.

.

.

Capítulo 23.

La vista desde el Rainbow Bridge era simplemente espectacular. El viento salado golpeaba sus rostros y no era necesario decir nada ante la maravillosa vista que se alzaba ante sus ojos. El mar era imponente y terriblemente inmenso, provocaba respeto, sin embargo, era un espectáculo visual que por nada del mundo había que perderse. La belleza de lo natural era tan increíble como la compañía.

InuYasha se aferró a la urna de Izayoi y de reojo vio a Kagome sostener firmemente la de Tōga. La joven tenía una expresión bastante tranquila y parecía recibir las errantes ráfagas de viento como si le dieran paz a su alma. El ambarino curvó los labios ligeramente; la última vez que habían estado en una playa y él había visto su perfil, pudo contar hasta las puntas del fleco. Ese día también era diferente. Volvió la vista al jarrón rosa que tenía entre las manos y suspiró; sabía perfectamente que aquellas cenizas ya no significaban nada en el mundo, que sus padres probablemente ya descansaban en algún lugar, pero era consciente de que aquello era lo único físico que aún conservaba de ellos. Inspiró hondo de nuevo cuando la mano conciliadora de Kagome se posó en su hombro derecho. Taishō la miró por unos segundos y alzó las cejas… ya no había ese dolor punzante en su corazón, como una cadena que lo apretaba cada vez más, como si no pudiera ser libre. Entendía que el luto tomaba tiempo, pero también se trataba de su propia salud mental, de su propia felicidad y, si seguía manteniendo esos restos como señal de no haberlos dejado partir, jamás iba a superar aquella etapa que tanto le costaba soltar.

—Puedes hacerlo —le dijo, sonriéndole ampliamente, segura y tranquila. Hacía mucho que no se sentía así—. Eres fuerte, InuYasha, realmente te admiro, lo he hecho siempre —apretó los dedos sobre el hombro y sus ojos se cristalizaron apenas— y esta decisión que has tomado no hace más que reafirmar esto que… —se atragantó con sus propias palabras. Cierto era que sus palabras eran sinceras, pero en ese último segundo apenas se había dado cuenta de que no era ella quien hablaba, sino su corazón— siento… —desvió la vista.

InuYasha entreabrió la boca y un sonrojo ligero le adornó las mejillas. No dijo nada y fue mejor así. No por el momento. Con un nuevo suspiro profundo, regresó hacia el mar infinito y destapó la urna con cuidado. Kagome se distrajo con el nuevo movimiento y observó con detenimiento aquel momento.

Sin perder un momento más, como en cámara lenta, InuYasha cerró los ojos, murmuró algo ininteligible y, aprovechando la nueva ráfaga de aire que sopló en sentido contrario, vació al viento las cenizas de su mamá.

Fue un acto liberador e increíble, casi le había quitado el aliento. Vio por unos segundos el espacio frente a él en silencio. Con un movimiento de cabeza, Kagome entendió todo y le pasó la siguiente urna de inmediato. De la misma forma, el ritual se repitió de nuevo.

«Hasta luego y… gracias por todo».

Kagome sonrió de forma conciliadora nuevamente y volvió a darle ánimos con el mismo gesto en el hombro, solo que esta vez, InuYasha también sonrió.

Estaba hecho.

Por fin se había despedido.

Y ahora todos eran libres.


Kikyō puso los ojos en blanco mientras su maldito cerebro la obligaba a marcar el número en su celular. Bufó mientras, en contra real de su voluntad, sus oídos escuchaban el timbre de la llamada saliente.

¡Tiempo sin saber de ti! —escuchó que expresaba con una inusitada efusividad—. Pensé que estabas muerta. —Con ese último comentario, confirmó que se trataba de la misma persona.

—No me extrañes demasiado —le dijo con cierto sarcasmo, sonriendo falsamente.

Déjame adivinar… ¿Se te pasó el enojo con tu novio?

Presa de la descarga eléctrica que su cuerpo había recibido con ese simple e imbécil comentario, Higurashi trató de disimular su nerviosismo a través del celular. Se le secó la garganta y carraspeó.

—Ese infeliz… —murmuró, pero fue perfectamente audible.

Ya, no seas dramática, te mueres por verlo. —Kagura sabía bien que ese día llegaría, aunque admitía que había sido más tarde que temprano. Kikyō había tenido aguante.

—Claro que no, solo llamo para saber cómo estás —mintió, intentado sonar seria—. ¿No puedo llamar a una amiga?


Kagura soltó una risa muy sonora al instante.

