Participación mayoritaria de personajes: Kagome, InuYasha, Ayame, Kikyō.
Participación minoritaria de personajes: Naraku, Kagura, Naomi, Suikotsu.
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Capítulo 19.
Abrió los ojos exactamente media hora antes de que su alarma sonara. Entre la inconsciencia de su sueño, logró seguir escuchando el infernal tono de llamada que parecía querer romperle los tímpanos. Murmuró una maldición mientras tomaba el móvil de forma errática sin ver siquiera el reconocedor.
—¿Alguna urgencia? —Balbuceó con voz poco entendible.
—Ya era hora de que te levantaras.
—Falta… —reconoció, por la voz enérgica, que era su primo y bufó—, falta media maldita hora. —Bostezó.
Se escuchó un suspiro del otro lado que, al parecer, había terminado en una pequeña risa. Todo le irritó a Ayame.
—Necesito hablar de algo importante contigo esta misma tarde —le dijo y su voz sonó un poco nerviosa. Se aclaró la garganta.
—¿Pasó algo en el trabajo? —Se estregó los ojos y volvió a bostezar mientras hablaba. Hacía frío a esa hora de la mañana.
—No, no, todo está bien con eso, yo… —tomó aire de forma pesada. Se quedó en silencio unos segundos—, es sobre… —su prima gruñó algo, quedándose dormida otra vez—, es sobre… Ah, cuando te vea, sabrás —le dijo finalmente, como desechando una idea.
Ella volvió a bostezar y lo odió por un momento.
—Y, ¿no podías esperar hasta más tarde para decirme?
—Es para que no hagas planes con tu novio hoy.
Ayame puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. Se removió entre las sábanas y cobijó el cuerpo lo más que pudo.
—Sí, como digas. Recógeme en la entrada de mi facultad al medio día. Adiós. —Colgó al instante y volvió a roncar al segundo inmediato.
Terminó de sorber su malteada y achicó los ojos, mientras se inclinaba hacia la mesa y dejaba el vaso de plástico aún medio lleno sobre la base. Respiró hondo y desde su lugar observó la cara de su acompañante, que reflejaba satisfacción, pero algo de nerviosismo a la vez. Era la expresión más extraña que había visto.
—Muy bien, InuYasha, me abriste la puerta de tu auto para que me suba, me llevaste a comer mi comida favorita, me compraste el helado que más me gusta y ahora me has traído a esta grandiosa cafetería a tomarme está deliciosa malteada… —reflexionó y cerró los ojos por un momento—, ¿qué quieres?
—Nada —respondió al instante—, a pesar de que este lugar me trae malos recuerdos, ya que Kikyō terminó aquí conmigo —sus ojos pasearon por el lugar y se detuvieron en una de las mesas—, allá, en esa mesa, yo estaba sentado de este lado —la aludida miró para el lugar que apuntaba su primo e imaginó la escena por unos segundos—; sirven las mejores malteadas de la ciudad —concluyó y la vio poner los ojos en blanco cuando volvió a su posición.
—Ah, aquí vamos de nuevo —su voz sonó agria—, ¿te sigue doliendo lo de Kikyō?
—No me duele —le respondió al instante, con el entrecejo fruncido y expresión enojada—, me fastidia, fue un muy mal día.
La joven se encogió de hombros y se removió incómoda en la silla. Ya era muy raro todo ahí, necesitaba saber qué pasaba que InuYasha actuaba tan extraño.
—Responde a mi pregunta.
El aludido tomó aire y sintió que los nervios volvieron a atacarlo. Tragó duro y desvió la vista hacia los ventanales en donde se distrajo un poco viendo pasar a la gente. El sonido de las uñas de Ayame repiqueteando sobre la mesa llamó su atención de nuevo, la joven seguía mirándolo con mala onda. Él puso expresión molesta.
—Pues…
¡No! ¡No podía! Cerró los ojos y sintió cómo el color rojo empezaba a invadirlo. No tenía idea de cómo iba a enfrentar eso; la vez anterior, cuando había preguntado sobre la relación de Kagome con Hōjō, la ira le había dado fuerzas, pero esa vez era diferente. Se sentía incluso, dolido; de alguna manera, Kagome lo había atacado por defender a ese mequetrefe. Arrugó la servilleta entre los dedos cuando recordó el momento exacto en el que caía a la maldita piscina.
