Participación mayoritaria de personajes: InuYasha, Kagome, Kikyō.

Participación minoritaria de personajes: Dai, Tsukiyomi, OC.

.

.

.

Capítulo 29.

Incluso después de entrar a su habitación, seguía sonriendo. La alegría que había restado de su familia después de esa reunión, era suficiente energía como para mantenerla con una expresión dulce en el rostro. La habían felicitado por la compra de su nuevo auto y brindado una cena especial. Una vez que pasó un par de minutos y la casa se quedó en silencio, el cargo de conciencia le hizo hincar el pecho ligeramente. Tragó saliva para evitar el sabor amargo que le dejaba mentirle a su familia, pero, por una vez en la vida después de tantos años, tenía que pensar en ella. Ya estaba metida en eso de cualquier modo, así que…

—Al demonio todo —dijo en voz alta, harta de ser asediada por su mente ética y llena de valores. Respiró como un animal enojado y se llevó los mechones de cabello por detrás de las orejas.

Suspiró luego de un par de segundos, serenándose.

Con calma, tomó la copia de su contrato de compraventa y pensó en dónde guardarlo. Bien, intentar meterlo entre su ropa sería demasiado obvio; dejar las cosas en lugares completamente casuales podría reducir el riesgo de ser encontrados, así que decidió colar la carpeta entre las demás en su escritorio. Después de un momento, separó la copia de las llaves para guardarlas en un lugar seguro, como lo hacía siempre con un montón de llaves que ya tendría que seleccionar. Buscó entre sus cosas, sacó el pequeño cofre y se sentó sobre la cama, con la escasa luz de su lámpara en la mesita de noche, alumbrando sus manos pálidas. Al pasar los ojos por el contenido, le pareció que algo hacía falta, pero no le tomó demasiada importancia.

Empezó a seleccionar una por una las piezas de metal que tenían inscritas leyendas de su origen en papel y envueltas con cinta adhesiva transparente para visualizar su contenido, algunas también tenían colores. Varias de ellas eran de amigas a las que ya no visitaba, otras incluso de algún ex novio… se detuvo en las llaves del antiguo departamento de Naraku y sintió el corazón acelerarse, sin embargo, no fue por una sensación de mariposas en el estómago. Exhaló y decidió dejar de lado todo para después seleccionar lo que se quedaría con ella. Vació el contenedor y sabía que faltaba algo. Haciendo acopio de su buena memoria, miró para todos lados intentando recordar qué era, hasta que pasó.

»—¿Cómo…?


"Siento que el auto me está fallando, ¿no te has dado cuenta?"

Ella sonrió mientras tecleaba una respuesta rápida.

"No, solo me interesa ver tu perfil cuando manejas"

No pasó demasiado para que su novio le enviara unos emojis entornando los ojos antes de escribirle algo más.

"Ahora ya, en serio: tengo miedo de quedarnos tirados por ahí"

Kagome asintió. Era verdad que últimamente aprovechaban todo el tiempo posible para pasar juntos, porque sabían que se vendrían eventos que los distanciarían por un buen par de semanas, así que constantemente salían en el auto de InuYasha o él procuraba llevarla a cualquier parte que necesitara. Incluso habían planeado volver al orfanato juntos, como hacía años que no pasaba.

"Pues mañana ya le hablarás a Kōga para que lo mire, ¿no?"

"Sí, en eso he estado pensando. Se lo llevaré mañana "

"¿Irás por mí a pie? Quiero verlo"

Mandó emojis de caras riendo. Era extraño verlo caminar.

"¿Qué tonterías? Es obvio que iré por ti. No importa si tengo que caminar"

Enternecida, le mandó corazones rojos que fueron respondidos con nuevos emojis poniendo los ojos en blanco. No le había cambiado el apodo de WhatsApp porque pensaba que seguía siendo perfecto. Volvió a reír. Realmente estaba feliz.

Quería que funcionara y para eso había estado trabajando en ella, para dejar atrás todo lo que había atormentado el pasado de ambos. Era necesario que ella disfrutara de lo realmente importante porque en serio lo quería, en serio necesitaba que esa relación funcionara incluso con todos los obstáculos que tenían por razones sociales o demás. También por los dos.

El sonido abrupto de la puerta de su habitación abriéndose, le hizo esconder el teléfono como si estuviera cometiendo un delito. Se enderezó en la cama y su rostro reflejó susto que trató de disimular y no pudo.

—¿Hermana?

Le asustó más que fuera Kikyō quien entrara de esa forma tan indelicada y tan poco propia de ella. Jamás irrumpía así a un lugar, a menos de que se tratara de algo grave. Vio la expresión seria y las cejas fruncidas que le avisaron que, en efecto, algo no andaba bien.

—¿Estuviste en mi habitación últimamente, Kagome? —El tono que usó le dio a entender a la azabache que su hermana sabía de lo que estaba hablando.

Trató de hacer memoria, pero no recordaba haber entrado; al menos no en esos días.

