El día de hoy, 4 de marzo de 2022, se cumple un año desde la partida de una de las personas más importantes de mi vida y de quien se llevó consigo un pedazo de mi alma. Diario pienso en mi abuelo y me apena mirar alrededor y saber que ya no está, así que, como lo sentía desde que escribí esta entrega especial, es un homenaje para él y de algún modo para otro ser especial que el día de ayer cumplió un mes más de su partida. Los amo y les elevo al cielo mis letras.
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No había escrito un InuYasha con el que compartiera tanto dolor hasta que los perdí.
Advertencias: Muerte de personajes, descripción explícita de escenario sangriento, carga emocional y duelo.
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Capítulo dedicado a CrisUL.
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La vida a veces es como el humo del cigarro que te fumas cuando estás ansioso: desaparece en un instante sin dejar rastro ni huella de que alguna vez existió; se evapora en el aire y desparece ante tus ojos en un parpadeo. Los recuerdos que dejas a los demás son el olor a nicotina que queda fluctuando en el ambiente después de que has terminado con el tabaco. Y te destruye.
—La pizza está deliciosa —se obligó a taparse la boca mientras saboreaba la comida.
—No hables con la boca llena, Ayame.
—Lo siento, papá.
En la mesa, todos soltaron unas ligeras risas, incluso InuYasha. No podía evitar su alegría, era casi imposible de ocultar.
—Meh, prefiero la hamburguesa —comentó enseguida, mientras se llevaba el trozo de pizza a la boca.
—Siempre estás en mi contra —le martilló su prima, viéndolo de reojo y con los ojos achicados.
—Seguro que tus padres te consienten pasado mañana, InuYasha —la voz de su tía se dejó escuchar, alegre. Todos estaban contentos por la próxima reunión familiar que habría en honor a celebrar los quince años de su sobrino InuYasha.
—Uy, el niño mimado de mamá —le molestó la pelirroja con un exagerado tono condescendiente.
Todos rieron.
—No seas envidiosa —puso los ojos en blanco y bebió de su gaseosa. Era verdad que sus padres no tardarían en llegar y estaba ansioso por saber qué habían llevado para él, no importaba lo que fuera.
Era importante para él estar a lado de su familia todos los años y ver sus rostros cargados de afecto cuando le obsequiaban algo; eso era, quizás, mejor sensación que el propio regalo. Era increíble.
Con tranquilidad, la cena siguió su curso entre risas y anécdotas. Era un ambiente completamente ameno e InuYasha lo estaba disfrutando al máximo. Taishō iba a comer su última rebanada de pizza cuando sintió como si una corriente poderosa lo sacudiera por dentro. Se estremeció todo y convulsionó ligeramente a causa de eso. Lo invadió un pánico ilógico y las manos le empezaron a temblar. Esto, por supuesto, no pasó desapercibido por su familia.
—¿Estas bien, InuYasha? —Seitō se puso de pie cuando vio a su sobrino pálido y Kaede junto a Ayame también.
—S-sí, es solo que… —InuYasha pestañeó suavemente, mientras pasaba los retorcijones en su estómago. Fue tan desagradable, que tenia ganas de vomitar y sus dedos estaban helados.
—¿Seguro, InuYasha? —Kaede lo observó, preocupada y contagiándose del nerviosismo de su sobrino.
—Sí, tía, eso creo…
—¿Quieres que te traiga agua? —Le ofreció la muchacha, viéndolo con preocupación. InuYasha asintió.
Después de un minuto, recibió el agua en silencio y se la bebió lo más rápido que pudo. El vaso hizo un ruido hueco cuando golpeó contra la mesa. InuYasha ya no sentía pánico, pero ese nerviosismo, el miedo irracional y la heladez en sus dedos seguía siendo palpable. Pidió permiso para irse a la sala y recostarse un rato en los muebles y sus tíos le concedieron el espacio inmediatamente. Taishō cerró los ojos y dejó ir un largo suspiro cuando se sentó. No entendía qué le pasaba, ni siquiera tenía sentido aquello. Escuchó que recogían los platos y toda la casa se había quedado en un profundo silencio. Intentó descansar unos segundos mientras el cuerpo se relajaba sobre mullido sofá y así fue.
