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Capítulo 20.
Desde su ángulo podía ver el torso semi descubierto masculino que estaba provocándole cosquillas en la entrepierna. Se atragantó con su propia saliva al sentir el cuerpo reclamarle la falta de atención de las últimas semanas. Suspiró lo más hondo que pudo y volvió a su tarea de limpiar la camioneta mientras el hombre que quería, reía de forma exquisita con sus amigos, quienes daban mantenimiento a otros vehículos. Sabía bien ella que él se veía muy recio y causaba una sensación casi delirante con esas manchas negras de aceite esparcidas por su bivirí blanca. La distancia se había vuelto tan marcada, que ella misma empezaba a desesperarse.
Enderezó la espalda para girar y tomar algo más de jabón cuando una figura justo detrás de ella casi le paraliza el corazón.
—¡Carajo! —Intentó no gritar, pero la expresión le salió desde lo más hondo—. Me espantaste, ¿acaso quieres matarme de un infarto? —Se tocó el pecho solo para comprobar que su corazón latía como si quisiera salirse del pecho.
El aludido la miró en silencio sin quitar aquella irritante sonrisita de lado que lo caracterizaba. Había estado allí un buen tiempo y era obvio que su vigilada no se había dado cuenta. Observó con detenimiento cada movimiento que hacía, buscaba la atención de ella y la dirigía al mismo lugar para cerciorarse de que estaba pendiente de una sola persona.
—¿Estás disfrutando de la buena vista, Kagura? —Soltó por fin con voz escalofriante, haciendo clara referencia a Bankotsu mientras la veía seguir con su trabajo anterior como si nada.
Kagura ni siquiera se inmutó. El enano maldito aquel había estado observándola desde que había llegado de Okinawa y su participación en los últimos casos de «El Gremio» no había sido muy contundente, por lo que empezaba a pensar seriamente que la misión de Hakudoshi era observarla. El tipo no hacía más que eso y era siniestro.
Dejó de fregar el capó del coche y lo encaró, con la cara más agria que podía. El encierro en ese lugar empezaba a agobiarla de forma aplastante cada día, se sentía como una presa tras las rejas, encerrada entre los enormes muros de Naraku. No era justo que ni siquiera tuviera cierto espacio para, por lo menos, observar a Ban desde lejos. Ese hombre era la única razón por la que ella estaba soportando los días allí.
—¿Por qué no dejas de hablar tonterías y me dices de una vez qué es lo que quieres?
Hakudoshi la miró con una expresión escalofriante sin decir nada más. Casi pudo ver cómo Toriyama se estremecía y eso le causó cierto placer. Movió los dedos dentro de los bolsillos de su ropa y la encaró después de un rato en el que ella no dejaba de respirar de forma irregular.
—Sé que sigues enredada con Bankotsu, no creas que soy tonto. —Comenzó a decirle y las pupilas de la mujer saltaron—. Estoy vigilándote, Kagura, no quieras pasarte de lista conmigo.
—¿Qué demonios quieres? —Su tono pareció más bien una súplica. Se sintió estúpida por no ser capaz de negarlo, pero tampoco lo afirmaría. Las paredes tenían oídos.
—Que cuides muy bien tus pasos.
Sin soltar una sola palabra, el joven hombre dio la media vuelta y se marchó en silencio. Kagura lo vio perderse de su campo visual y lo maldijo hasta que se quedó sin energía mental.
Su mente no había dejado de producir imágenes y en cada escenario nuevo, lo veía diciéndole algo distinto, pero, por lo menos, le decía algo. En su imaginación, no se había quedado callado como había sucedido en la vida real, pero le seguía pareciendo frustrante que no hablara demasiado en la fantasía. Cerró los ojos con suavidad, cansada de dar vueltas en la misma historia sobre él. Desde que había vuelto de la cena, casi no había pronunciado palabra y, aunque sus padres e incluso su hermana, se lo habían hecho saber, no había podido tener un subidón de ánimos.
