Todo había acabado. Tras cerca de doce años liderando el Ministerio de Magia Británico todo se había desmoronado como un castillo de naipes. Ahora se mordía las uñas mientras intentaba pensar en las palabras que le diría a su homólogo británico. Debía confesar su horror y como volverían a comenzar los sucesos extraños que tendrían que opacar.

Fudge recordaba bastante bien lo ocurrido en la otra guerra. Recordó la discriminación, el miedo y como el único lugar seguro era Hogwarts. Ninguna familia mágica era imprescindible y muchas casi se habían extinguido en el transcurso de la guerra. Voldemort era inmortal, al menos eso era lo que parecía. Poderoso, mucho más que todos los magos a los que se había enfrentado y cuando podía ser vencido se retiraba.

Pero no era la fuerza mágica lo que había mantenido la primera guerra por tanto tiempo. Lo que la había mantenido era las riquezas de los sangre pura. Salas llenas de oro capaces de liberar a cualquier preso de sus peores pecados. Recordó momentos pasados cuando Bellatrix Lestrange recién casada se paseaba por el Ministerio y el Callejón Diagon impunemente a pesar de tener cientos de torturas a sus espaldas. Fudge odiaba aquello pero también sabía que su cobardía y sus ansias de olvidarlo todo habían causado más mal que bien.

El sonido de la puerta abierta sacó al hombre de sus cavilaciones. El primer ministro muggle le miró despectivamente. Era comprensible. En los últimos años le habían informado de fugas varias, accidentes mágicos e incluso transporte de dragones. Pero esos eran minucias ante la verdadera magnitud de lo que tenía que contarle. La guerra había vuelto y está sería su última reunión.

—¿Qué quieres ahora Frugde? —el muggle era incapaz de pronunciar su nombre correctamente. Relajó su semblante mientras se pasaba las manos por la cabellera canosa y sujetaba la varita temeroso. Curioso comprobó que uno de los ayudantes del muggle era el auror Shacklebolt.

—Tengo que contarle asuntos importantes para nuestros mundos—dijo taciturno—¿Recuerdas los sucesos ocurridos hace quince años?

El hombre arrugó la nariz mientras sacaba papeles de un cajón. Era un gran tomo de archivos clasificados. Los ojeó mientras decía—Asesinatos, mordeduras de criaturas desconocidas, pueblos incendiados, ataques nocturnos, destrucción de propiedad y puentes…una extraña marca… ¿A eso te refieres?

Asintió y decidió explicarle—Verá hace años un mago de nuestro mundo quiso dar un golpe de estado apoyado por los sectores conservadores de nuestra sociedad. Eso desencadenó una guerra civil que se implicó en vuestro mundo…ahora ha vuelto a estallar.

El hombre arrugó la nariz—¿Quince años de paz? Ni que fuésemos comunistas…por dios—quejándose.

—No fue paz—dijo Fudge—Verá el mago falleció…ahora ha vuelto.

—Nadie vuelve de la muerte—dijo claramente—Ni siquiera por arte de magia.

Fudge bajó la mirada diciendo—Eso es cierto. Nunca hemos conocido a nadie capaz de regresar de la muerte pero…es claro que ha vuelto. Yo mismo lo vi con mis propios ojos—miró al hombre serio—Ha vuelto y es previsible que vuelvan a suceder ataques a pesar de nuestra protección.

El primer ministro se alarmó y dijo—¿Cómo esperas que detengamos a un ser capaz de regresar de la muerte? —miró a Fudge y dijo—Enmascarar los crímenes no servirá Fudge…si ese ser cree ser mejor que usted entonces cédele el cargo.

—Pensé que usted creía en la democracia—habló Cornelius.

—No quiero ver a mi país masacrado por un loco invencible—estalló—Usted ha sido un inútil. Primero fugas en masa, luego ataques en los mundiales de su deporte…ahora esto. ¿Piensan los magos facilitarnos la vida?

Miró al auror y dijo algo molesto—Sí. Su trabajador en realidad es un auror, un…policía mágico encargado de protegerle a usted.

Miró a Kingsley y este con un movimiento cambió sus ropas de un trajo simple monocromático a unas túnicas moradas y azules que contrastaban mucho con su piel. Levantó la varita con curiosidad y le dijo.

—Espero haber hecho mi trabajo bien, señor—respetuosamente.

—Dios mío…él era uno de los suyos—intrigado—Ya decía yo que archivaba demasiado rápido. A pesar de todo Fudge entiendo que seguirá a mi disposición. Es un miembro capaz de mi equipo.

—No es decisión mía. Pronto seré sustituido.

Sonrió y dijo—Espero que su sustituta sea más efectiva que usted y nos garantice paz.

Fudge se fue a retirar y dijo—Sí. Al menos lo intenta. Es una mujer seria y fría…capaz de tratar con estos asuntos mejor que yo—describiendo a la perfección a Madame Bones—De momento usted no tiene por qué preocuparse…muy pocos seguidores escaparon en la última batalla. La mayoría están siendo interrogados o presos.

Kingsley dijo con voz silenciosa—Debería abrir las cortinas Ministro…—mientras con un movimiento de varita lanzó un maleficio que atravesó el cristal. El poder mágico del auror quedo patente cuando la luz chocó con un coche que se avecinaba hacia ellos volando. Se detuvo en el aire y cayo lentamente como una pluma.

—Dios mío—dijo Fudge alarmado—El…el…puente

A lo lejos un puente metálico parecía estar fracturándose. Las cuerdas metálicas que sujetaban el puente se estaban soltando y el sonido era perceptible incluso a varios kilómetros. Con un último sonido varios pilares cayeron rompiendo la carretera en varios pedazos. Una luz verde salió en dirección al cielo proyectando una calavera.