—¡Oh, se trata de Kagome! —Chilló la joven, completamente extasiada. Vio a su primo abrir los ojos muy grandes y eso solo confirmó su afirmación—. No, no, no, no, espera, ¿cuándo pasó algo que yo no me enteré? —La expresiva cara de Ayame reflejaba sus sentimientos de confusión y desesperación por no tener la información clara.
—Déjate de tonterías, Ayame… —la voz le falseó. Por supuesto que se trataba de Kagome, siempre se había tratado de ella. Quería hacerle a su prima una pregunta que lo había venido carcomiendo desde que toda esa mierda había comenzado.
—Por favor, conozco esa expresión perfectamente y se debe a Kagome —se echó para atrás, sonriendo triunfal y sorbiendo más de su malteada de chocolate.
Él suspiró, tomando el valor y dejando los nervios de lado. Ya había sido suficiente con tanto rodeo, él realmente necesitaba soltar todo el miedo que tenía, dejar ir todo lo que estaba quemándolo por dentro y aclarar de una vez todo eso. Sentía que parte de todo aquello se debía a su falta de madurez y al no haberlo conversado antes con Ayame o con la misma Kagome. Se habría ahorrado infinidad de cosas.
—Insinúas que Kagome siente algo por mí y viceversa desde que recuerdo —comenzó a decir y la joven se puso muy seria—. Al principio pensé que era broma, pero con este arrebato tuyo de ahora, me doy cuenta de que lo tienes muy claro —la miró directamente y notó cómo esta empezaba a pestañear rápidamente—, ¿por qué estás tan segura, Ayame, si sabes que no es verdad?
La alarma se encendió dentro del cerebro de Tanami. Negó lentamente, intentando conectar los detalles y pensando en que debía estar en un error.
«—No te llamé antes por lo de la noche de chicas —rio nervioso del otro lado y ella rio con él, ignorando aquel hecho.
—No te preocupes, amor —se llevó el lapicero a los labios y lo golpeó suavemente, enfocando la mirada en sus cuadernos—, ¿qué pasa?
La línea se quedó en silencio por unos segundos y Ayame se obligó a fruncir el entrecejo y luego carraspear. Era muy extraño que Kōga se comportara de esa forma tan sigilosa.
—Quería saber si… eh… —carraspeó. Tanami dejó de ver sus cuadernos y se concentró en el auricular—, ¿todo estuvo bien anoche?
—Sí, por supuesto… ¿Por qué lo preguntas? —Jugó con el clic del lapicero en un nulo intento de calmar su incipiente ansiedad—. ¿Está todo bien?
—Nada, nada… ¿Sabes qué pasa con InuYasha? Hoy quedamos para reunirnos con él y Miroku e ir a jugar algo, pero no contesta las llamadas y nos deja el visto en WhatsApp.
La pelirroja soltó una exhalación de angustia ante eso. A InuYasha estaba pasándole algo grave y su novio acababa de mentirle en la cara. Las cosas no podían ir a peor. Se levantó de la silla.
—Kōga, se trata de InuYasha, ¿verdad? Lo que intentabas averiguar primero se trata de él, ¿no es así? —hubo otro silencio en la línea que la puso todavía más nerviosa, obligándola a llevarse la mano a la frente. No estaba entendiendo nada—. ¡Responde!
—Ayame, seré sincero contigo y es que… solo sé que InuYasha preguntó anoche por K, le dije que estaban en la noche de chicas y eso fue todo, solo… quería saber si él había estado allá. —Había hablado rápido, no había siquiera respirado mientras lo soltaba. Todo parecía indicar que algo andaba muy mal con Taishō y la situación era preocupante.
Tanami negó con la cabeza, irritada.
—No puede ser… —se mordió los labios—, te llamo más tarde».
Cuando fue con su mamá a preguntarle por InuYasha, ella simplemente había dicho: «—Dijo que les daría una sorpresa, pero demoró tan poco tiempo que creo que se arrepintió en el camino y rápidamente regresó a su casa, hija».
Y eso tal vez la había calmado un poco. No, en su cabeza no existía la posibilidad de que él hubiera escuchado algo malo o por el estilo, simplemente no. Y lo confirmó cuando dijo que algo le había salido mal en el trabajo, que estaba muy enojado por eso y que sí, había decidido no interrumpir la noche de chicas porque en el camino a la habitación, había recibido la llamada del trabajo en donde le decían que algo iba mal. Y esa había sido toda la versión de la historia y ahí se había quedado.
