Participación mayoritaria de personajes: Kagura, Naraku, Dai, Kikyō

Participación minoritaria de personajes: InuYasha, Kagome, Kaede, OC, nuevos personajes.

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Capítulo 28.

Aquello era malo. Era demasiado malo. Ella no quería decir «te lo dije», pero lo pensaba a cada segundo. Era esa maldita impulsividad y poco raciocinio que le había quedado luego de que Kikyō lo abandonara por más de un mes; de haber mandado a investigar a quien estuviera detrás del posible traidor y no medir las consecuencias a pesar de que ella se lo había advertido, la madre que lo había parido. No demoró nada en ponerle play al vídeo en la tableta y con un grácil movimiento de la muñeca, pasársela a su jefe.

—La tarde de este viernes, fue encontrado el cuerpo sin vida del ministro de justicia, Fujio Fujiko, quien había sido reportado como desparecido el día de ayer…

El vídeo paró después de un par de segundos de detalle y Kagura se inclinó para tomar el aparato móvil.

—¿Qué estupidez se supone que es esta? —Con voz queda, pero enfatizando que su enojo iba subiendo gradualmente, Naraku miró con lentitud para su secuaz y sintió un nuevo escalofrío de odio recorrerlo.

La aludida soltó un suspiro y movió los dedos sobre la pantalla táctil mientras intentaba responder.

—Tu querido Hakudoshi —el tono que usó fue sarcástico—, quien estaría a cargo de esta misión. —Orgullosa por ser siempre ella quien hiciera bien las cosas, alzó el mentón y se vio en la cima de todo.

Naraku apretó los puños sobre el escritorio. Cuando se sentía amenazado, que las cosas se estaban saliendo de su control, solía recurrir a fumar como si no hubiera un mañana y eso era lo que haría en ese instante. Se sintió, por primera vez en mucho tiempo, como un inútil. Parecía que había perdido su habitual fuerza y carácter y todo el mundo lo notaba, por eso se burlaban de él. Los maldecía a todos, pues.

—Siempre ha hecho bien su trabajo. —Abrió su cajón de finísimos habanos y maldijo por lo bajo al notar que quedaban solo un par. Tomó el primero que rodó hasta sus dedos y cerró con fuerza—. Ordena tres docenas más de habanos.

—Pues esta vez no —prosiguió, anotando en su tableta el pedido anterior. Lo miró después, enojada; es que ella se lo había dicho, le había advertido de la ineptitud de ese imbécil, también le dijo que no se tomara las cosas tan ligeras como solo matar y matar a la gente—. Fue tan predecible a la hora de abandonar el cuerpo —recordó claramente los sucesos de esa noche. El estúpido ni siquiera había dejado que confiese para sacar la información necesaria—; el lugar… cualquier policía con dos dedos de frente lo encontraría —se encogió de hombros—. Error de novato.

—¿Y el abogado? —Inquirió rápido. Estaba en desventaja, sabía que ese error era su puta culpa. Ya había prendido el habano para entonces y el humo que soltaba intentaba relajarlo.

—Huyó del país antes de que nos des órdenes —le informó así mismo, sin que quede rastro de duda.

—¡Maldita rata! —Golpeó su escritorio con tanta fuerza, que su vaso con hielos saltó y mojó su mano. Kagura seguía en silencio—. Se llevó el dinero, eso es seguro —alzó una ceja para encontrar el rostro de la joven que le confirmara su teoría y lo halló. Dejó escapar aire maldiciendo por lo bajo—. ¿Mataron a alguien más?

Toriyama negó enérgicamente.

—Por ahora no —a cambio, soltó una leve risita—. Imagínate dejar más rastro, la policía ya estaría aquí.

Se mordió los labios cuando un pensamiento cruzó su mente.