—Por favor, no seas ridícula —miró para su jefe y la expresión complacida de Naraku no tenía nombre—. Tú y yo no somos amigas —le dijo después. Si Naraku notaba muchas confianzas entre ellas, de seguro que le prohibiría que fuera su guardiana y ese estúpido trabajo era lo único que le permitía unos minutos más fuera de los muros de El Gremio.

No perdería eso por nada, menos por Kikyō.

¿Quién diablos era esa perra, después de todo?

Oh, ¿no me consideras tu amiga?

La aludida puso los ojos en blanco y su jefe también. Cuando se ponía dramática de forma sarcástica daba mucha pereza.

—En la cafetería de siempre. Paso por ti en veinte minutos —no dijo una palabra más y cerró—. Estará ahí, créeme —se dirigió a su jefe y este soltó un bufido.

—Me lo dices como si no estuviéramos hablando de Kikyō Higurashi —se echó para atrás y acomodó el cuerpo en la mullida silla.

—Sí, pero admite que te costó más esta vez —cruzó las piernas y lo observó detenidamente. Que Naraku le hubiera pedido el celular era una clara muestra de miedo, sabía que Kikyō había estado poniéndose más dura con el pasar del tiempo. Sabía que se le estaba saliendo de las manos.

—Tonterías —deslizó el móvil por el escritorio y puso una cara seria.

—¿Qué hiciste para que volviera? —Le inquirió con curiosidad, mientras se estiraba para tomar el aparato.

—No te incumbe —se estaba empezando a exasperar.

—Bien, tranquilo —desbloqueó el celular y vio que el chat con Kikyō estaba vacío. Alzó una ceja… no sabía disimular que habrá tenido una conversación que no quería que ella supiera—. Voy por ella —se levantó rápido y caminó hasta la puerta.

—Dile a Kanna que se prepare —le advirtió antes de que saliera. Kagura lo miró de reojo y asintió—. Ah, y, de preferencia, que no traiga bragas.


La vuelta a casa de InuYasha había sido como el viaje de ida: ambos en sus propias mentes, sin decir nada más. Kagome había sacado sus auriculares, puesto música y checaba cosas de la universidad en su celular, mientras Taishō parecía muy concentrado en la carretera. Su expresión se veía notablemente menos tensa y seria que normalmente, rememorando el buen momento que había vivido momentos atrás. Había sido una decisión excelente. Cuando InuYasha se estacionó en el parqueadero privado, inhaló hondo y la vio sacarse los audífonos.

—Bien… ¿Vamos por tu bolsa? —Le preguntó nervioso, valiéndose de esa excusa estúpida para invitarla a volver a su casa.

Kagome se mordió los labios. Esperaba que él hablara de lo que había pasado entre los dos, pero, a cambio, solo se concentraba en poner excusas tontas para evadirlo una vez más. ¿No se daba cuenta de que estaba pasando algo grave entre ellos y debían solucionarlo o mandarse al diablo de una vez? Lo miró de arriba abajo de forma disimulada y pensó en decirle que se lo trajera él para no entrar a su casa, pero negó con la cabeza.

—Vamos, pues.


Kikyō puso los ojos en blanco apenas vio la camioneta negra asomarse por la esquina de siempre. Suspiró hondo y tendido mientras apretaba el celular en sus manos. Tenía abierto el chat de WhatsApp con él y lo único que había era esa maldita foto que no se había atrevido a borrar en todo ese tiempo. No solo era la necesidad de verlo que le generaba, sino esa locura ardiente e imperiosa que le atacaba cada centímetro del cuerpo y la hacia estremecer recordando cada momento vivido antes de quedar inmortalizada en la selfie. Era enfermo.

Se mordió los labios pensando en Kagome. ¿Era egoísta si volvía a hacer eso incluso sabiendo que podría llevarse por delante parte de la estabilidad emocional de su hermana? Quizás sí que lo era y por esa misma razón no se lo diría nunca, aunque su vida estuviera en peligro, se prometía jamás volverla a meter en sus problemas. Estaba segura de que esa tonta relación no duraría, que él se iría en cualquier instante y la dejaría rota otra vez, pero… no importaba, después de todo lo que había vivido enterrada en su pecho, no importaba. Lo deseaba y necesitaba con una ansiedad que le quitaba el aire y después de su conversación con Kagome se sintió liberada, de alguna forma, aunque hubiera mentido, había hablado de él abiertamente con su pequeña hermana.

Y eso estaba bien.

Tan bien como decidir perder la dignidad y volverlo a ver.

