Aviso: contenido adulto. El objetivo fue sincronizar en el acto a ambas parejas como una forma de comparar cómo es que viven el amor de forma distinta y, además, marcar una nueva etapa para Kagome y Kikyō.

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Capítulo 25.

Los párpados temblaron bajo la esclerótica e intentó tomar aire para procesar lo nuevo.

—Justo por eso pregunté si esto era un sueño —no pudo evitar reír con ironía—, porque era demasiado bueno para ser real.

—Kagome, necesito que me entiendas, yo…

—¡Claro que entiendo! —Abrió los ojos rápidamente y lo observó con histeria y a punto de volver a llorar. Aquel ir y venir de emociones ya la tenía agotada—. Entiendo que eres un cobarde. Entiendo que aún después de tanto, no eres capaz de afrontar lo que a mí se refiere. —Insistió—. ¿A quién le tienes miedo?

—Ya deja de decirme cobarde —no podía negar que el malestar de esa situación lo estaba consumiendo y las palabras de Kagome no ayudaban. Ya era muy difícil hacer eso, pero ella lo complicaba más—. Tus padres, la universidad… ¡Es muy arriesgado, entiende! —Se acercó a ella y la tomó por los hombros para intentar hacerla reflexionar.

InuYasha sabía que, si se dejaba llevar por esa mujer una vez más, no habría marcha atrás.

—Eres un cobarde —soltó sin pena, otra vez—. Cobarde —repitió.

—Ah, ¿sí? ¿Crees que soy un cobarde? —La sangre había empezado a recorrerle el cuerpo entero mientras escuchaba cada palabra que salía de la boca de la azabache. Era obvio que su paciencia ya se había terminado y solo quedaba obedecer a sus instintos. La agarró por la muñeca derecha con fuerza y la atrajo a él, mirándola con intensidad y un poco de posesividad.

—S-sí, sí lo eres —su voz falseó y fue una ventaja para InuYasha.

—¿Sí? ¿Muy cobarde? —Con la otra mano, la pegó de forma certera a su anatomía, haciéndola gimotear por el gesto tan repentino—. Pues voy a demostrarte —se inclinó hasta el oído de la joven y le susurró— qué tan cobarde puedo ser.

El beso asaltó a Kagome de forma inesperada. Fue un beso apasionado, que por primera vez en la vida no había sido un gesto iniciado por ella y que iba a un ritmo perfecto, consintiendo su resistencia y haciéndola llevar las manos hacia el rostro de InuYasha, tomándolo con ternura y necesidad, atrayéndolo más, haciéndolo sentir que ella realmente estaba sintiendo esa caricia que se extendía ardiente por dentro, que quemaba cuando los dedos masculinos acariciaban su cuello y parte de su quijada. Presos de la falta de aire, separaron sus rostros para verse directamente, respirando erráticos y buscando qué había en los ojos del otro, intentando encontrar ese sentimiento que estaba amenazando con quitarles la misma vida si es que ellos no lo dejaban fluir.

—¿Cuánto —tomó aire por la boca—… cuánto tiempo va a durar este beso antes de que me pongas otro «pero»? —Sus ojos cafés, aunque llenos de brillo, tenían miedo.

Sentía que tenían una relación tan extraña y era tan difícil adivinar qué sentía cada uno, pero de alguna forma lograban entenderse al final, justo como quizás pasaría después de esa pregunta.

Lo vio negar lentamente y un escalofrío la recorrió. Cerró los ojos esperando una negativa y solo recibió la caricia tortuosa de InuYasha en sus labios, tal y como lo había hecho aquel día en el natatorio, sin embargo, esta vez, se inclinó para volver a besarla como si no fuera suficiente. Después de recibir de nuevo aquel cálido beso, InuYasha volvió a verla desde su ángulo, todavía ella mantenía una expresión preocupada, así que esperó a que abriera los ojos de nuevo para responderle.

—No hay marcha atrás —susurró, ronco.

Ella negó, despacito, sin poder dejar de sentir esa atracción que la arrastraba hacia él sin permitirle despegarse ni un momento. Ya no sabía si creerle con todas las veces que un beso de ellos había terminado en sus lágrimas y frustración. Lo agarró por las muñecas mientras, al mismo tiempo, las manos masculinas que la tomaban por las mejillas, la obligaban a mirarlo. Sus ojos estaban a punto de estallar en lágrimas.

—¿Por qué? —Las pupilas bailaban ansiosas—. ¿Por qué haces esto de nuevo?