«Con tu padre, esto jamás hubiera sucedido» se quedó atorado en su garganta, sabía que se trataría de su muerte segura, sin opción a reclamos, si es que se le ocurría abrir la boca. Los tiempos de gobernación del padre de Naraku habían sido tan oscuros como la noche y aquella organización había crecido todavía más por su mano dura. Era obvio que lo que su hijo había hecho jamás se compararía, incluso la mano de hierro no era igual. Y sabía perfectamente las noches en vela que Naraku había pasado, volviéndose loco por ver la cara de decepción de su padre por todos lados diciéndole que no era digno de ser su sucesor, que no servía para nada, que, como siempre, llevaría a todos a la ruina. El Naraku adolescente se lo había dicho alguna vez y el resto lo dedujo ella cuando lo observaba en silencio. Quizás era por ese minúsculo sentimiento de empatía que sentía por él que aún se quedaba a su lado, además de por temer que la matara.

Aunque también lo odiaba.

—Sobre mi cadáver —salió de su trance cuando lo escuchó murmurar con el odio tatuado en cada palabra— verás a la policía en los dominios de «El Gremio». ¡Sobre mi maldito cadáver! —Golpeó la madera y fumó casi con violencia, la pelinegra entrecerró los ojos al escuchar el estruendo—. ¿Por qué dejaste que Hakudoshi hiciera esto? —Kagura era inteligente, aún no le cabía en la cabeza cómo demonios no había intervenido, si una falla podría echarles abajo todo.

La aludida abrió la boca ligeramente.

—¿E ir contra tus órdenes cuando dijiste específicamente que no contradigamos a ese enano inepto? No, gracias. —Se puso la tableta a la altura de la pelvis y la sostuvo con ambas manos.

—Al menos te aseguraste de no dejar rastro —ladeó el rostro, imprimiendo énfasis a su pregunta indirecta. Un error más y él se suicidaba.

En el fondo, tenía miedo. Tenía miedo de que todo se acabara y no cumplir con lo que su padre había deseado todo el tiempo. Se sentía inútil e incapaz de hacer algo bien. Quería matar a alguien.

—No van a dar con nosotros —le dijo en tono conciliador, sintiendo esa ligera punzada en el corazón por un sentimiento llamado lástima por Naraku, que odiaba sentir—. Pero eso no es todo —volvió a extender el aparato móvil con un vídeo corto.

—Ahora qué —la recibió y tomó aire antes de darle a play él mismo.

—El violento suicidio del fiscal Kurosaki, en su propia oficina, tiene consternados a los habitantes de Nerima. La noche del viernes, el fiscal encargado del departamento de policía judicial de Nerima, atentó fatalmente contra su vida al propinarse un disparo en la cabeza en su propio despacho. La policía todavía no revela detalles…

»—¡¿Por qué demonios hizo eso?! —Movió la tableta con violencia. ¡¿Otro muerto?! Eso solo le traería más problemas, además de perder a una pieza importante que había conseguido con mucho trabajo después de resolver las cosas mal respecto a Kikyō, como siempre. Cuando estaba cerca de ella parecía llenarse de una impulsividad sin fundamentos que lo hundía y era por esa maldita mierda que había cometido tantos errores en el mismo año.

Estaba mejor sin ella, tenía que mandarla al diablo o terminaría con su vida.

—Fujiko —se estiró para agarrar la pantalla—. Parece que se había involucrado en un caso de sobornos aparte del nuestro —respiró hondo. Había estado investigando mucho con sus detectives y aunque era un trabajo muy difícil acceder a la policía, tenía información relevante. Algo le decía que se estaba acercando el fin y no sabía si se sentía bien o mal por eso—. Hay más carteles involucrados, Naraku, el sistema de corrupción en la policía ha crecido considerablemente. Ya no somos el único enemigo.

Se llevó una mano a la barbilla y la estrujó con rabia. Descansó ahí unos segundos, meditando.

—Este abogado que escapó y el fiscal Kurosaki llevaban el caso de Hiten, ¿no es así? —Vio a su aliada asentir—. Vigila de cerca al nuevo fiscal interino y al nuevo comisario; que no se abra ese maldito caso.

Y aún después de todo, intentaba protegerla… No, mentía, también se protegía él. Otro chiste como el de llevarle un auto el día del cumpleaños de Kagome, y sería el final.

