.
.
.
Capítulo 24.
Con la poca fuerza que su llanto de odio le había dejado, tomó aire profundamente, intentado llamar a la mujer racional y definitivamente inmutable que había en ella. Sintió que los dedos se le entumían por el odio que estaba sintiendo, pero no dijo demasiado ante eso. Él seguía viéndola con una expresión de satisfacción que daba asco. Simplemente no podía entender cómo se había enamorado de alguien como ese engendro.
No-podía.
—Sabía que no tenías escrúpulos, pero esto es ridículo —soltó por fin, tragando el aire contenido. El cuerpo no paraba de temblarle. Conocía tanto a Naraku, que aquello no era una infidelidad para ella, era… por todos los santos, un maldito capricho o quizás una venganza por no haberle hablado durante tanto tiempo. El pelinegro soltó una risita burlona y volvió a limpiarse la comisura de los labios—. ¡¿Insistes en que has estado chupándole la…?! —Se mordió los labios ante el improperio que iba a soltar y el aludido esta vez sí que soltó una carcajada.
—Puedes comprobarlo —le dijo con voz ronca, abriendo suavemente el cajón de su escritorio— si me das un beso, dulzura. —Sacó el arma de forma queda. La joven dejó escapar una risa incrédula que le hizo dar escalofríos. Hacía mucho que no la llamaba así y aunque sabía que solo era una burla, le gustaba verla reaccionar ante ese simple apodo sarcástico...
Era muy patético admitir que había querido oírla durante todo ese tiempo, pero era todavía más patético sentir que su cuerpo parecía gasolina pura y esa carcajada llena de rencor, dolor e incredulidad, un fósforo a medio encender que podría quemar una ciudad entera. El arma olía a ella, olía a su embriagante perfume que lo había asediado desde el día en que la conoció y que se había grabado en su cabeza con saña. Tenía una colección completa de cien perfumes de esos en su mansión; un museo dedicado única y exclusivamente al aroma de Kikyō.
—No sabes cuánto asco me da —dijo, distraída en su dolor, secándose las lágrimas. No lo soportaba, realmente no entendía qué seguía haciendo ahí.
No, claro que lo sabía. Lo necesitaba. Lo necesitaba estúpidamente que el corazón dolía y que su rendimiento diario dependía de si él parecía amarla o no. Estaba prendida de aquella pseudo relación tan tormentosa que lo único que hacía era quitarle la poca cordura que le quedaba. No advirtió que Naraku estaba caminando hacia ella directamente hasta que su vista periférica captó la altísima figura. Lo miró espantada cuando notó que traía su arma en la mano. Instintivamente se hizo para atrás unos pasos. Sus ojos desorbitados lo vieron cada segundo mientras esa aura casi demoníaca que lo rodeaba, parecía un imán que la atraía.
Pero negó.
El miedo por su vida podía más.
»—¿Qué estás haciendo con eso? —Logró preguntarle sin titubear y aquello fue un win. No estaba segura de por qué no salía corriendo o pedía por su vida, pero todo eso había sido un shock tan grande, que apenas podía ser consciente del inminente peligro frente a sus ojos.
—Deberías estarme agradecida —le dijo y su expresión ya era seria. Tenerla ahí de nuevo después de tanto tiempo le recordaba mucho a cuando ella había vuelto después de dos años de ausencia. Era una mezcla de ira por todo lo que había hecho sin su consentimiento y de ganas de poseerla como si no hubiera un mañana. La vio con esa expresión de duda marcada en el rostro y juraba por todos los dioses que su sangre comenzaba a bombear más rápido—. Yo debí hacer pum —simuló un tiro con su arma, apuntando al techo. Kikyō se estremeció— la cabeza de InuYasha, pero no lo hice, como te habrás dado cuenta.
—¡¿De qué mierda hablas?! —InuYasha podría ser su ex y todo lo que quisiera, pero de todas maneras lo apreciaba y no permitiría que su vida se viera amenazada por su culpa. Todo menos arriesgar la vida de otros por sus propias mierdas—. Me dijiste que no te meterías con él ni con mi familia, maldito —volvió a su postura más recia cuando el arma no le causó pánico.
Naraku la observó con la frialdad más visible del planeta.
—¿Lo defiendes? —Gruñó, asqueado.