—N-no que yo recuerde —respondió nerviosa, asaltada por la pregunta tan directa.

—Ah, ¿sí? —Kikyō avanzó un poco más. La pelinegra pensó que la pequeña se veía tan asombrada, que por un momento le creyó. Su hermana menor asintió—. ¿Cómo explicas, entonces, que desapareció una llave de mi cofre?

Kagome abrió ligeramente la boca por la impresión, entendiendo al instante de qué se trataba. Quiso darse golpes en la frente por haber olvidado regresar la maldita llave al puesto cuando la tomó la primera vez. A esas alturas, ya no sabía si fingir demencia o decir la verdad. Decidió por lo segundo.

—Oh, la llave de mi profesor, InuYasha —trató de usar un tono cínicamente causal, como si no le conociera hasta el alma. La mayor asintió, dibujando una sonrisita suspicaz—. Eso. Olvidé decirte que me la pidió hace un par de semanas.

—Ah, te utilizó —respondió en automático, sin meditarlo, únicamente procesando la sensación incómoda que le generó saber aquello y con la expresión más seria que nunca.

Kagome frunció las cejas de inmediato, experimentando también un malestar inmediato que la respuesta de su hermana le provocó. Respiró hondo y abrió la boca, mientras intentaba calmarse. Volver a hablar de ese tema le recordaba a la última discusión que habían tenido y francamente no quería volver a vivir eso. No otra vez. Evocó a la mujer racional y paciente que había en ella.

—No, Kikyō, no me utilizó —sin embargo, su tono de voz fue molesto y la aludida lo pudo notar al instante—. InuYasha es mi amigo, ¿no te parece obvio que me haya pedido ese favor, tomando en cuenta que lo bloqueaste hasta del correo electrónico? —No evitó hacerle ver sus motivos, pensando en que definitivamente eran lógicos.

Kikyō también tomó aire. No quería iniciar una discusión con Kagome y menos por ese mismo tema. Sus alarmas rojas se habían encendido justo cuando su hermana comentó que InuYasha le había pedido que hiciera algo por él respecto a ella, claro, sin tomar en cuenta que era algo insignificante, que ellos prácticamente no se habían vuelto a ver desde su cumpleaños, que francamente era una excusa muy tonta hablar con ella solo por las llaves, que lo tenía bloqueado de toda red social y que, efectivamente, era obvio que si Kagome era su amiga y alumna, le pidiera ese favor para no llevarlo a mayores. Se sintió como una completa tonta después de notar la expresión enojada de la azabache, ese ligero reproche en sus ojos que le hizo sentir pánico. No quería perderla, la amaba demasiado como para alejarla con sus tonterías y paranoias.

Después de todo, InuYasha era un buen hombre. Demasiado bueno y completamente diferente a Naraku.

—Tienes razón. Lo siento, Kagome —le dijo con voz resignada—, fue una respuesta primitiva —negó ligeramente, asimilando sus acciones—. Entiéndeme, solo te quiero proteger —sus ojos brillaron y la miraron por fin, notando cómo la expresión se suavizaba.

—InuYasha no va a hacerme daño, hermana, es mi profesor y mi amigo —casi fue un susurro, pero audible.

—Lo se, lo sé —asintió y llevó su mano lentamente hasta la delicada mejilla—, perdóname, solo hablé sin pensar. El hecho de imaginar que él pueda utilizarte para llegar a mí es algo que me aterra, porque pensé que ya lo había superado.

Ante aquel último comentario, la bilis de Kagome le amargó todo el cuerpo. No pudo evitar apretar los puños, frustrada. Quería gritar a los cuatro vientos que estaban juntos y acabar de una vez con esa sensación agria que la descomponía. Su celular vibró sobre la cama y supo que era él, lo que le causó un retorcijón en el estómago. Odiaba sentir esos celos por su hermana, pero siquiera imaginar que a InuYasha pudiera restarle una mínima pizca de amor romántico por Kikyō, la hacía sentir miserable y la hacía ver pasar de nuevo todo ese infierno cuando él le dijo que le gustaba la mayor, como una película frente a sus ojos. Justo sobre eso había estado meditando minutos antes, pero era todo tan difícil cuando la herida apenas estaba en proceso de sanación y aquellos obstáculos se le interponían en el camino. Estaba tratando de lidiar con eso lo mejor que podía, lo juraba, pero todo aún era muy reciente y se dijo mentalmente que ya pasaría.

»—¿Kagome? —El llamado de la chica la hizo despertar, obligándola a tragar duro después del letargo.

—Él ya te superó—fue lo único que soltó y se volvió a odiar por ser tan tonta e impulsiva, además, el tonito que había usado… Era un completo desastre—. Quiero decir… —intentó arreglarlo rápido—, en clases lo he visto bastante tranquilo. Incluso te he nombrado, para comprobarlo —se fijó en las expresiones de Kikyō, por si encontraba algún brillo en sus ojos que le indicara interés en InuYasha, pero solo halló mucha atención a ella, neutral—, pero se muestra bastante estoico, parece que ya no le afecta.