—Bien, me pongo en eso ahora mismo —con tono obediente, se dispuso a salir.

La vio abrir la puerta mientras pensaba claramente en lo que le diría. Estaba bien, tenía que hacerlo.

—Ah, y, Kagura… —ella se detuvo al instante. Él negó con la cabeza—: no lleves a Hakudoshi.

—¡Por fin! —Rio, dichosa—. Estaba muriendo por que me lo dijeras.


Se le había ocurrido caminar hasta la biblioteca de la universidad mientras pensaba en lo miserable que había sido su vida esas últimas semanas. Su carácter se había vuelto agrio y la constante sensación de impunidad le hacía mella en el ego y en la mente. ¿Cómo es que alguien tan inteligente como él había sido humillado por algo tan insignificante? Estaba cuestionándose todo cuando, frente a él, un auto conocido entraba a los predios de la universidad. Frunció el ceño cuando reconoció quién era y apresuró su caminata. Tuvo mucho cuidado para no ser visto en ningún momento y cuando la vio bajarse y hacer una hipócrita reverencia, le hirvió la sangre como si fuera lava. Parecía que nadie se había acordado de él, pero ya se encargaría de que no se les olvide. Todavía no sabía cómo, pero se iba a vengar de ellos de alguna manera.

Cuando escuchó el auto arrancar, todavía se la veía caminando por entre los cristales, no iba muy lejos de él. Estaba un poco desorientado respecto a qué haría después, pero mientras pensaba en un plan, la seguiría. Caminó tan rápido, que no notó que chocó con un balde de agua y lo regó por toda la entrada, mojándose los zapatos.

—Mierda… —susurró fastidiado. Kagome ya no estaba dentro de su campo de vista.

—Ah, debí suponerlo —la voz avejentada de la encargada de la limpieza, llamó su atención. Se veía molesta.

—U-Ujiko-sama… —Ya la conocía, habían hablado antes entre esas largas esperas que hacía por Kagome.

—Tú y tu noviecita deben ser igual de torpes y altaneros con sus mayores. —Se notaba realmente enfadada y eso lo hizo ladear el rostro mientras alzaba el balde.

¿Hablaba de Kagome? Claro, de quién más si no. Alzó una ceja… eso estaba bastante raro.

—¿Altanero? —Repitió, mientras la veía trapear el agua con lentitud por su cuerpo viejo y pesado.

—¿Acaso no te lo ha dicho? —Sin quitar la vista de sus quehaceres, inquirió retóricamente—. Hazte para allá, niño —lo alejó con el trapeador y siguió pasándolo de un lado a otro.

—Mi novia me cuenta muchas cosas, Ujiko-sama —mintió tan cínicamente, que quiso sonreír. Parecía que iba buscando cobre, pero había hallado oro—. ¿Acaso le ha faltado el respeto?

—A mí no, pero a un maestro sí —detuvo su andar y vio a ese chico directamente a la cara y dudó. ¿Por qué le estaba contando eso? Negó con la cabeza antes de decirle que lo olvidara.

—Oh, se trata del profesor Taishō, ¿no es así? —No había que ser un genio para adivinar. ¿De qué se trataría? Estaba desesperándose más, pero tenía que guardar la calma, debía aparentar tranquilidad.

—¡Sí! —Respondió la mujer, casi en automático y con tono enojado—. La semana pasada lo tiró a la piscina.


Las cosas le estaban saliendo bien. Por primera vez en muchos años, las cosas realmente se sentían bien. No importaba si alguna de sus notas no era la que ella quería, si sus amigas preguntaban por Dai o por si estaba ocultándole algo a sus padres y hermana, no podía dejar de sentirse bien. Era de esas sensaciones utópicas que solo veía en los libros… quizás era que InuYasha le hacía la vida mejor. Suspiró.

