Aqui esta mi nueva adaptación espero les guste.

**Los personajes son de Stephenie Meyer y la historia al final les digo el nombre de el autor


CAPÍTULO DIECISEIS

Chicago

Viernes, 16 de marzo 08:30p.m.

―Nunca me dijiste por qué elegiste entrar en leyes.

Bella levantó la vista de la cena, sorprendida. La pregunta de Edward había salido de la nada después de una pausa en su otra conversación, en la que él la había estado mirado como si tratara de ver directamente a través de su piel. O devorándola para el postre. No estaba segura de qué opción encontraba más inquietante.

Con cuidado, se limpió la boca con la servilleta y se encogió de hombros.

―Vas a pensar que soy irremediablemente ingenua.

Edward se estiró a través de la mesa y le cubrió la mano con la suya.

―Entonces yo sería irremediablemente cínico. Ella lo miró, con su sonrisa irónica.

―Lo eres.

Edward sonrió.

―Pero nunca antes me sentí tan malditamente feliz de ser cínico. Bella se echó a reír.

―Tanya siempre dice que soy del tipo Pollyanna.

Los dedos de Edward se apretaron alrededor de su mano.

―Espero que no ―murmuró.

Bella apretó los dedos de su mano libre contra su mejilla, sintiendo la oleada de calor. Misericordia. El hombre podía fundirla en un charco con tan sólo su voz. Edward levantó sus manos unidas a los labios y besó cada uno de sus dedos. Fue apenas un beso. Sin embargo, fue tan carnal que la sacudió hasta los pies.

―¿Bella? ―Había risas en su rica voz―. ¿Vas a contarme acerca de la escuela de leyes?

Bella parpadeó y su rostro volvió a entrar en foco. Sonreía con el gesto de un hombre que sabía que había logrado su objetivo. Y de alguna manera, eso la excitó aún más.

―La escuela de leyes ―repitió, tomando un gran sorbo de vino. Él lo había elegido para acompañar la pasta que había preparado, restándole importancia a su vergüenza de no saber qué vino elegir para acompañar cada comida, y aprovechando la oportunidad de enseñarle. Ella frunció el ceño, sólo un poco. De alguna manera la enseñanza había dado lugar a una amplia cata. Nunca antes había tomado tanto vino en su vida.

―¿Por qué el ceño fruncido? ―preguntó él, recorriendo el borde de los labios con un dedo. Bella miró hacia arriba, la culpa en su rostro.

―Me has achispado con tanto vino.

Edward llevó hacia atrás la cabeza y se echó a reír, recordándole la forma en que había visto a su hijo hacer lo mismo más temprano ese día. Cuánto de la calidez que la llenaba se debía al vino y cuánto era por saber que complacía a los dos hombres más importantes en su vida, no tenía ni idea.

Tampoco le importaba. Juguetonamente, lo golpeó con fuerza con la servilleta y se levantó para poner los platos en el fregadero. Por detrás de ella oyó su silla de raspar el suelo. Un golpe de su bastón y sus brazos estaban alrededor de su cintura, empujándola hacia él.

―Lo siento, Bella. ―Edward besó la parte superior de su cabeza―. Sólo que te ves tan adorable cuando estás indignada. Así que háblame de la escuela de leyes ―repitió.

Se relajó de nuevo contra él, amaba la sensación de su sólida fuerza. Tenía que decirle la verdad. Ella había elegido la escuela de leyes para ayudar a las mujeres maltratadas. Debido a que ella misma había sido una de esas mujeres. Era la entrada perfecta. Una que utilizaría más tarde, pensó, reacia a echar a perder su estado de ánimo juguetón. Más tarde.

―Bueno, es el período de tres años cuando se estudia la teoría de la ley y los estatutos y… Edward gimió.

―Así que no me lo dirás. A ver si me importa. ―Todavía la sostenía, meciéndolos muy ligeramente. Bajó la cabeza, besó su oreja―. Pero sí, lo hago, ya lo sabes ―murmuró al oído.

Sintió el estremecimiento de su cuerpo atormentado, de afuera hacia adentro. Ella volvió el rostro lo suficiente como para sentir sus labios rozar la mejilla.

―¿Hacer qué? ―susurró con voz ronca.

