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Cuando la luz del sol llegó a mis ojos, filtrada entre las rendijas de la persiana, poco a poco desperté. Un tanto soñoliento, me erguí en mi cama tratando de salir del extraño sueño que había tenido. ¿Qué fue exactamente?
Aterrado, llevé ambas manos a mi pecho. Afortunadamente, ya nada me dolía. Suspiré aliviado. Aunque podía recordar la sensación, el sueño había sido tan real que, a pesar de sentirme bien, juraba todavía percibir la opresión en mi corazón.
Una vez resuelto eso, miré a mi alrededor y me di cuenta por primera vez de que esa no era mi habitación. La cama en la que estaba acostado era sencilla e individual, y me encontraba solo. Mi esposa no estaba por ninguna parte, y de cualquier manera, no me la imaginaba cabiendo ahí, ya que ambos compartíamos el sobrepeso como característica común. A mi alrededor, vi paredes blancas, una de ellas decorada con tres pósters de Pokémon, específicamente los tres iniciales de los juegos originales de la primera generación. También había un librero, un escritorio y un buró con la figura de lo que parecía ser un Poliwag, con un lápiz asomándose desde el centro de su espiral detrás de mí a modo de cabecera. Definitivamente, ese lugar no era mi habitación.
Al instante, me levanté de la cama, de la cual casi me caí al descubrir que no estaba nivelada al suelo, sino que estaba sobre un mueble que funcionaba como ropero. Entonces, mis pies descalzos tocaron el suelo tras dar un salto al calcular que no había mucha distancia en relación con mi altura. O sí la había.
Me sentía extrañamente ligero y... muy pequeño. Toqué mi vientre y descubrí que mi prominente tripa se había encogido. Era bastante delgado, mis piernas y brazos también lo eran. Aunque me preocupaba haber perdido los músculos que me costaron horas en el gimnasio (que no sirvieron mucho para que bajara de peso), el sentirme esbelto puso una sonrisa de oreja a oreja en mi cara.
Ciertamente, estaba un poco asustado por el cambio, por no decir muy desconcertado. No entendía qué estaba sucediendo y me quedé unos segundos de pie, tratando de procesar mi repentino rejuvenecimiento, pues estaba convencido de que había perdido muchísimo más de la mitad de mi edad. Me llevé una mano a la cabeza y acaricié una tupida cabellera en lugar de mi cabeza casi a rape. Mis manos eran muy suaves, casi de señorita. Afortunadamente, una breve y rápida inspección al asomarme bajo mis prendas inferiores confirmó que seguía siendo un varón, uno muy joven, dado mis extremidades y mi... pene, por lo que vi.
De pronto, sospeché que en efecto había muerto y estaba en un paraíso en el que había regresado a mis mejores días. Esos días que momentos atrás tanto añoraba mientras veía ese episodio de Pokémon, cuando recién comenzaba la secundaria tras haber terminado la primaria pocos meses atrás. Busqué a mi alrededor algún espejo para volver a ver mi cara de doce o trece años, pero no encontré nada. Inspeccioné un pequeño armario donde la ropa me pareció misteriosamente familiar, aunque no estaba muy seguro de dónde. En ese momento llevaba un pijama verde con amarillo, compuesto por una camisa de manga corta y pantaloncillos.
Di unos pasos y encontré los restos de lo que parecía ser un artilugio mecánico roto en el suelo con aspecto de reloj. Un tanto nervioso, miré la puerta por la que había salido después de pensármelo un poco.
Me encontré con un pasillo que conducía a otras dos habitaciones y a un corredor sin puerta al fondo de una entrada. Con nerviosismo, me asomé por una habitación donde vi una cama matrimonial, un buró y evidencia de que hasta hace unos momentos alguien había estado allí. No queriendo encontrarme con alguien desconocido tan pronto (¿algún familiar fallecido, quizás?), salí de allí y me dirigí hacia la otra puerta.
Mientras exploraba un baño y reflexionaba sobre mi repentina "muerte" y cómo mi esposa, mis padres o mis hermanos estarían tomando la noticia, con emoción descubrí el baño frente al fregadero donde reposaban dos cepillos de dientes.