El día domingo había estado en la piscina con Kikyō, hacía mucho que no salían juntas. Se veía como una completa diosa con su conjunto de baño de dos piezas y su largo cabello negro cayendo por su espalda. Habían pasado una tarde maravillosa y más había sido su dicha cuando, poco tiempo después, sus padres decidieron llamarla para encontrarse y unirse a ellas. Hicieron carreras que, evidentemente, Kagome ganó, pero había sido un día increíble. Por fin volvía a una piscina sin una presión para hacer marcas o practicar su estilo, era solo para divertirse. Sonrió… Kikyō también se veía radiante, como hacía mucho que no y la foto que les habían tomado, quedaba para el recuerdo. Por cierto, también dijo que compraría un auto por fin.

Estaba a punto de terminar su último semestre en breve, sus clases de matemáticas también estaban a punto de culminar y la competencia estaba a las puertas de su vida.

Sus dietas habían seguido lo más estrictas posible —excepto por algunos antojitos que se había dado— y el ejercicio en sus prácticas había fortalecido tanto su cuerpo, que se sentía capaz de cargar a InuYasha en brazos. Sonrió de nuevo ante el pensamiento hasta que una mano tocó su hombro y automáticamente se puso alerta.

—¿Estás lista? —Su entrenadora la miró con una expresión de apoyo.

Kagome se puso sus protectores y vio el agua con determinación.

—Sí.

—Muy bien —su alumna se colocó en la posición adecuada y allí esperó su señal con el silbato—. ¡Ya!


Sus ojos cansados observaban la computadora y en ella la nueva información. Esa oficina se sentía extraña y le daba escalofríos, si era sincero. Ignoró la mala sensación y se dedicó a teclear un par de datos con sus dedos huesudos y largos, haciendo sonidos secos en el teclado. Alzó la vista por encima de la pantalla cuando alguien tocó su puerta.

Hizo una señal para que el detective pasara y después de un par de segundos, lo tuvo en frente, con ese típico semblante estoico y casi imperturbable.

—Kajiya-sama —le dijo con tono respetuoso.

—Comisario… —de inmediato, volvió a su tarea.

El hombre respiró hondo y alzando el mentón ligeramente, tomó la determinación suficiente para ser directo.

—Fiscal, estoy aquí para hacer una petición especial —empezó por decir y no le quitó la mirada de encima. Lo vio hacerle una señal para que siguiera—: la reapertura del caso del presidente de «Asahi Bīru» —puso el expediente sobre la mesa—. Nuestro equipo está detrás de una pista importante del crimen organizado y creemos que este caso tiene detalles que ayudarán en la investigación.

Tōtōsai tomó la carpeta y miró con duda al detective. Ojeó por un momento los documentos y se quedó en silencio.

—Este caso fue cerrado por falta de testigos, detective.

—Señor, la computadora del occiso jamás fue revisada —volvió a tomar aire, pero su expresión severa jamás cambió—. Cuando llegamos al lugar de los hechos, encontramos que la víctima había estado masturbándose poco antes de ser asesinado, lo que me lleva a pensar que hay mucho material en la computadora que esta fiscalía retuvo y jamás nos entregó.

—¿Está insinuando que hubo una irregularidad en…?

—No lo estoy insinuando, fiscal —le interrumpió de golpe—. Estaba tras la pista del ministro y hasta donde pude averiguar, el fiscal Kurosaki estaba siendo sobornado para esconder la evidencia de este caso.

El comisario arrugó la boca, observó los documentos y al detective por varias veces consecutivas; conocía del trabajo del agente, era uno de los mejores que había cruzado por Nerima y no tenía duda de que su versión concordaba con la información que había recibido sobre la muerte del fiscal y el ministro de justicia.

—Está bien, comisario… —asintió y pudo notar que la expresión se suavizaba—. Enviaré la solicitud a la oficina de asuntos criminales en Chiyoda cuanto antes y trabajaremos en este caso.

—Le agradezco.


Se llevó un mechón detrás de la oreja para que no se convirtiera en un obstáculo al momento de inclinarse para firmar el contrato de compraventa de su nuevo auto. Sus dedos apretaron la pluma azul con fuerza y a medida que las letras de su nombre pasaban, iba sintiéndose más culpable. Se quedó estática con la firma a medio hacer, pensando en si debía proseguir… No, como fuere, ella le pagaría a Naraku cada centavo que estaba invirtiendo en ese auto que ella misma iba a comprar en cuotas, pero que él le obligó a comprar al contado.

