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Capítulo 22.

Mientras sus dedos se torcían junto a la manilla de la puerta de su hermana, Kagome hacía gestos que denotaban sus vehementes ganas de no hacer ruido. Cuando logró abrirla, divisó el cansado rostro de Kikyō descansar sobre la almohada. Tenía pinta de no haber dormido bien y su expresión reflejaba angustia. El corazón se le encogió y se maldijo por enésima vez en lo que iba del día. Odiaba con el alma haber discutido con su hermana, pero más se odiaba por todo lo que su corazón —todavía— envenenado había soltado, como si la pelinegra tuviera la culpa. Tenía que hablar con su hermana incluso antes de verse con Ayame, incluso antes de desayunar o de seguir respirando, siquiera. Si seguía peleada de esa forma un minuto más, seguro que no podría dormir lo que le restara de vida.

Cuando estuvo dentro, suspiró hondo, tomando valor para ubicar sus pensamientos y soltar palabras que tuvieran sentido. No pasó demasiado para que la joven muchacha advirtiera la presencia de alguien en su habitación y se despertara de golpe, tapándose el cuerpo con la sábana como por instinto de protección.

Precavida, como siempre.

Kagome se quedó ahí, prendada del susto que se había llevado y Kikyō, con la mano en el pecho y una cara de pánico que intentó disimular bajo la expresión estoica.

—Ah…, qué quieres —Kikyō dejó ir el aire contenido e intentó regular la respiración mientras se acomodaba en la cama—. Pensé que ya me habías dicho todo anoche —le dijo desde el resentimiento, el dolor y la ira que aún sentía por lo que había pasado esa madrugada.

Vio a su hermana pequeña suspirar rendida y no pudo evitar ese encogimiento en el corazón cuando advirtió su gesto de pena profunda. Amaba a Kagome con su vida, pero esa vez se había pasado, se había pasado veinte pueblos y le estaba resultando difícil la idea de disculparla pronto. La azabache agachó la vista, completamente avergonzada.

—Quiero que me perdones. —Soltó sin más, dejando ir el aire contenido. Alzó la mirada al tiempo que lo confesaba y vio la expresión agria de su hermana ir a peor.

—Uff, qué poco tacto tienes, eh —mientras hablaba, se sacó las sábanas de encima, negó rápidamente con la cabeza y salió de la cama.

—¿No me has enseñado tú a ser así? —alzó una ceja, haciendo que ella se detenga—. Vengo por que disculpes lo cruel e impertinente que fui contigo, hermana, a eso vengo, lo sabes.

Se produjo un nuevo silencio y la mayor se sentó de golpe en la cama otra vez. Se restregó la cara un par de veces, intentando afrontar la situación, que no era nada fácil. Ambas eran orgullosas y habían dicho cosas que no estaban del todo bien, especialmente Kagome, quien había dado más que un simple golpe bajo. Admitía que ella había empezado, admitía que, en un intento insano de usar lo de Kagome como excusa para dejar de pensar en Naraku, se había ido por las ramas y terminó estropeándolo todo, pero el corazón todavía dolía con las palabras de su hermanita, sabía que le había sacado a relucir algo muy doloroso y de forma cruda, aunque más le dolía saber que tenía toda la maldita razón. Jodía que K estuviera siendo tan exacta y echándole a la cara la única verdad absoluta que ella tenía clara.

Pero no podía, intentaba y no podía. Y, por todos los cielos, no podía salirse de esa relación porque el maldito la tenía amenazada, así que era ella o toda su familia e inclusive InuYasha o sus amigos. Se mordió los labios.

¿Era eso o definitivamente ella tampoco quería salir?

Negó rápido.

—Sabes que lo que pasó con Naraku todavía me duele, ¿no? No debiste decirme eso —le dijo en voz baja, sabiendo que sus defensas eran pobres. Por muy dolida que estuviera, el reclamo no tenía demasiados fundamentos—. Pero entiendo que te ataqué con lo de InuYasha…

—Sí, pero

—Y, repito —alzó la mano en señal de alto y Kagome se mordió los labios—, solo quiero lo mejor para ti. Imaginarme si quiera que podrías sufrir lo mismo que yo, me enferma, Kagome, ¿lo entiendes?

