Los días siguientes fueron normales, él no la volvió a llamar, así que ella siguió con sus tareas habituales en la iglesia, lo único que había cambiado era que ella y su guar- Félix, habían hablado más, pero ella tenía un sentimiento de inquietud, de que algo malo iba a pasar, no sabía qué era eso malo o cuándo pasaría, pero no la dejaba dormir, a veces disociaba, como ahora.
—Cuidado,—dijo Félix tomándola del brazo y deteniendola, casi iba a caerse por las escaleras—parece que hoy está muy distraída.
Marinette se sorprendió, lo miró y luego vió hacía la escalera, si hubiera caído hubiera terminado con moretones o peor.
—Lo siento,—le dijo—creo que tienes razón...
Él soltó su brazo y dió una mirada rápida a ambos lados, eso le pareció extraño.
—De seguro ha de estar nerviosa por la noche de mañana,—dijo él mientras ella lo veía sin saber de qué hablaba, el se aclaró la garganta—quizá no deba opinar de eso, pero puedo prepararle alguna infusión para que se relaje.
—Agradecería la infusión.
Ambos siguieron su camino hacía la cocina, a dónde estaban dirigiéndose antes de todos modos.
Ella rompió el silencio.—¿Por qué diste una mirada cuando soltaste mi brazo?
Él, que estaba caminando detrás de ella, contestó de manera evasiva.
—No sé de qué hablas.
—Oh... Ahora ahora nos tuteamos.—dijo ella juguetonamente.
—Pido disculpas, no volverá a suceder.—dijo él.
—Oh no, no, no,—contestó ella rápidamente—prefiero que nos tratemos de "tú" que de "usted".
Ella se dió la vuelta y lo encaró, al hacerlo vió en él un rubor rojizo, pero así como apareció se fue rápidamente.
—Si es lo que gusta.—contestó el.
Ella sólo lo miró un poco más, recordando todos esos "recuerdos" que había tenido esos días con él y cómo ese sentimiento de inquietud crecía.
—Me gustaría...—dijo ella en un susurró.
Él pareció despertar de su estupor y abrió los ojos ligeramente para luego mirar a sus alrededores, suspiró y volvió a hablar.
—Aún debemos ir a la cocina.—dijo igual en un susurró.
—Cierto...—ella de volteó y continúo su camino con él detrás.
[...]
En su habitación un joven de cabellos rubios y ojos verdes claros miraba desde su ventana a las personas ir y venir, una sirvienta estaba con la cabeza gacha mientras apretaba su falda ligeramente y en silencio.
—¿Eso es todo?—habló el joven.
—Sí su Majestad, creo que él se ha dado cuenta porque ha estado más alejado, pero lo he oído reír con ella o estar muy cerca.—contestó la mujer.
—Bien,—dijo él y se dió la vuelta—no dejes que te vea y tu recompensa será más que antes.—el tomó una pequeña bolsa de monedas y se la entregó a la mujer.
—Por supuesto su Majestad,—la mujer tomó la bolsa y dió una reverencia—sabe que cuenta conmigo para lo que sea.
La mujer salió de la habitación y el joven camino hasta una silla y se dejó caer.
—Félix... No se supone que debas apegarte a algo que no te pertenece,—él suspiró y dejó caer su cabeza para atrás—en cualquier caso una noche y día más y ella será mía.
Él aún recordaba la primera vez que la había visto, fue cuando tenía catorce años y estaba haciendo travesuras con su primo, Félix, ambos estaban escondiéndose de las hermanas de la iglesia y él entro a un cuarto que no sabía que era pero se escondió cuando escucho un ruido de agua, al ver se dió cuenta que era el cuarto del baño, en la tina había una chica con la piel blanca y cabellos oscuros, pero que parecían el cielo de noche, brillando en azul, ella estaba lavándose y tarareaba un canción, él sabía que no debía estar mirando y que debería irse, pero no podía apartar la mirada de la chica, la miró hasta que ella terminó y se levantó, si sentada era hermosa, parada lo era más y él sintió un escalofrío recorrer su cuerpo hacía el sur, su respiración se hizo pesada y cuando ella se dió la vuelta para tomar algo para secarse su rostro le gustó aún más, ella se vistió con la ropa de una Diaconisa, viendo que ella iba a salir, salió lo más rápido y silencioso que pudo, al llegar a los pasillos corrió lo más lejos de allí, luego de unos minutos se encontró con su primo que le preguntó dónde había estado y él sólo dijo que se había perdido, luego ambos regresaron con sus madres.
El tiempo había pasado y él no podía quitarse a la chica de la cabeza así que hablo con su padre.
—¿Quieres casarte con una joven que viste en la Iglesia?—preguntó su padre descolocado.
—Sí,—contestó él de manera animada—ella es muy hermosa, piel blanca, cabello oscuro como noche y sus ojos son azules, si la vieras lo entenderías, ella-
—Adrien,—dijo su padre interrumpiendo sus palabras—si ella estaba en la Iglesia posiblemente sea una monja o algo así, no tiene permitido casarse.
—Pero padre,—se quejó el chico—la quiero a ella, no ha nadie más.
El chico era obstinado, igual a su madre y cuando quería algo no lo dejaba ir.
Su padre suspiró, quizá no debió dejar que su madre lo mimara y consintiera tanto.
—Bien, veré qué hago...
Él abrió los ojos y se dió cuenta de que se había quedado dormido y se había perdido la comida, pero lo vió como una oportunidad para poder ver a la hermosa chica que lo volvía loco.
[...]
En su habitación ella estaba mirando la noche por su ventana pensando en todo y en nada, sin saber cómo se había dado cuenta de algo... Quería que Félix la abrazará y la besará, así como en sus "recuerdos" y esa idea hacia que mirarlo fuera difícil, además él no tenía sentimientos por ella, él sólo estaba haciendo su trabajo y si hablaban es porque ella se lo había pedido, mientras suspiraba se escuchó un pequeño golpe en la puerta.
—Señorita Marinette,—habló Félix, era extraño que la llamara así, no había necesidad de eso, pero cuando continúo se dió cuenta del por qué—una mensajera de su Majestad he venido a verla.
Ella entró en pánico, se supone que la "ceremonia" sería mañana por la noche, no hoy, pero se obligó a calmarse.
—Ya salgo, un momento.
Ella fue a su tocador y se arregló, luego abrió su puerta y vió a una mujer medianamente mayor a ella, era una sirvienta del Palacio.
—Buenas noches señorita Marinette, su Majestad la ha invitado a cenar con él.—dijo la mujer.
Pero la hora de cenar ya ha pasado, pensó ella.
—Debido a su trabajo—continúo la mujer—no pudo comer a su hora, pero espera que no le moleste cenar con él.
—¿Molestarme?—dijo ella con nerviosismo—no, para nada, ya mismo voy.—ella miró a su guardia y luego a la mujer—¿Dónde debo ir?
—Sígame, la llevaré con su Majestad.
—Está bien,—ella empezó a caminar pero se dió cuánta de que Félix no la seguía así que se detuvo—¿No vienes?
La mujer se detuvo y se dió la vuelta.—Su Majestad sólo la ha llamado a usted.
—Oh... Ya, pero... Él es quién me cuida...
—No se preocupe, señorita Marinette, yo la cuidaré en el Palacio y la traeré de vuelta.
Ella miró a ambos y por alguna razón creyó ver qué Félix le asentía suavemente como si le dijera que haga caso y no sea terca, así que ella asintió y siguió a la mujer, esperaba que sólo fueran a cenar...