Cuando su cerebro empezaba a desconectar de la realidad, la corriente volvió a invadirlo de manera abrupta. Se incorporó, respirando de forma violenta y tocándose el pecho. Sentía que una desesperación subía por dentro y se atoraba en su garganta, ahogándolo, quitándole la respiración y acabando con su sistema nervioso. Tragó saliva mientras el cuerpo le empezaba a sudar y un temblor extraño no lo dejaba normalizar los latidos. Miró alrededor y no vio a nadie, parecía haberse quedado solo. Volvió la vista hacia el frente y se quedó ahí, preguntándose qué demonios le estaba pasando. Pasados algunos minutos, se fue calmando poco a poco, sin embargo, el miedo a volver a sentir aquello lo invadió de tal forma, que se recostó y mantuvo los ojos bien abiertos y no se movió. Casi sin respirar, encogió los dedos sobre sus piernas, lascando la piel de las llenas con la tela áspera del jean. Algo no andaba bien.
Tomó su celular rápidamente y lo observó con la pantalla desbloqueada. Tragó duro. Tenía ganas de llamar a sus padres para saber si estaban bien, pero de seguro que iban ya llegando a la ciudad y sería cosa de dos minutos para que estuviera arribando a la casa de Kaede.
No los quería molestar, pero…
Sus dedos hicieron un viaje lento y tembloroso hasta tocar la pantalla y ubicarse en el «Teléfono», tocó un par de teclas y la llamada estuvo a un toque de realizarse.
—InuYasha.
Fue como salir de una ensoñación siniestra, como reventar la burbuja en la que se había encerrado. Bloqueó el celular rápidamente y volvió la vista a su tía. Le dedicó una fugaz sonrisa en señal de saludo y la observó caminar hasta él para sentarse a su lado.
»—¿Estás bien?
El aludido agachó la vista y después de unos segundos negó lentamente. ¿Para qué iba a mentir? Sus nervios parecían querer explotar de repente y no tenía idea de qué era aquello que lo estaba consumiendo como si de un cigarro se tratase. Inspiró hondo.
—Creo que… —volvió a inspirar hondo— solo estoy estresado.
Kaede lo observó un momento y después de tanto, sonrió. Con cuidado, pasó un brazo por el joven adolescente y lo atrajo hacia ella de forma protectora y maternal. Se confortó en el gesto cuando InuYasha se dejó hacer y descansó en su regazo.
Ella y su hermana habían tenido únicamente un hijo cada una y, de la misma manera como Kaede deseaba un varón, Izayoi moría por una niña. Hacía tiempo que ambas habían intentado tener otra criatura, pero desgraciadamente, los intentos habían fallado, así que cada una brindó su amor a Ayame y a InuYasha, respectivamente, criándolos como hermanos y consintiéndolos como a sus propios hijos.
Sobó los cabellos negros con delicadeza y miró a la nada por un rato.
«La felicidad que se notaba en los ojos castaños, era casi física. Kaede también sonrió, como esperando una respuesta. Era extraño aquel silencio, pero Izayoi se veía contenta.
—Tengo una noticia que darles y quiero que sea especial —dijo por fin, tomando a su hermana mayor de las manos. Los rasgos ya maduros de Kaede se dulcificaron aún más con ese gesto—. Quiero que sea en el cumpleaños de InuYasha, así estaremos todos presentes, pero no se lo digas a nadie todavía, ¿sí?
—Claro que sí, pero… ¿Qué es que te tiene tan contenta? —A Kaede le gustaban las sorpresas, no lo iba a negar, pero ese brillo en los ojos de su hermana era tan fascinante como un espectáculo natural y le hacía pensar que algo grande estaba pasando.
Con un gesto cómplice, Izayoi ensanchó todavía más su sonrisa y le guiñó un ojo a su hermana.
—Es una sorpresa.»
Sin darse cuenta, la expresión pensativa se había ido llenándola de una especie de emoción. No tenía idea de lo que su hermana había preparado, pero estaba segura de que sería algo increíble que a todos les haría feliz.
—Creo que tu madre nos tiene una sorpresa —comentó después, animada. No había dicho una palabra por el pedido de su hermana, pero ya que la reunión estaba a un par de días, de seguro que ese detallito se le podía escapar para alentar a su sobrino.
InuYasha se separó lentamente para incorporarse y mirar a su tía directamente. Los ojos avellana, tan característicos de ambas hermanas Ishikawa, brillaban con cierta emoción. Taishō pestañeó un par de veces más y sintió que su cuerpo había comenzado a relajarse desde que la mujer lo había abrazado y consolado un rato.
—Siempre hay sorpresas en mi cumpleaños —respondió después y no pudo evitar la ligera sonrisa.
—Sí, pero esta sorpresa es para todos.
Tía y sobrino se miraron por un momento y ambos alzaron las cejas, diciéndose en silencio que podría ser cualquier cosa y que estaban a la expectativa.
—¡Cariño! ¡Tu celular está sonando!
Ante la voz de Seitō, ambos volvieron la atención hacia la dirección de donde había venido la voz. Ayame y su padre se habían quedado limpiando la cocina y el celular de Kaede estaba allá. InuYasha volvió a sentir el pánico recorrerlo a causa del grito inesperado.
