Paridad de participación de personajes: Kagura, Naraku, InuYasha, Kagome y Hakudoshi.

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Capítulo 27.

—¿Cómo? ¿Naraku nunca se encarga de traerles la comida?

—No, señor —respondieron todos al unísono, mientras comían.

Hakudoshi los miró desde su lugar y le hizo una señal a dos de las mujeres que habían ayudado a repartir la comida para que se retiraran. Sabía perfectamente que Naraku jamás se encargaba de eso, especialmente porque El Gremio era una organización escondida a la que mucha gente de servicio no podía llegar y era por eso que ellos mismos debían encargarse de ciertas cosas como preparar sus comidas diariamente, sin embargo, ese día, y aprovechando que el jefe se había ido a supervisar su empresa de fachada, le dijo al chef de la casa grande que preparara un almuerzo para un batallón de aproximadamente sesenta personas y él mismo se encargó de transportar las viandas hasta ahí.

—Usted es mucho mejor jefe que el señor Naraku —habló un incauto y su primo al lado le dio un codazo para que guarde silencio.

—¡Lo siento mucho, Hakudoshi-sama, disculpe a Yeto! —Dijo el mayor, automáticamente, haciendo reverencias con la cabeza.

Bankotsu, molesto como jamás, observaba la situación en silencio. Presentía que ese enano maldito estaba planeando algo contra Naraku; ya tenía días viendo cómo intentaba ganarse la confianza de todos y era obvio que lo estaba consiguiendo. Pudo ver su sonrisa triunfal inmediatamente después de aquel comentario y se le revolvió el estómago. Miró la comida con desdén y no quiso probar ni un solo bocado más. Si Hakudoshi intentaba traicionar a Naraku y luego matarlo, debía primero convencer a todo El Gremio para ponerse en contra, hacer ver que tenía mucha o casi igual autoridad que Tatewaki y demostrar que podía ser un buen jefe para que no lo acribillen apenas le ponga las manos encima al jefe sucesor. Kagura tenía que saber eso, pero era casi imposible sacarse a ese tonto de encima.

—¿Estás bien, hermano? —La voz de Renkotsu lo hizo detenerse de pensar para mirarlo.

Asintió e intentó sonreír.

—Tú parece que mejor que todos, eh —le dio un pequeño codazo antes de bajar la voz y comentar—: anoche vi a Kanna entrando a tu habitación.

El aludido no pudo evitar que un sonrojo lo fulminara y se rascó la nunca ligeramente. Era verdad… su relación con Kanna pasaba muy desapercibida y se sentía muy afortunado por ello. Iba a decir algo cuando advirtió que Hakudoshi se alejaba, llevando algunas viandas hacia la cocina. Ambos hermanos lo observaron con recelo.

Dentro, Hakudoshi dejó descansar los brazos después de tirar todas las viandas desechables a la basura. Soltó un suspiro largo y después caminó hasta el lavabo para lavarse las manos. Cuando advirtió los tacones de las botas negras de la única mujer a la que se le era permitido usar ese tipo de calzado en El Gremio, sacó su celular y lo puso a grabar. En la mañana había ensayado todo lo que le diría.

—Oye, tú, ¿qué diablos crees que haces, enano ridículo? —La voz irritada de Kagura no se hizo esperar.

El aludido no la miró, únicamente siguió en su tarea.

»—Dándole comida a la gente —siguió—, ¿qué diablos tramas? ¿Robarle el poder a Naraku con tus tontos almuerzos de mierda? —Ella ya venía notando ese comportamiento extraño que le avisaba a su sexto sentido que algo andaba más que mal.

—Con el pasar de los días me voy dando cuenta de que eres tonta, Kagura —le dijo, con su típica voz inmutable, buscando una toalla para secarse.

—¿Qué dices? —Abrió mucho los ojos y lo vio girar sobre sus talones para acomodarse contra el mesón de mármol y cruzar los brazos en el pecho.