—Sí, así es —le respondió rápido y sin dudas—. ¿De ti? Sí, claro, si yo debería defender a todo el mundo de una bestia como tú.
—Y a todos esos que vas a defender de mí, ¿también vas a intentar besarlos como a tu ex? —Soltó aquello por fin y fue casi placentero ver el rostro estupefacto de la pelinegra—. ¿Tan necesitada y tan sola estabas en tu cumpleaños que te ibas a regalar de esa forma? —La voz fue seria, más enojada. Sus ojos la observaban casi con fastidio. Sabía que la estaba humillando y eso estaba bien.
Que sintiera que su ego no valía para nada, así como el suyo propio se había sentido cuando se enteró de eso aquel día.
Kikyō se ahorró la pregunta de cómo sabía eso y se concentró en procesar lo siniestro que era que él supiera todos sus malditos movimientos mientras no estaba bajo su poder. ¡Era un maldito enfermo! Era enfermo, pero lo era todavía más sentir que aquel reclamo eran celos, que estaba pendiente de ella, que no se le había olvidado su existencia. Y le dio asco.
—Eres un maldito acosador y estoy harta de ti, harta de toda esta mierda y harta de que me chantajees y amenaces cada vez que se te da la maldita gana —caminó unos pasos hasta quedar muy cerca de él. Era tan extraño cómo sus palabras solo reflejaban odio, pero entre ellos había una tensión que parecía que explotaría en cualquier segundo. Naraku jamás le soltó la mirada y seguía observándola con los párpados medio cerrados y la boca totalmente seria—, aquel día, estaba muy ebria y aluciné que eras tú quien estaba ayudándome a llegar a casa. Supongo que eso lo debes saber por Kagura, ¿no? —Ladeó el rostro. Claro, su secuaz. Y ella pensaba que se habían convertido en algo así como amigas—. Y todo porque no tuviste la decencia de llamarme para desearme un feliz cumpleaños, y sé que sabías perfectamente la fecha —no podía evitar sentir el corazón doler. Es que no podía, no podía ser que él hubiera hecho todo eso a propósito, ¿cuál era la maldita necesidad? ¿Quería humillarla? ¿No había sido suficiente? Ese hombre era una completa mierda—, pero, como a ti todo te importa un carajo, no reparaste en pensar en mí una maldita vez.
—Como si me importara —le dijo ácido, harto de sus palabras.
—Eres lo peor que existe, Naraku… —le susurró, tan cerca de la cara, que sus respiraciones erráticas se chocaron—, eres despreciable —las lágrimas volvieron a agolparse y se odió por ser tan débil ante él. Le ardía cada palabra que soltaba, sabía cómo acabarla sin decir demasiado—. Me tienes harta.
—Y si tan harta estás —la tomó por el brazo con fuerza y la sacudió como a una muñeca de trapo, haciéndola quejarse de dolor—, ¡¿por qué demonios sigues aquí, perra?! ¡Lárgate! —La soltó con brusquedad. Quería ver si tenía las agallas de dejarlo, quería verla intentar seguir adelante sin él, si con una foto la tenía a sus pies—. Te estoy dejando libre en este momento, Kikyō —apuntó la puerta con la mano que sostenía el arma—, lárgate ya y no vuelvas a aparecer por aquí.
Ella lo vio incrédula, sin poder decir más. Observó la puerta de forma espantada y de repente sintió mucho más miedo ir afuera que quedarse ahí. Volvió a ver a Naraku con esa expresión estupefacta y a la puerta otra vez. ¿Irse? ¿Era libre?
»—¡¿A qué demonios esperas?! ¡Lárgate ya!
Lo que resonó después, fue la risa incrédula de Kagome. Era tortuoso oírla hacer eso, pero InuYasha no se sentía con el suficiente valor como para decirle que se callara. Ni siquiera tenía derecho. Ella dejó de reír un momento y negó, como si todo se tratara de una broma.
Tenía que ser una broma.
—Acabo de decir una estupidez, ¿verdad? —Ambos en esa casa sabían perfectamente que no se trataba de ninguna estupidez, así que el silencio siguiente fue lo que confirmó lo que Kagome se negaba a aceptar. La joven alzó las manos al aire e hizo mímicas de letreros con los dedos—. Me gusta tu hermana —con un tono irónico, repitió aquella frase que tan marcada la había dejado.
Ahora tomaba un contexto diferente.