La persona que vi en el reflejo no era yo. Bueno, en efecto era yo; estaba seguro de que la cara de asombro que veía en el espejo era la misma que yo estaba haciendo, pero no era el hombre de cuarenta años que era la noche pasada antes de sufrir aquel infarto. Tampoco era el adolescente que solía ser en la secundaria cuando se estrenó por primera vez la serie de anime de Pokémon. De hecho, creo que era incluso todavía más joven. ¿Nueve, diez, once años, tal vez? Mi cabello seguía siendo oscuro, pero era mucho más abundante de lo que alguna vez llegué a tenerlo, y mis rasgos eran incluso más agradables que los que tenía cuando era más joven. Con esas pequeñas y frágiles manos, toqué mi cara maravillado. ¿Acaso había reencarnado o algo así? Estaba convencido de que, en efecto, había muerto de un prematuro infarto, quizás causado por el estrés, mi obesidad y la depresión que me causaba el ser un fracasado impotente de cuarenta años sin hijos, que no había logrado gran cosa en mi vida, a diferencia de mis dos hermanos menores, quienes, a diferencia de mí, tenían empleos un tanto mediocres, pero eran sus propios jefes en sus respectivos negocios propios con sus propias familias e hijos.
Escuché ruido allá afuera y, consciente de que no podía encontrarme solo dado que era un niño, respiré hondo y me aventuré a salir hacia el final del corredor.
Sentada frente a la mesa del comedor, tomando una taza de café, me encontré con una mujer preciosa. Era delgada, de facciones hermosas, con una cabellera castaña que llevaba en una coleta. Debía de tener alrededor de treinta años, poco más o poco menos. Al verme, casi escupe el café por la impresión que le causé. Asustado, estaba por explicarle que no tenía idea de cómo llegué ahí, cuando me ganó la palabra hablando atropelladamente.
—¡Ash! ¿Qué estás haciendo todavía aquí? ¡Pensé que ya te habías ido a ver al profesor Oak!
Arrugué el ceño sin entender lo que la hermosa mujer acababa de decirme.
—¿Qué?
—¡Date prisa! —me urgió poniéndose de pie y alcanzándome una tostada de un plato que tenía frente a ella—. ¡Vamos, Ash! ¡Apúrate! Te alcanzaré en un momento, cielo.
—¿Ash?
¡Vamos, ve!
Se acercó a mí con tanta apuración que pensé que me embestiría, pero lo que hizo fue ponerme una mano en la espalda y apurarme a salir de la casa tras pasarme unos zapatos que tomó de una cajonera por la entrada, para que no fuera descalzo.
—¡Adelante! Llamaré a los demás para alcanzarte allá. Te había advertido que no debías desvelarte para que pudieras levantarte temprano, hijo.
Me cerró la puerta en la cara, y quedé afuera de la casa. Un tanto confundido, miré hacia el exterior. Parecía encontrarme en un pueblo donde había muchas áreas verdes. Sin saber exactamente a dónde ir, comencé a deambular alrededor.
—¿Ash?
Dado que así me había llamado la mujer de la casa donde desperté, volteé encontrándome con un niño de mi edad que confundido se acercó.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no has ido con el profesor Oak?
Otra vez la mención al dichoso profesor que se llamaba como el de… como el de… ¡Ash! Tal vez a nivel inconsciente lo había comprendido, pero quizá hasta ese momento estaba comenzando a aceptar progresivamente lo que estaba sucediendo, a pesar de que… ¡No tenía sentido!
—Yo soy… ¿Ash? ¿Ash Ketchum?
El niño me miró como si lo que acababa de decir fuese algo muy extraño, y… pues lo era.
—Sí. Se supone —me contestó como lo haría alguien que le sigue la corriente a un loco—. ¿Estás bien? ¿Es que un Zubat te atacó con un rayo confuso o algo así?
—¿Zubat? ¿Te refieres al Pokémon?
—¿Al Pokémon de quién? —con sorpresa abrió mucho más los ojos—. ¿Realmente alguien te echó a un Zubat encima?
—Ah… creo. No estoy seguro —supuse que lo mejor sería detenerme al comprender que a sus ojos estaba actuando no tan extraño como la situación me lo parecía—. ¿Qué se supone que debía hacer?