—¿Sabes qué pasaría si yo fuera tu jefe y no Naraku? Tendrías un mejor trato.

—¿Y seguir encerrada entre estas enormes paredes trabajando para una basura como tú? Sí, hombre. —Ladeó el rostro y descansó las manos en las caderas, una muy cerca de su arma.

—Podrías hacer tu vida fuera, pero ganarías un buen sueldo —midió bien sus palabras. Se estaba arriesgando, quizás, pero eran años sirviéndole a esa familia como para que desconfiaran de él.

Kagura sabía que aquello era una trampa y se preguntó si de casualidad, Naraku estaría escuchando esa conversación, pero era imposible, ya que se encontraba en una reunión de negocios. Respiró errática, empezando a impacientarse.

—Todo sigue siendo una mierda, no me apetece cambiar de dueño —respondió, asqueada.

—Tu relación con Bankotsu sería completamente libre, no tendrías por qué esconderte. —Dio su golpe maestro, esperando a que ella reaccionara—. ¿No quisieras amarlo libremente? —Insistió.

Toriyama soltó una risita burlona.

—Parece que estás muy ansioso por traicionar a Naraku, ¿no es así, Hakudoshi? —Ella también usó un tono persuasivo. Estaba loco si creía que de verdad iba a caer en sus juegos.

—No —refutó al instante, con voz queda—, tú quieres traicionarlo.

—Maldito, dime ya qué demonios quieres —al tiempo que soltaba aquello, su arma apuntaba a pocos centímetros de la frente del enano, que jamás se inmutó, era como si no le temiera a la muerte y eso la exasperó aún más—. ¿Qué diablos necesitas para que te largues y me dejes en paz? —Desesperada, cayó en ese juego que tanto había tratado de evitar…: intentaba sobornarlo—. ¿Quieres dinero? —No podía parar de hacerlo—, te lo doy, ¿quieres mis activos? ¡Te los doy, pero lárgate! —Había perdido los estribos y su mano temblaba.

Hakudoshi había guardado ya su celular en el bolsillo y seguía grabando aquella discusión, así que se inclinó hasta que la pistola tocó su piel y allí detuvo todo su peso.

—Piénsalo.


—Mamá, en serio, no es necesario… —rio nerviosa, mientras le pasaba una manga pastelera.

—Sí lo es, es un pequeño detalle que tu padre y yo estuvimos de acuerdo en darle, así que déjeme, señorita —Naomi procuró que la crema cubra el pastel a la perfección y dejarlo liso como la seda. Cuando el timbre de la puerta sonó, ambas regresaron la vista a la entrada de la cocina, por inercia. Kagome se puso nerviosa sin poder evitarlo, ¡no le había dicho nada sobre esa sorpresa a InuYasha! Es que todo había sido tan rápido; cuando ella llegaba de la universidad, su madre ya estaba en casa preparando el postre—. Ve, ve a recibir a tu profesor y no le digas nada, ¿sí? —Se apresuró en decir la afable mujer.

—Pero si toda la casa huele a dulce —refutó la azabache, mientras se quitaba el mandil.

—Eso no importa.

Tomó aire y miró que sus ropas estuvieran en perfecto estado. Se giró para cerrar la puerta corrediza de la cocina y caminó casi de puntillas hasta la entrada. Bien, empezaba el reto de fingir con la primera persona de su familia. Se inclinó hacia la manija y abrió la pesada puerta; InuYasha se encontraba ahí, con una radiante mirada y media sonrisa, a punto de estirar su mano para atraerla a él y saludarla.

—Kag-

—Bienvenido, Taishō-sama —le guiñó un ojo y lo invitó a pasar cordialmente hasta donde la cámara de seguridad de la entrada de la casa le permitió—. Por cierto, feliz cumpleaños —le dijo en un tono casual mientras lo apretaba de la mano y lo guiaba hasta la mesa del comedor, pasando al lado de las grandes escaleras blancas.

