Su respiración era agitada y entrecortada, el viento frío la lastimaba cuando trataba de respirar más hondo, sus piernas dolían de la fatiga y en sus mejillas habían rastros de sus lágrimas, su ropa estaba sucia, llena de lodo y sangre, sangre que no era suya y aún así dolía tanto como si fuera ella la de la herida, sus manos trataban de apartar las ramas que podrían estar frente a ella en el camino, sólo la luz de la luna que se deslizaba por las ramas y hojas de los árboles la ayudaban a distinguir débilmente por dónde ir, los recuerdos de esa semana -o siglos- llegaban a ella nuevamente mientras que nuevas lágrimas caían por sus mejillas y aunque quisiera pronunciar su nombre, le dolía tanto, pues nuevamente no pudo hacer lo que le prometió... Protegerlo.

[...]

—Tenga buenos días, señorita Marinette.—un hombre mayor con ropas de sacerdote la saludaba mientras ella caminaba por el pasillo exterior de la iglesia.

—Buenos días sacerdote Durant.—respondió ella con una dulce sonrisa.

—Parece hoy más feliz de lo normal,—comentó con una risilla—¿tiene algo que ver que hoy saldrá a la capital?

—¿Qué come qué adivina?—contestó juguetonamente—Hoy, el Rey me dio el día libre, así que...—dio una vuelta en su lugar—Lo disfrutaré.

—Tenga cuidado,—le dijo el hombre—regrese antes del anochecer, ya sabe como el Rey se preocupa por usted.

—No se preocupe,—dijo tratando de quitarle importancia—ya sabe usted que siempre tengo a alguien siguiéndome,—hizo un gesto con la cabeza señalando a la persona detrás de ella, un guardia con un rostro impasible que miraba fijamente hacía ella, pero a una distancia en la que cualquiera lo pasaría desapercibido.

—Aun así,—dijo el hombre mayor—es mejor prevenir que lamentar.

—Y tiene usted razón,—dijo ella mientras avanzaba—tendré cuidado, nos vemos mañana.—dijo mientras se despedía con la mano del hombre y seguía su camino a la entrada principal, el guardia que la seguía también empezó a caminar, su paso era firme y aunque parecía que sólo la veía a ella, él estudiaba todo a su alrededor asegurándose de que nadie pueda acercarse a ella.

[...]

—Sabes...,—empezó ella—bien podrías sentarte a mi lado y hablar.

Pero el guardia no dijo nada, sólo continúo mirándola fijamente y a los alrededores.

Ella suspiró.—No entiendo cómo el hijo de un Conde está haciendo el trabajo de un guardia.—ella negó con la cabeza.

En ese momento un pequeño número de chicas caminaban por el lugar en el que ellos estaban, ellas miraban maravilladas la belleza del guardia; ojos verdes como la esmeralda y cabellos rubios, pero cuando su mirada caía en la joven a quien cuidaba que iba vestida con un gran vestido oscuro con bordados de oro y una túnica transparente encima con una capucha que ocultaba su rostro hasta sus ojos azules claros como el mar, ellas empezaban a susurrar sin intentar ocultar sus disgustos por ella, cuando voltearon para verla y lanzar algún comentario venenoso, una sola mirada del guardia más su mano puesta en su espada -aún enfundada- las calló de inmediato y siguieron rápidamente su camino.

—Ellas no pueden lastimarme, lo sabes ¿no?—ella le preguntó, pero el no respondió, sólo retrocedió y cambio su pose a la habitual, cuando no había peligro.

—No es divertido tenerte siguiéndome todos los días y aún así parecer que estoy sola siempre...—ella suspiró y empezó a caminar entrando cada vez más a los mercados del lugar.

[...]

Ella no desperdició su día libre, visitó algunas iglesias del lugar, orfanatos y hogares para personas sin hogar, llevando frutas, verduras, pan, arroz y carnes que había conseguido del Palacio, aunque no era popular por su "rango" todos agradecían su amabilidad o quizá era el miedo de ser mal agradecidos y que el Rey se molestará con ellos... Quién lo sabría.

Para cuando ya estaba regresando al Palacio el sol había caído y la brisa fresca del viento era agradable, ella bajo su capucha y dejo ver sus cabellos oscuros con iluminaciones en azul, cualquiera que vea de lejos pensaría que es un ser etéreo, pero sabiendo que es la "última" quizá sí lo sea.