Tragó duro cuando el auto se estacionó frente a ella y volvió a hacer mala cara al ver la expresión divertida de Kagura. De verdad que estaba avergonzada con sí misma y ver a Toriyama no ayudaba demasiado. Esa mujer casi olía a Naraku, era como una marca especial.

Uuuh, sabía que te encontraría aquí. —Hizo un gesto animado de «¡bingo!» y alzó una ceja.

—Cállate. —Le dijo Kikyō de inmediato, mientras veía la puerta del carro abrirse. Se quedó muda cuando vio a aquel enano tan peculiar, sentado justo a lado de donde se suponía que ella viajaría. No dijo demasiado, sabía de quién se trataba; alguna vez, antes de todo lo malo, Naraku se lo había presentado y francamente, aquel mocoso le generaba escalofríos. Con tan solo veintiséis años, estaba segura de que había matado a muchos. Era como ver a Naraku, pero ese cuerpo.

Era tan… siniestro.

—Hola, Kikyō… —la saludó con esa voz escalofriante y Kagura se bajó de inmediato para ponerse a lado de la aludida—. Sí que viajas lejos por un polvo —le comentó finalmente, entre risas.

—Perdona, ¿qué? —Hizo puños las manos y respiró hondo hasta que la mujer detrás suya la agarró de las manos

Heeey, hey, basta, los dos —obligó a la pelinegra a meterse dentro y calmarse— si quieren matarse, poco me importa, pero aquí no.

Ambos se quedaron en silencio y no se dijo más durante el resto de camino. Kikyō meditaba demasiado mientras la capucha y las esposas le quitaban facultades.

Se lo iba a mencionar a Naraku apenas pudiera.


Cuando volvió a entrar a esa casa justo después del dueño, observó todo como si fuera un lugar nuevo. Quizás era su imaginación, pero se sentía otro ambiente, otro aire, como si alguien se hubiera ido. No era un sentimiento malo, pero la extrañó sobremanera. InuYasha parecía no darse cuenta de nada mientras avanzaba a la cocina por un refresco.

Suspiró hondo cuando abrió el freezer y vio aquellas botellas de vidrio bien ordenadas en las parrillas.

«Deberían llamarse Coca-Kagome».

Se sonrojó furiosamente cuando el recuerdo vino a su mente y se quedó ahí, observando el humo frío salir del cristal. Parecía que hervían. O quizás era él que sentía algo raro por dentro que solo pasaba con Kagome. No se dio cuenta de cuánto tiempo se había quedado así hasta que la escuchó llamar su atención a través de un carraspeo.

—Oh, lo siento —regresó a ella apenas cuando la vio sentada en uno de los desayunadores que daba hacia el mesón de mármol. Kagome ya había agarrado su bolsa para ese entonces y lo veía con cara de que estaba a punto de despedirse. InuYasha parpadeó un par de veces ante ese gesto y negó con la cabeza.

—¿Quieres una bebida? Creo que viene bien.

Ante otra posible prueba de interés por parte de su profesor, ella volvió a asentir. Quería eso de verdad, sinceramente lo quería. Necesitaba hablar con él o se volvería loca.

—Gracias.

En un nuevo silencio extraño que se había instalado entre ellos, Taishō le acercó la botella de cristal y él se sirvió otra. Los dos bebieron sin decir más y la quietud era tal, que podía escucharse el líquido helado pasar por sus gargantas, quemándolos, haciendo llorar sus ojos. Evadiendo el problema…

Kagome hizo sonar el fondo de la botella contra el mármol cuando acabó con la bebida y tomó aire, inflando su pecho. Estaba a punto de tomar sus cosas e irse, pero, por todos los dioses que la veían en ese momento… ¡quería hablar con él! Agachó la vista y arrugó los dedos contra el mesón, intentando apaciguar su desesperación que se hacía cada vez más honda.

Si tan solo InuYasha entendiera cuánto lo quería… lo quería tanto que le daba dolor en el pecho, pero ya no se sentía ni con los ánimos ni con el derecho de discutir con él y menos en un día como ese.

—¿Quieres que te pase las clases de hoy? —Salió de su ensimismamiento cuando su tutor soltó aquello de pronto. La azabache volvió la vista a él y abrió los ojos como si no hubiera entendido. InuYasha parecía algo serio y nervioso.

¿De verdad?

—Sí, eso sería todo. —Suspiró, dedicándole una sonrisa a medias. Lo vio endulzar un poco la expresión, pero seguía manteniendo el semblante intranquilo—. Y luego me voy a casa. —Asintió.