InuYasha, confundido, pero entendiendo que había alguien más en casa, se dejó hacer hasta que ella se detuvo de golpe antes de abrir la puerta corrediza del comedor.

—¿Qué…?

Shhhh —ella le tapó la boca con una mano y se asomó de un lado para comprobar que no viniera alguien, luego del otro lado, con las cejas fruncidas y el corazón a punto de salírsele por la boca. Tomó una bocanada de aire con los ojos cerrados y antes de reaccionar, sintió cómo InuYasha le quitó la mano de la boca, la tomó por la quijada y le plantó un beso profundo antes de que pudiera reaccionar.

Ella intentó por todos los cielos no extenderlo demasiado, pero lo tomó por la nuca y enredó los brazos en el cuello masculino. Olía tan bien… Se puso de puntillas para alcanzarlo mejor mientras sentía cómo el portafolio rozaba sus glúteos por la posición en la que se encontraban. Cuando el beso terminó, Kagome lo miró completamente enrojecida y con la boca semiabierta, respirando con dificultad. Eso había demasiado sexy y cargado de adrenalina como para dejarlo a la mitad. Ahora le dolía el estómago.

—Gracias por la bienvenida, Higurashi —comentó cínico, cerrando la boca de su novia con el dedo índice, empujando la quijada desde abajo. Aquel gesto hizo que ella se sonroje más.

—F-feliz cumpleaños —le dijo con la voz temblando y se odió por eso.

Él intentó no reír.

Decidieron seguir caminando hasta llegar a su destino antes de que pareciera muy raro el momento de silencio.

No hacía falta que ella le dijera feliz cumpleaños, había sido la primera en deseárselo a las 00:00 exactas. Le había mandado un vídeo que casi hizo que llore… muchas fotos de ellos cuando estaban en la universidad, fotos que ya ni siquiera recordaba que había tomado, con una canción de fondo que se llamaba… no lo recordaba, algo así como «Still Falling for you»; se había dado la tarea de poner la letra en japonés mientras las imágenes pasaban como un recuerdo vivo por el vídeo. Lo había visto cinco o seis veces ya, no recordaba, pero lo hacía sentir extremadamente bien. Durante las clases había estado mandándole memes de gatos cumpleañeros como si los hubiera preparado con días de anticipación y un audio a las 6:00 am que decía: «Feliz cumpleaños, InuYasha, te desea… La imposible K Higurashi». No podía pedirle más a la vida, si era muy sincero. Por primera vez después de sus padres, su cumpleaños empezaba a tener sentido.

—¡Felicidades, InuYasha!

Ante él, madre e hija estaban haciendo una reverencia y un pequeño —pero hermoso— pastel blanco con detalles dorados como sus ojos, yacía sobre la mesa. No pudo evitar parpadear, alucinado por el detalle. En casa de su tía Kaede también le habían ofrecido un bizcocho y un delicioso almuerzo como era costumbre, pero en ese momento no podía evitar sentir que algo se removía dentro. Las sonrisas de Naomi y Kagome eran idénticas y esa expresión dulce era definitivamente herencia.

—Mu-muchísimas gracias a ambas, yo… —No sabía qué decir, pero estaba seguro de que tenía que expresar lo agradecido que se sentía. De repente parecía que su vida había dado un giro de 180 grados y todo estaba bien.

—No es nada. Siéntate, por favor, debes tomar el primer pedazo —Naomi le extendió el cuchillo especial y el cumpleañero lo tomó con un poco de pena.

—De acuerdo —antes de hacer lo propio, se le escapó una mirada fugaz a su novia y esta lo observaba casi orgullosa. No entendió por qué la expresión, pero volvió a su tarea. El pastel era de chocolate, su favorito…—. Es mi pastel favorito —no pudo evitar comentar.

—Kagome me lo dijo —soltó la mujer, sentándose frente a él y dándole un platillo para colocar el postre. Él volvió a mirarla… claro, quién más sabría tanto de él si no—. Espero que te guste.