Kikyō soltó un suspiro, como aliviada.

—No sabes lo mucho que me alegra que me digas eso, Kagome —la aludida la vio levantarse de la cama, como si se hubiera quitado un peso de encima. Higurashi menor no esperaba aquella reacción—. Esto quiere decir que mis miedos se deshacen, porque InuYasha no tendrá motivos para utilizarte, lo que significa que su amistad sigue siendo sincera.

—Sí, eh, yo…

—Me has dejado más tranquila —caminó hacia la salida, sonriendo ligeramente—. No volveré a molestarte con esto —le dijo, poniendo un pie fuera de la habitación y notando cómo la pequeña respiraba aliviada, también—. Te quiero, Kagome.

Hacía mucho tiempo que no se lo decía y le salía del corazón.

—Yo también te quiero, Kikyō —le sonrió, enternecida, pero todavía procesando todo lo que acaba de suceder, sin opción a agregar nada más ante el repentino comentario de su hermana.

—Descansa.

Cuando Kikyō cerró la puerta, ella dejó ir el aire que había contenido esos segundos y relajando el cuerpo. Bueno, al menos todo había salido bien.


Había retirado ya los exámenes que el laboratorio de la universidad le había practicado y, al parecer, todo estaba correcto. A paso firme, entró al natatorio que ya era su segundo hogar para buscar la oficina de su entrenadora, no sin antes dirigirse amablemente a la recepcionista.

—Hola, Kaya —le sonrió.

—Hola, Kagome —la joven le devolvió el saludo con poco entusiasmo. La miró con una expresión preocupada que Higurashi notó al instante y la alertó —. ¿No has escuchado las llamadas que te hizo Tsukiyomi-sama?

La azabache negó con la cabeza y rápidamente buscó el celular en su bolsa, sosteniendo todavía los documentos entre los dedos.

—Dios, apenas noto las llamadas —el corazón se le había acelerado de repente, estaba poniéndose muy nerviosa—. ¿Qué pasa?

—Pues…

—¡Higurashi! —Ante el grito, ambas regresaron la vista hacia la derecha—. ¡Ven a mi oficina en este momento, por favor!

No dijo una palabra más y acudió al llamado, mientras cada paso que daba hacía que la vibración de los mismos aumentara su pánico. Algo no andaba bien y ella podía intuirlo. Tocó la puerta a pesar de saber que no era necesario y la voz seria de su entrenadora le dio el permiso. Suspiró imperceptible cuando cerró despacito la puerta detrás de sí y caminó hasta el asiento frente al escritorio de la mayor.

—¿Cómo estás, Kagome? —Le inquirió con el mismo tono, sin embargo, era una pregunta con preocupación genuina.

—E-estoy bien, Tsukiyomi-sama —extendió la carpeta con los resultados—, justamente venía a entregarle los exámenes previos a la competencia y parece que todo salió bien —logró sonreír, a pesar de todo.

Al ver el brillo en los ojos cafés, la joven mujer no pudo evitar suavizar la expresión. Tomó el folio y le dio una revisada muy rápida, asintiendo. Soltó otro suspiro y decidió decirle por fin lo que estaba sucediendo.

—Kagome, sabes que eres una de mis mejores alumnas, ¿no? —La vio asentir con un leve sonrojo en las mejillas, como si no pudiera aceptarlo sin rodeos—. Y te imaginas que ese beneficio de competir en las interinstitucionales no es algo que vino del cielo, ¿verdad? —La jovencita volvió a asentir, esta vez, desconcertada.

Tsukiyomi tomó la pantalla de su computadora y la giró para que Kagome pudiera ver lo que le presentaba. Aplastó el botón de espacio y el vídeo rodó. No había sonido, pero, frente a los ojos de la azabache, se presentaba el momento exacto en el que lanzaba a InuYasha a la piscina. Sintió un escalofrío recorrerla de pies a cabeza y no pudo articular palabra.

»—Kagome, esta falta es muy grave, ¿lo sabías?

Negó ligeramente con la cabeza, incapaz de decir algo más. Por todos los cielos, en ese momento apenas entendía por qué InuYasha se había separado de ella tan repentinamente, ni siquiera se había acordado de que toda la vida había un par de cámaras en esos ángulos, ¡¿cómo había sido tan imbécil?! No pudo decir algo, ni siquiera moverse, solo pensaba en que aquello de seguro que le traería más problemas a él que a ella y fue por eso que se odió. Su relación debía ayudarles a ser mejores, no acabar con la carrera del otro.

—Y-yo…

—Y eso no es todo —la interrumpió, acomodando de nuevo el monitor.

Kagome se mordió los labios, frustrada. ¿Todavía más? No pasaron más de dos segundos, cuando un correo electrónico le llegó a su dirección institucional, decía que venía de rectorado. Fue otro balde de agua fría el que le cayó al intuir que se trataba del mismo tema. El sonido de su celular interrumpió la labor de su mayor y regresó la vista a ella, preguntándole con la mirada si se trataba de algo más importante que lo que ella le quería enseñar.