Ya no valía la pena.

InuYasha cerró los ojos e hizo un movimiento con la cabeza de atrás hacia delante, dejándola reposando hacia abajo, derrotado. Estaba bien, debía aceptarlo ya: tenía que hablar con Kagome. Y esa conversación no tendría que postergarse un solo día más. Es que lo sabía, lo sabía y le jodía no poder empezar.

—Kagome, yo… —se sorprendió de no haber sido interrumpido porque parte de su ser esperaba que ella no lo dejara hablar, que pensara de nuevo por él, que soltara lo que primero que se le venía a la cabeza y así él podría negarlo o afirmarlo y aprovechar para confesarse sin tener que hacerlo realmente. Y es que no podía. La vio mirarlo con atención, sus ojos marrones hermosos brillaban como nunca y parecía expectante. Kagome de verdad quería escucharlo, pero… ¡Era ella quien tenía que aclararle las cosas primero! Negó—. ¿Lo quieres? —Soltó de una vez, sin más dudas. La vio directamente a los ojos mientras le preguntaba y supo que la abrumó.

Ella pareció temblar.

—¿El qué…? —Susurró confundida, como si realmente hubiera estado esperando algo distinto, como si pensara que los rumbos de InuYasha estaban muy lejos del de ella, como siempre. Alzó una ceja y con su cara confundida intentó que reaccionara, pero su profesor de matemáticas solo miraba a otra parte, tenía la cara sonrojada y la expresión comprimida, como si de repente quisiera gritar. Eso la desesperó—. ¡¿A quién, InuYasha?! ¡¿De qué hablas?!


Cuando bajó del auto con ayuda de Kagura y esta le quitó la capucha de la cabeza, resopló con los cabellos pegados a la cara. Era molesto, pero al menos Toriyama estaba a su lado y eso le daba cierta seguridad. Sin pensarlo, el miedo había empezado a atacar sus nervios. Naraku había estado silencioso todo ese tiempo y francamente le daba miedo aquello… ¿Y si había planeado algo malo contra ella? No pensaba que fuera capaz de matarla, él… no, no la mataría, estaba segura de eso, pero quizás otra cosa. El maldito enano pasó por delante de ella y vio que los guardias lo saludaban con respeto y eso la alarmó… él les sonrió y hasta pareció amable con ellos.

—¿Cómo se encuentra hoy, Hakudoshi-sama? —Todos lo trataban con respeto y eso le dio a Kikyō escalofríos.

—Muy bien hoy, hacen un gran trabajo. —Les respondía afable, mientras asentía despacio. Desde allí, Higurashi observó las caras de Bankotsu y Renkotsu, quienes no parecían conquistados por aquellas palabras cálidas.

Era como si Hakudoshi intentara… ¿ser mejor jefe que Naraku?

—Camina.

—¿Eh?

La voz de la joven la había sacado de un ensueño. Insegura, regresó la vista a la mujer y trató de olvidar aquel panorama. Vio en los ojos de su guardiana que era obvio que también tenía problemas con el enano, pero los suyos con Naraku eran más fuertes. Mucho peores.

—Seme sincera, Kagura —su voz tembló y las manos, todavía esposadas, le sudaban frío—, ¿qué voy a encontrar allá dentro?

Toriyama pestañeó un par de veces seguidas, abrumada por aquello. Sintió bastante pena al ver los ojos apagados de Kikyō que le imploraban por una respuesta y pedían a gritos que fuera sincera. No podía traicionar a Naraku, incluso si quisiera, incluso si lo necesitaba, no podía. Con los ojos abriéndose un poco más cada vez, los nervios empezando a invadirla y el miedo de perder su vida si es que se atrevía a elegir a Kikyō por encima de Tatewaki, abrió la boca dispuesta a decir cualquier cosa que se le ocurriera y por el auricular, la voz masculina irritada se dejó oír.

—¡¿Por qué mierda no entran ya?!

Se le erizó el cuerpo. Para aquella operación de vuelta de Kikyō, Naraku se había asegurado de estar mirando por minúsculas cámaras y encender un micrófono en el auto, cosa que hacía solo en ocasiones especiales, e incluso le había dado un auricular para comunicarse con ella al llegar a la guarida y escuchar absolutamente cada interacción que tuvieran con la pelinegra. Kikyō seguía expectante.

—Entra si es que quieres verlo… —fue lo único que le dijo y le quitó las esposas.

La muchacha asintió y, con los nervios subiendo como espuma de cerveza, caminó directo hacia el lugar que tan bien conocía, tal como el primer día.