Justo en ese momento, aquella misma duda volvía a atacarla y a hacerle preguntarse si InuYasha le había mentido o realmente había algo ahí que ella no sabía.
—¿Por qué dices que sé que no es así? —Decidió preguntarle después de un rato y le fue imposible no observar con atención aquel semblante serio y casi contraído. Obviamente había algo que ella no sabía.
InuYasha echó otro suspiro todavía más prolongado y recostó su cuerpo tenso contra la silla. No era capaz de ver a Ayame a la cara y menos en esos momentos, que estaba a punto de confirmarle todas las sospechas que había tenido ella y el resto de sus amigos desde que había conocido a Kagome. Tomó fuerza de no supo dónde y trató de encararla con parte de la verdad.
—Es por Hōjō. —Soltó por fin y le pareció increíble que lo hubiera hecho—. Dai Hōjō. —Aclaró inmediatamente.
—Oh…
La aludida alzó las cejas, con un incómodo dolor en el estómago por aquella conversación tan tensa y extraña. Cuando él dijo que era Hōjō, pensó que definitivamente, su primo estaba reafirmando sus celos, pero si había algo que ella tenía claro, es que de las intimidades de su mejor amiga no iba a soltar una palabra, incluso si se trataba de su primo, quien probablemente era el amor de la vida de K. Volvió a sorber su malteada como si eso fuera muy interesante y no dijo una palabra más. Si esa conversación se acababa ahí, lo primero que haría sería correr hasta su mejor amiga y decirle que abriera los ojos de una maldita vez porque parecía ser que el cloro de la piscina ya le había obstruido la vista o era prima de Adrien Agreste.
—Ellos están en una relación y tú lo sabes, a eso me refiero. —Su tono fue un poco más severo cuando el silencio de la pelirroja lo exasperó a niveles impensables.
Ayame volvió a meditar lo siguiente que diría. Sin darse cuenta, empezó a dibujar círculos sobre la madera de la mesa y sus ojos verdes viajaron inquietos en la misma dirección que los enojados de su primo.
—Pff, quién te contó eso —le dijo por fin, poniendo los ojos en blanco. Si InuYasha estaba reclamándole aquello era que estaba confirmando sus celos, ¡estaba haciéndolo público y eso le estaba poniendo nerviosa y emocionada! Aún así, su mejor amiga y las intimidades de esta seguían en medio—, yo misma te dije que son amigos.
InuYasha sintió que sus nervios le detenían el movimiento en el cuerpo. Hacía mucho que había aceptado su destino referente a Kagome y, aunque después de lo que había pasado entre ellos, lo único que le sucedían eran peleas y más, también tenía claro que sus sentimientos no habían cambiado, que le quitaba el sueño aquella situación de incertidumbre y que le dolía el hecho de que ella lo hubiera agredido por causa de ese imbécil. No sabía si hacía bien en preguntarle a Ayame, pero no tenía el valor suficiente de enfrentar a la azabache. Sentía que no soportaría que ella le dijera lo que temía. Se mordió los labios por dentro y carraspeó un poco.
—Pues, yo… —tragó duro, intentando disipar sus nervios por la mentira que acababa de inventar— yo los vi besándose.
Alzó la mirada para leer la verdad en los ojos de la joven que tenía en frente y la espontaneidad con la que soltó aquellas palabras, lo dejó helado.
—Eso es imposible. —Soltó una risita melodiosa y se notó a leguas que no meditó la respuesta—: Kagome no besa a hombres que no ama.
E InuYasha no pudo reaccionar.
—Esta pasta está deliciosa —los sabores le hicieron explosión en la boca y tragó rápidamente, intentando mantener la compostura. Ella lo observó como si de un niño se tratarse y le invadió la ternura.
—No está mejor que la mía. —Intentó imitar un tono resentido y no le salió. Automáticamente, su esposo la miró y soltó una risilla.
—No hay nada mejor que todo lo que haces por mí y por nuestras hijas, Naomi —le dedicó una hermosa sonrisa y vio cómo las mejillas de su esposa se teñían de un suave color rosa.