—E-es un correo de la dirección —mustió, atragantándose con su propio miedo.

—Oh, se trata de la reunión. Deberías revisarlo —la incitó, desistiendo de su idea principal.

Higurashi evitó llevarse la mano a la boca al ver la citación a una reunión que comenzaría en diez minutos. Al parecer, una falla de conexión no había permitido que el correo se mostrara antes. La reunión era de carácter extraordinario y obligatorio, por lo que se excusaban por el poco tiempo de anticipación. Estaba perdida y lo sabía. Se levantó sin decir una palabra y mirando la pantalla del móvil.

—Lo siento mucho, entrenadora. Me tengo que ir.

—Propio.

Casi corrió hasta la puerta y antes de desaparecer como alma que llevaba el diablo, escuchó la voz de Tsukiyomi llamarla nuevamente.

»—¡Hablé con las autoridades para que no sean tan severos, especialmente contigo, Higurashi!

Kagome asintió, agradeció de forma casi inaudible y se marchó, dejando una expresión de preocupación en la docente.


—¿Se le ofrece algo de beber, Taishō-sempai? —Ofreció amablemente, mientras hacía una reverencia leve.

—No, gracias. Así está bien, Ao —hizo un gesto con la mano e intentó sonreír de manera amable, pero no pudo. No le hacía ni puta gracia esa reunión tan repentina, extraordinaria y de carácter obligatorio—. Y bien, decano y rector…

—No podemos empezar hasta que nuestro siguiente invitado llegue, Taishō —intervino el decano, con voz severa, sentado de frente a él en esa mesa de reuniones.

El aludido hizo un movimiento con la cabeza y trató de mantenerse estoico.

—Buenas tardes, señorita. ¿Es aquí la reunión?

Sus sentidos se pusieron alerta y casi siente que el corazón se le sale del pecho al reconocer la voz de Kagome. ¡¿Qué carajo?! ¡¿Ella también?! Intentó no salir corriendo de ese lugar llevándosela de la mano, así que se aferró a la silla lo más que pudo mientras escuchaba la puerta abrirse. El ambiente se sintió tan tenso cuando su novia saludó, que se le hizo difícil respirar.

—Tome asiento, señorita Higurashi, por favor —el rector, un delgado hombre con barba blanca, rostro alargado y lentes, le invitó a que se sentara justo al lado de InuYasha, para que los cuatro pudieran quedar a la par.

La azabache no pudo dedicarle ni una mirada fugaz a su pareja y disimuló calma a pesar del remolino de sentimientos que tenía. Una de las principales cosas que había temido era estar en ese lugar justo por las razones que pensaba y le jodía que fuera lo primero que le estaba pasando. ¿Qué seguía? ¿Que sus papás los encuentren juntos? El párpado le saltó por el estrés ante la posibilidad. Pudo sentir la incomodidad de InuYasha por cómo se removió en la silla y lo compadeció mucho. Ella tragó duro y se sintió muy pequeña frente a las autoridades.

—Gracias a ambos por venir —dijo el decano y llamó la atención de ambos. InuYasha había empezado a mover ligeramente sus pies en un intento de calmar su ansiedad que cada segundo crecía—. La reunión de hoy es para aclarar un par de puntos que nos inquietan bastante.

Taishō y Higurashi se irguieron de cualquiera que fuera la posición en la que estaban anteriormente, indicando que se encontraban prestos para receptar todo, además de demostrar un poco más de seguridad.

—Recibimos una advertencia anónima por correo que los denunciaba —secundó el rector, extendiendo dos sobres manila con las copias del texto señalado. Maestro y alumna se vieron con la vista periférica mientras se estiraban para tomar los documentos. Kagome ya imaginaba de qué iba aquello, pero no tenía idea de que en serio existiera una denuncia por escrito. Mientras pasaban los segundos y la lectura avanzaba, los acusados iban frunciendo el ceño y sintiendo cómo la frustración y el coraje, se hacían dueños de sus cuerpos—. Como podrán leer, el asunto es muy claro y menciona un vídeo de las cámaras de seguridad del natatorio —tomó aire, pestañeando un par de veces—. Se hizo la reunión correspondiente con la docente encargada de la administración del natatorio de la institución para tener acceso al material visual.

—No vamos a hablar demasiado, miren ustedes mismos lo que encontramos.

Como teniendo un déjà vu, Kagome vio que el decano giraba la laptop hacia ellos y les mostraba exactamente el mismo fragmento que ella acababa de ver. Sintió que la sangre se le fue a los pies, esta vez, por InuYasha. Era su culpa, era su culpa, ¡todo era su culpa! ¡¿Cuándo diablos iba a dejar de ser una niñata tan impulsiva y empezaría a comportarse como la adulta que se suponía que era?! La respiración se le entrecortó. InuYasha apretó los puños y tensó la mandíbula, recordando que su instinto le había dicho en ese momento que las cámaras eran un enemigo. No se iba a preguntar quién demonios había enviado el correo, porque era obvio que aquello tenía nombre y apellido; el problema era saber cómo diablos se había enterado de eso, ¡¿quién le había dicho?! Estaba casi seguro de que no había sido Kagome, eso lo podía apostar.