Ella se detuvo, como si hubiera olvidado algo.

—Entonces... ¿Tu nombre es?

Ella miró al chico, pero él no dijo nada.

—Supongamos que un día estoy en verdadero peligro, ¿cómo debería llamarte? ¿Chico? ¿Guardia? ¿Rubio?

El chico suspiró, como si estuviera cansado, por primera vez desde que está en ese puesto hizo algo más que no era sólo mirarla.

—Félix.

—Félix...,—repitió ella—no te ves particularmente feliz.

Él volvió a su papel de guardia mudo.

—Bien, al menos ya sé tu nombre.

Ambos siguieron su camino hacía el Palacio en silencio y tarareos ocasionales de ella.

[...]

Ya en su habitación ella cambió sus ropas por algo más holgado y cómodo y se sentó cerca de la ventana mientras miraba la luna y tarareaba una canción que no sabía de dónde era o quién se la había enseñado, pero cada que cerraba sus ojos podía ver a una mujer casi igual a ella que le sonreía desde arriba y su pecho se calentaba debido a ello.

Sabía que esta salida que le dió el Rey sólo era para hacerle saber que no volvería a salir luego de que la semana llegué a su final, ella suspiró y se levantó, fue a un pequeño espejo que tenía y se miró buscando algo, no sabía qué, pero quería ver en su rostro algo que la hiciera quedarse allí, pero no encontró nada, rió amargamente y llevó sus manos a su rostro y lágrimas empezaron a caer sin ocultar sus sollozos, un golpe se escuchó en la puerta y ella alzó su rostro.

—Estoy bien, no necesito nada, duérmete, ¿no sabes que es malo para la salud no dormir?

Increíblemente hubo respuesta.

—También es malo guardar el dolor, lastima el corazón.

Ella se quedó en silencio un momento, había tratado de hablar con este chico durante meses y no lo había logrado, pero ahora que había hablado no sabía que decirle.

—Yo...,—dijo dudando—no guardo dolor.

—¿Entonces por qué llora usted?

—¿Quizá porque me obligarán a algo que no deseo?

—Se convertirá en Reina, ¿no desea eso?

—¿Reina?—ella carcajeo como si en verdad fuera un chiste—Yo no seré Reina, sólo alguien con quién el Rey se acostará.

Hubo silencio unos segundos.

—¿Por qué?, es decir, no he visto su Majestad nunca acercase a usted, ¿por qué la querría para... eso?

—¿Cómo voy a saber eso yo?—preguntó con molestia—tal vez me vió una vez y se obsesionó conmigo, ¡Qué sé yo!

—¿No es usted una doncella de la iglesia? ¿Tiene usted siquiera permitido casarse?

Bien, este chico es muy curioso..., pensó ella, ¿cómo hago para que deje de hacer preguntas?

—No sé, yo... Ni siquiera sé por qué estoy aquí en primer lugar...—ella se abrazó a si misma como si una gran ráfaga de frío aire hubiese llegado.

—Sé que lo que voy a sugerir se puede considerar como traición o algo peor, pero... ¿No sería mejor huir?

Huir... Cómo si no lo hubiera hecho antes...

—No funcionó.—susurró ella.

—¿Disculpe?—preguntó él.

—Que no funcionó antes y no funcionará ahora.

Antes de que él pudiera volver a hablar ella siguió.—Y ya no preguntes más, yo... No sé cómo responderte... Sólo duerme o algo.

—Como usted desee.—dijo él y no hubo más ruido.

—Gracias...

[...]

Ella siguió von sus tareas usuales hasta que una hermana la llamó.

—¿Qué necesita hermana Rose?

—Su Majestad envío a un mensajero solicitando su presencia en el Palacio hoy antes del atardecer.

Oh bueno, ya empezamos.

—Bien, iré a prepararme.—ella estaba a punto de irse cuando la joven hermana la detuvo.

—Quizás si hablas con el Obispo Sergio pueda hacer que su Majestad cambie de opinión.

—Gracias,—ella sonrió—pero no creo que eso sea posible, no quisiera que el Obispo, quien también es como mi padre, sufra molestias por mi culpa.

—Entiendo...

Ella se despidió y caminó hacía la salida, por fin hoy sería su primer encuentro oficial con el Rey.