—Mamá es la mejor repostera del mundo, ¿cierto, mamá? —La abrazó por la espalda, demostrado su naturaleza alegre y amorosa. InuYasha envidió no poder ser abrazado así por ella. Empezaba a desesperarle un poco esa situación.

—Deja que InuYasha lo decida, hija —se dirigió al joven maestro, que saboreaba el pastel como si fuera manjar de dioses.

Esa cara lo decía todo.

El tercer pedazo de postre pasó como un flash, InuYasha no había podido opinar porque ningún bocado le parecía suficiente.

—Es increíble, hacía demasiado tiempo que no probaba un pastel de chocolate tan bueno —se secó la boca con la servilleta—. Mi madre solía hacer estos postres en mi cumpleaños, también. Oh, y mi tía Kaede. —Admitía que era un momento agridulce, pero por alguna razón, algo en su pecho le incitaba a que lo viera más dulce que agrio.

—InuYasha… —sin pensarlo, Kagome se sentó a su lado y Naomi también tomó asiento. La azabache colocó sus manos en cada hombro en señal de consuelo y los apretó ligeramente.

—Lo siento mucho, InuYasha, no sabía…

—No, no, no se preocupen… es una manera de tenerla viva en mis recuerdos —comió otro enorme pedazo de pastel y el chocolate hizo que quisiera sonreír.

Después de aquel momento, la charla siguió amena. Conversaron un poco sobre los detalles de aquella sorpresa, cómo Suikotsu le había dado la idea para que Naomi regresara a casa más temprano del trabajo y preparara todo, también hablaron de un pequeño bono que iba de parte de la familia y que por supuesto, InuYasha rechazó, pero ambas mujeres insistieron porque hacía parte del trabajo que había hecho con Kagome.

—Después de todo, Kagome ha mejorado mucho y las matemáticas no son un problema mayor para ella —comentó Naomi, asintiendo—. Eso te lo debemos.

—Es un trabajo en conjunto, Naomi-sama… —su mirada volvió a posarse sobre la aludida—, Kagome ha trabajado muy duro para esto —sin pensarlo demasiado, posó su mano sobre la pierna femenina y buscó los dedos de su novia para estrecharlos por debajo de la mesa, provocando un sonrojo aún mayor—. Es una de mis mejores alumnas —comentó solemne.

—Felicidades, hija —terminó con un aplauso. Esas eran buenas noticias.

—Basta, mamá… —soltó una risita nerviosa.

—Bien, yo creo que hoy se suspenden las clases, ¿no es así? Es un día especial —propuso la mujer, poniéndose de pie para retirar la vajilla.

—Oh, pero eso extendería una clase más el cronograma…

—Lo siento, InuYasha, ¿hay algún problema en tu agenda? Si es así, pueden seguir con la clase hoy, supongo…

—No, no, no hay ningún problema —se apresuró en aclarar—. Lo decía por ustedes, de todas formas, las clases están por terminar.

—Bien, entonces…

Kagome los observó en silencio. La charla había empezado a fluir de repente y ella ni siquiera se había dado cuenta. Después de aquel momento tenso de las felicitaciones y el apretón de manos, era un bálsamo oírlos hablar de otro tema. Cerró los ojos, suspirando aliviada mientras escuchaba que conversaban de algo más sobre su cronograma y su madre por fin se retiraba de la estancia con los platos usados en las manos. Se alertó cuando notó que se detenía justo antes de poder desaparecer de su plano. La miró rápido y notó que ella los observaba quieta, como meditando algo, sin decir una palabra.

—¿Mamá? —Se vio en la obligación de inquirir y hasta ese momento, InuYasha alzó la mirada, que había distraído en el celular móvil por cosas del trabajo.

—¿Saben algo? —Mustió—. Antes de que InuYasha empezara a salir con Kikyō, solía pensar que ustedes estaban juntos.