—¡¿Puedes contestar por mí?! —Le pidió su esposa, notando el estado de alerta del ambarino. No lo dejaría solo, estaba pensando en decirle a su hermana que lo llevara al médico al día siguiente si seguía así.
—¡De acuerdo!
Ambos volvieron a acomodarse como estaban antes de la interrupción y se quedaron en silencio, inconscientes, intentado escuchar la respuesta a la llamada que habían recibido. La casa volvió a sentirse completamente muda, ya que la conversación estaba muy alejada para ser oída realmente.
Alrededor de un minuto pasó y los corazones de ambos se aceleraron como nunca antes. No se sabía cuál era el motivo del nerviosismo por una llamada, pero Kaede, en sus segundos de reflexión y miedo, concluyó que la alteración de InuYasha era gran protagonista de sus nervios. Poco después, y como si todo pasara en cámara lenta, vio a su esposo aparecer por la sala, aún con los guantes para aseo puestos, con Ayame detrás y ambos con rostros shockeados, casi espantados. Estaban en completo silencio. Ayame miraba a InuYasha como si estuviera viendo al mismo demonio y con los orbes encharcados, con los dedos helados y el cuerpo temblándole como una hoja. Se comunicó con su primo a través de los ojos y este los abrió aún más cuando entendió que el mensaje era malo.
Era fatal.
—Ka-Kaede… —el hombre tragó saliva y su voz se quebró. No podía, no podía, pero tenía que hacerlo—. I-I-InuYasha… —los miró alternativamente.
—¡¿Qué pasa?! —Gritaron ambos, comenzando a desesperarse.
—¡Solo vámonos, papá! —Ayame, con las lágrimas ya corriendo por sus mejillas, se exaltó y miró a su padre con desesperación.
Él cerró los ojos con fuerza y se sacó los guantes al mismo tiempo. InuYasha y Kaede ya se habían levantado para ese tiempo, presas del miedo irracional que los había invadido.
—Suban al auto —les dijo con voz ronca, sin poder mirarlos a la cara.
—Pero, tío-
—¡Suban al auto ahora! —Fue una orden.
Kaede caminó rápidamente con su esposo y llegó hasta él, mirándolo directamente, con el corazón latiéndole en las sienes y el pánico intentando matarla de un paro cardíaco.
—¡Dime qué es lo que pasa! —Lo tomó por la camisa y lo zarandeó, sin dejar de verlo, sin pestañear. Su cuerpo se iba poniendo rígido.
Intuía lo que estaba pasando. Ayame se echó a llorar más, sin poder evitarlo. InuYasha se había quedado estático, parado cerca del mueble sin mover un músculo.
—S-se trata de tu hermana, Kaede —le dijo por fin y su esposa empezó a negar lentamente—. Lo siento mucho.
—¡Pero, qué diablos te dijeron los paramédicos!
—¡No lo sé, solo me dijeron que habían sufrido un accidente, no me pongas más nervioso, mujer!
Las respiraciones de ambos adultos ponían el ambiente todavía más tenso. Kaede usaba sus dedos para quitarse las lágrimas del rostro, mientras, sentada en el asiento del copiloto, observaba cada movimiento que hacía su esposo al volante. No estaban a más de diez minutos, pero con lo rápido que Seitō conducía, de seguro que llegaban en la mitad del tiempo, por lo que apresurarlo no valía la pena. La mujer no tenía idea de si el accidente había sido fatal, pero rezaba a todos los dioses existentes por que no fuera así. No tenía demasiada información y prefería que fuera así, de lo contrario, realmente se volvería loca.
Por el espejo retrovisor observó a su sobrino y se le oprimió el pecho cuando lo vio ahí, con una expresión seria, como perdido. No había dicho ni una sola palabra desde que salieron de casa y, aunque Ayame había estado a su lado siempre, InuYasha seguía completamente en silencio, observando hacia la nada. Kaede cerró los ojos y dejó ir su dolor.
Atrás, InuYasha miraba su celular desbloqueado, colgado en el número de su madre, la última llamada que iba a hacer en su celular antes de que… antes de que…
¡No! ¡No! Antes de que nada. Sus padres estaban bien, ¡tenían que estarlo! Bloqueó el móvil y lo apretó fuertemente, intentando disipar la ira, los nervios y el pánico que lo estaban atacando. Las palabras no podían salir de su boca, no podía ni siquiera respirar bien. Su prima intentó tocarle el hombro, pero él se apartó, arisco.
