Dedicado con mucho amor a I´m Iseul.
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Capítulo 26.
Cuando abrió los ojos, el sol ya le estaba pegando en la cara, con esa idea de que has dormido toda la noche sin soñar, siquiera; de que tu cuerpo ha descansado e incluso, aunque sea imposible, tu cerebro se desconectó de todo. Moriste. Y era una sensación placentera que recorría todo su cuerpo, se extendía por los tendones y relajaba cada centímetro. Se estiró, soltando un chillido agudísimo, giró en la cama, apagó la alarma del celular y se cubrió con la sábana hasta el cuello. La comodidad de su colchón se sintió todavía más con ese gesto, acurrucándose en lo cálido y mullido. Abrió los ojos después de un segundo y la sonrisa que se extendió por su rostro brillaba más que el mismo sol.
—InuYasha… —fue lo único que pudo susurrar y el corazón pareció despertarla por completo debido a los latidos.
Mirando por la ventana de su cocina, las plantas parecían más verdes que nunca. El sol era una lámpara natural que nunca le había sonreído tanto. Sin dejar siquiera que los puntos negativos que evidentemente tenía en frente, arruinen su felicidad, se dio el gusto de sonreír después de que el café dulce pase por su garganta poco acostumbrada a aquella bebida.
—Naraku… —dejó ir y cerró los ojos, sumergiéndose en una burbuja única que le permitió fantasear con los brazos fuertes de él, con su vitalidad y lo bien que se sentía descansar en su pecho.
Parecía más enamorada que nunca y aunque le daba miedo, se dijo que era tiempo de ser feliz lo que durara, como si era un mes o un día, sería feliz. Naraku la hacía feliz. Solo ella sabía qué había detrás de esa mirada brillante que, en medio del salvajismo del sexo, se quedaba prendada de ella, como si no existiera nadie más en el mundo. Aquel momento mudo en el que, tembloroso, llevaba la mano derecha hasta su mejilla húmeda, retiraba los cabellos y le acariciaba casi imperceptible con su pulgar. No todo era un infierno, a veces… a veces Naraku era como el mismo paraíso.
Se llevó los dedos a los labios y sonrió como una tonta.
—Hermana.
El llamado la sobresaltó tanto, que casi tira el café por el lavadero.
—¡Por el amor de Dios, K! Vas a hacer que me dé un infarto. —Se llevó la mano al pecho.
La aludida alzó una ceja y cruzó los brazos, con una sonrisa de medio lado. La miró por unos segundos hasta que obligó a su hermana a preguntarle qué pasaba.
—¿Me has dicho «K»? —Soltó de a poco los brazos y caminó hacia la cafetera sin dejar de sonreír.
—Todos te decimos «K». —Agachó apenas la cabeza, hablándole con tono un poco receloso y bajo.
—No. —Alzó el dedo índice y sorbió la bebida tibia—. Solo me dices «K» cuando estás muy feliz o en una ocasión especial.
La pelinegra agachó completamente la cabeza y dejó ir un suspiro con una mueca de risa rendida. Kagome la leía como un libro abierto y eso la asustaba tanto como le encantaba.
—Y tú solo te levantas tan temprano cuando estás muy feliz o en una ocasión especial —le devolvió el golpe y Kagome abrió la boca apenas.
Ninguna de las dos podía decir nada más. Rieron bajito y sorbieron café al mismo tiempo.
Se mintieron sin verse a los ojos.
No había amanecido todavía cuando su cuerpo por fin le dejó ser consciente. Buscando enérgicamente con toques torpes de tanteo el cuerpo de Kagome a su lado, se obligó a incorporarse de una vez y, asustado por no encontrar nada, paró en seco. Cuando se sentó por fin, desde su ventana se podían ver las luces de la ciudad. Parpadeó despacio mientras intentaba recuperar la consciencia. Despertarse de repente y no ver a Kagome allí lo impactó, pero, ¡¿qué hora era?! Rápidamente se inclinó hacia su velador y prendió la lámpara para poder encontrar el celular entre las cosas que había allí esparcidas; se horrorizó cuando apretó el botón y vio los números blancos alzarse como un monstruo frente a él.
Cinco con cuarenta de la mañana.