—Pero no eres la única que sufrió —la chica corrió hasta el regazo de su hermana y se arrodilló ante ella, tomándole de las manos—, ¿crees que ya olvidé la espera fuera del quirófano sin saber si vivías o morías después del aborto? —la pelinegra bajó la mirada, incapaz de ver a la pequeña—, ¿crees que no recuerdo los moretones en tus brazos que intentabas esconder con maquillaje? —los ojos le empezaban a picar. La relación de Naraku y su hermana no siempre había sido así, pero desde que se envenenó, todo se fue en picada y parecía ser imparable—, ¿crees que no recuerdo la vez que no fuiste a mi fiesta de cumpleaños junto a la familia de Ayame porque el maldito tenía celos de que salieras? —los ojos se estremecieron por las lágrimas que querían brotar—, ¿crees que ya olvidé que no querías comer en días luego de él…? —para ese tiempo, la joven adulta sentía las lágrimas rodar por sus mejillas, seguida a ella, la jovencita la acompañó—. Kikyō, recuerda que he estado más cerca de ti de lo que cualquier otra persona… yo también te he sufrido por culpa de ese infeliz, ¡y lo siento, maldita sea! ¡Lo siento por lo que hice en la madrugada, pero entiéndeme!

La aludida no dijo palabra. Observó para otra parte mientras aquello parecía ir calmando la ira que sentía al inicio de la conversación. Ya sabía ella que InuYasha quizás no tenía nada con la azabache, sabía que lo usaba como excusa porque Kagome no daba señales de que sus sospechas fueras ciertas, así que lo que importaba en ese momento, era todo lo que acababa de decir. Era verdad que, en ese tipo de relaciones, no te destruyes sola, la gente que te ama se va tras de ti. Después de suspirar y soltar una mano para secarse las lágrimas, volvió la vista a ese expresivo rostro y lo acarició con paciencia, intentando transmitirle sus nuevos sentimientos. Le sonrió de forma mediocre, consumida por su pena, pero Kagome recibió el gesto con cariño. Le apretó las mejillas.

—Lo siento yo también, K —dijo luego, acariciando la piel con los pulgares.

—No te preocupes, hermana… InuYasha y yo no tenemos… —muchas cosas llegaron a su mente mientras pensaba en qué decir— ni si quiera la intención de tener algo. Él es mi profesor, soy su alumna y hemos sido siempre buenos amigos. —Volvió los ojos a su hermana y sonrió aliviada después de salir bien con la mentira—. Así que deja ya de preocuparte por eso.

Kikyō asintió, más calmada. Ninguna de las dos dijo nada más sobre Naraku y eso fue una ventaja.

»—Oye, Kikyō… —le dijo después de un rato, con un tono travieso.

—No quiero —respondió como en automático, negando y sin poder evitar la sonrisa. Sabía que su hermana tramaba algo cuando usaba ese tono de voz.

—No, escúchame, sí que quieres —le insistió desde la misma posición—, estoy literalmente arrodillada ante ti, hermana.

Puso los ojos en blanco y negó.

—¿Qué quieres? ¡Que no sea nada que viole la ley, que te conozco! —Le apuntó con el índice y sorbió la nariz.

—El fin de semana —propuso, animada. Su buen humor era gradual, aunque sabía que tenía que soportar muchas cosas ese día, al menos sonreía por su hermana mayor ese momento—vamos a nadar.


Ayame movió el sorbete en el jugo en leche de mora y miró a Kagome con una expresión seria. Estaba muy jodida con ella. La chica se mordía los labios como si tuviera mucha vergüenza. Esa cara de culpa la había visto antes, cada vez que hacía una cagada. Y esa era una descomunal.

—Entonces, ¿ya te reconciliaste con Kikyō? —soltó por fin, como quien no quiere la cosa. La vio exhalar de forma casi imperceptible y dejar escapar una ligera sonrisa.

—Hoy en la mañana, Ayame. Tuvimos una conversación interesante y lo arreglamos —Higurashi también le dio un sorbo a su jugo de mora y miró distraídamente hacia cualquier lugar—. Este fin de semana vamos a nadar.

Tanami se echó para atrás y cruzó la pierna. Los dedos se le congelaban en el vaso de cristal que contenía su bebida fresca, pero ella soportó el precio de que ahora su semblante fuera dramático como el de telenovela. Había reparado en la ironía de la vida cuando llegaron a ese café y no había querido mencionarlo sino hasta ese momento, que parecía ser el justo.