El muchacho negó con un gesto. Sacó de su bolsillo una esfera con la mitad blanca y la otra mitad roja y un botón en el centro.
—¡Tienes que ir con el profesor Oak para que te dé tu primer Pokémon! Y mejor date prisa. Recuerda que hace unos días nos dijo que los iniciales que tenía son muy limitados y quizás no todos alcanzaríamos.
En el desconcierto, continué siguiéndole la corriente.
—Ah… ¿No podrías acompañarme?
—Lo siento —con afecto miró la esfera—, pero quiero empezar desde ya mi viaje Pokémon.
Más que darle sentido a aquellas palabras que había entendido bastante bien, traté de darle crédito a que no me estaba tomando el pelo.
—¿No me puedes decir al menos cómo llegar al laboratorio?
—Vaya, ese Pokémon subió de nivel dándote con todo —con la mano me señaló hacia una dirección—. Ve derecho por esa calle y sigue caminando por el sendero que aparecerá cuando salgas del pueblo. Suerte. Espero que te recuperes antes de que llegues.
Y entonces se marchó en la dirección contraria de donde me señaló. Por un momento, consideré regresar a mi "casa" con esa mujer que me imaginé que era Delia Ketchum, la madre de Ash en el anime y que… se veía bastante atractiva en su versión de carne y hueso, pero me ganó la curiosidad de comprobar si, de hecho, el lugar en el que me encontraba era una realidad alterna donde el anime era real. ¿Pero cómo es que sucedió esto? ¿Acaso era algo así como mi paraíso personal después de morir? Era la explicación que más sentido tenía en todo esto, aunque parecía bastante fantástica.
Con horror, de pronto comprendí que me sentía atraído por quien ahora era mi madre. Pero bueno, tal vez ahora solo era un niño de aproximadamente diez años. Además de conservar todos mis recuerdos y experiencias de una vida de cuarenta años, creo que también tenía mi madurez íntegra hasta el momento.
Dado que todo el mundo me había estado apurando desde la mañana para ir con el profesor Oak (lo cual me resultaba extraño pensar que era posible), aceleré mi paso por el camino que el muchacho me indicó, esperando llegar a tiempo. Efectivamente, donde terminaba la calle comenzaba un sendero, y al final del mismo se encontraba un complejo rodeado de gente que parecía estar festejando algo. Ahora entendía por qué el pueblo parecía casi desierto; parecía que todos estaban allí.
—Ah… ¡Con permiso!
Era difícil pasar con toda esa gente arremolinándose, por lo que entre empujones pude hacerme un lugar para pasar, aunque terminé sin querer empujando a dos adolescentes vestidas con uniformes de porristas azules. Frente a ellas ya no parecía haber nadie, motivo por el cual apresuré el paso, pero terminé chocando con una persona que hizo que me cayera al suelo.
—Oye, fíjate en lo que haces —me habló de mal modo aquel niño, para seguir a recomponerse y con voz burlona decirme—. Vaya, tú debes de ser Ash. Más vale tarde que nunca. Cuando menos tuviste el placer de conocerme.
Sorprendido, me puse de pie. El mocoso parecía uno o dos años mayor. Su vestimenta era más formal, siendo un uniforme morado que contrastaba bastante con su pelo castaño despeinado. Sobre el cuello llevaba un medallón que le colgaba casi hasta el abdomen. Me tomó unos minutos salir de la impresión que me produjo ver a un niño de carne y hueso encarnar al rival de Ash Ketchum, el protagonista del anime de Pokémon, quien encima estaba recitando exactamente las mismas primeras líneas que le dijo al chico en el primer episodio.
—¿Gary?
Exclamé incrédulo, sin darme cuenta que accidentalmente había dicho exactamente lo mismo que Ash cuando se encontró con este el primer día de su viaje Pokémon.
—Señor Gary para ti. Muestra más respeto —me soltó altanero—. Bueno, Ash. Te dormiste y perdiste. Ya estás muy atrás desde el principio. Yo tengo un Pokémon, y tú no, niñito.