Ayame lo observó con una profunda tristeza recorriéndole el alma y bajó la mano lentamente, en ese espacio vacío que el joven había dejado. Lo que estaba pasando era, quizás, la peor tragedia que jamás había vivido. La muerte de su abuela había dolido mucho, pero ambos estaban más pequeños. Ahora, lo que les esperaba en esa carretera seguramente que era peor, pero estaba rogando por que sus tíos siguieran con vida.
No pasó demasiado para que las luces, la gente y muchas autoridades reunidas alrededor de algo, llamara la atención de la familia. El corazón de todos dio un vuelco cuando la inminente desgracia se alzaba voraz ante sus ojos. Con un movimiento rápido, el señor Tanami buscó un lugar y orilló el auto. Quitó el seguro en un segundo y todos salieron despavoridos de ese auto.
Con el corazón intentado salirse de su pecho, viendo todo pasar como en cámara lenta e ignorando los gritos de su familia, InuYasha se abrió camino entre la gente de forma ruda. Las luces parpadeantes le quemaron las retinas y tuvo que usar su brazo para intentar ver algo. Lo que vio allí lo descolocó.
Ambos autos, de similar tamaño, estaban muy cerca de otro, con el humo de la colisión inundando el ambiente. El capó de los dos vehículos había sido destrozado cual hoja de papel en las manos de un artista cuando se ha quedado insatisfecho con el resultado. Los vidrios del parabrisas habían desaparecido, las puertas abiertas, probablemente manipuladas por los paramédicos que intentaban sacar a las personas de dentro.
—No…
Como si de un muñeco cualquiera se tratase, vio a alguien tomar los cuerpos de sus padres. Sus ojos se dilataron cuando, por las luces, notó con claridad el rostro deformado de su madre. Los vidrios habían cortado la carne de su mejilla derecha y desde ahí podía apreciarse la piel expuesta, la capa de grasa y la sangre que había empapado todo su pecho, que ya se veía casi negra. Tenía los ojos semiabiertos mirando a la nada, habían perdido su brillo.
Lo que había quedado de su boca abierta, dejaba ver que algunos de sus dientes habían volado por el golpe que se había dado sobre salpicadero del auto. Al parecer, el airbag no había funcionado. El cuerpo inerte de Izayoi reposaba en el asiento del copiloto, con su cinturón de seguridad puesto, los vidrios incrustados en su piel, el cuerpo lleno de sangre y las manos cubriendo su vientre. El cabello de su fleco estaba áspero y rígido debido a la sangre que un corte en su frente le había causado. Su cuello, cubierto del líquido vital estaba también lleno de pequeños fragmentos del cristal, entre aquellos, brillaba su hermosa cadena de oro junto al dije del conocido amuleto de la perla de Shikon.
A lado, y con algunos fierros traspasando su cuerpo, se encontraba Tōga. Su boca abierta había dejado escapar la sangre mezclada con lo que parecía ser su propio vómito. Los ojos saltones completamente enrojecidos por los vidrios que habían penetrado en la esclerótica, rompiendo el tejido fibroso e incrustándose en ellos como un huésped.
No había lugar del cuerpo de la pareja que no estuviera cubierta de sangre. Sangre, sangre, heridas, sangre; aquello era lo único que rodeaba el panorama.
Sin un previo aviso y completamente shockeado, InuYasha se coló por entre la multitud, agachándose hábil por la cinta amarilla que marcaba los límites del área del fatal accidente, corrió hasta el auto a como le dieron las piernas. Desde ahí, la visión de sus padres siendo removidos de los escombros era todavía más impactante.
—¡Oye! ¡Vuelve! ¡No puedes entrar así! —Uno de los policías alertó la presencia del adolescente y llamó a refuerzos para que fueran por él.
—No, no, no, no, no… —empezó a repetir él, con los ojos llenándose de lágrimas. No podía ser, en su mente, no podía ser. Negó rápido y ni siquiera advirtió los gritos desesperados de su familia que le pedía a los policías que empezaron a agarrarlo, que no lo lastimaran—. ¡No! ¡Madre! ¡Padre! ¡No! ¡Vuelvan! ¡Papá! ¡Mamá, no! —Sus gritos rompían el aire. Mientras forcejeaba con los dos oficiales que lo tomaron de los brazos e intentaba salir corriendo, sus ojos veían cómo ambos cuerpos eran removidos por fin, revelándose por completo ante sus ojos—. ¡No! ¡No los toquen! ¡Suéltenlos! ¡Dejen que pasen mi cumpleaños conmigo por última vez! ¡No! ¡No! —Su garganta, rasgada por el dolor de sus alaridos y los retorcijones en su corazón, no dejaba de repetir una negativa. Es que para él no era posible. Los oficiales estaban arrastrándolo, alejándolo cada vez más de su familia—. ¡Por favor! ¡Por favor, no! ¡Mamá! ¡Papá! ¡Aún no me han visto graduarme de la universidad! ¡Por favor! ¡No se vayan! ¡Papá, ¿era de vainilla o de chocolate?! ¡Mamá! ¡¿Cuál era tu sorpresa?! ¡Madre, por favor! —Cada momento en el que sus padres habían reído con él, que habían compartido un logro, una tristeza o una comida, pasaban por su mente como una película—. ¡Suéltenme, malditos, suéltenme! —Rugió desesperado, viéndose cada momento más lejos de los inertes cuerpos.