—¿Sabes que esta mesa es en donde Kikyō le terminó a InuYasha? —Volvió a sorber y vio a su amiga poner los ojos saltones—. De tu lado se sentó Kyō y del mío, mi primo.

Instintivamente, la azabache miró la silla por los costados. Se sintió estúpida cuando notó lo que hacía y alzó la cabeza, reflexionando.

—Eres una perra malvada, ¿lo sabías? —Le dijo después, volviendo a acomodarse en el asiento. Ayame soltó una risa enérgica.

—Deberías saber que yo no tardo en ejercer mi venganza. —Volvió a dejar el vaso sobre la mesa—. Ahora sí.

—Sí… —habló distraída, moviendo la cabeza despacito—, ¿y cómo sabes que es esta mesa? —Cuando su mejor amiga la vio asesina, Kagome carraspeó fuerte y arregló su postura—. Está bien, lo siento, ¿sí?

—¿Lo sientes? Se supone que somos mejores amigas —se adelantó antes de recibir respuesta, con un ademán— y ya sé que no estás en obligación de contarme todo lo que te pasa, pero este caso involucra también a mi primo que es como mi hermano, así que sí tengo que ver.

Se hizo un nuevo silencio y el ruido del ambiente fue lo único que no permitió que fuera incómodo. La joven de ojos café se mordió los labios por millonésima vez en el día. ¿Ser directa con Ayame y dejar de lado sus nervios? ¿Ser directa como lo había sido con Kikyō? Negó, sin ser consciente de su expresión dramática y preocupada. Con Kikyō era más fácil, se trataba de su hermana y, además, se había preparado toda la noche para pedirle disculpas, así que…

—Fue nuestro primer beso… —le dijo por fin, tragando duro porque su garganta se había secado. Mentía si decía que no soñaba con ese momento, que lo rememoraba en soledad una y otra vez y llegaba lejos, llegaba hasta lo más íntimo. Se ruborizó— y fue lo mejor que he vivido en años —terminó por confesar ante la mirada más preocupada de Tanami—. Y después, InuYasha lo arruinó.

—K…

—Lo arruinó con su evidente no sé qué que jamás ha permitido que estemos juntos —prosiguió, reflexionando—. Y no, ya sé que no se trata de Kikyō —fijó la cansada vista en Ayame y negó lentamente—, se trata de mí, Ayame, no me quiere. —Quitó la mirada y se echó para atrás—. Y está bien, no voy a esperar ser correspondida siempre —se cruzó de brazos, pensativa— supongo que… este es mi karma por todas las personas a las cuales he rechazado, ¿no?

—Como a Hōjō, ¿no? —Volvió a sorber jugo y pestañeó varias veces, muy seria.

—¿Cómo lo sabes…?

—No has hablado nada de él en días y ya sé que no lo quieres, así que solo fue cuestión de lógica.

Kagome soltó el aire de forma enojada, recordando cada segundo de su pelea con Dai. Puso los codos sobre la mesa y se tapó la cara con las manos, estregando su rostro.

—Creo que ha inventado cosas sobre InuYasha que causaron una pelea horrible entre los dos —cada vez que recordaba que lo había lanzado a la piscina sentía vergüenza y más justo ese día en el que InuYasha estaría tan sensible—, lo lancé a la piscina y lo siento —miró rápidamente a su amiga, quién la observaba sorprendida— perdón por hacerle eso a tu primo, de verdad…

—Sabes que hoy recuerda que…

—¡Claro que lo sé! —Desesperada, cerró los ojos con fuerza y volvió a echarse para atrás en la silla de metal—. Es por eso que anoche que le pedí disculpas por lo mal que me he portado, no dijo una palabra. No fue sino hasta que llegué a casa y vi en mi calendario que recordé que no me daría clases hoy por eso mismo… en su contrato también lo dice.

Ayame había estado observando a la nada todo el tiempo. Esas fechas siempre eran duras para InuYasha y, aunque con el tiempo ya se habían vuelto más llevaderas, conocía a Taishō lo suficiente como para saber que ese recordatorio se haría más ligero si Kagome estaba a su lado. Esos dos tontos no llegarían a nada si no hablaban y, aunque no quería inmiscuirse demasiado en un tema que llegaba a ser delicado, quizás un empujoncito no les haría daño.