Exactamente las mismas líneas, bien está bien porque vi ese episodio así como toda la primera temporada más de dos o tres veces, siendo que de tanto en tanto la reproducción en mi celular como ruido de fondo mientras hacía alguna otra actividad. Que las posteriores me aburrieron, pero guardaba cierta nostalgia grata por las primeras.
Hice memoria y entonces recordé cuál en teoría debió de haber sido el primer Pokémon de Gary, ninguna de las iniciales y esto lo decía basándome en la edición amarilla del juego que se suponía emulaba en ciertos aspectos al anime.
—¿El profesor Oak te dio un Eevee?
La sonrisa prepotente que antes tenía vaciló en su cara, al inicio no lo entendí hasta que caí en la cuenta que había acertado algo que se suponía no debía de saber, después de todo ninguno de los iniciales oficiales era un Eevee… pero él había conseguido uno y el anime nunca reveló esto hasta casi terminada la temporada, y nunca dio una explicación al respecto como tampoco lo hicieron los juegos.
—Cómo supiste que me dieron un Eevee.
Me quedé mudo. ¿Qué se supone que debía de responderle? "¿Porque así sucedió en el anime y el videojuego de mi mundo en el que todo esta otra realidad a la que acabo de llegar parece que está basada? Por cierto, tú háblame a mí con más respeto, no soy un niño más joven que tú, sino un hombre adulto de cuarenta años."
De pronto me di cuenta que no solamente tenía su atención, sino la de todos los demás alrededor nuestro, quienes interesados porque Gary confirmara la identidad de su Pokémon inicial, parecían confundidos de que no se tratara de uno de los tres oficiales.
—Pues… es porque.. porque… porque eres el nieto del profesor Oak. Me imaginé que te iba a dar uno de los mejores en lugar de los que se supone iba a repartir solamente.
Tras dejar pasar algunos segundos en los que se mostró pensativo, asintió al final aceptando mi explicación. Una vez más su altanería regresó.
—Pues sí, en efecto perdedor. Y está dentro de esta Pokebola.
Sacó la Pokebola y se puso a girarla sobre su dedo. Las chicas con las que había tropezado comenzaron a corear varias veces: "¡Vamos Gary, vamos, sí, sí, sí!".
Complacido por la porra y los vítores de la multitud, el chico se dirigió a todos con los brazos abiertos como si pensara que se tratara de una importante celebridad.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias por este gran honor! ¡Les prometo que me convertiré en un maestro Pokémon y que haré famoso al pueblo Paleta en todo el mundo! ¡Sí!
Entonces me miró como si fuese un bicho desagradable a sus ojos y me soltó tras darle un vistazo a su Pokebola.
—Es verdad que es el mejor Pokémon de todos. Es bueno tener un abuelo en el negocio del Pokémon, ¿No lo crees?
—Lo que creo es que no deberías de sentirte orgulloso por el nepotismo de tu familia.
Apretó los dientes molesto mirándome. Parecía a punto de decirme algo pero al final cambió de idea y se dirigió a la parte trasera de un coche descapotable con chofer al que le dio la indicación de que se pusiera en marcha. En lo que el hombre lo hacía volvió a hablarle a la multitud.
—¡Gracias por venir a ver cómo se hace la historia! Y ahora yo, Gary Oak, saldré a aprender todos los trucos del entrenamiento Pokémon!
Y conforme se alejó la muchedumbre se disipó. Me quedé un rato observando cómo se alejaba el auto junto con las personas negando con un gesto, no pude evitar soltar por lo bajo indignado por el comportamiento del mocoso un…
—Pendejo.
—Vaya vocabulario.
—¡Ah!
Me di la vuelta sobresaltado pues detrás de mí se encontraba un hombre que no había notado en qué momento apareció. Llevaba una bata blanca sobre una camisa roja. Su piel era muy morena y su cabello entrecano castaño. Fácil se le notaban unos cincuenta y tantos años.
—¿Profesor Oak?
Me miró de arriba a abajo y me espetó.
—Supongo que no vas a empezar tu entrenamiento Pokémon en pijama.
Me le quedé viendo fijamente al punto en el que sin querer lo hice sentir incómodo, ¿Pero pueden culparme? Estaba conociendo al profesor Oak, el mismo del anime y del videojuego, en carne y hueso. El hombre arrugó el ceño y me dijo.