Tal vez ya había pasado la media noche y ella seguía ahí, tumbada en su cama con los brazos abiertos, completamente callada y sin moverse un solo centímetro. Estaba tan impresionada por la actitud de InuYasha en el parqueadero, que realmente no había podido ni llorar, ni enojarse y ni deprimirse por su mudez, sino que pensar y pensar en por qué no había abierto la boca. ¿Tanto la había cagado durante ese tiempo que él ya no quería saber nada de ella?
Sin darse cuenta, se encogió de a poco y se acomodó de lado, quedando en una posición fetal, con su cara mirando a la ventana. Era una noche fría. Tomó aire profundamente, no tenía una pizca de sueño. Se levantó después de un rato y caminó hasta su estantería, buscando el libro de K. H. Ito que InuYasha le había regalado por su cumpleaños y lo extrajo del resto de libros. Acarició la portada con delicadeza y una leve sonrisa se asomó por sus labios. Sintió el corazón apretarse un poco por los recuerdos de la sonrisa que él tenía cuando se lo obsequió y rápidamente la comparó con la distante y hasta sombría expresión que tenía hacía unas horas. Le fue imposible no suspirar. Se sentó y reposó el libro en su escritorio para abrirlo justamente en donde se había quedado cuando su mirada se cruzó con el calendario que tenía delante. Sus ojos bailaron de arriba abajo cuando notó una cinta negra llamar su atención, era una cinta de luto y estaba dibujada justo al lado de la fecha de…
—¿Qué día es hoy? —Buscó el celular desesperadamente en su bolsa y lo extrajo para ver la hora, corroborando también la fecha—. ¡Dios, soy tan estúpida! —se golpeteó la frente, recriminándose—. ¡¿Cómo pude olvidarlo?!
Su tía Kaede y su tío Seitō realmente habían insistido para que se quedara a dormir en casa como solía hacerlo cuando se aproximaban esas fechas, pero, si era sincero, necesitaba estar solo. Le había dicho a su prima que no le dijera nada a Kagome acerca de la conversación que habían tenido y sabía perfectamente que Ayame le guardaría el secreto, así que eso lo confortaba. Estiró la mano para beber un poco de vino tinto y se removió en el mueble. Todo estaba tan callado en ese departamento, tan helado…
Camino a memorar once años de la muerte de sus padres, los sentimientos de InuYasha estaban completamente hechos polvo. De forma curiosa, esta vez no se debía por completo al traumático suceso que recordaba año tras año por más de una década, sino a la insistente figura de Kagome, que se había quedado grabada en su mente desde la primera vez que se habían cruzado. Tan inquieta, a veces irritante, tan viva y tan expresiva… no importaba de qué manera fuera, ella realmente tenía color. Sí, Kagome era como pasar de una escala de grises a verlo todo en alta resolución y de forma intensa, tal y como pasaba con las cámaras fotográficas de la mejor calidad. Era un oasis en medio del desierto, era un maldito imán que, importándole una mierda la distancia, hacía lo imposible para volver a atraerlo hasta él. Kagome había hecho crecer dentro muchos sentimientos, había calado en su vida de una forma distinta a la del psicólogo o a la de su familia, porque también despertó su corazón, se sintió tranquilo y relajado, se sintió libre de soltar algún chiste, de tomar una foto, de comer ramen frente a ella. InuYasha había sentido sus latidos desbocarse por advertir su presencia cerca, esa constante manía por mirarla, por estar pendiente de sus narices.
Y poco a poco, aquel deseo de buscar a alguien que lo protegiera fue desvaneciéndose, sintiéndose protegido por ella y dispuesto a protegerla también. Quizás y es que era muy joven, que no se había dado la oportunidad de conocer otro amor, pero, si volvía a ser sincero consigo mismo, no quería irse de su lado. De alguna u otra forma, su relación con Kikyō lo había tenido cerca, incluso de manera inconsciente, siempre estaba a su vera. Era cosa de la vida que Kagome y él no se alejaran físicamente.