—¿Y si vas con él? —La vio volver en sí lentamente, casi asustada—. Mis padres pasaron en su departamento en la mañana porque InuYasha estuvo trabajando, estarán con él un poco más, pero si yo voy ahora y les digo que tendrá una visita sorpresa… —Había ladeado un poco el rostro y sonreía de forma dulce.

Fuera de los juegos y los mensajes tontos en WhatsApp o de las risas que siempre se habían sacado en grupo respecto a InuYasha y Kagome, sabía perfectamente que ambos sentían amor por el otro, que se hacían bien en conjunto, pero separados se destruían y por el bien de ambos, tenían que aclararlo todo y volver a la estabilidad que tenían antes de Kikyō…

—¿Crees que él me quiera recibir…? —Se estaba mordiendo las uñas mientras imaginaba simplemente llegar a la casa de él después de todo—. Yo, yo… —volvió la mirada a sus manos cuando las de Ayame las cubrieron con cariño. Sintió algo de seguridad con el gesto y la vio sonreír más amplio.

—Confía en mí, pero, sobre todo, confía en ti misma.


Observando fijamente el altar de sus padres junto a sus cenizas y con las velas titilando, la repentina ausencia de sus tíos y su prima se hacía cada vez más fría en el corazón de InuYasha. Le había parecido muy extraño que lo dejaran solo justo ese día, pero entendió que había surgido algo importante en casa y que regresarían tan pronto como pudieran. Los rezos de su tía Kaede parecían haber dejado ausencia en el aire y aquella sensación le causó escalofríos.

Once años ya, era totalmente increíble. Once años en los que había aprendido a vivir con la pérdida, con el vacío. Once años y después de tanto, observaba las urnas color rosa y azul marino frente a él y pensaba en que aquello simbolizaba que todavía no los había dejado ir, que seguían atados a este mundo porque él no los había liberado, que seguían cautivos en casa, ahí, aferrados a él. Se preguntó si aquello era egoísta y entrelazó sus dedos, suspirando. Todo eso era muy duro para él, no tenía las fuerzas de hacerlo solo.

El sonido del timbre de su puerta le llamó la atención. Miró hacia la entrada desde su sitio y frunció el ceño. Todos los años tenía una reunión estrictamente familiar que nunca era interrumpida por nadie, pero justo ese año, todo se había salido de su canon y eso lo ponía nervioso. Al abrir la puerta, pensando en que tal vez sería Ayame, lo primero que encontró fue un enorme ramo de crisantemos morados que le daban la bienvenida. Abrió ligeramente la boca y el corazón se le aceleró cuando ahí, con el rostro preocupado y fingiendo una sonrisa, estaba ella.

—Kagome…

—¿E-está mal que haya venido…? —Se apresuró en preguntar, insegura al ver la expresión estupefacta.

—No, no, no, pasa —se hizo a un lado para dejarla entrar. Qué conveniente que ella llegara poco después de que su familia se hubiera ido sin una razón muy bien fundamentada. Eso tenía que ser obra de Ayame. Se sintió nervioso—. ¿Qu-quieres que te sirva un café o algo? —Se sintió estúpido por tartamudear así, pero cerró la puerta e intentó no ahogarse con su respiración. Con Kagome allí, la casa parecía haber tomado un poco de color.

O era su imaginación.

La vio negar lentamente y se giró para entregarle las flores.

—Es un altar precioso, InuYasha —su voz sonaba ronca. Se sentía muy triste por tener que rememorar una fecha tan trágica como esa en vez de algo bueno, pero intentó sonar tranquila. Dejaría de lado todo lo que habían vivido esos últimos días y se enfocaría en apoyarlo. Él tomó las flores—, disculpa si es un presente lamentable, pero…

—Están… —tuvo que obligarse a tomar aire por la boca, aferrándose a los tallos cubiertos por el plástico—, perfectamente. —Terminó por decir.

Se hizo un nuevo silencio entre ambos que InuYasha cortó después de un rato, avanzando hasta la cocina para buscar algún jarrón que su tía hubiera comprado en algún momento y tuvo suerte de que así fuera, puso las flores allí y, ante la mirada fija de Kagome, llegó al altar y las colocó en un lugar adecuado. Kagome se sacó el abrigo, la bolsa que llevaba y los dejó sobre el mueble; de todos modos, sería una visita rápida. Regresó hacia donde estaba InuYasha y con cuidado, se sentó sobre sus piernas justo a su lado. El veía fijamente el altar y ella lo observó por un momento, fascinada por lo hipnotizante que era verlo concentrado y tan serio.

