El sonido monótono de los equipos médicos y el hilo de murmullos preocupados llenaban la habitación del hospital donde Uzumaki Boruto estaba postrado en la cama. Mirando al techo, revivía una y otra vez el momento de su deshonra en los exámenes Chunnin. Sentía como si cada palabra de su padre, el Hokage Naruto Uzumaki, hubiera sido un puñal clavado en su alma. El descubrimiento de su trampa ante todos, sus amigos, su propia familia, lo hizo sentir más avergonzado y decepcionado consigo mismo que nunca.
Las palabras de Momoshiki Otsutsuki retumbaban en su mente, resonando como un eco doloroso:
—Con estas píldoras, podremos obtener poder sin esfuerzo y nos mantendremos jóvenes por siempre.—
Sakura, la madre de Sarada, había visitado el hospital para hablar con él, con los ojos entristecidos le explicó la situación:
—Boruto, tu madre está siendo atendida, está en cuidados intensivos. Hima no deja de llorar, está asustada y preocupada. Y tu padre... fue secuestrado durante la batalla.—
Las lágrimas escapaban de sus ojos, su pecho se oprimía con un sentimiento de impotencia. Se sentía responsable de todo, como si su error hubiera desencadenado una cadena de desgracias irreversibles. Con un suspiro, intentó levantarse de la cama, decidido a enfrentar lo que había desencadenado.
Las miradas de desaprobación y murmullos reprobatorios lo acompañaban mientras se deslizaba por los pasillos del hospital, ignorando las condenas silenciosas de los presentes. En medio de su propio tormento, un tropiezo lo llevó al suelo, golpeando su brazo donde antes ocultaba la herramienta ninja que había utilizado en los exámenes. La rabia lo inundó y lanzó el dispositivo lejos de sí, sintiendo que todo era su culpa.
Las palabras crueles y acusatorias que resonaban a su alrededor lo llevaron a incrementar su velocidad, intentando huir de aquel lugar de juicio y condena. Sin embargo, en ese instante, alguien cercano a él, alguien que lo apreciaba, se encontraba observándolo con ojos llenos de preocupación y determinación: Sumire Kakei.
Ella había sido la delegada durante su tiempo en la academia, una amiga que compartió momentos y risas. Al escuchar los comentarios negativos sobre Boruto, frunció el ceño. ¿Acaso no cometían errores todos? No podía abandonarlo en su momento más bajo. Un verdadero amigo permanece, y eso ella lo entendía muy bien.
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Caminando sin rumbo aparente por los pasillos vacíos de la aldea, Boruto se dirigió hacia la imponente oficina del Hokage. Al ingresar, sus ojos se posaron en los cuadros de los anteriores Hokages alineados en la pared, observando las miradas serias y determinadas de quienes habían ocupado ese puesto antes que su padre.
Sin embargo, lo que realmente captó su atención fue el escritorio de Naruto. Entre los documentos y pergaminos, Boruto divisó una foto de Hima en su primer cumpleaños, rodeada de sonrisas y alegría. Otra imagen mostraba a su madre, Hinata Hyuga, radiante y amorosa. Pero lo que realmente conmovió su corazón fue ver una foto de él como bebé, en brazos de su padre Naruto. Una expresión de felicidad pura iluminaba el rostro de ambos en esa instantánea del pasado.
Las lágrimas brotaron sin control de los ojos de Boruto mientras contemplaba esas fotografías. La realidad golpeó su corazón con una fuerza abrumadora. ¿Cómo había podido dudar del amor de su padre? Ser el Hokage no era solo un título, era una carga inmensa que Naruto llevaba sobre sus hombros.
—Papá... realmente nos amaba...—susurró entre sollozos, las emociones abrumándolo por completo.
Con la chaqueta de su padre entre sus manos, Boruto la inspeccionaba minuciosamente. Cada costura, cada marca era un recuerdo tangible de la infancia de Naruto. Decidió probársela. Al ver su reflejo en el espejo, una sensación de derrota lo invadió.
—La verdad... soy un perdedor...—murmuró con pesar, mientras su mirada se perdía en su reflejo.
De repente, una voz interrumpió sus pensamientos. Boruto se sobresaltó al darse cuenta de que no estaba solo. Era Sumire.
—¿Delegada? —exclamó sorprendido.
Ella lo miraba con determinación, con un brillo de decepción en sus ojos.
—¿Por qué dices eso de ti mismo? —preguntó Sumire en tono serio, escrutándolo con atención.