―Preocuparme por ti. ―Regó besos suaves como plumas a lo largo de la línea de su mandíbula. Los miembros de Bella se volvieron pesados y se hundió contra él.

Los brazos de Edward se apretaron al instante para mantener a su peso y luego, una mano se deslizó por su cuerpo con suavidad, para tomar su pecho. La inspiración de Bella sólo sirvió para presionar su carne más firmemente en su palma. La respuesta reflejo de Edward, fue llevar la otra mano hacia arriba hasta cubrir el otro pecho. Él simplemente la abrazó, permitiendo que Bella se acostumbrase a la posesión de su cuerpo por parte de Edward.

Porque eso es lo que era. Poseía su corazón y ahora reclamaba su cuerpo. Y ella no podía pensar en una sola razón por la cual no fuera lo correcto.

Luego, rozó sus pezones con los pulgares y ella ya no pudo pensar. Su pulso latía como mil tambores, toda sensación concentrándose en el lugar donde él la tocaba. Y donde no. Sintió el tirón líquido del deseo en su parte baja y se presionó contra él, en busca de alivio.

Edward gruñó en su oído, de forma profunda, desgarradora y absolutamente maravillosa. Las manos de Bella se deslizaron por su propio cuerpo hasta cubrir las de él, presionándolas más fuerte contra su pecho, sabiendo que eso no alcanzaba a aliviar la presión que se había convertido en un sordo dolor. Ciegamente volvió la cabeza, buscando su cálida boca. Encontrándola.

Él la devoraba con toda la boca abierta, con besos que la dejaban temblorosa y anhelante. Una de sus manos dejó de su pecho para vagar por su cabello, acercándola aún más su boca. La lengua de Edward buscó el acceso y negarle un contacto tan primitivo ni siquiera fue una opción. Ella hizo su parte, acariciando, explorando el húmedo y cálido interior de su boca, que tenía un sabor como el del vino que habían compartido. Dulce y potente.

Ella se estiró hacia atrás, con las manos aferrando la parte posterior de su cuello. Se alzó más a sí misma contra él, vagamente consciente de los gemidos de frustración que salían de su propia garganta.

Levantó la cabeza y el corazón dejó de latir. Sus ojos eran oscuros, no ocultaba lo que quería, con la boca mojada por la de ella. Ella podía oír el latido de su corazón en la quietud de la cocina. Lentamente, Edward a giró en sus brazos para tenerla frente a sí, enfrentándolo a él y a todo lo que el momento representaba.

―Bella , ¿me crees cuando te digo que te amo? ―susurró, su voz ronca y poco familiar. Ella miró dentro de su propio corazón y no encontró ninguna duda al acecho.

―Sí.

―¿Confías en mí?

Miró en su corazón una vez más. Y de nuevo no halló duda alguna.

―Sí. ―Ella no oyó la palabra proviene de su garganta pero Edward estaba evidentemente muy satisfecho con su respuesta.

―Ven conmigo, entonces. ―Enmarcó su rostro con ambas manos, suavemente acariciando sus mejillas con los pulgares. La besó, lento y dulce. Los párpados.

Pómulos. Comisuras de sus ojos. En todas partes, pero no sus labios. Y aun así, para cuando Edward levantó la cabeza, ella estaba temblando.

―Quiero llevarte a… lugares.

Bailó a su alrededor y la llevo hacia el arco que separaba la cocina de su sala de estar. Bella tragó, una partícula de miedo insinuándose en su mente.

―¿Lugares?

Él tomó el mentón entre el pulgar y el índice y suavemente la obligó a mirarlo a los ojos. Su otra mano agarró con firmeza su bastón y paso a paso se balancearon hacia la sala oscura.

―Lugares maravillosos. Tú eliges.

―¿Y-yo?

Estaban en la sala de estar ahora, a pocos metros del largo sofá que abarcaba la mayor parte de la pared más larga en la sala. Él sonrió y rozó sus labios con los suyos.

―Sí, t-tú.

Se detuvieron, cuando la parte de atrás de sus piernas tocó el sofá y se puso serio.