—Espero que esto sea el final—dijo el ministro muggle—La última vez que el puente se rompió—miro acusadoramente a Fudge—sus agentes tardaron un año en montarlo de nuevo.

—Esto es solo el principio—advirtió Kingsley mientras lanzaba hechizos a gran distancia logrando salvar muchos coches. A pesar de todo muchos morirían ahogados en el Támesis. Era demasiada distancia incluso para un auror competente como él.

El ministro se asomó y divisó grandes humaredas y escombros sobresaliendo del cauce del río. Se llevó las manos a la cabeza mientras observaba el desastre que acababa de ocurrir. Aguzó la mirada y pudo ver que el destello se había convertido en una gran calavera con una serpiente que poco a poco comenzaba a moverse, por suerte el sol lo opacaba. Observó que sobre uno de los pilares derruidos había una sombra negra que se distinguía como un humano vivo.

Con algo de miedo ante la demostración de poder dijo—¿Cuántos han podido causar este desastre?

Kingsley miró al aire, cerró los ojos intentando sentir la firma de cada persona. Fudge dijo simplemente—Muchos han sido atrapados…no se preocupé está vez el dinero no comprará sus libertades—esperanzado de que personas como Lucius no regresasen al Ministerio—Esto solo ha podido ser causado por Lestrange…

El auror negro dijo—Ella suele actuar en solitario…se cree superior a cualquiera—dando su modus superan di.

Fudge suspiró diciendo—Ella lo es…—tristemente dijo—Es increíblemente superior…casi nadie puede lidiar con ella.

—Deberían matarla entonces…a la menor oportunidad—pensó el muggle.

Kingsley alarmado dijo—Eso no nos diferenciaría de ellos ministro…siempre intentamos capturarlos vivos. Aunque perdamos amigos en la pelea—tristemente como si la verdad de sus actos no fuese suficiente. Las estrategias de Dumbledore eran éticas pero en una guerra eso se debería de dejar atrás.

—Eso os hace ineficientes—dijo una voz femenina seria—Vuestra organización es débil e ineficiente. Albus debería saber que está vez no está poniendo en peligro a promesas del cuerpo de aurores o magos talentosos sino a adolescentes y ancianos…Es trabajo del Ministerio no de vuestra orden.

Fudge se contrajo de miedo al ver a Madame Bones frente a ellos. La bruja parecía haber engordado un poco lo que le sentaba espectacular a su figura. Ya no portaba su monóculo y vestía una túnica regia y con el símbolo de los aurores y del Ministerio. Lo único que había conservado eran sus enormes mamas que seguían igual de firmes solo que ahora ya no era tan extraño verlas en conjunto. Su cuerpo ahora encajaba más con su busto y eso la hacía más terrenal. El muggle instantáneamente observó sus mamas y tuvo una erección notable.

—¿Quién es usted?

—La ministra de magia—confiada. Sabía que nadie tenía más poder en el Ministerio que ella. Con Lucius y Dolores apartados de escena, el puesto fue suyo en unos días.

Kingsley habló calmadamente dirigiéndose a su jefe—Madame no creo que Rufus esté capacitado para dirigir el cuerpo de aurores. Le gusta demasiado la fama…No se centrará bien en la guerra y no podemos perder a más hombres en cacerías sin sentido.

Amelia miró al hombre pausadamente mientras observaba por la ventana la destrucción del puente. Horrorizada dijo—Él tiene otra misión. No dirigir la guerra fuera, sino dentro.

—¿Dentro? ¿Ese tal Rufus es un jefe de espías o qué?

Acotó secamente diciendo—Los asuntos internos del Ministerios no son sus asuntos…Pero necesitamos oro y necesitamos asegurarnos de que no hay espías. El mando real de los aurores recaerá en mí. Él solo ordenara asuntos internos—miró al puente y dijo—Mi prioridad será cazar a los pocos mortífagos que siguen fuera de Azkaban. Necesitaremos reclutamientos de jóvenes y llamadas a recién retirados. Necesitamos muchos números—todo ignorando al ministro muggle.

Kingsley se retiró escoltando a Fudge de regreso al mundo mágico. Mientras Amelia miraba al hombre muggle fijamente. Sabía que el muggle era un pervertido sexual obsesionado desde hacía minutos con sus enormes pechos. Estaba acostumbrada a eso y poco le importaba pero necesitaba llevarse bien con él a pesar de todo.

—Creame…la guerra acabará pronto.

—¿Cómo puede acabar pronto cuando se enfrentan a algo invencible? —dijo el hombre atemorizado.

Bones no sonrió sino que dijo—Creyendo que podemos. No dejándonos vencer por el miedo y el horror que causa. Por cada mago que asesine diez más se levantan.

—¿Y si no queda nadie? ¿Qué pasará? —dándose cuenta de la horrible realidad. Habían derribado un puente asesinando a multitud de personas. Si esto se alargaba sería peligroso.

—Usted será puesto bajo imperius o directamente asesinado—rápidamente—Yo seré asesinada o me dejarán tan destruida mentalmente que acabaré siendo esposa o juguete, más bien, de cualquier supremacista.

Iban a seguir hablando cuando un lince plateado se estrelló contra la ventana. La voz calmada de Kingsley sonaba extremadamente seria y apretada. El mismo muggle se dio cuenta de que algo malo ocurría. Con voz desesperada dijo—Inferis…en el mundo muggle. Han enviado carne de cañón a sobrepasar las defensas de los hogares mágicos. Madame Bones vaya a su hogar…la orden no aguantará mucho más en el exterior.

—¿Malas noticias? —al ver el ceño fruncido de la mujer. —Puede que pronto le visite mi sucesor…—sonriendo jocosamente. Mientras se desapareció dejando atontado al hombre.