Boruto suspiró, cayendo en la crudeza de sus propios pensamientos.
—Todo lo que está pasando ahora es culpa mía. Papá está muerto, mi madre está hospitalizada, hice llorar a Hima...—sus palabras se atascaron en su garganta, deteniéndose antes de decir lo último.
Sumire lo observó en silencio, dejando que las palabras de Boruto se suspendieran en el aire. Pero cuando escuchó el inicio de su siguiente frase, algo en ella se quebró.
—Soy una deshonra para todos los shinobi...—comenzó Boruto, hasta que una sonora bofetada lo detuvo en seco.
—¡Zas! —El golpe resonó en la habitación, y Boruto, atónito, se llevó una mano a la mejilla, mirando a Sumire con incredulidad.
—¿Por qué... por qué hiciste eso?—preguntó, molesto por el inesperado golpe.
Sumire, con una mezcla de enojo y determinación, no retrocedió.
—¿En serio crees lo que estás diciendo? ¿Te estás rindiendo? ¿Qué pasó con el chico que nunca se rendía, sin importar lo que sucediera? ¿Dónde está esa sonrisa que siempre tenía? ¿El chico que me salvó de mí misma?—su tono era firme, desafiante, como si estuviera exigiendo que Boruto recordara quién era realmente.
—En serio, ¿crees que tu padre está muerto?—preguntó Sumire, buscando contacto visual con Boruto.
El joven Uzumaki, abrumado por la angustia, se quedó en silencio, su mirada perdida en el suelo.
—Es cierto que cometiste un error, pero no es el fin del mundo.—Sumire se acercó a él, tratando de reconfortarlo con sus palabras.
Boruto estaba a punto de decir algo, pero fue interrumpido por un gesto inesperado de Sumire. Ella le entregó su bandana ninja.
—La encontré entre los escombros. No podía dejar algo tan importante en el suelo.—explicó Sumire, con firmeza en su voz.
Boruto, se sentía inseguro de volver a colocarse la bandana. Dudaba de merecer llevarla.
—Lo importante cuando cometes un error es aprender de ellos y convertirte en una mejor persona.—Las palabras de Sumire resonaron en la habitación, cargadas de empatía y aliento.
Boruto, conmovido por su sinceridad, tomó la bandana ninja y, con determinación, la colocó alrededor de su frente.
En medio de la tensión y la incertidumbre, Sasuke irrumpió en la escena con una gravedad palpable en su expresión.
—¿Sasuke-Sensei?—
—Puedo sentir que el chakra de Naruto es débil, pero está vivo.—Su voz resonó, llevando un halo de esperanza a la habitación.
—Iremos a rescatarlo.—
La entrada de los otros Kages de las distintas aldeas reforzó la determinación del grupo. Boruto, sintiéndose obligado a hacer algo, preguntó tímidamente:
—¿Puedo ir con ustedes?—
Sasuke parecía dudar, evaluando la solicitud de Boruto. Sin embargo, algo en él le hizo sentir que debía llevarlo consigo en esta misión.
Prepararon todo para partir. Sasuke, con su Rinnegan, se encargaría del transporte. Antes de salir, Hinata se acercó a Boruto con ojos preocupados.
—Por favor, vuelve sano y salvo.—Su voz temblaba, llena de amor maternal.
Himawari, con determinación infantil, agregó:
—¡Ten cuidado, Boruto!—
Sumire, en un gesto inesperado, se acercó a él y, con un beso en la mejilla, le deseó suerte. Pero antes de que pudiera reaccionar, Boruto la sorprendió con un beso en los labios. El acto dejó a todos atónitos, incluso a él mismo, mientras agradecía a Sumire por no abandonarlo en su momento más oscuro.
—No me di cuenta de mis sentimientos hasta ahora, pero prometo volver a tu lado. Ese es mi camino ninja.—Sus palabras, llenas de determinación, resonaron en la habitación.
Mientras se alejaban, Sumire, con la cara encendida por la vergüenza y la sorpresa, se quedó mirándolos.
Hinata, con una sonrisa, se acercó a ella.
—Esas son las mismas palabras que Naruto me dijo una vez.—
Sumire, llevando sus manos al pecho, reflexionaba mientras los veía partir. Ahora entendía sus verdaderos sentimientos, esos que había guardado en lo más profundo de su corazón.
—Siempre lo amaré.—Susurró para sí misma, sintiendo un amor puro y verdadero por Boruto.
