«Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante.»
—El Principito.
Desde que Jon comenzó a ser cercano a Soi Fong se dio cuenta de la necesidad que tenía la muchacha por hacer regalos. Eso en su momento le había dado gracia.
En una ocasión Soi Fong le había contado, con mucha vergüenza de por medio la vez en la que intentó regalarle una caja de chocolates a su maestra, pero Yoruichi sólo se había dado vuelta con un "No gracias" de por medio, también le habló de una ocasión en la que le había conseguido a Hachigen Ushoda, un hombre que la ayudó en una batalla pasada una elegante capa de seda como una suerte de agradecimiento por su apoyo. Jon en un momento sintió ternura, pero luego estalló en carcajadas —para molestia de la capitana— cuando ella le dijo que no había puesto su nombre y que simplemente se había infiltrado en el escondite de los Vizards y había dejado el regalo en la puerta de Hachigen para después huir. Su agradecimiento había vencido su orgullo, pero no su timidez.
Desde que eran amigos Soi Fong de una u otra manera le había dado regalos. La primera vez fue algo tan simple como pagarle uno de esos enormes helados que sabía que a él le encantaban, la segunda vez fue regalarle entre sonrojos una caja llena de chocolates —¿Por qué le pareció que Soi Fong ya había estado antes en esa situación?—, luego una sudadera nueva que ella dijo que "encontró por ahí y al instante pensó en él", un medallón de plata para que pudiese dentro una foto de su familia y los recordase siempre, un peluche en forma de caballo.
Y ahora que eran pareja ella parecía haber subido la apuesta.
Ambos estaban en una videollamada en la que Soi Fong básicamente "acompañaba" a Jon mientras hacía su tarea, de Sociología criminal. Según él Shao le podría servir de ayuda porque ¿Qué mejor manera de comprender la mentalidad de los asesinos que la ayuda de otra asesina? Soi Fong no supo si sentirse halagada o sentirse ofendida cuando se lo dijo, pero la genuina alegría en la mirada azul violácea de Jon cuando le pidió su ayuda la volvió incapaz de rechazarlo o quizá decirle el «Eres un tonto» que se le había ocurrido en un principio. Le ayudaba en lo que podía a través de cosas que según le parecía caracterizaba a los asesinos, y aunque según le parecía no contribuían mucho al ser ella prácticamente una sicaria y Jon estar investigando a verdaderos psicópatas que mataban por placer, el brillo en los ojos del joven héroe no se apagó en ningún momento con sus pobres aportes, y eso era más que suficiente para ella.
En un principio sólo era Jon investigando y compartiendo su trabajo con la capitana para que ella diese su opinión, pero llegó un momento en el que ambos dejaron a un lado la tarea y se dedicaron sencillamente a conversar.
—Una pregunta, Shao —dijo Jon con la espalda reclinada sobre su silla y mirando al techo—. Se me acaba de ocurrir. Si fueses a morir esta tarde sin poder comunicarte con alguien ¿Qué cosa lamentarías no haber dicho a alguien?
Alzó la cabeza para verla en la pantalla, ella tenía una ceja levantada y expresión sorprendida.
—¿De dónde sacaste eso, Jon?
—Damian me dijo que una vez se lo preguntó a Raven en una dinámica que lo obligaron a hacer —contestó Jon irguiéndose y luego se apoyó con los brazos cruzados sobre su escritorio—. Y se me ocurrió después de tanto conversar sobre asesinos en serie.
Ella estuvo un momento rascándose la nuca en actitud pensativa. Se habían hablado en la noche cuando ya ella estaba preparada para dormir, llevaba una blusa de tirantes de un pálido tono verdoso con encaje más pálido en el escote, la prenda la hacía ver más blanca bajo la luz de su lámpara y estaba algo caída, el valle entre sus pequeños pechos se notaba por momentos.