—Oye, tengo cosas de gente adulta que hacer, ¿quieres darte prisa?

La insistencia de Kagura caló en su inconsciente y se dignó a terminar por fin la suscripción.

—Muchas gracias, señorita Higurashi. Permítame. —El amable señor tomó los documentos para seguir con el papeleo correspondiente.

—¡Por fin! —Toriyama elevó las manos y dejó ir un suspiro.

Hacía muchos años que no usaba un taxi, estaba acostumbrada al transporte propio y justo ese día, que tenía tantas cosas que hacer, resultaba que tenía que servirle de niñera. No, traía demasiadas cosas encima como para disfrutar esa salida que, para colmo, implicaba que tenía que darle seguimiento a esos trámites. Miró su reloj y en ese momento sonó su celular; lo sacó del bolsillo de su blazer negro y notó que era un mensaje Ban por WhatsApp. Una sonrisita melancólica se escapó de sus labios.

"Yoi nos tiene información: parece que el comisario de siempre está detrás de alguna pista de nuevo"

Sus mensajes solo se trataban del trabajo, parecía que ya no había nada entre ellos. No se habían dejado formalmente, pero era obvio que él ya lo había asumido así y tampoco es que ella fuera a hacerle un escándalo. Lo amaba, sí, pero si no era capaz de soportar por lo menos un tiempo la distancia para calmar a Naraku, entonces eso no iba para ninguna parte. Inspiró hondo y tecleó de regreso.

"Dile que vigile todo de forma muy sigilosa, no podemos hacer movimientos bruscos si no estamos seguros. Nos vemos en el estacionamiento en media hora"

Y ya no hubo respuesta.

—¿Algún mensaje de Hakudoshi? —El tonito burlón de Kikyō la sacó de su trance.

Kagura alzó una ceja e hizo una mueca de desconcierto.

—¿Por qué recibiría mensajes de ese imbécil? —Se arregló el fleco y alzó el mentón—. No sé qué le dijiste a Naraku, pero te agradezco que por lo menos en nuestras salidas, ese demonio enano no esté por aquí. —Aquello le quitaba un enorme peso de encima, debía aceptarlo.

La pelinegra sonrió apenas. Se había parado frente a ese escritorio y ante la mirada fría y expectante de Naraku, que había decidido no dirigirle una palabra mientras le inquiría con los ojos qué carajos quería, le había dicho sin más: «—No quiero a Hakudoshi cerca».

Él, evidentemente, le había preguntado por qué, así que Higurashi procedió a decirle las mil razones por las que no lo quería cerca, incluyendo el hecho de que para eso ya estaba Kagura y que, además, le parecía inapropiado e incómodo cuando ella salía a hacer compras íntimas. Por supuesto que la primera respuesta había sido no, pero después de un largo diálogo, por fin le había dicho que lo pensaría.

Lo que equivalía a un .

—Yo solo…

—Señorita Higurashi —el llamado del gerente les llamó la atención a ambas—: las llaves de su nuevo auto.


La vista desde Rainbow Bridge, como de costumbre, era preciosa. El viento fresco movía los cabellos negro y plateado a un mismo son, acariciando sus rostros que observaban el lugar en silencio, pero con una expresión de paz.

—De todas formas, lo lamento —pronunció él, sin poderlo evitar. Aquel día, sus emociones estaban tan desbordadas, que ni siquiera había pensado en las demás personas.

La mujer a su lado puso las manos sobre los enormes tubos de hierro del puente y miró el agua inmensa moverse tranquila, tal cual su alma. Estaba segura de que, si Izayoi pudiera pedir un deseo, ese habría sido ser liberada en un lugar tan precioso y libre como ese. El viento era tan fresco, realmente parecía regulado a sus deseos y la paz que se sentía no tenía comparación. No negaba que le habría encantado haber hecho eso junto a su sobrino, pero debía admitir que imaginó que pasaría en algún momento, que sería algo tan íntimo, que InuYasha sería quien escogiera con quien hacerlo.