InuYasha se había tenido que obligar a madurar más rápido que el resto de su grupo y, aunque normalmente se mostrara como un profe adulto, responsable, serio y maduro, aún era un adolescente en pausa. Y ella más que nadie quizás conocía esa parte de él, de sus inseguridades, de su vulnerabilidad, de sus risas y de su humor que había perdido cuando empezó su relación con Kikyō. Al menos lo había perdido con ella, porque también se alejó. Fue mutuo. Antes de amarlo con todo su corazón, Kagome era su amiga y lo conocía mucho. Quizás más que nadie, así que le dolía profundamente todo eso que les había pasado.

Ajeno a todo aquello, InuYasha sintió cómo su cuerpo se estremecía por la cercanía de Kagome. Tenerla allí por primera vez en la vida era una experiencia distinta. Siempre había sido estrictamente en compañía de su familia y, aunque con los años dejó de ser estricto con eso, se había acostumbrado a que así fuera, incluso después de conocerla, sin embargo, ese día… El corazón estaba a punto de estallarle y era una mezcla rara de sentimientos. Algo dentro de su pecho se estrujaba al observar a la urna de su padre. Cuántas veces se había preguntado a dónde ir cuando sus sentimientos fueran confusos o simplemente hayan sido conquistados. Nunca había estado delante de ellos con ninguna chica, realmente con nadie y justo en ese momento, estaba junto a Kagome como si de un matrimonio se tratase. Regresó la vista de forma discreta hacia ella y la vio quitar la mirada rápidamente. Casi se atraganta con su propia respiración al notar que ella lo veía así de interesada. No había podido decir demasiado después de sus disculpas y juraba que la había disculpado por cualquier cosa, pero entre eso y aquel aniversario, no sabía ni siquiera qué hacer con sus propios sentimientos.

«—Lo realmente importante es confiar en ti, InuYasha, es lo que permite que logres cualquier cosa que quieras en la vida —la voz severa, pero a la vez llena de ánimos de Tōga se dejó escuchar después de que el pequeño InuYasha hubiera llegado llorando a casa. Izayoi lo sostenía por los hombros, dándole fuerzas y el hombre se había acuchillado para estar a su altura—. Si no ganaste esa competencia de dibujo, ya ganarás la otra, y si no es esa, es la siguiente y así, pero debes confiar en ti, hijo —le puso las manos en los hombros también, viéndolo fijamente, con una expresión que se quedaría en la mente de InuYasha toda la vida—, ¿me entiendes?

El pequeño hipó, dejando de lado las lágrimas progresivamente.

—Sí, papá…»

¿En dónde había quedado aquel consejo tan valioso cuando la había oído decir que le gustaba otro? ¿Era esa falta de confianza en sí mismo lo que hizo que no lo enfrentara, suponiendo que él no ya lo tenía seguro? Contrario a su infancia, en la que la siguiente competencia sí la había ganado, en el amor se había dado por vencido y era miserable.

No había notado que una lagrimilla se había escapado, traviesa, por su mejilla derecha, justo a la vista de ella cuando sintió el dedo índice femenino detenerla. Regresó a verla con la expresión asombrada por el gesto repentino. Quizás era la primera vez que Kagome lo veía llorar y aquello le golpeó todavía más. Kagome era valiosa para él y una persona que lo conocía demasiado, después de su familia, ella era la persona que más le importaba en la vida. Sus sentimientos por ella ahogaban y también dolían, pero eran inmensos. Ella era la persona que más le había ayudado después de su familia, era la chica que se había quedado con él y quien estaba en frente justo en ese momento, en ese día que había estado tomando una decisión tan importante. No era que esa azabache fuera especialmente diferente al resto de mujeres que había conocido, se trataba de un vínculo distinto, una especie de conexión que le costaba explicar. Eran como… cosas del destino.

Kagome lo era todo y se sentía a punto de caer de un precipicio y se ahogaba más con todo aquello que lo estaba embargando por dentro. Cuando la vio quitar la mano de su cara, avergonzada y roja por lo íntima que estaba siendo, InuYasha la detuvo en el instante y negó, presa de todo lo que estaba sintiendo. Ella seguía mirándolo como si no pudiera creer nada de lo que estaba pasando. Apoyado de ese agarre, InuYasha se levantó despacio, Higurashi lo siguió al segundo después.

