FELINETTE NOVEMBER
- 2023 -
"Siempre fuiste tú"
Capitulo 3: Revolución.
Emma interrumpió la conferencia sobre el logaritmo temporo-espacial para lograr determinar la trayectoria de los neutrinos, dando un brinco en su asiento y emitiendo un ahogado grito de terror y espanto.
Todos se voltearon a verla.
Pero ella, se cubrió la boca con ambas manos y salió corriendo de la conferencia, directo a buscar a los organizadores de aquel simposio. Quiso llamar a su padre, quien siempre tenía una solución para todo, pero el teléfono también estaba dentro del bolso. Sintió que se ahogaba en desesperación.
Extrañó infinitamente a Londres en aquel momento. Añoró estar en su casa, trabajando en su estudio, o columpiándose en el jardín, o sus ratos en el salón viendo a su madre plantar flores en el invernadero y a su padre tocando el violín.
Iba a ponerse a llorar, poco a poco notó cómo se le oprimía el pecho y le faltaba el aire. Colapsaría, en cualquier momento.
Intentó concentrarse en su respiración, como tantas veces su psicóloga le había instruido, sin embargo, no logró mejoría. Pensó en su madre, en su padre, en el estrudel de manzana con nata montada, en el último gato que se le murió, pero tampoco consiguió romper el círculo vicioso de un ataque de pánico en ciernes.
Un ligero apretón en su hombro detuvo la espiral hacia el infierno.
- Doctora Fathom. - Era el hombre rubio de nuevo, esta vez estaba radiante y tremendamente feliz, le sonreía y parecía estar a punto de estallarle una carcajada. - ¡Qué suerte encontrarme de nuevo con usted! .-
Sin embargo, el hombre rubio percibió el desastre emocional que era Emma Fathom, la única hija de Marinette Dupain-Cheng y Félix Fathom, así que permutó su rostro feliz a uno verdaderamente preocupado. Agónico. Pálida.
- Emma...- susurró aquel hombre. - ¿Estás bien? -
Ella bajó con lentitud las manos de su boca, y él contempló, en todo su esplendor, cómo ella rompía a llorar, lanzando gemidos y gorgojeos, sorbiéndose los mocos y aupando al final. Louis Agreste, matemático soñador, la abrazó por inercia, como si fuera un reflejo y la estrujó contra su pecho. Ella era ligeramente más pequeña que él, así que notó cómo Emma hundía su nariz en su cuello mientras le aferraba los brazos.
Para Louis Agreste, ese momento fue espectacularmente inolvidable.
El calor de su cuerpo, el olor de su piel, la sal de sus ojos y su voz, su lamento, el llanto sacudido por el miedo, por la ansiedad. A él le dolía escucharla, y a la vez, le gustó tenerla cerca en sus brazos. Una marabunta de emociones, una mezcla aberrante de amor y miedo, de dolor y felicidad.
Los sueños se volvían realidad pero, ¿a qué costo?
- Doctora Fathom. - masculló lentamente, en una tono casi imperceptible al oído humano. - ¿Por qué está llorando? ¿Qué ha pasado? -
Emma se sobresaltó al darse cuenta dónde y con quién había perdido la razón, la ecuanimidad de su ser. Su padre, estirado británico, le había enseñado a comportarse en público, aunque le costara muchísimo no salir corriendo. Él, Félix Fathom, le enseñó a escuchar sin oír, a presentarse sin esperar respuesta, y a permanecer quieta, aún cuando el barco se hundiera.
Y ahora, ante la pérdida de su bolso en un ciudad extranjera, Emma se había puesto a llorar como una pequeña niña.
Ella entendió su actitud, y se ruborizó de la verguenza. ¿Qué diría su padre de ello? ¿Su madre se preocuparía? ¿Cómo les diría que en el primer viaje que hizo sola perdió su importantísimo bolso donde llevaba el teléfono, el pasaporte, el dinero y sus cascos antirruido?
De pronto, justo cuando bajó la mirada, vio que aquel hombre llevaba en su mano algo que era suyo.
Ella abrió los ojos, atónita, luego los entrecerró calculando el porqué el hombre rubio tenía lo que era de ella. Un hombre extraño, que la había seguido incluso desde la conferencia anterior, hasta la cafetería, luego hasta ahí y con un objeto muy importante.
Su padre le había hablado de aquellos hombres.
Su madre le había instruido sobre cómo tratarlos.
Emma Fathom, doctora en matemáticas y prodigio británico de cálculo, alzó la palma de una mano y luego la bajó con furia y dirección, para darle directo en un mejilla, mientras que doblaba una rodilla y se la encajaba en el abdomen. Louis Agreste se doblegó ante la fuerza de su amor platónico y perdió el aire por unos largos segundos, Emma al ver que podía huir, lo empujó, le quitó su bolso y todavía llorando, salió corriendo del Congreso Mundial de Matemáticos.