¡¿Con quién iba a compartir su alegría cuando terminase el bachillerato?!
¡¿A quién iba a acudir cuando el amor tocara a su puerta?!
¡¿Quién le daría consejos para afrontar sus sentimientos si ya le costaba mucho demostrarlos?!
¡¿A quién iría cuando sintiera vacío y necesitara un abrazo?!
¡¿Cuál era la sorpresa que le había querido dar su madre?!
¿Cuál sería el sabor del helado favorito de su padre? ¿Sería chocolate o vainilla? ¡Se suponía que siempre habían sido los dos! ¡Se suponía que después de quince años, su padre por fin le revelaría ese gran secreto!
¡¿Era de chocolate o de vainilla?!
¡¿Quién diablos se lo iba a decir ahora?!
¡¿Por qué su madre no había querido contar nada de la sorpresa?!
¡¿Por qué parecía tan feliz últimamente?!
¡¿Por qué se habían ido?!
»—¡¿Por qué?!
Era el tercer día desde aquel momento tan espeluznante en el que había visto a sus progenitores hechos pedazos en una chatarra. Los ojos de InuYasha estaban hinchados de forma que llamaba la atención y no había dicho prácticamente ni una sola palabra después de haber despertado del calmante que le tuvieron que administrar. En esos días se había tenido que quedar en casa de sus tíos y el ambiente allí era muy desolado. Todos estaban profundamente quebrados por la pérdida.
Y Taishō todavía no lo creía. Para él, todo aquello seguía siendo parte de una pesadilla horrible que, por alguna malvada razón, su cerebro no le permitía despertar. Se miraba las manos y delante de él, el plato que su tía había subido —una vez más, inútilmente— para que comiera y se preguntaba si era un sueño, ¿por qué se sentía tan real? Se levantó despacio y bebió un poco de jugo que utilizó para tomarse un par de pastillas para calmar su punzante dolor de cabeza. Le dio una mordida al sándwich de queso y al instante quiso vomitar. En su estómago no entraba absolutamente nada más que líquidos y la mayoría del tiempo solo quería dormir. Sus maestros de la escuela ya estaban enterados de su situación, así que, según Kaede, le darían un tiempo prudente para que pudiera volver.
¿Volver…?
Si no tenía ánimos ni para levantarse a tirar su comida, mucho menos para volver. Con cuidado, salió de la cama llevando los sándwiches envueltos en una servilleta y los echó a la papelera. Con un suspiro, se lavó las manos y la cara. Estuvo un buen tiempo ahí y las imágenes sangrientas de sus padres volvieron a invadirlo. En esas últimas horas no había llorado demasiado, pero tampoco había podido dormir. Cada vez que intentaba desconectar, veía todavía más cerca las heridas de su madre y los ojos de sus padres llenos de vidrios.
No quedaba nada de aquel par de seres asombrosos que lo habían traído al mundo.
Todo aquello se debía a que no podía procesarlo. Su mente creaba fantasías en las que sus papás estaban en casa, esperándolo. En su mente, su cumpleaños no había existido el día anterior y estaba de acuerdo de que todos lo hubieran respetado así. Algo dentro él yacía dormido y lo sabía, estaba consciente de que pronto iba a explotar.
Escuchó que tocaban la puerta y cerró la llave del lavabo apenas escuchó los golpes. Cuando salió del cuarto de baño, se dirigió hasta la entrada de la habitación y respiró hondo antes de abrirla.
Tal vez, en su pesadilla, era su madre quien iba a despertarlo por fin.
—Hola, InuYasha —la voz de Kaede se dejó oír, ronca. Tenía la garganta lastimada por todas las horas que había llorado a su única hermana. Y también la pena tan grande por su cuñado.
Y ahora había otro dolor que la estaba consumiendo.
Su sobrino no dijo nada. Desde aquella noche, estaba reacio y casi arisco, ni siquiera la miraba a los ojos cuando tenían una fugaz conversación, pero podía entenderlo perfectamente.