—¿Vienes por tu Pokémon o no?
—¡Ah! ¡Sí! Claro. Perdón.
Se dio la vuelta y entró a su laboratorio conmigo siguiéndole.
Por dentro el lugar tenía estanterías llenas de libros y aparatos extraños, me hizo subir por las escaleras a una segunda planta, pulso algunos botones de un aparato que estaba en el centro de la habitación y una esfera de cristal se elevó abriéndose por el medio exponiendo una bandeja metálica con tres esferas rojas con blanco con el botón en medio que identifique como pokebolas originales. Vistas en vivo me parecieron que emitían un brillo metálico.
No había modo de diferenciarlas entre sí. El sujeto parecía solemne de pie con las manos en la espalda esperando a que eligiera una. Estaba por tomar la más cercana, cuando de pronto recordé algo, la trama del primer episodio.
—Supongo que además del Eevee que le entregó a su nieto, también lo hizo con los tres iniciales a otros chicos, ¿no?
El asintió y se tentó el mentón con la mano.
—Al que madruga Dios lo ayuda, y en este caso, gana el Pokémon.
Bufé pensando en la inutilidad de que me mostrara las pokebolas para escoger una cuando era evidente que ninguna estaba ocupada.
—¿Y qué hay del Pikachu?
Su sorpresa fue mayúscula y sincera.
—¿Cómo es que sabes que tengo un Pikachu?
Tragué saliva por la manera en que me evidencié. Por primera vez me cuestioné el porqué todavía no le había dicho a nadie cuál era mi verdadera situación. Culpaba de ello a que me habían apresurado desde que me levanté y desperté en aquel mundo, ¿pero alguien me creería de contarlo? Frente a mí también científico salido de un anime de fantasía, tal vez…
—Uno de los chicos me dijo que lo vio con un Pikachu en la mañana.
Francamente no le tuve del todo la confianza para decirle la verdad e improvisé de rápido aquella mentira. Oak me miró ceñudo, no parecía habérsela creído del todo. Sin embargo al final rodó los ojos restándole importancia a ese detalle.
—Bueno… —activó algo por el teclado y una cuarta pokebola salió por en medio de las otras tres vacías—. Tengo que advertirte que hay un problema con el Pikachu.
—¿Y ese sería?
—Que como recién lo acababa de capturar por la mañana no tuve la oportunidad para prepararlo y adiestrarlo, súmale eso que tiene una personalidad "electrificante".
Miré con duda la Pokebola. Nada de esto era una caricatura o anime como quieran llamarle, todo lo que había visto hasta ese momento se veía exactamente como en mi mundo. Gente de carne y hueso completamente real. Salvo por algunos dibujos no había visto hasta el momento a ningún Pokémon. En la serie Pikachu salía y el electrocutaba a Ash y yo me moría de la risa debido a lo gracioso de la animación y los gestos que tanto él como el profesor Oak hacían cuando la electricidad del Pikachu le alcanzaba a él también, pero… a los quince años por accidente le picado y me pasó un corrientazo de electricidad bastante desagradable que de gracioso no tenía nada, y ahora por estar siguiendo los pasos del anime sin pensar, estaba por recibir a un ratón eléctrico que en el primer episodio no le era muy fiel precisamente a Ash y ahora Ash era yo.
—Bien, ¿vas a tomarlo? —Oak me apresuró al ver mi indecisión.
—Ah… claro.
Apenas toqué la pokebola enseguida retiré la mano cuando esta se iluminó y soltó un rayo de electricidad hacia el techo. Cuando la luminosidad se disipó y las luces que se habían ido temporalmente regresaron, vi algo muy parecido a lo que vi en la película live action de Pokémon de Ryan Reynolds hace algunos años, salvo que esté Pikachu no hablaba, sólo murmuró su nombre.
—¿Pika?
Durante un espacio de tiempo solamente me limité a observarlo sin atreverme a ponerle las manos encima. Tenía bastante presente lo que ocurría en el anime y no quería arriesgarme a sufrir uno de esos ataques eléctricos que no ponía en duda tenía.
—¿No vas a tomarlo? Por cómo estuviste comportándote estos días asumí que estabas ansioso de tener tu primer Pokémon finalmente.