La mujer se llevó una mano a la cara y sonrió de nuevo, apenada. Con tanto estrés del trabajo, entre no entender por qué sus hijas empezaban a parecer distraídas todo el tiempo y demás cosas, admitía que no habían tenido tiempo ni de almorzar en paz. Todos los días se despertaban muy temprano para poder llevar el pan a su mesa y darles lo mejor a sus pequeñas y ellas también se esforzaban, cada una con lo suyo.
—Esta noche saldremos a cenar, ¿qué te parece? —Le dijo con su voz suave y volvió a comer la pasta.
Su esposo se limpió la boca y se aclaró la garganta antes de tomar un poco de agua de limón.
—¿Por la competencia de Kagome? Es increíble. —Sonrió, orgulloso de su hija y asintió—. Creo que es perfecto, avísales por WhatsApp.
Naomi sonrió de nuevo y asintió, tomando el teléfono y escribiéndole un mensaje a sus dos hijas.
Podía sentir cómo se ahogaba con el sabor a whisky tan fuerte que tenía atorado en la laringe. Volvió a sorber el líquido y después de hacer sonar el vaso sobre el escritorio, le dio una fumada a su finísimo habano. La ansiedad estaba a punto de volverlo loco. Sentía, como hacía mucho que no, que las cosas se le estaban saliendo de las manos y el control que ejercía sobre sus propiedades se estaba perdiendo. Le jodía a mares la simple idea de imaginar que aquello se extendería por sus bienes como el veneno de una serpiente que recientemente ha mordido a un ser humano. El temblor en su cuerpo debido a la ira era palpable y no había forma en que lo pudiera evitar. Una de sus manos se apretaba en torno a sí misma y eso no era capaz de disipar el mal humor.
Escuchó la puerta abrirse y cerrarse casi de inmediato.
—¿Por qué carajo nunca tocas antes de entrar, maldita sea? —Comentó entre dientes, sin dejar de ver a la nada.
—Querías que viniera rápido. —Le contestó estoica, sin embargo, se sentía irritada. Naraku estaba más insoportable que nunca y se ponía peor con el pasar de los días.
—De todas formas, ha pasado al menos media hora desde que te llamé —volvió la vista fría a su sirviente y la encaró.
—Cinco minutos, Naraku —le respondió al segundo, no había tiempo para reaccionar.
—¡Pues para mí ha pasado una maldita eternidad por tu ineptitud! —Golpeó el escritorio al tiempo que se levantaba. Kagura no pudo evitar dar un respingo y cerrar los ojos ante el gesto, denotando el pánico que le causaba, aunque sus expresiones intentaban mantenerse regias.
Tomó aire lo más disimulada que pudo y pasó el momento en el que los vellos de todo su cuerpo se erizaron con una mueca. Carraspeó.
—El ministro quiere hablar, el abogado nos llamó esta mañana….
—Mátenlo. —La interrumpió rápidamente y vio cómo ella lo miraba rápido, con los ojos bien abiertos—. La gente que me engaña, no me sirve, Kagura —se enderezó y dejó en claro que sus palabras tenían doble sentido para ella. Sabía perfectamente que Toriyama seguía acostándose con Bankotsu, pero, por alguna razón, aún no sentía la necesidad de enfrentarlos.
Quizás les estaba dando una oportunidad.
—No podemos simplemente desparecerlo, hay hombres detrás de él. —No era normal que la gente que trabajaba con ellos quisiera delatarlos con otras autoridades, así que era obvio que seguramente algún periodista o detective de la policía andaban tras su rastro, por lo que no solo se trataría de eliminar a un hombre, sino de acabar con mucha más gente.
—Mátenlos a todos, no me interesa. —Se tocó la barbilla. Entre su odio anterior, no había recordado el problema del maldito ministro y su traición. Había mucho dinero en juego y gente de por medio, no podía darse el lujo de dejarlo confesar lo que fuera, por muy mínimo y ponerse en vulnerabilidad.
Kagura soltó un suspiro largo y cansado.
—Está bien.
—Hakudoshi estará al frente, así que ten cuidado con lo que haces. —Aparte de ser uno de sus secuaces más fieles, Hakudoshi era su primo y una de las personas a quienes le asignaba las misiones más importantes. Esa, estaba a su cargo.