—Ya están en la funeraria —soltó, suspirando hondo. Vio las pupilas del chico empezar a moverse con rapidez y llenarse de lágrimas tan rápido como jamás lo había visto—. Baja un momento, también llegaron los resultados de la autopsia.
InuYasha clavó su mirada de inmediato en la abatida mujer y la vio retirarse sin decir más. Unos segundos después de quedarse procesando aquello, bajó en silencio hasta el comedor. En la mesa, la familia Tanami lo esperaba con una expresión de vacío en el rostro. Ayame, a sus poco más de trece años, entendía perfectamente que aquella situación era dolorosa y difícil de procesar.
—Hoy en la mañana nos llamaron de la morgue para reconocer los cuerpos —el primero en hablar fue Seitō—, como comprenderás, por muchas razones, no pudimos llevarte.
—Nunca me preguntaron si quería ir —le recriminó con un tono distante. En su mente era lógico que era adecuado que no fuera, además de ser un menor de edad, ir a reconocer los restos de sus padres… solo de pensarlo, se le revolvía el estómago.
Sus padres estaban muertos, de verdad lo estaban. No lo podía creer.
—InuYasha… —su tía llamó de nuevo la atención ante el comentario. No dijo más.
—Los primeros resultados de la autopsia también están aquí —el hombre extendió el sobre hasta su sobrino y lo puso delante de él. Sabía perfectamente que aquello era arrollador, realmente le sorprendía que el niño no se hubiera vuelto loco—. Puedes leerlo.
InuYasha observó los papeles por un momento y sintió que le secó la garganta. Tocar ese sobre significaba aceptar que sus padres se habían ido. Seguramente ya sonaría cansón, pero no podía aceptarlo. Con un gesto de rechazo, los apartó y volvió a mirar hacia cualquier lado.
—¿Qué dice? Y que sea la verdad —exigió saber, con su tono cada vez más duro.
Seitō miró a su esposa, quién volvió a taparse la cara con las manos para dejar ir las lágrimas como si no tuviera control de estas. Miró para su hija y la vio observar para la nada. Ella tampoco sabía de qué se trataba y no supo qué tan correcto era que lo supiera.
»—¡¿Qué pasa?! ¡¿De nuevo te quedas callado como aquel día?!
Los ojos de InuYasha estaban inyectados de ira. Sabía él mismo que no era nada contra sus tíos, sabía bien que estaba profundamente dolido con el destino o contra cualquier fuerza que hubiera propiciado la marcha de sus papás, tan repentina, tan trágica y tan dolorosa. Las manos le temblaban sobre la madera de la mesa. Las lágrimas habían empezado a caer sin pereza por sus mejillas. Respiró hondo cuando no pudo ver bien a su tío, que se había quedado mudo ante su reciente reclamo. Escuchó los sollozos doloridos de Kaede, también su prima había empezado a llorar y juró que el corazón se le retorció, su anatomía era como una hoja débil ante el viento. Quería morirse él también, quizás nadie estaba entendiendo el dolor tan grande que lo estaba atacando. El ambarino pudo pedir una disculpa, pero alzó la barbilla y volvió a sentarse.
Se tragó el odio contra sí mismo por comportarse como un imbécil.
—Tu madre estaba embarazada, InuYasha. —Le dijo de una vez, sin poderlo ver a la cara—. Tenía un mes de gestación…
—¿…Qué…?
Con los dedos temblorosos, sus manos tomaron el pálido rostro de Izayoi. Sus párpados temblaban por las lágrimas que asomaban de nuevo para salir. Negó rápidamente, mientras sus yemas pasaban por las mejillas llenas de maquillaje. La sutura se veía aún a pesar de la base que habían utilizado para intentar reconstruirla, pero, de alguna manera, volvía a tener completo su hermoso rostro tan lleno de alegría que siempre había sido su lucero. La tomó con suavidad desde el ataúd y la apretó contra su pecho, empezando a sollozar.
—Madre… —cada vez temblaba más.
El olor a químicos era asfixiante para él y jamás la había sentido así de helada. Su cuerpo estaba algo rígido y tan liviano para su gusto. La apretó todavía más.
»—Madre, no pude hacer nada para salvarte… —volvió a decir, con la voz quebrantada.
Cuando era pequeño, su madre era el centro de su mundo, si ella daba una vuelta, InuYasha también la daba, daba vueltas con ella. Era todo lo que tenía. Su padre era el complemento perfecto de ese mundo, sin él, las cosas no tenían gracia ni sentido. Ambos lo eran todo.
Con el rostro empapado y el corazón encogido, dejó a Izayoi sobre la almohadilla de su ataúd. Acomodó su cabello con mucha delicadeza hasta que su fleco se volviera a ver intacto. Estaba un poco hinchada y apenas notó que había marcas moradas en su frente que se habían disimulado bastante bien. Las acarició con una expresión llena de pena.