Se llevó la mano debajo del fleco. ¡¿Por qué había descansado tanto si él jamás había podido dormir tan profundamente después de que cumplió quince años?! La sensación de relajación extrema seguía presente en su cuerpo y se preguntó por qué ahora todo se sentía tan extraño… Era una rara mezcla entre regocijo, relajación, libertad y pena porque ella no estaba a su lado. Se sintió como un estúpido: no había podido irla a dejar a su casa como correspondía. Se quitó las sábanas de encima y puso los pies sobre el piso frío. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan liviano y lleno de descanso, como si hubiera dormido tres días seguidos. Se levantó de la cama completamente desnudo y como por inercia, sus ojos hicieron el ya tan acostumbrado viaje hacia su amuleto y fue cuando notó que frente a él reposaba una pequeña hoja de papel doblada cuidadosamente. El corazón se le aceleró de repente; caminó hasta la pared más cercana para encender la luz de la habitación y de inmediato estuvo cerca del mueble junto a su enorme pantalla plana. Tomó la hoja delicadamente y la desdobló.
«Juro por mis muertos que caminaba de puntillas para no despertarte porque dormías como un bebé. No sabía que podías tener el sueño tan pesado, siempre decías que te despertaba cualquier cosa, ¡¿acaso me mentías?! Hahahaha, broma. En fin, estaba buscando mi ropa cuando el brillo del amuleto me llamó la atención… No puedo creer que todavía lo conserves, ¿acaso hay alguien mejor que tú? Quizás yo, pero ese no es el punto. Es lindo saber que ese tonto regalo todavía está contigo.
Bueno, te dejo dormir. No te preocupes, cuando despiertes y leas esto, de seguro que estoy en casa. Pediré un Uber y te mando un mensaje apenas llegue, ¿sí?
Besitos de gatito ^~^ 3»
Ni siquiera había notado la sonrisa tonta que se había formado en su rostro al terminar de leer aquella nota, la podía imaginar exactamente haciendo todo eso antes de irse. Ella realmente se había sentido bien al saber que todavía conservaba el amuleto. Se llevó la mano hacia el costado derecho de la pelvis y palpó la piel… si supiera que se lo había tatuado, de seguro que le haría un mural. Sabía que, con la poca luz del día anterior, no había podido ser visible, pero pronto se daría la ocasión y ella por fin vería la pequeña marca de aquel amuleto que lo había acompañado desde el día en que se conocieron. Dobló de nuevo el papel y lo dejó en la misma posición.
Suspiró hondo cuando regresó a la cama, se sentó y tomó el celular de nuevo para desbloquearlo y abrir WhatsApp. Siempre hacía lo mismo: ignoraba todos los mensajes y buscaba el chat de ella, era una costumbre. A las nueve de la noche del día anterior le había mandado un mensaje diciendo que había llegado bien.
Se apresuró en escribirle una respuesta:
"Debiste despertarme para llevarte. Ahora me siento miserable por dejar que te fueras sola en medio de la noche"
Se quedó suspendido con los dedos sobre el teclado. Quería mandar otro mensaje, pero no tenía idea de qué más decir. Era como un tonto adolescente que apenas descubría sus propios sentimientos y no sabía cómo dirigirse a una chica. Si decía alguna tontería, se sentiría como un imbécil el resto de la semana y aunque sabía que Kagome jamás se burlaría, no podía evitar sentirse dubitativo.
"¿Nos vemos más tarde? Después de clases podemos ir a comer algo y paso a dejarte al entrenamiento de natación"
Envió el texto con el corazón queriendo salirse por la boca. Bueno, ese mensaje sí había sido muy propio de él y expresaba perfectamente lo que sentía. No era tan difícil, después de todo.
"Y claro que iba a conservar el amuleto… es muy importante para mí"
Buscó el emoji del corazón verde y envió el último mensaje. El reloj marcaba las seis con cinco de la mañana.
El buen humor que lo invadía era tal, que no podía describirlo. Abrió el WhatsApp de negocios, buscó el grupo de chat con su curso con el que tenía clases a primera hora y escribió un mensaje rápido.
"Buen día, alumnos.
¿Recuerdan que mañana tenían un examen pendiente? Se cancela. Han estado teniendo un alto promedio, así que merecen una recompensa. Hablaremos luego de qué haremos en cambio.
Tengan buen día"
Dejó a un lado el móvil y se recostó un momento, inspirando aire muy fuerte, llenando sus pulmones, con una dicha que le llenaba el pecho y lo reconfortaba.