—No sigas…
—Estoy pensando en invitarla a salir. ¿Qué me recomiendas? —Prosiguió, llena de ira.
—Kagome… —Su tono de súplica ahora se llenaba de tintes exasperados, a punto de erupcionar como un volcán.
—¡¿Vas a ayudarme o no?! —Explotó, levantándose del desayunador y golpeando las manos contra el mármol. Lo miró fijamente, cansada de todo aquello—. ¿Entiendes lo que es esto? ¡Te burlaste de mí y de mi hermana todo este tiempo! No puedo creerlo —volvió a negar—, no puedo creer que eres tan… tan…
—¡Dilo!
—¡Tan inmaduro! —Tomó aire muy hondo, mientras se secaba las lágrimas. No podía culparlo por completo, no iba a ser hipócrita juzgándolo como si ella no hubiera hecho lo mismo—. Pero, claro, yo… hice lo mismo con Dai, así que… —rio, sin dejar de hacer movimientos negativos con su cabeza— no tengo mucho de qué quejarme sobre ti, sin embargo… el hecho de saber que de entre todas las mujeres de la tierra, escogiste a mi hermana, me jode tanto, InuYasha —había prometido no gritar más y francamente se sentía muy agotada para hacerlo—, tanto que creo que te mereces cada mal momento que pasaste después de la ruptura con Kikyō.
Ese había sido otro golpe bajo que InuYasha recibió sin previo aviso. Sabía que no podía decir nada porque Kagome estaba siendo completamente justa. Claro que algo había estado pagando con Kikyō cuando terminaron y claro que la azabache tenía todo el derecho de recordárselo cuando acababa de darse cuenta de que había utilizado a su hermana mayor como si de un utensilio se tratase. Aun así, era difícil ser estoico cuando Kagome decía algo con tanta dolorosa razón.
»—Creo que es tu karma y creo que lo mereces por haber jugado con ella —tomó aire—, y este dolor que estoy sintiendo ahora también es mi karma y me lo merezco por lo que hice con Dai, por utilizar el nombre de su primo para ocultar que eras tú a quien extrañaba, que eras tú quien me había dejado doliendo el corazón como el infierno.
InuYasha sintió un vuelco enorme en el corazón. Era la primera vez que la escuchaba decirle algo como eso, algo que demostrara explícitamente que lo quería. Y eso fue como un descanso para su alma; incluso en medio de toda la mierda, sintió los sentimientos fluir tal y como fluían las lágrimas de ella. ¿Era eso así de malo? ¿Era tan malo sentir que estaba bien que ella estuviera confesándose de esa forma tan poco convencional? Se quedó de piedra, sin poder si quiera reaccionar a lo que su corazón estaba sintiendo. El silencio nuevamente reinó y Kagome, concentrada en lo que estaba sintiendo, asumió que no había nada más que decir, pero al menos tampoco había nada más que esconder. Era una situación muy horrible y francamente estaba cansada del silencio de InuYasha. Se iría de ese lugar apenas recuperara un poco de dignidad para alzar la cabeza.
—Si eso que dices es verdad… —Después de tanto haber tratado de procesar aquello, habló por fin. Estaba confundido, a ese momento de la conversación realmente no le encontraba sentido a absolutamente nada de lo que lo había orillado a hacer semejante estupidez—, ¿por qué lo hiciste? —Intentó buscar esos ojos chocolates tan expresivos, pero jamás los encontró—. ¿Por qué dijiste que te gustaba Akitoki? Es que estabas con tus amigas, realmente no había necesidad de mentir —respiró rápido, agitado—. No lo entiendo.
Kagome negó. Tenía un semblante vacío y apagado, mirando a la nada y rememorando una y otra vez aquel momento. Los recuerdos en su mente ardían como llamas y la desesperación por volver el tiempo atrás y cambiar su respuesta, le arruinaba cada vez más la razón.
—Tenía miedo, InuYasha —dijo en un susurro, aún sin poder verlo a la cara—. Decirlo delante de Ayame y en su casa se sentía como tu terreno, se sentía como decírtelo —agobiada, apretó la botella de refresco que ya estaba a temperatura ambiente— y sentí tanto miedo de… Dios, no lo sé —volvió a negar—. No lo entenderías.