Un balde agua fría para Kagome. Abrió los ojos hasta que le dolieron y sintió que el estómago se le revolvía por los nervios. InuYasha tosió un par de veces, seguramente ahogado con su propia saliva.

—Por Dios, mamá…

—¡Lo siento, lo siento! —Apenas había caído en cuenta de lo que acababa de soltar—. Eso fue muy imprudente, me disculpo.

Y sin esperar una respuesta, salió de la estancia.

Entre la tos de InuYasha y cómo se aclaraba la garganta, Higurashi escuchó un murmullo que casi no entiende si no hubiera sido por su memoria tan clara.

CoffcoffDeberíamos ser parejaCoffcoff —lo oyó decir y rápidamente le lanzó una mirada como la que acababa de hacerle a Naomi. InuYasha se compuso de inmediato y se encogió de hombros—. Eso dijo Kikyō.


El portazo que sonó hizo que su cabeza casi explote por el dolor. Se echó para atrás en la silla y suspiró hondo, intentando no perder la paciencia tan rápido.

—Escucha, maldita —murmuró, con la mano derecha reposando entre sus cejas—, la próxima vez que entres así a mi oficina, voy a volarte los sesos con mi arma.

—Pues me harías un favor, Naraku. —La figura esbelta de aquella mujer se posicionó delante de él, imponente. Después de todo y aunque la tuviera bajo su poder, seguía siendo un alma rebelde que parecía no tenerle miedo a la muerte.

—Ah, qué quieres. Esto parece ya un Kínder y yo la maestra que atiene sus berrinches de mocosos de seis años —se enderezó para teclear algo en su computador. Ir a su empresa por su revisión mensual siempre era estresante y agotador, lo detestaba incluso más que el hecho de que lleguen a su oficina sin tocar.

—Oh, el enano vino a quejarse de mí.

—Al grano, Kagura —la calló de inmediato, viéndola con unos ojos cansados.

Por supuesto que Hakudoshi ya había ido a conversar con él. No había tenido ni tres minutos de haber llegado cuando lo escuchó tocar esa maldita puerta. Algún día, negaría el acceso de todo el maldito mundo. Habían hablado sobre lo que había pasado a la hora del almuerzo.

«—Tuve una conversación muy interesante con ella, sí —dijo, con esa sonrisita tan típica de él—. Incluso grabé, como siempre. Intenté sacarle algo de Bankotsu.

—¿Dijo algo revelador? —Se sirvió un trago de whisky con mucho hielo.

—No, pero…

—Entonces no me interesa —lo hizo callar al instante. No quería perder el tiempo.

—Antes de irme, hay algo más…»

—Hakudoshi te quiere suplantar —soltó de una vez, no callando más aquello que la tenía ahogada. Vio a su jefe poner los ojos en blanco y levantarse despacio para dirigirse al minibar. Le molestó sobremanera que la ignore así—. Hace días que lo noto, pero hoy me lo ha dicho explícitamente.

Tatewaki ya lo sabía, era de eso que había hablado mayormente con su pariente. Se suponía que estaba usando esa estrategia y le había ofrecido la opción de estar con Bankotsu libremente para conseguir algo que la pusiera en evidencia, pero no había dado resultado. Era una simple táctica y lo tenía sin cuidado.

—¿De verdad crees que alguien puede remplazarme? —Le respondió, egocéntrico.

Ella suspiró errática, desesperada. Quería gritar, quería hacerse algo malo. La forma inusitada en la que Naraku estaba tomando esa conversación estaba a punto de enloquecerla.

—Por favor, haz que se vaya, quítamelo de encima —pidió, sentándose en la silla de enfrente, viéndolo desde su ángulo y sintiéndose pequeña—. No lo soporto todo el tiempo encima de mí, vigilando cada paso, mirando qué hice o qué dejé de hacer, ¡me está volviendo loca!

—Ese es su trabajo: vigilarte. —Se tomó la molestia de servirle un trago y pasárselo a su mano derecha. Ella lo tomó con desesperación. El sonido del vaso con hielos resonó después de un par de segundos—. Lo que tira abajo tu teoría de que quiere reemplazarme, porque me demuestra que está haciendo su trabajo.