―Te prometo que no haremos nada que no quieras hacer. Prometo que me detendré cuando tú lo digas. Alguien te lastimó, Bella. Puedo verlo en tus ojos cada vez que te digo que te quiero o que eres hermosa. Te prometo que algún día me lo creerás, porque yo nunca te mentiría. Sólo necesito una promesa de ti.

Los ojos enormes, la lengua inoperante,Bella sólo pudo asentir.

―Quiero que me prometas que recordarás quién soy. ¿Puedes prometerme eso, Bella? Sus ojos se llenaron rápidamente de lágrimas y ella parpadeó para alejarlas.

―Edward...

―¿Me lo prometes? ―insistió él, rozando las lágrimas de sus mejillas.

―Te lo prometo ―susurró.

―Quería encender un fuego, poner música, hacerlo perfecto para ti ―murmuró, acariciando su rostro.

Tocada hasta el fondo de su alma, Bella levantó las manos a su cara. Edward se volvió para presionar sus labios contra una palma y luego la otra. Sus dedos acariciaron la columna fuerte de su cuello y sintió el orgullo de la emoción cuando Edward se estremeció. Ella tenía la capacidad hacer temblar a este poderoso hombre. Fue... un descubrimiento.

Ella corrió sus dedos por el crispado y corto cabello de la nuca y tiró la cabeza hacia abajo, besándolo con toda la renovada confianza que poseía. Su recompensa fue otro de sus profundos y guturales gemidos, que hizo que sus entrañas se derritieran como mantequilla en un día caluroso. Él tomó el control del beso, cubriéndole la boca con los labios y los pechos con sus manos. Bella cerró los ojos y sus rodillas cedieron cuando Edward la guió hasta la suavidad del sofá.

Oyó caer su bastón en la alfombra. Su último pensamiento coherente fue que el sofá de Edward era más grande que su cama. Luego, Edward se reunió con ella, acomodándose entre sus piernas, deslizando las manos por debajo de su cabeza para acunar su rostro.

―Mírame ―susurró.

Con dificultad, se obligó a abrir los ojos. Estaba cerca, tan cerca que podía ver cada una de las pestañas que enmarcaban sus ojos. Ojos que la miraban tal intensidad, que hizo que su corazón empezara a golpear de nuevo.

―Dime que me amas, Bella.

Ella levantó la mano hacia la mandíbula de Edward y sintió los músculos apretados por debajo de sus dedos.

―Te amo, Edward.

Otro fuerte estremecimiento recorrió el cuerpo de Edward y apretó los dientes, empujando su pelvis contra la de ella. La cresta dura de su erección dio un suave golpe en el mismísimo lugar que estaba anhelante de él. Ella sintió que sus caderas se elevaban por propia voluntad para encontrar la de él a medio camino.

―Oh, Dios ―susurró con voz ronca.

―¿Qué? ―Bella lo besó en la barbilla, el labio inferior, la mandíbula, el cuello. Todo lo que podía llegar con su peso presionando sobre ella.

Se estremeció de nuevo.

―Siento como si me pudiera correr sólo con que levantes las caderas.

El escalofrío que le corrió por la espalda hasta su centro, provocó que por reflejo se levantase contra él una vez más.

―Detente ―siseó. Era una advertencia―. Quiero mostrarte tantas cosas, Bella. Quiero hacerte sentir tan increíble. No me hagas llegar demasiado pronto.

Sus palabras estaban logrando más que sus besos. Tenía que acercarse más. Ella abrió más las piernas, levantando las rodillas para agarrar sus caderas. Eso estaba mejor, él estaba más cerca, pero aun no lo suficiente. Capas de ropa todavía la separaban de la parte de él que hacía que su cuerpo anhelara. Ella se retorció de forma experimental, y quedó sin aliento por el placer que sintió.

―Maldita sea, Bella. ―Edward la presionó más fuerte contra el sofá, inmovilizando sus caderas anhelantes―. Yo… ―Él nunca terminó el pensamiento, con las manos bajo su suéter, encontrando la suavidad de sus pechos. Ella arqueó la espalda, desesperada por más, gimiendo cuando él se lo dio, empujando su suéter hacia arriba, su sostén hacia abajo y bajando la boca hacia su pezón en un único movimiento abrasador. Ella volvió a gritar, pidiendo con su cuerpo que tomara más de ella en su boca. Lo hizo, azotando ahora su sensible pezón con la lengua. Sus pechos nunca, nunca habían sido una fuente de placer y ahora el placer era tan intenso que pensó que podría morir por él. Impaciente, lo tomó del mentón y tironeó hasta que pasó al otro pecho, gimiendo su aprobació levantó la cabeza y miró su obra, sus pezones ahora erectos y tirantes. Y húmedos.