Los rastros de los labios de ella se sentían vivos como brasas ardientes sobre su boca justo en ese momento, recordándole la respiración irregular que había percibido mientras profundizaba la caricia, los músculos del cuello tensarse ante sus dedos masculinos que lo apretaban con cierta ansia, la suavidad de su boca, cómo resbalaba con la suya y los fluidos que lubricaban el beso. Su cintura moldeada a sus manos para pegar los cuerpos, los suspiros que ella dejó en el aire cuando sus senos chocaron contra él… Los dedos de Kagome haciendo un viaje inestable por su abdomen marcado y el deseo animal que sintió que se desató en él justo en ese momento, aquello que hizo que parara todo y se comportara como un idiota. Todo, absolutamente todo eso era como una exquisita fantasía. Y mentiría como un bellaco si decía que su propio cuerpo no le había reclamado tenerla en la cama, si su anatomía no se tensaba al recordar cada segundo de delirio en ese beso, si su cerebro no le decía que echara a la mierda al corazón que pensaba que no lo quería lo suficiente y se dejara llevar por el inminente deseo de hacerla suya.
Que Ayame le confirmara que Kagome no besaba a hombres que no amaba lo había dejado descolocado como pieza defectuosa de un engranaje. Todo le dio vueltas y se sintió como un completo imbécil por haber perdido el tiempo. Si lo pensaba bien, él también se la había pasado haciendo suposiciones desde el día en que escuchó aquella conversación y actuó como un estúpido por la ira. Después de su última discusión, de todo aquel rollo con Dai y el supuesto amor que había confesado por Akitoki hacía poco más de un año, aceptaba que estaba cansado de suponer y entendía que ella también creía que él amaba a Kikyō y esa era la razón por la que su relación de «amistad» era tan inestable.
Cuando la vio en aquel restaurante casi siente que los nervios lo harían tartamudear. Fue una sorpresa casi tortuosa saber que, otra vez, por obra del destino, estaban en el mismo lugar. Quería salir corriendo sin ser visto por su familia, con quien claramente tenía un conflicto silencioso —solo de su parte, por el momento—, pero, por supuesto, le había sido imposible, por lo que se obligó a acercarse hasta su mesa. Estaba tan tenso y podía jurar que Kikyō también lo había notado, así que salió de ese lugar lo más rápido que pudo, sin embargo, cuando la vio en ese parqueadero, con la mirada cristalina, el semblante arrepentido, como si quisiera caer de rodillas, tuvo ganas insanas de correr hasta ella y abrazarla, pero no pudo.
Simplemente no se movió y su rostro tampoco expresó más que una creciente sed por entenderla, por leer sus ojos, por intentar saber qué diablos quería de él.
«[…]y he estropeado nuestra amistad».
Jodía que ella parecía ser muy sincera, por lo que reducir lo suyo a amistad, era como darle una patada en el estómago y reírse por eso. Pestañeó lento porque supo que, como fuere, tenía razón: ambos habían estropeado su amistad, quizás desde siempre. Quizás no estaban hechos el uno para el otro, no siempre bastaba tener sentimientos, había más cosas a tomar en cuenta antes de.
Estaba aceptando sus disculpas, tenía pensado decirle algo, pero ella… ella jugó sus cartas y de un movimiento certero, lo acabó.
«Porque la amistad no es un juego. Tú no eres un juego, InuYasha»
Entonces no tuvo nada más qué decir.
Escuchó la puerta de su cuarto abrirse lentamente después de que ella la dejara pasar y no se molestó en apartar el libro que había estado viendo minutos atrás.
—Parece que mamá y papá ya se durmieron —comentó en voz baja y, aunque su técnica de iniciar conversación le pareció lamentable, no lo hizo notar.
—Es normal, estaban cansados —respondió ella, agachando la mirada. La presencia de su hermana le había puesto los pelos de punta.
Después de que regresara de hablar con InuYasha, Kikyō había preguntado si todo estaba bien entre ellos, con un tono especial. Sintió la saliva quedarse en su garganta cuando eso sucedió. Claro que ella sospechaba, no era una tonta.