—No, sí que lo entiendo —se dignó por fin a dar un par de pasos hacia atrás con intención de cruzar el mesón y llegar hasta ella del otro lado—, entiendo que lo que acabas de decirme no tiene sentido y creo que para Ayame y Sango tampoco. Maldita sea, Kagome —caminó por fin a su destino mientras ella lo observaba, espantada. Se paró delante de la joven y la tuvo sin ningún tipo de obstáculo entre los dos—, ¿por qué lo dijiste?
—Seguramente ya te habías ido cuando confesé que te había amado desde todo el maldito tiempo —por fin lo vio a los ojos y sus orbes temblaron ante el color dorado. Estaban teniendo esa conversación y ni en sus peores pesadillas la habría imaginado tan agotadora. Estaba hecha polvo—, dije que no recordaba un solo momento desde que te conocí en el que mi corazón no se hubiera alterado como abejas enojadas en su panal —prosiguió y notó cómo InuYasha suavizaba su expresión, pero era apenada— dije que te quería, InuYasha, que te quería de verdad…
—¿Por qué no me lo dijiste? —Insistió en un susurro. Por todos los cielos que habían pasado tanta mierda mientras sus sentimientos parecían corresponderse con creces. Todo ese tiempo había pasado pensando todo lo contrario a lo que Kagome sentía y era obvio que ella también—. Pensé que querías a ese… —se mordió el labio para no ofenderlo— Akitoki.
—Pensé que te gustaba mi hermana —le devolvió ella.
—No es lo mismo, yo te escuché primero —le respondió en automático, defendiéndose.
Kagome tomó aire hondamente y se levantó, quedando por fin a su altura.
—No tengo la culpa de que hayas escuchado una conversación que claramente no era para ti. InuYasha, yo no iba a poder adivinar tu venganza estúpida contra mí, que no serías sincero, porque de haberlo sido —hincó el pecho masculino con su dedo índice—, no habría pasado por toda esta mierda ahora y seguro que tú tampoco. Simplemente fuiste un cobarde…
—¿Qué?
Las pupilas de Kikyō saltaron agudas mientras mantenían el enfoque libre en los ojos de Naraku. Jodía, jodía mucho que sus propias lágrimas le hicieran arder todo por dentro, pero más jodía haberse quedado completamente muda.
¿Irse? ¿De verdad le estaba dando la libertad de largarse?
Desde que esa nueva relación había empezado, ella se había pasado diciendo que estaba con él únicamente porque la había amenazado y que por eso se encontraba en una encrucijada, pero el maldito acababa de, literalmente, dejarla en paz. ¿Por qué mierda no se movía? Si era cierto que se sentía harta, ¿qué la detenía ahí? Negó lentamente. No, de seguro era otra de sus trampas. ¿Y si apenas girar él la mataba a traición? No podía arriesgarse, se sentía tan tonta e indefensa. Por supuesto que eso sería una trampa y ella caería como una estúpida.
Sabes que puedes irte, Kikyō. Son solo excusas.
¡No, no eran excusas! ¡Naraku le estaba poniendo una trampa!
Sabes que no.
¡No!
—Voy a irme —se acercó tanto a él, que lo vio achicar los ojos ante esa actitud intimidante— cuando se me dé la gana, no cuando tú decidas mi destino, imbécil.
El aludido alzó su arma frente a ellos y sonrió con ese gesto malicioso y atractivo que a Kikyō parecía hacerle temblar las piernas. La joven tragó duro, presa de los nuevos nervios que la habían asaltado luego de dejar ir la valentía en ese último diálogo. En silencio, observó cómo el arma hacía un lento viaje hacia su rostro y el material frío la golpeó sutilmente contra la mejilla. Antes de poder siquiera reaccionar, un perfume familiar dulce la hizo abrir los ojos hasta que casi se salen de sus cuencas. Tuvo que respirar por la boca cuando su cerebro conectó las ideas y supo que aquél era su perfume favorito, aquel que usó por tantos años, incluso lo usaba cuando conoció a Naraku y mucho tiempo después… ¿Eso era acaso…?
Complacido por la reacción que había logrado, Tatewaki volvió a pasar el arma por debajo de la barbilla y posó el revólver en la otra mejilla, cuya piel ahora se sentía más caliente y se notaba ligeramente sonrosada.
«—¿A qué hospital lo llevo, señor? —Desesperado, el taxista observaba al pasajero ensangrentado por el retrovisor y alternativamente veía la carretera.