—No hay muchas cosas que sienta que deba decirle a la gente porque no hablo mucho con las personas —comenzó ella—. Supongo que le diría a Yoruichi-sama que por más que lo intente no sabe bailar.
Jon estalló en carcajadas, con tal violencia que casi se cayó de espaldas en la silla.
—¡Es en serio! —exclamó Jon entre risas, también a la capitana se le contagió una pequeña risita.
—Para serte honesta nunca lo había pensado —musitó ella—. Supongo que si muriera lamentaría nunca haberle dicho gracias a Komamura-taicho.
Jon parpadeó: —¿Komamura-taicho? ¿Es el que tiene aspecto de lobo?
—Sí, ese es —contestó ella con una media sonrisa, luego bajó la mirada en actitud reflexiva—. Komamura-taicho fue a su manera uno de los apoyos más grandes que tuve cuando Yoruichi-sama desapareció, y me sentiría muy triste de marcharme y no poder despedirme de él correctamente.
Jon no pudo negar que se sintió enternecido, Soi Fong le había hablado muchas veces sobre cómo la capitana Unohana y el capitán Komamura habían sido quienes más cerca estuvieron de ella en tiempos en los que era una niña perdida luchando por encajar en el cargo que dejó su maestra, hasta después de la guerra de invierno, tiempos en los que Komamura fue un gran soporte cuando sus ataques de pánico aumentaron producto del trauma de su batalla contra el segundo Espada. Fue el lobuno capitán el que se dio cuenta y la llevó con Unohana, quien le dio tratamiento psicológico y todo el cuidado maternal que le ofreció en todos esos años. La joven podía decir que, ellos junto a Yoruichi, fueron las personas que más hicieron por ella a su propio modo.
A Unohana había logrado agradecerle varias veces, pero no a Komamura.
—Wow —musitó Jon— ¿La ruda comandante Soi Fong se ha encariñado con un hombre? ¡Eso es un milagro del cielo! —declaró en broma Jon.
Esta vez fue a Soi Fong quien le tocó reír, aunque en cualquier otra persona una broma de similar índole la molestaría.
—¿Qué estás diciendo? Yo no odio a los hombres —dijo ella—, lo que pasa es que por alguna razón, los hombres que me rodean suelen ser unos imbéciles.
—Eso dolió, Shao —contestó Jon haciendo una mueca, a lo que Soi Fong puso los ojos en blanco— ¿Piensas que soy un imbécil?
—Sí —respondió ella.
—¡Oye!
Soi Fong volvió a reírse; con él aquello que normalmente se le hacía tan difícil le salía tan natural que hasta a ella le sorprendía. Se sentía a veces como la jovencita que al lado de su maestra no conocía las preocupaciones, la chiquilla con la que sus hermanos jugaban a escondidas y podía reír hasta que le doliera el estómago, como si estuviera en casa incluso cuando el muchacho estaba a kilómetros de ella.
—Si eres un imbécil a veces, Jonny —dijo ella y luego su tono se suavizó—. Pero eres demasiado lindo como para ignorarte, cada vez que te veo me dan —las mejillas de ella ardieron con furia— ganas de abrazarte.
—¿Y de besarme? —él se acercó a la pantalla con una sonrisa gentil pero los ojos brillando de picardía, la capitana volvió a poner los ojos en blanco, pero contestó.
—Y de besarte.
—Yo siento lo mismo, Pookie —susurró el hijo de Superman, y esta vez la cara de Soi Fong se encendió casi hasta la línea de su cabello.
Muy rara vez solían decirse apodos cariñosos aparte de los típicos diminutivos, pero cada vez que él la llamaba así o Shao llamaba cielo a Jon ambos sentían exactamente lo mismo, que si corazón corría y el cuerpo de una manera un tanto contradictoria se relajaba como si no hubiese nada que temer.
Y el que fuese eso solamente desde una pantalla ya era mucho decir.