Por todos los cielos… él de verdad había estado con Kagome. Pestañeó rápido al notar que apenas había caído en cuenta de todo lo que había pasado. El recuerdo de cada beso, de cada paso torpe que dieron hasta llegar a la cama y todo lo que sucedió después le dio tan duro en el cuerpo, que se estremeció y el aire se le escapó por unos segundos. Después de tanta mierda que habían pasado, por fin… por el amor de todos los dioses, ¡por fin!
—Finalmente has dejado de ser solo un sueño… —susurró, mirando la lámpara del techo fijamente—, imposible K Higurashi.
Admitía que verla cara a cara después de lo que había pasado entre ellos había sido muy fuerte. No sabía definirlo, pero era una mezcla de todos los sentimientos posibles. Se habían quedado uno frente al otro en la salida de la universidad, ignorando que las personas pudieran verlos raro; Kagome se había mordido ligeramente el labio. Después de sonreír amplio y con las mejillas rojísimas, hizo una leve reverencia ante InuYasha, a la que él respondió con un movimiento ligero de cabeza, conteniendo una risa a más no poder. Después de aquello, hicieron lo que habían acordado por WhatsApp: Kagome tomaba un taxi hasta su casa y él los seguía desde su auto. Era mejor prevenir. Todo había salido a pedir de boca, y en ese momento en el que por fin estaban en su departamento, debía aceptar que estaba tan nervioso como ella cuando se habían visto en la institución.
Kagome, en cambio, salía del tocador y se pasaba una mano húmeda por el cabello. Estaba tratando de ignorar el montón de mensajes que Ayame le había dejado preguntándole cada cosa que había pasado. Todavía no era tiempo de contar nada, pero la había calmado diciendo que hablarían al día siguiente, en la reunión que harían por el cumpleaños de InuYasha. Además, aún se tenían que afinar los detalles para la sorpresa que le tenían preparada. Estaba nerviosa por muchísimas cosas y los mensajes acumulados en WhatsApp no le estaban ayudando nada. Por el momento, una charla importante con él la esperaba.
—¿Quieres una bebida? —Le dijo con mucha tranquilidad, asomándose por el refrigerador.
—Sí —él respondió rápido. La observó pasearse con tanta naturalidad por su casa, descalza y mirando un par de refrescos como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.
Y él sí que pertenecía a ella.
Aquello le llenó el pecho de una sensación cálida que le hizo tomar aire antes de que se escape por completo de su cuerpo.
»—Quiero una Coca-Kagome.
La aludida se incorporó al instante y lo miró, confundida.
Sonrió complacida cuando vio la cara satisfecha de su novio después de terminar su último bocado del almuerzo. El sonido del taller inundaba el ambiente, pero para ella seguía siendo perfecto. Cocinar para su pareja había sido la única actividad que dispersó su mente de la ansiedad que le causaba no saber nada de su primo y de Kagome. Tenía a su madre martillándole a cada rato con que no entendía por qué se habían tenido que ir de casa de su primo tan temprano y romper la tradición familiar. Kagome le había comentado que InuYasha había decidido liberar las cenizas de sus padres y aquello era un tema que tampoco sabría cómo abordar mientras Kaede seguía haciendo más preguntas. Aunque de eso ya se encargaría InuYasha, ella no tenía nada que ver. Tendría que sentarse a hablar con su familia ese fin de semana, pero le estaba costando mantener la cordura y la información a medias. InuYasha tampoco contestaba muy seguido su maldito celular.
—Ya sabía yo que era raro que te aparecieras por el taller; queda bastante lejos de tu casa —comentó Kōga, alzando una ceja. La conocía ya a la perfección.
Ayame dio un respingo sobre la silla y sintió que se le escapó el aire. Obviamente Kōga sabía que algo le estaba pasando, no intentaría mentir, sin embargo, no iba a decir nada sobre la intimidad de InuYasha y Kagome… Las bromas en WhatsApp estaban bien, pero eso ya era otro nivel.
—Estoy un poco ansiosa por el cumpleaños de InuYasha y la reunión que preparamos —comentó, tomando las viandas y apilándolas. Sango tampoco sabía nada de eso, últimamente había estado bastante ocupada. Suponía que se debía muchas conversaciones con la gente que quería.
—Pero ya tenían todo preparado, ¿no? —le dijo con tono despreocupado. Después de unos segundos, se estiró para tomar la mano de su pareja y apretarla en señal de apoyo—. Todo saldrá bien, siempre haces que las cosas salgan perfectas.