Con un suspiro largo, regresó a su padre. Su mente cansada de evocar las imágenes de sus orbes heridos, ahora apreciaban la expresión estoica de Tōga y los párpados cubriendo los ojos. Se le erizó el cuerpo solo de pensarlo.
¿Qué dolor tan grande habrían sentido ambos al colisionar de esa forma? Había escuchado que el auto que los chocó había venido rebasando a un camión. Todos murieron. Una familia entera del otro lado.
Pero él se había quedado allí, completamente solo. Así era como se sentía.
¿Se habrían acordado de él cuando vieron la muerte traspasarle el cuerpo? ¿Habrían sentido la pena tan grande de dejar este mundo sin poder si quiera decir adiós?
La impotencia que sentía era tanta, que apretaba su mandíbula de forma insana. Le dolía el alma, lloraba por pensar en miles de preguntas que tenía. Ellos ya no estaban ahí para responderle nada.
Alzó la mirada rápidamente cuando vio entrar a un hombre alto con apariencia seria, pero amable. Traía una caja de metal entre sus manos y se paró delante de él a una distancia prudencial.
—Son algunas joyas de sus padres, joven. —El hombre se las extendió e InuYasha las tomó de inmediato, sin dudar. Dentro estaban sus joyas de matrimonio, la de compromiso que su madre siempre llevaba y el collar. Las observó con los ojos de llenos de lágrimas, volviendo a temblar—. Joven, falta poco para que pasen al crematorio, sus otros familiares están afuera esperando, quisieran pasar a despedirse también.
Despedirse.
Despedirse para siempre de ellos. Regresó la vista a Tōga, que parecía simplemente estar dormido. El maquillaje también ocultaba sus moretones.
—Lo siento… en un momento salgo.
El hombre hizo una pequeña reverencia y se retiró sin más. InuYasha tomó las joyas en las manos y dejó la bandeja sobre la base más próxima.
Empezó con su padre.
Con cuidado, tomó sus heladas manos y abrió los dedos. Colocó cada anillo en su lugar correspondiente y recordó cuando, a sus seis años, él mismo se había encargado de llevar los anillos al templo en donde habían contraído matrimonio. Las lágrimas cayeron sobre las falanges inertes y empaparon las joyas. Su padre se veía tan feliz cuando recibió los aros para amar a su madre hasta que la muerte los separara.
De seguro que la muerte los había unido. Era todo a lo que se aferraba
Lo dejó en su lugar lentamente.
—Gracias por todo, padre… —le susurró.
Por último, regresó a Izayoi, haciendo el mismo proceso en sus manos. Era como volverlos a casar. Era doloroso y extraño. Era doloroso. Cuando terminó, se inclinó para dejar un tierno beso en la frente femenina y volvió a acomodar su fleco.
Suspiró sonoro, suspiró desde el alma y, secando las lágrimas con su muñeca, tomó el collar con el hermoso dije de la Perla de Shikon y lo colocó alrededor de su cuello. Verificó que hubiera quedado perfecto y se incorporó.
Dejar a sus padres para que lo siguiente que les pasara fuera sus cuerpos siendo consumidos por el fuego era la aberración más grande del planeta, pero a esas alturas, ya era inevitable. Tomó su camino en medio de ambos ataúdes y salió de la habitación de blancas paredes y adornos florales.
Cuando estuvo fuera, en la sala de espera, su familia regresó a verlo de inmediato. Vestían ropas negras y su semblante era fúnebre. No dijo nada hasta que tomó asiento alado de Ayame.
—Cuando nos los entreguen, quiero ir a casa. —Solo dijo eso.
Y los vio entrar por donde él acababa de salir.
Abrir la casa y encontrarla vacía solo fue un golpe más a su estropeada mente que se sentía cansada. Con los cofres aún tibios de los restos de sus papás en los brazos, InuYasha se abrió paso por entre los muebles y se encerró en la recámara matrimonial. Dio un portazo que dejó helados a los Tanami. Ayame casi ni había pronunciado palabra en esos días y aquello denotaba su estado triste y reservado. Sabía que no era momento de dirigirse a su primo, lo conocía lo suficiente.
Lo entendían, pero era doloroso verlo de esa forma. Kaede avanzó hasta la habitación y cuando estuvo ahí, tocó la puerta. Tenía muchos nervios y ella también sufría el dolor.
—¡InuYasha, abre, por favor!
—¡Déjame en paz!