Levantó los ojos a los suyos.

―Eres hermosa ―dijo con voz áspera―. Y también estás usando demasiada maldita ropa. ― Tomó su jersey por el ruedo y en un solo movimiento se lo pasó por la cabeza, arrojándolo... para algún lado.

Su mente de inmediato corrió a las cicatrices en el cuello, agradecido por la oscuridad. Oró no se vieran en la oscuridad. Luego se olvidó de sus cicatrices, cuando Edward buscó con sus manos el cierre frontal de su sujetador, los nudillos rozando los pezones doloridos hasta que ella gimió.

Bajó la cabeza para rozar la parte inferior de un pecho, arrancándole un suspiro de lo más profundo. Le prodigó besos de un pecho a otro, mordiendo ligeramente.

Nunca lastimando. Siempre con placer. Los succionó, conduciéndola cada vez más alto hasta que se arqueó en su boca abierta, una vez más. Sus caderas se retorcían, subiendo hasta cerrar la distancia entre sus cuerpos. Ella gritó, llamándolo por su nombre, pidiéndole más.

Edward levantó la cabeza y movió su peso a un lado.

―Bella, mírame.

Con los ojos vidriosos, miró la hermosa cara. Sintió que sus músculos se convulsionaban cuando él ahuecó su mano en la unión de sus piernas, los dedos moviéndose sin descanso contra la tela de sus viejos vaqueros azules en un ritmo que entendió instintivamente.

―¿Es esto lo que querías? ―Le preguntó, con voz tan áspera que era casi irreconocible. Ella asintió con la cabeza, mordiéndose los labios. Dejó caer sus labios a los de ella, besándola duro―. No trates de ocultarme todos esos pequeños gritos, Bella. Son míos. ―Volvió a besarla, apretando los dedos contra ella, posesivo―. Lo he pasado en mi cama soñando con esto. Soñando contigo. Soñando con los sonidos que ibas a hacer cuando te hiciera el amor. Con todas las cosas que me pedirías. Por favor, Bella. Quiero oírte pedirme todas las cosas que te hacen gritar.

―Edward. ―Ella levantó sus caderas, persiguiendo el tacto de sus manos en sus partes más privadas y protegidas. La besó en la boca, los pechos, trabajando con fuerza hasta que cada impulso de la mano elevó las caderas del sofá. Ella lo deseaba. Lo quería en su interior. Era maravilloso. Un milagro. Ella estaba tocando el mismo cielo.

Y luego se detuvo. Una vez más, la obligó a abrir los ojos. Él estaba mirándola, su mandíbula apretada.

―Te preguntaré esto sólo una vez. Te prometí que pararía cada vez que quisieras. Bella lo acarició, moldeando la mano contra su erección a través de sus pantalones.

―No te detengas. Por favor.

Él susurró un juramento y se puso de rodillas, tirando para liberarse de su camisa. Ella miró, asombrada cuando el pecho más hermoso que había visto en su vida surgió de debajo de esa camisa blanca. Amplio, los músculos como cables gruesos, cubierto de denso, y rizado vello grueso y oscuro. Luchó con el botón de la manga y dio un tirón hasta que el botón salió volando. Su camisa aterrizó en el suelo junto al sofá. Bella se sentó y pasó las manos por toda la amplitud de su pecho, por el vello rizado y sus manos se detuvieron en el botón de sus pantalones. La cabeza de Edward cayó hacia delante y su rostro se tensó mientras absorbía el tacto de sus manos sobre su cuerpo. Él, obviamente, había estado esperando a que ella hiciera justamente eso mismo. Esto era nuevo, increíble. Que ella pudiera traer semejante placer a su rostro. Arrastró las puntas de sus dedos por su pecho hasta donde se afinaba, a la altura de la cintura.