Louis Agreste en cambio, al ver que ella se iba, terminó de caer sobre el suelo, boca abajo, rendido y derrotado. El rostro le ardía y el corazón se le rompía. Hundió la cabeza en el suelo, tan sólo para no ver cómo la gente se le acercaba y le regañaba por hacer llorar a su novia. Le costó segundos levantarse, y también escapar de ese sitio. De repente, ya no le importaba ni los logaritmos ni los cálculos integrales ni los nuevos modelos educativos en la Universidad.
Tan sólo necesitaba hablar con Emma, y explicarle todo, si pudiera.
Emma, por su parte, recordó que el Congreso estaba muy cerca del Sena y hacia ahí fue, corrió y corrió hasta que le fallaron los pulmones y se sentó, maltrecha y malhumorada en un banco en la ribera del río.
Se secó las lágrimas y abrió su bolso.
Estaba todo.
Su teléfono, su pasaporte, sus gafas de sol, sus cascos, su cuaderno de apuntes, y algunas de las cartas que había encontrado. Volvió a coger la última carta, la cual no terminó de leer y sorbiéndose los mocos, con los dedos temblando, quiso distraerse regresando a la lectura de la correspondencia entre su padre y su madre.
"...te quiero, Marinette.
Pero mentiría si dijera que fue desde el primer instante. Mentiría si dijera que un rayo me partió en dos al verte por primera vez. No fue así.
Trascurrió como si una flor creciera. Primero algo pequeño, un brote incipiente. Me diste una sonrisa lejana, un saludo escueto y fugaz, y entonces crecía un poquito. Luego, tiempo después, una conversación ligera pero profunda, o una mirada más prolongada. Y crecieron unas ramitas. Más tarde, una necesidad, un requerimiento, ese apuro de tenerte frecuentemente a mi lado, oyéndote sin moverme, de escuchar sin opinar. Y salió entonces un tallo con hojas. Después, la electricidad que me daba al cogerte de la mano para ayudarte a bajar del coche. O el fuego que me consumía al tomarte de la cintura al bailar. De darte la parte del postre que más te gusta en las cenas familiares. Y la flor brotó.
Sus pétalos se abrieron y adentro de todo ello, estabas tú.
Lo más bonito que ví.
Lo más hermoso que he tenido.
Incluso tus espinas, Marinette. Incluso tu infierno, cielo.
No es bueno, decir todo esto. Ni apropiado. Pero te quiero.
Es algo incoercible, como la respiración, como un suspiro.
Si quisieras darme una oportunidad, una sola...sólo eso necesito.
Termina tu relación con él, por favor.
Te lo suplico.
Sinceramente tuyo, Félix F. "
Emma Fathom dejó de hipar y sollozar, y abrió la boca, sorprendida de tremenda petición.
¿Ése era su padre, cierto? ¡Y su madre tenía un novio! O eso entendió. Ella no era muy lista para el amor, y eso que había visto todas las telenovelas que su madre veía, en silencio y con subtitulos. No. Emma no podía creer la situación en la que ambos se hallaron en ese momento.
- Santo cielo. - murmuró Emma sin voz.
Dobló con delicadeza la carta, volvió a introducirla en el sobre. Se percató del bello sello inglés que su padre había pegado y acarició con pena, aquel trocito de papel. No pudo evitar leer la dirección del destinatario.
"48 Rue Caulaincourt, Código postal 75018. Paris, Francia"
Tuvo una revelación.
Los cielos se abrieron y los pajaritos se lanzaron a cantar el aleluya de Haendel.
De inmediato, Emma activó su teléfono y buscó en la aplicación aquella dirección. No estaba muy lejos de donde ella estaba. ¡Eso era fenomenal! Su curiosidad innata opacó la tristeza de la pérdida de su bolso y el desagrado de deshacerse de un acosador. Su corazón se llenó de esperanza con ínfulas de detective amateur.
Ya lo había decidido, iría a conocer la casa donde se crió su madre. A pesar que su madre nunca le hubiese hablado algo de ello.
Emma sabía que tenía abuelos, pero no sabía más.
Nunca preguntó porqué nadie hablaba de ellos. Ni porqué ellos no hablaban con su madre.
Se encogió de hombros y metió la carta en el bolso.