—Ya. Y como la cena no fue tan bien que digamos —Kikyō cerró la puerta tras de sí y se recostó en ella con los brazos cruzados. Su tono era muy serio. Lo que había pasado con InuYasha estaba prácticamente más que claro para ella y, si era muy cínica, debía aceptar que el tema la sacaba de su constante vicio con Naraku—. Estuviste en otro planeta todo el tiempo.
—Eh, perdón, hermana, pero quien no soltaba el teléfono eras tú —Kagome atacó de vuelta y al instante. Si iban a hablar de quién echó a perder la cena, obviamente era un empate.
Kikyō suspiró de forma imperceptible, recibiendo el golpe bajo.
—Son cosas del trabajo —respondió apenas pudo—. En cambio, tú sí que te has puesto mal cuando InuYasha llegó a nuestra mesa, ¿no?
Kagome se echó para atrás en su silla, suspirando hondo. Sabía que su hermana no se iba a quedar con eso, lo sabía. Kikyō desvió la vista hasta el escritorio y recordó la portada del libro de la última vez que habían hablado de InuYasha. Casi parecía un déjà vu. Regresó los ojos a la menor y la vio de forma severa mientras esta la evitaba.
—Ya te dije que no pasa nada, son cosas de las tutorías y ya.
—InuYasha, él… nunca se ha pasado de listo contigo, ¿no es así? —Claro que para ella no era posible, pero no estaba de más indagar. Su hermana estaba cada vez más rara y entre su propia mierda con Tatewaki, había podido ver la de Kagome. Hacía tiempo que ya no se comunicaban como antes y eso la aterraba. Todo estaba yendo a mal y ella tenía miedo.
—¡Por supuesto que no! —Kagome se incorporó al instante, observando a la mayor casi con pánico—. InuYasha siempre me… ha respetado.
Se hizo un nuevo silencio y ninguna de las dos sabía cómo romperlo, sin embargo, no se iban a quedar así toda la noche.
—¿Ya no estás con este chico amable…?
—¿Hōjō? —Le ayudó a terminar la pregunta. Su hermana afirmó—. Solo somos amigos —miró al suelo.
—Por favor… —su tono fue sarcástico y negó con incredulidad.
—Bueno, qué es esto, ¿un interrogatorio policial? —La encaró por fin, algo harta de los cuestionamientos. Estaba muy nerviosa con todo lo de InuYasha como para que su hermana estuviera acosándola de esa forma.
—No me hables en ese tono, Kagome. —Le advirtió. Aquellas discusiones habían quedado en la adolescencia temprana, ahora se trataba de cosas serias.
Lo único que Kikyō quería era que Kagome estuviera a salvo. Ella sabía lo que era consumirse como un cigarro por un amor de mierda. Kagome tenía todos los síntomas.
—No, mejor hablemos de ti… —ahora fue el turno de la azabache—. Hablemos de ese tono de piel especialmente pálido que contrasta con las ojeras que han ido marcándose con el paso de los días, los ojos hondos y el olor a cigarro que hay en tu habitación, Kikyō, ¿por qué no hablamos de que todo esto tiene precedentes?
Y lo soltó, así, de una vez, no aguantando más aquello. ¿Que había sido muy dura con su hermana? Sí y se estaba sintiendo mal, pero aquello también era un asunto que necesitaba atención. La vio amilanarse con cada recriminación anterior. La desconoció.
—No, no confundas las cosas, yo estoy estresada por el trabajo, y…
—¿Por el trabajo? ¿Crees que soy tonta? ¿Crees que no me he dado cuenta? —Abrió mucho los ojos con cada pregunta, exaltada por la conversación que estaban teniendo—. Me he estado haciendo de la vista larga todo este tiempo, Kikyō, diciéndole a mi cerebro que es estúpido pensar en que ese maldito de Naraku ha llegado de nuevo a joderte la vida, pero veo que no es así…
Ella negó rápidamente, como si la vida se le estuviese yendo de las manos.