—Porque… —iba completamente dispuesto a responderle cuando esas palabras se le atoraron en la garganta. La mujer que tenía en frente era un sueño hecho realidad, era por quien tenía sentimientos tan grandes y tan profundos como el mismo océano y una de las personas más importantes de su vida, pero exteriorizar todo aquello con palabras era tan difícil a veces. Ella seguía esperando por una respuesta—, porque te deseo, Kagome, siempre lo he hecho —aquello casi le quita la respiración— te… —se acercó de nuevo a su boca y le susurró lo más cerca que pudo, en la intimidad más grande de todas— necesito…

Y sin volver a meditarlo, sin preguntar una sola cosa más, fue Kagome quien se lanzó a sus labios y los devoró con anisa. Sus expresiones ya no reflejaban ninguna tristeza ni desesperación, sino todo lo contrario. Aquello se sentía como por fin haber roto enormes barreras entre ellos, como besar por primera vez. Las manos de InuYasha recorrían la espalda de Kagome mientras intentaban colarse por sus ropas y quitarlas. Entre besos torpes y sonrisas bobas, avanzaron por entre la cocina hasta dirigirse hasta la entrada de la habitación de Taishō. Cuando la espalda de la azabache se golpeó contra la puerta cerrada, completamente roja y con la respiración agitada, observó la profunda mirada dorada que tanto le encantaba. ¿Cuántas veces no había soñado con que ese día llegara? ¿Cuántas veces había fantaseado con verse semidesnuda con él igual y mirándola como si fuera la única mujer sobre la tierra? Y en ese momento estaba ahí, a punto de pasar a esa habitación a la que nunca había entrado, porque la vida no lo había querido, porque las circunstancias no se habían dado, porque así el destino lo había permitido. Lo vio fijamente y al tiempo intentó sacarle la camisa negra, pero él la aprisionó contra ese lugar, arrancándole un gemido por la presión ejercida de repente.

—InuYasha… —susurró ahogada, cuando él la abrazó fuerte con un brazo y con el otro por fin abrió la puerta.

Las fosas nasales de Kagome se inundaron con ese perfume que tanto le gustaba y fue como dejar respirar el alma, como si esta fuera acariciada. Lo sintió tomarla por el rostro mientras la obligaba a mirarlo y cerraba la puerta tras de ellos con el pie. Tenía que decírselo; antes de que lo inevitable entre ellos pasara, quería dejarle claro que aquello iba en serio, que la quería en su vida siempre.

—Hasta que te conocí, ni siquiera podía sonreír de verdad —abrió la boca para tomar aire y el corazón le latía tan fuerte, que podía sentirlo en las sienes, con esa mezcla de sentimientos románticos y lujuriosos que lo tenían al límite. Aquella nueva confesión realmente era importante para él: quería que entendiera que lo que estaba pasando entre ellos era grande y que no cabía dentro—, así que quiero que sepas que…

Shhh —puso los dedos sobre sus labios y los acarició con ternura, tan queda como jamás. Eran tan malditamente precioso, le costaba trabajo no admirarlo como si de un adonis se tratase y poner esa sonrisa tonta que sabía bien cómo la hacía lucir—, no te esfuerces, te conozco lo suficiente como para entenderte sin que hables —sonrió ampliamente después de eso y sintió el pecho desbordar de alegría.

Él también sonrió.

Qué diablos importaba el mundo, después de todo, ¿no era ella quien estaba haciéndolo sentir más feliz que cualquier hombre en la tierra? ¿No era Kagome quien estaba logrando que ese momento fuera inolvidable?

—Quiero que te quedes a mi lado, Kagome —le pidió entonces, sin darle más vueltas al asunto. Ella debía tener claro que sus sentimientos eran importantes y que merecía todo, que merecía estabilidad, la misma que él siempre había pedido—. Por favor…

—Tonto… —al punto de las lágrimas, ella lo miró totalmente enternecida. InuYasha era como un jodido emblema que podría volverla una psicópata, pero definitivamente sería la mujer más feliz del planeta—, claro que quiero estar a tu lado.

El abrazo en el que se fundieron fue tal, que sus corazones parecían haberse sincronizado.

La noche estaba cayendo en Nerima y la gente había empezado a circular con todas las luces de sus autos encendidas. Las vistas eran maravillosas desde los rascacielos y el viento fresco era perfecto para los transeúntes.


Movida por un deseo avasallador que estaba amenazando con volverla loca, por primera vez en mucho tiempo, los labios de Naraku se deslizaban concentrados en su pecho pálido y sentía su palma cálida recorrerle la espalda mientras otra mano se colaba inquieta entre su húmeda intimidad que parecía querer estallar. Las piernas le estaban temblando en aquella posición, pero se aferró a la espalda masculina como si la vida dependiera de ello.