—¿Alguno de ustedes nos podría explicar qué significa esto? —La voz del rector Kimura, los sacó de su letargo.

—Disculpe, Kimura-sama —Akiro Katō, el decano, hizo una señal para que su superior espere, ante la mirada ámbar y chocolate que preguntaban silenciosamente si aún había más. Akiro regresó a su dirección la laptop, tecleó un par de cosas y puso un nuevo clip—. No se ha hablado del acercamiento inapropiado que tuvieron antes de que suceda la falta grave —ladeó apenas el rostro, pensativo —. Aunque no sé si esta también sea muy grave.

Ahí estaban: InuYasha y Kagome compartiendo un íntimo momento en el que él le tocaba el rostro. Por suerte y gracias al ángulo de la cámara única de ese sector, no se logró captar cuando los dedos masculinos habían rozado los labios de la joven.

—Kimura-sama, Katō-sama —el primero en hablar fue InuYasha, como docente y, se suponía, figura de autoridad con respecto a Kagome, por lo tanto, quien debía tomar la responsabilidad. No notó que su compañera había empezado a morderse el labio, nerviosa, con un retorcijón en el vientre que le hacía sentir un vacío en el estómago, las manos heladas e hincando—. Ante todo, pido una disculpa en nombre mío y de la alumna Higurashi Kagome, por el inconveniente que nos trajo hasta aquí. Bien, yo… —se atragantó. En un momento como ese, cuando las cosas le habían tomado por sorpresa, no supo qué decir y falseó, sintiéndose como un completo imbécil—, la señorita Higurashi y yo…

—Tenemos una amistad desde hace varios años —por fin intervino ella y las miradas severas de ambos hombres pasaron de InuYasha a Kagome en un segundo—. Señor rector y decano… siento que este inconveniente haya llegado hasta sus oídos y que el profesor Taishō tenga que ser incomodado de esta forma tan abrupta, y, además, a ustedes también —por supuesto que su novio no iba a decir que tenían una relación, pero sabía que se le iba a complicar explicarlo desde su posición como maestro, aún más porque ella era quien tenía la culpa de todo, así que era justo que diera la cara—, cuando todo esto ha sido mi culpa.

—K-Kagome… —InuYasha no pudo evitar susurrar su nombre, aun temiendo qué podría decir y cómo lo tomarían.

—Lo siento nuevamente, profesor Taishō—lo miró un par de segundos e hizo una reverencia para después dirigirse a los dos superiores—, lo siento también ante ustedes. Desconozco si es de su conocimiento que el profesor Taishō tuvo una relación de amistad conmigo desde que entré a estudiar en esta institución, así también con su prima, la señorita Tanami Ayame y otros tres ex estudiantes —comenzó a explicar y fue observada con atención por todos—, luego, entabló una relación romántica con mi hermana mayor, también ex estudiante. Como verán, somos amigos cercanos. También me da clases privadas de matemáticas. Además, siento si me excuso, pero he estado teniendo problemas personales y familiares —tomó aire profundamente—. Lo que quiero decir con todo esto, es que he sido imprudente y en un momento de histeria, abusé de nuestra relación personal, olvidando por completo que estaba todavía en los predios de la universidad y por eso… provoqué todo esto.

—Y yo también —la siguió InuYasha, de inmediato, habiendo perdido ya ese nerviosismo inicial, contagiado de la seguridad que Kagome transmitía incluso cuando estaba asustada o nerviosa— admito que demostré mi afecto de una manera poco adecuada, seguí la discusión y aconteció todo este mal entendido. Lo lamento mucho —hizo una reverencia con la cabeza y Kagome lo imitó.

Kimura y Katō soltaron un largo suspiro después de un par de minutos de silencio en el que analizaban y evaluaban lo que acaban de escuchar. Era cierto, sabían un poco de la relación cercana, al menos Kimura sí que lo tenía claro. Había sido rector de esa universidad durante diecisiete años seguidos, ganando elección tras elección; conoció a los padres de InuYasha siendo todavía profesor en la facultad de derecho y entabló con ellos una amistad maravillosa que incluyó el apoyo incondicional de la pareja hacia él y viceversa. Izayoi siempre le decía que, si llegaban a faltar algún día, esperaba que él velara de cualquier forma por su pequeño InuYasha, ya fuera dándole un consejo o estando presto para apoyarlo laboralmente. Y así había sido… frente a sus fotos conmemorativas en el museo de docentes de la universidad, juró que se encargaría de darle un empleo justo y seguro apenas se graduara, lamentando la partida de esos valiosos docentes que dejaron su vida en las aulas. Por supuesto que conocía a la familia de Taishō y a sus amistades, también su anterior relación con Higurashi Kikyō, la hermana de Kagome, pero aquello se trataba de algo tan personal que, frente a las reglas internas, no podía dejar pasar. Era una falta grave y todo eso era necesario.