Ella le retiró las manos y levantó la vista, para encontrarlo con los ojos abiertos, mirando hacia ella con una intensidad que le sacudió el alma. Con los ojos fijos en su cara, ella soltó el botón de la cintura y deslizó lentamente la cremallera abajo. El pecho de Edward se expandió con una inspiración profunda y esperó.

Bella metió la mano por la cintura elástica de sus calzoncillos y la cerró alrededor de su carne caliente y palpitante. El aliento que había estado conteniendo escapó con ímpetu.

―Por favor, no me pidas que me detenga ahora. ―Ella lo apretó ligeramente, pasando los dedos arriba y abajo de su hinchada longitud―. Por favor...

En respuesta, ella tiró de sus pantalones.

―Dios. ―Se puso en pie y dejó caer los pantalones y los calzoncillos en el suelo en un tintineo de llaves y monedas. Se dejó caer sobre una rodilla y encontró el condón que había deslizado en el bolsillo―. Sostén esto ―murmuró, empujando el paquete en su mano.

La realidad se entrometió.

Ella se quedó mirando el paquete, tratando de controlar su pánico. Él esperaría que ella se lo pusiera. En toda su vida nunca había usado uno. A continuación, sus preocupaciones se duplicaron mientras él arrastraba los pantalones vaqueros y las bragas por sus piernas. El aire fresco contra su cuerpo caliente fue una sacudida.

Ella estaba expuesta. Más expuesta de lo que nunca había creído que estaría nuevamente.

Ya era hora. A través de su meticulosa preparación, no había recordado ni una vez el dolor del sexo. Ahora lo hacía.

Ahora lo hacía.

―Bella. ―Ella miró lejos, incapaz de mirarlo a los ojos ahora que el momento estaba tan cerca―. Mírame. ―Ella lo hizo, y luego volvió a retirar la mirada. Él tomó el paquete de su mano y lo oyó rasgar el papel, sintió ceder el sofá cuando se acomodó entre sus muslos―. Por favor, mírame.

Ella trató de mirarlo a los ojos. No podía.

Él le dio un toque a su entrada con lo que parecía ser una barra de hierro. Se puso tensa. No pudo evitarlo.

―Te deseo. Dios, te deseo tanto. ―Él siguió adelante, recuperando el aliento―. Te quiero,Bella. No quiero hacerte daño, nunca, pero te quiero tanto que creo que voy a morir si me detengo. ―Cerró los ojos―. ¿Quieres que me detenga?

Sí, lo quería, desesperadamente. Sin embargo, ella levantó la mano a su rostro, no queriendo privarlo. Ella sobreviviría. Lo había hecho antes. Pero esta vez sería diferente. Valdría la pena, por mucho que le doliera. Ella lo amaba. Esa sería la diferencia. Lo haría.

―No te detengas ―susurró, y luego se preparó para la rápida intrusión. Sus hombros se estremecieron cuando el alivio recorrió su cuerpo.

―No voy a hacerte daño. Te lo prometo. ―Edward se guió a sí mismo, empujando, presionando―.

Lo siento ―susurró―. Eres tan estrecha.

Su cuerpo se tensó, involuntariamente, alejándose de él.

―Acuérdate de tu promesa, Bella ―rogó, la voz con una mezcla de bronca y dulce súplica―. Recuerda que prometiste pensar en mí, porque sabes que te amo.

Relájate, Bella. Por favor. Déjame llevarte a un lugar mucho mejor.

Y mientras la calmaba, empujó hasta que se unió totalmente a su cuerpo. Estaba... dentro de ella. Y no le dolió.

―Recuerda que te amo. ―Empezó a mecerse y su cuerpo comenzó a sentir la agitación de placer que había despertado antes con tan poco esfuerzo. Se relajó, con las rodillas levantadas para atraerlo más profundo. El gemido de Edward le dijo que había hecho bien. Edward metió la mano entre ellos, encontrando el punto exacto que la hizo arquearse contra él y gemir. Él entró y se retiró, una y otra vez, hasta que ella fue excitándose nuevamente, más y más alto. Casi...