No sabía si era idea de ella, pero el sexo después de tanta mierda con él se sentía delicioso como jamás; se sentía tan bien, que le daba pena de ella misma aceptarlo entre pensamientos, pero era imposible evitar ese cólico placentero en el vientre bajo que le descargaba adrenalina cada vez que los labios de Naraku se deslizaban por su piel. Se mordió la boca mientras enterraba las uñas en aquella espalda ancha cubierta por rizados cabellos negros.

Eran tan malditamente atractivo y lo amaba tanto, que le jodía sentirlo porque sabía que estaba mal, pero entre sus brazos, todo parecía valer una mierda.

¿Que si era posible conocer el paraíso de la mano de un hombre que a veces parecía ser el mismo diablo? Sí, si se trataba de él.


Las manos de InuYasha pasaron erráticas por las piernas descubiertas y se colaron por entre la falda. Las exhalaciones masculinas parecieron aumentar cuando la lengua de Kagome recorría caminos cortos por su cuello y bajaba hasta su hombro, pegando los pechos desnudos contra él y moviéndose lentamente sobre su anatomía que con el pasar de los segundos se sentía más y más rígida.

Por inercia, las manos del joven maestro guiaron a la azabache en una lenta danza circular en la que sus sexos se habían encontrado por primera vez. InuYasha se acomodó entre eso, de tal manera que su centro quedara más expuesto a ella, que el movimiento fuera más tangible por encima de su ropa interior. Pronto, las exhalaciones de ambos no se hicieron esperar. Kagome sentía la presión de aquel bulto ir creciendo bajo ella y encajándose aún mejor entre sus piernas, volviéndola loca, haciéndole arder la piel. Se aferró a los hombros de su chico y recibió sin pena las succiones cada vez más intensas en sus pezones. Pronto, los movimientos circulares fueron convirtiéndose en ligeros saltos, cual amazona. Ante eso, sintió un tirón de cabello que la hizo volver a la realidad y soltar un gemido.

Sobre la erizada piel de los senos, InuYasha sonrió y de un movimiento ágil, la tiró a la cama. La mirada lasciva que le lanzó desde su ángulo hizo que Kagome cerrara las piernas por inercia.

¡Por todos los dioses, se veía como un dios griego en ese preciso instante! Lo vio subirse de nuevo al colchón y colocarse de rodillas frente a ella. Sin perder un segundo más, tomó de la pretina aquella falda negra y junto a esta, también las bragas, bajándolas todas de una buena vez. Kagome sintió que algo fue arrancado de su misma alma en ese momento, pero la sensación se detuvo apenas la dulce mirada de InuYasha se posó sobre ella. El joven se inclinó un poco hacia su cuerpo inquieto y con una delicadeza que no tenía límites, los dedos masculinos casi temblorosos por la emoción que no cabía dentro, entraron en contacto con la erizada piel del vientre y la recorrieron de manera tortuosa, palpando la suavidad, enloqueciendo al ambarino con esa certeza de que el escalofrío en el cuerpo de Kagome, lo estaba causando él. Sin que ella dijera más, las piernas descubiertas se fueron relajando mientras las yemas seguían avanzando hasta su centro, regresaban a su ombligo un par de veces y luego bajaban por el muslo hasta llegar a la rodilla.

Expuesta por completo, de la forma más vulnerable e íntima, los labios masculinos empezaron a repartir besos suaves por el muslo interno, provocando más temblores en Kagome. Sentía que su centro se había vuelto una especie de mar de agua dulce desbordante y de seguro que Taishō estaba sediento, demostrándolo a través de las suaves lamidas que había empezado a darle mientras más cerca estaba de aquel bravío océano. Y entonces el cuerpo delicado se arqueó e intentó tomar aire por la boca, desesperada por esa respiración errática y la punta de la nariz de su chico en las orillas de su mar, tanteando, esperando el momento preciso para beber, para mojarse los labios con su deseo, para recordarle que, aunque nunca habían estado juntos tan íntimamente, la lengua de InuYasha parecía conocer cada rincón de su cuerpo, como si ya lo hubiera imaginado.

Y es que los sueños de su tutor se estaban haciendo realidad y por primera vez en la vida, de verdad, como si hubiera ganado un premio con un esfuerzo inconmensurable, hacer el amor se sentía tan placentero y liberador, pleno como nunca antes y delicioso como solo Kagome podía hacerle percibir. Mientras los gemidos y las exhalaciones inundaban sus oídos deliciosamente, las piernas intentaron encerrarlo en esa prisión cálida, pero él las detuvo por las rodillas.