—Primero, Higurashi, revisamos tu historial académico y pudimos concluir que eres una excelente estudiante —empezó a decir, sin quitar su semblante—. Nuestra primera medida fue suspenderte y sacarte de las competencias de natación, pero hablando con tu entrenadora, nos comunicó que tu rendimiento también es muy alto y que la competencia de instituciones está próxima, por lo que sería contraproducente sancionarte de esa manera, así que hemos decidido amonestarte con una observación en tu conducta y dos puntos menos a la misma.

InuYasha la observó preocupado y ciertamente molesto por la sanción, pero no podía quejarse si consideraba las circunstancias y lo que tenían planeado hacer en un principio. Kagome asentía, como si estuviera acatando cada cosa que escuchaba.

—Me encargaré de hacer llegar los documentos a tu tutor académico para que los demás profesores firmen, Higurashi —terminó por decir Akiro, cerrando el portátil—. Eso es todo, puedes retirarte y, por favor, firma la ficha que te entregará Ao en la oficina contigua.

—Muchas gracias por su comprensión y lamento lo sucedido —hizo nuevas reverencias, dirigiéndose también a su novio—. Tengan buena tarde, con permiso.

—Propio.

La azabache abandonó la estancia en un par de segundos. InuYasha vio cómo Kimura le hablaba en voz baja a Katō y este, asintiendo rápido, tomaba su laptop, se despedía y salía también de la estancia.

—Muchas gracias, Kimura-sama —dijo, apenas se encontró solo.

—Hablaremos de tu sanción, Taishō.

Ante la mirada estoica de su superior, se removió en la silla, un poco más relajado.

—Lo escucho.


Desbloqueó el celular, vio la hora, volvió a bloquearlo y lo guardó en el bolsillo de su blazer negro. El viento frío de la avanzada tarde le daba en la cara y el sonido de sus tacones contra el suelo era lo único que alcanzaba a escuchar por la ráfaga. Cuando por fin estuvo fuera de los predios, cerca de la entrada más cercana al natatorio, lo vio ahí, recargado contra la pared del encerramiento y con los ojos cerrados, adoptando ese semblante serio que lo caracterizaba. No pudo evitar sonreír y sus mejillas se pintaron coloradas por la presencia de él, esperándola como solo había pasado en sus más locos sueños.

—Hola —le dijo con voz suave, mientras se acercaba a paso rápido. Lo vio abrir los ojos de golpe y notó que su mirada se suavizó casi de inmediato, lo que le provocó un vuelco en el corazón. Seguía pareciendo una tonta niña enamorada.

—¿Está todo bien? —Le inquirió con genuino interés, incorporándose para invitarla a caminar a su lado.

Ella asintió.

—¿Y tú? —Sabía que las cosas habían salido mejor de lo que esperaban para ambos. Aquella reunión les había hecho abrir los ojos ante lo terriblemente peligroso que era exponer su relación ante la gente y solo reafirmó los términos de su noviazgo—. Cuéntame, ¿qué te dijo el rector?

—Antes, dame tu mochila, que estás cansada de entrenar y pesa mucho lo que traes —se sorprendió con el gesto repentino, pero le dio la bolsa sin rechistar, porque tenía razón: estaba muy cansada.

—Muchas gracias —se hizo ligeros masajes en los hombros sin dejar de caminar.

—A ti por ser tan directa en la reunión de hoy —le devolvió, haciéndola sonrojar. Kagome tampoco había sabido cómo reaccionar en un principio, pero aquella intervención les había ahorrado millones de excusas tontas que podrían poner antes de decir la verdad, lo cual había sido bastante favorable para ambos—. Kimura me dio una buena noticia, en realidad… parece que estaba tramitando mi nombramiento, pero ahora lo retrasará un tiempo como «sanción» —hizo comillas con los dedos y Kagome abrió los ojos enormemente, sorprendida y emocionada.

—¿En serio? ¡InuYasha, eso es maravilloso! ¡Tendrás un mejor sueldo y así podrás pagar tus estudios en diseño gráfico! —Lo tomó por el brazo y se aferró a él, mirándolo y caminando todavía. Su novio asintió y sonrió, más contagiado de la alergia que ella mostraba que por la noticia en sí.

—Sí, y podré invitarte a viajar, también —soltó, haciéndola emocionar más.

Durante todo el camino de regreso al taller de Kōga, en donde InuYasha tenía su auto, hablaron de un montón de cosas, incluyendo, claro, después de un par de risas, lo que les había estado molestando toda la tarde después de la reunión: Dai Hōjō. Kagome sabía que lo que había pasado ese día en la casa de Dai era un tema a medio hablar que se había quedado inconcluso cuando se habían declarado, pero que había llegado el momento de explicar a detalle. Le mencionó que de ahí había venido su disculpa en la que le había dicho que no quería causarle problemas, porque le había confesado a Hōjō que estaba enamorada del ambarino y temía que tomara represalias contra ellos en la universidad, cosa que, evidentemente, acababa de suceder.