—¡Pues ponle otro trabajo!

—No me grites, que tengo muy poca paciencia hoy. —A veces, tenía la impresión de que ella y Kikyō se atrevían a gritarle demasiado.

—¿Cuál es la necesidad de estarme espiando? Yo espío, ha sido mi trabajo con Kikyō estos últimos dos años, no me vigilan, ¿para qué? —Se llevó una mano a la frente y reposó violentamente en ella. Quería llorar, estaba segura de que jamás se había presentado ante él en un estado tan alarmante.

—Para que no vayas a estarte follando a Bankotsu por ahí como de seguro lo has estado haciendo antes, para que no me traiciones.

—¿Por qué insistes en prohibirme algo con él? —Lo miró directamente a los ojos. Por azares del destino, ambos habían nacido con el mismo extraño color de ojos rojos, sabía que esa cualidad los hacia lucir casi como el demonio.

—Basta —golpeó el escritorio—, no quiero discutir de nuevo contigo esta estupidez. Ambos son de mi propiedad y no me da la gana de que estén juntos, ¿tengo que dar explicaciones de lo que hago con lo que me pertenece? —La miró de arriba abajo, con fastidio—. Si se me antoja, me follo a Bankotsu frente a todo El Gremio para que les quede claro quién soy, y porque se hace lo que yo digo y como lo quiero aquí y en la China, ¿has entendido?

Ella sintió un escalofrío recorrerla después de aquello. Entendía que lo que acababa de decir no tenía nada que ver con la orientación sexual de Naraku y fue por esa misma razón que le dio pánico saber hasta dónde podía ser capaz de llegar con tal de ejercer su dominio. Él estaba loco, era obvio que era un enfermo. Cuántas veces la había utilizado como quien usa un baño, que vierte ahí sus fluidos, se siente aliviado, tira de la cadena y se va, sin sentir un solo vínculo sentimental, porque, obviamente, se trata de un excusado. Era tal cual, y por eso había encontrado el amor en Bankotsu, un hombre que nunca la vio como un inodoro, sino como una persona que era capaz de amar y ser amada. Odiaba a Naraku un poco más ese día.

—Está bien —dijo finalmente, reteniendo las lágrimas.

—¿Algo más? —Apretó entre sus manos un bolígrafo. Se estaba poniendo muy incómodo con aquella conversación.

—Sí. —Kagura sacó de su bolsillo el celular para Kikyō y lo deslizó suavemente. Él la miró confundido, frunciendo las cejas—. No quiero contestar más el teléfono para Kikyō, me siento como una lesbiana respondiendo sus mensajes.

—¿Por qué diablos estás desacatando mis órdenes en mi propia cara? —Juró que las venas en su frente iban a explotar y de seguro que su padre se estaría revolcando en la tumba.

—Escúchame, Naraku —comenzó a decir—, el constante acoso de Hakudoshi va a acabar conmigo, me suicidaré si sigo así…

—¿Me amenazas? —Ahora la miraba fríamente. Esos circos no iban con él.

—No, te estoy diciendo la verdad. Pero si hay algo que acabará más rápido conmigo es tener que atender las necesidades de tu mujer, así que te ruego, de verdad —juntó las manos como si rezara y aunque se sintió estúpida, estaba llegando a su límite—, que me liberes por lo menos de esa carga, porque ya no la soporto un día más.

El pelinegro se detuvo un momento a meditarlo. Nunca la había visto tan desesperada y con lo imbécil que era, de seguro que se le ocurría atentar contra su vida si no le hacía caso a esa petición tan específica. Tenía que negociarlo. Miró al celular y se le revolvió el estómago; quizás nadie sabía, pero la razón por la que había decidido que Kagura se hiciera cargo de ese teléfono, era para quitarle a él la tentación de enviarle textos por WhatsApp a cada rato para divertirse con sus respuestas cada vez que se le ocurría enviar una bomba en vez de mensaje. Perdería el tiempo y haría aquello todavía más complicado. Tenía que echar a esa mujer de su vida en algún momento.