No me agradaba el que el profesor Oak me apresurara. De nuevo pensé que este sería un buen momento para confesar y contar verdad acerca de quién era en realidad, cuando entonces recordé algunos datos que a lo largo del anime se dieron acerca de los Pikachu.
Con un poco de temor acerqué mi mano al ratón eléctrico amarillo que quizá detectando mi inseguridad se puso tenso, entonces comencé a frotarle una de sus mejillas y poco a poco parecio tranquilizarse hasta dar un gemido de satisfacción.
—Muy inteligente —Oak me señaló asombrado—. A los Pikachu les gusta que les froten las mejillas antes de que les toquen cualquier otra parte del cuerpo. Parece que has estado haciendo tus deberes.
—Sí, por supuesto.
El halago me agradó. En mis tiempos de escuela en realidad no había sido lo que se dice un estudiante ejemplar, apenas promedio.
—Entonces llévatelo ya. También llévate esto. Tu Dexter y tus pokebolas.
Me entregó un estuche rojo y seis diminutas pokebolas que al inicio me desconcertaron, antes de recordar que en el anime era muchísimo mientras no llevaran nada en su interior.
—Sí. Gracias —me respondiste en dejar de frotar las mejillas de Pikachu quién se había relajado tanto que había comenzado a dormitar. Dejé de hacerlo y este me miró adormilado—. Bueno, entonces… ah, Pikachu, mucho gusto. Yo soy… —a tiempo me mordí la lengua al darme cuenta que estaba por decirle frente al profesor Oak mi verdadero nombre, aunque en realidad ahora mi verdadero nombre era otro al que tenía en mente—. Mi nombre es Ash. Estoy encantado de conocerte. Ya seré tu entrenador a partir de ahora y espero que podamos ser muy buenos amigos. ¿Qué dices?
Me sentí algo extraño al ofrecerle mi mano, pues técnicamente se supone que ese es un animal solamente, y eso es lo que parece, un ratón muy grande de color amarillo de ojos enormes y una cola proyectada hacia arriba en apariencia muy sólida cubierto por corto pelo amarillo, salgo por las mejillas que las tenía naranjas y una parte de la punta de su cola en café. El Pikachu olfateó mi mano y tras mirarla de forma alternativa con mi cara, dubitativo terminó por sujetar uno de mis dedos con su mamita del mismo modo en que lo haría un bebé.
—Pika.
—Muchas gracias, Pikachu. Te prometo dar lo mejor de mí para cuidarte y, ah… entrenarte.
Asintió sin sonreír, como si en vez de confiar en mí, se limitaba a darme el beneficio de la duda. Con eso tenía por el momento. Lo importante para mí era que no me soltara una descarga eléctrica.
—Entonces… supongo que no te gustaría que te lleve dentro de una pokebola, ¿cierto?
—¡Pika!
Enérgicamente negó moviendo la cabeza de un lado a otro pareciéndome muy adorable.
—Bien. Entonces… puedes subir sobre mi hombro si quieres.
Con cautela le acerque mi brazo. El roedor lo miró, luego miró a Oak, después a mí, otra vez a mi brazo, a mí y tras decidir se subió por mi brazo hacia mi hombro. A pesar de su tamaño no era muy pesado pero tampoco muy ligero, pero supuse que si el verdadero Ash en el anime podía llevar así a Pikachu todo el tiempo, también podría hacerlo yo.
El profesor Oak me miró muy sorprendido pero con aprobación.
—Impresionante.
Una vez que salí del laboratorio, llena de vergüenza me encontré con lo que debí de prever que sucedería a continuación. Otra parte del pueblo estaba ahí siendo encabezados por "mi madre" haciendo ruido y coreando lo que te estaba escrito en una camparta que dos sujetos llevaban en alto: "¡Vamos Ash, vamos! ¡Vamos Ash, vamos!".
Me acerqué a ella quien con los ojos humedecidos por las lágrimas feliz me dijo:
—Ash, estoy muy orgullosa de ti. Por fin vas a realizar tu sueño de hacer el entrenamiento Pokémon, pero ¿sabes mi amor? Voy a extrañarte mucho. Mi pequeño hijo.