―Edward. ―Lo tomó por los hombros y se mordió el labio. Entonces se oyó gritar cuando su cuerpo finalmente tocó el cielo en todo su magnífico esplendor por primera vez. Gimiendo su nombre, Edward se unió a ella, su cuerpo poderoso sacudiéndose y estremeciéndose hasta encontrar profunda satisfacción dentro de su cuerpo.

Se dejó caer en sus brazos y ella lo recibió, dando la bienvenida a su peso, acariciándole con las manos la espalda húmeda. Si la cumbre había sido abrumadora, el momento después fue suficiente para acabar con ella. Se sentía tan entera. Tan bien. La emoción se precipitó en una ola y lo apretó con más fuerza, enterrando la cara contra la solidez de su hombro. Edward no levantó la cabeza hasta que escuchó su sollozo, su expresión era devastadora.

―Te he hecho daño. Dios, Bella, lo siento mucho.

Ella negó con la cabeza, esperando que algún día pudiera hacerlo comprender.

―No, no lo hiciste. No dolió, Edward. ―Por primera vez, sabía lo que Dios había predestinado. Por primera vez, había dado su cuerpo libremente. Por primera vez, había sentido el placer supremo. Por primera vez, no ha habido dolor desgarrador, ni lágrimas.

Él la miraba, tratando de ver el interior de su alma, aun cuando su cuerpo estaba inmerso en ella.

―¿Quién te lastimó,Bella?

Se lo podría haber dicho entonces, pero su cuerpo seguía sintiendo la ondulación de las sensaciones que él le había regalado. Permitirse el recuerdo le parecía una invasión obscena.

―No tú ―susurró, retirándole el pelo de la frente―. No tú.

Chicago

Viernes, 16 de marzo10:00p.m.

Le había llevado cinco cervezas soltar la lengua de la muchacha. La primera probablemente fue para contrarrestar la cafeína del café que le había comprado primero. Witherdale miró hacia la barra desde el otro lado de la pequeña mesa del bar superpoblado que, convenientemente, había olvidado pedir la identificación de la evidente menor. Ahora, finalmente estaba comenzando a mostrar cierto efecto por las cervezas que había vaciado en su garganta.

―¿Así que no estás dispuesta a decirme lo que te trajo a la casa de tu amiga esta noche? Bree puso los ojos en blanco y apoyó la barbilla en su puño.

―Es muy vergonzoso.

―Eso es una tontería. ¿Qué tan malo puede ser?

―Muy malo ―respondió ella con tristeza―. Atrapé a mi amiga besando al tipo que pensaba...

―¿Pensabas que estaba interesado en ti?

―Sí. Estúpido, ¿eh?

―No, en absoluto ―respondió él sin problemas―. Entonces, ¿cuál es el nombre del tipo? Ella frunció el ceño y tomó otro saludable trago de cerveza.

―Edward. ―Se limpió la boca con el dorso de la mano―.Edward Cullen. Él es mi jefe en Carrington College. O lo era, de todos modos.

Cullen Edward. Un nombre para ponerle a la cara del lisiado. Un nombre para concentrarse mientras planeaba la venganza contra su tramposa mujer. El sonido de su voz fue suave e incrédulo.

―¿Te despedirían por atraparlo besando a tu amiga? Eso no tiene sentido.

―No, me despedirían por abofetear a Bella y decirle que la odiaba.

―¿Hiciste eso?

Ella bajó los ojos a la mesa.

―Sí. Deseé no haberlo hecho en el mismo momento en que lo hice, pero no pude contenerme. Se veía tan... sorprendida de que yo la hubiera golpeado de esa manera.

¿Mary Grace sorprendida de una pequeña bofetada? Se había vuelto suave en siete años.

Habría que solucionarlo pronto.

―¿Por qué le diste la bofetada a ella?

―Pensé que me lo había robado. ―Se estremeció―. Dios mío, qué humillante.

―Así que... ¿Cuánto tiempo había estado ocurriendo esto entre tu amiga y tu jefe? Bree se encogió de hombros.

―Desde que él llegó, supongo. ¿Hace dos semanas? Parece más tiempo.

Dos semanas. La ironía no pasó desapercibida para Witherdale.

―Así que si él era tu jefe, ¿cómo fue que tu amiga lo conoce?

―Bella es su secretaria. Me iba... Me iba a dejar su trabajo una vez que se graduara. Ella va a la escuela de leyes.