—Buena tarde, Kikyō-sama.

El saludo por parte de los hermanos ex amigos de Naraku se repitió. Fue escalofriante. Pasó en cámara lenta. Dejando de lado aquel instante y con el paso errático, buscó desesperadamente la habitación en dónde sabría, Naraku estaría ahí, esperando por ella. Hacía tanto que no lo veía, había pasado tanto sin saber de él, sin olerlo, sin sentirlo, sin siquiera oír su preciosa voz. Era asfixiante. Cuando por fin estuvo ahí, puso las palmas abiertas en la puerta y escuchó aquel ruido que las manos hicieron sobre la madera. Estaba sudando, tan impropio de ella. Puso la mano en el pomo con las mejillas quemando por la adrenalina y la abrió de una vez, seco, sin esperar demasiado.

Alzó la mirada para encontrar la cara de su… novio, sí, ¡la cara de su puto novio, por todo lo sagrado que había en la tierra, la cara de Naraku estaba metida entre las piernas de Kanna! Y lo vio, lo vio sacarla mientras la albina dejaba de gemir teatralmente. El de ojos rojos la observó fijo, con esos orbes que la enloquecieron brillando con maldad pura, regodeándose con la expresión estupefacta que seguramente había puesto ella. Su corazón se aceleró todavía más cuando él se relamió los labios y sonrió haciendo que parte de su falsa dentadura perfecta se viera. Era asqueroso y tan repugnante para Kikyō, que sintió el estómago revolverse.

En vez de salir corriendo como una cobarde, se tragó las lágrimas y cerró la puerta tras de sí con odio. Esa ofensa sí que había sido la peor después de olvidar su cumpleaños. Quería golpearlo, quería asesinarlo. Se sentía profundamente herida, pero el shock inicial no la dejaba procesar bien toda la información. No era realmente consiente de que acababa de ver al hombre que amaba practicándole sexo oral a una de sus aliadas. Y no es que fuera la primera infidelidad, pero verlo haciéndolo en su propia cara era como una bofetada imprevista que acaba con tu estabilidad y no puedes ni reaccionar siquiera

—Lárgate, Kanna. —Le dijo con voz estoica mientras la muchacha terminaba de arreglarse. En silencio bajó del escritorio y salió sin quitar esa expresión seria de su rostro.

Kikyō la vio marchar, incrédula. Cuando escuchó un nuevo portazo, volvió la vista a Naraku y esta se puso borrosa.

Había empezado a llorar.


Kagome dejó caer su brazo sobre el mesón.

—Claro, volvemos… —soltó aire con una nueva de risa irónica—, volvemos al mismo punto de siempre: suponer cosas del otro y no ser directos.

—Vaya, quién habla —contratacó InuYasha, comenzando a sentir cólera—, la chica que siempre ha intentado adivinar mis sentimientos.

—¿Yo? —Devolvió de inmediato, indignada—. ¿Se supone que tenga otra opción cuando siempre actúas tan confuso conmigo y nunca te atreves a verme a la cara y decirme qué es lo que te molesta? —Fluida y bastante ofendida por aquello último, la joven lo observó a punto de salir corriendo de ahí. Sentía una presión en el pecho y no quería volver a discutir con él, quería no gritarle. Ya no.

—Te he preguntado si lo quieres, Kagome, ¿qué más directo quieres que sea? —Puso ambas manos en la superficie para poder inclinarse hacia ella. De nuevo, aquellos orbes chocolate lo miraban con desesperación y confusión.

—¿Hablas de si quiero a Hōjō? —Con las lágrimas intentando invadir sus ojos, se mordió los labios y entendió todo. Otra vez aquella pregunta que sugería celos de parte de InuYasha, pero que no le aclaraba nada en realidad.

Y él quiso negar, porque no solo se refería uno de los Hōjō, sino a cualquier imbécil de esos en los que ella se hubiera fijado. Si los quería, no servía de nada aquella conversación. Parpadeó varias veces al no oír que ella dijera algo y estuvo a punto de explotar.