—No sé de él hace mucho tiempo —no era mentira. Se habían distanciado más de un mes. Técnicamente, decía la verdad y se iba a agarrar de esta como si su existencia dependiera de ello—. Y no sé por qué estás hablando de eso cuando yo fui quien empezó a preguntar por InuYasha, porque, así como tú dices haberte hecho de la vista larga, yo también vengo diciéndole a mi cerebro que mi hermana no me está escondiendo sus sentimientos por su profesor de matemáticas.
El giro a la discusión las alteró a ambas. Kikyō, a esa altura de la vida, debía reconocer que estaba usando una excusa tonta para evadir el hecho de que había sido descubierta. Y se sintió como una egoísta de mierda.
—Yo no tengo nada con InuYasha, ¡¿cuántas veces te lo debo repetir?! —Llevó las manos a los costados, nerviosa por todo aquello, gritando sin darse cuenta.
—¡No me alces la voz!
—¡No te entrometas en mi vida, ya estoy grande y tú también lo estás! —Rugió, con los ojos picándole. Sentía el corazón desbocado. Era la primera vez que discutía así con su hermana.
—¡Lo único que quiero es que ningún hijo de puta te haga daño! ¡¿Por qué no lo entiendes, Kagome?! —Ella también rebatió con una voz severa, como si su hermana no entendiera la razón por la que estaban ahí.
—¡¿Por qué no entiendes tú que soy libre de amar a quien quiera?! ¡Así como lo eres tú! ¡Deja que me de los golpes que tenga que darme! —Enardecida como nunca por sentirse juzgada por una de las mujeres que más amaba y admiraba en la vida, Kagome respiró errática mientras soltaba aquello. Ella jamás le había recriminado a Kikyō por haberse enamorado de una basura como Naraku, por lo tanto, era incluso doloroso sentir que su hermana no la estaba apoyando ni un poco.
—¡¿Has pensando en qué diría papá si se entera de que el hombre que quiso casarse con su hija mayor, a quien le deja la casa sola y confía por completo, se ha enredado con su hija menor poco después de terminar conmigo?!
La voz de Kikyō resonó en la cabeza de Kagome como ecos jodidos que la martillaron hasta marearla. La vio mover las pupilas rápidamente, con las mejillas rosadas por el calor de la discusión, los ojos bien abiertos y los orbes dilatados. Kagome se quedó en silencio, recibiendo el golpe bajo. Kikyō también se quedó en la misma posición; para ella no tenía sentido que InuYasha intentara tener algo con Kagome de repente, eso solo sería válido si los sentimientos hubieran aflorado anteriormente y, de ser así, InuYasha no habría sido tan cerdo como para, de alguna forma, cambiar a Kagome por ella de un momento a otro. ¡Es que no tenía un maldito sentido! ¡InuYasha quería algo de Kagome! ¡¿Estaba jugando con ella en venganza de su ruptura?! ¡Es que todo podía ser y ella no podía decirle a su hermana que sospechaba eso porque le había dicho a InuYasha, ebria, que estaba con alguien más! ¡Malditos fueran todos!
—¿Sabes qué, Kikyō? —Susurró Kagome, con la garganta ardiendo. Se secó las lágrimas que habían empezado a correr sin poder detenerlas—. Cualquier situación que tenga que ver con InuYasha y yo, jamás va a compararse con la mierda humana que te agarró del pelo —la observó como si viera aquella violenta escena reproducirse ahí mismo—, te echó como un perro de su casa, se largó de tu vida sin decir más y quedaste sola, usada y con un bebé dentro de ti.
Kikyō negó lentamente y se alejó un par de pasos. Eso tenía que ser una maldita broma. Su hermana no podía ser capaz de decirle aquello. No es que ella estuviera minimizando sus propias palabras, pero eso había sido lo último que Kagome le había podido decir.
Su primera lágrima cayó.
—No estás diciendo esto…
—No, tú no dijiste todo eso —alzó una ceja, empezándose a sentir como una mierda, pero estaba dicho y ya era tarde para arrepentirse. Ella realmente se había pasado con eso. Había sido más que un golpe bajo, sabía que su corazón hablaba por el resentimiento absurdo de haberse sentido cambiada por ella respecto a InuYasha.