Witherdale tuvo que luchar para recordar quien se suponía que él era y no permitir que la mandíbula cayera en estado de shock. ¿Mary Grace se graduaba de la universidad? ¿Yendo a la escuela de leyes? No era posible.

―Tal vez sólo está con este tipo para graduarse ―sugirió, incapaz de pensar en otra manera en la que ella pudiera tener un diploma en sus manos.

Bree sacudió la cabeza.

―Oh, no. Bella nunca haría eso. Ella es demasiado inteligente como para hacer eso. De hecho, ahora que pienso en ello, Edward es el primer hombre con el que Bella ha estado involucrada desde que la conozco.

―¿Y cuánto tiempo hace que la conoces? Bree levantó uno de sus hombros delgados.

―Dos años. La conocí en un refugio para fugitivos. Es voluntaria. Yo estaba huyendo. ―Sus ojos se llenaron de lágrimas―. Ella es una de las mejores personas que he conocido. No puedo creer que la haya golpeado. La golpeé tan fuerte que cayó al suelo. No puedo creer las cosas que le dije. Y ella nunca se defendió. Ella se quedó en el suelo, mirándome.

Witherdale consideró a la chica con un poco de más respeto. Había puesto a Mary Grace de culo en el suelo. Era lo suficientemente buena.

―Tal vez ella sabía que era verdad. Quizás se sentía culpable.

―No. Ella no me miraba así. Era más como si estuviera decepcionada de mí. ―Se secó las lágrimas de su rostro―. Ethan dice que eso es lo peor, cuando ella lo mira así. Él preferiría que lo castigara, a que le dirija esa mirada.

Ethan Swan. El nombre en los trofeos de Jimmy.

―¿Quién es Ethan?

―El hijo de Bella. Él y yo somos amigos. ―Ella se encogió de hombros de nuevo―. Es un buen chico. Con suerte también, por tener una mamá como Bella después de todo lo que ha pasado.

Witherdale se puso rígido.

―¿Qué le ha pasado? Bree vació el vaso.

―Él tenía un hijo de puta por padre. Peor que el mío. Witherdale se clavó los dedos en el muslo.

―¿Cómo es eso?

Ella intentó apoyar la barbilla en el puño… y falló. Lo intentó de nuevo con más éxito.

―Sobre todo odia a su padre por golpear a su madre. El hijo de puta al parecer le hizo algunas cicatrices muy malas que Bella no deja que nadie vea. Él realmente lo odia. De hecho, una vez me dijo que solía desear que alguien simplemente matara a su padre y se hiciera justicia. ―Ella se acercó, murmurando en voz baja―. Su padre es policía en alguna parte. Se supone que yo no debo saber eso. ―Se sentó, con la mano sobre su boca, los ojos registraban el asombro que solo un borracho realmente puede lograr―. No debí decir eso.

Witherdale se obligó a sonreír.

―No te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo. ―En su interior, maldijo a Mary Grace brutalmente. Había envenenado a su hijo al punto de que Jimmy lo odiaba.

Quería que estuviera muerto.

Pagaría un alto precio por ello.

Planeó mentalmente. Si Jimmy lo odiaba, el niño no se iría con él voluntariamente. A su juicio, por el tamaño del traje y los zapatos que había visto en el armario de Jimmy, obligar a su hijo a ir con él no sería tan fácil. Él podría hacerlo, pero el muchacho haría una escena, y escaparía de nuevo con su puta madre tan pronto como pudiera. Tendría que cortar las faldas de una vez por todas.

―Así que, ¿dónde es que está tu amigo ahora? A lo mejor te puede ayudar a suavizar las cosas con su madre.

―Tal vez cuando regrese. Se fue de campamento. ―Ella arrugó la nariz―. En tiendas de campaña.

Witherdale tenía pegada una sonrisa.

―Cosas de chicos.

―Sí. Pero él debe estar de regreso para el miércoles o el jueves. Espero arreglar las cosas con Bella antes de que él vuelva. Ethan no estará feliz conmigo por golpear a su madre, tampoco.