—Solo necesito saber si lo quieres —apretó la mandíbula— a cualquiera que no se llame InuYasha —el corazón se le aceleró todavía más, era inhumano. Todo su cuerpo empezaba a temblar y no podía evitar aquella sensación de nerviosismo ante la mirada asombrada de Kagome—, que no se apellide Taishō —si sus sentimientos no estaban quedando claros con eso es que ya no sabía cómo decirlo—, que no sea tu profesor privado de matemáticas…

—¿Y que no sea ex prometido de mi hermana? —Terminó la frase ella y fue un golpe muy bajo. Ambos lo supieron. Kagome negó, algo decepcionada. Su corazón estaba a punto de salirse por su boca, palpitando lleno de emociones que no podía explicar, pero la actitud de él seguía siendo tan difusa que no lograba ver más allá. Era muy difícil—. Queda claro que es importante para ti saber si estoy enamorada de alguien más que no seas tú, ¿no es así, InuYasha? —Decidió que ella sería frontal.

Taishō abrió la boca por la impresión y trató de hablar.

—No, yo…

—Tuve una relación con Dai, sí, éramos amigos con derechos especiales, nos acostábamos —le dijo suelta, intentando sonar fluida y sin demostrar el terrible malestar que le causaba confesar aquello. Supuso que era momento de decirlo de una vez sin rodeos.

Y para el de ojos dorados fue la confirmación de sus miedos más grandes. Ellos sí habían tenido algo y era muy obvio que «no besar a hombres que no quería» era una completa farsa, porque si no confirmaba que tenía sentimientos por Dai, significaba que no lo quería, pero se habían acostado, y cómo era posible que no lo hubiera hecho, quería decir, ¡por su puesto que se habían besado! ¡Y mucho! Para qué iba a seguir con algo tan absurdo como eso.

—Bien, creo que… has resuelto mi duda.

—Si lo que quieres saber es si lo he querido —negó con expresión decepcionada—: jamás lo he querido, en todos estos meses que llevamos follando ni siquiera lo he besado —tomó aire y no quitó esa expresión de defraudada— y hace poco terminé mi relación con él porque inventó que tú lo habías insultado en clases, así que te defendí, se portó estúpido conmigo y entre nuestra discusión —apretó los dedos ante la mirada estupefacta de InuYasha—, yo… —no podía decirlo, sentía que su dignidad no se lo permitía.

—Tal vez no lo quieres a él, pero sí quisiste a su primo Akitoki, ¿no? —Lo soltó.

Por todos los cielos, lo había soltado por fin. Era liberador. Era tan liberador como doloroso. Evadió el hecho de que el imbécil ese hubiera inventado cosas sobre él y también evitó pensar en que por eso lo había lanzado a la piscina y sus disculpas la noche anterior. Todo pasó por su mente como un rayo, pero imperaba aquel sentimiento de angustia por decirle de una vez que la había escuchado decir que quería a otro. Era todo muy difícil.

Mientras tanto, la joven lo observó con esa expresión de duda que tanto había perpetuado durante todo el tiempo que llevaban de conversación. No recordaba jamás haber dicho semejante estupidez frente a él, es que no tenía sentido. ¡¿Por qué le decía eso?!

—¿Has creído los rumores de que me gustaba Akitoki? —Reflexionó. Tenía que ser eso, de lo contrario no tenía sentido. Rio incrédula, otra vez—. No puede ser…

—¿Rumores? —Ladeó el rostro—. Te escuché, las escuché a ti, a Sango y a Ayame hablar aquella noche de chicas —se quedó en silencio, atragantado por la impresión que le causó haberse dado cuenta de que lo estaba confesando ya.

—¿Tú…? —Con la boca abierta, rememoró el instante en el que aquella conversación maldita había pasado y todo tuvo sentido.

«—Ah… —exhaló, muerta de nervios. Las manos le sudaban como una loca y jugueteó con los dedos sobre las piernas— a mí me gusta… —era obvio, seguramente que ellas ya lo sabían, pero le costaba tanto aceptarlo. Sentía que la casa de Ayame era también territorio de InuYasha y eso, indirectamente, se sentía como confesarse a él. Y le costaba como el infierno pensar en eso si quiera. Cerró los ojos como en cámara lenta y el corazón casi se le sale por la boca. Diría una estupidez grande que probablemente no tendría sentido y se olvidaría al segundo siguiente—, me gusta Akitoki Hōjō —resolvió mentir, valiéndose de que él sí estaba enamorado de ella—. Me gusta mucho.»

Tan tonta que había sido al creer que ese diálogo no le causaría la herida de amor más honda de su vida.