Su reacción fue como la de un león herido. Seitō tragó duro al escuchar esa reacción. Nadie estaba bien ese momento y tampoco de sentía muy receptivo a las reacciones de Taishō, que obviamente eran normales. Dio dos pasos al frente, como teniendo que saliera y agrediera a su esposa. Su hija lo tomó de la mano y lo miró fijamente, negando con la cabeza. Le pedía que lo dejara tranquilo.
—Por favor, por favor, yo también estoy destrozada, pero no te encierres así, me preocupas —Kaede lloraba, pegada a la puerta y con los dedos recogidos sobre esta. Nunca había vivido una tragedia así y lidiar con el dolor de InuYasha le estaba resultando más duro que lo que creía—. Por favor, hijo, abre.
Dentro, el instinto del ambarino saltó y le inyectó los ojos de ira. Se aferró a los cofres como si su vida dependiera de ello. Aún reposaba el cuerpo sobre la entrada, colgado de la soledad de ese enorme cuarto que parecía todavía más grande sin la presencia física de sus dueños.
—¡No vuelvas a llamarme hijo, no soy tu hijo! —Rugió desde dentro, herido—. ¡Tú no eres mi madre! ¡¿Sabes en dónde está mi madre?! —movió los cofres contra su pecho mientras gritaba—. ¡Se ha reducido a polvo, no está, se ha ido y no hay nada que revierta esta maldita mierda! ¡Quiero que me dejen solo, váyanse!
—¡Escúchame, InuYasha! —Esta vez, la voz dura del Tanami mayor se hizo escuchar. Él se sintió atacado por el tono, pero no dijo nada—. ¡No le hables así a tu tía, no eres el único que ha sufrido una perdida, ella también está llena de tristeza! ¡Ha perdido a su única hermana, ¿lo entiendes?!
—¡Pues yo los he perdido a los dos! —Le rebatió, enfermo. No soportaba más aquello—. ¡Los vi desfigurados y llenos de sangre! ¡Quiero que me dejen en paz! ¡Váyanse! —Dejó su cuerpo rodar suavemente por la madera, permitiendo que el dolor en su forma líquida fluya de nuevo—, Váyanse, por…favor…
El mensaje de InuYasha era muy claro y clamaba espacio. Seitō se debatió mucho entre dejarlo o quedarse ahí, pero sabía que él necesitaba desahogarse. Lo entendía a la perfección. Tomó a su esposa, que, rota y sollozante, aún se aferraba a aquella bendita puerta.
—Ven, cariño —con suavidad, la atrajo hacia su pecho y la abrazó. Llamó a Ayame con un gesto mudo y esta corrió. Ambas lloraban que dolía, pero no dijeron nada más. Él tuvo que soportarlo entre sus brazos. Imaginaba si algo así le hubiera pasado a su pequeña pelirroja y el pecho se le encogía—. Hay que dejarlo solo, por lo menos un par de horas.
—No, no… —Kaede alzó la vista, asustada.
—Lo necesita.
InuYasha escuchó la corta conversación y sin una sola palabra, después de unos segundos, escuchó la puerta cerrarse.
Su garganta entonces dejó escapar los sollozos atorados que casi rayaron en gritos de desolación, angustia y una ira sin precedentes que se acrecentaba en su ser. El destino hacía cosas crueles a veces. El destino era una perra.
En la misma noche, Kaede había vuelto con su esposo y su hija a la casa de su hermana. InuYasha había dejado semiabierta la puerta de la habitación de sus padres y sobre su cama, se había quedado dormido, aferrado a las urnas. Las lágrimas habían dejado un camino salado y habían endurecido la piel del rostro del adolescente. Con cuidado, la mujer lo arropó con las mantas y le depositó un suave beso en la frente.
La familia se quedó a dormir esa noche. Al día siguiente, Seitō salió muy temprano al trabajo y Ayame se tuvo que obligar a volver a la escuela. InuYasha ni había querido comer, siquiera, pero al menos no reprochaba su presencia. Esa noche, también durmieron ahí. Y la rutina siguió toda la semana.
Para los días siguientes, InuYasha había decidido volver a hablar con su familia, pedir perdón por todo lo que había dicho y aceptó mudarse con ellos.
El proceso apenas empezaría, ya que después vendrían psicólogos, abogados, trámites, juicios por los bienes y demás cosas que sin Kaede y Seitō, tal vez él jamás habría podido soportar.
Intentar superar esa perdida, intentar soltar el recuerdo doloroso sería el reto más grande de la vida de InuYasha.
Y once años después, quizás estaba listo para dejarles ir.
Y cuando del cigarro solo quedan humos y cenizas, te ves en la obligación de disipar el humo y deshacerte de las cenizas. Y puedes ya no volver a fumar.
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