―¿Miércoles? ―preguntó, la última parte de su declaración zumbando por su oreja―. ¿Su madre lo deja salir de la escuela para ir a acampar? ¿Qué clase de madre es, de todos modos?

Bree se encogió de hombros de nuevo, con lágrimas en los ojos.

―El tipo que yo siempre quise tener. Está en vacaciones de primavera. Ella no lo dejó ir hasta que él trajo sus notas de matemáticas de B para arriba. Ella es la mejor madre que he conocido. Y la mejor amiga. ―Las lágrimas corrían por sus mejillas―. No puedo creer que me haya vuelto contra ella de esa manera, Mike. No puedo creer que en realidad haya pensado que Edward estaba interesado en mí. Los hombres me odian. Dios, creo que podría morir.

Witherdale, mantuvo la sonrisa en su lugar con una gran cantidad de esfuerzo. Él le acarició la mano.

―Eres una chica bonita. Encontrarás otro chico muy pronto. Ella sorbió los mocos.

―¿Crees que soy bonita?

Cinco cervezas la habían vuelto crédula. Otras pocas la harían masilla en sus manos. Ella no era tan fea después de todo, y podría necesitar ayuda para hacer cambiar de idea a Jimmy. Hizo una seña a la camarera.

―Otra ronda, por favor.

Chicago

Viernes, 16 de marzo11:00p.m.

―Quédate ―susurró Edward, acercándola más, sintiendo retorcerse su redondo trasero contra su ingle. La breve agitación en sus entrañas se calmó casi tan pronto como había empezado. Estaba saciado por completo, más feliz de lo que había estado en toda su vida. Ella estaba aquí, en su cama, con la cabeza en su almohada, su perfume metiéndose en su nariz cada vez que se movía. Habían subido juntos las escaleras después de esa experiencia trascendental en su sofá, a tientas en la oscuridad, cayendo sobre su cama. Y habían hecho el amor una y otra vez.

Increíblemente, la segunda vez había sido aún más notable que la primera.

Se apoyó sobre el codo y miró su perfil, apenas visible por la luz que se derramaba desde el pasillo. Tenía los ojos cerrados, también los labios, pero sonrió. Él rozó sus labios contra su sien.

―Quédate conmigo esta noche ―dijo de nuevo y suspiró.

―De acuerdo.

Su corazón se relajó y volvió a hundirse sobre la almohada, con los brazos alrededor de su cintura.

―Te quiero, Bella.

―Mmm. ―Su voz era somnolienta. Totalmente sexy―. También te amo. Creyó que estaba dormida cuando abruptamente giró sobre su espalda.

―Edward.

Él abrió un ojo.

―¿Qué?

―Prometiste a Sam que mañana harías con él ese taller de baloncesto. Maldita sea. Había tenido la fantasía de pasar el día entero en la cama con ella.

―Me había olvidado de él. Por suerte para mí, tengo mi propia agenda de citas. ―Besó la punta de su nariz.

―Ya que no te molestas en leer la agenda, es una suerte para ti que esta te hable ―dijo Bella con aspereza, pero sus labios sonreían aún.

Edward se rió entre dientes.

―Por suerte para mí que hace mucho más que hablar. ―Tres, dos, uno. Sus mejillas se sonrojaron en el momento justo―. Ven conmigo. El taller sólo debe durar dos horas.

―No tengo nada de ropa. Él sonrió.

―Tienes mi camisa. ―Y ella la llevaba abotonada hasta el cuello. La había tomado antes de subir las escaleras y él la dejó hacer, con la intención de socavar su puritana modestia a la primera oportunidad. Él quería tenerla desnuda en su cama. Deliberadamente tiró de los botones en el cuello, dejando al descubierto su piel pálida. Pasó el dedo por la garganta, y luego deslizó su mano dentro de la camisa y cubrió su pecho.

―¿Qué más podrías querer? Levantó una ceja.

―¿Pantalones y ropa interior?

―Muy sobrestimada. Cubre todas las cosas importantes. Ella tiró de un mechón de su cabello.

―¿Me llevas a mi casa mañana por la mañana? Puedo cambiarme de ropa y hacerte el desayuno antes de ir a la cita con Sam.

―Hecho. ―Besó la punta de su nariz, tan feliz que apenas podía contenerse―. Ahora duerme.