Ella no pudo dejar que la sonrisa se escapara. Si algo estaba bien en su vida era haber encontrado a Kōga. Daba todo por él, era su apoyo en los momentos más delicados, siempre él, siempre tan perfecto…
—Te amo —susurró, devolviéndole el gesto. Él le guiñó un ojo como respuesta y se levantó para darle un beso tierno, pero profundo.
—Gracias por la comida.
—No hay de qué —suspiró—. Cambiando un poco de tema, ¿cómo va tu solicitud de reingreso a la universidad? —Le inquirió interesada. Hacía mucho que él había dejado los estudios cuando solo faltaba un semestre y la tesis para graduarse. Su padre había enfermado y ya no podía hacerse cargo del taller, por eso se vio en la obligación de tomar el mando él.
Kōga no solo era un excelente novio, sino también un hijo increíble, un hombre responsable y amigo invaluable. Era todo lo que estaba bien en la vida.
—Sigo esperando respuestas… —se mordió el labio—, pero InuYasha está usando sus influencias en la universidad para ayudarme, creo que eso será un punto a mi favor.
—¡¿Lo dices en serio?! —Su emoción permitió que deje todas las preocupaciones de lado. Con la llegada de los chicos al taller, Kōga podía por fin darse el lujo de dejar a alguien a cargo mientras terminaba de estudiar y por supuesto que ella estaría ahí en cada momento.
—Sí, la verdad es que…
—¡Kōga-kun! —El grito de Ginta llamó la atención de la pareja.
Ambos suspiraron, derrotados, entendiendo que hasta ahí había llegado la hora del almuerzo.
—Eres la única que sabe cuál es mi refresco favorito —se alzó la botella sintiendo los dedos ya fríos. La conversación iba fluyendo a medida que los minutos iban pasando y Kagome le daba esa seguridad con su lenguaje corporal, lo cual hacía las cosas mucho más fáciles. No dejó de mirarla un segundo incluso cuando ella soltó esa risita de impresión y negó con la cabeza, mirando a otro lado.
—¿Esto debería de considerarse un cumplido? —Se inclinó para tomar el control remoto y encender la televisión. Puso cualquier canal y le bajó hasta dejarlo en volumen moderado antes de echarse nuevamente en el mueble y acomodar su pierna flexionada debajo de la otra. Miró a InuYasha y para este tiempo, sentía la cara arder; aquello era más de lo que su corazón enamorado podía soportar en ese momento.
El aludido volvió a alzarse la botella de cristal antes de encararla y asentir levemente.
—Con lo mucho que me cuesta hacer halagos, deberían darme un récord Güines ahora mismo —bromeó y se estiró para dejar la botella vacía sobre la mesita de centro.
—¿Qué?
Kagome echó a reír un par de segundos, distendiendo todavía más al profesor de matemáticas. K había pasado el último año tan enojada con él, tan frustrada, tan resentida y tan histérica, que casi había olvidado lo entretenido que era hablar con InuYasha, con ese que no mostraba la actitud seria de profesor, con ese que podía hacer bromas, incluso… Suponía que todo lo que les pasó les habría enseñado mucho.
El silencio volvió a reinar el lugar y dejó paso a las voces que salían de los parlantes de la pantalla, que, bajito, aún dejaba que las respiraciones de ambos se escucharan.
—Lo lamento mucho, Kagome —soltó él de repente y estiró con delicadeza el brazo por el respaldar del mueble para tocar algunas cortas hebras azabaches que, rebeldes, se negaban a reunirse en un solo sitio.
La dueña de aquel cabello sintió el casi imperceptible gesto y miró al joven con una expresión de duda.
—¿InuYasha?
—Anoche no me disculpé como debería por todo lo que pasó —continuó diciendo—, sé que fui un idiota con todas las cosas que hice, por no ser capaz de afrontar mis sentimientos, por no poder hablarte de frente y utilizar a tu hermana, yo…
Para cuando intentó darse cuenta, Kagome se había colocado a horcajadas sobre él, tomándole del rostro con una mirada desesperada que pedía a gritos algo que él no supo definir muy bien. El beso que ella le dio empezó severo, pero al instante se dulcificó. Las manos de InuYasha viajaron desde la cintura hasta su nuca y la atrajeron como si la cercanía no fuera suficiente. Ambos necesitaban aquel beso y eso se estaba demostrando con creces en ese momento. Sus bocas sabían a Coca-Kagome.
