La música tocada por la orquesta en aquella fiesta se había tornado una molestia para sus oídos, y empezaba a notar como respirar le era un poco más difícil,era como si el oxígeno dentro del salón de baile se hubiese vuelto más pesado y la tentación de correr hacía el balcón más cercano en una búsqueda desesperada por inhalar aire fresco; se volvía más fuerte y difícil de ignorar. Sin duda alguna, detestaba las fiestas y necesitaba un descanso de protocolos reales, etiqueta e intentar socializar, le era agobiante y agotador.
En ocasiones; generalmente a altas horas de la madrugada por su mente atravesaba la idea de abdicar a la corona, e incluso en noches donde el peso de la corona le parecía insoportable, había considerado seriamente la idea de marcharse, dirigirse al norte y vivir en medio del bosque a pesar de lo poco atractiva que le resultaba la idea de acampar, pero claro, esas eran solo locuras descabelladas que no pensaba llevar a cabo, a menos claro que terminase por perder la cordura. Quizá ya lo había hecho.
Era claro que la situación que atravesaba Arendelle la tenía al borde de la locura, tras los acontecimientos ocurridos durante la fiesta de su coronación y los días posteriores a ello, no muchos se encontraban precisamente contentos. Algunos reinos le habían acusado de retener en contra de su voluntad a dignatarios, nobles y demás representantes, sin mencionar que el Duque de Weselton y algunos otros, se encargaban de seguir hablando sobre el llamado "invierno eterno", exagerando algunos sucesos, e inventando ciertas cosas con tal de empeorar la percepción que todos tenían hacía Arendelle y hacía ella.
Lo cual le llevaba a incómodas conversaciones con miembros de la realeza y nobles, si bien, era evidente que la mayoría intentaba evitar el acercarse a ella, en ocasiones algunos no podían darse el lujo de fingir que no la habían visto, otros temían que al ofenderla ella condenaría a su nación a una cruel nevada o los convertiría en una estatua de hielo, así que se acercaban a intercambiar unas escasas palabras, a mantener conversaciones banales sobre temas superficiales, e incluso algunos pocos la invitaban a bailar.
En casa las cosas no eran más fáciles, los miembros del Consejo Real no paraban de cuestionarla sobre sus planes para formar una familia, insistiendo que Arendelle necesitaba de un Rey y mucho más importante, de un heredero a la corona. Si bien Anna se había comprometido hacía poco con Kristoff, a los miembros del Consejo más conservadores no les parecía adecuado que el próximo Rey o próxima Reina de Arendelle no tuviese sangre real por completo, así que la presión que existía sobre ella era aún mayor.
Si bien no se encontraba en un momento en su vida donde el romance fuese su prioridad, ni estuviera del todo de acuerdo con que el principal problema de su reino era la falta de un Rey, sabía que tarde o temprano tendría que casarse y tener hijos, y la verdad, no le disgustaba del todo la idea, pero desearía que no la presionaran demasiado con ello ni que fuese algún tema de conversación en todas las reuniones con el Consejo, era obvio que antes de considerar el buscar un esposo, antes debía lograr que el mundo entero dejase de temerle, evitar que Arendelle perdiera más aliados comerciales, y de alguna manera, lograr que el asunto del "invierno eterno" quedase en el olvido.
Esperaba que aceptando todas las invitaciones a festivales, bailes, ceremonias, bodas, etc., que le fueran posible, el miedo que las personas le tenían se disipara, y realmente, todo sería mucho más sencillo si su personalidad fuese un poco más como la de Anna, a quien le era demasiado fácil ganarse la simpatía de los demás, era muy sociable, simpática, graciosa y en general, le era sencillo hacer amigos.
Definitivamente, ese no era su caso y gracias a ello, las fiestas le eran algo difícil de sobrellevar, ya que no solo eran un par de horas rodeada de personas que apenas y tenían la decencia de fingir que ella no les agradaba, sino que eran días de viaje, semanas alejada de su hogar y familia, donde ni siquiera podía disfrutar de disfrutar del paisaje, apreciar la arquitectura o simplemente relajarse recorriendo las calles del lugar, ya que a donde quiera que fuera, recibía miradas con miedo, desprecio y rechazo.
Era demasiado solitario, incluso para una persona que había pasado trece años encerrada entre las cuatro paredes de su habitación. Sin duda eso la había llevado a perder la cabeza, sin duda.
No le enorgullecía admitir que todo aquello la había orillado a haberse alejado de la multitud en el festival de otoño de Mystbelle dos meses atrás, se había adentrado en los jardínes de aquel palacio y cruzado con una persona con la cual había conversado y que de alguna manera eso desencadenó en un intercambio de correspondencia.
Sin duda, que el Príncipe Hans de las Islas del Sur se convirtiera en la persona a quien ella le enviaría cartas, ni siquiera pensó posible que la persona que literalmente intentó asesinarla podría llegar a agradarle, aún le costaba creer que en aquella ocasión en el jardín, después de una discusión e intercambio de palabras afiladas, ambos reconocerían que se encontraban en una situación similar; por mucho que les desagradara admitir que tenían algo en común.
Para las islas del sur tampoco había sido sencillo, y a pesar de que más de uno le clavaría una espada a la Reina de las Nieves de tener la oportunidad, muchos no se fiaban de tener como aliado al reino de donde provenía aquel Príncipe que incluso antes de saber que la Reina de Arendelle poseía unos peligrosos poderes de hielo, había formulado todo un plan para asesinarla y quedarse con la corona, ¿Qué les aseguraba que no lo intentaría de nuevo?
Los hermanos mayores del decimotercer Príncipe le obligaban a intentar limpiar el desastre que provocó, y a pesar de que realmente había tratado de ganarse a las personas con el papel de Príncipe de cuento y valiente caballero que por años se encargó de interpretar a la perfección, la gente parecía no ser tan ingenua como él pensaba y sin duda le tomaría tiempo y esfuerzo reparar su dañada reputación.
Pero por el momento, tanto Hans como Elsa estaban condenados a recibir una alta presión y exigencias en sus respectivas naciones y a ser invitados indeseables en las pocos reinos que aún les permitían poner un pie en sus dominios.
Y aunque había mantenido todo oculto de Anna con el fin de no alterarla y evitar que su hermana menor se volviera en otra persona que la agobiara con sus reclamos y exigencias, eso estaba por terminar ya que poco después de recibir invitación al baile en el cual se encontraba en ese momento, recibió correspondencia de Hans.
Enserio no sabía que tanto le agradaba la idea del pelirrojo y en parte temía que aquel hombre estuviese manipulandola de alguna manera, o que su desesperación la estuviera haciéndola creer que era el plan indicado. Intentaba no continuar pensando en ello.
—Reina Elsa— la voz del Príncipe sureño la sacó de sus pensamientos.
—Príncipe Hans —correspondió el saludo.
—¿Me concedería un baile? —Preguntó mientras que a su vez le extendía su mano para que ella la tomara.
La rubia se detuvo un momento a reconsiderarlo, pero finalmente accedió a tomar la mano del Príncipe y dirigirse juntos a la pista de baile, captando de inmediato la atención de todos los presentes, Elsa incluso podría jurar que la orquesta desafinó por un instante y eso le pareció un poquito gracioso.
Sin duda aquello sería algo de lo que se hablaría por un tiempo, distraería la atención un poco, y a su vez, era el primer paso de su plan, esperaba que todo saliera bien, pero a su vez, debía mantenerse aún más alerta, si iba a aliarse con Hans, debía cuidarse.