- Emma...- alguien dijo su nombre, casi enfrente suyo. Ella se sobresaltó, se puso de pie y abrazó con fuerza su bolso, nadie sería capaz de arrebatárselo, sabía defenderse, su padre le había enseñado. - No...no...huyas por favor. Mi nombre es Louis Agreste, soy matemático también, estoy haciendo el doctorado en la Sorbona. Tu...tu bolso...lo dejaste en la silla...en la cafetería... pero como saliste corriendo no pude decírtelo y después fui a buscarte, y esperé y esperé, hasta que te vi salir de la conferencia y te ví ahí ...y ...te toqué el hombro...y luego me golpeaste...claro, antes me abrazaste e incluso, estoy bastante seguro, que restregaste tu nariz en mi cuello, y dios...eso es lo más cerca que he estado de ponerme a llorar de la felicidad en toda mi vida, pero también me diste un bofetón, muy fuerte por cierto, y también me empujaste. Y luego me abandonaste ahí, en el suelo. Y yo reía sí, pero...la gente me acusó de haberte molestado. Tuve que salir huyendo, igual que tú. -
Emma elevó una ceja, dubitativa.
- Que hombre tan peculiar. - pensó. - Y mucha gente piensa eso de mí, pero no me comporto cómo él. -
Sin embargo, si era él tan peculiar como ella creía, quizá debía darle una oportunidad. Después de todo, lo había golpeado.
Abrió la boca, para disculparse.
Y casi de forma natural, sin haberlo controlado, dijo la primera palabra que había dicho en días.
- Lo si..en...to. -
Su voz sonó grave y ronca, como rasposa, porque ella nunca la usaba si podía evitarlo. Y vaya si lo evitaba. No toleraba los sonidos en general, con algunas excepciones: el violín de su padre, el ronroneo de los gatos, el ruido del océano, el cantar de las golondrinas y el latido de su corazón. Pero la voz de las personas, su voz y la de los demás, le parecían un gorjeo subterráneo, unas dolorosas espadas clavadas en sus oídos. Un martilleo en su cerebro que la desconcertaba, la hacía perder la razón. Ningún especialista les pudo dar un diagnóstico hasta pasado un tiempo de angustiante espera. Así que ella había crecido como bien pudieron criarla, en medio de amor, cojines, gatos y tapones para los oídos.
Sus padres le hablaban bajito. Casi no podían gritar porque Emma se cubría las orejas con las manos, e iba corriendo a por sus tapones o por sus cascos canceladores de ruido.
Por eso, nunca pudo ir al colegio.
Por eso, casi nunca asistía a la Universidad.
Por eso, había grabado su ponencia en un vídeo, lo había reproducido en público y se había puesto tapones para no escuchar el audio.
El sonido, el ruido, los herzios eran algo imposible de soportar para Emma Fathom.
Y así había sido toda su vida.
A ella no le importaba su condición, y aparentemente a sus padres, tampoco.
Su voz estaba oxidada por no practicarla a menudo, le costaba pronunciar las palabras, porque ella oía cómo chirriaba su boca.
En cambio, a Louis Agreste le pareció la más bella voz que había oído en toda su vida.
Él había crecido en una inmensa mansión moderna, sumergida en el sonido del angustioso piano que su padre tocaba. Su lacónico progenitor sólo interrumpía sus sonatas y sus nocturnos para gritarle y exigirle que dejara de hacer ruido. Louis abrazado un peluche de un gato, hacía pucheros, y salía de la habitación. Una vez, Louis tuvo un perro de mascota, le llamó Chopin, pensando que a su padre le gustaría tener un perro con nombre de pianista. Pero Adrien Agreste, su padre, lo dio en adopción al mes siguiente, alegando que odiaba sus ladridos.
Louis Agreste lloró, en silencio por supuesto, por meses.
- Chopin, ya debe estar muerto. - pensó, como siempre lo hacía, cada vez que recordaba a su pequeño beagle.
Pero el "lo siento" emitido con voz gutural por Emma Fathom, le curó de esa herida. Siempre pensaría que la primera vez que escuchó a Emma hablar en vivo y en directo coincidió con el recuerdo de su querido perro.
Y por fin, Louis Gabriel Agreste Bourgeois, de escasos veintiseis años, pudo perdonar a su padre después de tanto tiempo.
- No lo sientas. Y a tí, Emma. Para mí fue un placer. - Louis se sonrojó con furia y sonrió tan ampliamente que Emma le vio la encías. - Quiero decir, aparte de lo dolorosos de tus golpes, ha sido un placer, llevar tu bolso, entregartelo, abrazarte, y encontrarte...creo, sí...encontrarte. -
Emma asintió otra vez en silencio, se colgó el bolso al hombro, dio por concluido su encuentro, y caminó hacia él, lo esquivó suavemente caminando por su lado dirigiéndose hacia las escaleras del río, para volver a la superficie.