—Ahora tendrás que estar pendiente de ella el doble —dijo como una aceptación del trato.

—Ah, gracias a Dios. —Se puso de pie de inmediato y se dispuso a salir—. No importa, me la paso mejor con ella que encerrada aquí y vigilada por ese pequeño monstruo que tienes por pariente.

—¡Que sepas que no lo hago por ti! —Gritó, con la intención de dejarlo claro, mientras la veía marchar.

—¡Como sea! ¡Gracias, de igual forma!


Colocó los papeles sobre el escritorio y sorbió más café. Era casi hora de salida y se sentía el ambiente movidito con la gente alrededor empezando a retirarse. El noticiero se escuchaba de fondo, a pesar de todo.

—Maldita sea, si tan solo tuviera esa maldita computadora —susurró con fastidio. Suspiró largo y tendido. Quería darse por vencido. Si sus superiores no apoyaban aquello, definitivamente jamás llegaría a una respuesta por sí mismo. Intentó tomar café de nuevo y apenas se dio cuenta de que ya se lo había bebido por completo la última vez, que no hacía más de un minuto que había sucedido. Comenzaba a alucinar, entonces. Estaba empezando a desistir.

—Quizás es lo mejor —escuchó a su novia hablar y alzó la mirada de inmediato. Traía en sus manos dos envases con café y eso le hizo sentir que por lo menos valía la pena el cansancio mental.

—¿Qué cosa? —Le respondió con su típica expresión estoica que en ese momento se mezclaba por el enojo de no saberse competente.

—Desistir de este caso, comisario. —La joven agente se alzó el envase y sorbió su late—. Kurosaki desistió de esta investigación y… —bajó la voz lo más que pudo y se inclinó hacia su pareja—, yo creo que alguien lo sobornó.

Él asintió; también lo creía. Hacía mucho que sospechaba que algo andaba mal con ese fiscal, pero era muy delicado soltarlo así como así.

—No es solo Hiten el caso que me interesa —le dijo también en voz un poco más baja—; su muerte fue algo planeado y detrás de esto hay crimen organizado. Mataron al guardia la noche en que lo asesinaron, era obvio que era una clave importante. No hay pistas, no hay testigos, y en esa computadora debe existir algo que nos lleve a algún sospechoso.

La joven pelinegra iba a decir algo cuando el noticiero les llamó la atención con su titular «Fatal hallazgo». La pareja miró a la pantalla arriba de ellos y pusieron mucha atención.

—La tarde de este viernes, fue encontrado el cuerpo sin vida del ministro de justicia Fujio Fujiko, quien había sido reportado como desparecido el día de ayer.

—¿Qué? ¿No andabas tras su rastro? —Comentó la joven, mientras lo veía con expresión preocupada.

—¡Maldita sea! —Golpeó el escritorio. Tenía a ese ministro a punto de darle una información importante sobre alguien que estaba financiando su carrera y manteniendo su puesto, ¡estaba dispuesto a declarar para reducir su condena! Ni siquiera se había enterado de que estaba desaparecido, con lo sumergido que se encontraba en ese caso.

—Mientras tanto, la policía sigue investigando el paradero de su abogado para confirmar la supuesta intervención de un funcionario del departamento de policía de Nerima en un caso de sobornos y corrupción…

Lo siguiente que escucharon, fue el sonido sordo de un disparo.


—Deja que manejo yo —le había dicho y le puso una venda en los ojos.

Todo el camino, como si se tratara de un niño pequeño, iba preguntando si ya se la podía sacar, que si ya podía ver a dónde iban y por qué tanto misterio… Bueno, no paraba de hacer comentarios.

—¿Ya?