«Ese maldito enano infeliz…» la mujer se mordió los labios y asintió. Hakudoshi se la pasaba observándola de lejos, en silencio, únicamente intentando decodificar sus gestos secretos con Bankotsu, acosándola, respirándole en la nuca. La tenía harta. Lo mataría si pudiera, sin pena, sin remordimientos.
—No hay problema.
—Ahora dame el teléfono y lárgate. —Extendió la mano y evitó mirarla. La situación era incómoda.
Kagura se sacó el aparato móvil del bolsillo de su chaqueta negra y se lo pasó hábilmente.
—Me retiro. —Le hizo una ligera reverencia y no dijo una palabra más hasta haberse ido por completo de la estancia y dejar el sonido sordo de la puerta cerrándose con fuerza.
Naraku se sentó de inmediato, viendo la pantalla prendida con la aplicación de WhatsApp abierta. Era el único chat y contacto que existía. No supo qué hacer, tenía ganas de mandarla al diablo. Había pasado ya mucho, las ganas de acabar con InuYasha le habían hablado al oído por las noches, pero según Kagura, esos dos no habían vuelto a verse. Su venganza contra ella debía ser ejecutada, pero Kikyō parecía premeditar todos sus movimientos y haberlo ignorado por semanas era, al parecer, una de sus mejores armas. Abrió el chat y la vio «en línea». Seguía sin activar las confirmaciones de lectura y era realmente frustrante. Era una perra sinvergüenza jugando a ser una gánster con él y le daba asco. Volvió a fumar su habano y refrescó su cabeza. Tomó su celular, abrió la nube, buscó una carpeta específica de imágenes y las transfirió al otro móvil a través de Bluetooth.
Acción completada.
Sonrió apenas cuando abrió la galería y encontró las treinta y dos fotos que se acaba de copiar. Estudió cada una de forma meticulosa, asegurándose de que no existiera un solo detalle que delatara algo de él o de sus pertenencias. Todas las imágenes las había editado Kagura, eliminando sus lunares y sus tatuajes, en algunas ni si quiera parecía él y su rostro no se mostraba a diferencia del de Kikyō. Ella misma tomaba aquellas selfies privadas. Soltó de nuevo el humo por los labios y un calor extraño le recorrió el cuerpo mientras fotos más atrevidas encontraba. Abrió el chat de Kikyō y escogió entre las más discretas. Estuvo con los dedos entumidos sobre la pantalla hasta que pulsó «enviar». Kikyō se había desconectado hacía alrededor de un minuto y cuando la foto por fin le llegó, la joven no tardó ni cinco segundos para volver a estar «en línea».
Naraku salió de la red social, bloqueó el teléfono y sonrió de medio lado. Suspiró hondo y regresó la vista a su laptop, en donde tenía un par de correos abiertos. Sabía que, con eso, Kikyō estaría esa misma semana en su despacho y la haría pagar muy caro el día de su cumpleaños.
Había estado tomando nota en su libreta durante los quince minutos que había estado durando la sesión, completamente concentrada en el tema, brindando los informes necesarios respecto a su área de trabajo por pedido exclusivo de su jefe esa vez. Entre uno de los descansos de todos los directivos escuchó que su celular vibró levemente contra la mesa y desvió apenas la mirada cuando la pantalla se encendió.
El corazón casi se le detiene y tuvo que aguantar la respiración unos segundos para contenerse consciente cuando descubrió que el mensaje era un archivo multimedia de él. Sus manos le temblaron sin que lo pudiera evitar y la garganta se le secó tanto, que tuvo que tragar de forma sonora. Uno de los directivos la miró directamente, percatándose del estado de la muchacha. Frunció el ceño, intentando descifrar por qué la joven se veía todavía más pálida y parecía empezar a perlarse su nariz por el sudor.
—Higurashi…
—¿Sí? —La respuesta fue inmediata y casi con pánico. La muchacha levantó la cabeza al instante y apenas se dio cuenta de que sus músculos seguían rígidos. Intentó recomponerse y todos la miraron.
—¿Se siente bien?
—¿Qué sucede, Higurashi? —Fue el turno de Isayama para inquirir. Su secretaria realmente se veía muy mal—. ¿Te sientes mal? —Le empezó a asustar su estado.
Todo porque hacía solo unos segundos, ella había estado perfectamente. Kikyō se aclaró la garganta y asintió.
—¿Puedo ir un segundo al tocador? —Le pidió en voz baja a su jefe y este asintió.