Me sentí verdaderamente conmovido. Recordar la última vez que mi verdadera madre (o aquella que podía recordar antes de esta) me había dicho algo así, a diferencia de mis hermanos a quienes se deshacía siempre en atenciones, incluso hasta la fecha en que ambos eran adultos también.
Avergonzada por lo que me estaba diciendo se había tapado la cara con una mochila, pero cuando consiguiera ponerse la abrió y puso en mis manos todo su contenido: zapatos, bocadillos, neceseres como guantes, lazos y pinzas para lavar la ropa y secarla, así como mudas de ropa. A diferencia de mi contraparte del anime le permití que terminara de darme todas las indicaciones sabiendo lo importante que esto significaba para ella, aunque no negaré que sentí algo de vergüenza cuando concluyó su perorata al mostrarme cada cosa diciendo:
—No olvides cambiarte de ropa interior todos los días.
Bufé.
—Sí, mamá. Lo haré.
Y entonces ella le puso mayor atención al Pikachu que tenía sobre mi hombro, quién divertido e intrigado se había limitado a observar aparentemente con una sonrisa a mi madre y a la multitud.
—¿Ese es tu Pokémon?
—Sí, me tocó un Pikachu. El mejor de todos, mamá.
Más que sentir que lo era, quería mantener feliz al Pokémon con halagos cuando menos, consciente de que si se molestaba podría atacarme. No podía del todo bajar mis defensas frente a aquella cosa.
—Creí que los Pokémon siempre se quedaban dentro de esos pokebolas. ¿Por qué éste no?
—No a todos les gusta hacerlo como a Pikachu, y dado que somos amigos, no pienso obligarlo a entrar en una si no quiere.
Pikachu parecía mirarme impresionado, entonces hizo algo que me tomó por sorpresa, se acercó a mi cara y me dio un lametón en la mejilla. Alcé mi mano esperando poder alcanzarle la mejilla para frotársela. Erré y le toqué el costado, afortunadamente no apareció molestarse y permitió que le hiciera la caricia alegremente. Mi madre complacida sonrió tan enternecida como el resto de quienes me imaginaba se trataban de nuestros vecinos que la acompañaron para celebrar que me dieron mi Pokémon.
De pronto me sentí entusiasta ante la extraña aventura que estaba dando inicio. Pese a mi aspecto no era un niño inmaduro al que las cosas podrían salirle mal y las buenas solo le ocurrirían por buena suerte, eso y mi conocimiento de la serie (al menos de las primeras temporadas) a mi lado, podrían sin duda hacer de mi paraíso personal una experiencia memorable, aunque tenía todavía mis dudas acerca de por qué tras morir específicamente este se convirtió en mi paraíso. Digo, Pokémon me gusta, pero tampoco es que sea un apasionado del anime, y si bien disfruto más los videojuegos, más disfruto de otras cosas. ¿Sería porque de todas mis fantasías el ser un auténtico entrenador Pokémon era la más "sana" en comparación a mis perversiones? Supongo que Dios no admitiría cierta clase de fantasías y placeres más orillados hacia el pecado.
—Pero… es un poco raro.
El comentario que hizo mi madre me tomó por sorpresa, también a Pikachu quien a disgusto hizo un gesto muy extraño al tiempo en que percibí un brillo en sus mejillas que me aterrorizó.
—¡Oh, mier…!
No terminé de decir la grosería cuando mi cuerpo junto con el de todos los presentes fue golpeado por una prolongada descarga eléctrica tan poderosa que me paralizó y estimuló con mucha picazón y dolor cada una de mis terminales nerviosas. ¡La maldita sensación era muchísimo peor a lo que ya me había imaginado que podría ser!
—¡Esos guantes que tú mamá trajo serán útiles! —gritó detrás de mí el profesor Oak y me imaginé que se refería al aislante que representaba el plástico hacia la electricidad.
Cuando Pikachu terminó de expulsar la energía que tenía guardada, caí al suelo cual saco de cemento, y conmigo también se cayó mi teoría de que estaba en el paraíso por estar muerto. En serio, me sentía bastante vivo y juro que aquel infarto me dolió menos que la sensación de la electricidad recorriendo mi cuerpo.