- ¡Espera! - dijo Louis,con voz algo apremiante e intensa, Emma estiró la espalda un poco incómoda debido al tono de voz. - Yo puedo acompañarte, adonde sea que vayas, París puede ser peligroso, y te puedes perder, yo te puedo llevar ¿Quieres ir de vuelta al Congreso? Aun quedan algunas ponencias más. Mañana me toca defender una publicación mía y luego otro par de días más de debates, ¿te podría acompañar esos días? ¿Puedo llevarte hasta tu Hotel?...perdón...suena horrible...no quiero ir a un Hotel contigo...o sí...¡No!...a tu hotel, donde te hospedas, para acompañarte...dios...hasta tu habitación... no!...hasta la puerta...oh...Emma di algo por favor, me estoy muriendo de pena. -
Emma detuvo su andar y giró un poco para verlo de soslayo. Lo vio compungido y avergonzado, como nervioso, hablando como una ametralladora, sin ton ni son. Diciendo cosas sin sentido. Descartó entonces, que él fuera un acosador o una persona peligrosa. Parecía inocente. Ella cogió un cuaderno de su bolso y un bolígrafo, y se puso a escribir su contestación.
"No iré al Congreso, por hoy. Debo ir a otro sitio. No tengo problemas en que me acompañes si es que de verdad quieres venir conmigo, Louis Agreste".
Louis leyó todo atentamente.
Emma escribió algo más debajo de aquella nota.
"Y habla en voz muy bajita, por favor"
Y ella terminó ese diálogo dibujando el emoji de una carita suplicante.
Louis contuvo la risa y evitó preguntarse por qué la doctora Emma Fathom no podía (o no quería) escuchar sonidos.
Una fotografía antigua se deslizó del cuaderno, cayendo al suelo, justo cuando Louis aceptaba sus condiciones. El chico de inmediato, se agachó a recoger la antigua fotografía. Le echó un vistazo y se la alcanzó a Emma, contentísimo por todo.
Emma cogió la foto, la revisó por delante y por el revés, quizá era una de las más antiguas que consiguió en la maleta de su padre.
"Marinette D. y Adrien A., escenificando la Revolución Francesa, Paris, 14 de Julio del 2024", estaba escrito por el revés.
En la foto, estaba su madre, vestida como Marie-Antoinette, la última reina de Francia. Sentada en una butaca tapizada, Marinette lucía triste y seria, como si hubiera llorado. Sus mejillas estaban espolvoreadas de color blanco y sus labios estaban pintados de carmín rojo, una peluca con rizos blancos cubría su cabeza. Un hombre rubio, estaba a su lado, completamente mustio, también él iba vestido como en la época del rococó francés del siglo XVIII, muy bien maquillado como el rey Louis XVI.
A Emma, aquel nombre, Adrien, no significó nada. Podría haber sido un amigo de su madre. O algún conocido. Ella continuó en silencio mientras guardaba la foto en su bolso. Se arregló el pelo que el viento le había desordenado y miró a Louis, para preguntarle con los ojos qué había decidido.
- Iré contigo, claro. Por supuesto. Desde luego. - dijo él, exultante, casi dando un salto de alegría.
Y Emma continuó subiendo las escaleras, yendo hacia delante. Ignoró el extraño gesto del chico, centrándose en ser guiada por la aplicación del teléfono. Louis apresuró el paso y de un par de zancadas la alcanzó.
- ¿Rue Cauilancourt? Eso está en el distrito 18, cerca de una plaza pequeña, hay una panadería artesanal. Mi padre solía llevarme allí cuando era pequeño, hacían unos croissants espectaculares. Los dueños ya se han jubilado, pero todavía viven allí. La gente dice que hasta supervisan a los nuevos panaderos. ¿Te gusta el croissant? ¿Los macarons? ¿el pain au chocolat? Mi padre es un hombre serio, pero cuando íbamos allí, él volvía a sonreír. Decía que le recordaba a algo feliz. ¿Tú que opinas de eso, Emma? ¿Crees que los dulces te hacen feliz? ¿Te puedo llamar Emma, verdad? Me parece un nombre muy bonito, tan británico...tan inglés...¿Porque eres británica, no? ¿De Londres, es cierto? Yo no conozco Londres, pero quisiera conocerlo, quizá si tu... -
Emma sonrió, ante tan alegre muchacho. Le pareció gracioso. Él no se merecía el bofetón ni el rodillazo. Pero, cielo santo, él no callaba. Volvió a suspirar, vencida, aceptando aquella singular compañía. Buscó sus tapones para los oídos y se los puso, los aseguró bien, mientras Louis Agreste hablaba y hablaba, y ella sólo escuchaba un susurro.
Emma Fathom nunca había probado ni un macaron.
En su casa, mejor dicho mansión, estaban terminantemente prohibidos.
Nunca supo el porqué.
No le interesaba saberlo, la verdad.
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Emma Fathom es una persona altamente sensible. Louis Agreste es alguien demasiado extrovertido. Ya veremos que resulta de ello.
iniciare un crowdfunding para recuperar a Chopin.
Un fuerte abrazo,
Atte,
Lordthunder1000