Kikyō tomó su celular de forma discreta y dejó la estancia en un abrir y cerrar de ojos. El camino al baño se hizo eterno mientras intentaba detener esa molesta sensación de latidos en los oídos, queriendo acabar con sus tímpanos y con su cordura. Nadie tenía idea de lo mucho que le había estado costando mantener su estabilidad emocional esos días sin hablar con ese infeliz como para que justo en esos momentos, se le ocurriera no solo enviarle un mensaje, sino que era una imagen que sabrían los cielos de qué se trataba. Cerró la puerta de la habitación de los baños y soltó un suspiro que casi se lleva su alma consigo. Cerró los ojos despacio e intentó recuperar el aliento. Llegó hasta los lavamanos y vio su figura delgada y pálida en los enormes espejos. Pestañeó un par de veces y volvió a mirar el celular.
Era ridícula la manera en la que había empezado a depender de Naraku y le era aún más increíble que parecía que cada ruptura y vuelta traía consigo mas obsesión. Los recuerdos de su relación tan intensa le golpeaban el cuerpo como balas y era casi insana la manera en la que rememoraba momento a momento vivido; los pasionales, los alegres, los tristes, los de suspenso, los de diversión y relajación… absolutamente todo lo bueno parecía mostrarle una nueva cara y hacerla sentir peor. Lo extrañaba y ardía como el infierno aquel tormentoso tiempo sin él.
Cuando vio la foto que le había mandando quiso tirar el celular al suelo, meterlo al agua o simplemente admirar la imagen por el resto de sus días. Si esa situación seguía así, no podría ocultársela a Kagome durante más tiempo. Era ya demasiado evidente que estaba cayéndose a pedazos y su hermana no era ninguna tonta.
Debía parar eso de una vez por todas.
"Por qué mierda haces esto…"
Tomó aire y trató de arreglarse el cabello. Esa noche tendría una cena con su familia y debía comportarse. Debía aparentar que estaba bien. No más Naraku… ¡Su vida estaba arruinándose por completo!
Nada de la cena había salido como él esperó. Su mujer estaba algo inconforme y las chicas parecían divagar, casi nerviosas, por la nebulosa. La salida al restaurante, que se suponía una celebración por el triunfo de Kagome en la natación para competir directamente con otras universidades, se había convertido en una silenciosa comida fuera de casa. Él sabía que ambos semblantes se debían a chicos que estaban en la vida de sus hijas y eso le pareció tan agrio como un golpe en el estómago. Suspiró, terminando de comer su plato fuerte y tratando de calmarse mientras ellas digerían la comida cuando el celular en sus manos se lo permitían. Parecía que habían vuelto a tener 15 años.
Estuvo a punto de decir algo cuando sus ojos divisaron a un conocido. Se alegró y su expresión cambió a una más relajada. Estuvo a punto de llamarlo, pero lo vio ocupado asomándose a la recepción y diciendo algo. Regresó la vista a su hija mayor y tomó aire.
—Hija, ¿te incomoda si llamo al tutor de Kagome a nuestra mesa?
Kagome sintió el corazón paralizarse y no respiró durante un par de segundos, preguntándose si acaso había escuchado mal. Dejó el celular rápidamente y trató de volver a comer, simulando estar perfectamente mientras su madre le brindaba una sonrisa. Kikyō había alzado la vista después de unos segundos, extrañamente divagando en sus pensamientos o algo por el estilo. Kagome sabía que su hermana no estaba bien, pero su mente bloqueaba la posibilidad de que se tratase de algún ex. La vio negar con la cabeza.
—No, él y yo terminamos en buenos términos —dijo con voz plana y volvió a su celular.
—Bien.
La menor la miró de reojo… ¿Terminaron en buenos términos? ¿Se refería hasta el último mal entendido que causó entre ellos estando ebria? La azabache no descartaba la idea que parte del beso entre ella e InuYasha se había debido al famosísimo «ustedes deberían ser pareja» que su hermana había soltado. El beso todavía ardía y tenía claro que sería el único recuerdo que tendría de él, así que lo atesoraba.
Escuchó a su padre llamar al tutor y se le volvió a secar la garganta. Movió los pies intentando disipar los nervios, pero parecía que se hacían cada vez peores. InuYasha estuvo cerca de ellos en menos de cinco segundos, saludando a sus padres de forma muy educada, traía una expresión seria y casi… triste.