—Ya casi no tengo tanto trabajo —dijo la capitana luego de carraspear—. Es probable que muy pronto pueda ir a visitarlos a tu y a Yoruichi-sama.
—¡Eso sería genial! —exclamó el híbrido— Mamá y papá han preguntado mucho por ti, y que sepas que cuando llegues no te quitaré las manos de encima, Shao —advirtió Jon con una gran sonrisa, contagiando como siempre a la chica.
—Lo sé. Yo tampoco lo permitiría —dijo ella—. Tengo que irme, a estas horas ya va llegar.
Esta vez Jon frunció el ceño: —¿Llegar? ¿Qué va a llegar, Shao?
—Buenas noches, Jon.
—¡Eh! ¡Pero respóndeme!
Ya era tarde, ya ella se había desconectado de la llamada dejando al hijo de Superman con el reclamo en la boca.
Pero ni bien la muchacha se había ido Jon escuchó que alguien tocaba a la puerta de su dormitorio, con el ceño aún fruncido por el plantón de Shao él se levantó, se puso una remera y abrió la puerta. Era Olive, una vecina suya y compañera de la carrera, quien llevaba una caja en sus manos y al verlo se sonrojó.
—Buenas noches, Olive.
—Hola, Jonatan —saludó la muchacha y le pasó la caja—. Encontré esto abajo cuando buscaba mi correo, es para ti.
—Gracias —el muchacho la miró—. Pero no te hubieras molestado en traerla hasta aquí.
Olive se encogió de hombros y apartó la mirada: —Asumí que estarías dormido.
Jon sonrió.
—En realidad hablaba con mi novia. Pero de nuevo muchas gracias. La próxima vez deja que me llamen del correo ¿Sí? No tienes que cargar mis paquetes hasta aquí.
—Claro —contestó ella, con el humor un poco más amargo de un momento a otro y luego se despidió con la mano—. Nos vemos mañana, Jonatan.
—Nos vemos, Olive.
Jon cerró la puerta y se fijó en la caja, en realidad no era tan grande, era algo plana y se podía ver en la etiqueta que se trataba de algo frágil, además había una nota de sus padres.
«Una persona que conoces muy bien nos convenció de ayudarla a enviarte este pequeño regalo. No sabemos que es pero seguramente te gustará mucho, disfrútalo :)
Mamá y papá.»
Jon arqueó la ceja y apoyó la caja en la barra que usaba para comer, buscó una navaja para abrirla y cuando sacó de entre el relleno lo que había dentro sintió todo su rostro arder tanto que agradeció estar solo.
Era el marco de una fotografía, algo grueso y de color blanco, pero en realidad de una foto el marco tenía dos corazones, uno junto al otro, uno era su propia ubicación en el mapa y arriba tenía la pequeña frase «Tú estás aquí» y el otro corazón tenía un mapa que más parecía hecho a mano, en el que había una ubicación y arriba decía «Yo estoy aquí». Cuando miró el respaldo se dio cuenta de que también había una nota.
«Para que no me sientas tan lejos, pensé en dártelo yo misma cuando fuera a verte pero no me atreví.
Te quiero.
Shaolin.»
Jon se sintió marear pero de lo sonrojado que se encontraba. Se tapó el rostro con una mano mientras con la otra sujetaba aún el marco. De nuevo el corazón se le aceleraba como si quisiese escaparse de su pecho y correr en búsqueda de Shao. Se encontró extrañándola a pesar de que habían hablado hace unos momentos, pero al ver de nuevo ese pequeño regalo que ella le hizo una sonrisa se le salió y sintió que el pecho se le llenaba de pequeñas y cálidas burbujas. Algo que siempre pasaba cuando pensaba en Shaolin o ella hacía gestos como este.
—De nuevo tu timidez te ganó, Pookie —dijo en voz baja Jon—. Pero siempre te superas a ti misma.
Pookie es un apodo afectivo que en inglés significa "cariñito" también significa "diminuto" en modo más literal.