—Sí… lo abofeteé ese día porque me besó a la fuerza cuando él sabía que yo no quería que me besara, siempre se lo dejé claro —explicó ella, teniendo por fin aquella conversación que se debían sobre él. Se encogió de hombros.

—Ese imbécil… —masculló—. Parece que no tiene claro qué significa respetar el espacio de los demás —no pudo evitar renegar entre dientes, sintiendo la ira recorrerlo y apretando la mano de su pareja en el acto. Le gustaba saber que Kagome lo había puesto en su sitio y que eso era suficiente, pero tenía muchas ganas de encontrárselo y recordarle que el respeto a los demás era algo básico, especialmente, su caso en participar, si se trataba de la azabache—. Qué bueno que lo pusiste en su sitio —se quedó callado unos segundos, meditando el detalle que venían mencionando desde que empezaron a hablar de Dai—. Pero… si no le dijiste lo que pasó, ¿cómo nos pudo denunciar?

La aludida negó con la cabeza, encogiéndose de hombros otra vez.

—No lo sé, pero es obvio que fue él, no me cabe…

Kagome cortó tan abruptamente su diálogo, dirigiendo la mirada fija hacia el frente, que InuYasha se obligó a detenerse y llevar sus ojos hasta donde los apuntaba su novia y su expresión también cambió.

Desde su ángulo, el par de ojos castaños los observaba con resentimiento. No había esperado jamás cruzárselos justamente cuando salía a hacer su caminata nocturna para dispersar su mente y pensar en cualquier cosa que no incluyera a la parejita de imbéciles que tenía en frente. No creía en el destino ni mierdas de esas, dejó de hacerlo cuando conoció a la verdadera Kagome que lo había abofeteado en su propia habitación, así que solo era una amarga casualidad que se hubieran encontrado en la misma vereda. Tenía todavía tanto coraje contenido, que sentía el estómago revolverse con solo estar en su presencia. Se sacó los auriculares y sin pensarlo más, caminó hacia ellos.

—Ustedes definitivamente no tienen vergüenza, ¿no? —Se apresuró en decir, con una risita y guardando los AirPods en su bolsillo.

—Vergüenza deberías tener tú con ese correo anónimo lamentable que enviaste —InuYasha fue el primero en hablar. Dai los miraba como si los odiara y eso le revolvió todo por dentro, porque los juzgaba como si ellos no tuvieran suficientes razones como para querer romperle la cara también. Notó que Kagome se aferró a su lado por la manga del blazer y la miró rápido para comprobar que estuviera bien.

Y así era, solo estaba un poco alterada.

—Vaya, qué rápido proceden las autoridades de la universidad —comentó con el mismo tono inicial, cruzando los brazos frente a su pecho. Habían quedado a unos pocos pasos de distancia y el alumbrado público les permitió verse los rostros con claridad, a pesar de que ya había anochecido hacía un buen rato—. Y miren nada más cómo vienen juntitos los novios. No aprenden, ¿verdad? —Achicó los ojos y sus palabras sonaban a amenaza.

—¿Puedes ya callarte? —Masculló Kagome, apretando los puños. Si por un instante había sentido pesar de haberle mentido por tanto tiempo, en ese momento se estaba arrepintiendo.

—Si es que leíste el reglamento interno de la universidad para hacer esa denuncia de mierda, sabrás que lo que haga con mi vida privada fuera de los predios de la institución, no me condena a ninguna sanción y/o expulsión de mis labores como docente —dijo InuYasha, ya con voz bastante firme y seria, muy diferente a su enfrentamiento con el rector y decano esa tarde. Su pareja lo miraba con la misma admiración que él había mostrado ese día en el rectorado—. Además de que Kagome no es ninguna menor de edad, por si también quieres ponerme una demanda civil —terminó con una sutil sonrisa socarrona que enojó más a Hōjō, quien se mordió los labios internamente, dándole la razón al profesor.

»—Ah —acotó Taishō, llamando la atención—, quien debería demandarte sería Kagome, por ese beso a la fuerza que le diste. No conoces el respeto y que cuando alguien te dice no, es no, ¿cierto? —Otra humillación que golpeó al joven castaño como una bala. El descontento fue todavía más evidente y Kagome solo desvió la mirada, sin saber qué decir, porque definitivamente, InuYasha tenía razón con cada nuevo comentario, después de todo lo que les había hecho pasar.

—No puedo creer que después de haberte burlado de mí de esa forma —sus ojos llenos de frustración se dirigieron a la azabache—, todavía tengas la indelicadeza de contarle todo a este… —miró despectivamente a InuYasha de arriba abajo.

—¡Cuidado con lo que vas a decir de mí! —Le respondió de inmediato.