Entre su nebulosa, tomó aire con la mirada fija en la nada. Quería llorar, quería llorar mucho. Puso la mano en su cara tapando parte de la nariz, la boca y descansó algo de su peso con el codo en la superficie. InuYasha sintió pánico después de caer en cuenta que había roto con uno de sus más grandes miedos y conflictos, pero ya no había marcha atrás y tampoco tenía ganas de seguir ocultándolo, porque quizás y Kagome se iba de ahí odiándolo para siempre, pero sentiría que por fin había cerrado aquel capítulo con ella, que ya no quedaba nada más que decir. La idea de ya no tener esa compañía que tanto le importaba y le hacía bien le dolió en el mismo estómago… no quería perderla, pero tampoco quería seguir con aquella ira un día más. No después de que había soltado las cenizas de sus padres, dando a entender que estaba liberándose de ataduras que no lo dejaran tranquilo. Por su parte, la aludida siguió en silencio sepulcral, recordando lo siguiente a eso.

«Las miradas casi asqueadas de Sango y Ayame se clavaron en ella como cuchillas, obligándola a mirar hacia abajo, con la cara ardiendo y los dedos entumidos contra las palmas. Fue un momento bastante incómodo en el que el silencio reinó. Ninguna dijo algo, únicamente la observaban con esa expresión discriminatoria que rezaba "nadie te cree" por todas partes.

Kagome inspiró hondo entonces y después de un par de minutos que parecieron horas, puso su rostro más serio y carraspeó—: está bien, tienen razón —volvió a aclararse la garganta y cerró los ojos. La sonrisa boba que el ánimo de sus amigas le había provocado no pudo disimularse—, es Akitoki el que está enamorado de mí —soltó por fin, como broma y abrió un ojo para verlas.

—¡Tonta! —Chilló Sango, mientras le metía un golpe en el brazo.

—¡Eso dolió! —Respondió la joven, sobándose.

—¡Ten otro de mi parte! —Remató Ayame, del otro lado, y le arrancó otro chillido a Higurashi.

—¡Está bien, está bien, no me peguen más! —Ante las risas, volvió en situación y el sonrojo se hizo fuerte de nuevo—. Creo que lo quiero desde el primer día —comenzó a decir y las calló de sopetón. Las chicas la observaron serias ante lo increíblemente fuerte que Kagome acababa de soltar—, quiero decir, no me enamoré de él el primer día, claro —esclareció de inmediato, con una risita nerviosa, luego volvió a la seriedad—, pero si miro atrás, no recuerdo un momento específico en el que no haya sentido que mi corazón y mis emociones revolotean como malditas abejas enojadas —volvió a reír. No eran mariposas lo que le pasaba con InuYasha, era disruptivo y definitivamente salvaje como abejas enojadas—… Una vez pensé que no sabía por qué, pero InuYasha se veía atractivo y allí me di cuenta de que estábamos tan cerca y… Dios, solo —se llevó la mano al pecho por instinto, recordando aquel momento que narraba; dejó de lado a sus amigas en ese plano y se transportó a ese instante, viendo su perfil a contra luz y su media sonrisa que le causó sensaciones cálidas en el pecho—, solo pensé que era mi amigo, que éramos importantes el uno para el otro y que quizás no era malo verlo de esa forma, pero tampoco era bueno, sin embargo, después de todo este tiempo creo que yo… —pestañeó rápido, perdida en sus recuerdos.

—¡Dilo ya! —Corearon, ansiosas.

—Amo a InuYasha Taishō, Ayame —se dirigió a su mejor amiga y la vio a los ojos, con las pupilas saltando y brillantes. Tanami no pudo evitar dar un ligero respingo por la impresión de esa confesión, aquella que confirmaba que sentimientos puros y reales de una increíble mujer le esperaban a su primo que adoraba con toda su vida—, de verdad amo a tu primo.

Luego de un par de segundos de procesar aquello, Sango y Ayame soltaron chillidos de emoción mientras se abrazan y saltaban ligeramente sobre la cama. Esa había sido la confesión más hermosa del planeta, sin duda alguna.

—¡Deberías decírselo!»

Hmp, estaba loca. Ayame definitivamente estaba loca. Agradecía a los dioses haber respondido aquello esa vez, porque lo siguiente que supo de InuYasha fue el momento exacto en el que le dijo aquel diálogo inolvidable que recitaba «Me gusta tu hermana» como quien no quería la cosa. Mucho después de aquel día, con el corazón roto y las lágrimas rodando por su cara sin quererlo siquiera, entendió que realmente jamás habría vuelta atrás con sus sentimientos por InuYasha. Al principio no había llorado por el shock que aquello le había causado, luego estuvo «tranquila» un tiempo más después de hablar con su hermana y recomendarle que saliera con él, después fue sintiéndose ahogada por un vacío en el estómago cada vez que Taishō iba a buscar a la mayor a su casa, lo siguiente fue un sudor frío en las manos y el corazón hincando al verlo cada vez más y más enamorado de la pelinegra y, por último, el llanto.