Con una mirada lasciva y una sonrisa coqueta, InuYasha se alzó ante ella, que lo observaba extasiada y con el corazón latiendo en la boca, completamente anonadada por el placer que le había brindado y que de manera abrupta había cortado de pronto.

—¿InuYasha…? —Susurró estupefacta, mientras su mente le jugaba sucio con aquella visión tan exquisita.

El aludido llevó su dedo meñique derecho hasta la comisura de sus labios y con una lentitud casi tortuosa, limpió los restos de placer en sus labios y se relamió, quitándole el aire a su chica. Era increíblemente hipnotizante verla así por él. Sin decir más, como un león que ha acorralado a su presa, se inclinó sobre ella sin dejar caer su peso y buscó su oído para susurrarle algo.

—No cierres las puertas del Valhalla, Kagome… —lo que tenía por dentro era una mezcla de sensaciones febriles y carga excitante que no sabía cómo demostrar, pero que tenía claro que era provocadas por ella. Tener la oportunidad de por fin poder tocarla de esa forma era una experiencia que no tenía precedentes y tampoco explicación, pero le estaba quitando el juicio. Como si de una diosa se tratase, acarició con su palma abierta de forma casi religiosa parte del vientre hasta atrapar uno de los pechos—, que todavía no me has dejado entrar.


Como aquellas veces en las que el sexo parece una sincronía perfecta entre tu placer y el de tu pareja, los gemidos, empapados de placer y sin cordura de Naraku y Kikyō, se dejaban escuchar en aquella oficina. El cuerpo de la pelinegra, completamente atrapado por los fuertes brazos de su amante, era un manojo de sensaciones hecho única y exclusivamente para la medida de Tatewaki, quien, con sus manos, había tomado completo control de la joven mujer entre sus brazos.

Los saltos y el movimiento de caderas femenino que amenazaba con volverlo completamente loco no permitieron que ninguno de los dos notara en qué momento, los dedos de sus manos se encontraron y entrelazaron con tal fuerza, que todo el peso de sus cuerpos podría contenerse ahí y la unión no se desharía.

—Eres-... —la jaloneó del cabello en un intento de mesurar el placer que estaba sintiendo por cada movimiento que ella hacía.

—Vamos…, dilo —dijo ella en un susurro y gozando como nunca ese momento de entrega que la estaba enamorando como una estúpida. Sabía perfectamente que él quería decirle algo que la haría explotar en un segundo, lo que fuera que se le ocurriera decir, porque solo su voz estaba causándole cólicos orgásmicos impensables—. ¿Qué soy? ¡Dímelo!

—¡Eres mía!

Oh, sí que lo era.


No había pasado tanto tiempo entre sus brazos, pero el cuerpo ya se había acostumbrado a la calidez de InuYasha, a esa presencia masculina tan deliciosa que estaba amenazando con quitarle la cordura. En especial por esa forma tan exquisita en la que aprisionaba sus muñecas por encima de la cabeza con una mano y apretaba su muslo para encajarse mejor mientras la embestía, con la otra.

Mientras tanto, el deseo y la necesidad crecían a medida que su anatomía iba asimilando el placer de hundirse en ella una y otra vez, de sentir cómo las piernas temblaban y lo aprisionaban, bailando al compás de sus embestidas, poseyéndola, haciéndola suya, sintiendo los besos ahogados intentar acallar los gemidos, buscando ese rostro que se movía errático por la presión que el sexo les estaba provocando. Adicto a ese cúmulo de gestos embriagantes, tomó el mentón femenino y la besó con fuerza, mientras obedecía a las señales del cuerpo que le pedían rapidez.

—I-InuYasha, por Dios… —quería soltarse, quería enterrarle las uñas en la espalda, pero estaba completamente a su merced.

En cambio, sintió más presión sobre el agarre, el sudor en sus cuerpos se había presentado agudo y sus pulmones no hacían más que pedir por oxígeno mientras el corazón palpitaba alterado por la adrenalina. Era como si sus respiraciones estuvieran sincronizadas y a punto de hacerlos estallar.

Sin pensarlo demasiado, InuYasha soltó las manos de Kagome y la tomó por la nuca, dando un giro completamente inesperado a los roles y dejándola ahora sobre él, mientras le devoraba la boca a besos.