Cuando se separaron, Kagome respiró contra la boca masculina semiabierta, chocando sus frentes y sonriendo apenas por la grata sensación que les causaba en el vientre aquella caricia.
—Siento que ayer dije cosas muy hirientes contra ti, yo…
—No, ya te disculpaste cuando debiste y yo no te dije nada —la interrumpió aún con los ojos cerrados, sintiendo su cercanía tan hipnotizante—, es mi momento ahora y solo quiero saber que me perdonas. Algún día podré decírselo a Kikyō, pero aún es muy pronto.
—Sí, lo sé, te mataría —rio un poco, imaginando la cara de su hermana. Los miedos de la mayor se habían materializado con ella y aunque se sentía mal por mentirle sobre eso, era su felicidad u ocultar temporalmente información a la pelinegra. Era obvio qué pesaba más—. Lo importante es que… —se enderezó un poco para verlo y ahora él también la miraba fijamente— reconociste tu error y yo realmente acepto tus disculpas, InuYasha… ¿tú aceptas las mías?
Él asintió despacio y nuevamente jugueteó con el cabello azabache, llevándolo detrás de la oreja para poder ver mejor el rostro lleno de vida de aquella mujer que había vuelto a darle color a su existencia.
—No tengo nada qué disculparte, en realidad.
Y con aquel susurro, fue él quien la besó de vuelta.
El hijo de la hija de una prima del padre de Naraku. Prácticamente no había sangre que lo uniera a él, pero sus ganas de apoderarse del mundo eran idénticas. Siempre rechazado por esa familia por su baja estatura, siempre utilizado como un simple títere para misiones absurdas, con un sueldo de mierda, con un conjunto de activos reducido y al mando de un solo hombre. Escuchó a Entei relinchar y extendió la caricia con el peine. Su caballo, ¡suyo! Y estaba en la propiedad de Naraku, en el establo de él, atendido por sus criados…
—No te preocupes, Entei —siguió peinándolo. Desde su lugar pudo ver a Kagura beberse un jugo en la cocina. Los enormes ventanales de cristal desnudaban el lugar. La única misión que le había permitido permanecer más tiempo cerca y ejecutar su plan de destruir a Naraku había sido la de vigilar a su zorrita y las veces que se acostaba con Bankotsu. Era muy cuidadoso con no dejar ir ni un detalle, pero mientras más se demorara en encontrarlos en algo, más tiempo le restaba en El Gremio—. Algún día, todo esto será nuestro.
—Estuve pensando… —se limpió la boca con la servilleta mientras dejaba los restos de la alita de pollo sobre el cartón. InuYasha se estiró para tomar un par de papas fritas.
—¿Mmmmm? —Miró el programa de TV mientras masticaba. La comida había demorado en llegar y tenía mucha hambre.
—En lo que dijiste anoche —se mordió los labios—, lo que sea que tengamos, debe permanecer en secreto, al menos por un tiempo.
Él dejó de masticar al instante, mirándola con confusión. Era verdad que había sugerido que no podían tener una relación al menos por un tiempo, que había situaciones que se interponían entre los dos, pero era por eso mismo que no quería que algo pasara entre ellos aún, porque no quería esconderla como si fuera un delito, como si fuera pecado amarla… Con lo feliz que lo hacía, le parecía casi violento no tener la libertad de que ella lo tome de la mano en la calle. Tragó después de un rato y la azabache seguía mirándolo con inseguridad.
—Kagome…
—Por mi lado, están mis padres, que, sí, es verdad —rememoró las palabras de su hermana—: qué dirán si de repente soy la novia del chico que quiso casarse con mi hermana y que es mi profesor de matemáticas.
Él tomó aire profundamente y se secó los dedos con la servilleta. Aquello era un tema muy serio y ella tenía toda la razón, entendía perfectamente que no era factible por ese lado.
—Pero nuestras clases están a punto de terminar, tendrás dos pares de semanas más y ya —le informó y la miró directamente. En el fondo, esperaba que aquello la hiciera reflexionar. Realmente se sentía muy miserable para pedirle esconderse como si estuviera haciéndole un daño al mundo, sin embargo, su raciocinio estaba intacto y le decía a gritos que debía decir sí a todo.