Era mentira que había entendido que InuYasha se hubiera interesado en su hermana.

Era mentira que había aceptado que la vida era así y que aquello había sido un sentimiento fallido.

Era mentira que se había abierto a otras relaciones cuando en realidad, había estado llorando frente a Dai, mintiéndole, diciendo que extrañaba a Akitoki y que aquello dolía como el infierno, cuando en realidad habla de él, siempre de él.

Claro que era mentira, si ni siquiera había besado a Hōjō, si desde ese momento en el que se había dado cuenta de que InuYasha le gustaba, se había prometido no volver a besar a nadie que no quisiera, porque solo deseaba besarlo a él.

Siempre él.

Siempre InuYasha.

»—¿Me escuchaste decir que… —susurró con voz ronca, derrotada— que yo quería a Akitoki? —Seguía sin verlo.

InuYasha tomó aire cuando aquella pregunta le dio en el pecho como una bala.

—Sí… —susurró.

Ella asintió despacio.

«Estoy casi seguro de que iba a pedirte algo...» La voz de Miroku la atacó como un virus y reaccionó al instante, poniendo alerta al hombre frente a ella. A esas alturas, ya era obvio que InuYasha sí había estado interesado en ella, pero unir esas piezas era definitivamente otra experiencia.

—InuYasha, tú… ¿ibas a decirme algo importante esa noche que fuiste a casa de Ayame? —Lo que su mente estaba empezando a armar no tenía ni pies ni cabeza, pero sabía que se vendría fuerte y no lo quería afrontar, sin embargo, esta seguía. Lo vio directamente a la cara, estaba llena de ansiedad. Él asintió, sin ser capaz de abrir la boca—, entonces, te fuiste de ahí pensando que yo quería a Akitoki. —Lo dijo por corroborar.

—¿Qué más iba a pensar si lo dijiste explícitamente? —Confesó agrio, como si fuera demasiado evidente.

Kagome negó, incrédula. Las lágrimas empezaron a acomodarse en sus ojos y no las pudo evitar. No podía ser cierto lo que acaba de descubrir.

No.

—Entonces parecías molesto conmigo —expresó con ese mismo tono de incredulidad dolorosa, achicando los ojos y rememorando cada actitud hosca después de esa noche— y lo siguiente que me dijiste después de eso, fue… —negó de nuevo. No, no, no, no—, no puede ser…

Dándose cuenta de que ella por fin había llegado a eso que tanto temía, InuYasha cerró los ojos, viéndose derrotado.

—Kagome...

—Y lo siguiente —lo apuntó con el dedo. Las lágrimas picaban por donde habían dejado un paso salado—, lo siguiente que me dijiste fue que querías invitar a salir a mi hermana….

—Déjame explicar…

No hubo marcha atrás cuando fue capaz de exteriorizar la conclusión y ese misterio que por tanto tiempo la había estado carcomiendo con respecto a él. Y era muy patético.

—¿Tú usaste a mi hermana Kikyō para vengarte de mí?

Eso tenía que ser una maldita broma.

Continuará…


—No se pelean porque les sale del coño, voy a aclarar, sino porque ya por fin dejarán de hacerlo /carita picarona—.

¡Hola, mis amados lectores!

Agradezco mucho todos sus hermosos comentarios. Les cuento que vuelvo a la presencialidad y antes de irme de mi casa —llora mucho—, quería dejarles una actualización que me emociona mucho. Este es el camino para que las cosas se aclaren y por fin veamos el tan esperado lemon, mis adorados internautas.

Sin mucho más qué agregar, estaré atenta a todos sus comentarios que siempre agradezco de corazón, porque me alegran el día. Así también a los nuevos favoritos y seguidores que llegaron con la anterior actualización. Son demasiado valiosos para mí y los quiero mucho, gracias por todo su apoyo.

Ah, por cierto, si tienen algún problema para dejarme review, me pueden dejar un MP o en mis redes sociales; parece que, en la actualización anterior, un par de personas tuvieron problemas para dejarme comentarios. En fin, esperemos que no se vuelva a repetir.

Abrazos y besos especialmente a quienes siempre están pendientes de dejarme un comentario: CrisUL, Annie Perez, Rodriguez Fuentes, Marlenis Samudio, Sarai, Minako K, Cindy, MegoKa, GabyJA, angieejp, Lullaby e Iseul.