—Desquítate de todas las veces que te dejé muchos ejercicios de matemáticas —le susurró al oído antes de dejar caer su espalda a la cama, mientras ambas manos aprisionaban los glúteos y se aseguraban bien de esa mujer.

—No sabes cuánto te odié, InuYasha —sonrió ella y se incorporó, tomando su cabello con ambas manos y recreando aquella danza circular del principio, encontrando su propio ritmo, uno en el que sus sexos encajaban como piezas perfectas y aumentaban el ardor en sus pieles—. Quería ahorcarte —recordó, pero en ese momento, aquello tenía un contexto diferente.

InuYasha dibujó una socarrona sonrisa mientras la detenía ligeramente por un momento y de un movimiento ágil, volvía a tenerla debajo de él.

—¿Así? —Dejó que su respiración agitada repose en el oído de su chica mientras una de sus manos aprisionaba el cuello femenino, sirviéndole como un soporte que iba y venía al compás de sus embestidas.

—Ah… —dejó ir su placer en un gemido ahogado, con la adrenalina inyectándose en todo su ser, asfixiándola como si eso fuera todavía posible—. Sí, así… —sintió la prisión salir de su cuello de forma repentina y fue víctima de su amante una vez más, colocándola de nuevo en la posición anterior, haciéndola soltar una risita después de recuperarse del asalto reciente—. ¿Te has movido solo para eso? —Le preguntó entre exhalaciones, volviendo a cabalgar.

—Me gusta verte desde aquí.

Los dedos de Kagome viajaron complacidos por aquella piel delirante del abdomen masculino que, gracias a las respiraciones erráticas, se contraía cada vez con más fuerza. Sonrió después de ese comentario, que hizo que su piel se erice tal cual como la de él bajo sus caricias. Entre la oscuridad del cuarto y la poca luz nocturna que se colaba por la ventana, delineó lo más que pudo aquella anatomía morena y se deleitó con la sensación en sus yemas. Entonces el cuerpo le pidió más y se tuvo que obligar a doblarse rendida ante él, entrelazando los dedos de sus manos, apoyándose en él para que el ritmo en sus caderas aumentara de manera frenética y esa danza apasionada terminara por quitarle la lucidez. Pronto, el cuarto se escuchó lleno de exhalaciones y gemidos descontrolados, inundado el silencio de la musicalidad de su propio placer, balbuceando entre el goce del cuerpo que quemaba como llamas puras y exigía, por un momento, la saciedad del dolor placentero instalado en sus vientres bajos.

Con el cuerpo completamente empapado, los cabellos pegados a la cara y los besos húmedos matando sus gimoteos, los brazos de Kagome temblaron al igual que todo su cuerpo.

—Kagome…


—Kikyō…


Las bocas femeninas soltaron un gemido que más pareció una liberación cuando fueron atacadas por aquella onda de placer inexplicable que llegaba cada poco, pero cuando aparecía, era como tocar la gloria.

Tan… exquisito y enloquecedor.


Con un movimiento repentino, InuYasha la tuvo de nuevo bajo él, hacia la cúspide de sus sensaciones, besándole el cuello y tomando su cara mientras ella se retorcía entre sus brazos, con las piernas como prisión de su cuerpo.

Lo oyó susurrar algo entre su inconsciencia final.

Eres mía, K…

—Sí…


—Toda mía —la embistió por última vez, liberándose al fin.

—Soy… —alcanzó a balbucear, perdida.


—Soy tuya.


Después de todo y sin importar qué tan sano fuera, parece que hay que cosas que no cambian.


Por fin un capítulo corto en esta cosa mal llamada fic. Le hice como 20mil modificaciones y todavía me siento insegura.

GLOSARIO.

Paraíso Valhalla:

Es uno de los lugares más sagrados e importantes para las leyendas de los vikingos, teniendo además mucha influencia en las historias de personajes nórdicos como Odín, Thor y Loki. Valhalla no era un mundo, sino un lugar específico. Una majestuosa sala ubicada en la morada de Odín, en Asgard, que acogió a todos los valientes guerreros vikingos que murieron gloriosamente en la batalla. Valhalla se describió como una especie de premio de otro mundo; un «paraíso» por así decirlo, el lugar donde un guerrero valiente que se habría distinguido en la batalla podría haber entrado con el favor del gran Padre de los dioses.

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Muchos saludos y agradecimientos especiales a mis queridísimas:

Invitado, Any-chan, Rodríguez Fuentes, Marlenis Samudio, Annie Perez, TaishoScott, MegoKa, Iseul, CrisUL, Sarai, GabyJA y angieejp.