha que lloraba el día en que te dije que extrañaba a Akitoki, ¡jamás fue por tu primo! ¡Siempre fue InuYasha!

—¡Ya no sigas, Kagome! —Le estaba ardiendo la piel con cada cosa que ella decía. Entendía que él no se había portado bien, pero ella era venenosa y estaba pisoteando hasta su dignidad.

—¿Qué ya no siga? ¿Después de cómo acabas de humillarme? —Soltó una risa sarcástica. Lo miró con desprecio y moderó el tono de voz—. Dime algo, Hōjō, tú que eres tan bueno para las matemáticas —escudriñó el semblante masculino agrio y contraído. Le supo a mierda por un momento todo aquello, pero esa situación había sobrepasado sus límites. Hōjō no solo la había orillado a desconfiar y tratar mal a InuYasha, sino que le había mentido, la había humillado y besado sin su consentimiento—, ¿cuántos meses crees que llevábamos follando? ¿No te parece que ese tiempo es directamente proporcional a los meses que InuYasha y mi hermana estuvieron en una relación?

Dai la miró como asustado, frunciendo al ceño ante lo que acaba de oír. Fue como un golpe de bala en el cuerpo.

¿Despecho? ¿Esa había sido la razón por la que ella había accedido a acostarse con él de esa forma? No podía ser que lo había utilizado cuando él creyó sumamente haberle gustado lo suficiente como para llegarla a seducir. ¡Todo había sido una maldita mentira! ¡Una ilusión que se había hecho como un tonto! La vio sonreír de nuevo, pero amarga. En sus ojos también había frustración, había recelo cuando hablaba de él. Quizás Kagome tampoco era correspondida y eso, aunque sonara muy rata, lo reconfortó. Ambos estaban en una situación parecida.

Era un jaque mate para los dos.

—Creo que ambos somos patéticos —comentó por fin, medio sonriendo también.

Con aquel comentario, Kagome supo que él se había dado cuenta de que no era correspondida y eso le ardió más. No se iba a ir de ese lugar sin dejar una última frase icónica, al estilo de su hermana Kikyō, tan fría como ella sola, no se dejaría callar por ese imbécil.

—No quiero volver a saber ti. —Caminó hacia la puerta—. Gracias por tu maldita ayuda con los ejercicios de matemáticas y si quieres que te pague por ella, déjame tu número de cuenta por WhatsApp y espera noticias de mi transferencia.

Con esa última frase, se largó de ese lugar, dando un portazo.

—¡Maldición!

Continuará…