—¿Así como intentaste sabotearnos hoy con esa ridícula denuncia a las autoridades? Por lo menos yo he contado mi experiencia a alguien importante para mí sobre un abuso del que fui víctima y no fui con el chisme a tus padres, por ejemplo —por fin atacó Kagome, no creyendo que él podría ser tan cínico.

—Dices querer a Kagome, pero hoy la afectaste —intervino el ambarino—. ¿Cómo la llamaste aquel día en el natatorio? —Hizo un gesto falso, simulando recordar—. Oh, sí, dijiste que querrías que fuera tu novia, que era una mujer realmente hermosa, que era como un ángel.

Cada palabra que salía de la boca de Taishō, hacía que la sangre de Dai hirviera más y más con cada segundo que pasaba. Kagome arrugó las cejas… ¿En serio habían tenido esa conversación?

—Bueno, ahora parece que estamos a mano, Dai. Pensé que te había quedado claro que no quería saber nada más de ti, pero…

—¡¿Y crees que esto ha sido por ti?! —Explotó, moviendo los brazos por la histeria y poniendo a InuYasha alerta—. ¡Deja ya de creer que eres la gran cosa, Kagome! ¡¿Crees que soy tan estúpido como para pensar que haciendo esto volverías a mi cama?! —Por supuesto, aquello fue un comentario despectivo que ninguno de los dos pasó por alto—. ¡Lo he hecho por mí, por intentar vengar un poco de lo que me hiciste, por mi dignidad y por rescatar mi ego!

Hmp, pues qué ego de mierda tienes —contraatacó Taishō, tan genuinamente, que ni siquiera pensó en si era solo algo en su mente o lo había dicho en voz alta.

—¡Cierra la puta boca de una vez, Taishō!

Apenas Hōjō había terminado de escupir esas palabras, las mismas se regresaron por su boca debido al impacto repentino de la palma de la mano de InuYasha contra la mejilla del castaño, resonando por todo el lugar, enrojeciendo la piel en el acto y dejando atónita a la víctima. Fue una bofetada a mano abierta, como si él fuera cualquier niño de primaria siendo zarandeado por su padre. Sintió la zona arder y el peso de la humillación hacerle mella en todo el cuerpo. Kagome se llevó las manos a la boca por impresión.

—¡A mí no vuelvas a alzarme la voz así, niñato estúpido! —Por fin le había gritado, por fin liberaba todo lo que tenía por dentro junto a esa cachetada que le había soltado para recordarle que, a pesar del par de años de diferencia, él siempre sería su superior y le debía respeto—. No creas —trató de controlar su respiración errática— que esto fue por el abuso hacia Kagome o los comentarios despectivos, porque de eso ya se ha encargado ella, poniéndote en su sitio y se nota que te afectó de tal manera, que hoy quisiste que me quedara sin empleo y ella tal vez sin competencia de natación —Kagome sintió los ojos arder. Jamás había visto a InuYasha comportarse así, pero entendía que la situación lo ameritaba y a pesar de todo, se veía increíblemente heroico haciéndolo—; esto ha sido por mí, deja de creer que eres la gran cosa —le devolvió sus palabras y Dai lo observaba intimidado, aunque su expresión proyectara furia. Parecía a punto de llorar—, ha sido por tu insolencia y por tu falta de educación. Que no se te vuelva a ocurrir faltarme el respeto y mucho menos a Kagome, porque fuera de la maldita universidad que tanto parece que amas —tomó en cuenta cómo se había expresado de la institución en el correo, todo un lame botas—, yo no soy un profesor, soy solo InuYasha Taishō y puedo partirte la cara cuando quiera —se enderezó, tomando aire—. Espero que lo tengas claro. Vámonos, Kagome.

Higurashi no demoró un segundo en caminar a lado de su novio sin que este dijera una sola palabra más.

—Lo siento, Hōjō —le dijo antes de avanzar, con un tono ligeramente apenado—, pero te lo merecías.

Y así, sin un solo comentario o riña, dio media vuelta para observarlos partir, como si nada hubiera pasado, con una calma envidiable. El coraje aún era latente en su mirada, pero la derrota innegable lo era todavía más.

Esta vez, en serio había perdido.

Continuará…


Esta última escena fue un pedido de mi adorada CrisUL, que realmente espero que le haya gustado, ya que lo hice con mucho cariño. No sé si era lo que esperabas, pero sí fue pensando en ti.

Por otro lado, creo que esta será la última vez que Hōjō moleste. Eso es lo que quise con esta escena. El capítulo ha sido más largo de lo normal, eh. Muchas gracias por seguir aquí. Por cierto, no quería que las sanciones fueran tan fuertes, porque el chiste no es arruinarle la vida al InuKag, sino todo lo contrario.

Besos como siempre a las bellas: josicar, Sarai, Rosa Taishi, Annie Perez, Iseul, Marlenis Samudio, MegoKa, TaishoScott, Nena Taisho, GabyJA y Rodriguez Fuentes.