Quizás su maldita mente estaba vengándose de Kikyō sin razón, hablando por el odio que sus palabras habían despertado en ella. La vio chasquear la lengua y alzar el mentón, tragándose todo.
Y de la misma forma en la que InuYasha lo había hecho, su hermana se dio la vuelta sin decirle una sola palabra más.
»—No, espera, hermana —intentó seguirla, pero el portazo la detuvo—. ¡Kikyō!
Movió la esfera del amuleto entre los dedos índice y pulgar, reflejándose en el color lila de esta. Ladeó un poco el rostro y sonrió.
«La tarde estaba cayendo cuando una bandada de pájaros negros surcó el anaranjado cielo de Japón. Mientras las palmadas de Izayoi y Kaede resonaban, arrodilladas frente al santuario, sus mentes evocaban silenciosas oraciones. Ayame, de alguna manera obligada a permanecer en silencio junto a su madre, su tía y su primo, abrió el ojo derecho para divisar a su compinche y lo vio ahí, todo buenito, con ambas manos en posición de oración y se le escapó una pequeña risita. Con mucho tino, estiró la mano y alcanzó a tocarle el brazo para llamar su atención.
InuYasha regresó la vista de inmediato, viéndola con una expresión confundida. Ayame le hizo una mueca extraña y movió la cabeza en dirección de la salida, sin embargo, el pelinegro se quedó en su lugar, sin entender demasiado. De un movimiento sigiloso y certero, la niña se separó de las adultas, tomó a su primo por la camiseta y salieron de la estancia con la misma paciencia.
Afuera, el graznido de las aves ambientaba la cálida tarde.
—Oye, a la final no nos hemos quedado ni tres minutos con nuestras madres —comentó el pequeño, encogiéndose de hombros. Aunque no lo aceptara, le gustaba mucho seguir a su prima en todas las locuras que hacía.
La niña también se encogió de hombros.
—Allá dentro se está aburrido, ¿no crees? —Los ojos esmeraldas, inquietos, pasearon por la gran extensión del templo, observándolo todo con detenimiento, encantada por la cantidad de áreas verdes que tenía y la paz que desbordaba, especialmente en el lugar cerca del famoso Árbol de las Edades, con miles de años de antigüedad.
—Ese gato es lindo —comentó InuYasha de repente, apuntando al obeso gato que caminaba con parsimonia a lado de un niño que parecía ser mayor que ellos.
—Hola, abuelo… —lo escucharon decir.
—Creo que se llama Buyo, el anciano lo llamó cuando llegamos. —Le dijo su prima con voz discreta. Los ojos del pequeño InuYasha brillaron; era la primera vez que sentía que quería una mascota con tantas ansias y, en especial, que quisiera un gato.
—Sí, es…
—Oye —la interrupción fue inmediata, enérgica—, ¿no querías tú el amuleto de la perla?
InuYasha asintió rápidamente, sonriendo.
—Sí, es muy lindo, mamá tiene una hermosa cadena de la Perla de Shikon.
—Pues vamos a tomarla —Ayame sonrió de forma tan amplia, que sus ojos se cerraron y fue fácil ver toda su dentadura que, a los 8 años, se veía algo desprolija.
—¿Cómo? Si no tenemos dinero para comprarla —la cara de InuYasha estaba cada vez más confundida.
A veces, su prima decía cada cosa que se le pasaba por la mente, pero él, siendo casi dos años mayor, debería ser quien pusiera el orden, sin embargo, era casi al revés. Escucharon al anciano dueño del templo decirle algo a su nieto y llamarle «Sōta» o algo así. Lo miraron fijo mientras la mente de Ayame maquinaba un par de planes malvados para obtener el amuleto.
—Si ni tinimis diniri piri quimpririli —soltó después de unos segundos, asqueada. InuYasha regresó a verla con la misma expresión y después de unos segundos, estallaron en risas que intentaron acallar.
El anciano les alzó la mano y ellos respondieron, empezando a caminar hacia él de forma lenta.
—Eres una tonta.