—Buenas noches, Kikyō —lo oyó decir de forma muy cortés.
—Qué gusto, InuYasha —le respondió ella con la misma cortesía tan estoica. La joven dejó el celular sobre la mesa e intentó parecer normal y dejar de lado el tema Naraku que la tenía consumiendo pastillas para el dolor de cabeza.
—Hola, Kagome…
Su saludo le ardió dentro, pero se esforzó por sonreírle de vuelta. Como se había sentado al lado de su hermana, InuYasha estaba un poco lejos de ella, así que intentó esconderse tras aquella cascada de lacios cabellos negros para no ver la cara de su maestro.
—Hola, InuYasha —se aclaró la garganta. Desde el incidente de la piscina el día anterior, no habían hablado y estaba muy nerviosa por todo. El corazón parecía querer salirle del pecho. ¡¿Por qué diablos tenía que aparecerse justo en ese restaurante?!
—Vine a dejarle algo a un amigo que trabaja aquí, fue un favor urgente —volvió a quedarse muda cuando lo escuchó responder a su pregunta mental y palideció pensando en que tal vez la había hecho en voz alta sin darse cuenta. Grande fue su sorpresa cuando se dio cuenta de que respondía a una pregunta de su madre—. ¿Y ustedes? Hace mucho no venían por aquí, ¿no es así?
Kagome tragó duro. Kikyō seguía callada, parecía poner atención, pero en falso.
—Así es, venimos a celebrar el logro de Kagome —comentó con una sonrisa y la aludida se sonrojó, llamándole la atención—. No seas tímida, hija, ¡es un gran honor para todos nosotros!
—¿Usted ya lo sabía, profesor Taishō? —Intervino Naomi, con su voz muy suave.
—Sí, yo... —tomó aire. Las cosas habían terminado muy mal el día anterior—, yo mismo le entregué los documentos que la certificaban, el día de ayer. —La miró de reojo y ella pareció ver hacia otro lado instantáneamente.
Todavía no podía creer que Kagome hubiera hecho aquello por el imbécil de Hōjō. Le jodía como el infierno.
—¡Qué maravilla!
—Kagome no nos había dicho nada —intervino Kikyō y fue todo muy tenso. Sonrió de lado, viendo a su hermana enrojecer. Esa dinámica de perros y gatos que tenían desde siempre le causaba gracia. Al menos aquello la distrajo un momento.
—Yo…
—Lo lamento, debo irme ya —InuYasha interrumpió en ese mismo instante. El ambiente era tan pesado que le estaba costando respirar. La familia Higurashi lo despidió de forma entusiasta, excepto Kagome.
La joven lo vio irse a paso rápido y el corazón le estaba palpitando ya en la boca. Vaciló un poco, pero el tiempo le era limitado. Tenía que aprovechar el momento y si no lo hacía ahí, no lo hacía nunca. InuYasha estaba claramente molesto y ella tenía la culpa. Todo era una mierda. Parecía que algo explotaría, pero no encontraba el valor para sonar natural y decir que iría a alcanzar a su maestro. La música de fondo del restaurante parecía sonar más alto y sus manos sudaban como olla en plena ebullición.
—Olvidé preguntarle algo a mi maestro sobre las clases de mañana, ¿puedo alcanzarlo unos segundos? —Se levantó y habló rápidamente, casi asustando a su familia.
—S-sí, Kagome…
—¡Gracias!
Casi se lleva por delante a su hermana para salir corriendo hasta la salida del restaurante. Las luces iluminaban perfectamente el lugar y el cielo azul marino era un manto cálido esa noche. Casi corrió por la estancia con la esperanza de encontrarlo y así fue… estaba a punto de ingresar al parqueadero cuando lo vio.
»—¡InuYasha! —Lo vio detenerse al instante y aprovechó el lapso de tiempo para correr y acercarse lo suficiente a él. Una ráfaga de aire la sorprendió en el camino y sus manos se pusieron todavía más frías. Tragó duro cuando lo vio darse vuelta para encararla. Estaba serio y no dijo una palabra. Ella no tenía idea de qué carajos diría, pero sabía que, si algo la caracterizaba, era decir lo que sentía de forma espontánea y eso era lo que debía hacer en esos momentos—. Quiero pedirte disculpas… lo digo en serio, InuYasha, de todo corazón.