—Por Dios, InuYasha. —Estuvo pendiente de que no hubiera ningún auto antes de entrar a la siguiente calle. Hacía un buen tiempo que no manejaba, así que procuraba ir con cuidado—. Pareces un bebé, espera un momento, ya casi llegamos.

—Estoy empezando a impacientarme, manejas muy lento y por eso no hemos llegado —refutó, haciendo una mueca.

—¿Estás cuestionando mi manera de conducir?

—Si no estuviera atado de la vista, no me molestaría tanto ir a 20km por hora.

Kagome suspiró. Ignoró el comentario mientras todavía sopesaba la idea de darle el regalo allí o después, en su departamento. Iba a aprovechar que ese día descansaba de los entrenamientos pre competencia para pasar a su lado el mayor tiempo posible, porque sabía que no tendrían mucho después. En un momento más estuvo frente a la propiedad de Sango y Miroku. Hacía mucho tiempo que no iba allá. Tocó el claxon y un minuto después, se abrió la puerta del garaje. Cuando estuvo dentro, apagó el auto de InuYasha y se dispuso a ayudarlo a bajar.

»—Me siento como un imbécil —murmuró, mientras, a ciegas, buscaba el piso y sentía cómo Kagome lo guiaba del brazo.

—Deja de quejarte.

Entre más quejas, InuYasha escuchó cómo se abrió una puerta y avanzó un poco más. No tenía idea de qué estaba pasando, pero apenas se enderezó en un lugar y Kagome lo soltó, pareció que el silencio se hizo más evidente.

—¿Qué pasa? —Inquirió, nervioso.

—Quítate la venda —le dijo con una enorme sonrisa y no pudo ocultar su felicidad.

Cuando puso sus dedos en la tela y la quitó de un solo tirón, se encontró con algo que no esperaba.

—¡Feliz cumpleaños, InuYasha!

Sus amigos corearon con tanta energía, que le quitaron el aliento. Miroku puso la música, Kōga empezó a soplar un silbato colorido mientras que Sango y Ayame aplaudían. Jamás lo habría esperado, no podía creerlo. Ese día había sido el mejor en años, definitivamente increíble.

—¡Ven ya, no planeamos esto todo un mes como para que ahora te quedes ahí con cara de zopenco! —Fue el llamado de atención de su amigo lo que lo hizo despertar.

—Ve, InuYasha… —sin embargo, la voz emocionada de su novia le encendió alarmas en la cabeza. Aquel era el momento y el lugar perfecto para no usar las palabras y a pesar de eso, poder comunicar la razón por la que todo en la vida parecía salirle bien de un momento a otro.

Sin previo aviso y ante la mirada estupefacta del team «La hora del té», InuYasha tomó a Kagome de la cintura y le dio un beso tan profundo, que su boca estaba abierta antes de encontrarse con la de ella. Dejó a todos mudos, mientras el beso no terminaba.

Era oficial.

InuYasha y Kagome eran novios.

—¡Mierda, y esto hay que celebrarlo!

—¡Vivan los novios!

Continuará…


¡Que vivan! (?)

Bueno, bueno, por fin salimos del cumpleaños de InuYasha, eh, ojito. Yo sé que han de estar empalagados con mis bebés, pero no se preocupen, ya tuvieron su momento en pantalla. Como pueden ver, estoy empezando a meterme ya en los terrenos de Naraku, presentando a un par de personajes que están pensados desde el principio, pero a grandes rasgos y ahora tengo problemas para ordenar mis ideas XD

En fin, que nos metemos al dramón. Me gusta que el drama no vendrá por parte de un tercero en la relación InuKag, sino por Naraku, que es como pasa en la serie xD, pues es el villano. Disfruto mucho haciendo esto.

Y bueno, por aquí me despido.

Un beso enorme para mis siempre diosas: Sarai, Annie Perez, Marlenis Samudio, Soyungirasol25, Rodriguez Fuentes, joiscar, TaishoScott, angieejp, GabyJA, Bombi-Chan e Iseul.