—No te preocupes —le dijo después de un rato, sin dejar de ver el mar. Su voz sonaba apacible como siempre—. Cuando Ayame me dijo que se trataba de Kagome, supuse que tendrías noticias nuevas que darme.

InuYasha percibió el corazón acelerarse con aquel comentario y sintió la cara muy caliente. Regresó la vista a su tía y ella seguía observando el panorama sin pestañear, siquiera.

—Era algo que había planeado desde hacía un tiempo —se aclaró la garganta—, la visita de Kagome me tomó por sorpresa y…

Se detuvo cuando la mano de su tía se posó sobre la suya, como dándole un consuelo.

—Ya no importa, InuYasha —por fin lo miró directamente y le dedicó una amplia sonrisa—. Han pasado muchos años, mi hermana y tu padre son más que un cúmulo de cenizas, son un recuerdo vivo en nuestra mente —asintió y vio cómo aquellos dos soles, ahora brillantes, saltaban inquietos. Aquella mirada le recordó tanto al InuYasha de cinco años que iba a su cocina a pedirle pastel de chocolate y brincaba de emoción cuando le brindaba una buena rebanada… Esos recuerdos eran lo que mantenían mucho de ella vivo todavía—. Nunca los vamos a olvidar.

Él negó rapidísimo, dándole la razón.

—Jamás.

Kaede sintió algo en su pecho removerse.

—Recuerda lo que siempre he dicho… —ver esos ojos llenos de vida era un regalo, lo era como la vida misma—: La pérdida es…

—…parte de la vida —continuó él.

Hacía tanto que no escuchaba aquella frase. La última vez que la había oído fue el primer año del aniversario de la muerte de sus papás y otros vagos recuerdos que tenía de Kaede diciéndole aquello a su mamá o a cualquier otra persona cercana. Hacía referencia a absolutamente todo lo que pierdes y quizás aquella filosofía de vida era la razón por la que a pesar del dolor de perder a sus propios padres y luego a su hermana, pudo seguir adelante y cuidar de toda su familia. Kaede era fuerte, una de las mujeres más increíbles que había conocido y por quien sentía un incalculable afecto fraterno.

—Pero no la define.

Con aquello último, el mensaje implícito quedaba plasmado en sus conciencias: no toda la vida se podía vivir esclavizado del dolor cuando quienes se van, probablemente lo único que quieran es vernos felices.

Ambos volvieron a mirar hacia el frente después de ese instante tan delicado. El silencio reinó de nuevo y fue agradable.

—Por cierto, Seitō quiere comprar un lugar en el campo santo para enterrar sus vasijas —le informó, tranquila—. Qué bueno que aún las conservas. Paso a recogerlas más tarde.

—De acuerdo.


Suspiró frente a los documentos que tenía en frente. Después de las doce del día, el trabajo siempre se ponía más pesado. Los dedos se deslizaron por entre los papeles llenos de palabras y su ceño fruncido demostraba lo concentrada que estaba en digitar la información sin perder ningún detalle, revisando más de tres veces cada dato. Sus dedos, ávidos sobre el teclado, se escuchaban hacer el típico ruido sobre cada tecla. Entre tanto, la notificación de un nuevo correo llamó su atención y tuvo que obligarse a detener su andar para poner atención al amarillista asunto.

"URGENTE: CASO DE CONDUCTA INAPROPIADA ENTRE ALUMNA Y PROFESOR. FACULTAD DE ADMINISTRACIÓN, UNIVERSIDAD DE NERIMA"

Sus ojos corrieron rápidos entre las pestañas abiertas y demás programas para despejar su visión. Abrió el correo y empezó a leer la denuncia que venía de una dirección no institucional.

"Rectorado de la Universidad de Nerima.

A quien corresponda:

Por medio de este informal correo, me dirijo a las autoridades de la Universidad de Nerima para informar sobre un acontecimiento que me preocupa, como estudiante de esta prestigiosa institución.