—Maldición —murmuró Naraku, sintiendo que las fuerzas empezaban a abandonarlo. Forcejeaba con el nudo de la cinta que la mujer aquella le había hecho—, esta mujer hizo un nudo imposible… —sintió un enorme alivio cuando al fin pudo desatarlo y sin pensarlo demasiado, guardó la enorme cinta en un bolsillo de sus jeans.
—¿Señor?
Cerró los ojos por el dolor punzante y trató de detener la herida con su propia camisa mientras retiraba aquella toallita blanca. Muchas personas lo habían visto prácticamente arrastrarse sangrando de camino a ese callejón y nadie había hecho más que correr y mirarlo como si él fuera un bicho raro. Grande había sido su sorpresa cuando aquellos ojos marrones claros lo vieron con desesperación, con preocupación, como si lo conocieran desde antes. Y el gesto de haberlo ayudado aun cuando había sido agrio con ella… definitivamente esa mujer era extraña. Casi sin darse cuenta, guardó el pedazo de tela en su otro bolsillo y soltó un quejido inmediato de dolor.
—¡A donde sea, pero rápido!»
—¿Conoces este olor? —Casi le susurró por lo cerca que estaban. Ella asintió, sumisa, como si no pudiera hacer nada más que obedecerle.
Con aquel mismo silencio anterior, retiró el arma del rostro y la guardó. La sangre corría por sus venas y por primera vez en demasiado tiempo, sentía que el corazón le latía en el pecho, que ya no era imperturbable. Del otro lado de su pantalón, metió la mano y extrajo aquella maltratada y amarillenta toalla impregnada del olor de Kikyō. Junto a esta, una cinta negra para cabello colgaba de los dedos masculinos.
—Na-Naraku… —no había que ser un genio para entender lo que estaba pasando en ese momento. Un enorme sentimiento confuso de amor e incredulidad le golpeó el pecho con tal fuerza, que se le hizo difícil respirar.
¡Había guardado eso por todos esos años! ¡Por todos los dioses existentes, eso no podía ser verdad!
—Toallas y cintas, Kikyō —le dijo finalmente.
Y todo explotó.
Como si la vida se le fuera a ir en cualquier momento, Kikyō se acercó a él y colgada de su cuello, enredada cual serpiente, le devoró los labios. El beso fue demandante, les quitaba oxígeno y mandó a volar lo que sea que trajeran en las manos. Las palmas de Naraku pasaron ansiosas por el cuello y bajaron rápido hasta los pechos, apretándolos hasta que hicieron que la joven se separe por el jadeo. Se miraron un par de segundos cuando la sangre ya les había quitado la cordura y sin decir más, volvieron a besarse con ganas.
Las manos finas de Kikyō, atrevidas, bajaron hasta la entrepierna que parecía haber reaccionado rápido a sus besos y sin pensarlo demasiado, lo apretó con delicadeza. Palpó el deseo de Naraku por ella y fue tan ardiente, que ella misma sintió una descarga húmeda que se desfogó a través del centro de su anatomía, estremeciéndola y haciéndola gemir como una estúpida. Los besos en el cuello siguieron mientras su amante la pegaba a él por la cintura, rozándola, recordándole que él había estado esperando por esa unión tanto o quizás más que ella misma. Y, claro, recordándole que era de su propiedad.
—La gente se va —dijo InuYasha y sin evitarlo, le dolió hondo—. Cuando alguien es importante para mí, se va, no importa si muere o simplemente se aleja. —Kagome, todavía herida por todo eso, no dijo nada y lo observó fijo—. Me pasó con amigos, con alguna mujer, con mis padres… contigo.
—¿Acaso no fui demasiado obvia con mis sentimientos, por Dios? —Apretó los dedos de los pies dentro de los zapatos por la frustración—. ¿Por qué no fuiste sincero y te atreviste a decirme algo? ¡Aunque fuera un reclamo!
—¿Después de escuchar cómo decías que querías a otro? Sí, por supuesto —asintió, sarcástico.
—No puedo creerlo —soltó una risita incrédula. Eso ya era demasiado—. Supongo que ahora nada de esto tiene sentido, ¿no?
—¿Ves? —Puso los ojos en blanco, ¡¿por qué no lo entendía?! Buscó sus ojos por milésima vez y le costó dar con ellos—. Después de todas las estupideces que claramente ahora sabes que he hecho acerca de ti, ¿no es demasiado obvio también?
