Disclaimer: Crepúsculo es de Stephenie Meyer, la historia de LyricalKris, la traducción es mía con el debido permiso de la autora.
Disclaimer: Twilight belongs to Stephenie Meyer, this story is from LyricalKris, I'm just translating with the permission of the author.
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Bella no había pensado mucho en las barbas antes. Claro, en ocasiones sintió atracción pasajera por un hombre barbudo: extraños con los que se cruzaba en la calle o alguna que otra celebridad que la miraba desde la portada de una revista. Algunos hombres llevaban bien la barba.
Edward era el tipo de persona que parecía distinguido con barba. Era algo interesante que realzaba la robustez de su físico y la carrera que había elegido. La estética le causaba algo, eso no se podía negar.
Pero siempre pensó que besar a un hombre barbudo sería molesto.
Molesto definitivamente no era la palabra.
Era una sensación deliciosa: el suave vello a lo largo de su mejilla y barbilla mientras sus labios se presionaban contra los de ella. Pero claro, todo en este beso era solo eso: delicioso, puro placer y deleite. Sus labios se movieron sobre los de ella, suaves pero fuertes, insistentes. Ella le respondió fácilmente, inclinando la cabeza y colocando su mano en la nuca de él. Los dedos de él también fueron una experiencia nueva. Pasó las yemas de los dedos por su mejilla y por su cabello. Su piel era áspera, pero su tacto era tan ligero que ella se estremeció.
Besarlo fue una adicción instantánea. Un beso, dos, tres, no fueron suficientes. La electricidad que siempre existió como una entidad física en el aire entre ellos se convirtió en una tormenta eléctrica en toda regla. Los latidos de su propio corazón retumbaban entre sus oídos.
Alguna parte distante de su mente debatió las ventajas de dejar que él la tomara allí mismo, en el suelo de la cocina, antes de que él se levantara y la llevase con él. Luego, estaban en el sofá. Ella se sentó a horcajadas sobre él en su regazo. Las manos de él empujaron debajo de su camisa, sus grandes manos enviando sensaciones completamente nuevas a lo largo de su costado y espalda.
Realmente no había registrado el sonido de su teléfono sonando en el fondo. No la primera vez. Edward tampoco debió haberlo hecho, porque siguió besándola. Besos lentos, profundos y muy completos mientras sus dedos acariciaban la base de su columna.
Su teléfono sonó varias veces mientras sus dedos acariciaban un poco más arriba, y él gimió en su boca, un pequeño y encantador "Mmm", que la sacó de sus pensamientos. Su teléfono volvió a sonar cuando soltó su boca para dejar pequeños besos a lo largo de su mandíbula. Él usó la punta de su nariz para levantarle la barbilla y le dio un beso con la boca abierta en la garganta. Ella gimió.
Hubo varios sonidos más. Los dedos de Edward juguetearon a lo largo de la línea de su sujetador, justo donde ella más lo deseaba. Ella giró las caderas, instándolo a seguir.
El teléfono de él volvió a sonar y él levantó la cabeza. Ambos respiraban con dificultad.
―Joder ―siseó en voz baja.
Una fracción de segundo después, Bella se encontró sentada en el sofá. Sola. Edward ya estaba al otro lado de la habitación, dirigiéndose directamente a su bolsa de herramientas. Ella parpadeó, con el cerebro confuso, cinco pasos detrás.
Edward se enderezó con su teléfono en la mano.
»Joder ―dijo de nuevo. Se pasó una mano por la cara, sacudió la cabeza y empezó a tirar las herramientas en el bolso.
Parecía tan sonrojado y desaliñado como ella, balbuceando mientras recogía sus cosas.
»Bella. Demonios. Yo... lo siento. Yo… ―Miró su teléfono e hizo una mueca―. Mierda. Voy muy tarde. Para recoger a Emelia. Se suponía que debía recoger a Emelia. Maldita sea.
Ella estaba estupefacta; tan confundida. Sus palabras tenían sentido, pero no sabía realmente qué estaba pasando entre ellos. Podría ser un desprecio. Podría estar huyendo de ella tan rápido como pudiera.
Él llegó hasta la puerta antes de detenerse en seco. Él respiró hondo, giró y caminó hacia ella. Le rodeó la cintura con una mano y la atrajo hacia él mientras ella jadeaba. Y luego la besó.
Un apropiado y sorprendente beso.
―Te llamaré ―susurró segundos después cuando ambos estaban jadeando―, lo prometo.
Y luego se fue.
Y no se le ocurrió hasta mucho después, cuando él no había llamado después de todo un día transcurrido, que él no tenía su número de teléfono.