—Lo vamos a robar. —Le propuso en voz baja—. Estás castigado y la tía Izayoi no te lo va a comprar, así que vamos a obtenerlo por la fuerza.
—Eso está mal. —Le refutó, en el mismo tono discreto, sin dejar de mirar al anciano.
—No importa. Tú distráelo mientras yo tomo el amuleto de su exhibidor —Ayame ya había visto la manera de colarse hasta llegar a la vitrina y tomar el juguete. No era demasiado difícil para ella.
—¿Cómo voy a distraerlo?
—Usa tu cabezota.
InuYasha suspiró hondo cuando vio a su prima saludar al dueño del templo; la maldita tuvo la osadía de usar al gato como distracción para hacer que el viejo enfocara toda su atención en él. El niño intentó aplacar sus crecientes nervios aclarándose la garganta. Su prima lo miró de forma asesina, invitándolo a seguir con el plan.
—¿Estás bien, pequeño? —La voz avejentada llamó su atención y él asintió rápido, casi asustadizo—. Muy bien.
Cuando lo vio recogerse para volver la vista hacia su vitrina, InuYasha abrió la boca.
—¿Le-le puedo cantar una canción? —Jugueteó con los dedos helados, esperando haber podido lograr su objetivo—. Es que pronto tengo un recital en la escuela y quiero practicar. —Mentía. Era malísimo cantando, pero suponía que buena idea se le había ocurrido para entretenerlo.
—Sí, claro…
—Aquí va —se aclaró la garganta—: ¡El mundo he de cambiar, para ir a un futuro ideal…!
Ayame sonrió victoriosa desde su lugar, deslizándose por entre la madera y tomando la joya. Escuchar a su primo cantar era una tortura, pero valía la pena por la causa».
Por supuesto que habían conseguido la joya. InuYasha había estado feliz con ella por mucho tiempo. Le gustaba no solo por el recuerdo que tenía de su madre, sino por el significado de esa joya: valor, amistad, sabiduría y amor, los cuatro sentimientos esenciales de vida. Al siguiente año, su primo se la había dado de regalo en su cumpleaños, lo cual fue un momento muy gracioso. Desde ese día, aquel amuleto se había quedado con ella, trayéndole nostálgicos y buenos recuerdos de la infancia.
Por esas fechas, InuYasha siempre estaba triste. Así cada año después de sus padres y estaba ansiosa porque esa vez, no había querido quedarse con ellos. Estaba segura de que se debía a Kagome, eso lo tenía claro. Suspiró, dejando el amuleto en su lugar y cerró el cajón. Apenas había terminado de hablar con Kōga contándole un par de cosas de su día y se sentía algo agotada.
Caminó hacia la cama y antes de acostarse y apagar su lámpara, el celular vibró sobre la mesita de noche. Frunció las cejas, ¿sería Kōga? Si le había dicho que ya se iba a dormir. Tomó el aparato y lo desbloqueó.
"Soy una imbécil con título. La hablé horrible a Kikyō"
Era Kagome y se veía desesperada. Tecleó rápidamente una respuesta.
"Tranquila, K. Dime qué pasa"
La vio «escribiendo» un par de segundos y en seguida le llegó la respuesta.
"Es un cuento muy largo para hablarlo por WhatsApp"
Iba a escribirle que ya lo hablarían en la mañana, pero Kagome volvió al estado «escribiendo» y la puso algo nerviosa que tardó, seguramente haciendo más de una versión del mensaje. Estuvo con los dedos suspendidos sobre la pantalla, esperando la devolución un buen par de minutos hasta que por fin le llegó. Abrió la boca cuando leyó lo que Kagome estaba diciéndole, sin poderlo creer.
"Mira, Ayame, lo siento, sé que está mal que apenas te diga esto, pero hace días que besé a InuYasha y todo se ha estado yendo a la mierda. Sé que quizás no soy correspondida como quisiera, pero, ¡maldita sea! Ayame…, lo amo más que nunca"
"Y tengo miedo"
Continuará…
No me maten, de verdad, perdón por tardar tanto y gracias por leer esta cosa mal llamada fic.