El día lunes de la semana anterior, ocurrió un incidente entre una estudiante y un maestro en el natatorio de la universidad. El profesor y la alumna fueron vistos en las instalaciones aproximadamente a las dos treinta de la tarde, teniendo, lo que parece ser, una discusión que acabó con la joven tirando al maestro a la piscina.

La estudiante en cuestión responde al nombre de Kagome Higurashi, cursa el décimo semestre de la carrera de Administración y Gerencia de Empresas de la Facultad de Administración.

El profesor, por otra parte, pertenece al cuerpo de docentes de la carrera de Marketing y Gestión de Negocios en la misma facultad, quien se ha identificado como InuYasha Taishō, que imparte la materia de matemáticas media y básica a niveles de nivelación e inferiores.

Para corroborar la información que brindo, pueden revisar las cámaras de seguridad del natatorio y obtener la evidencia necesaria.

Es todo por mi parte.

Hasta luego".

Pestañeó varias veces después de leer el correo y se mordió los labios, indecisa. Que llegara una denuncia anónima tan específica no era algo que soliera ocurrir en esa institución, mucho menos si se trataba de un docente que tenía un trato especial, como lo era Taishō, por lo que sí puso en duda su proceder: ¿tendría que ignorarlo? ¿Tendría que informarle al rector? Con un suspiro largo, decidió volver a teclear, extraer el correo e imprimirlo. Giró en su silla y estiró el cuerpo hasta alcanzar la hoja cálida con las letras recién impresas. Tomó valor antes de levantarse con el documento y tocar la puerta de su superior.

—Adelante —lo escuchó decir desde dentro y con cuidado giró la manija.

—Señor rector —hizo una reverencia y esperó un nuevo permiso para cerrar la puerta y avanzar hasta el escritorio—. Acaba de llegar este correo a su dirección, señor —le extendió la hoja y el avejentado hombre la miró extrañado.

—¿De qué se trata? —Inquirió, adelantándose para saber el contexto del escrito.

—Se trata de Taishō-sempai… —esperó prudente a que el rector leyera y prosiguió—: parece que ha tenido un grave inconveniente con una alumna.

—¿Lo ha tirado a la piscina? —Asombrado, miró a la secretaria y al papel alternativamente en repetidas veces, intentando buscar una explicación.

Ella asintió, consternada. Era un tema delicado si es que llegaba a ser verdad.

—Como lo leyó, la denuncia sugiere que hay pruebas contundentes que deberían revisarse —sugirió, siendo lo más respetuosa posible.

—Sí, es demasiado específico como para que se trate de una broma —dejó el papel sobre su escritorio y se recostó en su mullida silla giratoria, analizando la situación

—¿Desea que convoque una reunión con Taishō, señor? —Le preguntó, eficiente, preparándose para salir de la oficina.

—No, espera, Ao… —miró para la pantalla de su PC. Aquello era importante, pero no podía exponerse a convocar a una reunión si es que no tenía nada en sus manos—. Contacta a Tsukiyomi-sama y avísale para que recepte el oficio que nos dé acceso a las cámaras de seguridad…

Ao asintió nuevamente, cruzando las manos a la altura de la pelvis y haciendo una leve reverencia.

—Por supuesto, señor.

—Si esa falta sucedió realmente, hoy mismo lo sabremos.

Continuará…


Qué fea es la gente resentida, ¿no? Así como Dai, que no puede aceptar que él la cagó y dejar en paz al InuKag. Qué de mal gusto.

Nuevamente y como ya los tengo hartos, doy gracias de todo corazón por su apoyo y hermosos reviews a: Annie Perez, Marlenis Samudio, MegoKa, Rodriguez Fuentes, Lupita mix (Bienvenida, preciosa, me alegra y me asombra mucho que te hayas unido. Mil gracias por leer y disfruta), Rosa Taisho, Geanery Sandoval Castaneda, Sarai, GabyJA, TaishoScott, angieejp e Iseul.