—Bueno, eso es un punto a nuestro favor, pero la universidad… —miró hacia abajo, inspirando—; no quiero causarte ningún problema, porque…
—¿Quieres que busque trabajo en otro lugar? —Le interrumpió de una vez, soltando las palabras sin respirar. Ya no la había estado escuchando, solo la veía mover los labios mientras su cerebro fabricaba esa propuesta sin analizarla demasiado.
—¡¿Qué?! —Arrugó la expresión y se removió de su lugar, alarmada—. Por Dios, no. InuYasha, ¿cómo se te ocurre decir eso?
—Solo digo que…
—No, no, no, no, espera —hizo señal de alto con las manos—, escúchame, InuYasha: tu trabajo, tus activos, tu vida, todo lo que tienes te pertenece y Dios sabe —cerró los ojos para imprimir énfasis a sus palabras— que no hay nadie en el mundo que merezca todo lo que tienes más que tú, que mereces más todavía, lo mereces todo —se inclinó un poco más a él para verlo de cerca. Aquellos ojos saltarines dorados ahora brillaban y la miraban como embelesados—. Nunca, escúchame bien, nunca abandones las cosas buenas que te pone la vida a cambio de nadie más que no seas tú. No importa qué pase, InuYasha, si no es de vida o muerte, no arriesgues tu estabilidad por otras personas. —Ladeó un poco el rostro—. Si un día haces eso, ten por seguro que estaré muy decepcionada de ti.
Él negó de inmediato.
—Pero eres tan importante para mí como todo lo que he logrado —le respondió en automático. Sabía que ella tenía razón, solo quería dejarle claros sus sentimientos.
Kagome se acurrucó en su pecho como una gatita, con cuidado de no tocar demasiado con sus dedos aún impregnados de pollo. Sonrió.
—Tú también eres tan importante para mí… es por eso que siempre voy a procurar que tomes buenas decisiones.
Él se acomodó y descansó la mejilla en la cabeza femenina, logrando aspirar ese fuerte aroma a flores.
—Lo sé, sé que tienes razón.
—Siempre la tengo —rio por lo bajo—. Yo soy una de tus mejores decisiones, por cierto.
—Y viceversa —comentó él, tomando un poco de ese ego y haciéndolo suyo.
Ambos volvieron a reír.
»—Está bien, hay que mantener en secreto por ahora lo nuestro —suspiró, derrotado. No había otra opción.
—¿Lo nuestro? —Preguntó con tono pícaro. Alzó la cabeza para tratar de mirarlo—. Entonces, ¿sí quieres ser mi novio? —Sonrió tan amplio, que sintió que le dolieron las mejillas.
—¿Qué? —Alzó una ceja en respuesta, confundido—. Pensé que ya lo era.
Continuará…
Pero, por el amor de Dios Bendito, cómo me costó hacer este capítulo. Lo único que tengo claro es que no soy buena para escribir un noviazgo InuKag, lo cual me resulta bastante irónico, porque es casi mi único trabajo en Fanfiction.
Una disculpa si se sintieron un poco empalagados o por el estilo con este par, pero eran cosas que debía dejar claras antes de seguir con mis planes malvados. Quiero decir, ya que quedaron claras las condiciones de la relación, pues el resto seguirá con naturalidad. Aún tengo buenos momentos de ellos, el siguiente capítulo trae un poco del cumpleaños de InuYasha, así que ahí vamos, tratando de no saturarnos de amor y mantener el estilo de RC.
Un saludo especial a CrisUL, a quien le dedico la última escena, también. Ella ya sabe por qué. Y si no lo sabe, que me escriba, que ya le cuento. Te amo, mi diosa.
Y, mi preciosa Iseul… no podía dejar pasar uno de mis capítulos favoritos de este fic sin dedicártelo y en honor a ese hermoso vídeo que hiciste por mi cumpleaños... lloro. Te amo y espero que haya estado a la altura de las expectativas que sé que te creé cuando te hablaba de él.
Muchísimas gracias: Invitado 1, Bombi-Chan, joiscar, TaishoScott, Annie Perez, Katys Camui, Marlenis Samudio, Rodriguez Fuentes, MegoKa, GabyJA, Minako K, Soyungirasol25 (¡Bienvenida, muchísimas gracias por leer, preciosa!), claramente también a CrisUL e Iseul. Son mi motor para seguir.