Él la observó en silencio, como escudriñándola, como intentando leerla. Se sintió intimidada, pero después de carraspear, volvió a hablar.
»—Lo que hice ayer fue una asquerosa falta de respeto a ti y a la propia universidad. Me dejé llevar por mi ira, pensé que realmente habías maltratado a Hōjō, lo cual me decepcionó mucho y actué estúpidamente por mis malditos impulsos —no lo miró a la cara, pero hizo gestos con las manos al recordar cada momento vivido. Le daba mucho coraje rememorar todo lo que hizo y se preguntaba una y mil veces por qué había actuado de esa forma tan impulsiva. Estaba claro que ella no tenía la madurez suficiente para aceptar que no importaba si Kikyō estaba o no en el corazón de InuYasha, ellos siempre tomaban rumbos distintos. Estaba castigándolo por no quererla, era así.
Y era muy miserable.
Era miserable para ella también, porque hacer eso solo la llenaba de odio innecesario, de malos recuerdos y de pensamientos estúpidos que la llevaron a hacer cosas como cortarse el cabello. Estaba bien, no era culpa de nadie si él no podía corresponderla. Estaba claro que tal vez le atraía, pero podía asegurar que no había sentimientos suficientes como para querer quedarse a su lado. Después de la discusión con Dai lo había pensado tanto… había recordado cada vez que se pelearon, las cosas que le dijo, su ira exagerada por cosas pequeñas, el momento exacto en que lo lanzó a la piscina. Y todo se debía a que estaba castigándolo por no sentir lo mismo que ella. Castigaba a InuYasha por haberle dicho que Kikyō le gustaba, así, de repente. Lo castigaba por no ser más que su amigo y su profesor de matemáticas. Ellos no podían ser amigos y ella lo tenía claro, pero al menos podía tratar de tener una convivencia correcta sin peleas absurdas o besos tontos que terminaran en ella cortándose el cabello. Debía asumirlo de una maldita vez y dejar de comportarse como si InuYasha tuviera la culpa de no corresponderla.
»—No quiero causarte más problemas —tomó aire. No creía que Hōjō hiciera algo contra ellos, pero era mejor prevenir. Él seguía viéndola fijamente sin abrir la boca—. InuYasha, de verdad lo siento… por todas las veces que he sido molesta e irritante —tuvo el valor de verlo, finalmente—, que me he inmiscuido en tus sentimientos, que te he faltado el respeto, que he intentado vulnerar tu autoridad como mi maestro y he estropeado nuestra amistad.
Él pestañeó suavemente cuando Kagome dijo aquello último. Tomó aire de forma imperceptible.
»—Solo he estado proyectando mis frustraciones en ti, mi estrés y todo lo que traigo encima… lo lamento. Perdón por ser… imposible. —Sintió que un peso salía de encima y por primera vez en mucho tiempo, se pareció a la Kagome antigua que era la mejor amiga de Taishō. No pudo evitar sonreír apenas—. Si te molesta lo de Hōjō porque tuviste un problema con él, quiero que sepas que está bien, tuve que alejarme también y creo que es lo mejor para todos. —No supo por qué lo dijo, pero había sentido la necesidad de informarle que la persona que había causado todo aquel conflicto, ya no estaba más entre ellos—. Porque la amistad no es un juego —sus pupilas saltaban—. Tú no eres un juego, InuYasha.
Lo vio agachar la vista después de aquella frase conocida y sintió las manos temblar. Esperaba que le dijera que la perdonaba y que las cosas se quedaban tranquilas entre ellos, pero contrario a todo pronóstico, InuYasha la vio de vuelta, con una expresión determinada y seria, apretó la quijada, dio media vuelta y se fue.
Desapareció del campo visual de Kagome.
No dijo una sola palabra.
Continuará…
Muchísimas gracias a todos por sus hermosos comentarios. Mensualmente tengo que viajar a otra ciudad por citas médicas, así que este capítulo lo dejo subiendo a la plataforma antes de irme, por eso hago estas notas tan generales. Espero que sigan disfrutando de esta historia y no olviden que es víspera de una fecha importante para InuYasha y también esta es la última actualización del año.
Felices fiestas a todos y con este fic nos vemos en enero. ¡Los adoro mucho!