Respiraba errática por ese momento mudo en el que ambos estaban tan tensos. Quizás sí que estaba sucediendo algo con ella, pero entendía que InuYasha estaba terriblemente corroído por la pena de ese día. Como si asombrarse más fuera imposible, el de ojos dorados intensos saltarines se acercó a ella lentamente, acortando la distancia como si de una tortura se tratara. Kagome inspiró aire por la boca cuando estuvo a centímetros de ella. Por todos los cielos que no podía mover un músculo. Creyó que lo que pasaría después era muy evidente así que cerró los ojos cuando él también lo hizo y tomó su cabeza con la otra mano libre. Contrario a eso y valiéndose de los centímetros que lo hacían más alto que ella, InuYasha pegó sus labios sobre la frente femenina de manera imperceptible, no fue un beso. O quizás sí. Aspiró hondo el olor de su pelo como si doliera y entonces la abrazó, la abrazó con todas las fuerzas que tenía.

—I-Inu… —balbuceó, completamente asombrada por el gesto tan repentino y profundo. Seguía sin poder moverse.

Él la estrechó con más fuerzas, con el cuerpo casi temblando.

—Gracias… —susurró por fin después de tanto, siendo tan sincero como nunca— por venir hoy.

Kagome se mordió los labios, sintiéndose miserable. Había tenido miedo de ir, si no hubiera sido por Ayame, quizás no hubiera tomado aquella decisión sin saber lo importante que podía ser para él. Tal vez sí que debería confiar en ella misma un poco más.

—InuYasha… —lentamente dobló los brazos para poder acariciarle la espalda y corresponder mejor al abrazo.

—Y como pasó con ellos —aprovechó que no la veía y le confesó algo que tenía tiempo guardado en el pecho y, que en esas circunstancias de mierda que habían vivido últimamente, era imposible sacar— no quiero perderte —la estrechó más cuando la sintió reaccionar ante sus palabras—, tan… repentino y… —tomó aire por la boca y tragó— tan doloroso.

—InuYasha —sin poder evitar que las lágrimas la asaltaran le correspondió por fin al gesto con ansias, refugiándose en él—, no me voy a ir, estoy aquí, contigo. —Le dijo conciliadora, intentando calmar ese temblor en el cuerpo masculino. Le dolía sentirlo así, pero le dolía más pensar que parte era su culpa, tal vez. Había sido dura e injusta con él.

—¿Puedo pedirte algo?

Se separaron al instante después de que InuYasha dijera aquello, un poco más tranquilo que antes. Kagome pestañeó varias veces antes de verlo a los ojos, recuperando la compostura. El corazón todavía le latía fuerte por las palabras recientes y «no quiero perderte» parecía una de esas drogas de las que te vuelves dependiente al segundo.

—Sí, sí, dime.

Frente a ambas urnas y las velas que titilaban tranquilas, ambos regresaron a ver el altar, en silencio. InuYasha curvó los labios en lo que podría llamarse una ligera sonrisa, como descansando. Había logrado mucho en la vida y quizás, aquello que había pasado en ese momento con Kagome era lo último importante que le faltaba por vivir antes de despedirse de sus padres.

—Acompáñame a liberar sus cenizas —le dijo finalmente, sin dejar de ver la foto de ambos, foto de su matrimonio.

Kagome lo miró rápido, enérgica, totalmente impresionada. Hacer qué. ¿Qué cosa? Entreabrió la boca para decir algo, pero no podía. ¡Era demasiado delicado aquello! Pero no se iba a negar, no cuando InuYasha se lo estaba pidiendo de forma explícita.

—E-está bien —sonrió, como si liberara tensiones.

—Conozco un lugar en la Bahía de Tokio… —ladeó el rostro hasta quedar frente al de ella—, ¿vienes conmigo? —le extendió la mano.

Y como pasó en la boda de Sango y Miroku, pero de forma inversa, Kagome tomó su mano y la apretó con fuerzas.

Continuará…


Solo diré una cosa: POOOOOR FIN.

Me disculpo fielmente con las personas que aún se acuerdan de que esta cosa existe y les dejo mis sinceras disculpas.

Agradecer como siempre a mis diosas: Marlenis Samudio, GabyJA, Annie Perez, angieejp, Rodríguez Fuentes, Ichibancat, Iseul y CrisUL.