—¡¿Demasiado obvio?! —Abrió los ojos cuanto más pudo y también estiró las palmas de las manos—. ¿Te escuchas? ¡InuYasha! ¡Eres tan cobarde que no puedes siquiera terminar de decir qué demonios es lo que sientes por mí!
—¡¿Cómo demonios no resulta obvio que te amo, maldición?!
Entre su trance, Kagome no había notado que InuYasha la había tomado por el brazo y mientras soltaba aquella bomba, la atraía de un solo jalón hacia su cuerpo.
Fue un momento mudo en el que ambos, con el corazón en la mano, no pudieron procesar del todo.
Estaba dicho. Estaba dicho y había sido como romper cadenas de cientos de años de esclavitud. Después toda la mierda que les había tocado vivir por sus miedos y sus cobardías, InuYasha y Kagome habían confesado sus sentimientos de una forma muy poco convencional. Los dos estaban temblando ligeramente por el esfuerzo real físico que el cuerpo había hecho para contener esos sentimientos tan grandes. Kagome respiraba errática y no fue consciente sino hasta que caía en la realidad de que InuYasha le acaba de decir que la amaba. Y eso había sido demasiado para ella. Ahí, con la cara enterrada en el pecho masculino tan cálido, dejó que las lágrimas contenidas rodaran y sollozó bajito. Antes, aquello había parecido un simple sueño de niña tonta, pero cuando después de tantas lágrimas y problemas, se enteraba de que siempre había sido correspondida, todo parecía ser más claro.
Sin decir una sola palabra, alzó la cabeza y se encontró esos brillantes ojos dorados saltarines viéndola como si esperaran algo con ansias. Fue por inercia que ambos rostros se acercaron lentamente, reconociéndose, sintiendo la cercanía del otro. Con los ojos cerrados, con el corazón latiendo en las sienes, ambos se unieron en un beso nuevo, uno que habían deseado tanto desde la primera vez que había pasado. Kagome subió las manos lentamente por el pecho hasta que descansaron un segundo en los hombros, mientras InuYasha enredaba los cabellos azabaches de la nuca entre los dedos y la atraía por la cintura. Las respiraciones agitadas empezaron a escucharse gracias a que, con los segundos, el beso se hacía más demandante.
InuYasha tomó entre sus manos el rostro de Kagome cuando el beso estaba por terminar y lo acunó con ternura. Ella estaba sonrosada y se veía insanamente adorable para su propio bien. No tenía las agallas de pedirle a Kagome que tuvieran algo a escondidas, ella merecía más que eso. Y le jodía como el infierno que justamente cuando tenía la oportunidad de estar a su lado, las circunstancias le recordaban que estaban en su contra.
Malditas fueras las circunstancias.
Le hincó el corazón cuando la vio reír ligeramente avergonzada con aquello, pero rebosante de alegría. Por fin, aquellos ojos café tan preciosos lo miraban con dulzura y brillaban con su propia cara reflejada en ellos.
—Kagome… —Pronunció su nombre y fue doloroso.
—Por favor, dime que no es un sueño —dejó ir el aire por la boca cuando notó la realidad. Era demasiado bueno para ser verdad. Los pulgares de InuYasha acariciaban sus mejillas con demasiada delicadeza y eso le hizo estremecer el cuerpo.
—No es un sueño —le dijo después, intentando pensar en las palabras adecuadas para decir aquello.
¿Y si le proponía tener algo a escondidas, al menos por un tiempo?
Podría hacerlo, pero ese rostro precioso que ahora estaba enfocado en él como si fuera lo mejor que existía en la vida, no merecía nada de eso. Y quizás sería la peor decisión de su vida, pero…
»—No podemos estar juntos —soltó por fin y al mismo tiempo también se alejó de ella como si quemara, dejándola confundida—, al menos no por ahora.
—InuYasha…
Continuará…
No se crean, sí van a estar juntos en el siguiente cap, no me funen, sino que no quería cortar la escena lemon que se viene y tenía que ocupar otro capítulo xd.
Quiero decir, no se viene pelea, solo es una excusa para cortar aquí el capítulo e_e
Bueno, hoy es mi cumpleaños y decidí actualizar como el año anterior. RC ya lleva más de un año en emisión desde su nueva versión, qué increíble. Gracias por seguir aquí.
